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https://donporque.com/incapacidad-permanente-del-primer-ertzaina-trans/
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Qué puedes esperar cuando eliminas las aplicaciones de redes sociales de tu teléfono
Después de un mes sin redes instaladas en el celular, entendí que los cambios importantes no son los que uno imagina. No se trata solo de «tener más tiempo», sino de cómo cambia la atención, el estado de ánimo y la forma en que te relacionas con la información.
Lo bueno
- Recuperé el foco. La mente deja de saltar de un estímulo a otro y vuelve a sostener una idea por más de dos minutos.
- Apareció tiempo real, no teórico. Pasear, leer, conversar, entrenar, cocinar: todo eso vuelve a caber en el día.
- Bajó el ruido mental. Ninguna noticia, mensaje o tendencia me alteraba el ánimo sin que yo lo eligiera.
- Volvió la creatividad. Cuando tienes tiempo para divagar, aparecen ideas que antes no tenían dónde nacer.
- Reconecté con lo mío. Lectura, gimnasio, música, DJ, proyectos personales: ocuparon el lugar que antes tenía el feed.
Lo difícil
- La sensación de «me estoy perdiendo algo» es real y aparece seguido. No desaparece del todo, pero se vuelve manejable con el tiempo.
- Me vi las manías de frente. Desbloqueaba el teléfono sin ningún motivo. Ahí entendí cuánto me habían moldeado esos hábitos, y cuánto me condicionaban las redes sin que lo notara.
- El aburrimiento apareció de nuevo. Antes lo tapaba con scroll; ahora hay que decidir, con esfuerzo, con qué llenarlo. Ese tiempo libre estaba ahí siempre, solo que enterrado bajo el feed.
Lo inesperado
- Me volví más selectivo con la información. Ya no consumo todo lo que aparece; elijo qué vale la pena.
- Entendí que casi nada de lo que veía me aportaba algo. Era ruido disfrazado de contenido.
- El ánimo se estabilizó. Sin sobresaltos constantes, la mente se aquieta sola.
- La vida social se sintió más real. No necesariamente más grande, pero sí más presente: estoy en la conversación, en la actividad, en el momento. Dejé de vivir a través de fotos y videos para vivir lo que pasa frente a mí.
Tu voto:
#Aburrimiento #Ansiedad #Atención #Autenticidad #Autocontrol #Bienestar #Calma #Celular #Conciencia #Creatividad #Desconexión #Digital #Disciplina #Estilodevida #Foco #Hábitos #Información #Mindfulness #Minimalismo #Presencia #Productividad #Redes #Reflexión #Tecnología #Tiempo -
El tiempo se expande cuando eliminas el feed de las redes sociales
Después de tres semanas sin aplicaciones de redes sociales en el teléfono —Instagram, Twitter, LinkedIn— llegué a una conclusión simple: el tiempo se expande cuando eliminas de la ecuación las visitas constantes a los reels, videos y feeds infinitos. No borré mis cuentas; solo eliminé el acceso directo desde el móvil. Sigo entrando desde el computador para ponerme al día, revisar mensajes o dejar un «like» a amigos y familiares, pero eliminé la posibilidad de estar atento en tiempo real a las novedades que ofrecen los feeds.
La compulsión sigue ahí, aunque las apps no estén
Lo primero que aprendí es que la facilidad de acceso es el corazón del problema. Al quitarla, aparece algo evidente: existe una compulsión de tomar el teléfono cada vez que surge ansiedad, temor, aburrimiento o ganas de procrastinar. Incluso sabiendo que las aplicaciones no están instaladas, la mano va al teléfono igual. Ese gesto automático revela un hábito arraigado que moldea la conducta.
Varias veces tomé el teléfono sin un objetivo claro, solo para calmar una inquietud interna. La ausencia de redes deja en evidencia que el impulso no viene del contenido, sino de la necesidad de regular emociones. Las redes sociales se aprovechan de esa compulsión: ofrecen un alivio rápido, pero superficial.
Con el tiempo entendí que el alivio nunca estuvo en el scroll. Cuando desbloqueas el teléfono y no encuentras la app, descubres que esa calma momentánea era falsa: los problemas siguen afuera. «Entendí que el alivio tampoco venía de ahí.» La dopamina del scroll no resuelve nada; solo tapa.
Por eso me propuse una meta concreta: «que el acto de voluntad para entrar sea todavía más difícil que el acto de salir.» No se trata de tener más fuerza de voluntad en el momento, sino de diseñar el sistema —sin apps, sin acceso directo— para no necesitarla.
El vacío inicial es una oportunidad
Cuando eliminas las redes, aparece un vacío que antes llenabas con estímulos. Ese vacío, lejos de ser incómodo, se transforma en oportunidad. «Ese vacío se transforma en oportunidades para hacer cosas diferentes.» Es el inicio de la presencia.
Al no perder minutos en videos sin sentido, surge espacio mental real. «Ese espacio libre aparece y puedes poner foco en lo que realmente te interesa.» Ese tiempo lo he usado para actividades más terrenales: pasear, aprender, conversar, leer, ejercitarse, almorzar atento a la conversación.
La ansiedad persiste, pero se vuelve manejable. La compulsión por ver likes, noticias o reels no desaparece de inmediato, pero deja de gobernar la conducta. «No he bajado del todo ese nerviosismo persistente… pero sí noto que tengo más tiempo disponible.» La necesidad de revisar el teléfono se vuelve visible, y por lo tanto, trabajable.
También descubrí que la presencia mejora cuando el celular sale de la mesa. Un gesto simple cambia la calidad de la experiencia. «Dejar el celular lejos de la mesa del comedor… ayuda a estar presente.» La distancia física crea distancia mental.
Lo que más ha costado
Controlar la necesidad de conectarme. Incluso sin apps, aparece el hábito de buscar scroll en YouTube o Instagram web. «Abrir el navegador y buscar algún tipo de scroll.» La compulsión migra; hay que vigilarla.
Salir cuesta más que entrar. «Salir cuesta más que entrar; es un acto que se siente casi violento.» Esto demuestra que el problema no es la red social: es el circuito de recompensa.
La versión web, por suerte, es menos adictiva. «El contenido que aparece en la versión web es menos adictivo.» Esa incomodidad permite mantener un uso mínimo y consciente. Incluso ahí noto matices: entrar a Facebook es solo costumbre, aburrimiento puro; entrar a Instagram tiene un motivo puntual —saber de amigos y familiares—, y el resto ya no me interesa. Cuando el impulso tiene nombre y apellido, es mucho más fácil ponerle límite.
La tentación con un teléfono nuevo
Cambié a un nuevo teléfono móvil. Apenas lo encendí sentí la tentación de reinstalar las redes sociales, con la excusa de «aprovechar la potencia del equipo». Pero la potencia real de un teléfono nuevo está en otra parte: grabar video, tomar fotos, mezclar música, correr juegos, almacenar rápido. Para redes sociales, en cambio, da lo mismo el equipo que se use. Ese momento confirmó lo que había aprendido la primera semana: el problema nunca fue el contenido ni el dispositivo, fue tener la puerta abierta.
Lo que entendí al final
No necesitas saber todo al minuto. «No es necesario saberlo al minuto. Menos tensión.» Ese dato urgente no suma nada a mi vida; solo quita tiempo. No necesito enterarme de inmediato de accidentes, robos, choques o incendios: igual termino sabiendo porque alguien lo comenta en una conversación. Digo «no lo sabía» y listo. No pasa nada. La urgencia informativa es una ilusión creada por el algoritmo.
Mirando hacia atrás, después de tres semanas, veo con claridad que las redes moldean comportamientos artificiales. «La gente hace cosas extrañas para responder a las reglas ocultas del algoritmo»: fotos de playa todos los días aunque estén trabajando, sonrisas permanentes como si la vida fuera una vacación eterna. La prueba más clara la vi de lejos, una madrugada de semana: alguien se levantó a la una de la mañana a grabar un auto incendiado y chocado, le puso un logo de «Noticias» y narró el video como si fuera un reportero. Todo ese esfuerzo, a esa hora, por algo que se podía ver al día siguiente sin ninguna pérdida. Esa presión invisible empuja a actuar de maneras que no existirían sin ella, y que tampoco elegiría si me detuviera a pensarlo. Al final, la lección no fue dejar de usar redes sociales, sino recuperar el control sobre cuándo y cómo entrar en ellas. El tiempo que antes se filtraba en scrolls de tres minutos —repetidos veinte, treinta veces al día— hoy aparece como un bloque disponible: para leer, para entrenar, para estar presente en una conversación sin revisar el teléfono por debajo de la mesa. Ese es el hallazgo central de estas tres semanas: el tiempo no se administra mejor a punta de fuerza de voluntad, se expande solo cuando eliminas la fricción que lo consumía sin que lo notaras.
Tu voto:
#adicción #algoritmo #ansiedad #Atención #autocontrol #bienestar #celular #compulsión #conciencia #desconexión #digital #Disciplina #dopamina #foco #hábito #hábitos #mindfulness #minimalismo #presencia #productividad #redes #Reflexión #scroll #tecnología #tiempo -
╭⊱ Hay personas que parecen frías, distantes o incluso antipáticas.
Y casi siempre pensamos que es cuestión de carácter.Pero a veces no es soberbia.
Es miedo.Miedo a decir algo y sentirse juzgadas.
A coger cariño y que las decepcionen.
A mostrarse tal y como son y pensar que no serán suficientes.Con el tiempo levantan una muralla tan alta que ni ellas mismas saben ya cómo bajar el puente.
Desde fuera parece desinterés.
Desde dentro, agotamiento.Lo triste es que cuanto más se protegen, más solas se sienten.
Y esa soledad les confirma la mentira que llevan tiempo creyéndose: que es mejor mantener a todo el mundo lejos.A veces no necesitamos que alguien nos obligue a abrirnos.
Solo encontrar un lugar donde no haga falta llevar armadura.╭⊱ ✿ ✿ ✿ ⊰╮
#psicologia #saludmental #emociones #reflexiones #ansiedad #miedos #autoestima #relaciones #crecimientopersonal #bienestar
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Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.
—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…
Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.
#ansiedad #autocuidado #Blog #díasTontos #Diario #Escribir #escrituraCreativa #experiencias #introspección #reflexiones #saludMental #terapia -
Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.
—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…
Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.
#ansiedad #autocuidado #Blog #díasTontos #Diario #Escribir #escrituraCreativa #experiencias #introspección #reflexiones #saludMental #terapia -
Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.
—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…
Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.
#ansiedad #autocuidado #Blog #díasTontos #Diario #Escribir #escrituraCreativa #experiencias #introspección #reflexiones #saludMental #terapia -
Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.
—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…
Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.
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Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
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—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
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Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
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https://www.europesays.com/es/570201/ Revelan por qué los trastornos emocionales y cognitivos son tan comunes después de un episodio cardíaco #actividad #ahora #ansiedad #asociacion #canadienses #cardiaco #cerebral #cognitivos #comunes #Depresión #despues #emocionales #episodio #ES #España #General #hallado #han #Health #incidencia #infarto #investigadores #mayor #Pacientes #población #posible #Qué #que los #respuesta #revelan #Salud #son #Spain #su #sufrido #tan #trastornos #tres #veces
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https://www.europesays.com/es/569928/ Revelan por qué los trastornos emocionales y cognitivos son tan comunes después de un episodio cardíaco #actividad #ahora #ansiedad #asociacion #canadienses #cardiaco #cerebral #cognitivos #comunes #Depresión #despues #emocionales #episodio #ES #España #General #hallado #han #Health #incidencia #infarto #investigadores #mayor #Pacientes #población #posible #Qué #que los #respuesta #revelan #Salud #son #Spain #su #sufrido #tan #trastornos #tres #veces
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Hola Titánicos, cada tercer viernes de marzo se celebra el día mundial del sueño, este año bajo el lema: “Duerme bien, vive mejor” ("Sleep Well, Live Better”), destacando la necesidad de abordar la calidad y los trastornos del sueño, que afectan a millones de personas en todo el mundo.
https://somosdisca.es/dia-mundial-del-sueno-2026/
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Hola Titánicos, cada 2 de marzo se celebra el día Mundial del Bienestar Mental para Adolescentes, con el objetivo de ofrecer el apoyo que necesitan todos los jovenes que pasan por esa etapa tan complicada como es la adolescencia.
https://somosdisca.es/dia-mundial-del-bienestar-mental-para-adolescentes-2026/
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🦋La ansiedad aparece cuando sabes exactamente la vida que quieres, pero no te atreves a ir a por ella.
La mente va por delante, el cuerpo se queda atrás.
Dudas, pospones, analizas todo mil veces.
No actúas.
Te frustras.
Y así nunca hay paz.
No es falta de claridad, es falta de coraje. Y sin coraje, todo pesa más.🦋#ansiedad #coraje #bloqueo #valentia #crecimientopersonal #decisiones #miedo #accion #claridad #reflexion
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El Colegio de Psicología de Aragón alerta del aumento de la depresión y reclama la incorporación de profesionales en Atención Primaria
https://web.brid.gy/r/https://arainfo.org/coppa-aragon-depresion-atencion-primaria/
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Iván Ferreiro: “Un ataque de pánico es que tu cerebro convierte todas las ideas en porquerías”
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Manual para florecer en tiempos difíciles
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18 minutosI. El ruido
El despertador sonó a las 6:30 a. m., 6:40, 6:50.
Lucía no abría los ojos, solo cambiaba de posición como si el sueño fuera un pozo demasiado hondo del que no supiera salir. Había empezado a dormir con el celular debajo de la almohada “por si algo urgente”, pero nunca había nada urgente; solo notificaciones que podían esperar, jefes que no sabían de horarios, newsletters que jamás leía.
La última alarma la obligó a incorporarse. Sentada en la orilla de la cama, miró sus manos. Sentía el cuerpo pesado, como lleno de arena húmeda.
Se puso de pie. El departamento olía a encierro y café viejo. En la barra, junto al fregadero, una taza con restos secos formaba una aureola marrón. Lucía la enjuagó sin pensarlo mucho y puso a calentar agua. Encendió la cafetera como si fuera un interruptor de existencia: sin café, nada comenzaba.
Volteó hacia la ventana del pequeño balcón. Y ahí estaba: la maceta.Era una maceta de barro color terracota, con una línea rota en la base. La había comprado dos años atrás, en un impulso optimista, cuando le pareció brillante idea empezar a cultivar albahaca “como toda adulta funcional en Pinterest”. La albahaca duró tres semanas. Desde entonces, la maceta se volvió paisaje fijo: tierra dura, grietas, polvo.
Lucía se acercó y pasó el dedo sobre la superficie seca. Se levantó una nubecita mínima.
—Igualita que yo —susurró.
Abrió un cajón de la cocina buscando un clip, encontró de casualidad un sobre arrugado: “Semillas de lavanda — aroma de calma”.
Había olvidado que las compró en una feria ecológica, el mismo día que se prometió “hacer yoga tres veces a la semana, meditar y comer mejor”. Nada de eso ocurrió. El sobre quedó enterrado entre boletas y ligas.
Lo sostuvo entre los dedos. Lo lógico era tirarlo.
En cambio, lo abrió.
Tomó tres semillas, pequeñas, oscuras. Hizo tres agujeros torpes en la tierra seca y las dejó caer. Luego, con una botella de vidrio reciclada, echó un poco de agua.El agua se quedó en la superficie unos segundos, luego desapareció en grietas.
—No va a crecer nada —dijo en voz baja, con una sonrisa cansada.
Encendió la computadora. El día empezó a tragársela otra vez.
No lo sabía aún, pero esa acción mínima, casi ridícula, había sido su primer acto de resistencia.
II. El cuerpo que avisa
Los días eran un archivo comprimido: juntas por Zoom, cambios de última hora, campañas urgentes, métricas, mensajes del jefe a las 11 de la noche con la palabra “IMPORTANTE” en mayúsculas.
Lucía comía frente a la pantalla, respondía correos en el baño, hacía scroll infinito en Instagram hasta que los ojos le ardían.
La lavanda no ocupaba un lugar real en su mente. Cada mañana se acercaba a la maceta, echaba un poco de agua y salía de cuadro. Ni esperanza ni fe; solo una repetición mecánica, como lavarse los dientes.
Hasta que un jueves, durante una presentación, la voz empezó a temblarle. El corazón le latía tan fuerte que sentía el eco en los oídos. Se le durmieron las manos, le faltó el aire.—Lucía, ¿estás ahí? —preguntó la jefa desde la pantalla.
Ella intentó contestar, pero las palabras no salieron. Cerró la laptop sin explicar. Caminó al baño. Se miró al espejo: estaba pálida, con ojeras moradas, la respiración entrecortada.
Llamó a su mamá.
—Me voy a morir —dijo, con los dedos temblando—. Me va a dar algo, siento que me apachurran el pecho.
—Lucía, mi amor, eso es ansiedad —respondió su madre, con calma—. Respira. Inhala despacio. Exhala más lento. Ve al doctor, pero también tienes que bajarle al ritmo.
Después de una revisión, el médico confirmó lo que el cuerpo llevaba meses gritando: agotamiento, estrés, ansiedad. Le recomendó terapia, pausas, caminar, “buscar actividades que te conecten con algo más que la pantalla”.
“Conectarme con algo”. La frase se le quedó dando vueltas.
Esa noche, al regresar, abrió la ventana para tomar aire.
Entonces lo vio.
Un punto verde, pequeño, absurdo, emergía entre la tierra agrietada.
Se inclinó. Acercó la cara. No estaba segura si era una hierbita cualquiera, pero algo en la rectitud del tallito, en el esfuerzo diminuto de abrirse paso, le pareció heroico.
Y por primera vez en mucho tiempo, Lucía sonrió sin obligarse.—Hola —susurró—. Así que sí estabas viva.
III. Brotes
A la mañana siguiente le escribió a su mamá:
“Salió un brotecito en la maceta. Creo que es de la lavanda. Me hizo feliz. Es ridículo, pero sí.”
Su mamá respondió con un audio lleno de cariño:
—Pues cuídalo, hija. A veces Dios, la vida, el universo, lo que tú quieras, nos manda señales chiquitas. Tú cuida esa plantita. Y cuídate tú.
Lucía decidió tomárselo en serio.
Empezó a levantarse 10 minutos antes para regar el brote con calma, sin prisa, observando cómo la gota se deslizaba por el tallo. Buscó en internet: “cómo cuidar lavanda en maceta”. Aprendió sobre sol indirecto, buen drenaje, riego moderado.
Comenzó un cuaderno al que llamó, medio en broma, medio en serio: “Manual para florecer en tiempos difíciles”.
En la primera página escribió:Día 1: No me morí. Madres dice que es ansiedad.
Día 2: El brote sigue aquí. Yo también.Los días siguientes, el tallo se alargó. Aparecieron las primeras hojas. Lucía sentía un orgullo extraño por algo que en realidad hacía solo. Pero la rutina de cuidar esa vida nueva comenzó a sembrar pequeños cambios:
- Dejó de contestar mensajes laborales después de las 9:00 p. m. “Lo vemos mañana”.
- Empezó a caminar dos cuadras para comprar frutas, en lugar de pedir todo por app.
- Tomaba té en lugar de su cuarto café.
- Cerraba los ojos un minuto al lado de la ventana para sentir el aire.
Un compañero de trabajo, en una videollamada, se burló:
—Te ves menos muerta, ¿cambiaste el filtro?
—Estoy intentando dormir un poco más —dijo ella.
—Qué lujo.
Lucía pensó: no es un lujo, es sobrevivir.IV. El vecino del jardín colgante
Un sábado por la tarde, mientras movía la maceta unos centímetros para que recibiera mejor luz, una voz masculina sonó al otro lado del muro del balcón.
—Se ve bien ese brote.
Lucía se sobresaltó. Giró. Desde el balcón contiguo, un hombre la miraba con una sonrisa leve. Tenía la barba descuidada y una playera gris con manchas de pintura. Detrás de él, una pared cubierta de macetas verdes: romero, albahaca, menta, suculentas, algo que parecía una higuera en miniatura.
—Perdón, no quise asustarte —dijo—. Es que llevo unos días viéndote cuidar la maceta. Creo que es lavanda, ¿no?
—Eso se supone —respondió Lucía—. Aunque pensé que no saldría nada.
—Las semillas son tercas —dijo él—. Solo necesitan que alguien no se rinda antes.
Lucía sintió que esas palabras iban dirigidas también a ella.
—Soy Andrés —agregó—. Me acabo de mudar. Si quieres, cuando crezca más, te ayudo a podarla.
—Lucía —dijo ella.
Se quedó mirando su jardín colgante.
—Tienes muchas plantas.
—Es más barato que terapia —bromeó él, pero sus ojos tenían un brillo serio.A partir de ese día comenzaron conversaciones cortas:
sobre el clima, el sol directo, bichitos blancos en la tierra, riego por la mañana o por la noche.
Una tarde, Lucía señaló una maceta en el muro de Andrés.
—¿Eso qué es?
—Romero —dijo él—. Fue la primera planta que tuve cuando estaba hecho pedazos. Huele a casa nueva.Ella quiso preguntar “¿hecho pedazos cómo?”, pero se guardó la pregunta. Intuía que algún día él mismo lo contaría.
V. La caída
El día de la tormenta llegó sin anunciarse.
Por la tarde, el cielo se puso amarillo y luego gris oscuro. Lucía, distraída en una reunión, escuchaba truenos a lo lejos, pero no se levantó a revisar nada.
Cuando por fin cerró la laptop, la lluvia caía con furia. Un viento fuerte entraba por la ventana entreabierta.
Corrió al balcón.
La maceta estaba en el suelo, volcada. El tallo principal de la lavanda se había partido casi a la mitad. Tierra húmeda salpicaba todo.
Lucía se quedó paralizada. Se arrodilló en el piso. Con manos torpes empezó a juntar puñados de tierra. El tallo se doblaba, vencido.
Sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
No lloraba solo por la planta. Lloraba por todas las cosas que había dejado caer por descuido: amistades que ya no llamaba, citas que cancelaba, dibujos que nunca terminó, promesas hechas a sí misma que se le rompían entre correos y pendientes.
Tocaron a su puerta.
Abrió con el rostro húmedo.
Era Andrés, empapado, sosteniendo una bolsa de tierra y una maceta limpia.—Vi desde mi balcón. ¿Puedo pasar?
Lucía asintió.
Fueron juntos al balcón. Andrés habló con voz tranquila:
—A ver, no está todo perdido. Ayúdame.
Sacó con cuidado el tallo, acomodó raíces y tierra en la nueva maceta.
—Sostén aquí, por favor —le dijo a Lucía.
Sus manos se rozaron. Lucía miró la lavanda quebrada y murmuró:
—Siempre pasa esto. Empiezo algo y lo echo a perder.
Andrés levantó la vista.
—No es verdad. Aquí estás intentando salvarla.
—Pero fue mi culpa. Debería haber cerrado la ventana.
—Hay tormentas que llegan aunque cierres todo —respondió él—. Lo importante es lo que haces después.
Apretó un poco la tierra alrededor del tallo.
—Mira, si esta parte no se recupera, va a brotar desde abajo. Las plantas buscan otra vía. Nosotros también podemos.
Lucía lo miró en silencio. Sintió ganas de creerle.
—¿Tú cómo aprendiste todo esto? —preguntó.
Andrés tragó saliva.—Perdí a mi hermano en un accidente —dijo finalmente—. No sabía qué hacer con la culpa, con el tiempo, con la casa vacía. Un día, compré una planta porque necesitaba cuidar algo que no fuera mi dolor. Luego otra. Y otra. No me curó, pero me dio un ritmo. Me obligó a levantarme, abrir la ventana, regar, seguir.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
—Lo siento.
—Yo también —dijo él—. Todavía. Pero aquí sigo. Y tú también, ¿no?
Ella asintió.
Esa noche, después de que Andrés se marchó, Lucía se sentó frente a la lavanda replantada. Aún se veía frágil.
En su cuaderno escribió:“No todo lo que se quiebra muere.
A veces solo cambia de forma.
Yo también.”VI. Pequeños rituales
Después de la tormenta, Lucía empezó a tomarse en serio la palabra “cuidado”.
Se obligó a hacer algo nuevo: pidió cita con una terapeuta.En la primera sesión, habló atropellada de trabajo, ansiedad, la sensación de ser un archivo con mil pestañas abiertas.
—¿Qué te calma? —preguntó la terapeuta.
Lucía pensó.
—Ver crecer mi planta —respondió, sorprendida de su propia honestidad.
—Entonces vamos a convertir eso en un ritual —dijo la terapeuta—. No como obligación, sino como recordatorio de que eres capaz de sostener algo con paciencia. Y también de sostenerte.
A partir de entonces, sus días empezaron a organizarse alrededor de pequeños rituales:- Por la mañana, cinco minutos de respiración junto a la ventana, con la lavanda.
- A media tarde, pausa sin pantalla: regar si hacía falta, tocar la tierra, observar.
- Por la noche, escribir una frase en el cuaderno: algo que agradecía, algo que había logrado, aunque fuera mínimo.
Un día escribió:
“Hoy no lloré en el baño de la oficina virtual. Eso cuenta.”
Otro:
“Dije que no a una entrega imposible. No se cayó el mundo.”
Andrés se asomaba algunas noches.
—Se ve más fuerte —decía señalando la lavanda.
—Creo que nos estamos ayudando mutuamente —respondía ella.
Él le enseñó a preparar infusión con hojas de menta. Ella le enseñó a hacer un pesto improvisado con casi nada.
—La vida es más fácil cuando se comparte lo que se cultiva —dijo un día Andrés.
Lucía guardó esa frase.VII. Retrocesos
No todo fue lineal.
Había días en los que Lucía despertaba con la misma piedra en el pecho de antes. Días en los que volvía a contestar correos a medianoche. Días en los que la lavanda parecía apagada, sus hojas tristes.
Un miércoles, su jefa le gritó por mensaje de voz porque una presentación no estaba lista.
Lucía se quedó inmóvil frente a la pantalla. El viejo impulso de complacer, aguantar, cederse hasta romperse volvió con fuerza.
Fue al balcón buscando aire. El sol pegaba fuerte sobre la maceta.
Las hojas estaban ligeramente caídas.—Perdón —susurró—. Te descuidé.
Le echó agua de golpe. Drenó mal. La tierra se encharcó.
En la próxima sesión, la terapeuta le dijo:
—¿Ves cómo reaccionaste? Te diste cuenta del descuido y quisiste compensarlo con demasiado. Eso hacemos con nosotras también: nos saturamos buscando corregir de golpe. Ni a la planta ni a ti les sirve el exceso.
Lucía se quedó en silencio.
—Entonces… ¿qué hago?
—Observar. Corregir con suavidad. No abandones, pero tampoco ahogues. Ni a la lavanda, ni a ti.
Eso hizo.
Destapó los agujeros de drenaje, dejó que la tierra respirara. Empezó a apagar el celular una hora antes de dormir. Puso límites con el trabajo poco a poco.
Se permitió fallar un día y retomar al siguiente sin tratarse como enemiga.
La lavanda se recuperó.
Ella también, lentamente.VIII. Comunidad
Con el tiempo, el balcón de Lucía dejó de ser un rincón triste.
Andrés le regaló un esqueje de menta. Doña Teresa, la vecina del piso inferior, subió un día con una macetita de suculenta:
—Para que no estés sola, mija. A las plantas les gusta la compañía —dijo.
El edificio comenzó a cambiar sin que nadie lo planeara. Una vecina puso geranios rojos. Otro sembró jitomates en botes reciclados. Un niño pegó un dibujo de abejas junto a la entrada.
Una tarde, al ver el conjunto, Andrés dijo:
—Parece que sembraste un movimiento.
—Yo solo quería que mi planta no muriera —respondió Lucía.
—Y mientras la cuidabas, nos contagiaste las ganas.
Organizaron una tarde de intercambio de esquejes. Lucía llevó frascos con flores secas de la lavanda, atados con hilo rústico y una etiqueta:“Para recordar que todo florece a su tiempo.”
—Te estás volviendo muy poética —bromeó Andrés.
—Es esto o volver a las crisis de pánico —dijo ella, riendo.
Una vecina joven, Karla, se acercó tímida:
—¿Tú escribiste esa frase?
—Sí.
—Deberías tener un blog.
Lucía sintió el corazón dar un brinco.
—Tenía uno. Lo abandoné —admitió.
—Pues riega esa maceta también —dijo Karla—. Hay gente que necesita leer esto.
La idea empezó a tomar raíz.IX. Florecer
Llegó el verano, y con él, las flores.
La lavanda se cubrió de espigas violetas que parecían pequeñas antorchas suaves. El olor era intenso, pero limpio. Cada vez que Lucía abría la ventana, el aroma la recibía como un abrazo.
Una tarde organizaron una cena sencilla en el pasillo del edificio. Cada quien llevó algo: pan, ensalada, agua fresca, una tortilla de patata, galletas. En el centro, un frasco con lavanda.Doña Teresa olfateó el ramo.
—Qué belleza. ¿Cómo le hiciste?
Lucía pensó un momento antes de responder.
—La regué cuando casi no tenía fuerzas. Le hablé cuando pensé que no me escuchaba. Le di espacio cuando estaba ahogándola. Y dejé de darla por muerta.
Andrés levantó su vaso.
—Brindo por eso.
Durante la cena, alguien preguntó a qué se dedicaba Lucía realmente.
—Trabajo en marketing —dijo—. Pero estoy aprendiendo a dedicarme también a mí.
Se rieron, pero la frase se quedó flotando.
Esa misma noche, al volver a su cama, abrió la laptop y entró al viejo blog que tenía olvidado. Leyó entradas de hace años: recetas, fotos de cafés, textos cortos sobre plantas.
Suspiró.
Luego abrió un documento nuevo y escribió el título:Manual para florecer en tiempos difíciles
Y comenzó la historia. No maquilló los ataques de ansiedad ni la sensación de vacío. Contó sobre la lavanda, Andrés, la tormenta, la terapia, los pequeños rituales. Cada capítulo era una mezcla de relato, reflexión y gesto cotidiano.
Cuando terminó, no estaba segura de si publicarlo. Le daba pudor exponerse.
Le mandó el texto a Andrés.
Al día siguiente, él le tocó la puerta con un vaso de té de lavanda.
—Lo leí —dijo—. Está vivo. No es un tutorial. Es una mano extendida. Súbelo.
—¿Y si a nadie le importa? —preguntó ella.
—Ya le importó a una persona: a ti. Eso basta para empezar.
Lo publicó.
Cerró la laptop. Se fue al balcón. La lavanda se movía leve con el viento.X. Ecos
Los primeros comentarios llegaron esa misma semana.
Una chica escribió:“Pensé que era la única que se sentía rota. Voy a plantar algo hoy.”
Otro:
“Tengo ataques de ansiedad. Nunca pensé que una planta pudiera ser parte del proceso. Gracias por contarlo sin hacerlo cursi.”
Una maestra de primaria dijo:
“Voy a leer tu historia con mis alumnos y sembrar semillas con ellos.”
Lucía se conmovió. No eran millones de vistas, pero eran raíces extendiéndose en lugares invisibles.
En una videollamada, su terapeuta sonrió cuando Lucía le contó todo.
—Convertiste tu dolor en puente —dijo—. Eso también es autocuidado: compartir para no cargar sola.
Más adelante, Lucía creó una sección fija en su blog llamada “Florecer lento”, donde mezclaba historias, tips suaves, fotos de su balcón, pequeñas guías para empezar un huerto en espacios mínimos, pero siempre atravesados por la idea de bienestar, paciencia y humanidad.
Andrés la ayudaba con fotos. Karla corregía textos. Doña Teresa aparecía de vez en cuando con refranes.
El edificio ya no era solo un conjunto de departamentos: era una comunidad pequeña que olía a tierra mojada y pan recién horneado.XI. Un año después
Un año después de haber enterrado las primeras semillas de lavanda, Lucía miró su balcón con calma.
Había lavanda, sí. Pero también menta, romero, albahaca, una bugambilia miniatura, un par de tomates cherry, suculentas, una maceta con caléndula que ella llamaba “valentía”.
El despertador sonaba menos veces. A veces se despertaba sola, con luz suave entrando por la cortina.
Había días malos todavía. Días en los que el corazón se aceleraba sin motivo, o el trabajo la sobrepasaba.
La diferencia era otra.
Ahora sabía qué hacer:- Respirar cerca de la ventana.
- No creerle al pensamiento catastrófico.
- Escribir aunque doliera.
- Mandar un mensaje a Andrés: “¿té?”
- Acariciar con los dedos una ramita morada y oler.
El dolor ya no era un abismo silencioso, sino un lugar donde podía sentarse acompañada hasta que pasara.
Un mensaje apareció en su bandeja de entrada: una lectora de otra ciudad le decía que, gracias a su historia, había vuelto a plantar algo después de una pérdida muy grande.
Lucía respondió con una frase que ya sentía suya:“No necesitas estar bien para empezar algo.
A veces es al revés: empiezas, y poquito a poco, algo dentro de ti encuentra dónde sostenerse.”Cerró la computadora. Salió al balcón.
Andrés le lanzó desde su terraza un frasco pequeño.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Semillas nuevas —dijo él—. Para lo que sigue.
Lucía sonrió.
—Entonces vamos a seguir floreciendo, supongo.
—En tiempos difíciles, no sabemos hacerlo de otra forma —respondió él.Epílogo: Para ti que lees esto
Si estás leyendo este “manual” esperando fórmulas rápidas, no las hay.
Lo que sí hay son pequeñas verdades que Lucía aprendió al ritmo de una lavanda testaruda:
- Florecer no es un acto espectacular, es una serie de gestos silenciosos: apagar el celular a tiempo, decir “no puedo con todo”, pedir ayuda, respirar tres veces antes de creerle al miedo.
- Cuidar algo vivo fuera de ti —una planta, un huerto en una lata, un esqueje rescatado de la calle— puede recordarte que mereces el mismo cuidado. No al revés.
- Los retrocesos no cancelan el progreso. Una planta puede doblarse, secarse un poco, enfermar; eso no la define. Tú tampoco eres tus peores días.
- La comunidad sana. Un vecino que te ayuda a replantar, una amiga que te escucha, un lector desconocido que te dice “a mí también me pasa”: todo eso son raíces que se entrelazan.
- No todo lo que se rompe muere. A veces, como la lavanda de Lucía, solo cambia el lugar desde donde vuelve a brotar.
Si estás pasando por un tiempo difícil, no necesitas tener un plan perfecto.
Empieza pequeño: una semilla en una maceta vieja, un vaso de agua junto a tu cama, tres minutos de silencio con la ventana abierta.Mientras cuidas algo, aprende a hablarte con la misma paciencia.
No le gritarías a una planta por tardar en florecer.
No te lo hagas a ti.Florecer no siempre es brillar hacia afuera;
a veces es simplemente seguir aquí,
echando raíces en medio de la tormenta,
hasta que un día —sin fecha fija— descubres
que hueles un poco más a calma.+HISTORIAS LENTEJA
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No más niñita tierna
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Cuando me golpeo el codo digo «Sorpresa, ojalá que sea agradable.» Si me pica la mano me la guardo en el bolsillo para que venga la plata. Si se parte un vaso en 2 pedazos prendo un sahumerio o una velita para expulsar las malas energías. Si se cae un cuchillo, un tenedor o una cuchara, me pregunto quién vendrá. Tengo piedritas, una runa y un elefante para atraer el dinero. Pero eso no me hace alguien espiritual, al parecer. Dar gracias todos los días por lo que tengo, meditar cuando mi TDAH me deja y si nada externo me interrumpe, prenderle una velita a la luna para que me guíe en mi camino. Siempre me faltan los clásicos 5 pal peso. Supongo que con la mega devaluación, esos 5 como ese peso, para la nueva espiritualidad no valen nada.
Vivimos en una época en la que el cristianismo convive con el reiki, la biodecodificación con las constelaciones familiares, y la astrología se discute más que la astronomía. Una época en la que creer en las energías y en el “poder de la mente” no solo es válido, sino que parece obligatorio. Y si no pensás como el algoritmo, o no vibrás alto, sos “negativa”, “tóxica” o, directamente, “un estorbo emocional”.
Iba a hacer un post informativo sobre el TDAH. Una línea de tiempo desde mis tres años hasta ahora. Pero pensé: ¿para qué? Ya lo expliqué. Ya lo conté. Ya lo escribí. Y aún así, hay gente que necesita una experiencia personal para poder creerte. Y si no te cree, entonces te acusa de justificarte. Como si no existiera un punto medio entre ser víctima y ser funcional.
Hace poco una amiga mía se animó a ir al psiquiatra. Y su pareja le contestó: “La medicación no es magia. ¿Por qué no vas a hacer biodecodificación?”. Como si fuera lo mismo. Como si una historia de vida jodida se pudiera destrabar con “tu árbol genealógico”. Como si la ciencia fuera un plan B, y no un punto de partida.
Y ojo: no se trata de burlarse de las creencias de nadie. Pero… ¿realmente tengo que constelar a mis ancestros cuando apenas puedo manejar mi día a día? ¿En serio tengo que sanar los traumas de mi tátaraabuela cuando todavía estoy intentando sobrevivir a los míos?
Pero además, ¿en qué momento separamos la ayuda inmediata del “poder de la mente”? Una chica en Twitter contaba que el colectivo en el que iba chocó. Una pasajera cayó hacia adelante. La chica llamó al SAME, se le acercó y le ofreció ayuda. Una tercera pasajera le dijo: «No, dejala. Le estoy pasando reiki. Va a estar bien.»
Es bastante llamativo también cómo las personas de generaciones más grandes entienden mucho más y tienen mayor empatía que las nuestras. Una amiga de unos cincuenta y pico, cuando le conté de mi TDAH hace poco, entendió todo perfectamente y no dudó de nada. ¿Por qué? Porque había tenido una charla con su ex sobre el tema, al cual lo habían diagnosticado hacía un tiempo con lo mismo.
Se supone que éramos la generación de la transición entre los dinosaurios y la que lo iba a cambiar todo. Los planes quedaron en el camino. Los nenes usan “mogólico” como insulto, cuando yo aprendí desde los 6 años que no se debía usar. Que era una forma de discriminación.
Todo lo que no se ve, hoy es sospechoso. Todo lo que no es feliz, es negativo. Y todo lo que no encaja, es desechable.
Vivimos una época donde las personas de nuestra generación y las que vienen están cayendo en una especie de antiempatía elegante. Todo tiene que estar decorado. Todo tiene que estar explicado sin incomodar. Y si no podés o no querés explicar, entonces te gostean. Te cancelan. Te critican por “no hacer el esfuerzo”. O te sueltan un “¿no te estará faltando una pata más del banquito?” Y yo pienso: ¿no será que recién estoy empezando terapia y no puedo trabajar todo a la vez porque me están pasando mil cosas?
La exacerbación del súper yo por encima de la empatía y el entendimiento hacia el otro hacen que en realidad, no intenten verte desde tu punto de vista, ponerse en tus zapatos. Todo tiene que ser una comparación personal con lo que a ellos les pasa. Y la verdad, para creer en cosas que me obligan o me instan a ser políticamente correcta, prefiero ser escéptica. Sí, como Lisa. Prefiero ser el hablantín que arruine la película contándote el final.
Una amiga me contaba que su amiga sale con jóvenes de entre 20 y 30 años. Y que la mayoría tienen un patrón: vínculos fugaces, falta de responsabilidad afectiva, desprecio por el otro. Es que ahora, amar sin explicar nada, parece ser parte de la autenticidad. Y herir sin culpa, un acto de amor propio.
El problema no es la libertad. El problema es usar la libertad como excusa para evitar el compromiso. Porque no todo lo que duele es manipulación. Y no todo límite que te incomoda es “violencia”.
Relaciones de no más de 5 meses, gosteo, bloquear sin explicación, poner excusas que, como dice La Oreja de Van Gogh, «ni tú entendías.» Pero todo está bien. Porque es como ellos dicen.
Y no, no es que vos no te hayas equivocado. Pero cometer errores y pedir disculpas por ellos parece más difícil de hacer que perdonar al otro, así porque sí. Realmente, cuántos conflictos se solucionarían simple y sencillamente escuchándonos los unos a los otros, y empatizando con lo que nos pasa?
Y mientras tanto, seguimos romantizando el perdón. Que tenés que perdonar “porque eso te libera”. Que si no perdonás, te llenás de odio. Y una se pregunta: ¿Perdonarías a alguien que te invalidó cuando contaste que fuiste abusada? ¿A alguien que habló de tu vida como si supiera lo que pasaba adentro de tu casa? ¿Perdonarías a tu abusador?
Yo no. Y no tengo rencor. No tengo odio. No tengo ninguna culpa por no hacerlo. Simplemente no me nace. Y que me obliguen a hacerlo en nombre del “crecimiento personal y espiritual” me parece tan violento como lo que me hicieron en primer lugar.
🔬 La OMS, la Unicef y el BID ya vienen alertando que la salud mental en niños y adolescentes empeoró significativamente desde la pandemia. Aumentaron los casos de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidios en un 25%. Datos, no opinión.
🌍 Pero no, no hablamos de eso. Hablamos de decretar, de manifestar, de elevar la frecuencia, de alinear los chakras, que no está mal. Si alguien se siente bien pidiéndole trabajo a San Cayetano está perfecto. Pero que tus creencias no invaliden las mías ni invaliden mi diagnóstico de una condición neurológica documentada y estudiada científicamente.
¿Por qué tengo que mostrar la mejor versión de mí? ¿Para quién? ¿De afuera tienen que ver que estoy bien, que puedo con todo, que soy la hada mágica de la felicidad? No, no puedo, no quiero. No voy a sonreír por complacer ni a darte la razón por ser condescendiente. Prefiero callarme y no decir nada antes que entrar en discusiones sin sentido. Y lo más loco: a veces, el apoyo y la contención que necesitás, llega de quien menos te lo esperás.
🔭 Mi tío que es físico me dijo que la astrología no existe porque los astrónomos confirman que los planetas no se alinean como dice la astrología. Que lo que vemos desde la Tierra es una ilusión óptica, no un campo de energía mística. Y acaso tenemos pruebas para argumentar en su contra? En contra de un telescopio o de cientos de científicos a lo largo y ancho del globo? La respuesta es no.
Pero nada de eso importa. Porque si lo leíste en TikTok, es verdad. Porque la fe, mientras tenga filtro bonito, se vuelve más creíble que cualquier telescopio. Aunque convengamos que la astrología existe al igual que muchas otras pseudociencias, hace mucho más tiempo que las redes sociales.
Pero entonces, ¿cuál es hoy en día la diferencia? Que entre gurús digitales, adolescentes confundidos y adultos que creen en todo menos en el otro, se instala una nueva forma de violencia: la espiritualidad narcisista. El amor propio a toda costa. El perdón como imposición. La ciencia como capricho. Y el dolor ajeno como material descartable si no se expresa con las palabras correctas.
Porque hoy en día cualquiera puede hacer un curso de astrología que no tiene ningún tipo de validez y hacer videos en las redes para conseguir seguidores. Pero existe la teoría de la certeza —no recuerdo el nombre exacto— que dice que si vos decís algo, sea lo que sea, por pura estadística, a más de una persona le va a resonar. Y ese es el fundamento principal para que la astrología continúe viva hoy en día como un oráculo del futuro y el pasado.
Así que sí. Ya está. No más niñita tierna. No más sonrisas para suavizar lo que molesta. No más explicaciones para quien no quiere entender.
Yo ya no estoy para quedar bien con el diablo ni con dios. Por eso prefiero quedar mal con los dos. Porque eso implicaría deformarme hasta encajar. Y yo, sinceramente, ya no estoy para encajar. Estoy para existir. Con contradicciones, con heridas, con opiniones molestas. Y si eso incomoda… que incomode. No me importa.
Porque, si me preguntan en qué creo: creo en Jesús, en el Che Guevara, en Mafalda, en Quino, en Gardel, en Charly García, en el Flaco Spinetta y en la Negra Sosa. Creo en el Racing Club de Avellaneda, en la luna, en los dragones y en los gatitos. Pero sobre todo, creo en la ciencia. Y en que nadie se salva solo, como dijo alguien en El Eternauta (¿Salvo? ¿Favalli? Bueno, cosas del TDAH). No sé. Pero la salida es colectiva. Y como me dijo un amigo católico y súper conservador: en lugar de separarnos por nuestras diferencias, deberíamos unirnos por aquello que tenemos en común.
Creo en la verdadera amistad. En el afecto, el amor y el cariño sincero. Creo cada vez en menos personas. Confío cada vez en menos gente. Pero si publico esto es porque aún sigo creyendo en la humanidad.
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🔥 ■ Empieza este hobby para calmar su ansiedad y el resultado es de medalla de oro ■ Se ha convertido en toda una profesional.
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Pura Vida
Soy Luz Mery, soy #psicóloga clínica, la profesión me permite
brindar orientación, apoyo y guía aquellos que me lo permitan.La #salud mental es un área en el ser humano que se ha dejado de lado por
mucho tiempo. Es importante la #psicoeducación en temas como #ansiedad, #duelo, #depresión, entre muchos otros temas relevantes.Puedes seguir mis publicaciones luzyvida_psicologia
Intereses: #salud mental #Técnicas #conocerlugares #psicología