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#culturapop — Public Fediverse posts

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  1. 🧿𝑳𝒂 𝒂𝒗𝒆𝒓𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝑱. 𝑹. 𝑹. 𝑻𝒐𝒍𝒌𝒊𝒆𝒏 𝒉𝒂𝒄𝒊𝒂 𝑫𝒊𝒔𝒏𝒆𝒚 🧿

    La aversión de J. R. R. Tolkien hacia Disney no fue un simple “no me gusta”.
    Tampoco la rabieta de un profesor viejo contra algo nuevo.
    Fue un choque frontal entre dos ideas opuestas sobre para qué sirven las historias… y qué se pierde cuando se las convierte en espectáculo.

    La coincidencia es casi simbólica.
    En 1937, Tolkien publica "El hobbit": un libro que parece infantil, pero que en realidad es una mitología cuidadosamente construida, con lenguas, historia y una profundidad moral que no admite atajos.
    Meses después, Disney estrena "Blancanieves y los siete enanitos".
    Un prodigio técnico, un éxito arrollador y el nacimiento del gran cuento de hadas cinematográfico moderno.

    Dos caminos distintos para el mismo material.

    Tolkien y C. S. Lewis van a verla juntos.
    Ambos eran medievalistas, amantes de los mitos y convencidos de que los cuentos de hadas no son caramelos narrativos, sino herramientas antiguas para hablar del miedo, la pérdida, el mal y la esperanza.
    Ninguno salió entusiasmado.
    Lewis la encontró empalagosa.
    Tolkien, algo peor: la encontró peligrosa.

    No porque estuviera mal hecha.
    Tolkien reconocía el talento de Disney.
    Lo que le perturbaba era la intención.
    La filosofía detrás.

    Para Tolkien, como explica en "Sobre los cuentos de hadas", estas historias no existen para tranquilizar.
    Existen para enfrentarnos a la oscuridad de forma simbólica.
    El famoso “final feliz” solo funciona si antes hubo un peligro real.
    A eso lo llamó eucatástrofe: una alegría repentina que duele y alivia a la vez, precisamente porque lo perdido podía no haberse recuperado nunca.

    Disney, a sus ojos, hacía lo contrario.
    Tomaba relatos antiguos, llenos de asperezas y ambigüedad moral, y los pulía hasta dejarlos seguros.
    La reina es simplemente mala.
    Los enanos se vuelven cómicos.
    El miedo nunca llega demasiado lejos.
    Todo está cuidadosamente contenido para no incomodar.

    Para Tolkien, eso no era adaptación: era vulgarización.
    Mantener la forma externa del mito mientras se le vacía el contenido.
    Como traducir poesía en prosa correcta, pero sin alma.

    En una carta de 1964 habla de su “profunda aversión” al trabajo de Disney y dice que su talento parecía “irremediablemente corrompido”.
    No era un insulto personal.
    Nunca conoció a Walt Disney.
    Era una crítica cultural: el miedo a que el mercado transformara lo sagrado en algo digerible, correcto y superficial.

    Como filólogo, había algo que le resultaba casi sacrílego.
    Los enanos de la mitología nórdica —antiguos, ambiguos, a veces peligrosos— convertidos en personajes llamados “Mudito” o “Gruñón”.
    Para alguien que creía que las palabras tenían alma, eso era más que una simplificación: era una mutilación.

    Esta postura explica su resistencia casi obsesiva a las adaptaciones cinematográficas de "El Señor de los Anillos".
    Temía ver a Sam reducido a alivio cómico, a Gollum convertido en villano plano, a Boromir sin conflicto, a Mordor suavizado para un público familiar.
    Temía que la eucatástrofe se fabricara con música y lágrimas fáciles, en lugar de ganarse tras un peligro auténtico.

    No era paranoia.
    Era observar lo que Hollywood ya hacía.

    Disney defendía que simplificar era democratizar.
    Tolkien pensaba justo lo contrario: que subestimar la complejidad era mentir, especialmente a los niños.
    Quitar la oscuridad no hace los cuentos más amables, los hace falsos.

    Uno pasó su vida demostrando que esa versión edulcorada podía ser enormemente popular.
    El otro pasó la suya advirtiendo que el precio podía ser la pérdida de lo que hacía a las historias verdaderamente poderosas.

    La tensión sigue viva hoy: profundidad o alcance, mito o entretenimiento de masas, preservar o suavizar.
    Y empezó, curiosamente, cuando dos hombres salieron de un cine en 1938, inquietos no por el fracaso de Blancanieves, sino por su éxito.

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    #tolkien #disney #mitologia #cuentosdehadas #literatura #historiacultural #fantasia #culturapop #narrativa #filologia

  2. El mañana que nunca llegó: El choque entre los futuros de la ficción y nuestra realidad

    Las fechas emblemáticas de la ciencia ficción, los autos voladores que nos prometieron y los verdaderos caminos que tomó la tecnología en nuestro presente.

    Cuando nos ponemos a revisar las viejas películas, cómics y novelas de ciencia ficción que se hicieron en el siglo pasado, da una sensación muy extraña. Quienes crecieron leyendo esas historias o viendo las producciones de Hollywood estaban seguros de que, al pasar la barrera del año 2000, la vida humana iba a cambiar por completo y seríamos como los personajes de los viajes espaciales. En la televisión y las salas de cine nos aseguraban que para este momento de la historia viajar a otros planetas sería cosa de todos los días, los autos voladores llenarían los cielos de las ciudades para que cualquiera pudiera ir al trabajo en ellos, la ingeniería genética nos dejaría clonar personas para tener refacciones médicas y los robots con inteligencia artificial caminarían por las calles, ya fuera para ayudarnos con el quehacer o para armar una rebelión contra la humanidad. Sin embargo, basta con asomarse a la ventana para ver que los coches siguen atorados en el tráfico sobre el asfalto y que las máquinas, aunque son muy avanzadas, no tienen alma ni conciencia propia.

    Esta gran diferencia entre las fechas que ponían en las historias y lo que de verdad pasó ocurre porque la ciencia ficción nunca se trató de adivinar el futuro como si fuera una profecía, sino que siempre funcionó como un espejo de los miedos y las preocupaciones de la época en que se inventó. En las décadas de 1950 y 1960, el mundo entero vio el inicio de los viajes espaciales y los primeros reactores nucleares, lo que hizo que la sociedad pensara que el progreso tecnológico seguiría un camino rápido y directo hacia las estrellas. Si en unos cuantos años pasamos de no tener aviones grandes a pisar la Luna, parecía muy lógico pensar que en el año 2000 la colonización de Marte sería algo normal. Los creadores de historias tomaron esa emoción de su presente y la llevaron al extremo para inventar sus mundos, pero no tomaron en cuenta que la ciencia real avanza despacio y con muchas dificultades, topándose con límites que no se pueden romper, falta de dinero por parte de los políticos y crisis económicas que congelan los proyectos.

    El cine de los años 1980 y 1990 cambió ese entusiasmo por el espacio y prefirió mostrar mundos oscuros y destructivos, pero usando la misma idea de hablar del mañana para quejarse de las cosas que estaban mal en ese momento. Cuando la saga de Terminator puso el fin del mundo en el año 1997, el director de la película no estaba haciendo una investigación científica sobre computadoras, sino que reflejaba el miedo de la gente a una guerra nuclear en los últimos años de la Guerra Fría y el temor a que los militares perdieran el control de sus armas. Lo mismo pasa con las historias cyberpunks que llenaron los cómics y los videojuegos con empresas que mandaban más que los gobiernos y personas con partes de robot en el cuerpo; eran una exageración y una burla hacia la avaricia corporativa y la pérdida de la privacidad que se empezaba a notar en esos tiempos. Los autores ponían fechas muy cercanas porque necesitaban que el público sintiera peligro y urgencia, algo que no habrían logrado si ponían la historia en el año 3000.

    Al comparar esos universos de ficción con la realidad, nos damos cuenta de que la tecnología no se quedó parada, sino que simplemente caminó por un rumbo que casi nadie pudo imaginar. No tenemos las patinetas flotantes de las películas ni vivimos en ciudades en el cielo, pero traemos en el bolsillo un teléfono que en realidad es una computadora muy potente conectada a una red global que cambió la economía, las relaciones y la forma de buscar datos de una manera que antes habría parecido algo sobrenatural. Las historias fallaron en las fechas y en las formas porque se imaginaron aparatos gigantescos y naves espaciales, sin darse cuenta de que la verdadera revolución iba a ocurrir en lo que no se ve, es decir, en los programas, los datos y la interconexión de las personas por internet. El mañana nunca es una línea recta, sino el resultado de las cosas que hacemos todos los días y lo impredecible que puede pasar en el trayecto.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #CienciaFicción #Cine #CulturaPop #Futuro #Tecnología

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