La línea delgada del internet: La diferencia real entre dar una opinión y meterse a joder a los demás
El derecho a la libre expresión en las plataformas digitales, el acoso que se disfraza de crítica y los límites que separan el debate del troleo.
En los tiempos que corren, las redes sociales se han convertido en la plaza pública donde todo el mundo entra a decir lo que piensa sobre cualquier tema. Sin embargo, en medio de tanta publicación y comentario suelto, se ha venido dando una confusión muy grave que está echando a perder la convivencia en internet. La gente ya no sabe distinguir entre lo que es usar la libertad de expresión para dar un punto de vista diferente y lo que es meterse al perfil de alguien únicamente con las ganas de trolear, insultar y fastidiarle la existencia a los demás. Esta frontera, que en el mundo real nos parecía bastante clara a todos, en las pantallas se ha vuelto una línea tan delgada que muchos la cruzan sin el menor remordimiento, escudándose detrás de una falsa defensa de sus derechos para cometer ataques y atrocidades que no tienen nada que ver con una plática respetuosa.
Hay que dejar claro que la libertad de expresión sirve para discutir las ideas, los textos, los proyectos o los argumentos de las personas. Si alguien sube una publicación con la que no estamos de acuerdo, tenemos todo el derecho del mundo a comentar y explicar nuestras razones, mostrando nuestros datos duros y defendiendo nuestra postura con firmeza, lo cual es la base de cualquier debate sano y enriquecedor. El problema surge cuando la gente deja de lado la discusión del tema y prefiere irse directo a repetir una y otra vez discursos dichos por alguien más como disco rayado tratando a toda costa de convencer al otro y ganar la discusión o en última instancia atacar las características de la persona que lo escribió, inventando chismes, usando insultos o descalificando su trabajo con puras groserías. En ese preciso momento se deja de ejercer un derecho ciudadano y se pasa a ser un agresor común y corriente, porque la libertad de opinar nunca ha significado tener permiso para pasarle por encima a la integridad de los seres humanos.
A esta mezcla tan tóxica hay que sumarle la presencia de los trolls y los provocadores profesionales que abundan en las redes comerciales y que por desgracia también caminan por los rumbos del fediverso. Estos personajes no entran a los hilos de conversación porque les interese el tema que se está tratando ni porque quieran aportar algo útil a la comunidad, sino que se meten a los perfiles con la única intención de generar caos, amarrar navajas entre los usuarios, entrar en discusión solo para tener la razón o por una necesidad de atención así como también simplemente hacer esto por divertirse viendo cómo se enojan los demás desde la comodidad del anonimato. Lo más cínico del asunto es que cuando los administradores de los servidores los frenan o los bloquean para cuidar la paz del espacio, estos sujetos de inmediato se ponen a llorar y a gritar que se les está censurando, confundiendo mañosamente el derecho a expresarse con el supuesto derecho a hostigar y acosar a la gente sin tener ninguna consecuencia.
Pintar esta raya es fundamental si de verdad queremos mantener los espacios de las redes sociales habitables y proteger el pensamiento crítico que tanta falta nos hace. La libertad de expresión tiene un límite muy claro que es el respeto a los demás, y termina exactamente donde empiezan las ganas de fregar y de hacer daño por puro entretenimiento ganar la discusión o tratar de convencer al otro de tal postura política o tal ideología o por defender a un líder o a un partido o a un grupo o asociación. Opinar de forma diferente nos ayuda a todos a abrir la mente y a aprender cosas nuevas, pero trolear y linchar en bola solo sirve para destruir el diálogo y alejar a las personas valiosas de las conversaciones de internet. Recuperar la cordura en la red depende de que cada usuario se haga responsable de sus palabras, entendiendo que se puede tener un debate muy intenso y con posturas totalmente opuestas entre amigos sin necesidad de caer en la vulgaridad ni en el acoso cibernético.
Hagamos de mastodon y las redes libres un mejor lugar.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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