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🏛️ #Noticia #Historia #Arqueología #Paleontología #Ciencia #InterésGeneral
🟤 Hallan en la antigua capital hitita un fragmento del tratado de paz más antiguo del mundo, y contiene una cláusula sobre refugiados
🔗 https://www.labrujulaverde.com/2026/09/hallan-en-la-antigua-capital-hitita-un-fragmento-del-tratado-de-paz-mas-antiguo-del-mundo-y-contiene-una-clausula-sobre-refugiadosEntre las ruinas de Büyükkale, la colina fortificada que albergaba el palacio real de los reyes hititas, un
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https://www.europesays.com/es/779567/ ¿Por qué aumenta la agresividad cuando tenemos hambre? #Ciencia #ES #España #Geographic #Health #historia #National #Naturaleza #Salud #Spain #viajes
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¿Qué era la triaca y por qué fue recetada durante casi 2.000 años? #Triaca #HistoriaDeLaMedicina #Medicina #Farmacia #RemediosAntiguos #Curiosidades #AntiguaRoma #Galeno #Venecia #Ciencia #Historia #FelizMartes #22DeSeptiembre
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¿Por qué Alice Weidel vuelve a llamar “ultraizquierdista” a Hitler? #AliceWeidel #Hitler #AfD #Alemania #Nazismo #ExtremaDerecha #Historia #Politica #Europa #Berlin #SegundaGuerraMundial #felizmartes #22deseptiembre
https://donporque.com/por-que-alice-weidel-llama-ultraizquierdista-a-hitler/
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🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿
Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.
Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.
Su madre defendía abiertamente la segregación.
Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.
Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.
Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.
Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.
Era meterse en un problema serio.
En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.
Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.
No iban buscando peleas.
Precisamente lo contrario.
Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.
Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.
Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.
Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.
Aun así, subió al autobús.
Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.
Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.
No quiso.
Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.
Allí las cosas se pusieron bastante feas.
Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.
Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.
Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.
Era precisamente lo que esperaban de ella.
Que se cansara.
Que entendiera que aquello no era asunto suyo.
Que volviera a casa.
No lo hizo.
Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.
Hizo exactamente lo contrario.
Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.
Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.
Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.
Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.
Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.
Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.
Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.
El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.
Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.
Se sentaron.
Y esperaron.
La respuesta fue brutal.
Una multitud comenzó a insultarlos.
Después llegaron los golpes.
Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.
Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.
Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.
El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.
Sus fotografías captaron aquel momento.
Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.
Seguían sentados.
Cubiertos de comida.
Con la ropa destrozada.
Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.
Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.
Pero la violencia no terminó allí.
Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.
Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.
En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.
El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.
Joan también recibió amenazas.
En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.
Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.
Y aun así siguió.
Manifestaciones.
Sentadas.
Campañas.
Organización.
Trabajo comunitario.
No fue una historia de un par de meses.
Aquello ocupó una parte importante de su juventud.
Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.
Se casó con Dan Mulholland.
Y tuvo cinco hijos, todos varones.
Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.
Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
>Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.
Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.
Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.
Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.
Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.
Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.
Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.
Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.
Simplemente cambió de escenario.
Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.
Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.
Podía haber escogido el camino fácil.
Era blanca.
Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.
Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.
En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.
Y pagó un precio por ello.
Su relación con su familia se deterioró enormemente.
Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.
Pero Joan siguió adelante.
Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.
Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.
Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.
Una fotografía de 1963.
Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.
Tiene la cara cubierta de comida.
Alguien la ha golpeado.
Alrededor hay personas gritándoles.
Y ella sigue allí.
Sentada.
Sin levantarse.
Sin devolver el golpe.
Sin irse.
Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.
De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.
Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.
Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.
No necesitaba luchar.
Podía haber permanecido cómodamente al margen.
Pero decidió hacerlo.
Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.
Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.
Nació dentro de él.
Y decidió cambiar de lado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs
#joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes
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🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿
Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.
Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.
Su madre defendía abiertamente la segregación.
Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.
Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.
Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.
Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.
Era meterse en un problema serio.
En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.
Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.
No iban buscando peleas.
Precisamente lo contrario.
Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.
Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.
Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.
Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.
Aun así, subió al autobús.
Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.
Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.
No quiso.
Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.
Allí las cosas se pusieron bastante feas.
Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.
Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.
Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.
Era precisamente lo que esperaban de ella.
Que se cansara.
Que entendiera que aquello no era asunto suyo.
Que volviera a casa.
No lo hizo.
Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.
Hizo exactamente lo contrario.
Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.
Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.
Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.
Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.
Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.
Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.
Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.
El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.
Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.
Se sentaron.
Y esperaron.
La respuesta fue brutal.
Una multitud comenzó a insultarlos.
Después llegaron los golpes.
Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.
Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.
Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.
El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.
Sus fotografías captaron aquel momento.
Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.
Seguían sentados.
Cubiertos de comida.
Con la ropa destrozada.
Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.
Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.
Pero la violencia no terminó allí.
Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.
Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.
En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.
El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.
Joan también recibió amenazas.
En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.
Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.
Y aun así siguió.
Manifestaciones.
Sentadas.
Campañas.
Organización.
Trabajo comunitario.
No fue una historia de un par de meses.
Aquello ocupó una parte importante de su juventud.
Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.
Se casó con Dan Mulholland.
Y tuvo cinco hijos, todos varones.
Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.
Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
>Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.
Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.
Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.
Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.
Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.
Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.
Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.
Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.
Simplemente cambió de escenario.
Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.
Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.
Podía haber escogido el camino fácil.
Era blanca.
Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.
Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.
En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.
Y pagó un precio por ello.
Su relación con su familia se deterioró enormemente.
Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.
Pero Joan siguió adelante.
Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.
Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.
Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.
Una fotografía de 1963.
Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.
Tiene la cara cubierta de comida.
Alguien la ha golpeado.
Alrededor hay personas gritándoles.
Y ella sigue allí.
Sentada.
Sin levantarse.
Sin devolver el golpe.
Sin irse.
Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.
De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.
Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.
Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.
No necesitaba luchar.
Podía haber permanecido cómodamente al margen.
Pero decidió hacerlo.
Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.
Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.
Nació dentro de él.
Y decidió cambiar de lado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs
#joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes
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🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿
Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.
Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.
Su madre defendía abiertamente la segregación.
Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.
Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.
Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.
Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.
Era meterse en un problema serio.
En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.
Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.
No iban buscando peleas.
Precisamente lo contrario.
Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.
Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.
Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.
Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.
Aun así, subió al autobús.
Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.
Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.
No quiso.
Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.
Allí las cosas se pusieron bastante feas.
Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.
Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.
Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.
Era precisamente lo que esperaban de ella.
Que se cansara.
Que entendiera que aquello no era asunto suyo.
Que volviera a casa.
No lo hizo.
Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.
Hizo exactamente lo contrario.
Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.
Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.
Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.
Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.
Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.
Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.
Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.
El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.
Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.
Se sentaron.
Y esperaron.
La respuesta fue brutal.
Una multitud comenzó a insultarlos.
Después llegaron los golpes.
Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.
Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.
Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.
El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.
Sus fotografías captaron aquel momento.
Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.
Seguían sentados.
Cubiertos de comida.
Con la ropa destrozada.
Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.
Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.
Pero la violencia no terminó allí.
Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.
Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.
En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.
El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.
Joan también recibió amenazas.
En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.
Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.
Y aun así siguió.
Manifestaciones.
Sentadas.
Campañas.
Organización.
Trabajo comunitario.
No fue una historia de un par de meses.
Aquello ocupó una parte importante de su juventud.
Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.
Se casó con Dan Mulholland.
Y tuvo cinco hijos, todos varones.
Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.
Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
>Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.
Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.
Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.
Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.
Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.
Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.
Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.
Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.
Simplemente cambió de escenario.
Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.
Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.
Podía haber escogido el camino fácil.
Era blanca.
Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.
Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.
En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.
Y pagó un precio por ello.
Su relación con su familia se deterioró enormemente.
Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.
Pero Joan siguió adelante.
Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.
Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.
Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.
Una fotografía de 1963.
Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.
Tiene la cara cubierta de comida.
Alguien la ha golpeado.
Alrededor hay personas gritándoles.
Y ella sigue allí.
Sentada.
Sin levantarse.
Sin devolver el golpe.
Sin irse.
Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.
De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.
Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.
Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.
No necesitaba luchar.
Podía haber permanecido cómodamente al margen.
Pero decidió hacerlo.
Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.
Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.
Nació dentro de él.
Y decidió cambiar de lado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs
#joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes
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🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿
Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.
Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.
Su madre defendía abiertamente la segregación.
Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.
Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.
Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.
Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.
Era meterse en un problema serio.
En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.
Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.
No iban buscando peleas.
Precisamente lo contrario.
Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.
Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.
Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.
Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.
Aun así, subió al autobús.
Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.
Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.
No quiso.
Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.
Allí las cosas se pusieron bastante feas.
Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.
Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.
Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.
Era precisamente lo que esperaban de ella.
Que se cansara.
Que entendiera que aquello no era asunto suyo.
Que volviera a casa.
No lo hizo.
Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.
Hizo exactamente lo contrario.
Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.
Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.
Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.
Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.
Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.
Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.
Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.
El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.
Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.
Se sentaron.
Y esperaron.
La respuesta fue brutal.
Una multitud comenzó a insultarlos.
Después llegaron los golpes.
Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.
Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.
Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.
El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.
Sus fotografías captaron aquel momento.
Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.
Seguían sentados.
Cubiertos de comida.
Con la ropa destrozada.
Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.
Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.
Pero la violencia no terminó allí.
Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.
Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.
En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.
El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.
Joan también recibió amenazas.
En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.
Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.
Y aun así siguió.
Manifestaciones.
Sentadas.
Campañas.
Organización.
Trabajo comunitario.
No fue una historia de un par de meses.
Aquello ocupó una parte importante de su juventud.
Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.
Se casó con Dan Mulholland.
Y tuvo cinco hijos, todos varones.
Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.
Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
>Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.
Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.
Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.
Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.
Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.
Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.
Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.
Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.
Simplemente cambió de escenario.
Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.
Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.
Podía haber escogido el camino fácil.
Era blanca.
Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.
Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.
En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.
Y pagó un precio por ello.
Su relación con su familia se deterioró enormemente.
Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.
Pero Joan siguió adelante.
Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.
Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.
Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.
Una fotografía de 1963.
Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.
Tiene la cara cubierta de comida.
Alguien la ha golpeado.
Alrededor hay personas gritándoles.
Y ella sigue allí.
Sentada.
Sin levantarse.
Sin devolver el golpe.
Sin irse.
Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.
De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.
Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.
Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.
No necesitaba luchar.
Podía haber permanecido cómodamente al margen.
Pero decidió hacerlo.
Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.
Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.
Nació dentro de él.
Y decidió cambiar de lado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs
#joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes
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🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿
Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.
Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.
Su madre defendía abiertamente la segregación.
Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.
Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.
Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.
Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.
Era meterse en un problema serio.
En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.
Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.
No iban buscando peleas.
Precisamente lo contrario.
Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.
Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.
Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.
Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.
Aun así, subió al autobús.
Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.
Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.
No quiso.
Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.
Allí las cosas se pusieron bastante feas.
Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.
Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.
Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.
Era precisamente lo que esperaban de ella.
Que se cansara.
Que entendiera que aquello no era asunto suyo.
Que volviera a casa.
No lo hizo.
Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.
Hizo exactamente lo contrario.
Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.
Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.
Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.
Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.
Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.
Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.
Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.
El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.
Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.
Se sentaron.
Y esperaron.
La respuesta fue brutal.
Una multitud comenzó a insultarlos.
Después llegaron los golpes.
Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.
Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.
Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.
El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.
Sus fotografías captaron aquel momento.
Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.
Seguían sentados.
Cubiertos de comida.
Con la ropa destrozada.
Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.
Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.
Pero la violencia no terminó allí.
Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.
Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.
En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.
Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.
El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.
Joan también recibió amenazas.
En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.
Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.
Y aun así siguió.
Manifestaciones.
Sentadas.
Campañas.
Organización.
Trabajo comunitario.
No fue una historia de un par de meses.
Aquello ocupó una parte importante de su juventud.
Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.
Se casó con Dan Mulholland.
Y tuvo cinco hijos, todos varones.
Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.
Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
>Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.
Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.
Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.
Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.
Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.
Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.
Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.
Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.
Simplemente cambió de escenario.
Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.
Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.
Podía haber escogido el camino fácil.
Era blanca.
Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.
Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.
En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.
Y pagó un precio por ello.
Su relación con su familia se deterioró enormemente.
Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.
Pero Joan siguió adelante.
Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.
Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.
Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.
Una fotografía de 1963.
Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.
Tiene la cara cubierta de comida.
Alguien la ha golpeado.
Alrededor hay personas gritándoles.
Y ella sigue allí.
Sentada.
Sin levantarse.
Sin devolver el golpe.
Sin irse.
Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.
De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.
Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.
Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.
No necesitaba luchar.
Podía haber permanecido cómodamente al margen.
Pero decidió hacerlo.
Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.
Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.
Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.
Nació dentro de él.
Y decidió cambiar de lado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs
#joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #ku kluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes
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Saksalaisten lentokentästä tuli paikallisten leikkipaikka: nyt Inarissa tutkitaan sodan jäänteitä
Saksalaiset rakensivat Inariin Kaamasen lentokentän toisen maailmansodan loppupuolella. Paikallisilla on lentokentästä paljon muistoja.
#Yhteiskunta #Historia #Inari #Arkeologia #Lentokentät #Toinenmaailmansota #Kaamanen #Lapinsota #Saamenmaa #Kotimaa #Sápmi
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Saksalaisten lentokentästä tuli paikallisten leikkipaikka: nyt Inarissa tutkitaan sodan jäänteitä
Saksalaiset rakensivat Inariin Kaamasen lentokentän toisen maailmansodan loppupuolella. Paikallisilla on lentokentästä paljon muistoja.
#Yhteiskunta #Historia #Inari #Arkeologia #Lentokentät #Toinenmaailmansota #Kaamanen #Lapinsota #Saamenmaa #Kotimaa #Sápmi
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Saksalaisten lentokentästä tuli paikallisten leikkipaikka: nyt Inarissa tutkitaan sodan jäänteitä
Saksalaiset rakensivat Inariin Kaamasen lentokentän toisen maailmansodan loppupuolella. Paikallisilla on lentokentästä paljon muistoja.
#Yhteiskunta #Historia #Inari #Arkeologia #Lentokentät #Toinenmaailmansota #Kaamanen #Lapinsota #Saamenmaa #Kotimaa #Sápmi
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Saksalaisten lentokentästä tuli paikallisten leikkipaikka: nyt Inarissa tutkitaan sodan jäänteitä
Saksalaiset rakensivat Inariin Kaamasen lentokentän toisen maailmansodan loppupuolella. Paikallisilla on lentokentästä paljon muistoja.
#Yhteiskunta #Historia #Inari #Arkeologia #Lentokentät #Toinenmaailmansota #Kaamanen #Lapinsota #Saamenmaa #Kotimaa #Sápmi
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Saksalaisten lentokentästä tuli paikallisten leikkipaikka: nyt Inarissa tutkitaan sodan jäänteitä
Saksalaiset rakensivat Inariin Kaamasen lentokentän toisen maailmansodan loppupuolella. Paikallisilla on lentokentästä paljon muistoja.
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El escudo oculto en tu cocina
El secreto por el que nuestros antepasados usaban el ajo contra las infecciones
El uso del ajo como medicina no es un invento de las tendencias actuales de internet. Civilizaciones antiguas como la de los egipcios, los griegos y los romanos ya utilizaban este vegetal en el siglo V a. C. para curar heridas y combatir enfermedades. Lo que ellos descubrieron por pura observación y experiencia, la ciencia moderna lo confirmó siglos después en los laboratorios. El ajo esconde un potente mecanismo de defensa natural que puede eliminar ciertos microbios.
El truco de este vegetal está en una sustancia llamada alicina. Curiosamente, esta sustancia no existe dentro de un diente de ajo entero. Se crea como un sistema de defensa de la planta cuando se siente atacada. Al picar, machacar o masticar el ajo, dos componentes internos se mezclan y provocan una reacción química que produce la alicina. En el siglo XIX, el famoso científico Louis Pasteur hizo pruebas en su laboratorio y demostró que el jugo de ajo era capaz de frenar el crecimiento de bacterias peligrosas.
Eso si, a pesar de este gran poder, el ajo crudo solo sirve como un auxiliar o apoyo para la salud. La medicina actual advierte que la alicina se destruye por completo cuando cocinas el ajo, por lo que comerlo guisado pierde este efecto. Ahora bien, los compuestos del ajo no reemplazan a las medicinas de la farmacia. Intentar curar una infección grave comiendo ajo crudo requeriría cantidades tan exageradas que terminarías dañando tu estómago.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
#Ciencia #Historia #Salud #Química #MedicinaNatural #herbolaria
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El escudo oculto en tu cocina
El secreto por el que nuestros antepasados usaban el ajo contra las infecciones
El uso del ajo como medicina no es un invento de las tendencias actuales de internet. Civilizaciones antiguas como la de los egipcios, los griegos y los romanos ya utilizaban este vegetal en el siglo V a. C. para curar heridas y combatir enfermedades. Lo que ellos descubrieron por pura observación y experiencia, la ciencia moderna lo confirmó siglos después en los laboratorios. El ajo esconde un potente mecanismo de defensa natural que puede eliminar ciertos microbios.
El truco de este vegetal está en una sustancia llamada alicina. Curiosamente, esta sustancia no existe dentro de un diente de ajo entero. Se crea como un sistema de defensa de la planta cuando se siente atacada. Al picar, machacar o masticar el ajo, dos componentes internos se mezclan y provocan una reacción química que produce la alicina. En el siglo XIX, el famoso científico Louis Pasteur hizo pruebas en su laboratorio y demostró que el jugo de ajo era capaz de frenar el crecimiento de bacterias peligrosas.
Eso si, a pesar de este gran poder, el ajo crudo solo sirve como un auxiliar o apoyo para la salud. La medicina actual advierte que la alicina se destruye por completo cuando cocinas el ajo, por lo que comerlo guisado pierde este efecto. Ahora bien, los compuestos del ajo no reemplazan a las medicinas de la farmacia. Intentar curar una infección grave comiendo ajo crudo requeriría cantidades tan exageradas que terminarías dañando tu estómago.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
#Ciencia #Historia #Salud #Química #MedicinaNatural #herbolaria
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El escudo oculto en tu cocina
El secreto por el que nuestros antepasados usaban el ajo contra las infecciones
El uso del ajo como medicina no es un invento de las tendencias actuales de internet. Civilizaciones antiguas como la de los egipcios, los griegos y los romanos ya utilizaban este vegetal en el siglo V a. C. para curar heridas y combatir enfermedades. Lo que ellos descubrieron por pura observación y experiencia, la ciencia moderna lo confirmó siglos después en los laboratorios. El ajo esconde un potente mecanismo de defensa natural que puede eliminar ciertos microbios.
El truco de este vegetal está en una sustancia llamada alicina. Curiosamente, esta sustancia no existe dentro de un diente de ajo entero. Se crea como un sistema de defensa de la planta cuando se siente atacada. Al picar, machacar o masticar el ajo, dos componentes internos se mezclan y provocan una reacción química que produce la alicina. En el siglo XIX, el famoso científico Louis Pasteur hizo pruebas en su laboratorio y demostró que el jugo de ajo era capaz de frenar el crecimiento de bacterias peligrosas.
Eso si, a pesar de este gran poder, el ajo crudo solo sirve como un auxiliar o apoyo para la salud. La medicina actual advierte que la alicina se destruye por completo cuando cocinas el ajo, por lo que comerlo guisado pierde este efecto. Ahora bien, los compuestos del ajo no reemplazan a las medicinas de la farmacia. Intentar curar una infección grave comiendo ajo crudo requeriría cantidades tan exageradas que terminarías dañando tu estómago.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
#Ciencia #Historia #Salud #Química #MedicinaNatural #herbolaria
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El escudo oculto en tu cocina
El secreto por el que nuestros antepasados usaban el ajo contra las infecciones
El uso del ajo como medicina no es un invento de las tendencias actuales de internet. Civilizaciones antiguas como la de los egipcios, los griegos y los romanos ya utilizaban este vegetal en el siglo V a. C. para curar heridas y combatir enfermedades. Lo que ellos descubrieron por pura observación y experiencia, la ciencia moderna lo confirmó siglos después en los laboratorios. El ajo esconde un potente mecanismo de defensa natural que puede eliminar ciertos microbios.
El truco de este vegetal está en una sustancia llamada alicina. Curiosamente, esta sustancia no existe dentro de un diente de ajo entero. Se crea como un sistema de defensa de la planta cuando se siente atacada. Al picar, machacar o masticar el ajo, dos componentes internos se mezclan y provocan una reacción química que produce la alicina. En el siglo XIX, el famoso científico Louis Pasteur hizo pruebas en su laboratorio y demostró que el jugo de ajo era capaz de frenar el crecimiento de bacterias peligrosas.
Eso si, a pesar de este gran poder, el ajo crudo solo sirve como un auxiliar o apoyo para la salud. La medicina actual advierte que la alicina se destruye por completo cuando cocinas el ajo, por lo que comerlo guisado pierde este efecto. Ahora bien, los compuestos del ajo no reemplazan a las medicinas de la farmacia. Intentar curar una infección grave comiendo ajo crudo requeriría cantidades tan exageradas que terminarías dañando tu estómago.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
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El escudo oculto en tu cocina
El secreto por el que nuestros antepasados usaban el ajo contra las infecciones
El uso del ajo como medicina no es un invento de las tendencias actuales de internet. Civilizaciones antiguas como la de los egipcios, los griegos y los romanos ya utilizaban este vegetal en el siglo V a. C. para curar heridas y combatir enfermedades. Lo que ellos descubrieron por pura observación y experiencia, la ciencia moderna lo confirmó siglos después en los laboratorios. El ajo esconde un potente mecanismo de defensa natural que puede eliminar ciertos microbios.
El truco de este vegetal está en una sustancia llamada alicina. Curiosamente, esta sustancia no existe dentro de un diente de ajo entero. Se crea como un sistema de defensa de la planta cuando se siente atacada. Al picar, machacar o masticar el ajo, dos componentes internos se mezclan y provocan una reacción química que produce la alicina. En el siglo XIX, el famoso científico Louis Pasteur hizo pruebas en su laboratorio y demostró que el jugo de ajo era capaz de frenar el crecimiento de bacterias peligrosas.
Eso si, a pesar de este gran poder, el ajo crudo solo sirve como un auxiliar o apoyo para la salud. La medicina actual advierte que la alicina se destruye por completo cuando cocinas el ajo, por lo que comerlo guisado pierde este efecto. Ahora bien, los compuestos del ajo no reemplazan a las medicinas de la farmacia. Intentar curar una infección grave comiendo ajo crudo requeriría cantidades tan exageradas que terminarías dañando tu estómago.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
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Del cilindro de cera al formato libre Ogg: El viaje de la música grabada
Un repaso por la tecnología que transformó el sonido en memoria colectiva
Hoy nos parece lo más normal del mundo traer miles de canciones en el bolsillo o reproducirlas con un toque en la pantalla, pero la posibilidad de congelar el sonido y revivirlo cuantas veces queramos es un invento relativamente nuevo en la historia humana. Todo comenzó en 1877, cuando Thomas Edison inventó el fonógrafo. Este aparato, que parecía más un experimento de laboratorio que un reproductor musical, utilizaba un cilindro cubierto de papel de aluminio —que luego cambió por cera— y una aguja conectada a un diafragma. Al hablar por la bocina, las vibraciones de la voz hacían que la aguja grabara surcos en el cilindro. Al pasar la aguja otra vez por esos mismos surcos, el milagro ocurría: el sonido regresaba del pasado. Por primera vez, la música dejaba de ser algo efímero que solo existía mientras los músicos tocaban en vivo.
La tecnología no se quedó quieta y pocos años después, en 1887, un inventor alemán llamado Emile Berliner revolucionó el juego con el gramófono. En lugar de usar los estorbosos cilindros de Edison, a Berliner se le ocurrió utilizar discos planos. Esto cambió la industria por completo porque los discos eran muchísimo más fáciles de reproducir en masa y de almacenar. Al principio se fabricaban con un material llamado baquelita o goma laca y giraban a 78 revoluciones por minuto. A mediados del siglo XX, la llegada del vinilo trajo los discos de 33 revoluciones, conocidos como LP, que ofrecían una calidad de audio muy superior y una duración más larga, convirtiendo al disco en una obra de arte tanto por la música como por sus portadas.
La movilidad llegó en la década de 1960 gracias a la compañía Philips, que introdujo el casete compacto. Esta cajita de plástico con una cinta magnética en su interior democratizó la música de una forma nunca antes vista. No solo podías llevar tus canciones en el auto, sino que cualquiera podía grabar sus propias recopilaciones directamente de la radio o de un disco. Para los años 80, el formato digital tocó a la puerta con el disco compacto o CD, desarrollado por Sony y Philips. Los rayones y el siseo de la cinta quedaron atrás gracias a un lector láser que leía unos y ceros grabados en un disco de policarbonato, entregando un sonido limpio y sin ruido de fondo.
Pero la verdadera bomba explotó en los años 90 con el internet y las computadoras caseras. El formato MP3, desarrollado en su mayoría por el Instituto Fraunhofer en Alemania, cambió las reglas de la música para siempre. El MP3 revolucionó todo porque lograba comprimir el tamaño de un archivo de audio hasta en un 90 por ciento, eliminando las frecuencias que el oído humano promedio no alcanza a percibir. Una canción que en un CD ocupaba unos 50 megabytes ahora pesaba solo 4 o 5 megabytes, lo que facilitaba su descarga a través de las conexiones lentas de la época y abrió paso a los reproductores portátiles. Sin embargo, el MP3 tenía un gran problema tras bambalinas: estaba protegido por patentes comerciales muy estrictas, lo que obligaba a los desarrolladores de software a pagar regalías por usarlo.
Como respuesta a esas limitaciones comerciales y en defensa de la libertad digital, la fundación Xiph.Org creó en 1993 el formato Ogg, utilizando el códec de audio Vorbis. A diferencia del MP3, Ogg es un formato de contenedor de código abierto y completamente libre de patentes. Esto significa que cualquier persona, programador o creador de contenido puede usarlo, modificarlo e integrarlo en sus sistemas sin tener que pagarle un solo centavo a una corporación. Además de su filosofía libre, los ingenieros demostraron que a nivel de audio el formato Ogg Vorbis ofrece una calidad de sonido muy superior a la del MP3 a una misma tasa de transferencia de datos, distribuyendo de mejor manera las frecuencias agudas y graves. Hoy en día, aunque el MP3 sigue siendo muy popular por pura inercia histórica, el formato libre Ogg es una de las herramientas más valiosas dentro del software libre y el desarrollo independiente para garantizar que el acceso a la cultura y la tecnología no dependa de los caprichos de una patente.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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#Historia #Música #Tecnología #Fonógrafo #MP3 #OggVorbis #SoftwareLibre #CulturaDigital
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Del cilindro de cera al formato libre Ogg: El viaje de la música grabada
Un repaso por la tecnología que transformó el sonido en memoria colectiva
Hoy nos parece lo más normal del mundo traer miles de canciones en el bolsillo o reproducirlas con un toque en la pantalla, pero la posibilidad de congelar el sonido y revivirlo cuantas veces queramos es un invento relativamente nuevo en la historia humana. Todo comenzó en 1877, cuando Thomas Edison inventó el fonógrafo. Este aparato, que parecía más un experimento de laboratorio que un reproductor musical, utilizaba un cilindro cubierto de papel de aluminio —que luego cambió por cera— y una aguja conectada a un diafragma. Al hablar por la bocina, las vibraciones de la voz hacían que la aguja grabara surcos en el cilindro. Al pasar la aguja otra vez por esos mismos surcos, el milagro ocurría: el sonido regresaba del pasado. Por primera vez, la música dejaba de ser algo efímero que solo existía mientras los músicos tocaban en vivo.
La tecnología no se quedó quieta y pocos años después, en 1887, un inventor alemán llamado Emile Berliner revolucionó el juego con el gramófono. En lugar de usar los estorbosos cilindros de Edison, a Berliner se le ocurrió utilizar discos planos. Esto cambió la industria por completo porque los discos eran muchísimo más fáciles de reproducir en masa y de almacenar. Al principio se fabricaban con un material llamado baquelita o goma laca y giraban a 78 revoluciones por minuto. A mediados del siglo XX, la llegada del vinilo trajo los discos de 33 revoluciones, conocidos como LP, que ofrecían una calidad de audio muy superior y una duración más larga, convirtiendo al disco en una obra de arte tanto por la música como por sus portadas.
La movilidad llegó en la década de 1960 gracias a la compañía Philips, que introdujo el casete compacto. Esta cajita de plástico con una cinta magnética en su interior democratizó la música de una forma nunca antes vista. No solo podías llevar tus canciones en el auto, sino que cualquiera podía grabar sus propias recopilaciones directamente de la radio o de un disco. Para los años 80, el formato digital tocó a la puerta con el disco compacto o CD, desarrollado por Sony y Philips. Los rayones y el siseo de la cinta quedaron atrás gracias a un lector láser que leía unos y ceros grabados en un disco de policarbonato, entregando un sonido limpio y sin ruido de fondo.
Pero la verdadera bomba explotó en los años 90 con el internet y las computadoras caseras. El formato MP3, desarrollado en su mayoría por el Instituto Fraunhofer en Alemania, cambió las reglas de la música para siempre. El MP3 revolucionó todo porque lograba comprimir el tamaño de un archivo de audio hasta en un 90 por ciento, eliminando las frecuencias que el oído humano promedio no alcanza a percibir. Una canción que en un CD ocupaba unos 50 megabytes ahora pesaba solo 4 o 5 megabytes, lo que facilitaba su descarga a través de las conexiones lentas de la época y abrió paso a los reproductores portátiles. Sin embargo, el MP3 tenía un gran problema tras bambalinas: estaba protegido por patentes comerciales muy estrictas, lo que obligaba a los desarrolladores de software a pagar regalías por usarlo.
Como respuesta a esas limitaciones comerciales y en defensa de la libertad digital, la fundación Xiph.Org creó en 1993 el formato Ogg, utilizando el códec de audio Vorbis. A diferencia del MP3, Ogg es un formato de contenedor de código abierto y completamente libre de patentes. Esto significa que cualquier persona, programador o creador de contenido puede usarlo, modificarlo e integrarlo en sus sistemas sin tener que pagarle un solo centavo a una corporación. Además de su filosofía libre, los ingenieros demostraron que a nivel de audio el formato Ogg Vorbis ofrece una calidad de sonido muy superior a la del MP3 a una misma tasa de transferencia de datos, distribuyendo de mejor manera las frecuencias agudas y graves. Hoy en día, aunque el MP3 sigue siendo muy popular por pura inercia histórica, el formato libre Ogg es una de las herramientas más valiosas dentro del software libre y el desarrollo independiente para garantizar que el acceso a la cultura y la tecnología no dependa de los caprichos de una patente.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
Alt text via @altbot y @TeLoDescribot
#Historia #Música #Tecnología #Fonógrafo #MP3 #OggVorbis #SoftwareLibre #CulturaDigital
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Del cilindro de cera al formato libre Ogg: El viaje de la música grabada
Un repaso por la tecnología que transformó el sonido en memoria colectiva
Hoy nos parece lo más normal del mundo traer miles de canciones en el bolsillo o reproducirlas con un toque en la pantalla, pero la posibilidad de congelar el sonido y revivirlo cuantas veces queramos es un invento relativamente nuevo en la historia humana. Todo comenzó en 1877, cuando Thomas Edison inventó el fonógrafo. Este aparato, que parecía más un experimento de laboratorio que un reproductor musical, utilizaba un cilindro cubierto de papel de aluminio —que luego cambió por cera— y una aguja conectada a un diafragma. Al hablar por la bocina, las vibraciones de la voz hacían que la aguja grabara surcos en el cilindro. Al pasar la aguja otra vez por esos mismos surcos, el milagro ocurría: el sonido regresaba del pasado. Por primera vez, la música dejaba de ser algo efímero que solo existía mientras los músicos tocaban en vivo.
La tecnología no se quedó quieta y pocos años después, en 1887, un inventor alemán llamado Emile Berliner revolucionó el juego con el gramófono. En lugar de usar los estorbosos cilindros de Edison, a Berliner se le ocurrió utilizar discos planos. Esto cambió la industria por completo porque los discos eran muchísimo más fáciles de reproducir en masa y de almacenar. Al principio se fabricaban con un material llamado baquelita o goma laca y giraban a 78 revoluciones por minuto. A mediados del siglo XX, la llegada del vinilo trajo los discos de 33 revoluciones, conocidos como LP, que ofrecían una calidad de audio muy superior y una duración más larga, convirtiendo al disco en una obra de arte tanto por la música como por sus portadas.
La movilidad llegó en la década de 1960 gracias a la compañía Philips, que introdujo el casete compacto. Esta cajita de plástico con una cinta magnética en su interior democratizó la música de una forma nunca antes vista. No solo podías llevar tus canciones en el auto, sino que cualquiera podía grabar sus propias recopilaciones directamente de la radio o de un disco. Para los años 80, el formato digital tocó a la puerta con el disco compacto o CD, desarrollado por Sony y Philips. Los rayones y el siseo de la cinta quedaron atrás gracias a un lector láser que leía unos y ceros grabados en un disco de policarbonato, entregando un sonido limpio y sin ruido de fondo.
Pero la verdadera bomba explotó en los años 90 con el internet y las computadoras caseras. El formato MP3, desarrollado en su mayoría por el Instituto Fraunhofer en Alemania, cambió las reglas de la música para siempre. El MP3 revolucionó todo porque lograba comprimir el tamaño de un archivo de audio hasta en un 90 por ciento, eliminando las frecuencias que el oído humano promedio no alcanza a percibir. Una canción que en un CD ocupaba unos 50 megabytes ahora pesaba solo 4 o 5 megabytes, lo que facilitaba su descarga a través de las conexiones lentas de la época y abrió paso a los reproductores portátiles. Sin embargo, el MP3 tenía un gran problema tras bambalinas: estaba protegido por patentes comerciales muy estrictas, lo que obligaba a los desarrolladores de software a pagar regalías por usarlo.
Como respuesta a esas limitaciones comerciales y en defensa de la libertad digital, la fundación Xiph.Org creó en 1993 el formato Ogg, utilizando el códec de audio Vorbis. A diferencia del MP3, Ogg es un formato de contenedor de código abierto y completamente libre de patentes. Esto significa que cualquier persona, programador o creador de contenido puede usarlo, modificarlo e integrarlo en sus sistemas sin tener que pagarle un solo centavo a una corporación. Además de su filosofía libre, los ingenieros demostraron que a nivel de audio el formato Ogg Vorbis ofrece una calidad de sonido muy superior a la del MP3 a una misma tasa de transferencia de datos, distribuyendo de mejor manera las frecuencias agudas y graves. Hoy en día, aunque el MP3 sigue siendo muy popular por pura inercia histórica, el formato libre Ogg es una de las herramientas más valiosas dentro del software libre y el desarrollo independiente para garantizar que el acceso a la cultura y la tecnología no dependa de los caprichos de una patente.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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#Historia #Música #Tecnología #Fonógrafo #MP3 #OggVorbis #SoftwareLibre #CulturaDigital
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Del cilindro de cera al formato libre Ogg: El viaje de la música grabada
Un repaso por la tecnología que transformó el sonido en memoria colectiva
Hoy nos parece lo más normal del mundo traer miles de canciones en el bolsillo o reproducirlas con un toque en la pantalla, pero la posibilidad de congelar el sonido y revivirlo cuantas veces queramos es un invento relativamente nuevo en la historia humana. Todo comenzó en 1877, cuando Thomas Edison inventó el fonógrafo. Este aparato, que parecía más un experimento de laboratorio que un reproductor musical, utilizaba un cilindro cubierto de papel de aluminio —que luego cambió por cera— y una aguja conectada a un diafragma. Al hablar por la bocina, las vibraciones de la voz hacían que la aguja grabara surcos en el cilindro. Al pasar la aguja otra vez por esos mismos surcos, el milagro ocurría: el sonido regresaba del pasado. Por primera vez, la música dejaba de ser algo efímero que solo existía mientras los músicos tocaban en vivo.
La tecnología no se quedó quieta y pocos años después, en 1887, un inventor alemán llamado Emile Berliner revolucionó el juego con el gramófono. En lugar de usar los estorbosos cilindros de Edison, a Berliner se le ocurrió utilizar discos planos. Esto cambió la industria por completo porque los discos eran muchísimo más fáciles de reproducir en masa y de almacenar. Al principio se fabricaban con un material llamado baquelita o goma laca y giraban a 78 revoluciones por minuto. A mediados del siglo XX, la llegada del vinilo trajo los discos de 33 revoluciones, conocidos como LP, que ofrecían una calidad de audio muy superior y una duración más larga, convirtiendo al disco en una obra de arte tanto por la música como por sus portadas.
La movilidad llegó en la década de 1960 gracias a la compañía Philips, que introdujo el casete compacto. Esta cajita de plástico con una cinta magnética en su interior democratizó la música de una forma nunca antes vista. No solo podías llevar tus canciones en el auto, sino que cualquiera podía grabar sus propias recopilaciones directamente de la radio o de un disco. Para los años 80, el formato digital tocó a la puerta con el disco compacto o CD, desarrollado por Sony y Philips. Los rayones y el siseo de la cinta quedaron atrás gracias a un lector láser que leía unos y ceros grabados en un disco de policarbonato, entregando un sonido limpio y sin ruido de fondo.
Pero la verdadera bomba explotó en los años 90 con el internet y las computadoras caseras. El formato MP3, desarrollado en su mayoría por el Instituto Fraunhofer en Alemania, cambió las reglas de la música para siempre. El MP3 revolucionó todo porque lograba comprimir el tamaño de un archivo de audio hasta en un 90 por ciento, eliminando las frecuencias que el oído humano promedio no alcanza a percibir. Una canción que en un CD ocupaba unos 50 megabytes ahora pesaba solo 4 o 5 megabytes, lo que facilitaba su descarga a través de las conexiones lentas de la época y abrió paso a los reproductores portátiles. Sin embargo, el MP3 tenía un gran problema tras bambalinas: estaba protegido por patentes comerciales muy estrictas, lo que obligaba a los desarrolladores de software a pagar regalías por usarlo.
Como respuesta a esas limitaciones comerciales y en defensa de la libertad digital, la fundación Xiph.Org creó en 1993 el formato Ogg, utilizando el códec de audio Vorbis. A diferencia del MP3, Ogg es un formato de contenedor de código abierto y completamente libre de patentes. Esto significa que cualquier persona, programador o creador de contenido puede usarlo, modificarlo e integrarlo en sus sistemas sin tener que pagarle un solo centavo a una corporación. Además de su filosofía libre, los ingenieros demostraron que a nivel de audio el formato Ogg Vorbis ofrece una calidad de sonido muy superior a la del MP3 a una misma tasa de transferencia de datos, distribuyendo de mejor manera las frecuencias agudas y graves. Hoy en día, aunque el MP3 sigue siendo muy popular por pura inercia histórica, el formato libre Ogg es una de las herramientas más valiosas dentro del software libre y el desarrollo independiente para garantizar que el acceso a la cultura y la tecnología no dependa de los caprichos de una patente.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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Del cilindro de cera al formato libre Ogg: El viaje de la música grabada
Un repaso por la tecnología que transformó el sonido en memoria colectiva
Hoy nos parece lo más normal del mundo traer miles de canciones en el bolsillo o reproducirlas con un toque en la pantalla, pero la posibilidad de congelar el sonido y revivirlo cuantas veces queramos es un invento relativamente nuevo en la historia humana. Todo comenzó en 1877, cuando Thomas Edison inventó el fonógrafo. Este aparato, que parecía más un experimento de laboratorio que un reproductor musical, utilizaba un cilindro cubierto de papel de aluminio —que luego cambió por cera— y una aguja conectada a un diafragma. Al hablar por la bocina, las vibraciones de la voz hacían que la aguja grabara surcos en el cilindro. Al pasar la aguja otra vez por esos mismos surcos, el milagro ocurría: el sonido regresaba del pasado. Por primera vez, la música dejaba de ser algo efímero que solo existía mientras los músicos tocaban en vivo.
La tecnología no se quedó quieta y pocos años después, en 1887, un inventor alemán llamado Emile Berliner revolucionó el juego con el gramófono. En lugar de usar los estorbosos cilindros de Edison, a Berliner se le ocurrió utilizar discos planos. Esto cambió la industria por completo porque los discos eran muchísimo más fáciles de reproducir en masa y de almacenar. Al principio se fabricaban con un material llamado baquelita o goma laca y giraban a 78 revoluciones por minuto. A mediados del siglo XX, la llegada del vinilo trajo los discos de 33 revoluciones, conocidos como LP, que ofrecían una calidad de audio muy superior y una duración más larga, convirtiendo al disco en una obra de arte tanto por la música como por sus portadas.
La movilidad llegó en la década de 1960 gracias a la compañía Philips, que introdujo el casete compacto. Esta cajita de plástico con una cinta magnética en su interior democratizó la música de una forma nunca antes vista. No solo podías llevar tus canciones en el auto, sino que cualquiera podía grabar sus propias recopilaciones directamente de la radio o de un disco. Para los años 80, el formato digital tocó a la puerta con el disco compacto o CD, desarrollado por Sony y Philips. Los rayones y el siseo de la cinta quedaron atrás gracias a un lector láser que leía unos y ceros grabados en un disco de policarbonato, entregando un sonido limpio y sin ruido de fondo.
Pero la verdadera bomba explotó en los años 90 con el internet y las computadoras caseras. El formato MP3, desarrollado en su mayoría por el Instituto Fraunhofer en Alemania, cambió las reglas de la música para siempre. El MP3 revolucionó todo porque lograba comprimir el tamaño de un archivo de audio hasta en un 90 por ciento, eliminando las frecuencias que el oído humano promedio no alcanza a percibir. Una canción que en un CD ocupaba unos 50 megabytes ahora pesaba solo 4 o 5 megabytes, lo que facilitaba su descarga a través de las conexiones lentas de la época y abrió paso a los reproductores portátiles. Sin embargo, el MP3 tenía un gran problema tras bambalinas: estaba protegido por patentes comerciales muy estrictas, lo que obligaba a los desarrolladores de software a pagar regalías por usarlo.
Como respuesta a esas limitaciones comerciales y en defensa de la libertad digital, la fundación Xiph.Org creó en 1993 el formato Ogg, utilizando el códec de audio Vorbis. A diferencia del MP3, Ogg es un formato de contenedor de código abierto y completamente libre de patentes. Esto significa que cualquier persona, programador o creador de contenido puede usarlo, modificarlo e integrarlo en sus sistemas sin tener que pagarle un solo centavo a una corporación. Además de su filosofía libre, los ingenieros demostraron que a nivel de audio el formato Ogg Vorbis ofrece una calidad de sonido muy superior a la del MP3 a una misma tasa de transferencia de datos, distribuyendo de mejor manera las frecuencias agudas y graves. Hoy en día, aunque el MP3 sigue siendo muy popular por pura inercia histórica, el formato libre Ogg es una de las herramientas más valiosas dentro del software libre y el desarrollo independiente para garantizar que el acceso a la cultura y la tecnología no dependa de los caprichos de una patente.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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🧿 𝑳𝒐𝒔 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒕𝒓𝒐𝒏𝒄𝒐𝒔 🧿
En Pingfang, los prisioneros de la Unidad 731 dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo recibían un número de tres cifras y, para quienes trabajaban allí, eran simplemente **maruta**, «troncos».
El término resumía perfectamente la manera en que médicos y militares del Ejército Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados detrás de aquellas paredes.El complejo estaba situado cerca de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, y desde finales de la década de 1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses de investigación y desarrollo de armas biológicas.
Los prisioneros estaban distribuidos por distintas zonas del recinto y algunas instalaciones habían sido diseñadas específicamente para facilitar los experimentos.
Había celdas con pequeñas aberturas que permitían extraer muestras de sangre sin sacar completamente al prisionero.Una de las líneas de investigación que más interesaba al ejército japonés tenía que ver con un problema muy concreto de los inviernos de Manchuria: la congelación.
El médico **Hisato Yoshimura** fue uno de los principales responsables de estos estudios.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos y, en algunos experimentos, introducían sus manos o pies en agua para después mantenerlos a temperaturas bajo cero hasta que los tejidos se congelaban.
Para determinar si habían llegado al grado de congelación que buscaban, los investigadores golpeaban la extremidad con una pequeña vara.
Cuando producía un sonido parecido al de una tabla de madera, consideraban que estaba completamente congelada.Después comenzaba la segunda parte del experimento: intentaban recalentar el tejido y observaban qué sucedía.
Variaban la temperatura del agua y el tiempo de exposición y también estudiaban otros factores, como si el prisionero había comido, pasado hambre, dormido o realizado ejercicio antes de ser sometido al frío.
No eran tratamientos destinados a salvar una extremidad.
Los prisioneros eran las variables de un experimento.Y la congelación fue solamente una parte del programa.
Otros fueron infectados deliberadamente con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su evolución.
También se realizaron vivisecciones para observar directamente los daños producidos en los órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alterasen los resultados.
Los seres humanos fueron utilizados además para probar armas y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos.Miles de personas pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731 y el número exacto de víctimas sigue siendo imposible de establecer con precisión, entre otras cosas porque una parte importante de los registros fue destruida al final de la guerra.
Cuando la Unión Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación para borrar las pruebas.
Las instalaciones fueron destruidas con explosivos, se quemaron documentos y los prisioneros que todavía permanecían en el complejo fueron asesinados.
El personal recibió órdenes de regresar a Japón y guardar silencio. **Shirō Ishii**, que había dirigido la Unidad 731, consiguió escapar.Y entonces ocurrió una de las partes más incómodas de toda esta historia.
Después de la guerra, Estados Unidos comenzó a interrogar a los científicos y médicos relacionados con el programa.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados obtenidos durante aquellos años de investigación sobre guerra biológica.
Los documentos desclasificados muestran que en 1947 los funcionarios estadounidenses discutieron abiertamente el valor de aquella información y hasta qué punto podía obtenerse de otra manera, teniendo en cuenta las restricciones éticas existentes sobre la experimentación con seres humanos.La conclusión fue bastante reveladora: los datos obtenidos por los japoneses tenían interés militar precisamente porque habían sido obtenidos mediante experimentos que no podían realizarse legalmente en laboratorios estadounidenses.
Ishii y varios de sus colaboradores recibieron finalmente protección frente a un proceso por crímenes de guerra a cambio de cooperar y proporcionar información sobre el programa. **Ishii nunca fue juzgado**.
Murió en Japón en 1959.La Unión Soviética tomó un camino diferente.
Doce integrantes y responsables relacionados con el programa japonés de guerra biológica que habían caído en manos soviéticas fueron juzgados en **Jabárovsk en 1949**.
Aquellos procesos expusieron públicamente parte de las actividades desarrolladas en la Unidad 731 y en otras instalaciones japonesas de guerra biológica.Durante años, buena parte de aquella historia quedó enterrada junto con las instalaciones de Pingfang.
Pero los documentos que sobrevivieron, los testimonios de los supervivientes y los archivos de los juicios permitieron reconstruir poco a poco lo ocurrido.En Pingfang habían convertido personas en números porque resultaba más sencillo experimentar con el «408» que recordar que detrás de aquella cifra había un ser humano.
Después intentaron destruir los nombres, los cuerpos, los edificios y las pruebas.
Pero hubo algo que sí quisieron conservar.
**Los datos que habían obtenido de ellos.**
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
𝘔𝘦𝘯 𝘉𝘦𝘩𝘪𝘯𝘥 𝘵𝘩𝘦 𝘚𝘶𝘯 (1988), 𝘥𝘪𝘳𝘪𝘨𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘛𝘶𝘯 𝘍𝘦𝘪 𝘔𝘰𝘶.
𝘌𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘩𝘰𝘯𝘨𝘬𝘰𝘯𝘦𝘴𝘢 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 731 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘗𝘪𝘯𝘨𝘧𝘢𝘯𝘨.
𝘌𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝘪𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘮𝘰𝘴𝘢 —𝘺 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢— 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪́𝘤𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘴.
𝘕𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳.https://www.youtube.com/watch?v=_pujsne8EvQ
#historia #unidad731 #japón #manchuria #segundaguerramundial #historiabelica #crímenesdeguerra #guerrabiológica #harbin #ecosdelpasado
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🧿 𝑳𝒐𝒔 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒕𝒓𝒐𝒏𝒄𝒐𝒔 🧿
En Pingfang, los prisioneros de la Unidad 731 dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo recibían un número de tres cifras y, para quienes trabajaban allí, eran simplemente **maruta**, «troncos».
El término resumía perfectamente la manera en que médicos y militares del Ejército Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados detrás de aquellas paredes.El complejo estaba situado cerca de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, y desde finales de la década de 1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses de investigación y desarrollo de armas biológicas.
Los prisioneros estaban distribuidos por distintas zonas del recinto y algunas instalaciones habían sido diseñadas específicamente para facilitar los experimentos.
Había celdas con pequeñas aberturas que permitían extraer muestras de sangre sin sacar completamente al prisionero.Una de las líneas de investigación que más interesaba al ejército japonés tenía que ver con un problema muy concreto de los inviernos de Manchuria: la congelación.
El médico **Hisato Yoshimura** fue uno de los principales responsables de estos estudios.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos y, en algunos experimentos, introducían sus manos o pies en agua para después mantenerlos a temperaturas bajo cero hasta que los tejidos se congelaban.
Para determinar si habían llegado al grado de congelación que buscaban, los investigadores golpeaban la extremidad con una pequeña vara.
Cuando producía un sonido parecido al de una tabla de madera, consideraban que estaba completamente congelada.Después comenzaba la segunda parte del experimento: intentaban recalentar el tejido y observaban qué sucedía.
Variaban la temperatura del agua y el tiempo de exposición y también estudiaban otros factores, como si el prisionero había comido, pasado hambre, dormido o realizado ejercicio antes de ser sometido al frío.
No eran tratamientos destinados a salvar una extremidad.
Los prisioneros eran las variables de un experimento.Y la congelación fue solamente una parte del programa.
Otros fueron infectados deliberadamente con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su evolución.
También se realizaron vivisecciones para observar directamente los daños producidos en los órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alterasen los resultados.
Los seres humanos fueron utilizados además para probar armas y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos.Miles de personas pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731 y el número exacto de víctimas sigue siendo imposible de establecer con precisión, entre otras cosas porque una parte importante de los registros fue destruida al final de la guerra.
Cuando la Unión Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación para borrar las pruebas.
Las instalaciones fueron destruidas con explosivos, se quemaron documentos y los prisioneros que todavía permanecían en el complejo fueron asesinados.
El personal recibió órdenes de regresar a Japón y guardar silencio. **Shirō Ishii**, que había dirigido la Unidad 731, consiguió escapar.Y entonces ocurrió una de las partes más incómodas de toda esta historia.
Después de la guerra, Estados Unidos comenzó a interrogar a los científicos y médicos relacionados con el programa.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados obtenidos durante aquellos años de investigación sobre guerra biológica.
Los documentos desclasificados muestran que en 1947 los funcionarios estadounidenses discutieron abiertamente el valor de aquella información y hasta qué punto podía obtenerse de otra manera, teniendo en cuenta las restricciones éticas existentes sobre la experimentación con seres humanos.La conclusión fue bastante reveladora: los datos obtenidos por los japoneses tenían interés militar precisamente porque habían sido obtenidos mediante experimentos que no podían realizarse legalmente en laboratorios estadounidenses.
Ishii y varios de sus colaboradores recibieron finalmente protección frente a un proceso por crímenes de guerra a cambio de cooperar y proporcionar información sobre el programa. **Ishii nunca fue juzgado**.
Murió en Japón en 1959.La Unión Soviética tomó un camino diferente.
Doce integrantes y responsables relacionados con el programa japonés de guerra biológica que habían caído en manos soviéticas fueron juzgados en **Jabárovsk en 1949**.
Aquellos procesos expusieron públicamente parte de las actividades desarrolladas en la Unidad 731 y en otras instalaciones japonesas de guerra biológica.Durante años, buena parte de aquella historia quedó enterrada junto con las instalaciones de Pingfang.
Pero los documentos que sobrevivieron, los testimonios de los supervivientes y los archivos de los juicios permitieron reconstruir poco a poco lo ocurrido.En Pingfang habían convertido personas en números porque resultaba más sencillo experimentar con el «408» que recordar que detrás de aquella cifra había un ser humano.
Después intentaron destruir los nombres, los cuerpos, los edificios y las pruebas.
Pero hubo algo que sí quisieron conservar.
**Los datos que habían obtenido de ellos.**
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𝘔𝘦𝘯 𝘉𝘦𝘩𝘪𝘯𝘥 𝘵𝘩𝘦 𝘚𝘶𝘯 (1988), 𝘥𝘪𝘳𝘪𝘨𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘛𝘶𝘯 𝘍𝘦𝘪 𝘔𝘰𝘶.
𝘌𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘩𝘰𝘯𝘨𝘬𝘰𝘯𝘦𝘴𝘢 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 731 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘗𝘪𝘯𝘨𝘧𝘢𝘯𝘨.
𝘌𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝘪𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘮𝘰𝘴𝘢 —𝘺 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢— 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪́𝘤𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘴.
𝘕𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳.https://www.youtube.com/watch?v=_pujsne8EvQ
#historia #unidad731 #japón #manchuria #segundaguerramundial #historiabelica #crímenesdeguerra #guerrabiológica #harbin #ecosdelpasado
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🧿 𝑳𝒐𝒔 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒕𝒓𝒐𝒏𝒄𝒐𝒔 🧿
En Pingfang, los prisioneros de la Unidad 731 dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo recibían un número de tres cifras y, para quienes trabajaban allí, eran simplemente **maruta**, «troncos».
El término resumía perfectamente la manera en que médicos y militares del Ejército Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados detrás de aquellas paredes.El complejo estaba situado cerca de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, y desde finales de la década de 1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses de investigación y desarrollo de armas biológicas.
Los prisioneros estaban distribuidos por distintas zonas del recinto y algunas instalaciones habían sido diseñadas específicamente para facilitar los experimentos.
Había celdas con pequeñas aberturas que permitían extraer muestras de sangre sin sacar completamente al prisionero.Una de las líneas de investigación que más interesaba al ejército japonés tenía que ver con un problema muy concreto de los inviernos de Manchuria: la congelación.
El médico **Hisato Yoshimura** fue uno de los principales responsables de estos estudios.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos y, en algunos experimentos, introducían sus manos o pies en agua para después mantenerlos a temperaturas bajo cero hasta que los tejidos se congelaban.
Para determinar si habían llegado al grado de congelación que buscaban, los investigadores golpeaban la extremidad con una pequeña vara.
Cuando producía un sonido parecido al de una tabla de madera, consideraban que estaba completamente congelada.Después comenzaba la segunda parte del experimento: intentaban recalentar el tejido y observaban qué sucedía.
Variaban la temperatura del agua y el tiempo de exposición y también estudiaban otros factores, como si el prisionero había comido, pasado hambre, dormido o realizado ejercicio antes de ser sometido al frío.
No eran tratamientos destinados a salvar una extremidad.
Los prisioneros eran las variables de un experimento.Y la congelación fue solamente una parte del programa.
Otros fueron infectados deliberadamente con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su evolución.
También se realizaron vivisecciones para observar directamente los daños producidos en los órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alterasen los resultados.
Los seres humanos fueron utilizados además para probar armas y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos.Miles de personas pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731 y el número exacto de víctimas sigue siendo imposible de establecer con precisión, entre otras cosas porque una parte importante de los registros fue destruida al final de la guerra.
Cuando la Unión Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación para borrar las pruebas.
Las instalaciones fueron destruidas con explosivos, se quemaron documentos y los prisioneros que todavía permanecían en el complejo fueron asesinados.
El personal recibió órdenes de regresar a Japón y guardar silencio. **Shirō Ishii**, que había dirigido la Unidad 731, consiguió escapar.Y entonces ocurrió una de las partes más incómodas de toda esta historia.
Después de la guerra, Estados Unidos comenzó a interrogar a los científicos y médicos relacionados con el programa.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados obtenidos durante aquellos años de investigación sobre guerra biológica.
Los documentos desclasificados muestran que en 1947 los funcionarios estadounidenses discutieron abiertamente el valor de aquella información y hasta qué punto podía obtenerse de otra manera, teniendo en cuenta las restricciones éticas existentes sobre la experimentación con seres humanos.La conclusión fue bastante reveladora: los datos obtenidos por los japoneses tenían interés militar precisamente porque habían sido obtenidos mediante experimentos que no podían realizarse legalmente en laboratorios estadounidenses.
Ishii y varios de sus colaboradores recibieron finalmente protección frente a un proceso por crímenes de guerra a cambio de cooperar y proporcionar información sobre el programa. **Ishii nunca fue juzgado**.
Murió en Japón en 1959.La Unión Soviética tomó un camino diferente.
Doce integrantes y responsables relacionados con el programa japonés de guerra biológica que habían caído en manos soviéticas fueron juzgados en **Jabárovsk en 1949**.
Aquellos procesos expusieron públicamente parte de las actividades desarrolladas en la Unidad 731 y en otras instalaciones japonesas de guerra biológica.Durante años, buena parte de aquella historia quedó enterrada junto con las instalaciones de Pingfang.
Pero los documentos que sobrevivieron, los testimonios de los supervivientes y los archivos de los juicios permitieron reconstruir poco a poco lo ocurrido.En Pingfang habían convertido personas en números porque resultaba más sencillo experimentar con el «408» que recordar que detrás de aquella cifra había un ser humano.
Después intentaron destruir los nombres, los cuerpos, los edificios y las pruebas.
Pero hubo algo que sí quisieron conservar.
**Los datos que habían obtenido de ellos.**
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
𝘔𝘦𝘯 𝘉𝘦𝘩𝘪𝘯𝘥 𝘵𝘩𝘦 𝘚𝘶𝘯 (1988), 𝘥𝘪𝘳𝘪𝘨𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘛𝘶𝘯 𝘍𝘦𝘪 𝘔𝘰𝘶.
𝘌𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘩𝘰𝘯𝘨𝘬𝘰𝘯𝘦𝘴𝘢 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 731 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘗𝘪𝘯𝘨𝘧𝘢𝘯𝘨.
𝘌𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝘪𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘮𝘰𝘴𝘢 —𝘺 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢— 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪́𝘤𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘴.
𝘕𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳.https://www.youtube.com/watch?v=_pujsne8EvQ
#historia #unidad731 #japón #manchuria #segundaguerramundial #historiabelica #crímenesdeguerra #guerrabiológica #harbin #ecosdelpasado
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🧿 𝑳𝒐𝒔 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒕𝒓𝒐𝒏𝒄𝒐𝒔 🧿
En Pingfang, los prisioneros de la Unidad 731 dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo recibían un número de tres cifras y, para quienes trabajaban allí, eran simplemente **maruta**, «troncos».
El término resumía perfectamente la manera en que médicos y militares del Ejército Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados detrás de aquellas paredes.El complejo estaba situado cerca de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, y desde finales de la década de 1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses de investigación y desarrollo de armas biológicas.
Los prisioneros estaban distribuidos por distintas zonas del recinto y algunas instalaciones habían sido diseñadas específicamente para facilitar los experimentos.
Había celdas con pequeñas aberturas que permitían extraer muestras de sangre sin sacar completamente al prisionero.Una de las líneas de investigación que más interesaba al ejército japonés tenía que ver con un problema muy concreto de los inviernos de Manchuria: la congelación.
El médico **Hisato Yoshimura** fue uno de los principales responsables de estos estudios.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos y, en algunos experimentos, introducían sus manos o pies en agua para después mantenerlos a temperaturas bajo cero hasta que los tejidos se congelaban.
Para determinar si habían llegado al grado de congelación que buscaban, los investigadores golpeaban la extremidad con una pequeña vara.
Cuando producía un sonido parecido al de una tabla de madera, consideraban que estaba completamente congelada.Después comenzaba la segunda parte del experimento: intentaban recalentar el tejido y observaban qué sucedía.
Variaban la temperatura del agua y el tiempo de exposición y también estudiaban otros factores, como si el prisionero había comido, pasado hambre, dormido o realizado ejercicio antes de ser sometido al frío.
No eran tratamientos destinados a salvar una extremidad.
Los prisioneros eran las variables de un experimento.Y la congelación fue solamente una parte del programa.
Otros fueron infectados deliberadamente con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su evolución.
También se realizaron vivisecciones para observar directamente los daños producidos en los órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alterasen los resultados.
Los seres humanos fueron utilizados además para probar armas y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos.Miles de personas pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731 y el número exacto de víctimas sigue siendo imposible de establecer con precisión, entre otras cosas porque una parte importante de los registros fue destruida al final de la guerra.
Cuando la Unión Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación para borrar las pruebas.
Las instalaciones fueron destruidas con explosivos, se quemaron documentos y los prisioneros que todavía permanecían en el complejo fueron asesinados.
El personal recibió órdenes de regresar a Japón y guardar silencio. **Shirō Ishii**, que había dirigido la Unidad 731, consiguió escapar.Y entonces ocurrió una de las partes más incómodas de toda esta historia.
Después de la guerra, Estados Unidos comenzó a interrogar a los científicos y médicos relacionados con el programa.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados obtenidos durante aquellos años de investigación sobre guerra biológica.
Los documentos desclasificados muestran que en 1947 los funcionarios estadounidenses discutieron abiertamente el valor de aquella información y hasta qué punto podía obtenerse de otra manera, teniendo en cuenta las restricciones éticas existentes sobre la experimentación con seres humanos.La conclusión fue bastante reveladora: los datos obtenidos por los japoneses tenían interés militar precisamente porque habían sido obtenidos mediante experimentos que no podían realizarse legalmente en laboratorios estadounidenses.
Ishii y varios de sus colaboradores recibieron finalmente protección frente a un proceso por crímenes de guerra a cambio de cooperar y proporcionar información sobre el programa. **Ishii nunca fue juzgado**.
Murió en Japón en 1959.La Unión Soviética tomó un camino diferente.
Doce integrantes y responsables relacionados con el programa japonés de guerra biológica que habían caído en manos soviéticas fueron juzgados en **Jabárovsk en 1949**.
Aquellos procesos expusieron públicamente parte de las actividades desarrolladas en la Unidad 731 y en otras instalaciones japonesas de guerra biológica.Durante años, buena parte de aquella historia quedó enterrada junto con las instalaciones de Pingfang.
Pero los documentos que sobrevivieron, los testimonios de los supervivientes y los archivos de los juicios permitieron reconstruir poco a poco lo ocurrido.En Pingfang habían convertido personas en números porque resultaba más sencillo experimentar con el «408» que recordar que detrás de aquella cifra había un ser humano.
Después intentaron destruir los nombres, los cuerpos, los edificios y las pruebas.
Pero hubo algo que sí quisieron conservar.
**Los datos que habían obtenido de ellos.**
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𝘔𝘦𝘯 𝘉𝘦𝘩𝘪𝘯𝘥 𝘵𝘩𝘦 𝘚𝘶𝘯 (1988), 𝘥𝘪𝘳𝘪𝘨𝘪𝘥𝘢 𝘱𝘰𝘳 𝘛𝘶𝘯 𝘍𝘦𝘪 𝘔𝘰𝘶.
𝘌𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘩𝘰𝘯𝘨𝘬𝘰𝘯𝘦𝘴𝘢 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 731 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘗𝘪𝘯𝘨𝘧𝘢𝘯𝘨.
𝘌𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝘪𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘮𝘰𝘴𝘢 —𝘺 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢— 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪́𝘤𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘴.
𝘕𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳.https://www.youtube.com/watch?v=_pujsne8EvQ
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🧿 𝑳𝒐𝒔 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒇𝒖𝒆𝒓𝒐𝒏 𝒍𝒍𝒂𝒎𝒂𝒅𝒐𝒔 𝒕𝒓𝒐𝒏𝒄𝒐𝒔 🧿
En Pingfang, los prisioneros de la Unidad 731 dejaban de tener nombre.
Al entrar en el complejo recibían un número de tres cifras y, para quienes trabajaban allí, eran simplemente **maruta**, «troncos».
El término resumía perfectamente la manera en que médicos y militares del Ejército Imperial Japonés habían decidido mirar a los seres humanos encerrados detrás de aquellas paredes.El complejo estaba situado cerca de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, y desde finales de la década de 1930 se convirtió en uno de los principales centros japoneses de investigación y desarrollo de armas biológicas.
Los prisioneros estaban distribuidos por distintas zonas del recinto y algunas instalaciones habían sido diseñadas específicamente para facilitar los experimentos.
Había celdas con pequeñas aberturas que permitían extraer muestras de sangre sin sacar completamente al prisionero.Una de las líneas de investigación que más interesaba al ejército japonés tenía que ver con un problema muy concreto de los inviernos de Manchuria: la congelación.
El médico **Hisato Yoshimura** fue uno de los principales responsables de estos estudios.
Los prisioneros eran expuestos al frío durante largos periodos y, en algunos experimentos, introducían sus manos o pies en agua para después mantenerlos a temperaturas bajo cero hasta que los tejidos se congelaban.
Para determinar si habían llegado al grado de congelación que buscaban, los investigadores golpeaban la extremidad con una pequeña vara.
Cuando producía un sonido parecido al de una tabla de madera, consideraban que estaba completamente congelada.Después comenzaba la segunda parte del experimento: intentaban recalentar el tejido y observaban qué sucedía.
Variaban la temperatura del agua y el tiempo de exposición y también estudiaban otros factores, como si el prisionero había comido, pasado hambre, dormido o realizado ejercicio antes de ser sometido al frío.
No eran tratamientos destinados a salvar una extremidad.
Los prisioneros eran las variables de un experimento.Y la congelación fue solamente una parte del programa.
Otros fueron infectados deliberadamente con peste, cólera, ántrax y otras enfermedades para estudiar su evolución.
También se realizaron vivisecciones para observar directamente los daños producidos en los órganos antes de que la enfermedad y la descomposición alterasen los resultados.
Los seres humanos fueron utilizados además para probar armas y sistemas destinados a dispersar agentes biológicos.Miles de personas pasaron por el sistema experimental de la Unidad 731 y el número exacto de víctimas sigue siendo imposible de establecer con precisión, entre otras cosas porque una parte importante de los registros fue destruida al final de la guerra.
Cuando la Unión Soviética entró en Manchuria en agosto de 1945, comenzó la operación para borrar las pruebas.
Las instalaciones fueron destruidas con explosivos, se quemaron documentos y los prisioneros que todavía permanecían en el complejo fueron asesinados.
El personal recibió órdenes de regresar a Japón y guardar silencio. **Shirō Ishii**, que había dirigido la Unidad 731, consiguió escapar.Y entonces ocurrió una de las partes más incómodas de toda esta historia.
Después de la guerra, Estados Unidos comenzó a interrogar a los científicos y médicos relacionados con el programa.
Lo que interesaba especialmente eran los resultados obtenidos durante aquellos años de investigación sobre guerra biológica.
Los documentos desclasificados muestran que en 1947 los funcionarios estadounidenses discutieron abiertamente el valor de aquella información y hasta qué punto podía obtenerse de otra manera, teniendo en cuenta las restricciones éticas existentes sobre la experimentación con seres humanos.La conclusión fue bastante reveladora: los datos obtenidos por los japoneses tenían interés militar precisamente porque habían sido obtenidos mediante experimentos que no podían realizarse legalmente en laboratorios estadounidenses.
Ishii y varios de sus colaboradores recibieron finalmente protección frente a un proceso por crímenes de guerra a cambio de cooperar y proporcionar información sobre el programa. **Ishii nunca fue juzgado**.
Murió en Japón en 1959.La Unión Soviética tomó un camino diferente.
Doce integrantes y responsables relacionados con el programa japonés de guerra biológica que habían caído en manos soviéticas fueron juzgados en **Jabárovsk en 1949**.
Aquellos procesos expusieron públicamente parte de las actividades desarrolladas en la Unidad 731 y en otras instalaciones japonesas de guerra biológica.Durante años, buena parte de aquella historia quedó enterrada junto con las instalaciones de Pingfang.
Pero los documentos que sobrevivieron, los testimonios de los supervivientes y los archivos de los juicios permitieron reconstruir poco a poco lo ocurrido.En Pingfang habían convertido personas en números porque resultaba más sencillo experimentar con el «408» que recordar que detrás de aquella cifra había un ser humano.
Después intentaron destruir los nombres, los cuerpos, los edificios y las pruebas.
Pero hubo algo que sí quisieron conservar.
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𝘌𝘴 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘩𝘰𝘯𝘨𝘬𝘰𝘯𝘦𝘴𝘢 𝘴𝘰𝘣𝘳𝘦 𝘭𝘢 𝘜𝘯𝘪𝘥𝘢𝘥 731 𝘺 𝘳𝘦𝘤𝘳𝘦𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘦𝘹𝘱𝘦𝘳𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘢𝘭𝘪𝘻𝘢𝘥𝘰𝘴 𝘦𝘯 𝘗𝘪𝘯𝘨𝘧𝘢𝘯𝘨.
𝘌𝘴 𝘦𝘴𝘱𝘦𝘤𝘪𝘢𝘭𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘧𝘢𝘮𝘰𝘴𝘢 —𝘺 𝘱𝘰𝘭𝘦́𝘮𝘪𝘤𝘢— 𝘱𝘰𝘳 𝘭𝘰 𝘦𝘹𝘱𝘭𝘪́𝘤𝘪𝘵𝘢𝘴 𝘲𝘶𝘦 𝘴𝘰𝘯 𝘢𝘭𝘨𝘶𝘯𝘢𝘴 𝘦𝘴𝘤𝘦𝘯𝘢𝘴.
𝘕𝘰 𝘦𝘴 𝘱𝘳𝘦𝘤𝘪𝘴𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘶𝘯𝘢 𝘱𝘦𝘭𝘪́𝘤𝘶𝘭𝘢 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘷𝘦𝘳𝘭𝘢 𝘵𝘳𝘢𝘯𝘲𝘶𝘪𝘭𝘢𝘮𝘦𝘯𝘵𝘦 𝘥𝘦𝘴𝘱𝘶𝘦́𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘦𝘯𝘢𝘳.https://www.youtube.com/watch?v=_pujsne8EvQ
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