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  1. 🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿

    Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.

    Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.

    Su madre defendía abiertamente la segregación.

    Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.

    Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.

    Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.

    Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.

    Era meterse en un problema serio.

    En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.

    Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.

    No iban buscando peleas.

    Precisamente lo contrario.

    Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.

    Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.

    Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.

    Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.

    Aun así, subió al autobús.

    Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.

    Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.

    No quiso.

    Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.

    Allí las cosas se pusieron bastante feas.

    Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.

    Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.

    Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.

    Era precisamente lo que esperaban de ella.

    Que se cansara.

    Que entendiera que aquello no era asunto suyo.

    Que volviera a casa.

    No lo hizo.

    Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.

    Hizo exactamente lo contrario.

    Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.

    Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.

    Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.

    Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.

    Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.

    Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.

    Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.

    El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.

    Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.

    Se sentaron.

    Y esperaron.

    La respuesta fue brutal.

    Una multitud comenzó a insultarlos.

    Después llegaron los golpes.

    Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.

    Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.

    Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.

    El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.

    Sus fotografías captaron aquel momento.

    Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.

    Seguían sentados.

    Cubiertos de comida.

    Con la ropa destrozada.

    Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.

    Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.

    Pero la violencia no terminó allí.

    Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.

    Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.

    En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

    Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.

    El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.

    Joan también recibió amenazas.

    En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.

    Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.

    Y aun así siguió.

    Manifestaciones.

    Sentadas.

    Campañas.

    Organización.

    Trabajo comunitario.

    No fue una historia de un par de meses.

    Aquello ocupó una parte importante de su juventud.

    Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.

    Se casó con Dan Mulholland.

    Y tuvo cinco hijos, todos varones.

    Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
    Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.

    Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.

    Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
    Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.

    Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
    >Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.

    Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.

    Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
    Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.

    Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.

    Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.

    Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.

    Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.

    Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.

    Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.

    Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.

    Simplemente cambió de escenario.

    Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.

    Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.

    Podía haber escogido el camino fácil.

    Era blanca.

    Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.

    Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.

    En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.

    Y pagó un precio por ello.

    Su relación con su familia se deterioró enormemente.

    Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.

    Pero Joan siguió adelante.

    Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.

    Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.

    Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.

    Una fotografía de 1963.

    Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.

    Tiene la cara cubierta de comida.

    Alguien la ha golpeado.

    Alrededor hay personas gritándoles.

    Y ella sigue allí.

    Sentada.

    Sin levantarse.

    Sin devolver el golpe.

    Sin irse.

    Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.

    De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.

    Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.

    Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.

    No necesitaba luchar.

    Podía haber permanecido cómodamente al margen.

    Pero decidió hacerlo.

    Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.

    Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.

    Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.

    Nació dentro de él.

    Y decidió cambiar de lado.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs

    #joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes

  2. 🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿

    Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.

    Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.

    Su madre defendía abiertamente la segregación.

    Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.

    Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.

    Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.

    Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.

    Era meterse en un problema serio.

    En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.

    Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.

    No iban buscando peleas.

    Precisamente lo contrario.

    Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.

    Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.

    Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.

    Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.

    Aun así, subió al autobús.

    Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.

    Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.

    No quiso.

    Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.

    Allí las cosas se pusieron bastante feas.

    Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.

    Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.

    Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.

    Era precisamente lo que esperaban de ella.

    Que se cansara.

    Que entendiera que aquello no era asunto suyo.

    Que volviera a casa.

    No lo hizo.

    Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.

    Hizo exactamente lo contrario.

    Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.

    Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.

    Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.

    Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.

    Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.

    Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.

    Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.

    El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.

    Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.

    Se sentaron.

    Y esperaron.

    La respuesta fue brutal.

    Una multitud comenzó a insultarlos.

    Después llegaron los golpes.

    Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.

    Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.

    Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.

    El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.

    Sus fotografías captaron aquel momento.

    Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.

    Seguían sentados.

    Cubiertos de comida.

    Con la ropa destrozada.

    Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.

    Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.

    Pero la violencia no terminó allí.

    Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.

    Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.

    En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

    Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.

    El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.

    Joan también recibió amenazas.

    En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.

    Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.

    Y aun así siguió.

    Manifestaciones.

    Sentadas.

    Campañas.

    Organización.

    Trabajo comunitario.

    No fue una historia de un par de meses.

    Aquello ocupó una parte importante de su juventud.

    Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.

    Se casó con Dan Mulholland.

    Y tuvo cinco hijos, todos varones.

    Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
    Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.

    Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.

    Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
    Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.

    Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
    >Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.

    Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.

    Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
    Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.

    Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.

    Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.

    Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.

    Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.

    Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.

    Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.

    Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.

    Simplemente cambió de escenario.

    Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.

    Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.

    Podía haber escogido el camino fácil.

    Era blanca.

    Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.

    Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.

    En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.

    Y pagó un precio por ello.

    Su relación con su familia se deterioró enormemente.

    Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.

    Pero Joan siguió adelante.

    Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.

    Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.

    Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.

    Una fotografía de 1963.

    Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.

    Tiene la cara cubierta de comida.

    Alguien la ha golpeado.

    Alrededor hay personas gritándoles.

    Y ella sigue allí.

    Sentada.

    Sin levantarse.

    Sin devolver el golpe.

    Sin irse.

    Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.

    De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.

    Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.

    Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.

    No necesitaba luchar.

    Podía haber permanecido cómodamente al margen.

    Pero decidió hacerlo.

    Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.

    Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.

    Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.

    Nació dentro de él.

    Y decidió cambiar de lado.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs

    #joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes

  3. 🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿

    Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.

    Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.

    Su madre defendía abiertamente la segregación.

    Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.

    Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.

    Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.

    Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.

    Era meterse en un problema serio.

    En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.

    Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.

    No iban buscando peleas.

    Precisamente lo contrario.

    Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.

    Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.

    Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.

    Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.

    Aun así, subió al autobús.

    Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.

    Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.

    No quiso.

    Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.

    Allí las cosas se pusieron bastante feas.

    Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.

    Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.

    Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.

    Era precisamente lo que esperaban de ella.

    Que se cansara.

    Que entendiera que aquello no era asunto suyo.

    Que volviera a casa.

    No lo hizo.

    Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.

    Hizo exactamente lo contrario.

    Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.

    Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.

    Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.

    Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.

    Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.

    Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.

    Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.

    El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.

    Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.

    Se sentaron.

    Y esperaron.

    La respuesta fue brutal.

    Una multitud comenzó a insultarlos.

    Después llegaron los golpes.

    Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.

    Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.

    Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.

    El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.

    Sus fotografías captaron aquel momento.

    Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.

    Seguían sentados.

    Cubiertos de comida.

    Con la ropa destrozada.

    Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.

    Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.

    Pero la violencia no terminó allí.

    Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.

    Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.

    En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

    Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.

    El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.

    Joan también recibió amenazas.

    En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.

    Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.

    Y aun así siguió.

    Manifestaciones.

    Sentadas.

    Campañas.

    Organización.

    Trabajo comunitario.

    No fue una historia de un par de meses.

    Aquello ocupó una parte importante de su juventud.

    Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.

    Se casó con Dan Mulholland.

    Y tuvo cinco hijos, todos varones.

    Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
    Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.

    Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.

    Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
    Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.

    Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
    >Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.

    Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.

    Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
    Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.

    Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.

    Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.

    Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.

    Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.

    Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.

    Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.

    Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.

    Simplemente cambió de escenario.

    Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.

    Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.

    Podía haber escogido el camino fácil.

    Era blanca.

    Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.

    Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.

    En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.

    Y pagó un precio por ello.

    Su relación con su familia se deterioró enormemente.

    Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.

    Pero Joan siguió adelante.

    Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.

    Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.

    Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.

    Una fotografía de 1963.

    Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.

    Tiene la cara cubierta de comida.

    Alguien la ha golpeado.

    Alrededor hay personas gritándoles.

    Y ella sigue allí.

    Sentada.

    Sin levantarse.

    Sin devolver el golpe.

    Sin irse.

    Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.

    De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.

    Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.

    Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.

    No necesitaba luchar.

    Podía haber permanecido cómodamente al margen.

    Pero decidió hacerlo.

    Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.

    Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.

    Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.

    Nació dentro de él.

    Y decidió cambiar de lado.

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    youtube.com/watch?v=WqrjCMCnLWs

    #joanmulholland #derechosciviles #segregacion #freedomriders #kukluxklan #historia #estadosunidos #martinlutherking #medgarevers #civilrights #mujeresvalientes

  4. 🧿 𝑱𝒐𝒂𝒏 𝑴𝒖𝒍𝒉𝒐𝒍𝒍𝒂𝒏𝒅: 𝒍𝒂 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒍𝒊𝒈𝒊𝒐́ 𝒆𝒍 𝒐𝒕𝒓𝒐 𝒍𝒂𝒅𝒐 🧿

    Se llamaba Joan Trumpauer Mulholland y nació en 1941 en Washington D. C., aunque creció en Arlington, Virginia.

    Era blanca, hija de una familia de clase media y criada en un ambiente donde la segregación racial formaba parte de la vida cotidiana.

    Su madre defendía abiertamente la segregación.

    Joan, sin embargo, empezó a hacerse preguntas.

    Desde muy joven era profundamente religiosa y le costaba entender cómo podían hablarle de amor al prójimo y, al mismo tiempo, aceptar que una persona negra tuviera que sentarse en otro lugar, utilizar otro baño o esperar en una sala diferente simplemente por el color de su piel.

    Aquella contradicción empezó a resultarle insoportable.

    Y decidió hacer algo que en aquel momento no era precisamente una forma de llevar la contraria a sus padres.

    Era meterse en un problema serio.

    En 1961, con 19 años, se unió a los Freedom Riders.

    Los llamados «viajeros de la libertad» eran activistas negros y blancos que recorrían el sur de Estados Unidos en autobuses interestatales para desafiar la segregación.

    No iban buscando peleas.

    Precisamente lo contrario.

    Querían demostrar que las leyes y las costumbres segregacionistas podían ser desafiadas mediante la protesta no violenta.

    Pero quienes defendían la segregación no estaban dispuestos a quedarse mirando.

    Los autobuses fueron atacados, los pasajeros golpeados y muchos activistas terminaron en prisión.

    Joan sabía perfectamente lo que podía ocurrir.

    Aun así, subió al autobús.

    Cuando llegó a Jackson, Mississippi, fue detenida.

    Le ofrecieron una salida bastante sencilla: pagar una multa y marcharse.

    No quiso.

    Y acabó en Parchman Farm, la Penitenciaría Estatal de Mississippi.

    Allí las cosas se pusieron bastante feas.

    Las mujeres activistas fueron recluidas en una zona de máxima seguridad de la prisión, en condiciones durísimas y bajo una presión constante.

    Joan recordaría especialmente el calor, la falta de intimidad y los intentos de las autoridades de quebrarlas psicológicamente.

    Los funcionarios sabían perfectamente que ella era blanca y que podía tener una vida mucho más fácil si abandonaba la protesta.

    Era precisamente lo que esperaban de ella.

    Que se cansara.

    Que entendiera que aquello no era asunto suyo.

    Que volviera a casa.

    No lo hizo.

    Después de salir de Parchman, Joan no se alejó del movimiento.

    Hizo exactamente lo contrario.

    Abandonó Duke y se trasladó a Tougaloo College, una universidad históricamente afroamericana de Mississippi.

    Allí se encontró en un ambiente completamente distinto al que había conocido durante su infancia.

    Se relacionó con estudiantes y activistas negros y comenzó a trabajar directamente en campañas contra la segregación.

    Conoció a figuras como Medgar Evers y Martin Luther King Jr.

    Y compartió habitación con Anne Moody, que posteriormente escribiría una de las memorias más importantes sobre el movimiento por los derechos civiles, *Coming of Age in Mississippi*.

    Joan también fue una de las primeras mujeres blancas admitidas en Delta Sigma Theta.

    Pero el momento que la hizo conocida internacionalmente llegó en 1963.

    El 28 de mayo, Joan participó junto a Anne Moody, John Salter, Ed King y otros activistas en una sentada en el Woolworth's de Jackson.

    Querían algo tan sencillo como poder sentarse en el mostrador donde solo se atendía a personas blancas.

    Se sentaron.

    Y esperaron.

    La respuesta fue brutal.

    Una multitud comenzó a insultarlos.

    Después llegaron los golpes.

    Les echaron encima ketchup, mostaza, azúcar y otros productos que tenían a mano.

    Joan fue golpeada y agredida mientras permanecía sentada.

    Y la policía no hizo prácticamente nada para detener a los atacantes.

    El fotógrafo Fred Blackwell estaba allí.

    Sus fotografías captaron aquel momento.

    Y hay algo especialmente impactante en ellas: los activistas no estaban respondiendo a los golpes.

    Seguían sentados.

    Cubiertos de comida.

    Con la ropa destrozada.

    Mientras los hombres que los atacaban descargaban toda su rabia sobre ellos.

    Aquellas fotografías recorrieron el país y terminaron convirtiéndose en una de las imágenes más recordadas de las protestas contra la segregación.

    Pero la violencia no terminó allí.

    Poco después, Medgar Evers fue asesinado delante de su propia casa.

    Y Joan conocía personalmente a algunos de los activistas que estaban trabajando en Mississippi.

    En 1964 desaparecieron James Chaney, Andrew Goodman y Michael Schwerner.

    Sus cuerpos fueron encontrados semanas después.

    El asesinato de los tres activistas conmocionó al país y demostró hasta dónde estaban dispuestos a llegar quienes querían mantener el sistema segregacionista.

    Joan también recibió amenazas.

    En una ocasión, miembros del Ku Klux Klan atacaron el coche en el que viajaba.

    Años después supo que había sido incluida entre las personas que algunos miembros del Klan querían matar.

    Y aun así siguió.

    Manifestaciones.

    Sentadas.

    Campañas.

    Organización.

    Trabajo comunitario.

    No fue una historia de un par de meses.

    Aquello ocupó una parte importante de su juventud.

    Después de aquellos años de manifestaciones, detenciones y amenazas, Joan volvió a casa y su vida tomó un camino que quizá nadie habría imaginado viendo todo lo que había hecho con 19, 20 o 21 años.

    Se casó con Dan Mulholland.

    Y tuvo cinco hijos, todos varones.

    Durante unos años dejó el trabajo para dedicarse a criarlos y a participar en las actividades de la comunidad y de los colegios.
    Ella misma lo contaría décadas después con bastante sentido del humor: después de volver del movimiento por los derechos civiles, se casó, tuvo bebés y dejó de trabajar.

    Pero aquello no significó que hubiera dejado de ser Joan.

    Siguió implicada en su comunidad, en las escuelas y en cuestiones relacionadas con la educación y la igualdad.
    Con el tiempo volvió a trabajar como profesora y pasó cerca de treinta años vinculada a la enseñanza, especialmente como asistente y profesora de inglés como segunda lengua.

    Su matrimonio con Dan terminó en separación en 1975 y divorcio en 1980.
    >Pero tampoco fue una ruptura de esas en las que dos personas desaparecen de la vida de la otra.

    Continuaron viviendo muy cerca, aproximadamente a una manzana de distancia, y compartieron la crianza de sus cinco hijos.

    Uno de ellos, Loki Mulholland, acabaría siguiendo un camino bastante relacionado con el de su madre.
    Se convirtió en cineasta y fue quien dirigió *An Ordinary Hero*, el documental sobre la vida de Joan.

    Así que aquella mujer que en los años sesenta se enfrentó a la segregación, terminó pasando buena parte de su vida haciendo algo aparentemente mucho más tranquilo: criar a cinco hijos y enseñar.

    Pero nunca dejó de hablar de lo que había vivido.

    Y cuando sus hijos crecieron, su historia pasó también a formar parte de la vida de ellos.

    Loki, en particular, ha dedicado buena parte de su trabajo a mantener viva la memoria del movimiento por los derechos civiles y de la historia de su madre.

    Joan no fue solamente una activista de los años sesenta.

    Fue madre, profesora, esposa, divorciada y, finalmente, abuela y mentora de nuevas generaciones.

    Su vida no terminó cuando acabaron las sentadas.

    Simplemente cambió de escenario.

    Y hubo algo que probablemente resultaba todavía más incómodo para quienes la habían conocido de niña.

    Joan no estaba luchando por los derechos civiles porque necesitara hacerlo.

    Podía haber escogido el camino fácil.

    Era blanca.

    Tenía una familia que podía haberle proporcionado una vida cómoda.

    Podía haber terminado sus estudios, casarse y vivir tranquilamente sin enfrentarse a nadie.

    En lugar de eso eligió ponerse al lado de las personas que estaban siendo perseguidas.

    Y pagó un precio por ello.

    Su relación con su familia se deterioró enormemente.

    Durante años fue considerada una traidora por personas de su propio entorno.

    Pero Joan siguió adelante.

    Terminó convirtiéndose en profesora y dedicó buena parte de su vida a la educación.

    Con el tiempo creó la **Joan Trumpauer Mulholland Foundation**, dedicada a enseñar a jóvenes la historia del movimiento por los derechos civiles y la importancia de enfrentarse al racismo.

    Y hay una imagen que resume bastante bien su historia.

    Una fotografía de 1963.

    Joan, sentada junto a activistas negros en el Woolworth's.

    Tiene la cara cubierta de comida.

    Alguien la ha golpeado.

    Alrededor hay personas gritándoles.

    Y ella sigue allí.

    Sentada.

    Sin levantarse.

    Sin devolver el golpe.

    Sin irse.

    Muchos años después, cuando le preguntaban por qué había sido capaz de hacer aquello, Joan no se presentaba como una heroína.

    De hecho, insistía en que no se consideraba especialmente valiente.

    Simplemente decía que había llegado un momento en que sabía que aquello estaba mal y que ya no podía mirar hacia otro lado.

    Quizá esa sea la parte más incómoda de su historia.

    No necesitaba luchar.

    Podía haber permanecido cómodamente al margen.

    Pero decidió hacerlo.

    Tenía 19 años cuando se subió a aquel autobús.

    Y después de aquella decisión, su vida ya nunca volvió a ser la misma.

    Joan Trumpauer Mulholland no nació en el lado equivocado de la historia.

    Nació dentro de él.

    Y decidió cambiar de lado.

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