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🌍 Las aves que podrían aparecer en los próximos billetes de euro
🔗 https://theconversation.com/las-aves-que-podrian-aparecer-en-los-proximos-billetes-de-euro-292252El trepador azul, el martín pescador, el abejaruco común, la cigüeña blanca, la avoceta elegante y el alcatraz común podrían aparecer representados en los próximos billetes de euro.
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Clara Brugada viajará a Nueva York para participar en Urban 20; PRI y PAN cuestionan el viaje
Clara Brugada viajará a Nueva York para participar en Urban 20, invitada por el alcalde Zohran Mamdani, donde abordará vivienda, agua, espacio público, medio ambiente y desigualdad urbana. Legisladores del PRI y PAN cuestionaron el viaje.
Por Fausto Hernández | Reportero
La jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada Molina, viajará este domingo 20 de septiembre a Nueva York, Estados Unidos, para participar en la cumbre Urban 20 (U20), invitada por el alcalde de esa ciudad, Zohran Mamdani. La mandataria informó que presentó ante el Congreso capitalino la solicitud de permiso correspondiente.
Durante el encuentro, Brugada expondrá políticas aplicadas en la capital en materia de vivienda social, recuperación del espacio público, gestión hídrica y medioambiental, además de acciones para atender las desigualdades territoriales. El programa de U20 contempla también asuntos como vivienda asequible, cambio climático, movilidad humana, comunidades migrantes y crisis de cuidados.
La participación de la mandataria capitalina se desarrollará del domingo al lunes, cuando tiene previsto regresar a la ciudad de México. El U20 reúne a representantes de grandes ciudades para intercambiar experiencias y plantear prioridades urbanas que pueden incorporarse a las discusiones del G20.
Brugada expondrá políticas de la Ciudad de México
Brugada explicó que acudirá a Nueva York tanto para presentar las experiencias de su administración como para conocer políticas aplicadas en otras ciudades.
Entre los asuntos que llevará al encuentro se encuentran la vivienda digna y asequible, la acción frente al cambio climático, la protección de comunidades migrantes y de movilidad humana, así como la atención de las desigualdades urbanas. También abordará las políticas de agua, medio ambiente y recuperación del espacio público desarrolladas en la capital.
El encuentro Urban 20 forma parte de las conversaciones de las ciudades con relación a la agenda del G20. Para 2026, la agenda contempla como prioridades la vivienda asequible y la atención a personas sin hogar; acción climática, sostenibilidad y resiliencia; además de protección de comunidades migrantes y movilidad humana.
PRI y PAN cuestionan el viaje
El viaje también abrió una discusión política en el Congreso capitalino. Legisladores del Partido Acción Nacional (PAN) y del Partido Revolucionario Institucional (PRI) cuestionaron la salida de Brugada y señalaron que la solicitud presentada al Congreso no detallaría, según sus señalamientos, aspectos de la agenda y los costos relacionados con la visita.
Los legisladores panistas Raúl Torres y Ricardo Rubio, así como la priista Tania Larios, relacionaron sus críticas con el respaldo que Brugada expresó anteriormente a Andy López Beltrán, después de que se informó que el hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador enfrentaba restricciones para ingresar a Estados Unidos. Estas declaraciones forman parte de la disputa política entre el gobierno capitalino y grupos de oposición y no modifican el objetivo formal anunciado para la participación en U20.
Segundo viaje internacional de 2026
El viaje a Nueva York ocurre después de la participación de Brugada en el Foro Urbano Mundial 13, realizado en Bakú, Azerbaiyán, en mayo de 2026. En aquella ocasión, el Congreso de la Ciudad de México autorizó su salida del territorio nacional para acudir al encuentro organizado por ONU-Hábitat.
La nueva visita internacional se produce mientras el gobierno capitalino prepara el Segundo Informe de Brugada. El Congreso local estableció que la sesión solemne correspondiente se realizará el 14 de octubre, fecha en la que la mandataria comparecerá ante el pleno para presentar los resultados de su segundo año de gestión. –sn–
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🌍 Doñana, el refugio exquisito de un tercio de las abejas conocidas en España
🔗 https://theconversation.com/donana-el-refugio-exquisito-de-un-tercio-de-las-abejas-conocidas-en-espana-291002En Doñana, encontramos 385 especies de abejas silvestres, desde enormes abejas carpinteras de 3 centímetros hasta otras diminutas que, muchas veces, pasan inadvertidas. Conocerlas es el
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🌍 Más calor no garantiza que los bosques capturen más CO₂
🔗 https://noticiasdelatierra.com/calor-bosques-captura-carbono/El análisis de más de 50.000 muestras de coníferas muestra que la velocidad de formación de la madera pesa más que la duración de la temporada de crecimiento Redactor: Javier Morales O.Editor: Karem Díaz S. El calentamiento global prolonga el periodo durante el cual numerosos árboles pueden formar madera, pero
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Castilla-La Mancha paga por el pastoreo contra incendios forestales tras arder 41.106 hectárea
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🌍 Los bosques diversos resisten mejor el calor y la sequía
🔗 https://noticiasdelatierra.com/bosques-diversos-calor-sequia/Un análisis de 88.116 parcelas forestales de Estados Unidos relaciona una mayor variedad de árboles con menores pérdidas de productividad y una recuperación más sólida Redactor: Valentina RíosEditor: Eduardo Schmitz Los bosques formados por una mayor diversidad de especies arbóreas soportan mejor los episodios
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📰 Ni GLOF ni tsunami, descubre qué pasó en Nepal
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https://www.glaciareschilenos.org/ciencia/ni-glof-ni-tsunami-descubre-que-paso-en-nepal/
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🌍 Un modelo anticipa un posible salto temporal sobre los 2 °C
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América Latina concentró el 85 % de los asesinatos de personas defensoras del territorio y el ambiente en 2025
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Las Tablas de Daimiel se erigen como el epicentro del robo de agua agrícola ante la inacción de García-Page
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🌍 Las lluvias extremas anticipan pérdidas en las cosechas de cacao
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🌍 Conchas de caracol revelan huellas de antiguos ciclones
🔗 https://noticiasdelatierra.com/conchas-caracol-ciclones-prehistoricos/Un estudio en Australia vinculó los anillos de crecimiento y los isótopos de un caracol terrestre con lluvias extremas causadas por ciclones tropicales Redactor: Camila Herrera R.Editor: Karem Díaz S. La concha de un caracol terrestre recogido en el Parque Nacional Coalstoun Lakes, en el sureste de
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🌍 El calor dispara los derrumbes en el macizo del Mont Blanc
🔗 https://noticiasdelatierra.com/derrumbes-calor-mont-blanc/Los Alpes registran cerca de 400 desprendimientos en 2026 mientras el deshielo del permafrost vuelve más inestables las paredes rocosas Redactor: Valentina RíosEditor: Karem Díaz S. El macizo del Mont Blanc, situado entre Francia, Italia y Suiza, atraviesa una temporada excepcional de inestabilidad geológica:
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🌍 Una erupción preservó un paisaje andino de hace 22 millones de años
🔗 https://noticiasdelatierra.com/paisaje-volcanico-andes-chile/El manto de roca expulsado por la caldera Lauca, en el norte de Chile, aporta nuevas evidencias sobre el levantamiento lento y sostenido de los Andes Redactor: Javier Morales O.Editor: Santiago Duarte Una extensa capa de roca volcánica situada en el norte de Chile permitió reconstruir las
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El alcalde de #Lisboa pide al Gobierno de #Portugal🇵🇹 que ponga fin al nuevo sistema de retorno de envases, calificándolo de "impuesto" y "drama social"; el Gobierno (del mismo partido de Moedas) dice que le darán una vuelta pero que seguirán
#reciclaje♻️ #MedioAmbiente #política #noticias
https://www.rtp.pt/noticias/pais/governo-garante-que-sistema-volta-vai-continuar_v1765805 -
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🌍 Las lluvias extremas disparan el flujo de microplásticos hacia el océano
🔗 https://noticiasdelatierra.com/lluvias-microplasticos-rios-oceanos/Un análisis global estima que los ríos movilizaron 263.000 toneladas de estas partículas en 2022 y atribuye el 96 % del transporte al Sur Global Redactor: Santiago DuarteEditor: Eduardo Schmitz Las precipitaciones intensas pueden provocar aumentos repentinos del transporte de
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Saguaro Energía y AMIGO GNL siguen frenados por amparos y suspensiones en Sonora
Los proyectos Saguaro Energía y AMIGO GNL enfrentan procesos judiciales que impiden avanzar en sus autorizaciones ambientales y construcción en Sonora.
Por Deyanira Vázquez | Reportera
Los megaproyectos de gas natural licuado (GNL) Saguaro Energía y AMIGO GNL, proyectados en Sonora, permanecen sujetos a procesos judiciales que impiden considerar firmes sus condiciones para avanzar, de acuerdo con Nuestro Futuro A.C., organización que dio a conocer el estatus de ambos proyectos durante un taller especializado para prensa sonorense.
El caso de AMIGO GNL es particularmente relevante porque una suspensión definitiva ordenó a la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente (ASEA) abstenerse de emitir la autorización de impacto ambiental mientras se resuelve un juicio de amparo promovido por Nuestro Futuro A.C. y Artículo 19. La medida judicial está relacionada con señalamientos sobre acceso a la información ambiental y participación ciudadana.
Saguaro Energía, previsto en Puerto Libertad, enfrenta más de nueve juicios de amparo, según la información presentada durante el encuentro, además de una medida judicial que impide el ingreso de buques metaneros vinculados con el proyecto al Golfo de California mientras continúan los procedimientos legales.
AMIGO GNL no tiene autorización ambiental firme
Nora Cabrera, directora de Nuestro Futuro A.C. y abogada en los litigios, explicó que la Manifestación de Impacto Ambiental (MIA) de AMIGO GNL fue ingresada ante la ASEA en noviembre de 2025 y posteriormente quedó sujeta a un proceso de consulta pública.
Durante esa etapa se recibieron más de 4 mil 800 comentarios, de acuerdo con la organización, que cuestionó la suficiencia de la información disponible y señaló presuntas omisiones en la documentación necesaria para evaluar los impactos ambientales del proyecto.
La organización recordó que una MIA no constituye por sí misma una autorización ambiental. Primero debe concluir la evaluación correspondiente y, posteriormente, la autoridad debe emitir una resolución fundada y motivada.
En junio de 2026, un juzgado federal concedió una suspensión definitiva para impedir que la ASEA emitiera la autorización de impacto ambiental de AMIGO GNL hasta que se resolviera el juicio de amparo. Nuestro Futuro informó además que la propia ASEA manifestó ante la autoridad judicial que la autorización ambiental no había sido emitida.
Saguaro Energía enfrenta litigios y restricciones judiciales
El proyecto Saguaro Energía, ubicado en Puerto Libertad y desarrollado por Mexico Pacific, contempla una terminal para producir y exportar GNL hacia mercados internacionales. La empresa identifica el proyecto como una instalación con capacidad de hasta 15 millones de toneladas anuales.
La situación jurídica también ha generado medidas cautelares relacionadas con el tránsito marítimo. Nuestro Futuro informó que una jueza ordenó impedir el ingreso de buques metaneros vinculados con Saguaro al Golfo de California hasta que exista una sentencia definitiva.
El proyecto tiene además antecedentes regulatorios que se remontan a autorizaciones otorgadas para una planta de regasificación y posteriores modificaciones relacionadas con su transformación en una terminal de licuefacción y exportación, de acuerdo con la información expuesta durante el taller.
Riesgos ambientales se extienden a todo el Golfo de California
El debate jurídico se suma a las preocupaciones ambientales planteadas por especialistas durante el encuentro. Mariana Domínguez, bióloga y coordinadora de Comunicación de Nuestro Futuro A.C., señaló que el Golfo de California concentra una biodiversidad marina de relevancia internacional y alberga numerosas especies residentes, migratorias y protegidas.
La organización señala que la región concentra cerca de 39 por ciento de los mamíferos marinos del mundo y 80 por ciento de los registrados en México, además de cinco de las siete especies de tortugas marinas existentes en el planeta. El Golfo cuenta también con más de 15 Áreas Naturales Protegidas y forma parte del patrimonio mundial reconocido por la UNESCO.
Entre los posibles efectos asociados con el incremento del tráfico de buques metaneros se encuentran el ruido submarino, colisiones con fauna marina, desplazamiento de especies y la introducción de organismos invasores mediante aguas de lastre y bioincrustación.
A estos factores se sumarían las alteraciones derivadas de dragados, modificación de sedimentos y corrientes, cambios en la calidad del agua y emisiones de gases de efecto invernadero. –sn–
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Humanidad superará el límite de 1.5 °C y deberá reducir al mínimo el sobrecalentamiento: ONU
El PNUMA advierte que superar temporalmente los 1.5 °C es inevitable, pero António Guterres afirma que todavía es posible limitar el aumento de temperatura y regresar a ese objetivo antes de finalizar el siglo.
Por José Víctor Rodríguez | Reportero
La humanidad se encamina a superar el límite de 1.5 °C establecido por el Acuerdo de París, pero todavía puede reducir la magnitud y duración de ese sobrecalentamiento si acelera de inmediato la reducción de emisiones, advirtió el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), António Guterres.
El nuevo informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre el sobrepaso de 1.5 °C señala que, bajo las políticas actuales y distintas trayectorias de corto plazo, rebasar temporalmente ese umbral ya se considera inevitable. La prioridad, según el organismo, es limitar cuánto se eleva la temperatura y cuánto tiempo permanece por encima del objetivo.
Guterres sostuvo que cada fracción adicional de calentamiento incrementa los riesgos para la población, las economías y los ecosistemas. Por ello, llamó a acelerar la transición energética, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y proteger bosques, tierras y océanos.
El sobrepaso de 1.5 °C será temporal, pero tendrá consecuencias
El PNUMA define el sobrepaso climático como un periodo en el que la temperatura global rebasa 1.5 °C, alcanza un máximo y posteriormente puede disminuir. El nuevo análisis advierte que un mayor nivel máximo de calentamiento y una permanencia más prolongada por encima del umbral implican mayores riesgos para las personas y la naturaleza.
El organismo considera que las decisiones adoptadas en los próximos años serán determinantes. Reducir el máximo de calentamiento y acortar el periodo de sobrepaso disminuiría la posibilidad de alcanzar umbrales irreversibles y reduciría las dificultades para adaptar a las sociedades y los ecosistemas.
La advertencia se suma a los resultados del Informe sobre la Brecha de Emisiones 2025, que estimó que la aplicación plena de los compromisos climáticos nacionales llevaría a un calentamiento de entre 2.3 y 2.5 °C durante este siglo, mientras las políticas actualmente vigentes apuntan hacia aproximadamente 2.8 °C.
Guterres pide acelerar la transición energética
Ante este escenario, el secretario general de la ONU pidió acelerar la eliminación gradual de los combustibles fósiles y ampliar el uso de energías renovables.
También planteó reducir las emisiones de metano y fortalecer la protección de bosques, tierras y océanos como parte de una estrategia para contener el calentamiento global.
El llamado incluye a los gobiernos, que deberán elevar la ambición de sus planes climáticos nacionales y de sus compromisos para alcanzar emisiones netas cero. Los países desarrollados, además, deben aumentar el financiamiento destinado a la adaptación climática y asegurar que los recursos lleguen a las poblaciones más expuestas.
Todavía existe una ruta para regresar a 1.5 °C
El nuevo informe del PNUMA sostiene que superar temporalmente 1.5 °C no significa abandonar ese objetivo. La estrategia que identifica como la mejor alternativa disponible consiste en limitar el sobrepaso, alcanzar un máximo de calentamiento lo más bajo posible y después reducir progresivamente la temperatura.
El organismo advierte que regresar a 1.5 °C será extremadamente difícil y requerirá reducciones rápidas y profundas de las emisiones. El análisis también señala que cada fracción de grado que se evite implica menores daños para las personas, las economías y los ecosistemas.
El Acuerdo de París, adoptado hace una década, estableció como objetivo mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C respecto de los niveles preindustriales y continuar los esfuerzos para limitarlo a 1.5 °C. La evidencia científica disponible muestra que ese objetivo enfrenta una presión creciente, pero que todavía existen alternativas para reducir los riesgos asociados al calentamiento. –sn–
António Guterres. EFE/Justin Lane¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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#AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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