🔷A veces siento que la vida adulta es como estar subida a una cinta de correr que nadie sabe apagar.
Puedes estar con gripe, con el corazón hecho trizas o simplemente hasta las narices de todo, que la máquina sigue funcionando a la misma velocidad.
Hay que levantarse, ducharse, vestirse y salir a cumplir como si no pasara nada.
Te pones la careta de «estoy bien» para ir a trabajar, estudiar, hacer recados o contestar mensajes.
No porque te apetezca especialmente, sino porque parece que no hay otra opción.
El mundo no se para porque tú estés pasando un mal momento.
Qué detalle.
Y lo curioso es que muchas veces nadie se da cuenta.
Sigues funcionando, haces lo que toca, respondes «bien» cuando te preguntan y hasta consigues sonreír en algún momento.
Pero por dentro vas contando las horas para llegar a casa, cerrar la puerta y dejar de fingir que tienes energía para todo.
Esa frase tan repetida de «la vida sigue» puede ser un alivio y una condena al mismo tiempo.
Te recuerda que los días pasan, pero también te obliga a avanzar cuando lo único que quieres es quedarte quieta un rato y respirar.
Con los años aprendes que seguir adelante no siempre significa hacerlo con fuerza, con ganas o con una sonrisa.
A veces es simplemente levantarte, hacer lo imprescindible y llegar al final del día sin romperte del todo.
Y también aprendes que funcionar no siempre significa estar bien.
Que puedes cumplir con tus obligaciones y, aun así, necesitar parar.
Que no eres menos fuerte por estar cansada ni estás exagerando por no poder con todo.
Quizá crecer consista también en descubrir esa fuerza que no sabías que tenías, pero sin convertirla en una excusa para exigirte hasta el límite. Porque aguantarlo todo no debería ser la única forma de demostrar que puedes.
A veces hay que bajar el ritmo, aunque la cinta siga encendida.
Pedir ayuda, descansar, cancelar planes y reconocer que hoy no estás para muchas fiestas.
Mañana ya veremos.
Hoy, con llegar, suficiente.
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