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#identidad — Public Fediverse posts

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  1. #reflexion

    La máscara digital: ¿Estamos perdiendo al ser humano real detrás del perfil perfecto?

    El uso masivo de las redes sociales privativas nos ha metido de lleno en una dinámica donde pasamos más tiempo diseñando una identidad impecable en las pantallas que cuidando nuestra vida de carne y hueso. En el ecosistema digital actual, parece que existe una obligación invisible de mostrar únicamente el lado brillante de las cosas, publicando fotos de viajes perfectos, platos de comida deliciosos y momentos de felicidad absoluta que rara vez coinciden con la rutina común. Esta necesidad de aprobación instantánea nos empuja a construir una máscara virtual muy pulida, convirtiendo nuestra experiencia diaria en un producto enfocado en conseguir Me gusta, lo que poco a poco va desgastando la capacidad de mostrarnos de forma sincera ante los demás, he aquí un gran problema de las redes privativas.

    El verdadero peligro de este fenómeno no es el uso de la tecnología en sí, sino cómo esta búsqueda de perfección artificial nos va alejando de nuestra propia humanidad. Al esconder los días malos, los tropezones, las dudas y los momentos de tristeza por miedo a ser rechazados en la red privativa, terminamos por romper el tejido de la empatía real con las personas que nos rodean. Olvidamos con mucha facilidad que las debilidades y las imperfecciones son partes normales y necesarias que le dan sentido al crecimiento personal de cualquier ser humano. Recuperar una postura cabal y madura frente a las pantallas requiere entender que el valor de una persona nunca se va a medir por el número de seguidores en un perfil, sino por la honestidad de sus acciones y la calidad de sus relaciones en el mundo real.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #PensamientoCritico #Etica #Comunicación #Sociedad #RedesSociales #Identidad #Reflexion #influencers

  2. #reflexion

    La máscara digital: ¿Estamos perdiendo al ser humano real detrás del perfil perfecto?

    El uso masivo de las redes sociales privativas nos ha metido de lleno en una dinámica donde pasamos más tiempo diseñando una identidad impecable en las pantallas que cuidando nuestra vida de carne y hueso. En el ecosistema digital actual, parece que existe una obligación invisible de mostrar únicamente el lado brillante de las cosas, publicando fotos de viajes perfectos, platos de comida deliciosos y momentos de felicidad absoluta que rara vez coinciden con la rutina común. Esta necesidad de aprobación instantánea nos empuja a construir una máscara virtual muy pulida, convirtiendo nuestra experiencia diaria en un producto enfocado en conseguir Me gusta, lo que poco a poco va desgastando la capacidad de mostrarnos de forma sincera ante los demás, he aquí un gran problema de las redes privativas.

    El verdadero peligro de este fenómeno no es el uso de la tecnología en sí, sino cómo esta búsqueda de perfección artificial nos va alejando de nuestra propia humanidad. Al esconder los días malos, los tropezones, las dudas y los momentos de tristeza por miedo a ser rechazados en la red privativa, terminamos por romper el tejido de la empatía real con las personas que nos rodean. Olvidamos con mucha facilidad que las debilidades y las imperfecciones son partes normales y necesarias que le dan sentido al crecimiento personal de cualquier ser humano. Recuperar una postura cabal y madura frente a las pantallas requiere entender que el valor de una persona nunca se va a medir por el número de seguidores en un perfil, sino por la honestidad de sus acciones y la calidad de sus relaciones en el mundo real.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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    #PensamientoCritico #Etica #Comunicación #Sociedad #RedesSociales #Identidad #Reflexion #influencers

  3. #reflexion

    La máscara digital: ¿Estamos perdiendo al ser humano real detrás del perfil perfecto?

    El uso masivo de las redes sociales privativas nos ha metido de lleno en una dinámica donde pasamos más tiempo diseñando una identidad impecable en las pantallas que cuidando nuestra vida de carne y hueso. En el ecosistema digital actual, parece que existe una obligación invisible de mostrar únicamente el lado brillante de las cosas, publicando fotos de viajes perfectos, platos de comida deliciosos y momentos de felicidad absoluta que rara vez coinciden con la rutina común. Esta necesidad de aprobación instantánea nos empuja a construir una máscara virtual muy pulida, convirtiendo nuestra experiencia diaria en un producto enfocado en conseguir Me gusta, lo que poco a poco va desgastando la capacidad de mostrarnos de forma sincera ante los demás, he aquí un gran problema de las redes privativas.

    El verdadero peligro de este fenómeno no es el uso de la tecnología en sí, sino cómo esta búsqueda de perfección artificial nos va alejando de nuestra propia humanidad. Al esconder los días malos, los tropezones, las dudas y los momentos de tristeza por miedo a ser rechazados en la red privativa, terminamos por romper el tejido de la empatía real con las personas que nos rodean. Olvidamos con mucha facilidad que las debilidades y las imperfecciones son partes normales y necesarias que le dan sentido al crecimiento personal de cualquier ser humano. Recuperar una postura cabal y madura frente a las pantallas requiere entender que el valor de una persona nunca se va a medir por el número de seguidores en un perfil, sino por la honestidad de sus acciones y la calidad de sus relaciones en el mundo real.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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    #PensamientoCritico #Etica #Comunicación #Sociedad #RedesSociales #Identidad #Reflexion #influencers

  4. #reflexion

    La máscara digital: ¿Estamos perdiendo al ser humano real detrás del perfil perfecto?

    El uso masivo de las redes sociales privativas nos ha metido de lleno en una dinámica donde pasamos más tiempo diseñando una identidad impecable en las pantallas que cuidando nuestra vida de carne y hueso. En el ecosistema digital actual, parece que existe una obligación invisible de mostrar únicamente el lado brillante de las cosas, publicando fotos de viajes perfectos, platos de comida deliciosos y momentos de felicidad absoluta que rara vez coinciden con la rutina común. Esta necesidad de aprobación instantánea nos empuja a construir una máscara virtual muy pulida, convirtiendo nuestra experiencia diaria en un producto enfocado en conseguir Me gusta, lo que poco a poco va desgastando la capacidad de mostrarnos de forma sincera ante los demás, he aquí un gran problema de las redes privativas.

    El verdadero peligro de este fenómeno no es el uso de la tecnología en sí, sino cómo esta búsqueda de perfección artificial nos va alejando de nuestra propia humanidad. Al esconder los días malos, los tropezones, las dudas y los momentos de tristeza por miedo a ser rechazados en la red privativa, terminamos por romper el tejido de la empatía real con las personas que nos rodean. Olvidamos con mucha facilidad que las debilidades y las imperfecciones son partes normales y necesarias que le dan sentido al crecimiento personal de cualquier ser humano. Recuperar una postura cabal y madura frente a las pantallas requiere entender que el valor de una persona nunca se va a medir por el número de seguidores en un perfil, sino por la honestidad de sus acciones y la calidad de sus relaciones en el mundo real.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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    #PensamientoCritico #Etica #Comunicación #Sociedad #RedesSociales #Identidad #Reflexion #influencers

  5. #reflexion

    La máscara digital: ¿Estamos perdiendo al ser humano real detrás del perfil perfecto?

    El uso masivo de las redes sociales privativas nos ha metido de lleno en una dinámica donde pasamos más tiempo diseñando una identidad impecable en las pantallas que cuidando nuestra vida de carne y hueso. En el ecosistema digital actual, parece que existe una obligación invisible de mostrar únicamente el lado brillante de las cosas, publicando fotos de viajes perfectos, platos de comida deliciosos y momentos de felicidad absoluta que rara vez coinciden con la rutina común. Esta necesidad de aprobación instantánea nos empuja a construir una máscara virtual muy pulida, convirtiendo nuestra experiencia diaria en un producto enfocado en conseguir Me gusta, lo que poco a poco va desgastando la capacidad de mostrarnos de forma sincera ante los demás, he aquí un gran problema de las redes privativas.

    El verdadero peligro de este fenómeno no es el uso de la tecnología en sí, sino cómo esta búsqueda de perfección artificial nos va alejando de nuestra propia humanidad. Al esconder los días malos, los tropezones, las dudas y los momentos de tristeza por miedo a ser rechazados en la red privativa, terminamos por romper el tejido de la empatía real con las personas que nos rodean. Olvidamos con mucha facilidad que las debilidades y las imperfecciones son partes normales y necesarias que le dan sentido al crecimiento personal de cualquier ser humano. Recuperar una postura cabal y madura frente a las pantallas requiere entender que el valor de una persona nunca se va a medir por el número de seguidores en un perfil, sino por la honestidad de sus acciones y la calidad de sus relaciones en el mundo real.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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    #PensamientoCritico #Etica #Comunicación #Sociedad #RedesSociales #Identidad #Reflexion #influencers

  6. Cuando las estrellas se alinean

    España ha ganado el mundial de fútbol 2026 y estoy muerta de sueño. Feliz, sí, pero dormida. Aunque, en general, la felicidad gana al cansancio, en especial si tenemos en cuenta que la última vez que España se proclamó campeona del mundo de fútbol masculino, servidora escribió su primera novela.

    Y ya sabéis que yo no creo en las casualidades sino en magia, alineaciones planetarias y eventos astrológicos. En este preciso momento, lo cierto es que tanto me da si el evento es astrológico o deportivo para que pase a considerarlo no solo señal, sino profecía. Aunque es posible que todo esto sea a causa de la falta de sueño.

    No es de extrañar si tenemos en cuenta que la cosa acabó más allá de la medianoche y después del partido yo estaba tan emocionada que no era capaz de irme a dormir. Creo que han sido las tres y media de la madrugada cuando he mirado el reloj por última vez y, mientras escribo estas líneas, faltan quince minutos para las ocho de la mañana. Así que he dormido más bien poco y una ya no es una niña como para aguantar noches en vela.

    Y, a pesar de todo el cansancio, la alegría está por encima, porque, ya no solo como española, sino como profesora de español y escritora en español, siento un especial orgullo porque la final se hablara en español en una competición en la que se intentó vetar y humillar a este idioma, que es el segundo en el mundo por número de hablantes nativos.

    Debo admitir que estoy muy cansada de la guerra cultural de algunos países contra todo lo que huele remotamente a España, aunque no por hastío voy a dejar de defender la lengua y la cultura de este país. Y, precisamente por eso, me alegré muchísimo cuando Argentina ganó a Inglaterra y pasó a la final.

    De todo corazón, para mí todo lo que sea vencer a Inglaterra me parece bien, en cualquier contexto. Pero en este caso en concreto me pareció especialmente elocuente justo por cómo se quiso humillar al español en esta competición por motivos ideológicos y políticos de la más baja categoría. Para mí que la final fuera entre dos países cuyo idioma era el español era ya, en sí, una enorme victoria. Sin contar que Argentina es una leyenda y jugar la final contra ellos era un hito histórico, fuera cual fuera el resultado.

    La sorpresa me la encontré al observar la reacción del otro lado. Lo que yo pensaba que sería alegría compartida porque dos países, desde mi punto de vista, hermanos se jugaban la final resultó no serlo.

    Y no voy a entrar en las estupideces desde el punto de vista histórico que se llegaron a decir sobre el periodo imperial español, a eso, por desgracia, ya estamos acostumbrados. Ni siquiera en los agravios casi personales. ¿De verdad Argentina no se alegró de que, después del intento de humillación internacional al idioma y cultura que, aunque les pese, compartimos, acabara siendo un derbi entre equipos de habla hispana?

    Me consta que aficiones de otros países hispanoamericanos sí se alegraron por eso y muchos decidieron animar a España. Pero también he escuchado estupideces de parte de anglófonos —y, sí, estadounidenses— defendiendo que la verdadera final era el partido por el tercer puesto entre Inglaterra y Francia, porque por lo visto eran incapaces de tolerar cualquier otra cosa.

    Y ya sé que llevamos en los genes la desunión y que, siendo hermanos, como somos, hemos transmitido al otro lado del charco eso de la sangre cainita, que diría Sabina. Pero por desunidos y enfrentados entre nosotros que estemos por lo general los españolitos en la piel de toro, solemos unirnos ante el enemigo común —que se lo pregunten a Napoleón—.

    Imagino que por eso me sorprendió y hasta dolió la reacción de Argentina en su pase a la final —no sé ahora, unas ocho horas después de finalizar el evento, cómo llevarán el duelo—. En cualquier caso, supongo que, por costumbre, esperaba cierta alegría colectiva en el marco lógico de competitividad sana, porque, al fin y al cabo, esto es una competición deportiva.

    Repito, esto es una competición deportiva.

    Aunque siento que, en realidad, aquí se han puesto sobre la mesa muchas más cosas que únicamente las relacionadas con el deporte. Empezando por esa absurda idea de mantener el español fuera del evento y acabando por los que pensaban que se estaban vengando de sus colonizadores —y ya he dicho que no entraré en esta discusión porque creo que coger un libro de historia está al alcance de cualquiera—.

    Sea como sea, y a pesar de las pocas horas de sueño, aquí estoy yo, escribiendo la entrada del blog del día sobre el único tema posible hoy. Porque, a pesar de todas las trabas políticas y deportivas —por favor, que nos anularon dos goles…—, España se ha proclamado campeona del mundo de fútbol masculino. Y la última vez que pasó eso yo escribí una gran novela.

    Quizá, si España contra pronóstico puede conseguir una segunda estrella, tal vez también yo sea capaz de remontar, después de todo.

    #Blog #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #España #experiencias #fútbol #identidad #lenguaEspañola #Mundial2026 #mundoHispano #reflexiones #señales
  7. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  8. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  9. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  10. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  11. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  12. Bad Bunny visitó una finca de café de especialidad y regenerativa. Ahora una cafetería invita a vivir esa experiencia

    Cuando Bad Bunny llegó a una finca cafetalera de especialidad certificada regenerativa en la zona de Los Santos en Costa Rica –junto a Buena Vida Specialty Coffee– encontró algo distinto … Leer más
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    #Alimentos #BadBunny #Café #CostaRica #Especialidad #Guanacaste #Identidad #Publirreportaje

    vozdeguanacaste.com/bad-bunny-

  13. Bad Bunny visitó una finca de café de especialidad y regenerativa. Ahora una cafetería invita a vivir esa experiencia

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  14. El equipo y el capital financiero

    Argentina ganó 3 a 1 frente a Suiza. Quedará el resultado. Quedarán las estadísticas. Los nombres propios. Los goles. Las atajadas. Durante unas horas, las pantallas organizarán la conversación alrededor del juego: los cambios de Lionel Scaloni, los movimientos de Lionel Messi, las decisiones tácticas, los aciertos y los errores. Pero debajo de esa escena deportiva aparece una pregunta más profunda: ¿quién tiene derecho a representar el significado de la camiseta argentina? Porque la disputa por el sentido de la Selección masculina de fútbol no es solamente deportiva. Es una disputa política por la apropiación de una identidad colectiva. […]

    lanotadigital.com.ar/2026/07/1

  15. 🧳 ¿Qué define a nuestro hogar? Conoce la paradoja de los armenios que viven entre Estambul y Ereván buscando su lugar en el mundo.🏛️ Como Odiseo en Ítaca: la historia de aprender a convivir con las identidades y los hogares que se multiplican a lo largo del camino. 🌍 #armenia #diáspora #EnderÖzkahraman #ereván #estambul #hayrenatarts #hogar #identidad #irán #líbano #malatya #MaralDink #odiseo #sivas #turquía soyarmenio.com/identidad-regre

  16. ✒️ #Opinión | Hispanistas e indianistas: un viejo pugilato. El analista Francisco Javier Guerrero examina las tensiones históricas e ideológicas que siguen dividiendo las posturas sobre nuestra identidad y el pasado colonial. 📜🇲🇽 #Cultura #Historia #Identidad
    zurl.co/g2HT2

  17. ✒️ #Opinión | Hispanistas e indianistas: un viejo pugilato. El analista Francisco Javier Guerrero examina las tensiones históricas e ideológicas que siguen dividiendo las posturas sobre nuestra identidad y el pasado colonial. 📜🇲🇽 #Cultura #Historia #Identidad
    zurl.co/g2HT2

  18. ✒️ #Opinión | Hispanistas e indianistas: un viejo pugilato. El analista Francisco Javier Guerrero examina las tensiones históricas e ideológicas que siguen dividiendo las posturas sobre nuestra identidad y el pasado colonial. 📜🇲🇽 #Cultura #Historia #Identidad
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  19. ✒️ #Opinión | Hispanistas e indianistas: un viejo pugilato. El analista Francisco Javier Guerrero examina las tensiones históricas e ideológicas que siguen dividiendo las posturas sobre nuestra identidad y el pasado colonial. 📜🇲🇽 #Cultura #Historia #Identidad
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  20. ✒️ #Opinión | Hispanistas e indianistas: un viejo pugilato. El analista Francisco Javier Guerrero examina las tensiones históricas e ideológicas que siguen dividiendo las posturas sobre nuestra identidad y el pasado colonial. 📜🇲🇽 #Cultura #Historia #Identidad
    zurl.co/g2HT2

  21. Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo o ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niega.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi mente, mi esencia sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

    #autoconocimiento #autoironía #Blog #Diario #duelo #enfermedadCrónica #escritura #escrituraCreativa #experiencias #humor #identidad #ironía #liminalidad #neorromántica #Resiliencia #romanticismo #saludMental #superhombreNietzscheano
  22. Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo o ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niega.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi mente, mi esencia sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

    #autoconocimiento #autoironía #Blog #Diario #duelo #enfermedadCrónica #escritura #escrituraCreativa #experiencias #humor #identidad #ironía #liminalidad #neorromántica #Resiliencia #romanticismo #saludMental #superhombreNietzscheano
  23. Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niego.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi psique, mi esencia, sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

    #autoconocimiento #autoironía #Blog #Diario #duelo #enfermedadCrónica #escritura #escrituraCreativa #experiencias #humor #identidad #ironía #liminalidad #neorromántica #Resiliencia #romanticismo #saludMental #superhombreNietzscheano
  24. #reflexion

    El peligro de escondernos de nuestra propia verdad

    Es muy común que las personas traten de dar una imagen falsa frente a los demás para ser aceptadas, caer bien o evitar problemas con el entorno social. Sin embargo, el verdadero peligro comienza cuando el engaño deja de ser una máscara para los de afuera y se convierte en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos de manera interna. Cuando una persona empieza a mentirse sobre lo que realmente siente, lo que piensa o lo que desea, inicia un proceso de desconexión mental muy destructivo donde se prefiere vivir en una fantasía cómoda antes que aceptar la cruda realidad de las propias acciones y decisiones.

    Esta mentira constante hacia el interior va desgastando la identidad poco a poco y sin que nos demos cuenta. Al enterrar los defectos, los miedos o los verdaderos pensamientos bajo montañas de excusas y falsas justificaciones, se termina construyendo una personalidad artificial que no tiene raíces firmes en la realidad. Con el paso del tiempo, el individuo llega a un punto crítico donde al mirarse al espejo ya no es capaz de reconocer a la persona que tiene enfrente, dándose cuenta de que se ha convertido en un completo extraño que vive bajo las reglas y los gustos de una mentira que él mismo inventó.

    Dejar de mentirse a uno mismo requiere de un enorme esfuerzo de honestidad y de un gran valor para enfrentar esas partes oscuras o incómodas que todos llevamos dentro y que preferimos ignorar. No podemos solucionar los problemas de nuestra vida ni corregir nuestros errores si primero no tenemos la valentía de admitir que existen de forma real. Vivir con la mente despierta y con los pies en la tierra es el único camino seguro para mantener el control de nuestras vidas, recuperar nuestra libertad de pensamiento y no terminar siendo prisioneros de un autoengaño que nos borre la identidad por completo.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #PensamientoCrítico #Psicología #Filosofía #Reflexión #Identidad

  25. #reflexion

    El peligro de escondernos de nuestra propia verdad

    Es muy común que las personas traten de dar una imagen falsa frente a los demás para ser aceptadas, caer bien o evitar problemas con el entorno social. Sin embargo, el verdadero peligro comienza cuando el engaño deja de ser una máscara para los de afuera y se convierte en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos de manera interna. Cuando una persona empieza a mentirse sobre lo que realmente siente, lo que piensa o lo que desea, inicia un proceso de desconexión mental muy destructivo donde se prefiere vivir en una fantasía cómoda antes que aceptar la cruda realidad de las propias acciones y decisiones.

    Esta mentira constante hacia el interior va desgastando la identidad poco a poco y sin que nos demos cuenta. Al enterrar los defectos, los miedos o los verdaderos pensamientos bajo montañas de excusas y falsas justificaciones, se termina construyendo una personalidad artificial que no tiene raíces firmes en la realidad. Con el paso del tiempo, el individuo llega a un punto crítico donde al mirarse al espejo ya no es capaz de reconocer a la persona que tiene enfrente, dándose cuenta de que se ha convertido en un completo extraño que vive bajo las reglas y los gustos de una mentira que él mismo inventó.

    Dejar de mentirse a uno mismo requiere de un enorme esfuerzo de honestidad y de un gran valor para enfrentar esas partes oscuras o incómodas que todos llevamos dentro y que preferimos ignorar. No podemos solucionar los problemas de nuestra vida ni corregir nuestros errores si primero no tenemos la valentía de admitir que existen de forma real. Vivir con la mente despierta y con los pies en la tierra es el único camino seguro para mantener el control de nuestras vidas, recuperar nuestra libertad de pensamiento y no terminar siendo prisioneros de un autoengaño que nos borre la identidad por completo.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #PensamientoCrítico #Psicología #Filosofía #Reflexión #Identidad

  26. #reflexion

    El peligro de escondernos de nuestra propia verdad

    Es muy común que las personas traten de dar una imagen falsa frente a los demás para ser aceptadas, caer bien o evitar problemas con el entorno social. Sin embargo, el verdadero peligro comienza cuando el engaño deja de ser una máscara para los de afuera y se convierte en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos de manera interna. Cuando una persona empieza a mentirse sobre lo que realmente siente, lo que piensa o lo que desea, inicia un proceso de desconexión mental muy destructivo donde se prefiere vivir en una fantasía cómoda antes que aceptar la cruda realidad de las propias acciones y decisiones.

    Esta mentira constante hacia el interior va desgastando la identidad poco a poco y sin que nos demos cuenta. Al enterrar los defectos, los miedos o los verdaderos pensamientos bajo montañas de excusas y falsas justificaciones, se termina construyendo una personalidad artificial que no tiene raíces firmes en la realidad. Con el paso del tiempo, el individuo llega a un punto crítico donde al mirarse al espejo ya no es capaz de reconocer a la persona que tiene enfrente, dándose cuenta de que se ha convertido en un completo extraño que vive bajo las reglas y los gustos de una mentira que él mismo inventó.

    Dejar de mentirse a uno mismo requiere de un enorme esfuerzo de honestidad y de un gran valor para enfrentar esas partes oscuras o incómodas que todos llevamos dentro y que preferimos ignorar. No podemos solucionar los problemas de nuestra vida ni corregir nuestros errores si primero no tenemos la valentía de admitir que existen de forma real. Vivir con la mente despierta y con los pies en la tierra es el único camino seguro para mantener el control de nuestras vidas, recuperar nuestra libertad de pensamiento y no terminar siendo prisioneros de un autoengaño que nos borre la identidad por completo.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #PensamientoCrítico #Psicología #Filosofía #Reflexión #Identidad

  27. #reflexion

    El peligro de escondernos de nuestra propia verdad

    Es muy común que las personas traten de dar una imagen falsa frente a los demás para ser aceptadas, caer bien o evitar problemas con el entorno social. Sin embargo, el verdadero peligro comienza cuando el engaño deja de ser una máscara para los de afuera y se convierte en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos de manera interna. Cuando una persona empieza a mentirse sobre lo que realmente siente, lo que piensa o lo que desea, inicia un proceso de desconexión mental muy destructivo donde se prefiere vivir en una fantasía cómoda antes que aceptar la cruda realidad de las propias acciones y decisiones.

    Esta mentira constante hacia el interior va desgastando la identidad poco a poco y sin que nos demos cuenta. Al enterrar los defectos, los miedos o los verdaderos pensamientos bajo montañas de excusas y falsas justificaciones, se termina construyendo una personalidad artificial que no tiene raíces firmes en la realidad. Con el paso del tiempo, el individuo llega a un punto crítico donde al mirarse al espejo ya no es capaz de reconocer a la persona que tiene enfrente, dándose cuenta de que se ha convertido en un completo extraño que vive bajo las reglas y los gustos de una mentira que él mismo inventó.

    Dejar de mentirse a uno mismo requiere de un enorme esfuerzo de honestidad y de un gran valor para enfrentar esas partes oscuras o incómodas que todos llevamos dentro y que preferimos ignorar. No podemos solucionar los problemas de nuestra vida ni corregir nuestros errores si primero no tenemos la valentía de admitir que existen de forma real. Vivir con la mente despierta y con los pies en la tierra es el único camino seguro para mantener el control de nuestras vidas, recuperar nuestra libertad de pensamiento y no terminar siendo prisioneros de un autoengaño que nos borre la identidad por completo.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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  28. #reflexion

    El peligro de escondernos de nuestra propia verdad

    Es muy común que las personas traten de dar una imagen falsa frente a los demás para ser aceptadas, caer bien o evitar problemas con el entorno social. Sin embargo, el verdadero peligro comienza cuando el engaño deja de ser una máscara para los de afuera y se convierte en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos de manera interna. Cuando una persona empieza a mentirse sobre lo que realmente siente, lo que piensa o lo que desea, inicia un proceso de desconexión mental muy destructivo donde se prefiere vivir en una fantasía cómoda antes que aceptar la cruda realidad de las propias acciones y decisiones.

    Esta mentira constante hacia el interior va desgastando la identidad poco a poco y sin que nos demos cuenta. Al enterrar los defectos, los miedos o los verdaderos pensamientos bajo montañas de excusas y falsas justificaciones, se termina construyendo una personalidad artificial que no tiene raíces firmes en la realidad. Con el paso del tiempo, el individuo llega a un punto crítico donde al mirarse al espejo ya no es capaz de reconocer a la persona que tiene enfrente, dándose cuenta de que se ha convertido en un completo extraño que vive bajo las reglas y los gustos de una mentira que él mismo inventó.

    Dejar de mentirse a uno mismo requiere de un enorme esfuerzo de honestidad y de un gran valor para enfrentar esas partes oscuras o incómodas que todos llevamos dentro y que preferimos ignorar. No podemos solucionar los problemas de nuestra vida ni corregir nuestros errores si primero no tenemos la valentía de admitir que existen de forma real. Vivir con la mente despierta y con los pies en la tierra es el único camino seguro para mantener el control de nuestras vidas, recuperar nuestra libertad de pensamiento y no terminar siendo prisioneros de un autoengaño que nos borre la identidad por completo.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

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    #PensamientoCrítico #Psicología #Filosofía #Reflexión #Identidad

  29. ✦ Es que al final el agotamiento no viene de las horas que metes en el trabajo, sino de esa especie de malabarismo constante con el que vivimos.
    Tienes que ser la profesional eficiente, la familiar que nunca falla, la social que siempre está disponible, la versión digital impecable y, por si fuera poco, esa idealizada que parece que nunca se despeina.

    Es un desgaste invisible, una forma de cansancio que te va vaciando por dentro sin que te des cuenta.
    Intentar encajar en todos esos moldes a la vez es agotador y, sinceramente, es una trampa mortal para la salud mental.
    Al final, lo que de verdad agota no es la carga de trabajo, sino el peso de tener que sostener tantas identidades simultáneas solo para encajar en la expectativa de los demás.
    A ver si aprendemos de una vez a soltar lastre y a ser más de una pieza, porque vivir así es un sinvivir.

    ✦✦✦✦✦✦✦✦✦

    #reflexion #saludmental #identidad #autenticidad #cansancio #psicologia #sinceridad

  30. ✦ Es que al final el agotamiento no viene de las horas que metes en el trabajo, sino de esa especie de malabarismo constante con el que vivimos.
    Tienes que ser la profesional eficiente, la familiar que nunca falla, la social que siempre está disponible, la versión digital impecable y, por si fuera poco, esa idealizada que parece que nunca se despeina.

    Es un desgaste invisible, una forma de cansancio que te va vaciando por dentro sin que te des cuenta.
    Intentar encajar en todos esos moldes a la vez es agotador y, sinceramente, es una trampa mortal para la salud mental.
    Al final, lo que de verdad agota no es la carga de trabajo, sino el peso de tener que sostener tantas identidades simultáneas solo para encajar en la expectativa de los demás.
    A ver si aprendemos de una vez a soltar lastre y a ser más de una pieza, porque vivir así es un sinvivir.

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    #reflexion #saludmental #identidad #autenticidad #cansancio #psicologia #sinceridad

  31. ✦ Es que al final el agotamiento no viene de las horas que metes en el trabajo, sino de esa especie de malabarismo constante con el que vivimos.
    Tienes que ser la profesional eficiente, la familiar que nunca falla, la social que siempre está disponible, la versión digital impecable y, por si fuera poco, esa idealizada que parece que nunca se despeina.

    Es un desgaste invisible, una forma de cansancio que te va vaciando por dentro sin que te des cuenta.
    Intentar encajar en todos esos moldes a la vez es agotador y, sinceramente, es una trampa mortal para la salud mental.
    Al final, lo que de verdad agota no es la carga de trabajo, sino el peso de tener que sostener tantas identidades simultáneas solo para encajar en la expectativa de los demás.
    A ver si aprendemos de una vez a soltar lastre y a ser más de una pieza, porque vivir así es un sinvivir.

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    #reflexion #saludmental #identidad #autenticidad #cansancio #psicologia #sinceridad

  32. 🦋 A veces me da por pensar en esa carrera constante por ser otra persona, como si pudiéramos hacer un "reset" de fábrica y borrar todo lo que no nos gusta.
    Nos liamos a cambiar de aires, mudarnos de ciudad, pulirnos los hábitos como si fueran diamantes y hasta seleccionamos las amistades según el diseño de vida que creemos que deberíamos tener.
    Es un esfuerzo titánico, de verdad.
    Pero lo curioso, y lo que termina quemando, es que después de tanto movimiento, esa sensación de no estar en casa sigue ahí, instalada en el pecho.

    Al final, me da que nos equivocamos de estrategia.
    Nos empeñamos en construir una máscara nueva, una identidad perfecta y reluciente, cuando la verdadera paz suele ir justo por el camino contrario.
    No es cuestión de añadir capas o de convertirnos en alguien que no somos, sino de hacer las paces con ese desorden que llevamos dentro.
    Esos miedos, esas partes de nuestra historia o de nuestra forma de ser que hemos estado rechazando y escondiendo bajo la alfombra durante años.

    Quizás la transformación de verdad no es hacia afuera, sino un reencuentro.
    Es sentarse un rato con uno mismo y dejar de pelear contra lo que ya somos.
    Porque, qué quieres que te diga, no hay ciudad ni cambio de look que cure el vacío si no te llevas bien con el que va dentro de la maleta.
    Al final, reconciliarse con las propias sombras es lo más valiente que podemos hacer, mucho más que intentar ser una versión impecable para los demás.

    ❀ • • • • • • • • ❀

    #reflexion #crecimientopersonal #sinceridad #identidad #psicologia #vida #autoconocimiento

  33. 🦋 A veces me da por pensar en esa carrera constante por ser otra persona, como si pudiéramos hacer un "reset" de fábrica y borrar todo lo que no nos gusta.
    Nos liamos a cambiar de aires, mudarnos de ciudad, pulirnos los hábitos como si fueran diamantes y hasta seleccionamos las amistades según el diseño de vida que creemos que deberíamos tener.
    Es un esfuerzo titánico, de verdad.
    Pero lo curioso, y lo que termina quemando, es que después de tanto movimiento, esa sensación de no estar en casa sigue ahí, instalada en el pecho.

    Al final, me da que nos equivocamos de estrategia.
    Nos empeñamos en construir una máscara nueva, una identidad perfecta y reluciente, cuando la verdadera paz suele ir justo por el camino contrario.
    No es cuestión de añadir capas o de convertirnos en alguien que no somos, sino de hacer las paces con ese desorden que llevamos dentro.
    Esos miedos, esas partes de nuestra historia o de nuestra forma de ser que hemos estado rechazando y escondiendo bajo la alfombra durante años.

    Quizás la transformación de verdad no es hacia afuera, sino un reencuentro.
    Es sentarse un rato con uno mismo y dejar de pelear contra lo que ya somos.
    Porque, qué quieres que te diga, no hay ciudad ni cambio de look que cure el vacío si no te llevas bien con el que va dentro de la maleta.
    Al final, reconciliarse con las propias sombras es lo más valiente que podemos hacer, mucho más que intentar ser una versión impecable para los demás.

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    #reflexion #crecimientopersonal #sinceridad #identidad #psicologia #vida #autoconocimiento

  34. ❈ Hay gente que parece que, si no tiene a alguien a quien poner verde, se queda en blanco.
    Es curioso, ¿verdad?
    Conoces a ese tipo de personas: siempre están a la gresca.
    Que si el compañero de curro, que si el político de turno, que si la ex, que si el vecino.
    Da igual quién sea el objetivo, el caso es estar en pie de guerra.

    Al principio piensas: "vaya mala suerte tiene, siempre se topa con gente problemática".
    Pero llega un punto en que la cosa chirría.
    ¿Cómo puede ser que siempre le pase lo mismo?
    Y ahí es cuando te cae la ficha: igual es que no es que tengan enemigos, es que los necesitan para funcionar.

    Es una forma muy fácil de construirse una identidad.
    Oponerse a algo te da un guion hecho: eres el "bueno" que lucha contra el "malo".
    Te da un propósito inmediato, te sientes moralmente por encima del resto y, sobre todo, te ahorras la parte más jodida de todas: mirarte al espejo y preguntarte quién eres cuando no tienes a nadie a quien atacar.
    Porque, claro, ¿qué haces con tu tiempo si no tienes a un enemigo que alimente tu discurso?
    Quizás lo más difícil no es pelear, es aprender a estar en paz con uno mismo cuando el ruido se apaga.

    ◦ • ◦ ❈ ◦ • ◦ ◦ • ◦ ❈ ◦ • ◦

    #psicologia #reflexiones #identidad #comportamiento #sinceridad #vidasinfiltros #introspeccion

  35. ❈ Hay gente que parece que, si no tiene a alguien a quien poner verde, se queda en blanco.
    Es curioso, ¿verdad?
    Conoces a ese tipo de personas: siempre están a la gresca.
    Que si el compañero de curro, que si el político de turno, que si la ex, que si el vecino.
    Da igual quién sea el objetivo, el caso es estar en pie de guerra.

    Al principio piensas: "vaya mala suerte tiene, siempre se topa con gente problemática".
    Pero llega un punto en que la cosa chirría.
    ¿Cómo puede ser que siempre le pase lo mismo?
    Y ahí es cuando te cae la ficha: igual es que no es que tengan enemigos, es que los necesitan para funcionar.

    Es una forma muy fácil de construirse una identidad.
    Oponerse a algo te da un guion hecho: eres el "bueno" que lucha contra el "malo".
    Te da un propósito inmediato, te sientes moralmente por encima del resto y, sobre todo, te ahorras la parte más jodida de todas: mirarte al espejo y preguntarte quién eres cuando no tienes a nadie a quien atacar.
    Porque, claro, ¿qué haces con tu tiempo si no tienes a un enemigo que alimente tu discurso?
    Quizás lo más difícil no es pelear, es aprender a estar en paz con uno mismo cuando el ruido se apaga.

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    #psicologia #reflexiones #identidad #comportamiento #sinceridad #vidasinfiltros #introspeccion

  36. Arte con trasfondo social. 🧠 Daniela Name explora la identidad y las historias de tránsito a través de una propuesta estética que conmueve y abre el diálogo sobre el fenómeno migratorio. Conoce más de su obra aquí. 👇 #NoticiasCultura #Exposición #Identidad
    zurl.co/PqXH4

  37. Arte con trasfondo social. 🧠 Daniela Name explora la identidad y las historias de tránsito a través de una propuesta estética que conmueve y abre el diálogo sobre el fenómeno migratorio. Conoce más de su obra aquí. 👇 #NoticiasCultura #Exposición #Identidad
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  39. Arte con trasfondo social. 🧠 Daniela Name explora la identidad y las historias de tránsito a través de una propuesta estética que conmueve y abre el diálogo sobre el fenómeno migratorio. Conoce más de su obra aquí. 👇 #NoticiasCultura #Exposición #Identidad
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  40. Los riesgos de convertir la neurodivergencia en el eje central de la identidad personal

    📰 Título original: No eres neurodivergente: eres gilipollas

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    Ver resumen IA completo es.killbait.com/los-riesgos-de

  41. Visibilidad y derechos. ⚖️ Un análisis profundo sobre los vacíos legales y la urgencia de legislar a favor de las identidades no binarias en Veracruz para garantizar su plena inclusión social. Lee la columna completa aquí. 👇 #Opinión #Inclusión #ComunidadLGBT #Identidad
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