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  1. El Gobierno expondrá hoy en el CPFF su plan de financiación, con las CCAA en contra, salvo #Cataluña 🟡🔴🟡 y #Canarias 🇮🇨

    🚫 Madrid 💧 no acudirá y pide al resto de regiones del PP que tampoco lo hagan

    Castilla-La Mancha 🌹 y Asturias 🌹 votarán en contra

    👇
    electomania.es/el-gobierno-exp

  2. SIGUE ⬇️

    Y cuando ocurre eso, ya no estamos simplemente ante una interpretación histórica.
    Estamos ante un sistema de creencias.

    ¿Cuántos son?

    Aquí hay que frenar el carro.

    No existe una cifra pública y fiable que permita decir cuántos miembros tiene actualmente el Institut Nova Història.

    Y no voy a poner «tienen 500», «tienen 1.000» o cualquier número sacado de la chistera porque quede bonito en el artículo.

    La entidad está registrada como Fundació Privada Nova Història y figura en el Registro de grupos de interés del Parlament de Catalunya.
    Allí aparecen personas relacionadas con sus órganos de dirección, pero eso no equivale al número total de miembros, seguidores o simpatizantes.

    Además, una fundación no funciona necesariamente como una asociación con un listado público de socios.

    Así que la respuesta honesta es muy sencilla:

    **no sabemos cuántos son exactamente.**

    Lo que sí sabemos es que tienen una actividad considerable: organizan simposios, conferencias y universidades de verano, publican libros y artículos y mantienen una presencia continuada en internet.
    Su actividad continúa en 2026.
    No son cuatro señores con una fotocopiadora encerrados en un garaje.
    Y precisamente por eso el fenómeno merece atención.

    No porque sus teorías deban ser tomadas como historia fiable, sino porque tienen capacidad para difundirlas y conseguir que determinadas afirmaciones sin respaldo suficiente circulen como si fueran hechos históricos establecidos.

    Pero entonces, ¿por qué quieren que tantos sean catalanes?

    Y aquí llegamos a la pregunta que, sinceramente, me parece mucho más interesante.

    Porque podemos pasarnos horas discutiendo si Colón era catalán, si Cervantes escribía en catalán o si Shakespeare escondía una identidad secreta.
    Pero hay una pregunta bastante más incómoda:

    **¿Por qué unos personajes sí y otros no?**

    Si la teoría fuese simplemente «los catalanes estuvieron detrás de todo lo importante de la historia», podríamos preguntarnos algo bastante evidente:

    ¿Por qué no reivindicar también a Hitler, Stalin o Pol Pot?
    ¿Por qué no buscar catalanes entre los grandes dictadores, genocidas y criminales de la historia?
    ¿Por qué unos personajes sí y otros no?

    La respuesta parece bastante clara.
    Porque no interesa cualquier personaje.
    Interesan los personajes que aportan prestigio.

    Grandes escritores.
    Descubridores.
    Científicos.
    Artistas.
    Pensadores.
    Conquistadores.
    Personajes con influencia política o cultural.
    Figuras capaces de engrandecer el pasado que se quiere reivindicar.

    Nadie parece tener demasiado interés en demostrar que Hitler, Stalin o Pol Pot también tenían una identidad catalana.
    Y esto no es una simple anécdota.
    Es una pregunta que pone el dedo exactamente donde duele.

    Porque si lo que se pretendiera fuese únicamente descubrir una verdad histórica que Castilla ocultó, el resultado tendría que ser indiferente al prestigio del personaje.
    Pero no parece ser así.

    Se buscan, una y otra vez, personajes cuya incorporación al relato pueda hacer que Cataluña aparezca como más culta, más poderosa, más influyente y más protagonista de la historia.
    Y entonces la cuestión deja de ser solamente histórica.
    Se convierte en una cuestión de identidad.

    No hace falta imaginar una mesa llena de personas decidiendo qué famoso van a convertir en catalán esa semana.
    El mecanismo puede ser mucho más sencillo y, precisamente por eso, más humano.

    Cuando queremos demostrar que nuestro grupo ha sido importante, buscamos las pruebas que puedan demostrarlo.
    Y cuanto más importante sea la persona que conseguimos incorporar a nuestro relato, mayor parece también la importancia histórica del grupo.

    El problema es que entonces dejamos de buscar qué ocurrió y empezamos a buscar qué necesitamos que haya ocurrido.
    Y son dos cosas completamente distintas.

    Que una sociedad quiera conocer mejor su pasado no tiene absolutamente nada de malo.
    Que quiera recuperar personajes, acontecimientos o aportaciones que hayan sido olvidados tampoco.
    El problema empieza cuando el orgullo colectivo pesa más que las pruebas.

    Porque entonces podemos acabar construyendo una historia a la carta: seleccionamos los personajes que nos gustan, buscamos coincidencias, interpretamos documentos en la dirección que necesitamos y encontramos una explicación para todo lo que contradice nuestra conclusión.

    Y así, poco a poco, el pasado deja de ser algo que descubrimos.
    Se convierte en algo que fabricamos.
    Y lo más peligroso es que no hace falta que todos los que participan sean conscientes de estar haciendo eso.

    Una persona puede estar completamente convencida de que ha descubierto algo.
    Puede creer sinceramente que está recuperando una verdad escondida.
    Pero una creencia sincera no convierte una afirmación en verdadera.

    Si digo convencido que la Luna está hecha de queso, mi convencimiento no cambia su composición.
    Con la historia ocurre exactamente lo mismo.

    Y aquí es donde alguien debería poner un poco de orden
    No hablo de prohibir investigaciones.
    No hablo de censurar opiniones.
    No hablo de impedir que nadie cuestione la historiografía existente.

    Al contrario.

    La historia necesita preguntas incómodas.
    Lo que no necesita es que las afirmaciones sin pruebas se presenten como descubrimientos históricos y que después se difundan hasta que mucha gente termine creyendo que «algo habrá de cierto».

    Ahí sí creo que debería existir una respuesta mucho más contundente por parte de historiadores, universidades, divulgadores y medios.

    No para impedir que el INH hable.
    Sino para **explicar claramente cuándo una afirmación histórica no está respaldada por las pruebas disponibles**.

    Porque si dejamos que cualquier teoría se presente como una alternativa equivalente a la investigación histórica simplemente porque utiliza palabras como «documento», «investigación» o «método científico», estamos confundiendo al lector.

    Y el lector merece algo mejor.
    Puede leer una teoría extravagante.
    Puede divertirse con ella.
    Puede incluso creerla.
    Pero debería saber cuándo está leyendo historia y cuándo está leyendo una construcción pseudohistórica.

    La historia debe revisarse.
    Siempre.

    Las fuentes pueden estar equivocadas, pueden faltar documentos y pueden aparecer nuevas pruebas que obliguen a cambiar lo que creíamos saber.

    Pero una investigación histórica no debería comenzar con:
    «¿Cómo demuestro que esto era catalán?»

    Debería comenzar con:

    **«¿Qué explicación encaja mejor con todas las pruebas disponibles, incluidas las que no me gustan?»**

    Porque si parto de la conclusión y después salgo a buscar documentos que me permitan sostenerla, puedo acabar encontrando prácticamente cualquier cosa.

    Y ahí está, para mí, el verdadero problema del Institut Nova Història.
    No que quieran revisar la historia.
    No que cuestionen determinadas versiones.
    No que planteen preguntas incómodas.

    El problema es presentar como hechos demostrados conclusiones que no han conseguido demostrar y construir alrededor de ellas una explicación que siempre encuentra una manera de sobrevivir a las pruebas contrarias.

    Eso no es hacer historia más libre.
    Es hacer que la historia diga lo que queremos que diga.

    Y quizá por eso la pregunta más interesante no sea si Colón era catalán, si Cervantes tenía otra identidad o si Shakespeare escondía un secreto.

    La pregunta es otra:

    **¿Qué necesidad tenemos de que todos esos personajes sean nuestros?**

    Porque ahí la historia deja de hablar únicamente del pasado.
    Empieza a hablarnos de nosotros mismos.
    Y una cosa es querer conocer la historia.
    Otra muy distinta es necesitar que la historia nos dé la razón.
    Ahí es donde termina la investigación y empieza el relato.

    Y, sinceramente, para relatos ya tenemos Netflix.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    @[email protected]
    #historia #pseudohistoria #institutnovahistoria #cataluña #historiografía #pensamientocritico #psicologia #sesgocognitivo #conspiraciones #metodocientifico #investigacion #historiaalternativa

  3. SIGUE ⬇️

    Y cuando ocurre eso, ya no estamos simplemente ante una interpretación histórica.
    Estamos ante un sistema de creencias.

    ¿Cuántos son?

    Aquí hay que frenar el carro.

    No existe una cifra pública y fiable que permita decir cuántos miembros tiene actualmente el Institut Nova Història.

    Y no voy a poner «tienen 500», «tienen 1.000» o cualquier número sacado de la chistera porque quede bonito en el artículo.

    La entidad está registrada como Fundació Privada Nova Història y figura en el Registro de grupos de interés del Parlament de Catalunya.
    Allí aparecen personas relacionadas con sus órganos de dirección, pero eso no equivale al número total de miembros, seguidores o simpatizantes.

    Además, una fundación no funciona necesariamente como una asociación con un listado público de socios.

    Así que la respuesta honesta es muy sencilla:

    **no sabemos cuántos son exactamente.**

    Lo que sí sabemos es que tienen una actividad considerable: organizan simposios, conferencias y universidades de verano, publican libros y artículos y mantienen una presencia continuada en internet.
    Su actividad continúa en 2026.
    No son cuatro señores con una fotocopiadora encerrados en un garaje.
    Y precisamente por eso el fenómeno merece atención.

    No porque sus teorías deban ser tomadas como historia fiable, sino porque tienen capacidad para difundirlas y conseguir que determinadas afirmaciones sin respaldo suficiente circulen como si fueran hechos históricos establecidos.

    Pero entonces, ¿por qué quieren que tantos sean catalanes?

    Y aquí llegamos a la pregunta que, sinceramente, me parece mucho más interesante.

    Porque podemos pasarnos horas discutiendo si Colón era catalán, si Cervantes escribía en catalán o si Shakespeare escondía una identidad secreta.
    Pero hay una pregunta bastante más incómoda:

    **¿Por qué unos personajes sí y otros no?**

    Si la teoría fuese simplemente «los catalanes estuvieron detrás de todo lo importante de la historia», podríamos preguntarnos algo bastante evidente:

    ¿Por qué no reivindicar también a Hitler, Stalin o Pol Pot?
    ¿Por qué no buscar catalanes entre los grandes dictadores, genocidas y criminales de la historia?
    ¿Por qué unos personajes sí y otros no?

    La respuesta parece bastante clara.
    Porque no interesa cualquier personaje.
    Interesan los personajes que aportan prestigio.

    Grandes escritores.
    Descubridores.
    Científicos.
    Artistas.
    Pensadores.
    Conquistadores.
    Personajes con influencia política o cultural.
    Figuras capaces de engrandecer el pasado que se quiere reivindicar.

    Nadie parece tener demasiado interés en demostrar que Hitler, Stalin o Pol Pot también tenían una identidad catalana.
    Y esto no es una simple anécdota.
    Es una pregunta que pone el dedo exactamente donde duele.

    Porque si lo que se pretendiera fuese únicamente descubrir una verdad histórica que Castilla ocultó, el resultado tendría que ser indiferente al prestigio del personaje.
    Pero no parece ser así.

    Se buscan, una y otra vez, personajes cuya incorporación al relato pueda hacer que Cataluña aparezca como más culta, más poderosa, más influyente y más protagonista de la historia.
    Y entonces la cuestión deja de ser solamente histórica.
    Se convierte en una cuestión de identidad.

    No hace falta imaginar una mesa llena de personas decidiendo qué famoso van a convertir en catalán esa semana.
    El mecanismo puede ser mucho más sencillo y, precisamente por eso, más humano.

    Cuando queremos demostrar que nuestro grupo ha sido importante, buscamos las pruebas que puedan demostrarlo.
    Y cuanto más importante sea la persona que conseguimos incorporar a nuestro relato, mayor parece también la importancia histórica del grupo.

    El problema es que entonces dejamos de buscar qué ocurrió y empezamos a buscar qué necesitamos que haya ocurrido.
    Y son dos cosas completamente distintas.

    Que una sociedad quiera conocer mejor su pasado no tiene absolutamente nada de malo.
    Que quiera recuperar personajes, acontecimientos o aportaciones que hayan sido olvidados tampoco.
    El problema empieza cuando el orgullo colectivo pesa más que las pruebas.

    Porque entonces podemos acabar construyendo una historia a la carta: seleccionamos los personajes que nos gustan, buscamos coincidencias, interpretamos documentos en la dirección que necesitamos y encontramos una explicación para todo lo que contradice nuestra conclusión.

    Y así, poco a poco, el pasado deja de ser algo que descubrimos.
    Se convierte en algo que fabricamos.
    Y lo más peligroso es que no hace falta que todos los que participan sean conscientes de estar haciendo eso.

    Una persona puede estar completamente convencida de que ha descubierto algo.
    Puede creer sinceramente que está recuperando una verdad escondida.
    Pero una creencia sincera no convierte una afirmación en verdadera.

    Si digo convencido que la Luna está hecha de queso, mi convencimiento no cambia su composición.
    Con la historia ocurre exactamente lo mismo.

    Y aquí es donde alguien debería poner un poco de orden
    No hablo de prohibir investigaciones.
    No hablo de censurar opiniones.
    No hablo de impedir que nadie cuestione la historiografía existente.

    Al contrario.

    La historia necesita preguntas incómodas.
    Lo que no necesita es que las afirmaciones sin pruebas se presenten como descubrimientos históricos y que después se difundan hasta que mucha gente termine creyendo que «algo habrá de cierto».

    Ahí sí creo que debería existir una respuesta mucho más contundente por parte de historiadores, universidades, divulgadores y medios.

    No para impedir que el INH hable.
    Sino para **explicar claramente cuándo una afirmación histórica no está respaldada por las pruebas disponibles**.

    Porque si dejamos que cualquier teoría se presente como una alternativa equivalente a la investigación histórica simplemente porque utiliza palabras como «documento», «investigación» o «método científico», estamos confundiendo al lector.

    Y el lector merece algo mejor.
    Puede leer una teoría extravagante.
    Puede divertirse con ella.
    Puede incluso creerla.
    Pero debería saber cuándo está leyendo historia y cuándo está leyendo una construcción pseudohistórica.

    La historia debe revisarse.
    Siempre.

    Las fuentes pueden estar equivocadas, pueden faltar documentos y pueden aparecer nuevas pruebas que obliguen a cambiar lo que creíamos saber.

    Pero una investigación histórica no debería comenzar con:
    «¿Cómo demuestro que esto era catalán?»

    Debería comenzar con:

    **«¿Qué explicación encaja mejor con todas las pruebas disponibles, incluidas las que no me gustan?»**

    Porque si parto de la conclusión y después salgo a buscar documentos que me permitan sostenerla, puedo acabar encontrando prácticamente cualquier cosa.

    Y ahí está, para mí, el verdadero problema del Institut Nova Història.
    No que quieran revisar la historia.
    No que cuestionen determinadas versiones.
    No que planteen preguntas incómodas.

    El problema es presentar como hechos demostrados conclusiones que no han conseguido demostrar y construir alrededor de ellas una explicación que siempre encuentra una manera de sobrevivir a las pruebas contrarias.

    Eso no es hacer historia más libre.
    Es hacer que la historia diga lo que queremos que diga.

    Y quizá por eso la pregunta más interesante no sea si Colón era catalán, si Cervantes tenía otra identidad o si Shakespeare escondía un secreto.

    La pregunta es otra:

    **¿Qué necesidad tenemos de que todos esos personajes sean nuestros?**

    Porque ahí la historia deja de hablar únicamente del pasado.
    Empieza a hablarnos de nosotros mismos.
    Y una cosa es querer conocer la historia.
    Otra muy distinta es necesitar que la historia nos dé la razón.
    Ahí es donde termina la investigación y empieza el relato.

    Y, sinceramente, para relatos ya tenemos Netflix.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    @[email protected]
    #historia #pseudohistoria #institutnovahistoria #cataluña #historiografía #pensamientocritico #psicologia #sesgocognitivo #conspiraciones #metodocientifico #investigacion #historiaalternativa

  4. SIGUE ⬇️

    Y cuando ocurre eso, ya no estamos simplemente ante una interpretación histórica.
    Estamos ante un sistema de creencias.

    ¿Cuántos son?

    Aquí hay que frenar el carro.

    No existe una cifra pública y fiable que permita decir cuántos miembros tiene actualmente el Institut Nova Història.

    Y no voy a poner «tienen 500», «tienen 1.000» o cualquier número sacado de la chistera porque quede bonito en el artículo.

    La entidad está registrada como Fundació Privada Nova Història y figura en el Registro de grupos de interés del Parlament de Catalunya.
    Allí aparecen personas relacionadas con sus órganos de dirección, pero eso no equivale al número total de miembros, seguidores o simpatizantes.

    Además, una fundación no funciona necesariamente como una asociación con un listado público de socios.

    Así que la respuesta honesta es muy sencilla:

    **no sabemos cuántos son exactamente.**

    Lo que sí sabemos es que tienen una actividad considerable: organizan simposios, conferencias y universidades de verano, publican libros y artículos y mantienen una presencia continuada en internet.
    Su actividad continúa en 2026.
    No son cuatro señores con una fotocopiadora encerrados en un garaje.
    Y precisamente por eso el fenómeno merece atención.

    No porque sus teorías deban ser tomadas como historia fiable, sino porque tienen capacidad para difundirlas y conseguir que determinadas afirmaciones sin respaldo suficiente circulen como si fueran hechos históricos establecidos.

    Pero entonces, ¿por qué quieren que tantos sean catalanes?

    Y aquí llegamos a la pregunta que, sinceramente, me parece mucho más interesante.

    Porque podemos pasarnos horas discutiendo si Colón era catalán, si Cervantes escribía en catalán o si Shakespeare escondía una identidad secreta.
    Pero hay una pregunta bastante más incómoda:

    **¿Por qué unos personajes sí y otros no?**

    Si la teoría fuese simplemente «los catalanes estuvieron detrás de todo lo importante de la historia», podríamos preguntarnos algo bastante evidente:

    ¿Por qué no reivindicar también a Hitler, Stalin o Pol Pot?
    ¿Por qué no buscar catalanes entre los grandes dictadores, genocidas y criminales de la historia?
    ¿Por qué unos personajes sí y otros no?

    La respuesta parece bastante clara.
    Porque no interesa cualquier personaje.
    Interesan los personajes que aportan prestigio.

    Grandes escritores.
    Descubridores.
    Científicos.
    Artistas.
    Pensadores.
    Conquistadores.
    Personajes con influencia política o cultural.
    Figuras capaces de engrandecer el pasado que se quiere reivindicar.

    Nadie parece tener demasiado interés en demostrar que Hitler, Stalin o Pol Pot también tenían una identidad catalana.
    Y esto no es una simple anécdota.
    Es una pregunta que pone el dedo exactamente donde duele.

    Porque si lo que se pretendiera fuese únicamente descubrir una verdad histórica que Castilla ocultó, el resultado tendría que ser indiferente al prestigio del personaje.
    Pero no parece ser así.

    Se buscan, una y otra vez, personajes cuya incorporación al relato pueda hacer que Cataluña aparezca como más culta, más poderosa, más influyente y más protagonista de la historia.
    Y entonces la cuestión deja de ser solamente histórica.
    Se convierte en una cuestión de identidad.

    No hace falta imaginar una mesa llena de personas decidiendo qué famoso van a convertir en catalán esa semana.
    El mecanismo puede ser mucho más sencillo y, precisamente por eso, más humano.

    Cuando queremos demostrar que nuestro grupo ha sido importante, buscamos las pruebas que puedan demostrarlo.
    Y cuanto más importante sea la persona que conseguimos incorporar a nuestro relato, mayor parece también la importancia histórica del grupo.

    El problema es que entonces dejamos de buscar qué ocurrió y empezamos a buscar qué necesitamos que haya ocurrido.
    Y son dos cosas completamente distintas.

    Que una sociedad quiera conocer mejor su pasado no tiene absolutamente nada de malo.
    Que quiera recuperar personajes, acontecimientos o aportaciones que hayan sido olvidados tampoco.
    El problema empieza cuando el orgullo colectivo pesa más que las pruebas.

    Porque entonces podemos acabar construyendo una historia a la carta: seleccionamos los personajes que nos gustan, buscamos coincidencias, interpretamos documentos en la dirección que necesitamos y encontramos una explicación para todo lo que contradice nuestra conclusión.

    Y así, poco a poco, el pasado deja de ser algo que descubrimos.
    Se convierte en algo que fabricamos.
    Y lo más peligroso es que no hace falta que todos los que participan sean conscientes de estar haciendo eso.

    Una persona puede estar completamente convencida de que ha descubierto algo.
    Puede creer sinceramente que está recuperando una verdad escondida.
    Pero una creencia sincera no convierte una afirmación en verdadera.

    Si digo convencido que la Luna está hecha de queso, mi convencimiento no cambia su composición.
    Con la historia ocurre exactamente lo mismo.

    Y aquí es donde alguien debería poner un poco de orden
    No hablo de prohibir investigaciones.
    No hablo de censurar opiniones.
    No hablo de impedir que nadie cuestione la historiografía existente.

    Al contrario.

    La historia necesita preguntas incómodas.
    Lo que no necesita es que las afirmaciones sin pruebas se presenten como descubrimientos históricos y que después se difundan hasta que mucha gente termine creyendo que «algo habrá de cierto».

    Ahí sí creo que debería existir una respuesta mucho más contundente por parte de historiadores, universidades, divulgadores y medios.

    No para impedir que el INH hable.
    Sino para **explicar claramente cuándo una afirmación histórica no está respaldada por las pruebas disponibles**.

    Porque si dejamos que cualquier teoría se presente como una alternativa equivalente a la investigación histórica simplemente porque utiliza palabras como «documento», «investigación» o «método científico», estamos confundiendo al lector.

    Y el lector merece algo mejor.
    Puede leer una teoría extravagante.
    Puede divertirse con ella.
    Puede incluso creerla.
    Pero debería saber cuándo está leyendo historia y cuándo está leyendo una construcción pseudohistórica.

    La historia debe revisarse.
    Siempre.

    Las fuentes pueden estar equivocadas, pueden faltar documentos y pueden aparecer nuevas pruebas que obliguen a cambiar lo que creíamos saber.

    Pero una investigación histórica no debería comenzar con:
    «¿Cómo demuestro que esto era catalán?»

    Debería comenzar con:

    **«¿Qué explicación encaja mejor con todas las pruebas disponibles, incluidas las que no me gustan?»**

    Porque si parto de la conclusión y después salgo a buscar documentos que me permitan sostenerla, puedo acabar encontrando prácticamente cualquier cosa.

    Y ahí está, para mí, el verdadero problema del Institut Nova Història.
    No que quieran revisar la historia.
    No que cuestionen determinadas versiones.
    No que planteen preguntas incómodas.

    El problema es presentar como hechos demostrados conclusiones que no han conseguido demostrar y construir alrededor de ellas una explicación que siempre encuentra una manera de sobrevivir a las pruebas contrarias.

    Eso no es hacer historia más libre.
    Es hacer que la historia diga lo que queremos que diga.

    Y quizá por eso la pregunta más interesante no sea si Colón era catalán, si Cervantes tenía otra identidad o si Shakespeare escondía un secreto.

    La pregunta es otra:

    **¿Qué necesidad tenemos de que todos esos personajes sean nuestros?**

    Porque ahí la historia deja de hablar únicamente del pasado.
    Empieza a hablarnos de nosotros mismos.
    Y una cosa es querer conocer la historia.
    Otra muy distinta es necesitar que la historia nos dé la razón.
    Ahí es donde termina la investigación y empieza el relato.

    Y, sinceramente, para relatos ya tenemos Netflix.

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    #historia #pseudohistoria #institutnovahistoria #cataluña #historiografía #pensamientocritico #psicologia #sesgocognitivo #conspiraciones #metodocientifico #investigacion #historiaalternativa