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#autoconocimiento — Public Fediverse posts

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  1. 🔵A veces nos metemos una presión absurda por tener claro qué queremos hacer con nuestra vida, como si a cierta edad tuviera que aparecer una señal luminosa diciendo:
    «Era esto, espabilada».

    Y no suele funcionar así.

    El propósito no siempre aparece antes de empezar.
    Muchas veces aparece después, cuando pruebas cosas, te equivocas, cambias de camino, descubres lo que no quieres y, casi sin darte cuenta, empiezas a reconocer lo que sí.

    Esperar a tenerlo todo claro puede convertirse en otra forma de quedarse quieto.

    A veces no necesitas saber hacia dónde va toda tu vida.
    Solo qué paso te apetece dar ahora.

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    #reflexiones #proposito #vida #autoconocimiento #psicologia #cambios #crecimiento

  2. ❖ Los celos tienen mala fama.
    Los tratamos como si fueran una señal de que somos pequeños, inseguros o malas personas.
    Y a veces no van de querer quitarle nada a nadie.

    A veces miras a alguien y piensas: «¿Por qué él sí y yo no?».
    Y quizá la respuesta no sea que quieres su vida, su pareja, su trabajo o lo que sea que estés mirando.
    Quizá solo estás viendo, a través de esa persona, algo que tú llevas tiempo necesitando y no sabes cómo pedir.

    Cariño.
    Reconocimiento.
    Libertad.
    Atención.
    Una oportunidad.
    Sentirte elegido.

    Y eso jode, porque es mucho más fácil decir «le tengo celos» que reconocer «yo también necesito esto».

    Los celos, a veces, no señalan al otro.
    Te señalan a ti.

    — — — ◦ ❖ ◦ — — —

    #reflexiones #psicologia #emociones #vida #autoconocimiento #celos

  3. La gravedad sigue operando

    Ayer estuve repasando y reforzando los pilares del sistema mágico de El fameliar. Tal como una historia avanza, es algo que hay que hacer de tanto en cuanto para comprobar que hasta lo ilógico sea verosímil, en especial, como es el caso, cuando en mitad del proceso creativo cambias de versión de la historia y, además, te tomas unas vacaciones.

    En fin que, mientras daba puntadas aquí y allá al tejido base de mi ficción y fantaseaba otra vez con convertir ese guion audiovisual en novela, no pude evitar preguntarme por el sistema mágico que rige mi realidad. Cosas de escritora, supongo.

    Y es que creo firmemente que estamos tan acostumbrados al worldbuilding de nuestra realidad que nos pasa desapercibido, pero no porque no exista, sino porque, sencillamente, es lo normal para nosotros. Tan, tan normal, que ni nos paramos a observarlo. Tan, tan, tan normal, que creemos que no existe.

    Pero existe.

    Pensemos en, yo qué sé, la dichosa fuerza de la gravedad. Todos la hemos estudiado con aquel dichoso 9,81 m/s2. Que ya es una cifra curiosa. No sé, si yo fuera dios, habría redondeado a 10, aunque fuera solo por ponérselo fácil a los chavales que estudian física en la secundaria. En fin, que es una regla del mundo, que está ahí, que funciona. Aunque no es taaaaaan exacta como creemos. Resulta que fluctúa (y fijo que hay motivos sólidos para ello) entre un lugar y otro: que si de 9,7639 m/s2 en la montaña Nevado Huascarán en Perú a 9,825 en Oslo y Helsinki. Y todas las fluctuaciones justificadas, oigan.

    Eso, queridos, es worldbuilding.

    Y también lo es la depresión postvacacional. Tiene reglas y condiciones. Y consecuencias.

    Como el duelo.

    Claro que, para unos ojos poco entrenados, las normas de este mundo que nos ha tocado vivir pueden parecer absurdas. Pero también hay quien piensa que es absurdo que Superman lleve los calzoncillos por fuera y jamás he visto a nadie en Metrópolis cuestionarse ese particular. Worldbuilding.

    ¿Y la ley de Murphy y todas las otras leyes y corolarios que la acompañan? Worldbuilding.

    ¿Que no podamos respirar bajo el mar? Pues lo mismo, claro.

    ¿Que la pérdida de un progenitor sea un punto de inflexión en tu vida que de ningún modo fuiste capaz de ver venir? Sí, adivinaste, construcción de mundo, pero aquí, también, construcción de personaje.

    Porque resulta que de nada sirve que yo describa que los hijos de Krypton tienen más fuerza y poder que los hijos de la Tierra y que eso les permite volar si no planto a un maldito kryptoniano en la Tierra.

    Igual que de nada le sirve a dios establecer la fuerza de la gravedad de nuestro planeta en torno a ese dichoso 9,81 m/s2 si no tiene intención de habitar la roca en cuestión con seres y objetos afectados por tal ley. O, si preferís, de nada sirve la ley de Murphy en un mundo sin tostadas ni mantequilla.

    Tiene que existir la muerte para que te cambie la vida, sea segando las de quienes te son próximos o, directamente, sacándote a ti de la ecuación. Pero tienen que existir igualmente esos personajes, que ni siquiera saben que lo son, afectados por su existencia.

    Y eso me lleva a una de las principales reglas del worldbuilding de este mundo nuestro y que tanto pasamos por alto: Para que los personajes aprecien la vida debe existir la noción de que es finita y su final impredecible.

    Supuestamente —y digo solo supuestamente— ese debería ser uno de los motores de los personajes de este mundo que habitamos. Es más, un truco que suelen dar en las escuelas de narrativa es el uso del reloj, del tiempo, visible o invisible, como motor de la acción (no es lo mismo Lex Luthor es malo y lo tendría que neutralizar que ya está el idiota de Luthor intentando cargarse el mundo otra vez y si no le paro los pies detonará esta bomba en tantos días/horas/minutos).

    Así que la finitud, o la certeza de que vamos a morir, debería ser motor y motivación para nuestra acción. Hacer lo que nos gusta, disfrutar de cada instante, de cada experiencia, de cada pequeño detalle.

    Pero no vemos las reglas del mundo. Estamos tan tremendamente acostumbrados al worldbuilding que es invisible para nosotros. Y eso no tendría que ser malo, salvo porque nos hemos dedicado a construir otras reglas, ajenas a las reales, que, por algún absurdo motivo, son las que marcan nuestros pasos.

    No solemos estar atentos a lo que hacemos mientras lo hacemos sino que es más que común que lo hagamos pensando en lo que vendrá después o en lo que fue antes. Y poco importa que se trate de estar en el trabajo pensando en la hora de salir o pasar el rato mirando a la nada recordando aquel momento que ya pasó y que tanto echamos de menos.

    Hemos creado reglas según las que el dinero nos hará felices. O tal trabajo. O perder peso. O ganarlo. O lo que sea que en ese momento creamos. Y perseguimos esos objetivos como si el objetivo fuera conseguir. Lo que sea. Pero conseguir.

    Es como si nos hubiéramos convencido los unos a los otros de que la gravedad no existe o es mínima y, todos de acuerdo, nos dedicáramos a saltar convencidos de que, en uno de esos saltos, flotaremos o, mejor, volaremos como Superman. Hasta hay quien se ha sacado los calzoncillos por fuera, no sea que esa sea la clave. Lo más triste, no obstante, es que hay quienes han optado por subir a lo alto de los más altos edificios para saltar, seguros de que así su creencia sobre la ausencia de gravedad operará mucho mejor. Y, por si fuera poco, mientras caen nos miran con sorna y nos señalan. Pobres idiotas que no se han dado cuenta de que no es lo mismo volar que caer.

    Pero la gravedad es una regla de este mundo y como tal sigue operando, sin atender a que nosotros lo creamos o lo veamos. Igual que la finitud de esta experiencia a la que llamamos vida.

    Y en este contexto, este verano me he descubierto a mí misma saltando, como mis congéneres, sí, convencida de que, con empeño y constancia, tarde o temprano flotaría o, mejor, conseguiría volar. No podía haber dudas, pues lleno está el mundo de gente surcando los aires, aunque, seamos realistas, desde aquí abajo no se distingue si flotan, vuelan o caen.

    Aunque por más que yo salte y por más gente que vea surcar el aire, la gravedad opera.

    Y por más que viva en mis sueños y deseos, en el pasado idealizado o en el futuro hipotético, la vida avanza y, en algún momento, la muerte espera.

    Que yo haya olvidado las reglas del mundo, como personaje que soy en esta historia, no implica que las reglas cambien o desaparezcan.

    Al final, conocer las reglas que rigen el mundo de tu historia no solo sirve para que el conjunto tenga sentido y el lector tenga una experiencia satisfactoria. Es más, me temo, eso es lo de menos. Las reglas solo importan en tanto en cuanto hay un personaje al que afectan. La capacidad del personaje de vivir con ellas define, a la postre, su experiencia y de ella suele depender el sentido del conjunto y, sí, muchas veces, no sé si todas, el placer de ese mirón impertinente al que llamamos lector.

    #autoconocimiento #creatividad #depresiónPostvacacional #duelo #ElFameliar #escritura #finitud #gravedad #humor #identidad #ironía #muerte #narrativa #reflexión #sistemaMágico #tiempo #vida #worldbuilding
  4. 🛏️Antes de dormir, piensa un momento en el día y busca ese instante en el que hiciste algo casi en automático.
    Contestaste como siempre.
    Dijiste que sí sin pensarlo.
    Te callaste para no discutir.
    Hiciste lo que tocaba porque era lo de siempre.

    No hace falta castigarte por ello.
    Ni montar un juicio contra ti misma a las once de la noche, que bastante tenemos ya. 😂

    Simplemente fíjate.
    Porque muchas veces no podemos cambiar lo que ni siquiera vemos.

    Reconocer el patrón no lo arregla de golpe, pero al menos empieza a poner una pequeña pausa entre lo que pasa y lo que hacemos.
    Y ahí, justo ahí, aparece algo que antes no teníamos: la posibilidad de elegir.

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    #buenasnoches #psicologia #reflexiones #autoconocimiento #habitos #conciencia #crecimientopersonal #emociones

  5. :ageblobcat: Durante años puedes vivir convencida de que sabes perfectamente quién eres.
    «Yo soy así».
    «Esto no lo haría nunca».
    «A mí esas cosas no me afectan».
    Y te lo crees, porque llevas tanto tiempo repitiéndotelo que acaba pareciendo una verdad absoluta.

    Hasta que llega un momento.
    Una persona.
    Una pérdida.
    Una decisión.
    Algo que no estaba en tus planes y que te pone delante de ti misma sin posibilidad de esconderte.

    Y descubres que quizá no eras tan fuerte como pensabas.
    O que eras mucho más fuerte.
    Que no necesitabas tanto a alguien.
    Que sí eras capaz de marcharte.
    Que aquello que jurabas que nunca soportarías, lo soportaste.

    A veces no cambiamos porque queramos.
    Cambiamos porque la vida nos desmonta una idea que llevábamos años creyendo sobre nosotros mismos.

    Y después toca volver a conocerse.

    ╭══•༻❀༺•══╮

    #psicologia #reflexiones #autoconocimiento #vida #cambios #emociones #crecimientopersonal #realidad

  6. O medo angustia a alma

    O medo angustia a alma

    Adiando o sucesso de hoje
    Desejos no papel são só desejos
    Luz fraca no caminho.

    Carlos de Campos

    Toda as traduções são feitas pela IA

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    🇺🇸 Inglês

    Fear Torments the Soul

    Postponing today's success
    Desires on paper are only desires
    A faint light along the way.

    Carlos de Campos

    All translations are made by AI.

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    🇪🇸 Espanhol

    El miedo angustia el alma

    Posponiendo el éxito de hoy
    Los deseos en el papel son solo deseos
    Una luz tenue en el camino.

    Carlos de Campos

    Todas las traducciones son realizadas por IA.

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    🇮🇳 Hindi

    भय आत्मा को व्याकुल करता है

    आज की सफलता को टालते हुए
    कागज़ पर लिखी इच्छाएँ बस इच्छाएँ हैं
    राह में मंद रोशनी।

    Carlos de Campos

    सभी अनुवाद AI द्वारा किए गए हैं।

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    🇨🇳 Chinês simplificado

    恐惧使灵魂焦虑

    推迟今天的成功
    纸上的愿望终究只是愿望
    路上微弱的光。

    Carlos de Campos

    所有翻译均由人工智能完成。

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    🇮🇩 Indonésio

    Ketakutan Menggelisahkan Jiwa

    Menunda keberhasilan hari ini
    Keinginan di atas kertas hanyalah keinginan
    Cahaya redup di jalan.

    Carlos de Campos

    Semua terjemahan dibuat oleh AI.

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    🇷🇺 Russo

    Страх тревожит душу

    Откладывая сегодняшний успех
    Желания на бумаге — лишь желания
    Слабый свет на пути.

    Carlos de Campos

    Все переводы выполнены с помощью ИИ.

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  7. :ajolote_bailando: Hay una diferencia enorme entre quien intenta ser buena persona y quien necesita convencer a todo el mundo de que lo es.

    Las personas que tienen conciencia suelen dudar de sí mismas.
    Se equivocan, le dan vueltas a las cosas y, a veces, hasta cargan con culpas que no les corresponden.
    En cambio, quien va proclamando constantemente lo buena, honesta o ejemplar que es, muchas veces no busca serlo: busca que los demás lo crean.

    Al final, la bondad no necesita un altavoz.
    Se nota mucho más en cómo tratas a la gente cuando nadie mira que en las etiquetas que te cuelgas a ti mismo.

    ✧・゚: ✧・゚:    :・゚✧:・゚✧

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  8. Angustia

    ⏱️ Tiempo estimado de lectura: 12 minutos y 50 segundos.

    Es uno de los sentimientos, de las emociones más crueles que el ser humano pueda llegar a sentir. Porque la angustia, se nutre del resto de las emociones negativas para crecer. Y a veces, se hace tan grande, que se vuelve incontrolable. Es como hacer un licuado. Sí, no va a ser la última vez que use esta metáfora, porque la vida en sí, es la mezcla de muchas cosas, que se ponen en un aparato que las tritura, y de todo eso, hace una sola cosa. En este caso, el producto final, está hecho de muchos otros sentimientos. Odio, amor, miedo, desconfianza, decepción, bronca, rencor, tristeza, entre tantos otros. De algunos, dependiendo del caso, puede tener un poco más, y de otros, un poco menos. Es más, no siempre son los mismos. Puede que haya alguno o algunos, que no estén.

    No es solo esto lo que hace a la angustia tan cruel. Hay mucho más. Porque la angustia, a diferencia del resto de los sentimientos, nunca se apaga del todo. El rencor puede irse. El odio, ir disipándose. El amor, caer en el olvido. Pero ella, sigue ahí. Sigue ahí, porque aunque todo se vaya yendo de a poco, la razón principal por la que nos angustiamos, está tan arraigada en nuestra mente, como el primer día. Y puede durar días, semanas, meses, años. Si no sabemos manejarla, contrarrestarla, y en definitiva, superarla y dejarla atrás, nos destruye. Porque ese es su cometido. Ir destruyéndonos de a poco, hasta que de nosotros, solo quede la nada misma.

    Mi Angustia

    Son las 3 de la mañana, o tal vez un poco más, no lo sé, no estoy segura. No me quiero levantar a fijarme la hora, no tengo ganas. Intenté de todo. Dejar de pensar, practicar reiki, meditación, escuchar música, leer un libro, todo. Y nada funciona. De niña aprendí a llorar en silencio. Cuando no podía contarle a nadie que quería ser una niña, una mujer, lloraba. Y lloraba despacio, muy despacio, sin ruido. Para que nadie me escuche. Pero las lágrimas caían sobre mi almohada. Siempre caen, siempre quedan. Pero el llanto, no se oye, nunca se oye. Es como la metáfora del árbol y el bosque. Si el llanto no se escucha, no existe, no está, no importa, no vale, no sirve de nada. Aún así, si se escucha, muchas veces, tampoco sirve. Pero el llanto es una calma para el cuerpo, para el alma, para la mente, y para el espíritu. O eso creo yo. Una vez lloramos, podemos descargar todo eso que llevamos dentro. Ya sea alegría, felicidad, o… tristeza, angustia, como en este caso. Las lágrimas se lavan con el agua, se van. Pero el llanto, también queda dentro nuestro. Y ese llanto que queda dentro, también es difícil de superar.

    Las horas continúan pasando. La noche no se detiene, se hace día de nuevo. Y la marcha inexorable del tiempo, me recuerda que no dormí nada, y que tengo que levantarme. Que tengo que empezar de nuevo, sin siquiera haber terminado. Que tengo que seguir, sin siquiera haber descansado. Que a pesar de que yo no puedo hacerlo, el mundo, la vida, la gente, las cosas, todo tiene que continuar. Y me cuesta mucho darme cuenta de que tengo que hacer lo mismo.

    Soy un software. Yo misma me programo para seguir órdenes, ritmos, actividades, para hacer cosas. Para no detenerme. Y claro, yo sé de eso, de programar, de hacer que las aplicaciones hagan lo que necesito que hagan. Para eso me programé. Para hacer lo que necesito hacer, ni nada más ni nada menos. Para seguir una lógica. Un conjunto de instrucciones predeterminadas, que logran que las cosas, salgan relativamente bien. Y funciona. Para todo lo demás, funciona. Pero para mi mente, no.

    Me duele la cabeza, la panza; Todos los días. Voy al médico. El diagnóstico, al fin, al momento de publicar esta entrada, ya lo sé. Celiaquía. Pero es el estrés, el que hace que se agrave la enfermedad. Quedarme despierta, no sirve, porque al día siguiente tengo sueño. Empiezo a tomar té de tilo, y ahora sí, puedo dormir. Pero dormir, tampoco sirve. Porque cuando duermo, duermo mal, tengo pesadillas. Y me despierto más asustada y cansada que antes. A veces me despierto a la madrugada y lloro, no puedo evitarlo. No puedo evitar pensar, recordar, intentar entender el por qué de todo. Los recuerdos, la tortura constante de lo que me acontece, es como un puñal que vuelve a clavarse una y otra y otra vez, en mi mente, en mi alma, un alma, que al menos por ahora, está rota. Y que necesita sanar.

    Intento hablar, y no puedo. No me sale explicar cosas que ni yo misma puedo entender. Me ha pasado muchas veces. Esta, es una más de ellas. Intento escribir. Estas líneas y las anteriores, van formando una secuencia que me ayuda a sacar afuera lo que llevo dentro, aunque nadie entienda realmente de qué se trata. Y como dije, no puedo hablar. Solo llorar, escribir, intentar soñar, intentar dormir bien, intentar no despertarme a la madrugada, intentar buscar soluciones. Explorar todas las variables posibles en esta aplicación de la vida. Una aplicación que, aunque creas que podés planificarla, programarla de alguna forma, al parecer, no es solo una cuestión de voluntad. Es mucho más que eso. Y es muy difícil darte cuenta de que, aunque creas tener el control de todo, hay muchísimas cosas que se te van a escapar. Porque no todo depende de vos, de mí, ,de cualquier otra persona. Depende de muchas más cosas, de muchísimos factores externos.

    Intento llevar un diario. Con fechas, situaciones, ideas, cosas que se me ocurren, etc. Me sirve. Me ayuda a tratar de, si bien ya sé que tengo el control de muy pocas cosas, por lo menos intentar tenerlo sobre mí misma. Es bueno, es sanador, es desestresante, de alguna forma. Pero a la noche, siempre a la noche, me encuentro sola. Con mi mente, mis fantasmas. Una mezcla horrible de sucesos reales, con otros que jamás ocurrieron, con otros que podrían ocurrir, y otros que jamás tal vez ocurrirán. ¿O sí? No lo sé, ya no lo sé. Ya no estoy segura de nada.

    Me siento una estúpida. Por confiar tanto en las personas, toda mi vida. Por creer que el mundo está lleno de buenas personas. Por pensar que, por ser discapacitada no iban a querer lastimarme. Que error, que grave error. Durante toda mi vida confié demasiado. Y no debería haberlo hecho.

    —No te digas estúpida. Porque si te lo repetís mucho, te lo vas a creer. No fuiste estúpida, fuiste ingenua. Confiaste en las personas equivocadas. Y por eso te pasó lo que sea que te haya pasado. Pero podés salir de eso, aprender. Es lo que tenés que hacer, para que no vuelva a pasarte. Y vengarte. Sí, pagarles con la misma moneda, a aquellos que te hicieron daño. O si podés, mucho peor. Dejarlos tan destruidos hasta que no quede ni un despojo de esas personas. —Me dijo una persona a la que solo pude contarle que traicionaron mi confianza, esta vez, por última vez. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo? Siguen siendo las preguntas esenciales que tengo que hacerme.

    Continúo preguntándome: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Realmente, no creo merecerlo. No creo ser tan mala persona como para tener que sufrir tanto. Sinceramente, no lo entiendo, no puedo terminar de entenderlo. A veces creo que nunca lo voy a entender.

    —Lo que pasa es que vos pensás que todo el mundo es bueno. Y lamentablemente, está muy lleno de gente de mierda. Gente egoísta que no mira más allá de su propio ombligo. Y es horrible. Pero es así. Y tenés que aprender a no confiar. Lamentablemente también, a las personas más buenas, les pasan las peores cosas. Es así, es el karma de la vida, —me dijo una persona cercana a mí.

    Lo intento cuando me ducho. Me quedo bajo el agua durante largos ratos, esperando que todo lo malo se vaya. Intento rituales de sanación espiritual, meditación, técnicas de respiración y relajación. Lo intento todo. Y todo sirve, me ayuda a ir saliendo de a poco. Pero a veces, no puedo. Me inventé un mantra. Empiezo a contar, cada vez que subo y que bajo, que me levanto y vuelvo a caer: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. Ni un número más. ninguno. Solo hasta ahí. Y vuelvo a repetir: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. A continuación, una pregunta inocente, pequeña, infantil, perturba mi mente. Y la respuesta, no me gusta para nada.

    —¿Qué poder te gustaría tener?

    —Volar, —respondo inmediatamente.

    —No, pero dejame terminar la frase. ¿El fuego, o el hielo?

    —El fuego, como los dragones.

    —Y pero te gusta Frozen. ¿No te gustaría tener el poder del hielo?

    —Sí, me gusta Frozen, pero no quiere decir que me guste su poder. Me gusta el fuego, y volar. Porque me gustan los dragones. Y los dragones, vuelan y escupen fuego.

    Sí, me gustaría ser una dragona. Grande, majestuosa, poderosa. Mirar a la luna llena un día y convertirme en una. Así nadie jamás se burlaría de mí. Nadie más me traicionaría, nadie más se reiría en mi cara, nunca más. Volar y escupir fuego a todo aquel que se atreva a intentar tomarme por estúpida. A todo aquel que se atreva a intentar tomarme el pelo, a jugar conmigo. Esa sería mi venganza perfecta. Ese sería mi daño, mi poder. La mayor expresión de mi ira. Pero eso no existe más que en mi imaginación. Y ahí se queda, ahí termina. Ahí encuentra su punto final. ¿Entonces, qué hago? ¿Qué puedo, quiero, o debo hacer? No tengo respuestas para eso.

    No me importa qué digan de mí, no me importa lo que piensen. No me importa que crean que me estoy victimizando. No importa si piensan que estoy exagerando. Ya no me importa. Solo me importa lo que pienso, lo que siento en estos momentos. Estoy enojada conmigo, con el mundo, con la vida. Estoy… Sí, angustiada. Muy angustiada. Quiero llorar, gritar, hacer estallar todo en este preciso instante. Siempre traté de brindarme a los demás, sin intentar recibir nada a cambio. Pero hubo quienes se aprovecharon de mi bondad, de mi ingenuidad, y por último, de mi confianza. Por eso, ya nada ni nadie me importa. Solo, la gente que sé que realmente me quiere, y a la que sé que realmente le importo.

    Salgo. Me junto con amigas. 0, 1, 2, 3 veces. Las veces que lo necesite. Salgo a pasear, visito a familiares. Voy a la plaza. Camino, camino mucho. Voy hacia ninguna parte, a la nada misma. Mi cuerpo sabe hacia donde tiene que ir, qué tiene que hacer. Pero mi mente, al menos por un rato, lo olvida. Solo salgo, y camino. Las voces, los ruidos de los autos, colectivos, motos, camiones, bicicletas, todo me distrae, me lleva hacia otro lado. Los perros, los chicos, todo me transporta. Continúo caminando. El sol en mi cara, alumbrándome como diciéndome: «hola, estoy acá. No estás sola. Siempre voy a estar para acompañarte, a menos que sea de noche, o esté nublado. Si es de noche, vas a tener a tu luna, a tu querida y tan adorada luna». Me saca una leve sonrisa. El viento me empuja hacia atrás, como queriéndose llevar la parte baja de mi vestido, mi cartera, y a mí misma. Pero por un tiempo, logra llevarse todo lo malo, lo negativo. Sé que, como en los casos anteriores, solo van a ser momentos de pequeña paz, antes de que mi mente, caiga en sus propias guerras. Pero eso, al menos por ahora, me sirve, me alcanza. Funciona. Quisiera quedarme así, en calma, en paz. Ya no tener que pensar en nada más que solo el ruido, y mi mente en blanco, o diciéndome: «vos podés, dale que vos podés. Pudiste con mucho. Esto no tiene que ser la excepción. Tenés que salir adelante, tenés que seguir. Porque sos fuerte, sos valiente. Solo tenés que dejar todo eso atrás, y seguir adelante». Sí, dale, cuando vos quieras che. Posta que es re fácil genia. Sos re grosa conciencia, e. Calladita te ves más bonita. ¿Nunca te dijeron eso? Bueno, vos fijate que es así loca. No puedo. Lo intento, y muchas veces siento que no puedo. Intento que mi mente quede en blanco de nuevo. Continúo caminando. Despacio, muy despacio. Sé que quienes me vieran, no me reconocerían, no sabrían que soy yo.

    Estoy a punto de cruzar una calle. Faltan unos metros para llegar a la esquina. Un señor grande se me acerca y me pregunta:

    —¿Disculpame, vas a cruzar nena?

    —Sí, —le respondo.

    Llego a la esquina. él se acerca despacio. Lo tomo del hombro. Esperamos que los autos pasen para poder cruzar…

    —Hace rato que no te veía, que no nos encontrábamos. —Me dice. Ahí, le reconozco la voz.

    —¿Como andás? Estás muy linda. Me alegro muchísimo que estés así. Que puedas ser feliz. Me alegro mucho, enserio. De todo corazón. —Me dice. Y sé que no lo dice con malicia, ni con ningún otro tipo de mala intención.

    Recuerdo nuestras charlas, sus luchas, la marcha a la que fuimos. Las historias compartidas, y lo que no me animé a contarle. Lo que ahora él, se dio cuenta. El cambio que vio en mí. Fue hace ya un largo tiempo cuando nos conocimos, y cuando nos vimos por última vez… Vamos cruzando la calle despacio, muy despacio, a su ritmo. Los autos y colectivos esperan pacientes a que terminemos de pasar.

    —Muchísimas gracias. —Le respondo—. Realmente me hace muy bien todo lo que me está diciendo. Mis luchas se están poniendo complicadas, pero ya tengo mi DNI, y ese sé que es un enorme logro.

    —De nada chiquita, no tenés nada que agradecer. Las luchas son complicadas, pero siempre hay una luz al final del túnel. Te lo dice un sobreviviente, vos sabés… Bueno, te dejo. ¿De acá ya podés seguir solita?

    —Sí, —le respondo—. ¡Muchas gracias de nuevo!

    Tal vez sí, tal vez es así. Tal vez, solo tenemos que dejar pasar el tiempo, y esperar a que las cosas se vayan acomodando, para que de una vez por todas, empecemos a sanar. A dejar todo lo malo atrás. Pero, no podemos hacerlo solos, él, tampoco pudo. Y ahí, es donde también están las personas que quieren vernos bien, a las que les importamos. Y además, las personitas más importantes de este mundo para mí. Esas personitas especiales sin las que, todas las luchas, metas y objetivos, no tendrían el mismo significado, no serían iguales. Tal vez, como dice mi hermano, encontramos esas respuestas, caminando por la calle. tal vez, en realidad, solo encontramos, más preguntas. Tal vez, aunque vayamos y vengamos, siempre terminamos en el mismo lugar…

    Matías Barberis: «El mismo lugar».

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