🤍Hay un momento en la vida en el que estar sola deja de parecerse a estar esperando a que alguien llegue.
Ya no sientes esa necesidad de llenar cada silencio, de tener siempre un plan con alguien o de aceptar compañías que, en el fondo, te dejan más vacía que la propia soledad.
Empiezas a darte cuenta de que no pasa nada por irte a casa sola, comer sola, hacer un viaje sola o pasar un domingo sin tener que buscar a nadie para sentir que el día ha merecido la pena.
Y, sobre todo, dejas de quedarte en lugares donde no estás bien solamente porque la alternativa te da miedo.
Eso cambia muchas cosas.
Porque cuando ya no necesitas que alguien se quede a cualquier precio, empiezas a mirar las relaciones de otra manera.
Ya no se trata de aguantar, de adaptarte continuamente, de tragarte cosas o de hacer malabares contigo misma para que el otro no se vaya.
Si alguien está, quieres que sea porque los dos elegís estar ahí.
Y si un día no está, tu vida no se desmorona.
Sigues teniendo tus cosas, tus rutinas, tus manías, tus silencios, tus ganas de hablar y también tus ganas de que no te hable nadie. 😂
No significa que dejes de necesitar a los demás.
Somos humanos y necesitamos cariño, conversación, compañía, abrazos y sentirnos queridos.
Significa algo bastante distinto: que ya no confundes necesitar compañía con necesitar a cualquier persona.
Y para mí, ahí hay una libertad enorme.
Poder decir «prefiero estar sola que mal acompañada» y que no sea una frase hecha, sino una decisión que de verdad eres capaz de sostener.
Porque aprender a quererse también consiste en eso: en que tu propia compañía deje de parecerte el premio de consolación cuando nadie más está disponible.
A veces, simplemente, estar contigo misma ya no se siente como estar sola.
Se siente como estar en casa. 🤍
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