#realidad — Public Fediverse posts
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:bc_meltwave: No me gusta explicarme.
Lo que siento, lo que pienso o cómo actúo tiene su porqué, aunque a veces me falte el aire para ponerle palabras.
Hay días en los que ni yo misma encuentro el hilo.
Tengo tantas heridas abiertas que no sé cuál es la que está sangrando hoy.
Un recuerdo tira de otro, una conversación me remueve algo que creía enterrado y, de repente, estoy enfadada sin saber exactamente con quién.
O triste.
O cansada.
O todo a la vez, que también pasa.Es un ruido constante.
Una punzada que cambia de sitio.
Y tratar de traducir todo eso para que otra persona lo entienda me parece, según qué día, una pérdida de tiempo.Porque además hay gente que no quiere entenderte.
Quiere una explicación que le deje tranquila.«¿Pero qué te pasa?»
«Nada.»
«Algo te pasa.»
Pues sí.
Algo me pasa.
A mí me pasan cosas.
Tengo una cabeza que no siempre funciona como una habitación ordenada y una historia detrás que no cabe en una conversación de cinco minutos.Y no tengo por qué sacar el inventario cada vez que alguien se incomoda con mi silencio, con mi distancia o con una reacción que no comprende.
Me he cansado de justificarme.
De explicar por qué hoy no quiero hablar.
Por qué necesito estar sola.
Por qué algo que para otra persona es una tontería a mí me ha tocado una fibra que ni siquiera sabía que seguía ahí.También me he cansado de esa costumbre de tener que presentar pruebas para demostrar que lo que sentimos es legítimo.
Como si para estar triste necesitáramos una razón suficientemente buena.
Como si el enfado necesitara un informe.
Como si el cansancio solo fuese válido cuando podemos enseñar una lista de todo lo que hemos soportado.
No siempre tengo una respuesta.
Y, sinceramente, tampoco quiero inventármela para que los demás se queden tranquilos.
A veces digo «no sé».
Y no pasa nada.
No saber exactamente qué me ocurre no significa que no me ocurra nada.
Significa que soy una persona intentando entenderse mientras sigue viviendo, trabajando, contestando mensajes, haciendo la compra y fingiendo que sabe dónde ha dejado las llaves.Hay cosas que necesitan tiempo antes de convertirse en palabras.
Hay emociones que primero se sienten en el cuerpo y mucho después consiguen un nombre.
Y hay heridas que no necesitan ser explicadas para doler.
He aprendido también que explicarse demasiado puede convertirse en otra forma de pedir permiso.
Permiso para sentir.
Permiso para alejarte.
Permiso para decir que no.
Permiso para no estar disponible.
Y ya no quiero vivir así.
Si te quiero, te lo demostraré.
Si me importas, probablemente lo sabrás.
Si necesito distancia, la tomaré.
Y si algún día encuentro las palabras para contarte qué demonios me estaba pasando por dentro, quizá lo haga.
Pero no siempre.
Porque no todo lo que ocurre dentro de una persona tiene que convertirse en una explicación pública para ser verdad.
Acepto mi desorden.
Mis silencios.
Mis contradicciones.
Mis días buenos y esos otros en los que no me aguanto ni yo.
No porque me parezca maravilloso vivir hecha un nudo, sino porque estoy cansada de fingir que todo tiene una explicación limpia, lógica y perfectamente empaquetada.
A veces la verdad es mucho más sencilla y mucho más incómoda:
me duele.
No sé por qué.
Hoy no puedo.
Necesito alejarme.
Y no tengo nada más que añadir.
Quizá la sinceridad más cruda empieza precisamente ahí.
En dejar de mentirse a una misma para poder ofrecerle a los demás una versión de nosotras que resulte más fácil de entender.
〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰〰
#psicologiacotidiana #emociones #sentimientos #autoconocimiento #limites #saludmental #reflexiones #vida #silencios #heridas #vulnerabilidad #sinceridad #autoestima #vivencias #pensamientos #mujeres #realidad #crecimientopersonal
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❦ Hay personas que no necesitan estar todos los días en tu vida para estar cuando de verdad hacen falta.
Y para mí, ahí es donde se sabe quién es amigo y quién simplemente estaba de paso.No te voy a prometer que nunca tendrás días malos, porque eso sería venderte humo.
Habrá noches jodidas, decisiones que duelan y momentos en los que no tengas ni idea de por dónde seguir.
Pero si algún día te toca atravesar uno de esos momentos, espero que sepas que puedes llamar.
Sin explicaciones, sin tener que justificar nada y sin escuchar un «ya te lo dije».Porque cuando quieres a alguien de verdad, no siempre puedes arreglarle la vida.
A veces solo puedes sentarte a su lado, aguantar el silencio y esperar con él a que escampe.Y quizá eso sea la amistad: no impedir que alguien caiga, sino procurar que cuando caiga no tenga que levantarse completamente solo. ⭐
───────── ❦ ─────────
#amistad #amigos #personas #vida #reflexiones #sentimientos #vínculos #cariño #lealtad #realidad
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:stargif: 𝑻𝒊𝒕𝒊𝒄𝒖𝒕 𝑭𝒐𝒍𝒍𝒊𝒆𝒔: 𝒆𝒍 𝒅𝒐𝒄𝒖𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒓𝒊́𝒂 𝒗𝒆𝒓 :stargif:
Hay películas que incomodan.
Y hay otras que obligan a mirar lo que nadie quiere ver.En 1967, Titicut Follies cruzó una línea que el público estadounidense no estaba preparado para enfrentar.
No era ficción.
No era entretenimiento.Era realidad sin filtro.
Dirigida por Frederick Wiseman, fue filmada dentro del Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, una institución a medio camino entre hospital psiquiátrico y prisión.
Un lugar cerrado.
Opaco.
Olvidado.Durante semanas, la cámara observó sin intervenir.
Sin narrador.
Sin música que suavizara lo que estaba ocurriendo.Y lo que mostró fue difícil de ignorar.
Pacientes desnudos o expuestos.
Rutinas mecánicas marcadas por la indiferencia.
Condiciones de higiene precarias.Y, sobre todo, una sensación constante de deshumanización.
Una de las escenas más perturbadoras muestra a un interno siendo alimentado a la fuerza, mientras el personal actúa con una frialdad que hoy resulta insoportable de ver.
Pero hay algo aún más inquietante.
Nadie parece consciente de estar haciendo algo mal.
Y eso es lo que convierte el documental en algo más que una denuncia: en un espejo.
Cuando la película se terminó, no generó debate.
Generó rechazo institucional.
El estado de Massachusetts demandó a Wiseman y consiguió que un juez prohibiera su distribución.
El argumento oficial fue la violación de la privacidad de los pacientes.Pero detrás había algo más incómodo:
la exposición pública de un sistema que funcionaba así.
Durante más de 30 años, la película quedó prácticamente censurada.
Solo podía proyectarse en contextos académicos muy restringidos y bajo autorización judicial.No fue hasta los años 90 cuando su difusión se permitió de forma más amplia.
El contenido no había cambiado.
La sociedad, sí.
Con el tiempo, Titicut Follies se convirtió en una obra clave del cine documental.
No solo por lo que muestra, sino por cómo lo hace.
Wiseman no juzga.
No explica.
No guía al espectador.Simplemente observa.
Y en esa ausencia de filtro está su fuerza.
Porque obliga a quien mira a tomar una posición.
También tuvo consecuencias más allá del cine.
El documental contribuyó a abrir debates sobre el trato en instituciones psiquiátricas y penitenciarias en Estados Unidos, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse estos sistemas cerrados.
No provocó reformas inmediatas.
Pero ayudó a erosionar el silencio.
Hoy, más de medio siglo después, sigue incomodando.
No por lo explícito.
Sino por lo reconocible.
Porque plantea una pregunta que sigue vigente:
¿dónde está la línea entre cuidado y control?
Y, sobre todo,
¿qué ocurre cuando nadie está mirando?
Lo más perturbador de todo no es lo que muestra la película.
Es entender que, en su momento,
no era una excepción.Era parte del sistema.
Y que hizo falta una cámara
para empezar a cuestionarlo.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
#historia #documental #titicutfollies #frederickwiseman #historiadelcine #saludmental #curiosidadeshistoricas #censura #cine #realidad #historiacontemporanea
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:stargif: 𝑻𝒊𝒕𝒊𝒄𝒖𝒕 𝑭𝒐𝒍𝒍𝒊𝒆𝒔: 𝒆𝒍 𝒅𝒐𝒄𝒖𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒓𝒊́𝒂 𝒗𝒆𝒓 :stargif:
Hay películas que incomodan.
Y hay otras que obligan a mirar lo que nadie quiere ver.En 1967, Titicut Follies cruzó una línea que el público estadounidense no estaba preparado para enfrentar.
No era ficción.
No era entretenimiento.Era realidad sin filtro.
Dirigida por Frederick Wiseman, fue filmada dentro del Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, una institución a medio camino entre hospital psiquiátrico y prisión.
Un lugar cerrado.
Opaco.
Olvidado.Durante semanas, la cámara observó sin intervenir.
Sin narrador.
Sin música que suavizara lo que estaba ocurriendo.Y lo que mostró fue difícil de ignorar.
Pacientes desnudos o expuestos.
Rutinas mecánicas marcadas por la indiferencia.
Condiciones de higiene precarias.Y, sobre todo, una sensación constante de deshumanización.
Una de las escenas más perturbadoras muestra a un interno siendo alimentado a la fuerza, mientras el personal actúa con una frialdad que hoy resulta insoportable de ver.
Pero hay algo aún más inquietante.
Nadie parece consciente de estar haciendo algo mal.
Y eso es lo que convierte el documental en algo más que una denuncia: en un espejo.
Cuando la película se terminó, no generó debate.
Generó rechazo institucional.
El estado de Massachusetts demandó a Wiseman y consiguió que un juez prohibiera su distribución.
El argumento oficial fue la violación de la privacidad de los pacientes.Pero detrás había algo más incómodo:
la exposición pública de un sistema que funcionaba así.
Durante más de 30 años, la película quedó prácticamente censurada.
Solo podía proyectarse en contextos académicos muy restringidos y bajo autorización judicial.No fue hasta los años 90 cuando su difusión se permitió de forma más amplia.
El contenido no había cambiado.
La sociedad, sí.
Con el tiempo, Titicut Follies se convirtió en una obra clave del cine documental.
No solo por lo que muestra, sino por cómo lo hace.
Wiseman no juzga.
No explica.
No guía al espectador.Simplemente observa.
Y en esa ausencia de filtro está su fuerza.
Porque obliga a quien mira a tomar una posición.
También tuvo consecuencias más allá del cine.
El documental contribuyó a abrir debates sobre el trato en instituciones psiquiátricas y penitenciarias en Estados Unidos, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse estos sistemas cerrados.
No provocó reformas inmediatas.
Pero ayudó a erosionar el silencio.
Hoy, más de medio siglo después, sigue incomodando.
No por lo explícito.
Sino por lo reconocible.
Porque plantea una pregunta que sigue vigente:
¿dónde está la línea entre cuidado y control?
Y, sobre todo,
¿qué ocurre cuando nadie está mirando?
Lo más perturbador de todo no es lo que muestra la película.
Es entender que, en su momento,
no era una excepción.Era parte del sistema.
Y que hizo falta una cámara
para empezar a cuestionarlo.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
#historia #documental #titicutfollies #frederickwiseman #historiadelcine #saludmental #curiosidadeshistoricas #censura #cine #realidad #historiacontemporanea
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:stargif: 𝑻𝒊𝒕𝒊𝒄𝒖𝒕 𝑭𝒐𝒍𝒍𝒊𝒆𝒔: 𝒆𝒍 𝒅𝒐𝒄𝒖𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒓𝒊́𝒂 𝒗𝒆𝒓 :stargif:
Hay películas que incomodan.
Y hay otras que obligan a mirar lo que nadie quiere ver.En 1967, Titicut Follies cruzó una línea que el público estadounidense no estaba preparado para enfrentar.
No era ficción.
No era entretenimiento.Era realidad sin filtro.
Dirigida por Frederick Wiseman, fue filmada dentro del Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, una institución a medio camino entre hospital psiquiátrico y prisión.
Un lugar cerrado.
Opaco.
Olvidado.Durante semanas, la cámara observó sin intervenir.
Sin narrador.
Sin música que suavizara lo que estaba ocurriendo.Y lo que mostró fue difícil de ignorar.
Pacientes desnudos o expuestos.
Rutinas mecánicas marcadas por la indiferencia.
Condiciones de higiene precarias.Y, sobre todo, una sensación constante de deshumanización.
Una de las escenas más perturbadoras muestra a un interno siendo alimentado a la fuerza, mientras el personal actúa con una frialdad que hoy resulta insoportable de ver.
Pero hay algo aún más inquietante.
Nadie parece consciente de estar haciendo algo mal.
Y eso es lo que convierte el documental en algo más que una denuncia: en un espejo.
Cuando la película se terminó, no generó debate.
Generó rechazo institucional.
El estado de Massachusetts demandó a Wiseman y consiguió que un juez prohibiera su distribución.
El argumento oficial fue la violación de la privacidad de los pacientes.Pero detrás había algo más incómodo:
la exposición pública de un sistema que funcionaba así.
Durante más de 30 años, la película quedó prácticamente censurada.
Solo podía proyectarse en contextos académicos muy restringidos y bajo autorización judicial.No fue hasta los años 90 cuando su difusión se permitió de forma más amplia.
El contenido no había cambiado.
La sociedad, sí.
Con el tiempo, Titicut Follies se convirtió en una obra clave del cine documental.
No solo por lo que muestra, sino por cómo lo hace.
Wiseman no juzga.
No explica.
No guía al espectador.Simplemente observa.
Y en esa ausencia de filtro está su fuerza.
Porque obliga a quien mira a tomar una posición.
También tuvo consecuencias más allá del cine.
El documental contribuyó a abrir debates sobre el trato en instituciones psiquiátricas y penitenciarias en Estados Unidos, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse estos sistemas cerrados.
No provocó reformas inmediatas.
Pero ayudó a erosionar el silencio.
Hoy, más de medio siglo después, sigue incomodando.
No por lo explícito.
Sino por lo reconocible.
Porque plantea una pregunta que sigue vigente:
¿dónde está la línea entre cuidado y control?
Y, sobre todo,
¿qué ocurre cuando nadie está mirando?
Lo más perturbador de todo no es lo que muestra la película.
Es entender que, en su momento,
no era una excepción.Era parte del sistema.
Y que hizo falta una cámara
para empezar a cuestionarlo.▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
#historia #documental #titicutfollies #frederickwiseman #historiadelcine #saludmental #curiosidadeshistoricas #censura #cine #realidad #historiacontemporanea
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:stargif: 𝑻𝒊𝒕𝒊𝒄𝒖𝒕 𝑭𝒐𝒍𝒍𝒊𝒆𝒔: 𝒆𝒍 𝒅𝒐𝒄𝒖𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒏𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒓𝒊́𝒂 𝒗𝒆𝒓 :stargif:
Hay películas que incomodan.
Y hay otras que obligan a mirar lo que nadie quiere ver.En 1967, Titicut Follies cruzó una línea que el público estadounidense no estaba preparado para enfrentar.
No era ficción.
No era entretenimiento.Era realidad sin filtro.
Dirigida por Frederick Wiseman, fue filmada dentro del Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, una institución a medio camino entre hospital psiquiátrico y prisión.
Un lugar cerrado.
Opaco.
Olvidado.Durante semanas, la cámara observó sin intervenir.
Sin narrador.
Sin música que suavizara lo que estaba ocurriendo.Y lo que mostró fue difícil de ignorar.
Pacientes desnudos o expuestos.
Rutinas mecánicas marcadas por la indiferencia.
Condiciones de higiene precarias.Y, sobre todo, una sensación constante de deshumanización.
Una de las escenas más perturbadoras muestra a un interno siendo alimentado a la fuerza, mientras el personal actúa con una frialdad que hoy resulta insoportable de ver.
Pero hay algo aún más inquietante.
Nadie parece consciente de estar haciendo algo mal.
Y eso es lo que convierte el documental en algo más que una denuncia: en un espejo.
Cuando la película se terminó, no generó debate.
Generó rechazo institucional.
El estado de Massachusetts demandó a Wiseman y consiguió que un juez prohibiera su distribución.
El argumento oficial fue la violación de la privacidad de los pacientes.Pero detrás había algo más incómodo:
la exposición pública de un sistema que funcionaba así.
Durante más de 30 años, la película quedó prácticamente censurada.
Solo podía proyectarse en contextos académicos muy restringidos y bajo autorización judicial.No fue hasta los años 90 cuando su difusión se permitió de forma más amplia.
El contenido no había cambiado.
La sociedad, sí.
Con el tiempo, Titicut Follies se convirtió en una obra clave del cine documental.
No solo por lo que muestra, sino por cómo lo hace.
Wiseman no juzga.
No explica.
No guía al espectador.Simplemente observa.
Y en esa ausencia de filtro está su fuerza.
Porque obliga a quien mira a tomar una posición.
También tuvo consecuencias más allá del cine.
El documental contribuyó a abrir debates sobre el trato en instituciones psiquiátricas y penitenciarias en Estados Unidos, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse estos sistemas cerrados.
No provocó reformas inmediatas.
Pero ayudó a erosionar el silencio.
Hoy, más de medio siglo después, sigue incomodando.
No por lo explícito.
Sino por lo reconocible.
Porque plantea una pregunta que sigue vigente:
¿dónde está la línea entre cuidado y control?
Y, sobre todo,
¿qué ocurre cuando nadie está mirando?
Lo más perturbador de todo no es lo que muestra la película.
Es entender que, en su momento,
no era una excepción.Era parte del sistema.
Y que hizo falta una cámara
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Hay películas que incomodan.
Y hay otras que obligan a mirar lo que nadie quiere ver.En 1967, Titicut Follies cruzó una línea que el público estadounidense no estaba preparado para enfrentar.
No era ficción.
No era entretenimiento.Era realidad sin filtro.
Dirigida por Frederick Wiseman, fue filmada dentro del Bridgewater State Hospital, en Massachusetts, una institución a medio camino entre hospital psiquiátrico y prisión.
Un lugar cerrado.
Opaco.
Olvidado.Durante semanas, la cámara observó sin intervenir.
Sin narrador.
Sin música que suavizara lo que estaba ocurriendo.Y lo que mostró fue difícil de ignorar.
Pacientes desnudos o expuestos.
Rutinas mecánicas marcadas por la indiferencia.
Condiciones de higiene precarias.Y, sobre todo, una sensación constante de deshumanización.
Una de las escenas más perturbadoras muestra a un interno siendo alimentado a la fuerza, mientras el personal actúa con una frialdad que hoy resulta insoportable de ver.
Pero hay algo aún más inquietante.
Nadie parece consciente de estar haciendo algo mal.
Y eso es lo que convierte el documental en algo más que una denuncia: en un espejo.
Cuando la película se terminó, no generó debate.
Generó rechazo institucional.
El estado de Massachusetts demandó a Wiseman y consiguió que un juez prohibiera su distribución.
El argumento oficial fue la violación de la privacidad de los pacientes.Pero detrás había algo más incómodo:
la exposición pública de un sistema que funcionaba así.
Durante más de 30 años, la película quedó prácticamente censurada.
Solo podía proyectarse en contextos académicos muy restringidos y bajo autorización judicial.No fue hasta los años 90 cuando su difusión se permitió de forma más amplia.
El contenido no había cambiado.
La sociedad, sí.
Con el tiempo, Titicut Follies se convirtió en una obra clave del cine documental.
No solo por lo que muestra, sino por cómo lo hace.
Wiseman no juzga.
No explica.
No guía al espectador.Simplemente observa.
Y en esa ausencia de filtro está su fuerza.
Porque obliga a quien mira a tomar una posición.
También tuvo consecuencias más allá del cine.
El documental contribuyó a abrir debates sobre el trato en instituciones psiquiátricas y penitenciarias en Estados Unidos, en un momento en el que comenzaban a cuestionarse estos sistemas cerrados.
No provocó reformas inmediatas.
Pero ayudó a erosionar el silencio.
Hoy, más de medio siglo después, sigue incomodando.
No por lo explícito.
Sino por lo reconocible.
Porque plantea una pregunta que sigue vigente:
¿dónde está la línea entre cuidado y control?
Y, sobre todo,
¿qué ocurre cuando nadie está mirando?
Lo más perturbador de todo no es lo que muestra la película.
Es entender que, en su momento,
no era una excepción.Era parte del sistema.
Y que hizo falta una cámara
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