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La gravedad sigue operando
Ayer estuve repasando y reforzando los pilares del sistema mágico de El fameliar. Tal como una historia avanza, es algo que hay que hacer de tanto en cuanto para comprobar que hasta lo ilógico sea verosímil, en especial, como es el caso, cuando en mitad del proceso creativo cambias de versión de la historia y, además, te tomas unas vacaciones.
En fin que, mientras daba puntadas aquí y allá al tejido base de mi ficción y fantaseaba otra vez con convertir ese guion audiovisual en novela, no pude evitar preguntarme por el sistema mágico que rige mi realidad. Cosas de escritora, supongo.
Y es que creo firmemente que estamos tan acostumbrados al worldbuilding de nuestra realidad que nos pasa desapercibido, pero no porque no exista, sino porque, sencillamente, es lo normal para nosotros. Tan, tan normal, que ni nos paramos a observarlo. Tan, tan, tan normal, que creemos que no existe.
Pero existe.
Pensemos en, yo qué sé, la dichosa fuerza de la gravedad. Todos la hemos estudiado con aquel dichoso 9,81 m/s2. Que ya es una cifra curiosa. No sé, si yo fuera dios, habría redondeado a 10, aunque fuera solo por ponérselo fácil a los chavales que estudian física en la secundaria. En fin, que es una regla del mundo, que está ahí, que funciona. Aunque no es taaaaaan exacta como creemos. Resulta que fluctúa (y fijo que hay motivos sólidos para ello) entre un lugar y otro: que si de 9,7639 m/s2 en la montaña Nevado Huascarán en Perú a 9,825 en Oslo y Helsinki. Y todas las fluctuaciones justificadas, oigan.
Eso, queridos, es worldbuilding.
Y también lo es la depresión postvacacional. Tiene reglas y condiciones. Y consecuencias.
Como el duelo.
Claro que, para unos ojos poco entrenados, las normas de este mundo que nos ha tocado vivir pueden parecer absurdas. Pero también hay quien piensa que es absurdo que Superman lleve los calzoncillos por fuera y jamás he visto a nadie en Metrópolis cuestionarse ese particular. Worldbuilding.
¿Y la ley de Murphy y todas las otras leyes y corolarios que la acompañan? Worldbuilding.
¿Que no podamos respirar bajo el mar? Pues lo mismo, claro.
¿Que la pérdida de un progenitor sea un punto de inflexión en tu vida que de ningún modo fuiste capaz de ver venir? Sí, adivinaste, construcción de mundo, pero aquí, también, construcción de personaje.
Porque resulta que de nada sirve que yo describa que los hijos de Krypton tienen más fuerza y poder que los hijos de la Tierra y que eso les permite volar si no planto a un maldito kryptoniano en la Tierra.
Igual que de nada le sirve a dios establecer la fuerza de la gravedad de nuestro planeta en torno a ese dichoso 9,81 m/s2 si no tiene intención de habitar la roca en cuestión con seres y objetos afectados por tal ley. O, si preferís, de nada sirve la ley de Murphy en un mundo sin tostadas ni mantequilla.
Tiene que existir la muerte para que te cambie la vida, sea segando las de quienes te son próximos o, directamente, sacándote a ti de la ecuación. Pero tienen que existir igualmente esos personajes, que ni siquiera saben que lo son, afectados por su existencia.
Y eso me lleva a una de las principales reglas del worldbuilding de este mundo nuestro y que tanto pasamos por alto: Para que los personajes aprecien la vida debe existir la noción de que es finita y su final impredecible.
Supuestamente —y digo solo supuestamente— ese debería ser uno de los motores de los personajes de este mundo que habitamos. Es más, un truco que suelen dar en las escuelas de narrativa es el uso del reloj, del tiempo, visible o invisible, como motor de la acción (no es lo mismo Lex Luthor es malo y lo tendría que neutralizar que ya está el idiota de Luthor intentando cargarse el mundo otra vez y si no le paro los pies detonará esta bomba en tantos días/horas/minutos).
Así que la finitud, o la certeza de que vamos a morir, debería ser motor y motivación para nuestra acción. Hacer lo que nos gusta, disfrutar de cada instante, de cada experiencia, de cada pequeño detalle.
Pero no vemos las reglas del mundo. Estamos tan tremendamente acostumbrados al worldbuilding que es invisible para nosotros. Y eso no tendría que ser malo, salvo porque nos hemos dedicado a construir otras reglas, ajenas a las reales, que, por algún absurdo motivo, son las que marcan nuestros pasos.
No solemos estar atentos a lo que hacemos mientras lo hacemos sino que es más que común que lo hagamos pensando en lo que vendrá después o en lo que fue antes. Y poco importa que se trate de estar en el trabajo pensando en la hora de salir o pasar el rato mirando a la nada recordando aquel momento que ya pasó y que tanto echamos de menos.
Hemos creado reglas según las que el dinero nos hará felices. O tal trabajo. O perder peso. O ganarlo. O lo que sea que en ese momento creamos. Y perseguimos esos objetivos como si el objetivo fuera conseguir. Lo que sea. Pero conseguir.
Es como si nos hubiéramos convencido los unos a los otros de que la gravedad no existe o es mínima y, todos de acuerdo, nos dedicáramos a saltar convencidos de que, en uno de esos saltos, flotaremos o, mejor, volaremos como Superman. Hasta hay quien se ha sacado los calzoncillos por fuera, no sea que esa sea la clave. Lo más triste, no obstante, es que hay quienes han optado por subir a lo alto de los más altos edificios para saltar, seguros de que así su creencia sobre la ausencia de gravedad operará mucho mejor. Y, por si fuera poco, mientras caen nos miran con sorna y nos señalan. Pobres idiotas que no se han dado cuenta de que no es lo mismo volar que caer.
Pero la gravedad es una regla de este mundo y como tal sigue operando, sin atender a que nosotros lo creamos o lo veamos. Igual que la finitud de esta experiencia a la que llamamos vida.
Y en este contexto, este verano me he descubierto a mí misma saltando, como mis congéneres, sí, convencida de que, con empeño y constancia, tarde o temprano flotaría o, mejor, conseguiría volar. No podía haber dudas, pues lleno está el mundo de gente surcando los aires, aunque, seamos realistas, desde aquí abajo no se distingue si flotan, vuelan o caen.
Aunque por más que yo salte y por más gente que vea surcar el aire, la gravedad opera.
Y por más que viva en mis sueños y deseos, en el pasado idealizado o en el futuro hipotético, la vida avanza y, en algún momento, la muerte espera.
Que yo haya olvidado las reglas del mundo, como personaje que soy en esta historia, no implica que las reglas cambien o desaparezcan.
Al final, conocer las reglas que rigen el mundo de tu historia no solo sirve para que el conjunto tenga sentido y el lector tenga una experiencia satisfactoria. Es más, me temo, eso es lo de menos. Las reglas solo importan en tanto en cuanto hay un personaje al que afectan. La capacidad del personaje de vivir con ellas define, a la postre, su experiencia y de ella suele depender el sentido del conjunto y, sí, muchas veces, no sé si todas, el placer de ese mirón impertinente al que llamamos lector.
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