El mañana que nunca llegó: El choque entre los futuros de la ficción y nuestra realidad
Las fechas emblemáticas de la ciencia ficción, los autos voladores que nos prometieron y los verdaderos caminos que tomó la tecnología en nuestro presente.
Cuando nos ponemos a revisar las viejas películas, cómics y novelas de ciencia ficción que se hicieron en el siglo pasado, da una sensación muy extraña. Quienes crecieron leyendo esas historias o viendo las producciones de Hollywood estaban seguros de que, al pasar la barrera del año 2000, la vida humana iba a cambiar por completo y seríamos como los personajes de los viajes espaciales. En la televisión y las salas de cine nos aseguraban que para este momento de la historia viajar a otros planetas sería cosa de todos los días, los autos voladores llenarían los cielos de las ciudades para que cualquiera pudiera ir al trabajo en ellos, la ingeniería genética nos dejaría clonar personas para tener refacciones médicas y los robots con inteligencia artificial caminarían por las calles, ya fuera para ayudarnos con el quehacer o para armar una rebelión contra la humanidad. Sin embargo, basta con asomarse a la ventana para ver que los coches siguen atorados en el tráfico sobre el asfalto y que las máquinas, aunque son muy avanzadas, no tienen alma ni conciencia propia.
Esta gran diferencia entre las fechas que ponían en las historias y lo que de verdad pasó ocurre porque la ciencia ficción nunca se trató de adivinar el futuro como si fuera una profecía, sino que siempre funcionó como un espejo de los miedos y las preocupaciones de la época en que se inventó. En las décadas de 1950 y 1960, el mundo entero vio el inicio de los viajes espaciales y los primeros reactores nucleares, lo que hizo que la sociedad pensara que el progreso tecnológico seguiría un camino rápido y directo hacia las estrellas. Si en unos cuantos años pasamos de no tener aviones grandes a pisar la Luna, parecía muy lógico pensar que en el año 2000 la colonización de Marte sería algo normal. Los creadores de historias tomaron esa emoción de su presente y la llevaron al extremo para inventar sus mundos, pero no tomaron en cuenta que la ciencia real avanza despacio y con muchas dificultades, topándose con límites que no se pueden romper, falta de dinero por parte de los políticos y crisis económicas que congelan los proyectos.
El cine de los años 1980 y 1990 cambió ese entusiasmo por el espacio y prefirió mostrar mundos oscuros y destructivos, pero usando la misma idea de hablar del mañana para quejarse de las cosas que estaban mal en ese momento. Cuando la saga de Terminator puso el fin del mundo en el año 1997, el director de la película no estaba haciendo una investigación científica sobre computadoras, sino que reflejaba el miedo de la gente a una guerra nuclear en los últimos años de la Guerra Fría y el temor a que los militares perdieran el control de sus armas. Lo mismo pasa con las historias cyberpunks que llenaron los cómics y los videojuegos con empresas que mandaban más que los gobiernos y personas con partes de robot en el cuerpo; eran una exageración y una burla hacia la avaricia corporativa y la pérdida de la privacidad que se empezaba a notar en esos tiempos. Los autores ponían fechas muy cercanas porque necesitaban que el público sintiera peligro y urgencia, algo que no habrían logrado si ponían la historia en el año 3000.
Al comparar esos universos de ficción con la realidad, nos damos cuenta de que la tecnología no se quedó parada, sino que simplemente caminó por un rumbo que casi nadie pudo imaginar. No tenemos las patinetas flotantes de las películas ni vivimos en ciudades en el cielo, pero traemos en el bolsillo un teléfono que en realidad es una computadora muy potente conectada a una red global que cambió la economía, las relaciones y la forma de buscar datos de una manera que antes habría parecido algo sobrenatural. Las historias fallaron en las fechas y en las formas porque se imaginaron aparatos gigantescos y naves espaciales, sin darse cuenta de que la verdadera revolución iba a ocurrir en lo que no se ve, es decir, en los programas, los datos y la interconexión de las personas por internet. El mañana nunca es una línea recta, sino el resultado de las cosas que hacemos todos los días y lo impredecible que puede pasar en el trayecto.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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