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🧿 𝑳𝒂 𝒃𝒂𝒏𝒅𝒆𝒓𝒂 𝒑𝒊𝒓𝒂𝒕𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝑯𝑴𝑺 𝑪𝒐𝒏𝒒𝒖𝒆𝒓𝒐𝒓 🧿
Cuando el submarino británico HMS Conqueror apareció frente a la base naval de Faslane (Escocia) el 3 de julio de 1982, quienes lo esperaban en el muelle vieron algo que llamó inmediatamente la atención.
En lo alto de la torre ondeaba una bandera negra con una calavera y dos tibias cruzadas.
A simple vista parecía que un barco pirata regresaba a puerto.
Pero no era ninguna provocación improvisada.
Aquella bandera, conocida como Jolly Roger, formaba parte de una antigua tradición del servicio submarino de la Marina Real británica.Sin embargo, aquella vez tenía un peso muy distinto.
Detrás de esa calavera había una operación militar que había cambiado el rumbo de la Guerra de las Malvinas y que dejó una herida que, más de cuarenta años después, sigue abierta.
Todo empezó con un insulto
La historia de esta curiosa tradición se remonta a principios del siglo XX.
En aquella época los submarinos eran una tecnología nueva y muchos oficiales de la Marina Real no los veían con buenos ojos.
Uno de sus mayores críticos fue el almirante Arthur Wilson, héroe de la Marina británica y Primer Lord del Mar.
Consideraba que atacar desde las profundidades era una forma deshonrosa de combatir y llegó a afirmar que los submarinistas actuaban como auténticos piratas.
Incluso sostuvo que, si eran capturados durante una guerra, debían ser tratados como tales.Sus palabras no sentaron nada bien entre quienes servían bajo el agua.
En septiembre de 1914, apenas comenzada la Primera Guerra Mundial, el comandante Max Horton, al mando del submarino HMS E9, hundió el crucero alemán SMS Hela.
Cuando regresó a puerto decidió responder al viejo comentario del almirante de una manera tan ingeniosa como desafiante.
Entró en la base con una Jolly Roger, la clásica bandera pirata, ondeando sobre el submarino.
El mensaje era claro.
"Si nos consideran piratas... volveremos como piratas."
Lo que comenzó como una burla acabó convirtiéndose en una tradición.
Con los años, los submarinos británicos empezaron a izar la Jolly Roger cada vez que regresaban de una misión de combate especialmente importante.
Pero no todas las banderas eran iguales.
Cada tripulación personalizaba la suya añadiendo pequeños símbolos bordados que contaban la historia de sus operaciones.
Los torpedos representaban ataques realizados con éxito.
Las siluetas de barcos indicaban buques hundidos.
Las dagas simbolizaban operaciones secretas.
Las estrellas recordaban infiltraciones de comandos.
Incluso podían aparecer minas, rescates o misiones de inteligencia.
Cada bandera era, en realidad, un pequeño diario de guerra cosido sobre tela negra.
En 1982, Argentina y el Reino Unido entraron en guerra por la soberanía de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.
El conflicto comenzó el 2 de abril, cuando fuerzas argentinas desembarcaron en las islas.
El gobierno británico respondió enviando una poderosa fuerza naval al Atlántico Sur para recuperarlas.
Entre los buques enviados estaba el submarino nuclear HMS Conqueror, comandado por Christopher Wreford-Brown.
Su misión consistía en localizar y vigilar a la flota argentina.
El 2 de mayo de 1982, el Conqueror detectó al crucero argentino ARA General Belgrano, un veterano buque de origen estadounidense que había combatido durante la Segunda Guerra Mundial con el nombre de USS Phoenix.
De hecho, era uno de los pocos grandes barcos supervivientes al ataque japonés contra Pearl Harbor en 1941.Aquel día navegaba acompañado por dos destructores de escolta al suroeste de las islas Malvinas.
Tras informar de su posición, el comandante británico recibió autorización desde Londres para atacar.
El Conqueror lanzó tres torpedos Mark 8, un modelo que, aunque antiguo, seguía siendo extremadamente fiable y devastador.
Dos de ellos impactaron contra el crucero.
Las explosiones arrancaron parte del casco, inutilizaron el sistema eléctrico y dejaron al barco sin posibilidad de defenderse.
Poco a poco comenzó a escorarse.
El comandante argentino Héctor Bonzo comprendió que no había forma de salvar el buque y dio la orden de abandonarlo.
Las balsas salvavidas fueron lanzadas al mar mientras cientos de hombres luchaban contra el frío, el viento y un océano especialmente violento.
El ARA General Belgrano terminó hundiéndose en las heladas aguas del Atlántico Sur.
Murieron 323 tripulantes.
Aquella cifra representó casi la mitad de todas las bajas argentinas de la Guerra de las Malvinas, convirtiéndose en la mayor tragedia naval de la historia de Argentina.
Los supervivientes permanecieron durante horas, e incluso más de un día en algunos casos, esperando el rescate entre olas enormes y temperaturas cercanas al punto de congelación.
Muchos fallecieron por hipotermia antes de que pudieran ser localizados.El hundimiento provocó una enorme controversia que continúa viva más de cuatro décadas después.
El motivo era sencillo.
Cuando fue atacado, el General Belgrano navegaba fuera de la Zona de Exclusión Total de 200 millas establecida por el Reino Unido alrededor de las Malvinas.
Para muchos críticos, aquello significaba que el crucero no debía haber sido atacado.
Sin embargo, el Gobierno británico sostuvo que la zona de exclusión no limitaba el derecho a atacar unidades militares argentinas que representaran una amenaza.
Según Londres, el Belgrano seguía formando parte de una operación naval coordinada y podía recibir órdenes de cambiar de rumbo en cualquier momento.Con los años, incluso el propio comandante del General Belgrano, Héctor Bonzo, declaró en varias entrevistas que, desde un punto de vista estrictamente militar, el ataque debía entenderse dentro de un conflicto armado y que el crucero era un objetivo legítimo.
Aun así, el debate político y moral continúa abierto.Dos meses después, el 3 de julio de 1982, el HMS Conqueror regresó finalmente a Faslane, en Escocia.
Y lo hizo con la famosa Jolly Roger ondeando sobre la torre.
No era una celebración del número de víctimas.
Para la tripulación simbolizaba que habían cumplido una misión de combate con éxito y mantenían viva una tradición iniciada por Max Horton casi setenta años antes.
Su bandera, además, llevaba bordados varios símbolos que representaban las operaciones realizadas durante la campaña de las Malvinas.
La imagen del HMS Conqueror entrando en puerto con la bandera pirata es una de las fotografías más conocidas de la Guerra de las Malvinas.
Pero su significado cambia según quién la contemple.
Para muchos británicos representa el regreso de un submarino que cumplió la misión encomendada durante una guerra.
Para muchísimos argentinos simboliza el recuerdo de 323 marinos que nunca volvieron a casa y una de las páginas más dolorosas de su historia naval.
Quizá por eso sigue siendo una fotografía tan poderosa.
No muestra solo un submarino entrando en puerto.
También refleja cómo un mismo hecho histórico puede convertirse en dos memorias completamente distintas, dependiendo del lado desde el que se mire.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=suvXGFXmZgg
#guerradelasmalvinas #malvinas #hmsconqueror #arabelgrano #generalbelgrano #historianaval #submarinos #reinounido #argentina #jollyroger #historia #ecosdelpasado
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Cuando el submarino británico HMS Conqueror apareció frente a la base naval de Faslane (Escocia) el 3 de julio de 1982, quienes lo esperaban en el muelle vieron algo que llamó inmediatamente la atención.
En lo alto de la torre ondeaba una bandera negra con una calavera y dos tibias cruzadas.
A simple vista parecía que un barco pirata regresaba a puerto.
Pero no era ninguna provocación improvisada.
Aquella bandera, conocida como Jolly Roger, formaba parte de una antigua tradición del servicio submarino de la Marina Real británica.Sin embargo, aquella vez tenía un peso muy distinto.
Detrás de esa calavera había una operación militar que había cambiado el rumbo de la Guerra de las Malvinas y que dejó una herida que, más de cuarenta años después, sigue abierta.
Todo empezó con un insulto
La historia de esta curiosa tradición se remonta a principios del siglo XX.
En aquella época los submarinos eran una tecnología nueva y muchos oficiales de la Marina Real no los veían con buenos ojos.
Uno de sus mayores críticos fue el almirante Arthur Wilson, héroe de la Marina británica y Primer Lord del Mar.
Consideraba que atacar desde las profundidades era una forma deshonrosa de combatir y llegó a afirmar que los submarinistas actuaban como auténticos piratas.
Incluso sostuvo que, si eran capturados durante una guerra, debían ser tratados como tales.Sus palabras no sentaron nada bien entre quienes servían bajo el agua.
En septiembre de 1914, apenas comenzada la Primera Guerra Mundial, el comandante Max Horton, al mando del submarino HMS E9, hundió el crucero alemán SMS Hela.
Cuando regresó a puerto decidió responder al viejo comentario del almirante de una manera tan ingeniosa como desafiante.
Entró en la base con una Jolly Roger, la clásica bandera pirata, ondeando sobre el submarino.
El mensaje era claro.
"Si nos consideran piratas... volveremos como piratas."
Lo que comenzó como una burla acabó convirtiéndose en una tradición.
Con los años, los submarinos británicos empezaron a izar la Jolly Roger cada vez que regresaban de una misión de combate especialmente importante.
Pero no todas las banderas eran iguales.
Cada tripulación personalizaba la suya añadiendo pequeños símbolos bordados que contaban la historia de sus operaciones.
Los torpedos representaban ataques realizados con éxito.
Las siluetas de barcos indicaban buques hundidos.
Las dagas simbolizaban operaciones secretas.
Las estrellas recordaban infiltraciones de comandos.
Incluso podían aparecer minas, rescates o misiones de inteligencia.
Cada bandera era, en realidad, un pequeño diario de guerra cosido sobre tela negra.
En 1982, Argentina y el Reino Unido entraron en guerra por la soberanía de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur.
El conflicto comenzó el 2 de abril, cuando fuerzas argentinas desembarcaron en las islas.
El gobierno británico respondió enviando una poderosa fuerza naval al Atlántico Sur para recuperarlas.
Entre los buques enviados estaba el submarino nuclear HMS Conqueror, comandado por Christopher Wreford-Brown.
Su misión consistía en localizar y vigilar a la flota argentina.
El 2 de mayo de 1982, el Conqueror detectó al crucero argentino ARA General Belgrano, un veterano buque de origen estadounidense que había combatido durante la Segunda Guerra Mundial con el nombre de USS Phoenix.
De hecho, era uno de los pocos grandes barcos supervivientes al ataque japonés contra Pearl Harbor en 1941.Aquel día navegaba acompañado por dos destructores de escolta al suroeste de las islas Malvinas.
Tras informar de su posición, el comandante británico recibió autorización desde Londres para atacar.
El Conqueror lanzó tres torpedos Mark 8, un modelo que, aunque antiguo, seguía siendo extremadamente fiable y devastador.
Dos de ellos impactaron contra el crucero.
Las explosiones arrancaron parte del casco, inutilizaron el sistema eléctrico y dejaron al barco sin posibilidad de defenderse.
Poco a poco comenzó a escorarse.
El comandante argentino Héctor Bonzo comprendió que no había forma de salvar el buque y dio la orden de abandonarlo.
Las balsas salvavidas fueron lanzadas al mar mientras cientos de hombres luchaban contra el frío, el viento y un océano especialmente violento.
El ARA General Belgrano terminó hundiéndose en las heladas aguas del Atlántico Sur.
Murieron 323 tripulantes.
Aquella cifra representó casi la mitad de todas las bajas argentinas de la Guerra de las Malvinas, convirtiéndose en la mayor tragedia naval de la historia de Argentina.
Los supervivientes permanecieron durante horas, e incluso más de un día en algunos casos, esperando el rescate entre olas enormes y temperaturas cercanas al punto de congelación.
Muchos fallecieron por hipotermia antes de que pudieran ser localizados.El hundimiento provocó una enorme controversia que continúa viva más de cuatro décadas después.
El motivo era sencillo.
Cuando fue atacado, el General Belgrano navegaba fuera de la Zona de Exclusión Total de 200 millas establecida por el Reino Unido alrededor de las Malvinas.
Para muchos críticos, aquello significaba que el crucero no debía haber sido atacado.
Sin embargo, el Gobierno británico sostuvo que la zona de exclusión no limitaba el derecho a atacar unidades militares argentinas que representaran una amenaza.
Según Londres, el Belgrano seguía formando parte de una operación naval coordinada y podía recibir órdenes de cambiar de rumbo en cualquier momento.Con los años, incluso el propio comandante del General Belgrano, Héctor Bonzo, declaró en varias entrevistas que, desde un punto de vista estrictamente militar, el ataque debía entenderse dentro de un conflicto armado y que el crucero era un objetivo legítimo.
Aun así, el debate político y moral continúa abierto.Dos meses después, el 3 de julio de 1982, el HMS Conqueror regresó finalmente a Faslane, en Escocia.
Y lo hizo con la famosa Jolly Roger ondeando sobre la torre.
No era una celebración del número de víctimas.
Para la tripulación simbolizaba que habían cumplido una misión de combate con éxito y mantenían viva una tradición iniciada por Max Horton casi setenta años antes.
Su bandera, además, llevaba bordados varios símbolos que representaban las operaciones realizadas durante la campaña de las Malvinas.
La imagen del HMS Conqueror entrando en puerto con la bandera pirata es una de las fotografías más conocidas de la Guerra de las Malvinas.
Pero su significado cambia según quién la contemple.
Para muchos británicos representa el regreso de un submarino que cumplió la misión encomendada durante una guerra.
Para muchísimos argentinos simboliza el recuerdo de 323 marinos que nunca volvieron a casa y una de las páginas más dolorosas de su historia naval.
Quizá por eso sigue siendo una fotografía tan poderosa.
No muestra solo un submarino entrando en puerto.
También refleja cómo un mismo hecho histórico puede convertirse en dos memorias completamente distintas, dependiendo del lado desde el que se mire.
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SIGUE ⬇️
Su historia no demuestra que todos los sueños se cumplen.
Demuestra algo más incómodo.
Que muchas veces quienes nos rodean pueden equivocarse completamente sobre nosotros.
Se equivocaron quienes confundieron su vocación con una enfermedad.
Se equivocaron quienes pensaron que nunca sería escritor.
Se equivocaron quienes vieron El Alquimista como un libro condenado al olvido.Su camino estuvo lleno de rechazos, contradicciones, decisiones discutibles y momentos oscuros.
No fue un santo ni un héroe perfecto.
Fue una persona obstinada, a veces excéntrica, otras veces controvertida, que se negó a abandonar aquello que sentía como propio.Y quizá por eso sigue conectando con tantos lectores.
Porque antes de convertirse en uno de los escritores más leídos del mundo, fue simplemente alguien al que casi todos dijeron que estaba equivocado.
▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣
https://www.youtube.com/watch?v=2etMvOfMnNE
#paulocoelho #elalquimista #escritores #literatura #historiasreales #curiosidades #biografías #libros #brasil #caminodesantiago #cultura #historiadevida #escritoresfamosos #ecosdelpasado
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Su historia no demuestra que todos los sueños se cumplen.
Demuestra algo más incómodo.
Que muchas veces quienes nos rodean pueden equivocarse completamente sobre nosotros.
Se equivocaron quienes confundieron su vocación con una enfermedad.
Se equivocaron quienes pensaron que nunca sería escritor.
Se equivocaron quienes vieron El Alquimista como un libro condenado al olvido.Su camino estuvo lleno de rechazos, contradicciones, decisiones discutibles y momentos oscuros.
No fue un santo ni un héroe perfecto.
Fue una persona obstinada, a veces excéntrica, otras veces controvertida, que se negó a abandonar aquello que sentía como propio.Y quizá por eso sigue conectando con tantos lectores.
Porque antes de convertirse en uno de los escritores más leídos del mundo, fue simplemente alguien al que casi todos dijeron que estaba equivocado.
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Se equivocaron quienes pensaron que nunca sería escritor.
Se equivocaron quienes vieron El Alquimista como un libro condenado al olvido.Su camino estuvo lleno de rechazos, contradicciones, decisiones discutibles y momentos oscuros.
No fue un santo ni un héroe perfecto.
Fue una persona obstinada, a veces excéntrica, otras veces controvertida, que se negó a abandonar aquello que sentía como propio.Y quizá por eso sigue conectando con tantos lectores.
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Se equivocaron quienes vieron El Alquimista como un libro condenado al olvido.Su camino estuvo lleno de rechazos, contradicciones, decisiones discutibles y momentos oscuros.
No fue un santo ni un héroe perfecto.
Fue una persona obstinada, a veces excéntrica, otras veces controvertida, que se negó a abandonar aquello que sentía como propio.Y quizá por eso sigue conectando con tantos lectores.
Porque antes de convertirse en uno de los escritores más leídos del mundo, fue simplemente alguien al que casi todos dijeron que estaba equivocado.
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:stargif: 𝑰𝒏𝒆́𝒔 𝑺𝒖𝒂́𝒓𝒆𝒛: 𝒔𝒂𝒏𝒈𝒓𝒆, 𝒂𝒎𝒃𝒊𝒄𝒊𝒐́𝒏 𝒚 𝒑𝒐𝒅𝒆𝒓 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒇𝒓𝒐𝒏𝒕𝒆𝒓𝒂 𝒎𝒂́𝒔 𝒇𝒆𝒓𝒐𝒛 𝒅𝒆 𝑨𝒎𝒆́𝒓𝒊𝒄𝒂 :stargif:
Septiembre de 1541.
Santiago de la Nueva Extremadura arde.
No es una exageración épica: la ciudad fue literalmente reducida a cenizas.
Apenas medio centenar de españoles resisten el asedio mapuche liderado por Michimalonco.
Y al frente no está solo el gobernador, sino una mujer nacida hacia 1507 en Plasencia: Inés Suárez.No era noble.
No era rica.
Era hija de un artesano, criada en un entorno humilde de “cristianos viejos”.
Aprendió costura porque era lo que una mujer pobre podía aprender.
Ese detalle, aparentemente menor, le dio algo esencial: independencia práctica.
No fue criada para obedecer en silencio.Se casó joven con Juan de Málaga.
Él marchó a América y la dejó atrás.
Aquí empieza el primer ángulo incómodo: Inés no aceptó el abandono como destino.
Consiguió licencia real para viajar sola en 1537.
Una mujer cruzando el Atlántico sin marido al lado no era habitual; era una declaración de carácter.Al llegar a Cuzco descubre que su esposo ha muerto tras la Batalla de las Salinas.
Como viuda recibe una encomienda.
No es una limosna: es poder económico basado en trabajo indígena.
Desde ese momento, Inés ya no es solo superviviente; es parte del engranaje colonial.Ahí entra en su vida Pedro de Valdivia.
Se convierte en su amante.
No es un romance de novela: es una alianza estratégica y emocional.
Para viajar con él a Chile debe presentarse como sirvienta, porque la Iglesia prohíbe que los conquistadores viajen con concubinas.
Apariencia pública de recato; realidad privada de influencia.Y llegamos a 1541.
El asedio.
Cuando la ciudad está cercada, Inés toma una decisión brutal: ordenar la ejecución de siete caciques prisioneros y arrojar sus cabezas a los atacantes.
No es un acto de locura, es una maniobra psicológica.
Terror contra terror.
Funcionó.
El asalto se desorganizó.
Santiago sobrevivió, aunque convertida en ruinas.Aquí conviene ser claros: ese gesto salvó la ciudad española, pero fue un acto extremo dentro de una guerra feroz.
No hay épica limpia.
Hay violencia, cálculo y miedo.Después vino la política.
En 1548, el juicio de residencia contra Valdivia en Lima.
El virrey Pedro de la Gasca lo acusa de amancebamiento escandaloso.
La Corona no podía permitir que el gobernador viviera públicamente con su amante mientras se evangelizaba el territorio.La orden fue clara: o Inés se casaba con un hombre “honorable” o volvía a España.
Y Valdivia debía traer a su esposa legítima, Marina Ortiz de Gaete, desde Extremadura.Valdivia eligió conservar el poder.
Inés aceptó casarse en 1549 con Rodrigo de Quiroga, mano derecha del gobernador.
¿Traición sentimental?
Probablemente.
¿Supervivencia política?
Sin duda.Desde entonces, Inés cambió de piel.
De mujer de armas pasó a matrona respetada.
Fundó obras religiosas, promovió templos como la ermita de Montserrat, ejerció caridad.
No fue una caída en desgracia; fue una transformación inteligente.
Sabía que en América el poder femenino no podía mostrarse de frente, debía administrarse con discreción.Mientras tanto, Marina viajaba hacia Chile.
Vendió bienes, cruzó el océano tras casi veinte años esperando a su marido.
Pero el destino fue cruel: cuando llegó en 1554, Valdivia ya había muerto en la Batalla de Tucapel.Su muerte es otro episodio sin filtros.
Capturado por las fuerzas de Lautaro, antiguo mozo de caballerizas que aprendió tácticas españolas observándolo, fue ejecutado tras un consejo mapuche.
La leyenda del oro fundido es eso: leyenda.
Las versiones más aceptadas hablan de un golpe de macana y de rituales posteriores con su cuerpo.
Fue una muerte diseñada para enviar un mensaje.Y entonces el contraste se hizo brutal.
Marina, esposa legal, llegó a una ciudad donde Inés era respetada y poderosa.
Marina reclamó herencias, encomiendas, reconocimiento.
Pasó años litigando por lo que consideraba suyo.
Vivía en la misma Santiago que Inés, probablemente cruzándose en la Catedral.
Una con prestigio y estabilidad.
La otra con título legítimo pero escaso poder real.Inés murió en 1580, rica, devota y respetada.
Marina murió peleando por una pensión.
Es el desenlace más incómodo: la “otra” ganó la memoria colectiva; la esposa legítima quedó diluida.Inés Suárez no fue una heroína simple.
Fue ambiciosa, estratégica, capaz de violencia y de diplomacia.
Supo usar la apariencia de virtud para conservar influencia.
Supo cuándo empuñar la espada y cuándo sostener un rosario.
Fue producto de su tiempo, pero también lo moldeó.No es un relato de buenos y malos.
Es una historia de poder en estado puro, en la frontera más dura del Imperio./no existe un retrato oficial de Marina Ortiz de Gaete/
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