Lo mejor de las producciones de Ryan Murphy es que no engañan. A Shondaland le sucede exactamente lo mismo.
Dentro de esto hay series (o temporadas) más arregladas, o sea, donde fondo y forma se acercan más, y otras (la mayoría), donde la forma impera y la narrativa se cae por un precipicio divinamente ornamentado. Porque el sello de Murphy en lo estético, da igual si luxury, camp o kitsch (normalmente una mezla de todo en distintas proporciones), siempre está y suele ser brillante. Y si puede brillar más, adelante que va.
El argumento de The Shards es tentador. Tan subyugado a este debió de estar el equipo creativo que se quedó ahí, en la osamenta de la historia, una no implementada, con carne y sin sangre. La serie da vueltas y giros sobre su eje, que opta por no desarrollar. Lo contrario sucede con los aspectos visuales y sus aledaños.
El buen gusto al rememorar la época, a medio camino entre los propios ochentas y unos ochentas creados ad hoc para la serie que dialogan de fábula con los recreados, es superlativo. Da igual que el alumnado haya repetido tantos cursos que el elenco podría estar graduado en la universidad si visten con tan buen gusto, son tan nihilistas y están tan salidos (sí: incluso la actitud de Kaia Gerber es insuficiente para salvar a su personaje). Y cómo bailan. Claro que la música es un must aquí. De lo mejorcito.
Nada atrapa en esta historia de porno en VHS, mentiras y asesinos que se cuelan donde sea sin pretensiones de no ser vistos y luego se van. Simplemente funciona como acompañamiento mientras miras otra pantalla sabiendo que cuando estires el pescuezo podrás seguir la historia sin problemas porque repite la misma trama con distintos personajes, como quien copia en un examen cambiando por encima el estilo y el orden del texto, y, mejor, como algo precioso de mirar y excelente de escuchar.
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