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  1. Dermatitis atópica afecta a millones en México y altera sueño y calidad de vida

    La dermatitis atópica afecta a millones de personas en México y puede impactar el sueño, la salud mental y la dinámica familiar. Especialistas llaman a reconocer síntomas y buscar atención médica oportuna.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    La dermatitis atópica afecta a millones de personas en México y puede alterar el sueño, la salud mental, las actividades cotidianas y la dinámica familiar, especialmente cuando los brotes y la comezón son persistentes.

    La enfermedad inflamatoria crónica de la piel puede presentarse a cualquier edad, aunque es particularmente frecuente durante los primeros años de vida. Un estudio sobre su impacto en México documentó afectaciones físicas, psicológicas, sociales y económicas tanto en pacientes como en quienes se encargan de sus cuidados.

    Entre las principales consecuencias se encuentran las alteraciones del sueño, la ansiedad, la depresión, el aislamiento social y las dificultades para desarrollar actividades cotidianas. Un estudio multicéntrico publicado en 2025 encontró que 96.2% de los pacientes mexicanos evaluados reportó algún grado de afectación en su calidad de vida y que 48.8% presentó un impacto grave o muy grave.

    La comezón puede afectar el descanso y las actividades diarias

    Uno de los síntomas más característicos de la dermatitis atópica es el prurito o comezón persistente. La intensidad de este síntoma puede interferir con el descanso, la concentración y el desempeño escolar o laboral.

    Un estudio epidemiológico realizado en México reportó alteraciones del sueño en 89% de los pacientes con dermatitis atópica, porcentaje que aumentó a 92% entre quienes presentaban una forma grave de la enfermedad.

    La afectación también alcanza a las familias. El estudio Dermatitis atópica: más allá de la piel. Impactos a la calidad de vida en México, elaborado por Fundación IDEA, Fundación IMSS y la Fundación Mexicana para la Dermatología, analizó los efectos físicos, psicológicos, económicos y sociales del padecimiento en pacientes y cuidadores.

    Los mayores niveles de afectación del sueño entre cuidadores se observaron en quienes atendían a bebés de cero a dos años y a menores de tres a cinco años, de acuerdo con los resultados del estudio.

    Dermatitis atópica y la llamada marcha atópica

    La dermatitis atópica también forma parte del interés científico por su posible relación con la llamada marcha atópica, término utilizado para describir la aparición de distintas enfermedades relacionadas con la inflamación tipo 2 a lo largo de la vida de algunos pacientes.

    Esta trayectoria puede comenzar durante los primeros años con dermatitis atópica y, en determinados casos, anteceder a enfermedades como el asma. Sin embargo, esta progresión no ocurre en todas las personas y no debe interpretarse como un desenlace inevitable.

    La identificación temprana de los síntomas y el seguimiento médico permiten evaluar la evolución de cada paciente y determinar el manejo adecuado.

    El impacto va más allá de las lesiones en la piel

    La dermatitis atópica puede afectar la autoestima, las relaciones personales, la actividad física y la participación social. Las lesiones visibles también pueden generar temor al rechazo y contribuir al aislamiento, mientras que la falsa percepción de que se trata de una enfermedad contagiosa puede reforzar el estigma.

    La evidencia disponible muestra que el impacto puede ser particularmente importante en las formas moderadas y graves. Una investigación mexicana publicada en 2025 encontró una relación significativa entre la gravedad de la dermatitis atópica y el deterioro de la calidad de vida.

    La Fundación Mexicana para la Dermatología también señala que síntomas como la resequedad, irritación y comezón intensa pueden afectar el sueño, la concentración, las relaciones sociales y las actividades escolares o laborales.

    Atención médica para controlar la enfermedad

    La doctora Ana del Carmen García, gerente médica de Inmunología y Dermatología en Sanofi, señaló que el abordaje de la dermatitis atópica debe considerar tanto las manifestaciones físicas como sus repercusiones en la calidad de vida.

    “Las personas creen que la comezón persistente, la resequedad o las lesiones en la piel son molestias pasajeras o algo con lo que simplemente deben aprender a vivir. Sin embargo, la DA es una enfermedad crónica que puede diagnosticarse y controlarse”, afirmó.

    La especialista llamó a reconocer los síntomas y acudir oportunamente con profesionales de la salud, particularmente dermatólogos o alergólogos, para determinar el tratamiento correspondiente.

    Actualmente existen diferentes alternativas terapéuticas para la dermatitis atópica, incluidas opciones tópicas, sistémicas y terapias avanzadas para determinados pacientes. La elección depende de factores como la gravedad de la enfermedad y las características de cada persona. Sanofi mantiene a la dermatitis atópica entre sus áreas de investigación en inmunología y dermatología. –sn–

    Sociedad Noticias

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  2. ➤ A veces tengo la sensación de que ser adulto es estar subido a una cinta de correr que nadie sabe dónde se apaga.

    Puedes estar con gripe, con el corazón hecho polvo, haber dormido fatal o simplemente estar hasta las narices de todo, que a la mañana siguiente suena el despertador igual.
    Te duchas, te vistes, te pones una cara más o menos decente y sales a funcionar.
    Porque hay que trabajar, hay que estudiar, hay que hacer la compra, contestar mensajes, pagar cosas y seguir con la película aunque por dentro estés pensando «hoy no puedo ni conmigo».

    Y lo curioso es que muchas veces nadie se entera.
    Llegas, haces tu trabajo, sonríes si toca, dices que estás bien y hasta puedes soltar alguna broma.
    Luego vuelves a casa, cierras la puerta y entonces ya puedes quitarte la careta un rato.

    Supongo que por eso esa frase de «la vida sigue» tiene una parte que consuela y otra que jode bastante.
    Porque sí, la vida sigue. Incluso cuando tú necesitas que se pare cinco minutos para poder respirar.
    No espera a que estés preparado, ni a que hayas terminado de llorar, ni a que hayas entendido qué coño te está pasando.

    Y al final sigues.
    A veces con ganas, otras por pura inercia y algunas arrastrándote un poquito.
    Pero sigues.

    No sé si eso es fortaleza o simplemente supervivencia con horarios.
    Probablemente un poco de las dos. Y también creo que estaría bien admitir que funcionar no siempre significa estar bien.
    Hay días en los que levantarse, hacer lo que toca y llegar hasta la noche ya es bastante.

    Mañana ya veremos.
    Hoy, con llegar, suficiente.

    ╰┈➤ ───────────

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  3. Bienestar familiar y autismo: la importancia de lo cotidiano

    Bienestar familiar y autismo: la importancia de lo cotidiano #tardigram #bienestar #familiar #autismo #saludmental

    tardigram.com/m/saludmental/t/

  4. ISSSTE refuerza prevención del suicidio con capacitación y Código Morado: Martí Batres

    El ISSSTE fortalece la prevención del suicidio mediante capacitación, sensibilización y el Código Morado, mientras participa en la estrategia nacional El ABC de las emociones para impulsar la salud mental.

    Por Gabriela Díaz | Reportera                                           

    El Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) reforzó sus acciones de prevención del suicidio mediante capacitación, sensibilización y protocolos de atención en sus unidades médicas, al tiempo que participa en la estrategia nacional El ABC de las emociones, dirigida al bienestar socioemocional de adolescentes y jóvenes.

    Las medidas incluyen actividades informativas para pacientes, familiares y personal de salud, además de mecanismos para identificar oportunamente factores de riesgo y canalizar a quienes requieren atención especializada. El organismo es encabezado por Martí Batres Guadarrama y mantiene el Código Morado como una herramienta para responder ante urgencias de salud mental.

    ISSSTE fortalece la atención de salud mental

    La coordinadora nacional de Atención Paliativa, Eréndira Vicencio Rosas, explicó que el ISSSTE participa en la Coordinación Nacional de Salud Mental mediante grupos focales, definición de contenidos, diseño de tamizajes y establecimiento de rutas de atención.

    También interviene en la elaboración de guías de orientación y acompañamiento socioemocional dirigidas a jóvenes y tutores, en coordinación con las acciones nacionales de prevención y cuidado de la salud mental.

    La estrategia El ABC de las emociones, puesta en marcha por el gobierno federal, busca que adolescentes y jóvenes desarrollen herramientas para reconocer y gestionar sus emociones, fortalecer el autocuidado y detectar oportunamente situaciones que requieran apoyo. La estrategia contempla acciones en escuelas de secundaria y educación media superior.

    Código Morado activa atención ante crisis de salud mental

    En el Centro Médico Nacional (CMN) “20 de Noviembre”, la jefa de Psiquiatría, Paidopsiquiatría, Neuropsicología y Psicología, Georgina Ochoa Madrigal, señaló que se realizan pláticas para médicos residentes, actividades con Trabajo Social y campañas de sensibilización dirigidas a pacientes, familiares y trabajadores de la salud.

    Entre las acciones se encuentra la difusión de señalizaciones que identifican espacios donde las personas pueden solicitar ayuda y materiales informativos relacionados con la prevención del suicidio.

    El Código Morado constituye uno de los principales mecanismos del ISSSTE para atender urgencias relacionadas con la salud mental. El protocolo se activa cuando una persona presenta una crisis que requiere intervención especializada y establece una ruta para que el personal identifique factores de riesgo y actúe de manera oportuna. –sn–

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  5. El diseño que no te suelta

    Hay una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una aplicación o encendemos la consola: ¿por qué me cuesta tanto parar? La respuesta rápida suele ser «me falta voluntad». La respuesta correcta, según varios estudios recientes, es otra: no se trata de voluntad, se trata de diseño.

    Videojuegos que ya no terminan

    Durante décadas, un videojuego fue un producto cerrado: se compraba, se jugaba, se terminaba. Ese modelo cambió. Hoy buena parte de la industria vive de los llamados «videojuegos como servicio»: títulos que se compran una vez, pero que se actualizan constantemente con temporadas, eventos y recompensas nuevas.

    El engranaje central de este modelo es el pase de batalla. Funciona como una escalera de niveles que se sube jugando durante un período limitado, con premios —armas, trajes, mascotas, monturas— que casi nunca son necesarios para jugar bien, pero que generan una presión social real: todos los demás los tienen, y quedarse sin ellos se siente como quedarse afuera.

    Ahí aparece la pieza clave: la temporada tiene fecha de término. Cuando se acaba, esas recompensas desaparecen para siempre. Ese límite de tiempo fabrica urgencia, y la urgencia fabrica hábito. Algunos juegos incluso premian conectarse todos los días, así que quien no lo hace siente que se está quedando atrás frente a jugadores que ni siquiera conoce.

    Es importante hacer una distinción: no todos los videojuegos funcionan así. El fenómeno es propio de un modelo de negocio específico —el de «juego como servicio»—, no una característica general de jugar. Pero en los títulos que sí lo usan, la lógica es clara: mientras más tiempo pasa una persona conectada, mayor es la probabilidad de que termine gastando dinero para no perderse algo. El tiempo, antes de ser diversión, se convierte en el recurso que la industria busca capturar.

    Las redes sociales, el mismo mecanismo a otra escala

    Cambiemos de pantalla y el patrón se repite. Las redes sociales no están construidas para que las «usemos» un rato y las cerremos; están construidas para que no las cerremos. El académico Francisco Muñoz Romero, de la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con una idea incómoda: el sistema de medios y redes digitales está diseñado para que vivamos consumiendo, así que hablar de «uso» ya no alcanza para describir lo que ocurre.

    Los números respaldan la sensación de estar atrapados: cerca de un 30% de los jóvenes ha intentado borrar estas aplicaciones de su teléfono, pero casi siempre vuelve a instalarlas a los pocos días. Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias conectados, recibiendo alrededor de 1.750 piezas de contenido distinto por día, es decir, una cada diez segundos, mezclando noticias, publicidad, entretenimiento y contenido sensible sin ningún filtro entre uno y otro.

    Por qué no es (solo) un problema de voluntad

    Aquí está el punto que más vale la pena subrayar, y que tanto los artículos sobre videojuegos como los que hablan de redes sociales repiten: si esto fuera solo cuestión de fuerza de voluntad, bastaría con «querer» desconectarse. Pero la evidencia muestra que la mayoría de los intentos de alejarse duran días, no meses: la responsabilidad no es de quien no logra desengancharse, sino del sistema que hace casi imposible vivir al margen de él.

    Ambos mundos —el de las temporadas y pases de batalla, y el de los feeds infinitos— comparten los mismos gatillos psicológicos: el miedo a perderse algo que otros sí están viviendo (FOMO), la búsqueda de una recompensa inmediata, la sensación de que hay que terminar una colección o una racha para no dejarla a medias, y el peso de todo el tiempo ya invertido, que hace más difícil soltar aunque la experiencia ya no entregue satisfacción real. No es casualidad que se parezcan: son mecanismos de diseño, no accidentes ni debilidades personales.

    Qué proponen quienes estudian el fenómeno

    La solución no puede recaer únicamente en el individuo. Es un tema de diseño.

    Pero nosotros primero debemos identificar este mecanismo cuando lo vemos.
    Si hay algo en común entre todas estas recomendaciones es que empiezan por lo mismo: entender cómo funciona el sistema. Saber que una temporada está diseñada para generar urgencia, que un feed no tiene fin porque fue construido así, que el impulso de «una vuelta más» no es casualidad sino ingeniería, ya cambia la relación que se tiene con la pantalla.

    No se trata de culpar a quien juega o a quien se queda pegado revisando el teléfono. Se trata de reconocer que la batalla contra el diseño no se gana solo con voluntad, sino con información, límites conscientes y, sobre todo, con la exigencia de que quienes construyen estos sistemas —empresas, reguladores, escuelas— asuman su parte de la responsabilidad. El tiempo es el recurso en juego, y saber que hay alguien diseñando para quitárnoslo es el primer paso para decidir cuánto estamos dispuestos a ceder.
     

    Tu voto:

    #Adicción #Adolescentes #Algoritmos #Atención #Bienestar #Consumo #Desconexión #Diseño #Dopamina #EducaciónDigital #FOMO #Gamers #GamingAddiction #Instagram #Microtransacciones #PaseDeBatalla #Privacidad #RedesSociales #Reflexión #Regulación #SaludMental #Smartphone #Tecnología #TikTok #Videojuegos
  6. El diseño que no te suelta

    Hay una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una aplicación o encendemos la consola: ¿por qué me cuesta tanto parar? La respuesta rápida suele ser «me falta voluntad». La respuesta correcta, según varios estudios recientes, es otra: no se trata de voluntad, se trata de diseño.

    Videojuegos que ya no terminan

    Durante décadas, un videojuego fue un producto cerrado: se compraba, se jugaba, se terminaba. Ese modelo cambió. Hoy buena parte de la industria vive de los llamados «videojuegos como servicio»: títulos que se compran una vez, pero que se actualizan constantemente con temporadas, eventos y recompensas nuevas.

    El engranaje central de este modelo es el pase de batalla. Funciona como una escalera de niveles que se sube jugando durante un período limitado, con premios —armas, trajes, mascotas, monturas— que casi nunca son necesarios para jugar bien, pero que generan una presión social real: todos los demás los tienen, y quedarse sin ellos se siente como quedarse afuera.

    Ahí aparece la pieza clave: la temporada tiene fecha de término. Cuando se acaba, esas recompensas desaparecen para siempre. Ese límite de tiempo fabrica urgencia, y la urgencia fabrica hábito. Algunos juegos incluso premian conectarse todos los días, así que quien no lo hace siente que se está quedando atrás frente a jugadores que ni siquiera conoce.

    Es importante hacer una distinción: no todos los videojuegos funcionan así. El fenómeno es propio de un modelo de negocio específico —el de «juego como servicio»—, no una característica general de jugar. Pero en los títulos que sí lo usan, la lógica es clara: mientras más tiempo pasa una persona conectada, mayor es la probabilidad de que termine gastando dinero para no perderse algo. El tiempo, antes de ser diversión, se convierte en el recurso que la industria busca capturar.

    Las redes sociales, el mismo mecanismo a otra escala

    Cambiemos de pantalla y el patrón se repite. Las redes sociales no están construidas para que las «usemos» un rato y las cerremos; están construidas para que no las cerremos. El académico Francisco Muñoz Romero, de la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con una idea incómoda: el sistema de medios y redes digitales está diseñado para que vivamos consumiendo, así que hablar de «uso» ya no alcanza para describir lo que ocurre.

    Los números respaldan la sensación de estar atrapados: cerca de un 30% de los jóvenes ha intentado borrar estas aplicaciones de su teléfono, pero casi siempre vuelve a instalarlas a los pocos días. Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias conectados, recibiendo alrededor de 1.750 piezas de contenido distinto por día, es decir, una cada diez segundos, mezclando noticias, publicidad, entretenimiento y contenido sensible sin ningún filtro entre uno y otro.

    Por qué no es (solo) un problema de voluntad

    Aquí está el punto que más vale la pena subrayar, y que tanto los artículos sobre videojuegos como los que hablan de redes sociales repiten: si esto fuera solo cuestión de fuerza de voluntad, bastaría con «querer» desconectarse. Pero la evidencia muestra que la mayoría de los intentos de alejarse duran días, no meses: la responsabilidad no es de quien no logra desengancharse, sino del sistema que hace casi imposible vivir al margen de él.

    Ambos mundos —el de las temporadas y pases de batalla, y el de los feeds infinitos— comparten los mismos gatillos psicológicos: el miedo a perderse algo que otros sí están viviendo (FOMO), la búsqueda de una recompensa inmediata, la sensación de que hay que terminar una colección o una racha para no dejarla a medias, y el peso de todo el tiempo ya invertido, que hace más difícil soltar aunque la experiencia ya no entregue satisfacción real. No es casualidad que se parezcan: son mecanismos de diseño, no accidentes ni debilidades personales.

    Qué proponen quienes estudian el fenómeno

    La solución no puede recaer únicamente en el individuo. Es un tema de diseño.

    Pero nosotros primero debemos identificar este mecanismo cuando lo vemos.
    Si hay algo en común entre todas estas recomendaciones es que empiezan por lo mismo: entender cómo funciona el sistema. Saber que una temporada está diseñada para generar urgencia, que un feed no tiene fin porque fue construido así, que el impulso de «una vuelta más» no es casualidad sino ingeniería, ya cambia la relación que se tiene con la pantalla.

    No se trata de culpar a quien juega o a quien se queda pegado revisando el teléfono. Se trata de reconocer que la batalla contra el diseño no se gana solo con voluntad, sino con información, límites conscientes y, sobre todo, con la exigencia de que quienes construyen estos sistemas —empresas, reguladores, escuelas— asuman su parte de la responsabilidad. El tiempo es el recurso en juego, y saber que hay alguien diseñando para quitárnoslo es el primer paso para decidir cuánto estamos dispuestos a ceder.
     

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  7. El diseño que no te suelta

    Hay una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una aplicación o encendemos la consola: ¿por qué me cuesta tanto parar? La respuesta rápida suele ser «me falta voluntad». La respuesta correcta, según varios estudios recientes, es otra: no se trata de voluntad, se trata de diseño.

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    Durante décadas, un videojuego fue un producto cerrado: se compraba, se jugaba, se terminaba. Ese modelo cambió. Hoy buena parte de la industria vive de los llamados «videojuegos como servicio»: títulos que se compran una vez, pero que se actualizan constantemente con temporadas, eventos y recompensas nuevas.

    El engranaje central de este modelo es el pase de batalla. Funciona como una escalera de niveles que se sube jugando durante un período limitado, con premios —armas, trajes, mascotas, monturas— que casi nunca son necesarios para jugar bien, pero que generan una presión social real: todos los demás los tienen, y quedarse sin ellos se siente como quedarse afuera.

    Ahí aparece la pieza clave: la temporada tiene fecha de término. Cuando se acaba, esas recompensas desaparecen para siempre. Ese límite de tiempo fabrica urgencia, y la urgencia fabrica hábito. Algunos juegos incluso premian conectarse todos los días, así que quien no lo hace siente que se está quedando atrás frente a jugadores que ni siquiera conoce.

    Es importante hacer una distinción: no todos los videojuegos funcionan así. El fenómeno es propio de un modelo de negocio específico —el de «juego como servicio»—, no una característica general de jugar. Pero en los títulos que sí lo usan, la lógica es clara: mientras más tiempo pasa una persona conectada, mayor es la probabilidad de que termine gastando dinero para no perderse algo. El tiempo, antes de ser diversión, se convierte en el recurso que la industria busca capturar.

    Las redes sociales, el mismo mecanismo a otra escala

    Cambiemos de pantalla y el patrón se repite. Las redes sociales no están construidas para que las «usemos» un rato y las cerremos; están construidas para que no las cerremos. El académico Francisco Muñoz Romero, de la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con una idea incómoda: el sistema de medios y redes digitales está diseñado para que vivamos consumiendo, así que hablar de «uso» ya no alcanza para describir lo que ocurre.

    Los números respaldan la sensación de estar atrapados: cerca de un 30% de los jóvenes ha intentado borrar estas aplicaciones de su teléfono, pero casi siempre vuelve a instalarlas a los pocos días. Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias conectados, recibiendo alrededor de 1.750 piezas de contenido distinto por día, es decir, una cada diez segundos, mezclando noticias, publicidad, entretenimiento y contenido sensible sin ningún filtro entre uno y otro.

    Por qué no es (solo) un problema de voluntad

    Aquí está el punto que más vale la pena subrayar, y que tanto los artículos sobre videojuegos como los que hablan de redes sociales repiten: si esto fuera solo cuestión de fuerza de voluntad, bastaría con «querer» desconectarse. Pero la evidencia muestra que la mayoría de los intentos de alejarse duran días, no meses: la responsabilidad no es de quien no logra desengancharse, sino del sistema que hace casi imposible vivir al margen de él.

    Ambos mundos —el de las temporadas y pases de batalla, y el de los feeds infinitos— comparten los mismos gatillos psicológicos: el miedo a perderse algo que otros sí están viviendo (FOMO), la búsqueda de una recompensa inmediata, la sensación de que hay que terminar una colección o una racha para no dejarla a medias, y el peso de todo el tiempo ya invertido, que hace más difícil soltar aunque la experiencia ya no entregue satisfacción real. No es casualidad que se parezcan: son mecanismos de diseño, no accidentes ni debilidades personales.

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  8. El diseño que no te suelta

    Hay una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una aplicación o encendemos la consola: ¿por qué me cuesta tanto parar? La respuesta rápida suele ser «me falta voluntad». La respuesta correcta, según varios estudios recientes, es otra: no se trata de voluntad, se trata de diseño.

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    Cambiemos de pantalla y el patrón se repite. Las redes sociales no están construidas para que las «usemos» un rato y las cerremos; están construidas para que no las cerremos. El académico Francisco Muñoz Romero, de la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con una idea incómoda: el sistema de medios y redes digitales está diseñado para que vivamos consumiendo, así que hablar de «uso» ya no alcanza para describir lo que ocurre.

    Los números respaldan la sensación de estar atrapados: cerca de un 30% de los jóvenes ha intentado borrar estas aplicaciones de su teléfono, pero casi siempre vuelve a instalarlas a los pocos días. Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias conectados, recibiendo alrededor de 1.750 piezas de contenido distinto por día, es decir, una cada diez segundos, mezclando noticias, publicidad, entretenimiento y contenido sensible sin ningún filtro entre uno y otro.

    Por qué no es (solo) un problema de voluntad

    Aquí está el punto que más vale la pena subrayar, y que tanto los artículos sobre videojuegos como los que hablan de redes sociales repiten: si esto fuera solo cuestión de fuerza de voluntad, bastaría con «querer» desconectarse. Pero la evidencia muestra que la mayoría de los intentos de alejarse duran días, no meses: la responsabilidad no es de quien no logra desengancharse, sino del sistema que hace casi imposible vivir al margen de él.

    Ambos mundos —el de las temporadas y pases de batalla, y el de los feeds infinitos— comparten los mismos gatillos psicológicos: el miedo a perderse algo que otros sí están viviendo (FOMO), la búsqueda de una recompensa inmediata, la sensación de que hay que terminar una colección o una racha para no dejarla a medias, y el peso de todo el tiempo ya invertido, que hace más difícil soltar aunque la experiencia ya no entregue satisfacción real. No es casualidad que se parezcan: son mecanismos de diseño, no accidentes ni debilidades personales.

    Qué proponen quienes estudian el fenómeno

    La solución no puede recaer únicamente en el individuo. Es un tema de diseño.

    Pero nosotros primero debemos identificar este mecanismo cuando lo vemos.
    Si hay algo en común entre todas estas recomendaciones es que empiezan por lo mismo: entender cómo funciona el sistema. Saber que una temporada está diseñada para generar urgencia, que un feed no tiene fin porque fue construido así, que el impulso de «una vuelta más» no es casualidad sino ingeniería, ya cambia la relación que se tiene con la pantalla.

    No se trata de culpar a quien juega o a quien se queda pegado revisando el teléfono. Se trata de reconocer que la batalla contra el diseño no se gana solo con voluntad, sino con información, límites conscientes y, sobre todo, con la exigencia de que quienes construyen estos sistemas —empresas, reguladores, escuelas— asuman su parte de la responsabilidad. El tiempo es el recurso en juego, y saber que hay alguien diseñando para quitárnoslo es el primer paso para decidir cuánto estamos dispuestos a ceder.
     

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  9. El diseño que no te suelta

    Hay una pregunta que vale la pena hacerse cada vez que abrimos una aplicación o encendemos la consola: ¿por qué me cuesta tanto parar? La respuesta rápida suele ser «me falta voluntad». La respuesta correcta, según varios estudios recientes, es otra: no se trata de voluntad, se trata de diseño.

    Videojuegos que ya no terminan

    Durante décadas, un videojuego fue un producto cerrado: se compraba, se jugaba, se terminaba. Ese modelo cambió. Hoy buena parte de la industria vive de los llamados «videojuegos como servicio»: títulos que se compran una vez, pero que se actualizan constantemente con temporadas, eventos y recompensas nuevas.

    El engranaje central de este modelo es el pase de batalla. Funciona como una escalera de niveles que se sube jugando durante un período limitado, con premios —armas, trajes, mascotas, monturas— que casi nunca son necesarios para jugar bien, pero que generan una presión social real: todos los demás los tienen, y quedarse sin ellos se siente como quedarse afuera.

    Ahí aparece la pieza clave: la temporada tiene fecha de término. Cuando se acaba, esas recompensas desaparecen para siempre. Ese límite de tiempo fabrica urgencia, y la urgencia fabrica hábito. Algunos juegos incluso premian conectarse todos los días, así que quien no lo hace siente que se está quedando atrás frente a jugadores que ni siquiera conoce.

    Es importante hacer una distinción: no todos los videojuegos funcionan así. El fenómeno es propio de un modelo de negocio específico —el de «juego como servicio»—, no una característica general de jugar. Pero en los títulos que sí lo usan, la lógica es clara: mientras más tiempo pasa una persona conectada, mayor es la probabilidad de que termine gastando dinero para no perderse algo. El tiempo, antes de ser diversión, se convierte en el recurso que la industria busca capturar.

    Las redes sociales, el mismo mecanismo a otra escala

    Cambiemos de pantalla y el patrón se repite. Las redes sociales no están construidas para que las «usemos» un rato y las cerremos; están construidas para que no las cerremos. El académico Francisco Muñoz Romero, de la Universidad Complutense de Madrid, lo resume con una idea incómoda: el sistema de medios y redes digitales está diseñado para que vivamos consumiendo, así que hablar de «uso» ya no alcanza para describir lo que ocurre.

    Los números respaldan la sensación de estar atrapados: cerca de un 30% de los jóvenes ha intentado borrar estas aplicaciones de su teléfono, pero casi siempre vuelve a instalarlas a los pocos días. Niños y adolescentes pasan en promedio cuatro horas diarias conectados, recibiendo alrededor de 1.750 piezas de contenido distinto por día, es decir, una cada diez segundos, mezclando noticias, publicidad, entretenimiento y contenido sensible sin ningún filtro entre uno y otro.

    Por qué no es (solo) un problema de voluntad

    Aquí está el punto que más vale la pena subrayar, y que tanto los artículos sobre videojuegos como los que hablan de redes sociales repiten: si esto fuera solo cuestión de fuerza de voluntad, bastaría con «querer» desconectarse. Pero la evidencia muestra que la mayoría de los intentos de alejarse duran días, no meses: la responsabilidad no es de quien no logra desengancharse, sino del sistema que hace casi imposible vivir al margen de él.

    Ambos mundos —el de las temporadas y pases de batalla, y el de los feeds infinitos— comparten los mismos gatillos psicológicos: el miedo a perderse algo que otros sí están viviendo (FOMO), la búsqueda de una recompensa inmediata, la sensación de que hay que terminar una colección o una racha para no dejarla a medias, y el peso de todo el tiempo ya invertido, que hace más difícil soltar aunque la experiencia ya no entregue satisfacción real. No es casualidad que se parezcan: son mecanismos de diseño, no accidentes ni debilidades personales.

    Qué proponen quienes estudian el fenómeno

    La solución no puede recaer únicamente en el individuo. Es un tema de diseño.

    Pero nosotros primero debemos identificar este mecanismo cuando lo vemos.
    Si hay algo en común entre todas estas recomendaciones es que empiezan por lo mismo: entender cómo funciona el sistema. Saber que una temporada está diseñada para generar urgencia, que un feed no tiene fin porque fue construido así, que el impulso de «una vuelta más» no es casualidad sino ingeniería, ya cambia la relación que se tiene con la pantalla.

    No se trata de culpar a quien juega o a quien se queda pegado revisando el teléfono. Se trata de reconocer que la batalla contra el diseño no se gana solo con voluntad, sino con información, límites conscientes y, sobre todo, con la exigencia de que quienes construyen estos sistemas —empresas, reguladores, escuelas— asuman su parte de la responsabilidad. El tiempo es el recurso en juego, y saber que hay alguien diseñando para quitárnoslo es el primer paso para decidir cuánto estamos dispuestos a ceder.
     

    Tu voto:

    #Adicción #Adolescentes #Algoritmos #Atención #Bienestar #Consumo #Desconexión #Diseño #Dopamina #EducaciónDigital #FOMO #Gamers #GamingAddiction #Instagram #Microtransacciones #PaseDeBatalla #Privacidad #RedesSociales #Reflexión #Regulación #SaludMental #Smartphone #Tecnología #TikTok #Videojuegos
  10. 🧿 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒔 𝒚 𝒍𝒂 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂 🧿

    A los once años, Alexis Kauchick aprendió algo que parecía simple: cómo centrar una mecha dentro de un frasco de cera caliente.
    Su hermano mayor, Todd Kauchick, le enseñaba con paciencia durante viajes de campamento y tardes tranquilas en Florida.
    Había reglas pequeñas que para él eran importantes.
    La cera debía derretirse despacio para no quemarse.
    Los aromas tenían que combinarse con cuidado.
    Y la mecha debía quedar firme, exactamente en el centro, porque de eso dependía que la llama ardiera limpia y constante.

    Todd llevaba tiempo luchando contra el alcoholismo.
    Aun así, aquellas tardes fabricando velas quedaron grabadas en Alexis como uno de los pocos lugares seguros de su infancia.
    En 2011, Todd murió repentinamente por un aneurisma aórtico.
    Alexis tenía apenas doce años.

    Después de aquello, siguió haciendo velas.

    Probablemente porque el olor a vainilla, madera o canela todavía le recordaba a él.
    Probablemente porque el duelo necesita movimiento para no ahogarte por dentro.
    Mientras otros intentaban seguir adelante como podían, ella pasaba horas derritiendo cera en una mesa plegable, llenando frascos pequeños y vendiéndolos en ferias locales del sur de Florida.

    Al principio no había una gran misión detrás.
    No pensaba en campañas ni en activismo.
    Era simplemente una adolescente intentando respirar después de perder a alguien importante.

    Con el tiempo empezó a recaudar dinero con aquellas ventas.
    Pequeñas cantidades primero.
    Luego más.
    Pero en 2014 ocurrió otra tragedia que cambió completamente el sentido de todo aquello.
    Su amigo Asher murió por suicidio.

    Alexis tenía quince años.

    Y hubo algo que la golpeó casi tanto como la pérdida: el silencio de los demás.
    La gente evitaba decir la palabra “suicidio”.
    Bajaban la voz.
    Cambiaban de tema.
    Usaban expresiones vagas como “se fue” o “pasó algo terrible”.
    Ella veía a adultos enteros incapaces de hablar con claridad sobre salud mental.

    Y entendió algo incómodo: callarse también puede hacer daño.

    Ahí fue cuando Eternal Essence Candle Company dejó de ser solo un pequeño negocio artesanal.
    Alexis decidió convertirlo en una herramienta para hablar de depresión, trastorno bipolar, adicciones y suicidio sin rodeos ni frases vacías.

    Cada vela empezó a incluir información real.
    No mensajes motivacionales de postal.
    Datos concretos sobre enfermedades mentales, señales de alarma y recursos de ayuda.
    Su idea era sencilla y al mismo tiempo muy difícil de ejecutar: lograr que alguien comprara una vela aromática y terminara teniendo una conversación honesta que normalmente evitaría.

    Eso incomodaba a mucha gente.

    Precisamente por eso importaba.

    Alexis decía que eligió las velas porque una llama pequeña puede convertirse en símbolo de esperanza.
    Muchas enfermedades tienen lazos, colores o emblemas reconocibles.
    Ella creía que la salud mental también necesitaba una imagen capaz de acompañar a quienes luchaban cada día contra algo invisible.

    Una luz temblando en mitad de la oscuridad.

    En 2015, su historia comenzó a circular por medios locales y nacionales de Estados Unidos.
    Tenía diecisiete años, seguía estudiando secundaria en The Benjamin School y al mismo tiempo organizaba campañas, eventos y recaudaciones de fondos.
    Una sola de sus donaciones alcanzó los 30.000 dólares destinados a investigación sobre trastorno bipolar juvenil.

    Con el tiempo, las cifras siguieron creciendo.
    Antes de cerrar oficialmente la iniciativa hacia finales de 2017, Eternal Essence Candle Company había recaudado más de 125.000 dólares para organizaciones relacionadas con salud mental y prevención del suicidio.

    Pero quizá el cambio más importante no podía medirse en dinero.

    Alrededor de Alexis empezaron a ocurrir cosas pequeñas que antes parecían imposibles. Jóvenes hablando de depresión sin esconderse.
    Familias preguntando cómo ayudar en lugar de fingir que no veían nada.
    Amigos aprendiendo a escuchar sin escapar de conversaciones incómodas.

    Ese era el verdadero trabajo.

    No vender velas.

    Abrir una puerta.

    Después de graduarse en 2016, Alexis se mudó a Athens, Georgia, para estudiar Publicidad en la Universidad de Georgia.
    Allí obtuvo también un certificado en estudios de emprendimiento y llegó a participar como delegada estudiantil en el prestigioso festival Cannes Lions, uno de los encuentros de creatividad y publicidad más importantes del mundo.

    A diferencia de muchas historias virales de internet, la suya nunca giró alrededor de convertirse en celebridad.
    Su perfil público siempre estuvo más ligado al marketing, el emprendimiento y la salud mental que a la exposición personal.
    Por eso prácticamente no existen datos públicos sobre su vida privada actual, pareja o hijos.

    Y quizá eso también dice algo importante sobre ella.

    Nunca pareció interesarle convertirse en símbolo.

    Solo quería que la gente hablara con verdad sobre personas reales.

    Todd le enseñó a cuidar la mecha de una vela.
    Sin proponérselo, terminó dejándole otra cosa: una manera de sostener luz cuando todo alrededor parecía apagarse.

    Y Alexis convirtió esa pequeña enseñanza doméstica en algo mucho más grande.
    Una conversación pública sobre dolor, duelo y salud mental que todavía sigue encendida en muchas personas que jamás llegaron a conocerla.

    Porque a veces una llama pequeña no ilumina una habitación.

    Ilumina un tema entero que llevaba demasiado tiempo en silencio.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    #historia #historiasreales #saludmental #alexiskauchick #eternalessence #curiosidades #depresion #suicidio #historiashumanas #duelo #historiasquecambianvidas #memoria #superacion #historiasdelavida

  11. 🧿 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒔 𝒚 𝒍𝒂 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂 🧿

    A los once años, Alexis Kauchick aprendió algo que parecía simple: cómo centrar una mecha dentro de un frasco de cera caliente.
    Su hermano mayor, Todd Kauchick, le enseñaba con paciencia durante viajes de campamento y tardes tranquilas en Florida.
    Había reglas pequeñas que para él eran importantes.
    La cera debía derretirse despacio para no quemarse.
    Los aromas tenían que combinarse con cuidado.
    Y la mecha debía quedar firme, exactamente en el centro, porque de eso dependía que la llama ardiera limpia y constante.

    Todd llevaba tiempo luchando contra el alcoholismo.
    Aun así, aquellas tardes fabricando velas quedaron grabadas en Alexis como uno de los pocos lugares seguros de su infancia.
    En 2011, Todd murió repentinamente por un aneurisma aórtico.
    Alexis tenía apenas doce años.

    Después de aquello, siguió haciendo velas.

    Probablemente porque el olor a vainilla, madera o canela todavía le recordaba a él.
    Probablemente porque el duelo necesita movimiento para no ahogarte por dentro.
    Mientras otros intentaban seguir adelante como podían, ella pasaba horas derritiendo cera en una mesa plegable, llenando frascos pequeños y vendiéndolos en ferias locales del sur de Florida.

    Al principio no había una gran misión detrás.
    No pensaba en campañas ni en activismo.
    Era simplemente una adolescente intentando respirar después de perder a alguien importante.

    Con el tiempo empezó a recaudar dinero con aquellas ventas.
    Pequeñas cantidades primero.
    Luego más.
    Pero en 2014 ocurrió otra tragedia que cambió completamente el sentido de todo aquello.
    Su amigo Asher murió por suicidio.

    Alexis tenía quince años.

    Y hubo algo que la golpeó casi tanto como la pérdida: el silencio de los demás.
    La gente evitaba decir la palabra “suicidio”.
    Bajaban la voz.
    Cambiaban de tema.
    Usaban expresiones vagas como “se fue” o “pasó algo terrible”.
    Ella veía a adultos enteros incapaces de hablar con claridad sobre salud mental.

    Y entendió algo incómodo: callarse también puede hacer daño.

    Ahí fue cuando Eternal Essence Candle Company dejó de ser solo un pequeño negocio artesanal.
    Alexis decidió convertirlo en una herramienta para hablar de depresión, trastorno bipolar, adicciones y suicidio sin rodeos ni frases vacías.

    Cada vela empezó a incluir información real.
    No mensajes motivacionales de postal.
    Datos concretos sobre enfermedades mentales, señales de alarma y recursos de ayuda.
    Su idea era sencilla y al mismo tiempo muy difícil de ejecutar: lograr que alguien comprara una vela aromática y terminara teniendo una conversación honesta que normalmente evitaría.

    Eso incomodaba a mucha gente.

    Precisamente por eso importaba.

    Alexis decía que eligió las velas porque una llama pequeña puede convertirse en símbolo de esperanza.
    Muchas enfermedades tienen lazos, colores o emblemas reconocibles.
    Ella creía que la salud mental también necesitaba una imagen capaz de acompañar a quienes luchaban cada día contra algo invisible.

    Una luz temblando en mitad de la oscuridad.

    En 2015, su historia comenzó a circular por medios locales y nacionales de Estados Unidos.
    Tenía diecisiete años, seguía estudiando secundaria en The Benjamin School y al mismo tiempo organizaba campañas, eventos y recaudaciones de fondos.
    Una sola de sus donaciones alcanzó los 30.000 dólares destinados a investigación sobre trastorno bipolar juvenil.

    Con el tiempo, las cifras siguieron creciendo.
    Antes de cerrar oficialmente la iniciativa hacia finales de 2017, Eternal Essence Candle Company había recaudado más de 125.000 dólares para organizaciones relacionadas con salud mental y prevención del suicidio.

    Pero quizá el cambio más importante no podía medirse en dinero.

    Alrededor de Alexis empezaron a ocurrir cosas pequeñas que antes parecían imposibles. Jóvenes hablando de depresión sin esconderse.
    Familias preguntando cómo ayudar en lugar de fingir que no veían nada.
    Amigos aprendiendo a escuchar sin escapar de conversaciones incómodas.

    Ese era el verdadero trabajo.

    No vender velas.

    Abrir una puerta.

    Después de graduarse en 2016, Alexis se mudó a Athens, Georgia, para estudiar Publicidad en la Universidad de Georgia.
    Allí obtuvo también un certificado en estudios de emprendimiento y llegó a participar como delegada estudiantil en el prestigioso festival Cannes Lions, uno de los encuentros de creatividad y publicidad más importantes del mundo.

    A diferencia de muchas historias virales de internet, la suya nunca giró alrededor de convertirse en celebridad.
    Su perfil público siempre estuvo más ligado al marketing, el emprendimiento y la salud mental que a la exposición personal.
    Por eso prácticamente no existen datos públicos sobre su vida privada actual, pareja o hijos.

    Y quizá eso también dice algo importante sobre ella.

    Nunca pareció interesarle convertirse en símbolo.

    Solo quería que la gente hablara con verdad sobre personas reales.

    Todd le enseñó a cuidar la mecha de una vela.
    Sin proponérselo, terminó dejándole otra cosa: una manera de sostener luz cuando todo alrededor parecía apagarse.

    Y Alexis convirtió esa pequeña enseñanza doméstica en algo mucho más grande.
    Una conversación pública sobre dolor, duelo y salud mental que todavía sigue encendida en muchas personas que jamás llegaron a conocerla.

    Porque a veces una llama pequeña no ilumina una habitación.

    Ilumina un tema entero que llevaba demasiado tiempo en silencio.

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  12. 🧿 𝑨𝒍𝒆𝒙𝒊𝒔 𝒚 𝒍𝒂 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂 🧿

    A los once años, Alexis Kauchick aprendió algo que parecía simple: cómo centrar una mecha dentro de un frasco de cera caliente.
    Su hermano mayor, Todd Kauchick, le enseñaba con paciencia durante viajes de campamento y tardes tranquilas en Florida.
    Había reglas pequeñas que para él eran importantes.
    La cera debía derretirse despacio para no quemarse.
    Los aromas tenían que combinarse con cuidado.
    Y la mecha debía quedar firme, exactamente en el centro, porque de eso dependía que la llama ardiera limpia y constante.

    Todd llevaba tiempo luchando contra el alcoholismo.
    Aun así, aquellas tardes fabricando velas quedaron grabadas en Alexis como uno de los pocos lugares seguros de su infancia.
    En 2011, Todd murió repentinamente por un aneurisma aórtico.
    Alexis tenía apenas doce años.

    Después de aquello, siguió haciendo velas.

    Probablemente porque el olor a vainilla, madera o canela todavía le recordaba a él.
    Probablemente porque el duelo necesita movimiento para no ahogarte por dentro.
    Mientras otros intentaban seguir adelante como podían, ella pasaba horas derritiendo cera en una mesa plegable, llenando frascos pequeños y vendiéndolos en ferias locales del sur de Florida.

    Al principio no había una gran misión detrás.
    No pensaba en campañas ni en activismo.
    Era simplemente una adolescente intentando respirar después de perder a alguien importante.

    Con el tiempo empezó a recaudar dinero con aquellas ventas.
    Pequeñas cantidades primero.
    Luego más.
    Pero en 2014 ocurrió otra tragedia que cambió completamente el sentido de todo aquello.
    Su amigo Asher murió por suicidio.

    Alexis tenía quince años.

    Y hubo algo que la golpeó casi tanto como la pérdida: el silencio de los demás.
    La gente evitaba decir la palabra “suicidio”.
    Bajaban la voz.
    Cambiaban de tema.
    Usaban expresiones vagas como “se fue” o “pasó algo terrible”.
    Ella veía a adultos enteros incapaces de hablar con claridad sobre salud mental.

    Y entendió algo incómodo: callarse también puede hacer daño.

    Ahí fue cuando Eternal Essence Candle Company dejó de ser solo un pequeño negocio artesanal.
    Alexis decidió convertirlo en una herramienta para hablar de depresión, trastorno bipolar, adicciones y suicidio sin rodeos ni frases vacías.

    Cada vela empezó a incluir información real.
    No mensajes motivacionales de postal.
    Datos concretos sobre enfermedades mentales, señales de alarma y recursos de ayuda.
    Su idea era sencilla y al mismo tiempo muy difícil de ejecutar: lograr que alguien comprara una vela aromática y terminara teniendo una conversación honesta que normalmente evitaría.

    Eso incomodaba a mucha gente.

    Precisamente por eso importaba.

    Alexis decía que eligió las velas porque una llama pequeña puede convertirse en símbolo de esperanza.
    Muchas enfermedades tienen lazos, colores o emblemas reconocibles.
    Ella creía que la salud mental también necesitaba una imagen capaz de acompañar a quienes luchaban cada día contra algo invisible.

    Una luz temblando en mitad de la oscuridad.

    En 2015, su historia comenzó a circular por medios locales y nacionales de Estados Unidos.
    Tenía diecisiete años, seguía estudiando secundaria en The Benjamin School y al mismo tiempo organizaba campañas, eventos y recaudaciones de fondos.
    Una sola de sus donaciones alcanzó los 30.000 dólares destinados a investigación sobre trastorno bipolar juvenil.

    Con el tiempo, las cifras siguieron creciendo.
    Antes de cerrar oficialmente la iniciativa hacia finales de 2017, Eternal Essence Candle Company había recaudado más de 125.000 dólares para organizaciones relacionadas con salud mental y prevención del suicidio.

    Pero quizá el cambio más importante no podía medirse en dinero.

    Alrededor de Alexis empezaron a ocurrir cosas pequeñas que antes parecían imposibles. Jóvenes hablando de depresión sin esconderse.
    Familias preguntando cómo ayudar en lugar de fingir que no veían nada.
    Amigos aprendiendo a escuchar sin escapar de conversaciones incómodas.

    Ese era el verdadero trabajo.

    No vender velas.

    Abrir una puerta.

    Después de graduarse en 2016, Alexis se mudó a Athens, Georgia, para estudiar Publicidad en la Universidad de Georgia.
    Allí obtuvo también un certificado en estudios de emprendimiento y llegó a participar como delegada estudiantil en el prestigioso festival Cannes Lions, uno de los encuentros de creatividad y publicidad más importantes del mundo.

    A diferencia de muchas historias virales de internet, la suya nunca giró alrededor de convertirse en celebridad.
    Su perfil público siempre estuvo más ligado al marketing, el emprendimiento y la salud mental que a la exposición personal.
    Por eso prácticamente no existen datos públicos sobre su vida privada actual, pareja o hijos.

    Y quizá eso también dice algo importante sobre ella.

    Nunca pareció interesarle convertirse en símbolo.

    Solo quería que la gente hablara con verdad sobre personas reales.

    Todd le enseñó a cuidar la mecha de una vela.
    Sin proponérselo, terminó dejándole otra cosa: una manera de sostener luz cuando todo alrededor parecía apagarse.

    Y Alexis convirtió esa pequeña enseñanza doméstica en algo mucho más grande.
    Una conversación pública sobre dolor, duelo y salud mental que todavía sigue encendida en muchas personas que jamás llegaron a conocerla.

    Porque a veces una llama pequeña no ilumina una habitación.

    Ilumina un tema entero que llevaba demasiado tiempo en silencio.

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    #historia #historiasreales #saludmental #alexiskauchick #eternalessence #curiosidades #depresion #suicidio #historiashumanas #duelo #historiasquecambianvidas #memoria #superacion #historiasdelavida

  13. Desaparición de un familiar provoca un duelo sin cierre y mantiene a las familias en alerta

    La desaparición de una persona puede generar una pérdida ambigua: un duelo sin certeza que afecta la salud emocional, la economía y la dinámica familiar, explica especialista de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

    Por José Víctor Rodríguez | Reportero                                                        

    La desaparición de un familiar puede provocar un proceso de duelo sin cierre, marcado por la incertidumbre, la esperanza y el temor ante la imposibilidad de confirmar si la persona está viva o murió, explicó Ana Patricia González Rodríguez, directora del Colegio de Psicología de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ).

    Este fenómeno, conocido como pérdida ambigua, puede mantener a las familias en un estado prolongado de alerta y dificultar la reorganización de la vida cotidiana. La especialista señaló que conservar las pertenencias de la persona desaparecida, mantener activo su teléfono o reservarle un lugar en la mesa no necesariamente constituye una negación patológica, sino una forma de mantener el vínculo mientras no existe certeza.

    La Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora cada 30 de agosto el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En 2026, la fecha adquiere además relevancia por el vigésimo aniversario de la adopción de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.

    ¿Qué es la pérdida ambigua?

    El concepto de pérdida ambigua fue desarrollado por la psicoterapeuta e investigadora estadounidense Pauline Boss para describir situaciones de pérdida en las que no existe una confirmación definitiva que permita concluir el proceso de duelo.

    En los casos de desaparición, la ausencia no tiene un desenlace definido. La familia puede conservar la esperanza de encontrar a la persona con vida y, al mismo tiempo, enfrentar el temor de que haya muerto.

    González Rodríguez explicó que esta incertidumbre interrumpe los rituales sociales asociados con la muerte y dificulta que la familia reorganice sus roles. Por ello, la desaparición no representa únicamente la ausencia física de una persona, sino una situación que puede prolongarse durante años.

    La desaparición mantiene activa la incertidumbre

    La especialista señaló que los familiares pueden desarrollar una búsqueda constante de información: revisar mensajes, hospitales, expedientes, redes sociales y noticias relacionadas con posibles hallazgos.

    Aunque esta conducta puede cumplir una función concreta en la localización de la persona desaparecida, también puede mantener al organismo en un estado permanente de alerta.

    La incertidumbre puede acompañarse de insomnio, pesadillas, fatiga, irritabilidad, problemas de concentración, tristeza persistente, ansiedad y reacciones intensas ante llamadas, fechas o noticias relacionadas con el caso.

    La exposición repetida a fotografías, expedientes y posibles hallazgos también puede provocar reactivaciones traumáticas, según la especialista.

    Culpa, miedo y cambios en la dinámica familiar

    Otro efecto frecuente es el pensamiento contrafactual, expresado en preguntas como “¿por qué no le llamé?”, “¿pude impedirlo?” o “¿estoy haciendo lo suficiente?”. De acuerdo con González Rodríguez, este mecanismo puede representar un intento de recuperar la sensación de control frente a un hecho imprevisible.

    Sin embargo, la culpa puede aparecer incluso cuando el familiar no tuvo responsabilidad alguna en la desaparición.

    La ausencia también puede modificar profundamente la organización familiar. Cuando la persona desaparecida era proveedora económica, cuidadora o una figura central, otros integrantes deben asumir nuevas responsabilidades, mientras los gastos de búsqueda, transporte y asesoría pueden generar presión económica y conflictos internos.

    En el caso de menores de edad, la especialista advirtió que pueden asumir responsabilidades propias de adultos antes de tiempo.

    Más de 128 mil personas desaparecidas en México

    El impacto psicológico ocurre dentro de una crisis de desapariciones que también tiene consecuencias jurídicas, económicas y sociales.

    En mayo de 2026, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publicó su informe Desapariciones en México, en el que señaló que el fenómeno genera una grave crisis de derechos humanos. Al cierre del informe, con información hasta junio de 2025, se contabilizaban más de 128 mil personas desaparecidas y, de acuerdo con conteos independientes citados por la Comisión, más de 70 mil cuerpos permanecían bajo custodia del Estado sin identificar.

    La CIDH señaló que la mayoría de las desapariciones están relacionadas con el crimen organizado, aunque también documentó casos de desaparición forzada en los que habrían existido vínculos entre organizaciones criminales y autoridades encargadas de seguridad, procuración de justicia y autoridades políticas. El informe incluyó 40 recomendaciones para fortalecer las políticas de prevención, búsqueda, investigación, sanción y reparación.

    La dimensión del problema también alcanza a distintos grupos sociales. La CIDH identificó particularidades en casos que involucran a menores de edad, mujeres, personas LGBTIQ+, periodistas y defensores de derechos humanos.

    La ausencia también genera pérdidas económicas y sociales

    Las familias pueden enfrentar pérdida de ingresos, ausencias laborales, gastos de transporte y asesoría, además de estigmatización.

    Las insinuaciones de que una persona desaparecida “estaba involucrada en algo” pueden trasladar injustamente la sospecha hacia la víctima y generar aislamiento para sus familiares.

    La ONU también reconoce que las desapariciones tienen consecuencias que trascienden a la víctima directa. Las familias y comunidades enfrentan angustia, incertidumbre, afectaciones económicas y sociales, además del derecho a conocer la verdad sobre el paradero de la persona desaparecida.

    La incertidumbre no equivale automáticamente a una enfermedad

    González Rodríguez señaló que sentir miedo, insomnio, tristeza, culpa o hipervigilancia ante la desaparición de un familiar puede constituir una respuesta comprensible frente a una situación extrema.

    Estos síntomas no deben convertirse automáticamente en diagnósticos. Para determinar si existe un trastorno se requiere una evaluación profesional que considere su duración, intensidad y repercusión en el funcionamiento cotidiano.

    La especialista planteó que la literatura especializada ha relacionado esta experiencia con estrés postraumático, depresión, ansiedad y aflicción intensa y persistente, además de proponer que la incertidumbre prolongada puede entenderse como una forma de trauma crónico.

    Coloquio abordará violencia, subjetividad y crisis humanitaria

    En este contexto, el Colegio de Psicología de la UCSJ realizará los días 28 y 29 de septiembre el Coloquio Internacional “Crisis Humanitaria, violencias, subjetividad y estados de marginalidad”, con la participación de investigadores y académicos de distintas instituciones.

    El encuentro contempla también la participación de las periodistas María Cortina y Marcela de Jesús Natalia, defensora de derechos humanos e integrante del pueblo Ñomndaa’, además de otros especialistas.

    El objetivo del encuentro será propiciar el intercambio académico sobre las distintas manifestaciones de la violencia y sus efectos en la subjetividad, así como discutir propuestas relacionadas con la práctica clínica y las políticas de atención e inclusión.

    La desaparición de una persona, por tanto, no termina con el momento en que se pierde su rastro. Para quienes la buscan, la ausencia puede convertirse en una experiencia cotidiana en la que la esperanza y el temor coexisten sin una respuesta definitiva. –sn–

    Familiares de desaparecidos en la Camara de Diputados

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  14. ☾ ⋆⁺₊⋆ Hay noches en las que una no duerme porque sigue discutiendo consigo misma.

    Repasas lo que dijiste, lo que callaste, esa respuesta que se te ocurrió tres horas tarde —porque la mente tiene ese maravilloso don de ser brillante cuando ya no sirve de nada—.
    Te juzgas, te corriges, te reprochas. Y ahí estás, haciendo de fiscal, juez y acusado al mismo tiempo.

    Pero lo que hiciste hoy lo hiciste con la cabeza que tenías hoy.
    Con el cansancio que llevabas encima.
    Con la información que tenías en ese momento.
    No con la perspectiva que tienes ahora, tumbada en la cama y dándole vueltas a todo como si fueras a conseguir cambiarlo por insistencia.

    Eso no es ser exigente contigo.
    A veces es simplemente estar agotada.

    Así que por esta noche, basta.

    Mañana ya habrá luz para pensar qué hiciste bien, qué hiciste mal y qué demonios podrías haber hecho de otra manera.
    Esta noche no tienes que resolver tu vida.

    Duerme.
    Mañana seguimos.

    Y dime una cosa: ¿qué te vas a perdonar esta noche para poder dormir un poco más en paz?

    ☾ ⋆⁺₊⋆ ───────── ⋆⁺₊⋆ ☽

    #cosasmias #reflexiones #psicologia #pensamientos #noches #autocompasion #saludmental #dormir #vidasreales

  15. No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo

    Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles

    #Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal

  16. 🎭 ■ Paris Jackson y su paso por un centro tras su intento de suicidio con 15 años: "Recibí descargas eléctricas" ■ La hija de Michael Jackson se ha sincerado sobre los problemas de salud mental que ha sufrido y que la obligaron a ingresar en un centro, de donde dice que "salió c[…]
    huffingtonpost.es/life/cultura

    #cultura #famosos #abusossexuales #saludmental #parishilton

  17. 💳 ■ Los científicos lo confirman en un estudio con 656 adultos: el aceite de oliva virgen extra se asocia con mejor función cognitiva en personas mayores, y el refinado no tiene el mismo efecto ■ Este aceite también se asocia con una mayor d[…]
    huffingtonpost.es/life/consumo

    #saludmental #consumo #aceitedeoliva

  18. Hoy haré una #presentacion para conectar con gente de #Chile

    Habito en el #Biobio

    Soy una persona #autista y #artista que vive de la #autogestión

    Mi arte esta ligado a lo textil y el papel podría resumirlo en #tejido #crochet #bordado y #fanzines

    Hablo mucho sobre la famosa #saludmental y #apoyomutuo

    Vivo con mi perrita Suky y mi gata Frankie, si quieres te envió fotos de ellas para que tengas serotonina de la buena.

    Hablo un montón o mejor dicho escribo un montón! y tengo un blog! laloica.noblogs.org/

  19. "Un Plan para Implementar Psicoterapia Asistida por Ketamina en Cuidados Paliativos: Diseño, Proceso y Patrones de Tratamiento de un Programa Clínico del Mundo Real" (Horowitz et al., 2026)

    "...décadas de investigación preliminar sugieren que la psicoterapia asistida por psicodélicos (PAP), incluyendo la psicoterapia asistida por ketamina (KAP), puede aliviar la ansiedad, la depresión y el sufrimiento existencial..."
    #ketamina #muerte #duelo #cuidadospaliativos #psicodélicos #saludmental

  20. Si el caso contra Mark Zuckerberg y Meta prospera, no sería solo un titular potente. Podría mover cimientos.

    Primero: diseño.
    Las plataformas podrían verse obligadas a cambiar cómo funcionan sus algoritmos.
    Menos scroll infinito, menos notificaciones diseñadas para enganchar, más límites reales para menores.
    Si un juez concluye que hubo intención de crear dependencia, eso abre la puerta a regulaciones duras.

    Segundo: responsabilidad legal.
    Hasta ahora, las redes han operado bastante protegidas por leyes que limitan su responsabilidad sobre contenidos y efectos.
    Si se demuestra daño directo en salud mental, podrían multiplicarse las demandas.
    Y cuando empiezan las indemnizaciones grandes, las empresas escuchan.

    Tercero: regulación global.
    En EE. UU. el impacto sería enorme, pero en Europa —con leyes como la Digital Services Act— podrían endurecer aún más las normas.
    Más auditorías de algoritmos, más transparencia, más control parental obligatorio.

    Cuarto: cambio cultural.
    Si el juicio instala la idea de que las redes no son “neutrales” sino productos diseñados para captar atención, la conversación pública cambia. Igual que pasó con el tabaco: durante años fue “elección personal”… hasta que se reconoció el diseño adictivo.

    Ahora, vamos al punto incómodo 😌
    Nada de esto elimina nuestra parte de responsabilidad.
    Las plataformas están diseñadas para retenernos, sí.
    Pero nosotros también elegimos quedarnos.
    El futuro de las redes no solo depende de jueces, sino de hábitos.

    Si este caso marca un antes y un después, veremos plataformas menos agresivas en captar atención… o veremos nuevas que aprendan a hacerlo de forma más sofisticada.

    La pregunta de fondo no es solo qué harán ellos.
    Es qué estamos dispuestos a tolerar nosotros.

    🟡🟢🟡🟢

    #markzuckerberg #meta #redessociales #saludmental #adiccion #juiciohistórico #tecnología #regulación #algoritmos #futurodigital

  21. 1/4 🧠 ¿Alguna vez has sentido que tu capacidad de atención ha disminuido? El uso constante del #celular no solo afecta tu vista o postura; está transformando la manera en que tu cerebro responde a los estímulos.
    #SaludMental #Neurociencia #BienestarDigital #Tecnologia #Cerebro #MastodonSalud #Productividad

  22. ENG: In women with chronic pain syndromes, an excellent real-life Brazilian study of full-spectrum cannabis extracts with tailored dosages found improvements in pain relief, cognitive function, motor abilities, professional activities & ability, irritability, anxiety, melancholy, fatigue & sleep quality

    ESP: En mujeres con síndrome de dolor crónico, un excelente estudio brasileño en el mundo real sobre extractos de cannabis de espectro completo (flor de cannabis, no fibras de cáñamo) y dosis personalizadas, encontró mejoras en el alivio del dolor, la función cognitiva, las habilidades motoras, las actividades y capacidades profesionales, la irritabilidad, la ansiedad, la melancolía, la fatiga y la calidad del sueño.

    frontiersin.org/journals/pharm

    #pain #menstrual #menstrualcycle
    #autoinmunes #autoinmunedisease
    #ChronicIllnesses #chronicpain
    #cannabis #Cannabinoids #thc
    #cannabinoide #EfectoSéquito
    #dolor #mujeres #saludmental
    #medicalcannabis #marijuana
    #cannabismedicinal #cbd

  23. Los suicidios son causa de 1% de todas las muertes en el mundo, particularmente en jóvenes, alerta la OMS

    La OMS se preocupa particularmente por los trastornos mentales en los jóvenes, que sufrieron mucho durante el Covid y están muy expuestos a las redes sociales y donde el suicidio es una de las principales causas de mortalidad.
    La entrada Los suicidios son causa de 1% de todas las muertes en el mundo, part [...]

    #Jóvenes #Mundo #OMS #SaludMental #Suicido #ÚltimaHora

    semanariouniversidad.com/mundo

  24. Meta-análisis de los datos de 302 sujetos deprimidos que arrojan 87 focos a través de 18 experimentos que examinan diversos tratamientos de la depresión incluyendo farmacología, psicoterapia, terapia electroconvulsiva, psilocibina y ketamina con medidas de actividad cerebral en respuesta a tareas de emoción en el escáner. # ketamina #psilocibina #psicoterapia #neurociencia #cerebro #depresión #saludmental psychedelicmentalhealth.net/sp

  25. El potencial terapéutico de la psilocibina más allá de la psicodelia a través de mecanismos compartidos con ketamina (Park, et al, 2025) Los antidepresivos de acción rápida como la ketamina y la psilocibina ofrecen alternativas prometedoras, aliviando los síntomas en cuestión de horas. pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/406242 #ketamina #psicodelicos #psilocibina #psicodelicas #terapiaconketamina #terapiapsicodelica #saludmental #depresion

  26. #droga #adicción #enfermedad #trafico #españa #europa #redes #dependencia #saludmental #psicología
    Las redes sociales construyen la ilusión de un goce por omnipotencia individual que provoca una frustración en las personas que se comparan con los demás. El uso de la cocaína es un medio para ser más eficaz, más potente, más integrado en el paradigma capitalista de ultraconsumo para no sentirse inferior a los demás, justificándose con motivos sesgados a nivel cognitivo.
    pnsd.sanidad.gob.es/profesiona

  27. Angustia

    ⏱️ Tiempo estimado de lectura: 12 minutos y 50 segundos.

    Es uno de los sentimientos, de las emociones más crueles que el ser humano pueda llegar a sentir. Porque la angustia, se nutre del resto de las emociones negativas para crecer. Y a veces, se hace tan grande, que se vuelve incontrolable. Es como hacer un licuado. Sí, no va a ser la última vez que use esta metáfora, porque la vida en sí, es la mezcla de muchas cosas, que se ponen en un aparato que las tritura, y de todo eso, hace una sola cosa. En este caso, el producto final, está hecho de muchos otros sentimientos. Odio, amor, miedo, desconfianza, decepción, bronca, rencor, tristeza, entre tantos otros. De algunos, dependiendo del caso, puede tener un poco más, y de otros, un poco menos. Es más, no siempre son los mismos. Puede que haya alguno o algunos, que no estén.

    No es solo esto lo que hace a la angustia tan cruel. Hay mucho más. Porque la angustia, a diferencia del resto de los sentimientos, nunca se apaga del todo. El rencor puede irse. El odio, ir disipándose. El amor, caer en el olvido. Pero ella, sigue ahí. Sigue ahí, porque aunque todo se vaya yendo de a poco, la razón principal por la que nos angustiamos, está tan arraigada en nuestra mente, como el primer día. Y puede durar días, semanas, meses, años. Si no sabemos manejarla, contrarrestarla, y en definitiva, superarla y dejarla atrás, nos destruye. Porque ese es su cometido. Ir destruyéndonos de a poco, hasta que de nosotros, solo quede la nada misma.

    Mi Angustia

    Son las 3 de la mañana, o tal vez un poco más, no lo sé, no estoy segura. No me quiero levantar a fijarme la hora, no tengo ganas. Intenté de todo. Dejar de pensar, practicar reiki, meditación, escuchar música, leer un libro, todo. Y nada funciona. De niña aprendí a llorar en silencio. Cuando no podía contarle a nadie que quería ser una niña, una mujer, lloraba. Y lloraba despacio, muy despacio, sin ruido. Para que nadie me escuche. Pero las lágrimas caían sobre mi almohada. Siempre caen, siempre quedan. Pero el llanto, no se oye, nunca se oye. Es como la metáfora del árbol y el bosque. Si el llanto no se escucha, no existe, no está, no importa, no vale, no sirve de nada. Aún así, si se escucha, muchas veces, tampoco sirve. Pero el llanto es una calma para el cuerpo, para el alma, para la mente, y para el espíritu. O eso creo yo. Una vez lloramos, podemos descargar todo eso que llevamos dentro. Ya sea alegría, felicidad, o… tristeza, angustia, como en este caso. Las lágrimas se lavan con el agua, se van. Pero el llanto, también queda dentro nuestro. Y ese llanto que queda dentro, también es difícil de superar.

    Las horas continúan pasando. La noche no se detiene, se hace día de nuevo. Y la marcha inexorable del tiempo, me recuerda que no dormí nada, y que tengo que levantarme. Que tengo que empezar de nuevo, sin siquiera haber terminado. Que tengo que seguir, sin siquiera haber descansado. Que a pesar de que yo no puedo hacerlo, el mundo, la vida, la gente, las cosas, todo tiene que continuar. Y me cuesta mucho darme cuenta de que tengo que hacer lo mismo.

    Soy un software. Yo misma me programo para seguir órdenes, ritmos, actividades, para hacer cosas. Para no detenerme. Y claro, yo sé de eso, de programar, de hacer que las aplicaciones hagan lo que necesito que hagan. Para eso me programé. Para hacer lo que necesito hacer, ni nada más ni nada menos. Para seguir una lógica. Un conjunto de instrucciones predeterminadas, que logran que las cosas, salgan relativamente bien. Y funciona. Para todo lo demás, funciona. Pero para mi mente, no.

    Me duele la cabeza, la panza; Todos los días. Voy al médico. El diagnóstico, al fin, al momento de publicar esta entrada, ya lo sé. Celiaquía. Pero es el estrés, el que hace que se agrave la enfermedad. Quedarme despierta, no sirve, porque al día siguiente tengo sueño. Empiezo a tomar té de tilo, y ahora sí, puedo dormir. Pero dormir, tampoco sirve. Porque cuando duermo, duermo mal, tengo pesadillas. Y me despierto más asustada y cansada que antes. A veces me despierto a la madrugada y lloro, no puedo evitarlo. No puedo evitar pensar, recordar, intentar entender el por qué de todo. Los recuerdos, la tortura constante de lo que me acontece, es como un puñal que vuelve a clavarse una y otra y otra vez, en mi mente, en mi alma, un alma, que al menos por ahora, está rota. Y que necesita sanar.

    Intento hablar, y no puedo. No me sale explicar cosas que ni yo misma puedo entender. Me ha pasado muchas veces. Esta, es una más de ellas. Intento escribir. Estas líneas y las anteriores, van formando una secuencia que me ayuda a sacar afuera lo que llevo dentro, aunque nadie entienda realmente de qué se trata. Y como dije, no puedo hablar. Solo llorar, escribir, intentar soñar, intentar dormir bien, intentar no despertarme a la madrugada, intentar buscar soluciones. Explorar todas las variables posibles en esta aplicación de la vida. Una aplicación que, aunque creas que podés planificarla, programarla de alguna forma, al parecer, no es solo una cuestión de voluntad. Es mucho más que eso. Y es muy difícil darte cuenta de que, aunque creas tener el control de todo, hay muchísimas cosas que se te van a escapar. Porque no todo depende de vos, de mí, ,de cualquier otra persona. Depende de muchas más cosas, de muchísimos factores externos.

    Intento llevar un diario. Con fechas, situaciones, ideas, cosas que se me ocurren, etc. Me sirve. Me ayuda a tratar de, si bien ya sé que tengo el control de muy pocas cosas, por lo menos intentar tenerlo sobre mí misma. Es bueno, es sanador, es desestresante, de alguna forma. Pero a la noche, siempre a la noche, me encuentro sola. Con mi mente, mis fantasmas. Una mezcla horrible de sucesos reales, con otros que jamás ocurrieron, con otros que podrían ocurrir, y otros que jamás tal vez ocurrirán. ¿O sí? No lo sé, ya no lo sé. Ya no estoy segura de nada.

    Me siento una estúpida. Por confiar tanto en las personas, toda mi vida. Por creer que el mundo está lleno de buenas personas. Por pensar que, por ser discapacitada no iban a querer lastimarme. Que error, que grave error. Durante toda mi vida confié demasiado. Y no debería haberlo hecho.

    —No te digas estúpida. Porque si te lo repetís mucho, te lo vas a creer. No fuiste estúpida, fuiste ingenua. Confiaste en las personas equivocadas. Y por eso te pasó lo que sea que te haya pasado. Pero podés salir de eso, aprender. Es lo que tenés que hacer, para que no vuelva a pasarte. Y vengarte. Sí, pagarles con la misma moneda, a aquellos que te hicieron daño. O si podés, mucho peor. Dejarlos tan destruidos hasta que no quede ni un despojo de esas personas. —Me dijo una persona a la que solo pude contarle que traicionaron mi confianza, esta vez, por última vez. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo? Siguen siendo las preguntas esenciales que tengo que hacerme.

    Continúo preguntándome: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Realmente, no creo merecerlo. No creo ser tan mala persona como para tener que sufrir tanto. Sinceramente, no lo entiendo, no puedo terminar de entenderlo. A veces creo que nunca lo voy a entender.

    —Lo que pasa es que vos pensás que todo el mundo es bueno. Y lamentablemente, está muy lleno de gente de mierda. Gente egoísta que no mira más allá de su propio ombligo. Y es horrible. Pero es así. Y tenés que aprender a no confiar. Lamentablemente también, a las personas más buenas, les pasan las peores cosas. Es así, es el karma de la vida, —me dijo una persona cercana a mí.

    Lo intento cuando me ducho. Me quedo bajo el agua durante largos ratos, esperando que todo lo malo se vaya. Intento rituales de sanación espiritual, meditación, técnicas de respiración y relajación. Lo intento todo. Y todo sirve, me ayuda a ir saliendo de a poco. Pero a veces, no puedo. Me inventé un mantra. Empiezo a contar, cada vez que subo y que bajo, que me levanto y vuelvo a caer: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. Ni un número más. ninguno. Solo hasta ahí. Y vuelvo a repetir: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. A continuación, una pregunta inocente, pequeña, infantil, perturba mi mente. Y la respuesta, no me gusta para nada.

    —¿Qué poder te gustaría tener?

    —Volar, —respondo inmediatamente.

    —No, pero dejame terminar la frase. ¿El fuego, o el hielo?

    —El fuego, como los dragones.

    —Y pero te gusta Frozen. ¿No te gustaría tener el poder del hielo?

    —Sí, me gusta Frozen, pero no quiere decir que me guste su poder. Me gusta el fuego, y volar. Porque me gustan los dragones. Y los dragones, vuelan y escupen fuego.

    Sí, me gustaría ser una dragona. Grande, majestuosa, poderosa. Mirar a la luna llena un día y convertirme en una. Así nadie jamás se burlaría de mí. Nadie más me traicionaría, nadie más se reiría en mi cara, nunca más. Volar y escupir fuego a todo aquel que se atreva a intentar tomarme por estúpida. A todo aquel que se atreva a intentar tomarme el pelo, a jugar conmigo. Esa sería mi venganza perfecta. Ese sería mi daño, mi poder. La mayor expresión de mi ira. Pero eso no existe más que en mi imaginación. Y ahí se queda, ahí termina. Ahí encuentra su punto final. ¿Entonces, qué hago? ¿Qué puedo, quiero, o debo hacer? No tengo respuestas para eso.

    No me importa qué digan de mí, no me importa lo que piensen. No me importa que crean que me estoy victimizando. No importa si piensan que estoy exagerando. Ya no me importa. Solo me importa lo que pienso, lo que siento en estos momentos. Estoy enojada conmigo, con el mundo, con la vida. Estoy… Sí, angustiada. Muy angustiada. Quiero llorar, gritar, hacer estallar todo en este preciso instante. Siempre traté de brindarme a los demás, sin intentar recibir nada a cambio. Pero hubo quienes se aprovecharon de mi bondad, de mi ingenuidad, y por último, de mi confianza. Por eso, ya nada ni nadie me importa. Solo, la gente que sé que realmente me quiere, y a la que sé que realmente le importo.

    Salgo. Me junto con amigas. 0, 1, 2, 3 veces. Las veces que lo necesite. Salgo a pasear, visito a familiares. Voy a la plaza. Camino, camino mucho. Voy hacia ninguna parte, a la nada misma. Mi cuerpo sabe hacia donde tiene que ir, qué tiene que hacer. Pero mi mente, al menos por un rato, lo olvida. Solo salgo, y camino. Las voces, los ruidos de los autos, colectivos, motos, camiones, bicicletas, todo me distrae, me lleva hacia otro lado. Los perros, los chicos, todo me transporta. Continúo caminando. El sol en mi cara, alumbrándome como diciéndome: «hola, estoy acá. No estás sola. Siempre voy a estar para acompañarte, a menos que sea de noche, o esté nublado. Si es de noche, vas a tener a tu luna, a tu querida y tan adorada luna». Me saca una leve sonrisa. El viento me empuja hacia atrás, como queriéndose llevar la parte baja de mi vestido, mi cartera, y a mí misma. Pero por un tiempo, logra llevarse todo lo malo, lo negativo. Sé que, como en los casos anteriores, solo van a ser momentos de pequeña paz, antes de que mi mente, caiga en sus propias guerras. Pero eso, al menos por ahora, me sirve, me alcanza. Funciona. Quisiera quedarme así, en calma, en paz. Ya no tener que pensar en nada más que solo el ruido, y mi mente en blanco, o diciéndome: «vos podés, dale que vos podés. Pudiste con mucho. Esto no tiene que ser la excepción. Tenés que salir adelante, tenés que seguir. Porque sos fuerte, sos valiente. Solo tenés que dejar todo eso atrás, y seguir adelante». Sí, dale, cuando vos quieras che. Posta que es re fácil genia. Sos re grosa conciencia, e. Calladita te ves más bonita. ¿Nunca te dijeron eso? Bueno, vos fijate que es así loca. No puedo. Lo intento, y muchas veces siento que no puedo. Intento que mi mente quede en blanco de nuevo. Continúo caminando. Despacio, muy despacio. Sé que quienes me vieran, no me reconocerían, no sabrían que soy yo.

    Estoy a punto de cruzar una calle. Faltan unos metros para llegar a la esquina. Un señor grande se me acerca y me pregunta:

    —¿Disculpame, vas a cruzar nena?

    —Sí, —le respondo.

    Llego a la esquina. él se acerca despacio. Lo tomo del hombro. Esperamos que los autos pasen para poder cruzar…

    —Hace rato que no te veía, que no nos encontrábamos. —Me dice. Ahí, le reconozco la voz.

    —¿Como andás? Estás muy linda. Me alegro muchísimo que estés así. Que puedas ser feliz. Me alegro mucho, enserio. De todo corazón. —Me dice. Y sé que no lo dice con malicia, ni con ningún otro tipo de mala intención.

    Recuerdo nuestras charlas, sus luchas, la marcha a la que fuimos. Las historias compartidas, y lo que no me animé a contarle. Lo que ahora él, se dio cuenta. El cambio que vio en mí. Fue hace ya un largo tiempo cuando nos conocimos, y cuando nos vimos por última vez… Vamos cruzando la calle despacio, muy despacio, a su ritmo. Los autos y colectivos esperan pacientes a que terminemos de pasar.

    —Muchísimas gracias. —Le respondo—. Realmente me hace muy bien todo lo que me está diciendo. Mis luchas se están poniendo complicadas, pero ya tengo mi DNI, y ese sé que es un enorme logro.

    —De nada chiquita, no tenés nada que agradecer. Las luchas son complicadas, pero siempre hay una luz al final del túnel. Te lo dice un sobreviviente, vos sabés… Bueno, te dejo. ¿De acá ya podés seguir solita?

    —Sí, —le respondo—. ¡Muchas gracias de nuevo!

    Tal vez sí, tal vez es así. Tal vez, solo tenemos que dejar pasar el tiempo, y esperar a que las cosas se vayan acomodando, para que de una vez por todas, empecemos a sanar. A dejar todo lo malo atrás. Pero, no podemos hacerlo solos, él, tampoco pudo. Y ahí, es donde también están las personas que quieren vernos bien, a las que les importamos. Y además, las personitas más importantes de este mundo para mí. Esas personitas especiales sin las que, todas las luchas, metas y objetivos, no tendrían el mismo significado, no serían iguales. Tal vez, como dice mi hermano, encontramos esas respuestas, caminando por la calle. tal vez, en realidad, solo encontramos, más preguntas. Tal vez, aunque vayamos y vengamos, siempre terminamos en el mismo lugar…

    Matías Barberis: «El mismo lugar».

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