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#ansiedad — Public Fediverse posts

Live and recent posts from across the Fediverse tagged #ansiedad, aggregated by home.social.

  1. O medo angustia a alma

    O medo angustia a alma

    Adiando o sucesso de hoje
    Desejos no papel são só desejos
    Luz fraca no caminho.

    Carlos de Campos

    Toda as traduções são feitas pela IA

    -----

    🇺🇸 Inglês

    Fear Torments the Soul

    Postponing today's success
    Desires on paper are only desires
    A faint light along the way.

    Carlos de Campos

    All translations are made by AI.

    ---

    🇪🇸 Espanhol

    El miedo angustia el alma

    Posponiendo el éxito de hoy
    Los deseos en el papel son solo deseos
    Una luz tenue en el camino.

    Carlos de Campos

    Todas las traducciones son realizadas por IA.

    ---

    🇮🇳 Hindi

    भय आत्मा को व्याकुल करता है

    आज की सफलता को टालते हुए
    कागज़ पर लिखी इच्छाएँ बस इच्छाएँ हैं
    राह में मंद रोशनी।

    Carlos de Campos

    सभी अनुवाद AI द्वारा किए गए हैं।

    ---

    🇨🇳 Chinês simplificado

    恐惧使灵魂焦虑

    推迟今天的成功
    纸上的愿望终究只是愿望
    路上微弱的光。

    Carlos de Campos

    所有翻译均由人工智能完成。

    ---

    🇮🇩 Indonésio

    Ketakutan Menggelisahkan Jiwa

    Menunda keberhasilan hari ini
    Keinginan di atas kertas hanyalah keinginan
    Cahaya redup di jalan.

    Carlos de Campos

    Semua terjemahan dibuat oleh AI.

    ---

    🇷🇺 Russo

    Страх тревожит душу

    Откладывая сегодняшний успех
    Желания на бумаге — лишь желания
    Слабый свет на пути.

    Carlos de Campos

    Все переводы выполнены с помощью ИИ.

    ---



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  2. Un día tonto

    Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.

    Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.

    Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.

    Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.

    —Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—

    Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…

    Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?

    O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.

    #ansiedad #autocuidado #Blog #díasTontos #Diario #Escribir #escrituraCreativa #experiencias #introspección #reflexiones #saludMental #terapia
  3. ❖══════════════════❖

    "El hombre sufre más por lo que imagina que por lo que realmente ocurre."

    — Séneca

    Gran parte de nuestra ansiedad procede de escenarios futuros que jamás llegan a materializarse.

    ❖══════════════════❖

    #reflexion #estoicismo #ansiedad #saludmental #filosofia #presente #pazmental

  4. 》》A veces la vida se llena de pequeñas renuncias que ni siquiera parecen importantes en el momento.
    Dejas de llamar a alguien.
    Dejas de escuchar cierta música.
    Dejas de entrar en sitios donde antes te sentías tú.
    Y un día descubres que también dejaste de intentar algunas cosas contigo mismo.

    Lo curioso es que casi nunca ocurre de golpe.
    No hay un gran drama, ni una escena triste con música de fondo como en las películas. 😅
    Solo rutina.
    Costumbre.
    Cansancio.
    Ese “ya da igual” que se instala poco a poco y empieza a mover los muebles por dentro.

    Y claro, uno aprende a adaptarse a espacios cada vez más pequeños.
    A quedarse donde no molesta demasiado.
    Donde nada explota… pero tampoco termina de encenderse nada.

    Lo peligroso de eso no es el dolor.
    Es la normalidad.

    Porque cuando llevas mucho tiempo evitando algo, acabas creyendo que ya no lo necesitas.
    Y no siempre es verdad.
    A veces solo te acostumbraste a vivir sin tocar esa parte de ti.

    Pero basta una tontería mínima para que algo despierte otra vez.
    Una conversación.
    Un recuerdo.
    Una canción escuchada en mal momento.
    La vida tiene esa manía absurda de devolverte cosas cuando pensabas que ya estaban archivadas. 😄

    Y quizá no hace falta revolucionarlo todo.
    A veces el cambio empieza solo por dejar de tratar como definitivo aquello que en realidad era una pausa larga.

    》》》》》》✧《《《《《《

    #reflexiones #vida #emociones #pensamientos #miedos #cambios #sentimientos #humanidad #ansiedad #crecer #realidad #escribir #reflexiondiaria #vivir

  5. 》》A veces la vida se llena de pequeñas renuncias que ni siquiera parecen importantes en el momento.
    Dejas de llamar a alguien.
    Dejas de escuchar cierta música.
    Dejas de entrar en sitios donde antes te sentías tú.
    Y un día descubres que también dejaste de intentar algunas cosas contigo mismo.

    Lo curioso es que casi nunca ocurre de golpe.
    No hay un gran drama, ni una escena triste con música de fondo como en las películas. 😅
    Solo rutina.
    Costumbre.
    Cansancio.
    Ese “ya da igual” que se instala poco a poco y empieza a mover los muebles por dentro.

    Y claro, uno aprende a adaptarse a espacios cada vez más pequeños.
    A quedarse donde no molesta demasiado.
    Donde nada explota… pero tampoco termina de encenderse nada.

    Lo peligroso de eso no es el dolor.
    Es la normalidad.

    Porque cuando llevas mucho tiempo evitando algo, acabas creyendo que ya no lo necesitas.
    Y no siempre es verdad.
    A veces solo te acostumbraste a vivir sin tocar esa parte de ti.

    Pero basta una tontería mínima para que algo despierte otra vez.
    Una conversación.
    Un recuerdo.
    Una canción escuchada en mal momento.
    La vida tiene esa manía absurda de devolverte cosas cuando pensabas que ya estaban archivadas. 😄

    Y quizá no hace falta revolucionarlo todo.
    A veces el cambio empieza solo por dejar de tratar como definitivo aquello que en realidad era una pausa larga.

    》》》》》》✧《《《《《《

    #reflexiones #vida #emociones #pensamientos #miedos #cambios #sentimientos #humanidad #ansiedad #crecer #realidad #escribir #reflexiondiaria #vivir

  6. 》》A veces la vida se llena de pequeñas renuncias que ni siquiera parecen importantes en el momento.
    Dejas de llamar a alguien.
    Dejas de escuchar cierta música.
    Dejas de entrar en sitios donde antes te sentías tú.
    Y un día descubres que también dejaste de intentar algunas cosas contigo mismo.

    Lo curioso es que casi nunca ocurre de golpe.
    No hay un gran drama, ni una escena triste con música de fondo como en las películas. 😅
    Solo rutina.
    Costumbre.
    Cansancio.
    Ese “ya da igual” que se instala poco a poco y empieza a mover los muebles por dentro.

    Y claro, uno aprende a adaptarse a espacios cada vez más pequeños.
    A quedarse donde no molesta demasiado.
    Donde nada explota… pero tampoco termina de encenderse nada.

    Lo peligroso de eso no es el dolor.
    Es la normalidad.

    Porque cuando llevas mucho tiempo evitando algo, acabas creyendo que ya no lo necesitas.
    Y no siempre es verdad.
    A veces solo te acostumbraste a vivir sin tocar esa parte de ti.

    Pero basta una tontería mínima para que algo despierte otra vez.
    Una conversación.
    Un recuerdo.
    Una canción escuchada en mal momento.
    La vida tiene esa manía absurda de devolverte cosas cuando pensabas que ya estaban archivadas. 😄

    Y quizá no hace falta revolucionarlo todo.
    A veces el cambio empieza solo por dejar de tratar como definitivo aquello que en realidad era una pausa larga.

    》》》》》》✧《《《《《《

    #reflexiones #vida #emociones #pensamientos #miedos #cambios #sentimientos #humanidad #ansiedad #crecer #realidad #escribir #reflexiondiaria #vivir

  7. 》》A veces la vida se llena de pequeñas renuncias que ni siquiera parecen importantes en el momento.
    Dejas de llamar a alguien.
    Dejas de escuchar cierta música.
    Dejas de entrar en sitios donde antes te sentías tú.
    Y un día descubres que también dejaste de intentar algunas cosas contigo mismo.

    Lo curioso es que casi nunca ocurre de golpe.
    No hay un gran drama, ni una escena triste con música de fondo como en las películas. 😅
    Solo rutina.
    Costumbre.
    Cansancio.
    Ese “ya da igual” que se instala poco a poco y empieza a mover los muebles por dentro.

    Y claro, uno aprende a adaptarse a espacios cada vez más pequeños.
    A quedarse donde no molesta demasiado.
    Donde nada explota… pero tampoco termina de encenderse nada.

    Lo peligroso de eso no es el dolor.
    Es la normalidad.

    Porque cuando llevas mucho tiempo evitando algo, acabas creyendo que ya no lo necesitas.
    Y no siempre es verdad.
    A veces solo te acostumbraste a vivir sin tocar esa parte de ti.

    Pero basta una tontería mínima para que algo despierte otra vez.
    Una conversación.
    Un recuerdo.
    Una canción escuchada en mal momento.
    La vida tiene esa manía absurda de devolverte cosas cuando pensabas que ya estaban archivadas. 😄

    Y quizá no hace falta revolucionarlo todo.
    A veces el cambio empieza solo por dejar de tratar como definitivo aquello que en realidad era una pausa larga.

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    #reflexiones #vida #emociones #pensamientos #miedos #cambios #sentimientos #humanidad #ansiedad #crecer #realidad #escribir #reflexiondiaria #vivir

  8. 🔵Hay gente que cree que quedarse quieto no cuenta como decisión.
    Pero claro que cuenta.

    Porque mientras aparentas que “ya verás”, la vida sigue pasando igual.
    Las oportunidades no suelen pegarse a la puerta como repartidores de Amazon diciendo: “¿seguro que no quieres intentarlo?” 😅

    A veces uno no se queda por cobardía.
    Se queda porque está cansado. Porque salió mal otras veces.
    Porque cuesta confiar en algo cuando ya has visto cómo se derrumban ciertas cosas.

    Y entonces entras en esa especie de sala de espera emocional donde no avanzas, pero tampoco retrocedes.
    Solo miras.
    Piensas.
    Das vueltas.
    Como si pensar mucho fuera a convertir el miedo en una brújula.

    Pero hay un momento raro —pequeño, casi ridículo— donde entiendes algo importante:

    que esperar eternamente también desgasta.

    Porque una parte de ti ya quería cruzar hace tiempo.
    Solo que el resto todavía estaba negociando con los fantasmas.

    Y no, dar un paso no garantiza finales felices.
    La vida no funciona así.
    Bastante tiene ella con apagarte el wifi cuando peor te viene.

    Pero moverte cambia algo.
    Aunque sea mínimo.

    Dejas de imaginar la vida… y vuelves a tocarla un poco.

    ≫ ──── ≪•◦ ❈ ◦•≫ ──── ≪

    #reflexiones #miedos #vida #emociones #ansiedad #pensamientos #crecer #cicatrices #cambios #sentimientos #realidad #escribir #humanidad #reflexiondiaria

  9. 🔵Hay gente que cree que quedarse quieto no cuenta como decisión.
    Pero claro que cuenta.

    Porque mientras aparentas que “ya verás”, la vida sigue pasando igual.
    Las oportunidades no suelen pegarse a la puerta como repartidores de Amazon diciendo: “¿seguro que no quieres intentarlo?” 😅

    A veces uno no se queda por cobardía.
    Se queda porque está cansado. Porque salió mal otras veces.
    Porque cuesta confiar en algo cuando ya has visto cómo se derrumban ciertas cosas.

    Y entonces entras en esa especie de sala de espera emocional donde no avanzas, pero tampoco retrocedes.
    Solo miras.
    Piensas.
    Das vueltas.
    Como si pensar mucho fuera a convertir el miedo en una brújula.

    Pero hay un momento raro —pequeño, casi ridículo— donde entiendes algo importante:

    que esperar eternamente también desgasta.

    Porque una parte de ti ya quería cruzar hace tiempo.
    Solo que el resto todavía estaba negociando con los fantasmas.

    Y no, dar un paso no garantiza finales felices.
    La vida no funciona así.
    Bastante tiene ella con apagarte el wifi cuando peor te viene.

    Pero moverte cambia algo.
    Aunque sea mínimo.

    Dejas de imaginar la vida… y vuelves a tocarla un poco.

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    #reflexiones #miedos #vida #emociones #ansiedad #pensamientos #crecer #cicatrices #cambios #sentimientos #realidad #escribir #humanidad #reflexiondiaria

  10. 🔵Hay gente que cree que quedarse quieto no cuenta como decisión.
    Pero claro que cuenta.

    Porque mientras aparentas que “ya verás”, la vida sigue pasando igual.
    Las oportunidades no suelen pegarse a la puerta como repartidores de Amazon diciendo: “¿seguro que no quieres intentarlo?” 😅

    A veces uno no se queda por cobardía.
    Se queda porque está cansado. Porque salió mal otras veces.
    Porque cuesta confiar en algo cuando ya has visto cómo se derrumban ciertas cosas.

    Y entonces entras en esa especie de sala de espera emocional donde no avanzas, pero tampoco retrocedes.
    Solo miras.
    Piensas.
    Das vueltas.
    Como si pensar mucho fuera a convertir el miedo en una brújula.

    Pero hay un momento raro —pequeño, casi ridículo— donde entiendes algo importante:

    que esperar eternamente también desgasta.

    Porque una parte de ti ya quería cruzar hace tiempo.
    Solo que el resto todavía estaba negociando con los fantasmas.

    Y no, dar un paso no garantiza finales felices.
    La vida no funciona así.
    Bastante tiene ella con apagarte el wifi cuando peor te viene.

    Pero moverte cambia algo.
    Aunque sea mínimo.

    Dejas de imaginar la vida… y vuelves a tocarla un poco.

    ≫ ──── ≪•◦ ❈ ◦•≫ ──── ≪

    #reflexiones #miedos #vida #emociones #ansiedad #pensamientos #crecer #cicatrices #cambios #sentimientos #realidad #escribir #humanidad #reflexiondiaria

  11. Manual para florecer en tiempos difíciles

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    18 minutos

    I. El ruido

    El despertador sonó a las 6:30 a. m., 6:40, 6:50.

    Lucía no abría los ojos, solo cambiaba de posición como si el sueño fuera un pozo demasiado hondo del que no supiera salir. Había empezado a dormir con el celular debajo de la almohada “por si algo urgente”, pero nunca había nada urgente; solo notificaciones que podían esperar, jefes que no sabían de horarios, newsletters que jamás leía.

    La última alarma la obligó a incorporarse. Sentada en la orilla de la cama, miró sus manos. Sentía el cuerpo pesado, como lleno de arena húmeda.

    Se puso de pie. El departamento olía a encierro y café viejo. En la barra, junto al fregadero, una taza con restos secos formaba una aureola marrón. Lucía la enjuagó sin pensarlo mucho y puso a calentar agua. Encendió la cafetera como si fuera un interruptor de existencia: sin café, nada comenzaba.
    Volteó hacia la ventana del pequeño balcón. Y ahí estaba: la maceta.

    Era una maceta de barro color terracota, con una línea rota en la base. La había comprado dos años atrás, en un impulso optimista, cuando le pareció brillante idea empezar a cultivar albahaca “como toda adulta funcional en Pinterest”. La albahaca duró tres semanas. Desde entonces, la maceta se volvió paisaje fijo: tierra dura, grietas, polvo.

    Lucía se acercó y pasó el dedo sobre la superficie seca. Se levantó una nubecita mínima.

    —Igualita que yo —susurró.

    Abrió un cajón de la cocina buscando un clip, encontró de casualidad un sobre arrugado: “Semillas de lavanda — aroma de calma”.

    Había olvidado que las compró en una feria ecológica, el mismo día que se prometió “hacer yoga tres veces a la semana, meditar y comer mejor”. Nada de eso ocurrió. El sobre quedó enterrado entre boletas y ligas.

    Lo sostuvo entre los dedos. Lo lógico era tirarlo.
    En cambio, lo abrió.
    Tomó tres semillas, pequeñas, oscuras. Hizo tres agujeros torpes en la tierra seca y las dejó caer. Luego, con una botella de vidrio reciclada, echó un poco de agua.

    El agua se quedó en la superficie unos segundos, luego desapareció en grietas.

    —No va a crecer nada —dijo en voz baja, con una sonrisa cansada.

    Encendió la computadora. El día empezó a tragársela otra vez.

    No lo sabía aún, pero esa acción mínima, casi ridícula, había sido su primer acto de resistencia.

    II. El cuerpo que avisa

    Los días eran un archivo comprimido: juntas por Zoom, cambios de última hora, campañas urgentes, métricas, mensajes del jefe a las 11 de la noche con la palabra “IMPORTANTE” en mayúsculas.

    Lucía comía frente a la pantalla, respondía correos en el baño, hacía scroll infinito en Instagram hasta que los ojos le ardían.
    La lavanda no ocupaba un lugar real en su mente. Cada mañana se acercaba a la maceta, echaba un poco de agua y salía de cuadro. Ni esperanza ni fe; solo una repetición mecánica, como lavarse los dientes.
    Hasta que un jueves, durante una presentación, la voz empezó a temblarle. El corazón le latía tan fuerte que sentía el eco en los oídos. Se le durmieron las manos, le faltó el aire.

    —Lucía, ¿estás ahí? —preguntó la jefa desde la pantalla.

    Ella intentó contestar, pero las palabras no salieron. Cerró la laptop sin explicar. Caminó al baño. Se miró al espejo: estaba pálida, con ojeras moradas, la respiración entrecortada.

    Llamó a su mamá.

    —Me voy a morir —dijo, con los dedos temblando—. Me va a dar algo, siento que me apachurran el pecho.

    —Lucía, mi amor, eso es ansiedad —respondió su madre, con calma—. Respira. Inhala despacio. Exhala más lento. Ve al doctor, pero también tienes que bajarle al ritmo.

    Después de una revisión, el médico confirmó lo que el cuerpo llevaba meses gritando: agotamiento, estrés, ansiedad. Le recomendó terapia, pausas, caminar, “buscar actividades que te conecten con algo más que la pantalla”.

    “Conectarme con algo”. La frase se le quedó dando vueltas.

    Esa noche, al regresar, abrió la ventana para tomar aire.
    Entonces lo vio.
    Un punto verde, pequeño, absurdo, emergía entre la tierra agrietada.
    Se inclinó. Acercó la cara. No estaba segura si era una hierbita cualquiera, pero algo en la rectitud del tallito, en el esfuerzo diminuto de abrirse paso, le pareció heroico.
    Y por primera vez en mucho tiempo, Lucía sonrió sin obligarse.

    —Hola —susurró—. Así que sí estabas viva.

    III. Brotes

    A la mañana siguiente le escribió a su mamá:

    “Salió un brotecito en la maceta. Creo que es de la lavanda. Me hizo feliz. Es ridículo, pero sí.”

    Su mamá respondió con un audio lleno de cariño:

    —Pues cuídalo, hija. A veces Dios, la vida, el universo, lo que tú quieras, nos manda señales chiquitas. Tú cuida esa plantita. Y cuídate tú.
    Lucía decidió tomárselo en serio.
    Empezó a levantarse 10 minutos antes para regar el brote con calma, sin prisa, observando cómo la gota se deslizaba por el tallo. Buscó en internet: “cómo cuidar lavanda en maceta”. Aprendió sobre sol indirecto, buen drenaje, riego moderado.
    Comenzó un cuaderno al que llamó, medio en broma, medio en serio: “Manual para florecer en tiempos difíciles”.
    En la primera página escribió:

    Día 1: No me morí. Madres dice que es ansiedad.
    Día 2: El brote sigue aquí. Yo también.

    Los días siguientes, el tallo se alargó. Aparecieron las primeras hojas. Lucía sentía un orgullo extraño por algo que en realidad hacía solo. Pero la rutina de cuidar esa vida nueva comenzó a sembrar pequeños cambios:

    • Dejó de contestar mensajes laborales después de las 9:00 p. m. “Lo vemos mañana”.
    • Empezó a caminar dos cuadras para comprar frutas, en lugar de pedir todo por app.
    • Tomaba té en lugar de su cuarto café.
    • Cerraba los ojos un minuto al lado de la ventana para sentir el aire.

    Un compañero de trabajo, en una videollamada, se burló:
    —Te ves menos muerta, ¿cambiaste el filtro?
    —Estoy intentando dormir un poco más —dijo ella.
    —Qué lujo.
    Lucía pensó: no es un lujo, es sobrevivir.

    IV. El vecino del jardín colgante

    Un sábado por la tarde, mientras movía la maceta unos centímetros para que recibiera mejor luz, una voz masculina sonó al otro lado del muro del balcón.

    —Se ve bien ese brote.

    Lucía se sobresaltó. Giró. Desde el balcón contiguo, un hombre la miraba con una sonrisa leve. Tenía la barba descuidada y una playera gris con manchas de pintura. Detrás de él, una pared cubierta de macetas verdes: romero, albahaca, menta, suculentas, algo que parecía una higuera en miniatura.

    —Perdón, no quise asustarte —dijo—. Es que llevo unos días viéndote cuidar la maceta. Creo que es lavanda, ¿no?
    —Eso se supone —respondió Lucía—. Aunque pensé que no saldría nada.
    —Las semillas son tercas —dijo él—. Solo necesitan que alguien no se rinda antes.
    Lucía sintió que esas palabras iban dirigidas también a ella.
    —Soy Andrés —agregó—. Me acabo de mudar. Si quieres, cuando crezca más, te ayudo a podarla.
    —Lucía —dijo ella.
    Se quedó mirando su jardín colgante.
    —Tienes muchas plantas.
    —Es más barato que terapia —bromeó él, pero sus ojos tenían un brillo serio.

    A partir de ese día comenzaron conversaciones cortas:
    sobre el clima, el sol directo, bichitos blancos en la tierra, riego por la mañana o por la noche.
    Una tarde, Lucía señaló una maceta en el muro de Andrés.
    —¿Eso qué es?
    —Romero —dijo él—. Fue la primera planta que tuve cuando estaba hecho pedazos. Huele a casa nueva.

    Ella quiso preguntar “¿hecho pedazos cómo?”, pero se guardó la pregunta. Intuía que algún día él mismo lo contaría.

    V. La caída

    El día de la tormenta llegó sin anunciarse.

    Por la tarde, el cielo se puso amarillo y luego gris oscuro. Lucía, distraída en una reunión, escuchaba truenos a lo lejos, pero no se levantó a revisar nada.
    Cuando por fin cerró la laptop, la lluvia caía con furia. Un viento fuerte entraba por la ventana entreabierta.
    Corrió al balcón.
    La maceta estaba en el suelo, volcada. El tallo principal de la lavanda se había partido casi a la mitad. Tierra húmeda salpicaba todo.
    Lucía se quedó paralizada. Se arrodilló en el piso. Con manos torpes empezó a juntar puñados de tierra. El tallo se doblaba, vencido.
    Sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
    No lloraba solo por la planta. Lloraba por todas las cosas que había dejado caer por descuido: amistades que ya no llamaba, citas que cancelaba, dibujos que nunca terminó, promesas hechas a sí misma que se le rompían entre correos y pendientes.
    Tocaron a su puerta.
    Abrió con el rostro húmedo.
    Era Andrés, empapado, sosteniendo una bolsa de tierra y una maceta limpia.

    —Vi desde mi balcón. ¿Puedo pasar?
    Lucía asintió.
    Fueron juntos al balcón. Andrés habló con voz tranquila:
    —A ver, no está todo perdido. Ayúdame.
    Sacó con cuidado el tallo, acomodó raíces y tierra en la nueva maceta.
    —Sostén aquí, por favor —le dijo a Lucía.
    Sus manos se rozaron. Lucía miró la lavanda quebrada y murmuró:
    —Siempre pasa esto. Empiezo algo y lo echo a perder.
    Andrés levantó la vista.
    —No es verdad. Aquí estás intentando salvarla.
    —Pero fue mi culpa. Debería haber cerrado la ventana.
    —Hay tormentas que llegan aunque cierres todo —respondió él—. Lo importante es lo que haces después.
    Apretó un poco la tierra alrededor del tallo.
    —Mira, si esta parte no se recupera, va a brotar desde abajo. Las plantas buscan otra vía. Nosotros también podemos.
    Lucía lo miró en silencio. Sintió ganas de creerle.
    —¿Tú cómo aprendiste todo esto? —preguntó.
    Andrés tragó saliva.

    —Perdí a mi hermano en un accidente —dijo finalmente—. No sabía qué hacer con la culpa, con el tiempo, con la casa vacía. Un día, compré una planta porque necesitaba cuidar algo que no fuera mi dolor. Luego otra. Y otra. No me curó, pero me dio un ritmo. Me obligó a levantarme, abrir la ventana, regar, seguir.
    Lucía sintió un nudo en la garganta.
    —Lo siento.
    —Yo también —dijo él—. Todavía. Pero aquí sigo. Y tú también, ¿no?
    Ella asintió.
    Esa noche, después de que Andrés se marchó, Lucía se sentó frente a la lavanda replantada. Aún se veía frágil.
    En su cuaderno escribió:

    “No todo lo que se quiebra muere.
    A veces solo cambia de forma.
    Yo también.”

    VI. Pequeños rituales

    Después de la tormenta, Lucía empezó a tomarse en serio la palabra “cuidado”.
    Se obligó a hacer algo nuevo: pidió cita con una terapeuta.

    En la primera sesión, habló atropellada de trabajo, ansiedad, la sensación de ser un archivo con mil pestañas abiertas.
    —¿Qué te calma? —preguntó la terapeuta.
    Lucía pensó.
    —Ver crecer mi planta —respondió, sorprendida de su propia honestidad.
    —Entonces vamos a convertir eso en un ritual —dijo la terapeuta—. No como obligación, sino como recordatorio de que eres capaz de sostener algo con paciencia. Y también de sostenerte.
    A partir de entonces, sus días empezaron a organizarse alrededor de pequeños rituales:

    • Por la mañana, cinco minutos de respiración junto a la ventana, con la lavanda.
    • A media tarde, pausa sin pantalla: regar si hacía falta, tocar la tierra, observar.
    • Por la noche, escribir una frase en el cuaderno: algo que agradecía, algo que había logrado, aunque fuera mínimo.

    Un día escribió:

    “Hoy no lloré en el baño de la oficina virtual. Eso cuenta.”

    Otro:

    “Dije que no a una entrega imposible. No se cayó el mundo.”

    Andrés se asomaba algunas noches.
    —Se ve más fuerte —decía señalando la lavanda.
    —Creo que nos estamos ayudando mutuamente —respondía ella.
    Él le enseñó a preparar infusión con hojas de menta. Ella le enseñó a hacer un pesto improvisado con casi nada.
    —La vida es más fácil cuando se comparte lo que se cultiva —dijo un día Andrés.
    Lucía guardó esa frase.

    VII. Retrocesos

    No todo fue lineal.
    Había días en los que Lucía despertaba con la misma piedra en el pecho de antes. Días en los que volvía a contestar correos a medianoche. Días en los que la lavanda parecía apagada, sus hojas tristes.
    Un miércoles, su jefa le gritó por mensaje de voz porque una presentación no estaba lista.
    Lucía se quedó inmóvil frente a la pantalla. El viejo impulso de complacer, aguantar, cederse hasta romperse volvió con fuerza.
    Fue al balcón buscando aire. El sol pegaba fuerte sobre la maceta.
    Las hojas estaban ligeramente caídas.

    —Perdón —susurró—. Te descuidé.
    Le echó agua de golpe. Drenó mal. La tierra se encharcó.
    En la próxima sesión, la terapeuta le dijo:
    —¿Ves cómo reaccionaste? Te diste cuenta del descuido y quisiste compensarlo con demasiado. Eso hacemos con nosotras también: nos saturamos buscando corregir de golpe. Ni a la planta ni a ti les sirve el exceso.
    Lucía se quedó en silencio.
    —Entonces… ¿qué hago?
    —Observar. Corregir con suavidad. No abandones, pero tampoco ahogues. Ni a la lavanda, ni a ti.
    Eso hizo.
    Destapó los agujeros de drenaje, dejó que la tierra respirara. Empezó a apagar el celular una hora antes de dormir. Puso límites con el trabajo poco a poco.
    Se permitió fallar un día y retomar al siguiente sin tratarse como enemiga.
    La lavanda se recuperó.
    Ella también, lentamente.

    VIII. Comunidad

    Con el tiempo, el balcón de Lucía dejó de ser un rincón triste.
    Andrés le regaló un esqueje de menta. Doña Teresa, la vecina del piso inferior, subió un día con una macetita de suculenta:
    —Para que no estés sola, mija. A las plantas les gusta la compañía —dijo.
    El edificio comenzó a cambiar sin que nadie lo planeara. Una vecina puso geranios rojos. Otro sembró jitomates en botes reciclados. Un niño pegó un dibujo de abejas junto a la entrada.
    Una tarde, al ver el conjunto, Andrés dijo:
    —Parece que sembraste un movimiento.
    —Yo solo quería que mi planta no muriera —respondió Lucía.
    —Y mientras la cuidabas, nos contagiaste las ganas.
    Organizaron una tarde de intercambio de esquejes. Lucía llevó frascos con flores secas de la lavanda, atados con hilo rústico y una etiqueta:

    “Para recordar que todo florece a su tiempo.”

    —Te estás volviendo muy poética —bromeó Andrés.
    —Es esto o volver a las crisis de pánico —dijo ella, riendo.
    Una vecina joven, Karla, se acercó tímida:
    —¿Tú escribiste esa frase?
    —Sí.
    —Deberías tener un blog.
    Lucía sintió el corazón dar un brinco.
    —Tenía uno. Lo abandoné —admitió.
    —Pues riega esa maceta también —dijo Karla—. Hay gente que necesita leer esto.
    La idea empezó a tomar raíz.

    IX. Florecer

    Llegó el verano, y con él, las flores.
    La lavanda se cubrió de espigas violetas que parecían pequeñas antorchas suaves. El olor era intenso, pero limpio. Cada vez que Lucía abría la ventana, el aroma la recibía como un abrazo.
    Una tarde organizaron una cena sencilla en el pasillo del edificio. Cada quien llevó algo: pan, ensalada, agua fresca, una tortilla de patata, galletas. En el centro, un frasco con lavanda.

    Doña Teresa olfateó el ramo.
    —Qué belleza. ¿Cómo le hiciste?
    Lucía pensó un momento antes de responder.
    —La regué cuando casi no tenía fuerzas. Le hablé cuando pensé que no me escuchaba. Le di espacio cuando estaba ahogándola. Y dejé de darla por muerta.
    Andrés levantó su vaso.
    —Brindo por eso.
    Durante la cena, alguien preguntó a qué se dedicaba Lucía realmente.
    —Trabajo en marketing —dijo—. Pero estoy aprendiendo a dedicarme también a mí.
    Se rieron, pero la frase se quedó flotando.
    Esa misma noche, al volver a su cama, abrió la laptop y entró al viejo blog que tenía olvidado. Leyó entradas de hace años: recetas, fotos de cafés, textos cortos sobre plantas.
    Suspiró.
    Luego abrió un documento nuevo y escribió el título:

    Manual para florecer en tiempos difíciles

    Y comenzó la historia. No maquilló los ataques de ansiedad ni la sensación de vacío. Contó sobre la lavanda, Andrés, la tormenta, la terapia, los pequeños rituales. Cada capítulo era una mezcla de relato, reflexión y gesto cotidiano.
    Cuando terminó, no estaba segura de si publicarlo. Le daba pudor exponerse.
    Le mandó el texto a Andrés.
    Al día siguiente, él le tocó la puerta con un vaso de té de lavanda.
    —Lo leí —dijo—. Está vivo. No es un tutorial. Es una mano extendida. Súbelo.
    —¿Y si a nadie le importa? —preguntó ella.
    —Ya le importó a una persona: a ti. Eso basta para empezar.
    Lo publicó.
    Cerró la laptop. Se fue al balcón. La lavanda se movía leve con el viento.

    X. Ecos

    Los primeros comentarios llegaron esa misma semana.
    Una chica escribió:

    “Pensé que era la única que se sentía rota. Voy a plantar algo hoy.”

    Otro:

    “Tengo ataques de ansiedad. Nunca pensé que una planta pudiera ser parte del proceso. Gracias por contarlo sin hacerlo cursi.”

    Una maestra de primaria dijo:

    “Voy a leer tu historia con mis alumnos y sembrar semillas con ellos.”

    Lucía se conmovió. No eran millones de vistas, pero eran raíces extendiéndose en lugares invisibles.
    En una videollamada, su terapeuta sonrió cuando Lucía le contó todo.
    —Convertiste tu dolor en puente —dijo—. Eso también es autocuidado: compartir para no cargar sola.
    Más adelante, Lucía creó una sección fija en su blog llamada “Florecer lento”, donde mezclaba historias, tips suaves, fotos de su balcón, pequeñas guías para empezar un huerto en espacios mínimos, pero siempre atravesados por la idea de bienestar, paciencia y humanidad.
    Andrés la ayudaba con fotos. Karla corregía textos. Doña Teresa aparecía de vez en cuando con refranes.
    El edificio ya no era solo un conjunto de departamentos: era una comunidad pequeña que olía a tierra mojada y pan recién horneado.

    XI. Un año después

    Un año después de haber enterrado las primeras semillas de lavanda, Lucía miró su balcón con calma.
    Había lavanda, sí. Pero también menta, romero, albahaca, una bugambilia miniatura, un par de tomates cherry, suculentas, una maceta con caléndula que ella llamaba “valentía”.
    El despertador sonaba menos veces. A veces se despertaba sola, con luz suave entrando por la cortina.
    Había días malos todavía. Días en los que el corazón se aceleraba sin motivo, o el trabajo la sobrepasaba.
    La diferencia era otra.
    Ahora sabía qué hacer:

    • Respirar cerca de la ventana.
    • No creerle al pensamiento catastrófico.
    • Escribir aunque doliera.
    • Mandar un mensaje a Andrés: “¿té?”
    • Acariciar con los dedos una ramita morada y oler.

    El dolor ya no era un abismo silencioso, sino un lugar donde podía sentarse acompañada hasta que pasara.
    Un mensaje apareció en su bandeja de entrada: una lectora de otra ciudad le decía que, gracias a su historia, había vuelto a plantar algo después de una pérdida muy grande.
    Lucía respondió con una frase que ya sentía suya:

    “No necesitas estar bien para empezar algo.
    A veces es al revés: empiezas, y poquito a poco, algo dentro de ti encuentra dónde sostenerse.”

    Cerró la computadora. Salió al balcón.
    Andrés le lanzó desde su terraza un frasco pequeño.
    —¿Qué es esto? —preguntó.
    —Semillas nuevas —dijo él—. Para lo que sigue.
    Lucía sonrió.
    —Entonces vamos a seguir floreciendo, supongo.
    —En tiempos difíciles, no sabemos hacerlo de otra forma —respondió él.

    Epílogo: Para ti que lees esto

    Si estás leyendo este “manual” esperando fórmulas rápidas, no las hay.

    Lo que sí hay son pequeñas verdades que Lucía aprendió al ritmo de una lavanda testaruda:

    1. Florecer no es un acto espectacular, es una serie de gestos silenciosos: apagar el celular a tiempo, decir “no puedo con todo”, pedir ayuda, respirar tres veces antes de creerle al miedo.
    2. Cuidar algo vivo fuera de ti —una planta, un huerto en una lata, un esqueje rescatado de la calle— puede recordarte que mereces el mismo cuidado. No al revés.
    3. Los retrocesos no cancelan el progreso. Una planta puede doblarse, secarse un poco, enfermar; eso no la define. Tú tampoco eres tus peores días.
    4. La comunidad sana. Un vecino que te ayuda a replantar, una amiga que te escucha, un lector desconocido que te dice “a mí también me pasa”: todo eso son raíces que se entrelazan.
    5. No todo lo que se rompe muere. A veces, como la lavanda de Lucía, solo cambia el lugar desde donde vuelve a brotar.

    Si estás pasando por un tiempo difícil, no necesitas tener un plan perfecto.
    Empieza pequeño: una semilla en una maceta vieja, un vaso de agua junto a tu cama, tres minutos de silencio con la ventana abierta.

    Mientras cuidas algo, aprende a hablarte con la misma paciencia.
    No le gritarías a una planta por tardar en florecer.
    No te lo hagas a ti.

    Florecer no siempre es brillar hacia afuera;
    a veces es simplemente seguir aquí,
    echando raíces en medio de la tormenta,
    hasta que un día —sin fecha fija— descubres
    que hueles un poco más a calma.

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    «Polenta cremosa con espinacas y ajo Anuncios

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  12. No más niñita tierna

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    Cuando me golpeo el codo digo «Sorpresa, ojalá que sea agradable.» Si me pica la mano me la guardo en el bolsillo para que venga la plata. Si se parte un vaso en 2 pedazos prendo un sahumerio o una velita para expulsar las malas energías. Si se cae un cuchillo, un tenedor o una cuchara, me pregunto quién vendrá. Tengo piedritas, una runa y un elefante para atraer el dinero. Pero eso no me hace alguien espiritual, al parecer. Dar gracias todos los días por lo que tengo, meditar cuando mi TDAH me deja y si nada externo me interrumpe, prenderle una velita a la luna para que me guíe en mi camino. Siempre me faltan los clásicos 5 pal peso. Supongo que con la mega devaluación, esos 5 como ese peso, para la nueva espiritualidad no valen nada.

    Vivimos en una época en la que el cristianismo convive con el reiki, la biodecodificación con las constelaciones familiares, y la astrología se discute más que la astronomía. Una época en la que creer en las energías y en el “poder de la mente” no solo es válido, sino que parece obligatorio. Y si no pensás como el algoritmo, o no vibrás alto, sos “negativa”, “tóxica” o, directamente, “un estorbo emocional”.

    Iba a hacer un post informativo sobre el TDAH. Una línea de tiempo desde mis tres años hasta ahora. Pero pensé: ¿para qué? Ya lo expliqué. Ya lo conté. Ya lo escribí. Y aún así, hay gente que necesita una experiencia personal para poder creerte. Y si no te cree, entonces te acusa de justificarte. Como si no existiera un punto medio entre ser víctima y ser funcional.

    Hace poco una amiga mía se animó a ir al psiquiatra. Y su pareja le contestó: “La medicación no es magia. ¿Por qué no vas a hacer biodecodificación?”. Como si fuera lo mismo. Como si una historia de vida jodida se pudiera destrabar con “tu árbol genealógico”. Como si la ciencia fuera un plan B, y no un punto de partida.

    Y ojo: no se trata de burlarse de las creencias de nadie. Pero… ¿realmente tengo que constelar a mis ancestros cuando apenas puedo manejar mi día a día? ¿En serio tengo que sanar los traumas de mi tátaraabuela cuando todavía estoy intentando sobrevivir a los míos?

    Pero además, ¿en qué momento separamos la ayuda inmediata del “poder de la mente”? Una chica en Twitter contaba que el colectivo en el que iba chocó. Una pasajera cayó hacia adelante. La chica llamó al SAME, se le acercó y le ofreció ayuda. Una tercera pasajera le dijo: «No, dejala. Le estoy pasando reiki. Va a estar bien.»

    Es bastante llamativo también cómo las personas de generaciones más grandes entienden mucho más y tienen mayor empatía que las nuestras. Una amiga de unos cincuenta y pico, cuando le conté de mi TDAH hace poco, entendió todo perfectamente y no dudó de nada. ¿Por qué? Porque había tenido una charla con su ex sobre el tema, al cual lo habían diagnosticado hacía un tiempo con lo mismo.

    Se supone que éramos la generación de la transición entre los dinosaurios y la que lo iba a cambiar todo. Los planes quedaron en el camino. Los nenes usan “mogólico” como insulto, cuando yo aprendí desde los 6 años que no se debía usar. Que era una forma de discriminación.

    Todo lo que no se ve, hoy es sospechoso. Todo lo que no es feliz, es negativo. Y todo lo que no encaja, es desechable.

    Vivimos una época donde las personas de nuestra generación y las que vienen están cayendo en una especie de antiempatía elegante. Todo tiene que estar decorado. Todo tiene que estar explicado sin incomodar. Y si no podés o no querés explicar, entonces te gostean. Te cancelan. Te critican por “no hacer el esfuerzo”. O te sueltan un “¿no te estará faltando una pata más del banquito?” Y yo pienso: ¿no será que recién estoy empezando terapia y no puedo trabajar todo a la vez porque me están pasando mil cosas?

    La exacerbación del súper yo por encima de la empatía y el entendimiento hacia el otro hacen que en realidad, no intenten verte desde tu punto de vista, ponerse en tus zapatos. Todo tiene que ser una comparación personal con lo que a ellos les pasa. Y la verdad, para creer en cosas que me obligan o me instan a ser políticamente correcta, prefiero ser escéptica. Sí, como Lisa. Prefiero ser el hablantín que arruine la película contándote el final.

    Una amiga me contaba que su amiga sale con jóvenes de entre 20 y 30 años. Y que la mayoría tienen un patrón: vínculos fugaces, falta de responsabilidad afectiva, desprecio por el otro. Es que ahora, amar sin explicar nada, parece ser parte de la autenticidad. Y herir sin culpa, un acto de amor propio.

    El problema no es la libertad. El problema es usar la libertad como excusa para evitar el compromiso. Porque no todo lo que duele es manipulación. Y no todo límite que te incomoda es “violencia”.

    Relaciones de no más de 5 meses, gosteo, bloquear sin explicación, poner excusas que, como dice La Oreja de Van Gogh, «ni tú entendías.» Pero todo está bien. Porque es como ellos dicen.

    Y no, no es que vos no te hayas equivocado. Pero cometer errores y pedir disculpas por ellos parece más difícil de hacer que perdonar al otro, así porque sí. Realmente, cuántos conflictos se solucionarían simple y sencillamente escuchándonos los unos a los otros, y empatizando con lo que nos pasa?

    Y mientras tanto, seguimos romantizando el perdón. Que tenés que perdonar “porque eso te libera”. Que si no perdonás, te llenás de odio. Y una se pregunta: ¿Perdonarías a alguien que te invalidó cuando contaste que fuiste abusada? ¿A alguien que habló de tu vida como si supiera lo que pasaba adentro de tu casa? ¿Perdonarías a tu abusador?

    Yo no. Y no tengo rencor. No tengo odio. No tengo ninguna culpa por no hacerlo. Simplemente no me nace. Y que me obliguen a hacerlo en nombre del “crecimiento personal y espiritual” me parece tan violento como lo que me hicieron en primer lugar.

    🔬 La OMS, la Unicef y el BID ya vienen alertando que la salud mental en niños y adolescentes empeoró significativamente desde la pandemia. Aumentaron los casos de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidios en un 25%. Datos, no opinión.

    🌍 Pero no, no hablamos de eso. Hablamos de decretar, de manifestar, de elevar la frecuencia, de alinear los chakras, que no está mal. Si alguien se siente bien pidiéndole trabajo a San Cayetano está perfecto. Pero que tus creencias no invaliden las mías ni invaliden mi diagnóstico de una condición neurológica documentada y estudiada científicamente.

    ¿Por qué tengo que mostrar la mejor versión de mí? ¿Para quién? ¿De afuera tienen que ver que estoy bien, que puedo con todo, que soy la hada mágica de la felicidad? No, no puedo, no quiero. No voy a sonreír por complacer ni a darte la razón por ser condescendiente. Prefiero callarme y no decir nada antes que entrar en discusiones sin sentido. Y lo más loco: a veces, el apoyo y la contención que necesitás, llega de quien menos te lo esperás.

    🔭 Mi tío que es físico me dijo que la astrología no existe porque los astrónomos confirman que los planetas no se alinean como dice la astrología. Que lo que vemos desde la Tierra es una ilusión óptica, no un campo de energía mística. Y acaso tenemos pruebas para argumentar en su contra? En contra de un telescopio o de cientos de científicos a lo largo y ancho del globo? La respuesta es no.

    Pero nada de eso importa. Porque si lo leíste en TikTok, es verdad. Porque la fe, mientras tenga filtro bonito, se vuelve más creíble que cualquier telescopio. Aunque convengamos que la astrología existe al igual que muchas otras pseudociencias, hace mucho más tiempo que las redes sociales.

    Pero entonces, ¿cuál es hoy en día la diferencia? Que entre gurús digitales, adolescentes confundidos y adultos que creen en todo menos en el otro, se instala una nueva forma de violencia: la espiritualidad narcisista. El amor propio a toda costa. El perdón como imposición. La ciencia como capricho. Y el dolor ajeno como material descartable si no se expresa con las palabras correctas.

    Porque hoy en día cualquiera puede hacer un curso de astrología que no tiene ningún tipo de validez y hacer videos en las redes para conseguir seguidores. Pero existe la teoría de la certeza —no recuerdo el nombre exacto— que dice que si vos decís algo, sea lo que sea, por pura estadística, a más de una persona le va a resonar. Y ese es el fundamento principal para que la astrología continúe viva hoy en día como un oráculo del futuro y el pasado.

    Así que sí. Ya está. No más niñita tierna. No más sonrisas para suavizar lo que molesta. No más explicaciones para quien no quiere entender.

    Yo ya no estoy para quedar bien con el diablo ni con dios. Por eso prefiero quedar mal con los dos. Porque eso implicaría deformarme hasta encajar. Y yo, sinceramente, ya no estoy para encajar. Estoy para existir. Con contradicciones, con heridas, con opiniones molestas. Y si eso incomoda… que incomode. No me importa.

    Porque, si me preguntan en qué creo: creo en Jesús, en el Che Guevara, en Mafalda, en Quino, en Gardel, en Charly García, en el Flaco Spinetta y en la Negra Sosa. Creo en el Racing Club de Avellaneda, en la luna, en los dragones y en los gatitos. Pero sobre todo, creo en la ciencia. Y en que nadie se salva solo, como dijo alguien en El Eternauta (¿Salvo? ¿Favalli? Bueno, cosas del TDAH). No sé. Pero la salida es colectiva. Y como me dijo un amigo católico y súper conservador: en lugar de separarnos por nuestras diferencias, deberíamos unirnos por aquello que tenemos en común.

    Creo en la verdadera amistad. En el afecto, el amor y el cariño sincero. Creo cada vez en menos personas. Confío cada vez en menos gente. Pero si publico esto es porque aún sigo creyendo en la humanidad.

    #adolescencia #ansiedad #astrología #astronomía #autoayuda #depresión #Discapacidad #Discriminación #empatía #juventud #Meditación #neurodivergencia #pandemia #postPandemia #Psicología #psiquiatría #Reiky #responsabilidadAfectiva #superYo #TDAH #yoga

  13. Como hoy es el día mundial de la prevención del suicidio quiero aprovechar este dia para visibilizar como es un ingreso de salud mental desde dentro.

    A día de hoy, un ingreso de salud mental, se realiza cuando el trastorno o enfermedad de salud mental no está controlada y se necesita una atención más exhaustiva y personalizada.

    Hoy os comparto mi experiencia personal de como es por dentro.

    somosdisca.es/un-ingreso-de-sa

    #ingresoensaludmental #ingresoagudos #manicomio
    #PrevencionDelSuicidio #prevención #stopsuicidio #saludmental #depresion #depresionmayor #distimia #bipolar #trastornobipolar #esquizofrenia #trastornoalimenticio #ansiedad #agudos #visibilidad #cuidados #autoayuda #respeto #empatia #salud #enfermedad #titan #titanicos #titanico #discapacidad #disability #disabilities #gentetitanica #somosdisca

  14. #Introducción

    Pura Vida

    Soy Luz Mery, soy #psicóloga clínica, la profesión me permite
    brindar orientación, apoyo y guía aquellos que me lo permitan.

    La #salud mental es un área en el ser humano que se ha dejado de lado por
    mucho tiempo. Es importante la #psicoeducación en temas como #ansiedad, #duelo, #depresión, entre muchos otros temas relevantes.

    Puedes seguir mis publicaciones luzyvida_psicologia

    Intereses: #salud mental #Técnicas #conocerlugares #psicología