#empatia — Public Fediverse posts
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Hay gente que necesita decir constantemente que es buena persona.
Lo anuncia, lo explica, lo pone en su biografía casi como si fuera una titulación oficial.
Hablan de empatía, de respeto, de cariño, de lo importante que es no hacer daño a los demás… y luego los ves tratando a la gente como si fueran muebles que pueden apartar cuando molestan.Y ahí es donde me entra la duda.
Porque ser buena persona no debería ser una identidad que una se adjudica, sino algo que los demás pueden notar en cómo actúas.
No hace falta ir diciendo «yo soy buena» si después escuchas, respetas, reconoces cuando te equivocas y no necesitas pisar a nadie para sentirte por encima.De hecho, a veces cuanto más insiste alguien en demostrar lo maravilloso que es, más ganas me dan de mirar qué hace cuando nadie le está mirando.
Ahí suele estar la verdadera versión. 😏#psicología #personas #empatía #respeto #bondad #comportamiento #reflexiones #vidareal #hipocresía #carácter
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Hay gente que necesita decir constantemente que es buena persona.
Lo anuncia, lo explica, lo pone en su biografía casi como si fuera una titulación oficial.
Hablan de empatía, de respeto, de cariño, de lo importante que es no hacer daño a los demás… y luego los ves tratando a la gente como si fueran muebles que pueden apartar cuando molestan.Y ahí es donde me entra la duda.
Porque ser buena persona no debería ser una identidad que una se adjudica, sino algo que los demás pueden notar en cómo actúas.
No hace falta ir diciendo «yo soy buena» si después escuchas, respetas, reconoces cuando te equivocas y no necesitas pisar a nadie para sentirte por encima.De hecho, a veces cuanto más insiste alguien en demostrar lo maravilloso que es, más ganas me dan de mirar qué hace cuando nadie le está mirando.
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Hay gente que necesita decir constantemente que es buena persona.
Lo anuncia, lo explica, lo pone en su biografía casi como si fuera una titulación oficial.
Hablan de empatía, de respeto, de cariño, de lo importante que es no hacer daño a los demás… y luego los ves tratando a la gente como si fueran muebles que pueden apartar cuando molestan.Y ahí es donde me entra la duda.
Porque ser buena persona no debería ser una identidad que una se adjudica, sino algo que los demás pueden notar en cómo actúas.
No hace falta ir diciendo «yo soy buena» si después escuchas, respetas, reconoces cuando te equivocas y no necesitas pisar a nadie para sentirte por encima.De hecho, a veces cuanto más insiste alguien en demostrar lo maravilloso que es, más ganas me dan de mirar qué hace cuando nadie le está mirando.
Ahí suele estar la verdadera versión. 😏#psicología #personas #empatía #respeto #bondad #comportamiento #reflexiones #vidareal #hipocresía #carácter
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Hay gente que necesita decir constantemente que es buena persona.
Lo anuncia, lo explica, lo pone en su biografía casi como si fuera una titulación oficial.
Hablan de empatía, de respeto, de cariño, de lo importante que es no hacer daño a los demás… y luego los ves tratando a la gente como si fueran muebles que pueden apartar cuando molestan.Y ahí es donde me entra la duda.
Porque ser buena persona no debería ser una identidad que una se adjudica, sino algo que los demás pueden notar en cómo actúas.
No hace falta ir diciendo «yo soy buena» si después escuchas, respetas, reconoces cuando te equivocas y no necesitas pisar a nadie para sentirte por encima.De hecho, a veces cuanto más insiste alguien en demostrar lo maravilloso que es, más ganas me dan de mirar qué hace cuando nadie le está mirando.
Ahí suele estar la verdadera versión. 😏#psicología #personas #empatía #respeto #bondad #comportamiento #reflexiones #vidareal #hipocresía #carácter
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‘Deveríamos nos envergonhar como humanidade’, diz técnico do Egito sobre genocídio cometido por Israel em Gaza
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Desconexión humana
02 DE JUNIO DE 2026 Desconexión humanaPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
La humanidad atraviesa un momento profundamente contradictorio. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil convivir, y esto se debe en parte a que vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, plataformas digitales y algoritmos diseñados para mantenernos permanentemente conectados; empero, emocionalmente cada vez más distantes, porque basta observar cualquier restaurante para entenderlo: mesas llenas de personas mirando teléfonos en lugar de mirarse entre ellas, parejas enteras desplazándose en silencio mientras alguna red social absorbe toda su atención y grupos completos incapaces de sostener una conversación sin interrupciones digitales constantes. Lo verdaderamente inquietante es que esta desconexión dejó de parecernos anormal, nos acostumbramos tanto al aislamiento cotidiano que comenzamos a buscar desesperadamente experiencias capaces de hacernos sentir vivos otra vez.
Por eso el crecimiento global de festivales inmersivos, experiencias sensoriales, turismo emocional y eventos multitudinarios resulta tan revelador, ya no se trata únicamente de asistir a un concierto o viajar por entretenimiento; muchas personas están intentando recuperar sensaciones que la vida diaria dejó de ofrecerles. El éxito de espacios como el Festival de los Sentidos no puede entenderse solamente desde la música o la gastronomía, el verdadero fenómeno ocurre en otro nivel: la necesidad humana de volver a experimentar cercanía, pertenencia y conexión real. Miles de personas viajan enormes distancias para compartir mesas comunitarias, cantar con desconocidos, abrazarse durante una canción o simplemente sentir que forman parte de algo colectivo ya que, en un mundo donde la rutina cotidiana se volvió silenciosa y distante, estos espacios funcionan casi como refugios emocionales temporales.
Resulta profundamente simbólico observar cómo muchas de las experiencias más buscadas actualmente giran alrededor de estímulos humanos básicos que antes formaban parte natural de la convivencia diaria. Comer lentamente, conversar durante horas, caminar sin prisa, escuchar música en vivo rodeado de personas, compartir historias con desconocidos o desconectarse del teléfono móvil dejaron de ser hábitos normales para convertirse en lujos emocionales; el turismo incluso ha comenzado a transformarse bajo esa lógica, lugares remotos, silenciosos y alejados del ruido digital adquieren valor no por ostentación sino porque permiten recuperar una sensación que la vida urbana moderna parece haber destruido: la presencia genuina. Cada vez existen más personas dispuestas a gastar cantidades exorbitantes de dinero con tal de pasar unos días lejos de las pantallas, lejos del estrés y lejos de la velocidad permanente de las ciudades.
Quizás, ahí aparece una de las señales más extrañas de nuestra época, la humanidad está intentando reconstruir artificialmente, mediante experiencias extraordinarias, algo que antes surgía naturalmente en la convivencia cotidiana, antes, las personas encontraban sentido colectivo en espacios simples: plazas públicas, sobremesas familiares, mercados, cafés, parques, vecindarios o reuniones improvisadas, no era necesario comprar una experiencia inmersiva para sentirse acompañado porque la convivencia todavía formaba parte orgánica de la vida diaria. Hoy, en cambio, parece que la conexión humana necesita ser organizada, vendida, producida y convertida en evento.
Hablar de festivales donde desconocidos cantan abrazados mientras edificios enteros viven sin que nadie conozca al vecino resume perfectamente la paradoja contemporánea. Personas capaces de llorar junto a miles de extraños durante un concierto regresan después a departamentos donde ni siquiera saben el nombre de quienes viven a unos metros de distancia; individuos que pagan viajes enteros para encontrar autenticidad son incapaces de levantar la mirada del teléfono mientras esperan el elevador. Resulta brutal observar cómo la humanidad busca desesperadamente pertenencia colectiva en espacios extraordinarios mientras destruye lentamente las formas más básicas de convivencia cotidiana.
Todos los días al llegar a mi trabajo ocurre una escena que parece pequeña, pero que retrata perfectamente el deterioro de nuestra civilidad. Desde la puerta de entrada hasta mi escritorio probablemente me cruzo con más de un veintenar de personas, por simple educación, por costumbre y porque sigo creyendo que reconocer la presencia del otro representa una forma mínima de respeto, digo “buen día” prácticamente a cada persona con la que me encuentro, lo verdaderamente sorprendente no es hacerlo, sino descubrir que si recibo respuesta de tres o cinco personas ya puede considerarse un excelente día y, el resto, simplemente continúa caminando, evita contacto visual, permanece inmerso en el teléfono o actúa como si el saludo jamás hubiera existido. Y no hablo de enemistad ni agresividad; hablo de indiferencia absoluta.
Ese detalle aparentemente insignificante dice muchísimo sobre la sociedad que estamos construyendo. El saludo representa probablemente la forma más elemental de reconocimiento humano. Cuando alguien responde un “buen día”, aunque sea durante un segundo, está validando la existencia del otro. Está diciendo silenciosamente: “sé que estás aquí”, por eso su desaparición resulta tan simbólica; poco a poco comenzamos a convivir físicamente sin relacionarnos emocionalmente. Compartimos oficinas, edificios, transporte, cafeterías y espacios públicos mientras vivimos encapsulados dentro de pequeños universos individuales que rara vez se cruzan realmente con los demás.
La pandemia aceleró enormemente este fenómeno. Durante tan solo un par de años, aprendimos a mantener distancia, evitar cercanía, desconfiar del contacto y refugiarnos en espacios personales, muchas de esas conductas eran necesarias en aquel momento; empero, el problema es que la emergencia terminó y gran parte del aislamiento emocional permaneció instalado como hábito social. Nos acostumbramos demasiado a convivir sin convivir. El miedo sanitario desapareció gradualmente, pero la distancia emocional se quedó instalada en la rutina diaria; dejamos de mirarnos, dejamos de conversar espontáneamente y dejamos incluso de reconocer la presencia de quienes tenemos enfrente.
De cierta manera, es por ello, que los festivales, conciertos y experiencias colectivas comenzaron a adquirir una importancia emocional tan fuerte en todo el mundo, la gente no solamente compra boletos; compra momentos de pertenencia, compra la sensación de sentirse acompañada otra vez, y resulta impresionante observar imágenes de miles de personas abrazándose durante una canción, saltando al mismo ritmo o llorando juntas frente a un escenario mientras, fuera de esos espacios, la vida cotidiana se vuelve cada vez más silenciosa y distante. Hay algo profundamente humano detrás de esa necesidad de reunirse. No se trata únicamente de entretenimiento, se trata de una sociedad intentando recuperar emociones que ha ido perdiendo lentamente.
También es interesante observar cómo el lujo moderno ha comenzado a cambiar de significado. Durante décadas el éxito estaba asociado principalmente con posesiones materiales: autos, relojes, ropa o propiedades, hoy existe una tendencia distinta, muchísimas personas consideran más valioso desconectarse unos días en un lugar remoto, convivir alrededor de una fogata, compartir una cena larga o asistir a un festival donde puedan sentirse presentes; la experiencia empezó a desplazar a la posesión porque la vida diaria se volvió emocionalmente pobre; el problema es que muchas veces buscamos recuperar en eventos extraordinarios lo que seguimos destruyendo en nuestras conductas más cotidianas.
Basta entrar a cualquier elevador para notar el cambio cultural que hemos normalizado. Cuatro o cinco personas compartiendo apenas unos metros cuadrados mientras todas evitan mirarse, nadie habla, nadie sonríe, nadie saluda; cada individuo permanece refugiado en su pantalla como si reconocer al otro fuera una invasión incómoda. Hace años el silencio en un elevador podía representar simple timidez, hoy, parece convertirse en norma social. Lo verdaderamente preocupante es que ya ni siquiera nos incomoda.
Las redes sociales también contribuyeron a transformar profundamente la manera en que convivimos; paradójicamente, plataformas creadas para conectar personas terminaron incentivando dinámicas profundamente individualistas y, vivimos obsesionados con documentar experiencias en lugar de habitarlas plenamente, personas enteras atraviesan conciertos grabando videos que probablemente jamás volverán a ver; familias completas interrumpen conversaciones para responder mensajes irrelevantes; amigos se reúnen para observar teléfonos compartiendo silencios incómodos disfrazados de convivencia, poco a poco comenzamos a reemplazar presencia por exposición digital.
Lo más triste es que muchos de estos comportamientos ya ni siquiera son percibidos como falta de educación, saludar parece opcional, interrumpir conversaciones para mirar el teléfono se volvió aceptable, ignorar a quienes prestan servicios cotidianos comenzó a verse normal; meseros, recepcionistas, personal de limpieza, guardias de seguridad o trabajadores que vemos todos los días terminan convertidos casi en mobiliario humano invisible y, una sociedad comienza a deteriorarse justamente cuando deja de reconocer humanidad en las personas que la rodean.
Hay generaciones enteras creciendo en contextos donde la convivencia espontánea ocurre cada vez menos, antes las personas permanecían más tiempo en las calles, visitaban vecinos, convivían en parques o compartían sobremesas larguísimas, hoy, gran parte de la interacción ocurre filtrada por dispositivos electrónicos, incluso el entretenimiento se volvió profundamente individual, cada integrante de una casa consume contenido distinto, escucha música distinta y vive dentro de una burbuja algorítmica personalizada; compartimos techo, pero no necesariamente experiencias.
Por eso resulta tan poderoso observar festivales donde miles de desconocidos cantan abrazados. Durante unas horas desaparecen muchas barreras sociales que dominan la vida cotidiana, personas de diferentes edades, países y contextos conviven alrededor de una emoción común; se miran, se hablan, se reconocen y se permiten sentir colectivamente algo que fuera de ese espacio muchas veces resulta imposible. Hay una especie de liberación emocional temporal que explica por qué estos eventos generan recuerdos tan intensos.
La pregunta incómoda sigue ahí: ¿por qué necesitamos escapar tan lejos para recuperar algo que antes formaba parte natural de nuestra vida diaria? Esa es probablemente la verdadera discusión detrás del auge de las experiencias inmersivas contemporáneas, no estamos pagando únicamente por música, gastronomía o turismo, estamos pagando por volver a sentir cercanía humana.
“El ser humano está gastando miles de dólares para volver a sentir conexión… mientras ignora a las personas que tiene literalmente a un metro de distancia.”
Esa frase resume probablemente una de las contradicciones más dolorosas de nuestra época. Miles de desconocidos pueden abrazarse durante horas en medio de un festival mientras habitantes del mismo edificio pasan años enteros sin intercambiar una sola conversación, personas capaces de viajar a otro continente buscando autenticidad son incapaces de responder el saludo de alguien que ven diariamente, individuos que publican mensajes constantes sobre empatía ignoran por completo a quienes trabajan a su alrededor todos los días; la humanidad comenzó a convertir la conexión humana en una experiencia extraordinaria porque dejó de practicarla como parte natural de la vida cotidiana.
Y aquí aparece otro elemento fundamental: la educación desde casa. Porque muchas veces intentamos explicar este fenómeno únicamente desde la tecnología, las redes sociales o la pandemia, cuando también existe una pérdida gradual de hábitos básicos de cortesía y convivencia, porque el saludo no debería depender del estado de ánimo, de la jerarquía social ni de la conveniencia personal, saludar representa un acto mínimo de reconocimiento mutuo, es una manera simple de demostrar respeto, presencia y civilidad.
Resulta impresionante observar cómo algunas personas pueden pasar diariamente frente a las mismas caras durante años sin desarrollar siquiera la costumbre de reconocerlas, no se trata de construir amistades profundas con cada individuo que encontramos; se trata de entender que convivimos en comunidad y que esa convivencia necesita pequeños gestos para mantenerse humana. Un “buen día”, una sonrisa o una conversación breve pueden parecer insignificantes, pero son precisamente esos actos mínimos los que sostienen el tejido social cotidiano.
La pérdida de estos hábitos también tiene consecuencias emocionales enormes; una sociedad donde nadie saluda, nadie conversa y nadie mira a los ojos termina convirtiéndose en un entorno profundamente frío y, los seres humanos no estamos diseñados para vivir emocionalmente aislados, por eso, después aparecen fenómenos masivos de ansiedad, sensación de vacío y búsqueda desesperada de pertenencia, necesitamos sentirnos vistos, necesitamos sentir que formamos parte de algo, necesitamos reconocimiento humano.
Incluso muchas dinámicas laborales actuales reflejan esta transformación; oficinas enteras llenas de personas trabajando juntas mientras cada individuo permanece completamente aislado dentro de audífonos y pantallas, lugares donde el silencio dejó de representar concentración para convertirse en distancia emocional; antes los espacios de trabajo también funcionaban como lugares de convivencia cotidiana, hoy, muchas veces parecen estaciones temporales de productividad individual donde cada persona intenta terminar el día interactuando lo menos posible.
No se trata de romantizar el pasado ni de negar los beneficios tecnológicos. La tecnología facilitó comunicación, información y oportunidades enormes, el problema aparece cuando la hiperconectividad digital sustituye completamente la convivencia humana presencial porque ningún algoritmo puede reemplazar realmente la sensación de una conversación genuina, una carcajada compartida o el simple reconocimiento que produce un saludo sincero.
También resulta interesante observar cómo muchas personas comienzan a sentirse incómodas frente al silencio natural de una conversación presencial, necesitan revisar el teléfono constantemente, llenar pausas con estímulos digitales o escapar inmediatamente de cualquier momento de quietud, como si permanecer plenamente presentes frente a otro ser humano se hubiera convertido en algo difícil de sostener y, quizás, ahí se esconde uno de los mayores problemas contemporáneos: estamos perdiendo capacidad de presencia.
La velocidad actual tampoco ayuda, todo ocurre demasiado rápido porque consumimos información, conversaciones, entretenimiento y relaciones con una ansiedad permanente, queremos respuestas inmediatas, gratificación instantánea y estímulos constantes; bajo esa lógica, incluso la convivencia humana comienza a percibirse como una interrupción incómoda, escuchar verdaderamente a alguien requiere tiempo, conversar implica paciencia, convivir exige presencia emocional y muchas personas parecen haber olvidado cómo hacerlo.
Por eso los espacios donde todavía existe convivencia auténtica generan tanto impacto emocional; una sobremesa larga, un concierto en vivo, un viaje sin conexión permanente o una conversación profunda terminan sintiéndose casi revolucionarios dentro de una sociedad obsesionada con la velocidad y la distracción constante; lo paradójico, es que gran parte de esas experiencias podrían existir diariamente si recuperáramos pequeñas formas de civilidad que hemos ido abandonando poco a poco.
Tal vez el ejemplo del saludo resulta tan poderoso precisamente porque es extremadamente simple, no requiere dinero, tecnología ni condiciones especiales, solamente requiere disposición humana y, aun así, cada vez más personas parecen incapaces de sostener incluso ese gesto mínimo de convivencia. Cuando alguien ignora sistemáticamente a quienes lo rodean, no solamente evita una interacción; contribuye lentamente a construir espacios sociales más fríos, más impersonales y más aislados.
Hay algo profundamente inquietante en una humanidad que necesita festivales multitudinarios para recordar cómo se siente convivir, porque eso significa que la vida cotidiana dejó de ofrecer aquello que durante siglos sostuvo naturalmente nuestras relaciones humanas, tal vez por eso, tantas personas regresan emocionalmente transformadas después de ciertos viajes, conciertos o experiencias colectivas y durante unos días logran sentir cercanía, presencia y comunidad; el problema es que después vuelven a entornos donde nadie responde siquiera un “buen día”.
También resulta revelador observar cómo muchas campañas publicitarias actuales giran alrededor de conceptos como autenticidad, conexión, experiencias reales o bienestar emocional, y es que las marcas entendieron algo importantísimo: la sociedad contemporánea tiene hambre de humanidad, y cuando una necesidad emocional se vuelve tan grande, inevitablemente termina convirtiéndose en producto. Hoy se venden retiros de desconexión, experiencias inmersivas, turismo consciente y espacios diseñados específicamente para que las personas vuelvan a sentirse presentes. La pregunta incómoda es por qué dejamos que algo tan básico tuviera que convertirse en industria.
Es altamente probable que la verdadera crisis contemporánea no sea tecnológica sino profundamente humana, perdimos hábitos pequeños que parecían insignificantes y no entendimos que justamente esos actos cotidianos sostenían gran parte de nuestra convivencia social. Saludar, conversar, escuchar, compartir tiempo o mirar a los ojos parecen detalles mínimos hasta que desaparecen y, cuando desaparecen, comenzamos a sentir un vacío que intentamos llenar mediante experiencias extraordinarias.
Finalmente, quizá la pregunta más importante no sea por qué el mundo entero busca tan desesperadamente volver a sentir conexión humana, sino ¿en qué momento dejamos de practicar diariamente las formas más simples de civilidad que podían recordarnos que nunca estuvimos realmente solos?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 455 en Roma, Imperio Romano de Occidente (actual Italia), se presenta el segundo de los tres grandes saqueos de Roma por conducto de los vándalos (tribus germánicas orientales originarias del norte de Europa) comandadas por Genserico contra el entonces emperador romano Petronio Máximo, quien vio caer su imperio en tan solo 14 días no sin antes suplicar por la vida de los ciudadanos por lo cual, se abren las puertas de la ciudad y los romanos logran huir; en 1740 nacía en París, Francia, el activista político, aristócrata, cuentista, dramaturgo, ensayista, escritor, filósofo, novelista y prosista Donatien Alphonse François de Sade quien, fuera repudiado por sus obras ya que sin excepción alguna, sus líneas describían los escenarios más desagradables para aquella época por estar cargados de erotismo, ficción y sadomasoquismo, por lo que fue tildado de enfermo sexual. Entre sus obras encontramos “Les Crimes de l’amour” (Los crímenes del amor – 1800), “Justine ou les Malheurs de la vertu” (1787) y por supuesto su obra magna “Les Cent Vingt Journées de Sodome, ou l’École du libertinage” (Los 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje – 1785). Esta última obra fue publicada póstumamente en 1904; en 1899 nacía en Berlín, Alemania, la cineasta Charlotte Reiniger quien de una manera sumamente peculiar; es decir, a base de tijeras y papel, consiguiera aportar al mundo el primer largometraje de lo que posteriormente recibirá el nombre de cine de animación intitulado “Die Abenteuer des Prinzen Achmed” (Las aventuras del príncipe Achmed – 1926), el cual, tardó tres años en poderlo producir.
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La normalización del absurdo
26 DE MAYO DE 2026 La normalización del absurdoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
El mundo atraviesa nuevamente una etapa de reconfiguración ideológica cuya magnitud todavía no termina de dimensionarse por completo, porque aunque gran parte de la conversación pública continúa reduciendo los acontecimientos internacionales a disputas locales, elecciones nacionales o confrontaciones partidistas aisladas, lo cierto es que detrás de muchos de los movimientos políticos actuales comienza a consolidarse un proceso mucho más profundo relacionado con la reorganización de bloques narrativos, intereses estratégicos y posicionamientos ideológicos que progresivamente vuelven a dividir al escenario internacional bajo una lógica de alineamientos cada vez menos disimulados, por ello, las tensiones contemporáneas ya no pueden interpretarse únicamente desde la óptica tradicional de la diplomacia o la cooperación económica, sino también desde la construcción de discursos globales que intentan definir qué modelo económico, político y social debe prevalecer en los próximos años, particularmente en un contexto donde las democracias occidentales enfrentan niveles crecientes de polarización interna mientras potencias como China y Rusia impulsan esquemas alternativos de influencia política, militar y tecnológica capaces de alterar el equilibrio internacional construido tras el fin de la Guerra Fría.
Bajo esta lógica, resulta cada vez más evidente que las izquierdas y derechas contemporáneas dejaron de limitarse a la competencia electoral doméstica para comenzar a operar también como comunidades ideológicas transnacionales que construyen alianzas, respaldos simbólicos, plataformas discursivas y mecanismos de legitimación mutua, derivado de esto, los encuentros internacionales, los foros políticos, las declaraciones conjuntas y las narrativas de resistencia o defensa democrática ya no funcionan únicamente como actos protocolarios, sino como mensajes cuidadosamente observados e interpretados por otros actores globales, particularmente cuando las tensiones internacionales atraviesan uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas; sin embargo, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de estas redes ideológicas, sino en el momento histórico en el que resurgen, porque coinciden con un escenario internacional marcado por guerras abiertas, amenazas de escalamiento militar, disputas energéticas, confrontaciones tecnológicas y presiones diplomáticas que convierten cualquier posicionamiento político en una variable susceptible de ser leída bajo claves geopolíticas mucho más amplias que las reconocidas públicamente.
La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación, no solo por el conflicto militar en sí mismo, sino porque terminó reactivando una lógica internacional que durante años pareció parcialmente contenida, particularmente la reconstrucción de bloques políticos y estratégicos enfrentados que vuelven a dividir al mundo bajo esquemas de influencia ideológica, militar y económica, por ello, el conflicto dejó de ser exclusivamente una disputa territorial para convertirse en una confrontación que involucra narrativas democráticas, intereses energéticos, expansión de alianzas militares y control geopolítico regional; empero, el verdadero impacto del conflicto quizá no radique únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la manera en que logró normalizar nuevamente conceptos que hace apenas algunos años parecían lejanos para gran parte de la sociedad contemporánea, como amenazas nucleares, militarización fronteriza, espionaje internacional, propaganda política masiva y discursos permanentes de confrontación global.
Algo similar ocurre con la tensión creciente entre Estados Unidos e Irán, particularmente en Medio Oriente, donde cualquier movimiento militar, declaración diplomática o ataque indirecto posee la capacidad de alterar cadenas completas de estabilidad regional y económica a nivel global, especialmente cuando el control energético continúa desempeñando un papel determinante dentro del equilibrio internacional, por ello, la confrontación ya no puede entenderse únicamente como un desacuerdo bilateral, sino como parte de una disputa mucho más amplia relacionada con influencia regional, seguridad internacional y capacidad de proyección política sobre zonas estratégicas del planeta, mientras paralelamente China incrementa su presión sobre Taiwán bajo una lógica que combina demostración militar, competencia tecnológica y disputa económica global, introduciendo un escenario donde las principales potencias comienzan a exhibir cada vez menos disposición para ocultar sus intereses estratégicos reales detrás de discursos diplomáticos cuidadosamente moderados.
América Latina tampoco permanece al margen de esta reconfiguración internacional, particularmente porque distintos gobiernos de la región han comenzado a reforzar vínculos ideológicos, narrativos y políticos que inevitablemente son observados por Washington bajo criterios de seguridad, estabilidad regional e influencia estratégica, derivado de esto, las reuniones internacionales entre liderazgos de izquierda latinoamericana, los discursos sobre soberanía regional, las posturas frente a conflictos internacionales y los posicionamientos frente al modelo económico occidental adquieren una dimensión que trasciende lo meramente simbólico, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con Rusia, presión económica y tecnológica por parte de China y una creciente fragmentación política interna; por lo tanto, asumir que estos movimientos son completamente neutros o que carecen de implicaciones geopolíticas representa una lectura excesivamente ingenua de la realidad internacional contemporánea.
Lo verdaderamente inquietante de este escenario no es únicamente el nivel de confrontación política e ideológica que comienza a consolidarse a nivel global, sino la manera en que la sociedad parece haber desarrollado una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a ello, porque mientras las tensiones internacionales aumentan, las contradicciones políticas se multiplican y los discursos públicos se radicalizan, la reacción colectiva parece cada vez más débil, más breve y más emocionalmente anestesiada, como si la sobreexposición permanente al conflicto hubiera terminado erosionando la capacidad social de sorprenderse frente a acontecimientos que en otros momentos históricos habrían provocado una conmoción mucho más profunda, derivado de esto, guerras, amenazas militares, manipulación narrativa, espionaje, polarización extrema, discursos de odio y contradicciones institucionales comienzan a consumirse socialmente con la misma velocidad con la que desaparecen dentro del ciclo informativo cotidiano.
Tal vez el síntoma más delicado de esta transformación no sea la polarización política en sí misma, sino la pérdida progresiva de la capacidad de indignación, porque la indignación funciona como uno de los últimos mecanismos morales capaces de recordarle a una sociedad que todavía existen límites éticos, contradicciones intolerables y conductas públicamente inaceptables; sin embargo, algo comenzó a romperse cuando la incongruencia dejó de generar rechazo para convertirse en parte normal del paisaje político y social, por ello, hoy los gobiernos pueden sostener discursos opuestos a sus propias acciones sin enfrentar necesariamente consecuencias reales de credibilidad, pueden condenar prácticas que simultáneamente replican, defender principios que aplican selectivamente o prometer transformaciones que jamás terminan materializándose, mientras la reacción pública rara vez supera algunos días de indignación momentánea antes de ser sustituida por la siguiente controversia.
El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando esa pérdida de indignación deja de dirigirse únicamente hacia el poder político y comienza a reflejarse también en el comportamiento cotidiano de la propia sociedad, porque el ciudadano contemporáneo igualmente empezó a normalizar prácticas que durante años criticó en la clase gobernante, derivado de esto, mentir estratégicamente, justificar la simulación, actuar bajo conveniencia, incumplir compromisos, manipular discursos o relativizar principios dejó de percibirse como una anomalía moral para comenzar a integrarse progresivamente dentro de las dinámicas normales de convivencia pública, lo cual introduce una contradicción especialmente peligrosa, ya que una sociedad difícilmente puede exigir congruencia institucional cuando ella misma ha comenzado a perderla en su comportamiento cotidiano.
Nos encontramos en una época donde la incongruencia de pensamiento se puede presentar en dos o, incluso, tres vías diferentes; es decir, la manera en que pensamos y posteriormente actuamos es muy diferente cuando se presenta exactamente el mismo caso y esta incongruencia mental tampoco nos indigna, es más, algo que me parece sumamente delicado es que el mundo hoy se indigna mucho más por la decisión que el VAR pueda tomar en un partido de fútbol que en las acciones que nuestros líderes, padres, compañeros de trabajo o cualquiera que sea de nuestro ámbito más próximo pueda generar y solo considero indispensable que pongamos en una balanza y nos planteemos esta pregunta ¿Pueden las dudas en el fútbol tener mayor relevancia en nuestra vida diaria que las acciones que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos?
En este contexto, quizá el riesgo más grande no sea únicamente la confrontación ideológica mundial que lentamente vuelve a dividir al planeta bajo nuevas narrativas políticas, económicas y estratégicas, sino el hecho de que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad emocional y moral para reaccionar frente a ella, porque cuando la mentira deja de sorprender, la simulación deja de incomodar y la contradicción deja de indignar, los límites éticos comienzan a desplazarse silenciosamente hasta volver aceptables conductas que anteriormente habrían resultado inadmisibles, por ello, el verdadero deterioro quizá no se encuentre solamente en los gobiernos, en los conflictos internacionales o en los intereses geopolíticos que hoy reorganizan al mundo, sino en la normalización colectiva de la incongruencia como forma habitual de convivencia pública.
Finalmente, el problema de una sociedad que pierde la capacidad de indignarse no radica únicamente en su pasividad frente al poder, sino en algo mucho más profundo y peligroso: la gradual desaparición de los criterios internos que permiten distinguir entre lo correcto y lo conveniente, porque cuando la contradicción deja de generar conflicto moral, las sociedades comienzan a adaptarse emocionalmente a cualquier narrativa, a cualquier abuso y a cualquier simulación siempre que resulte compatible con sus afinidades ideológicas o intereses inmediatos, derivado de esto, quizá la pregunta más inquietante no sea hacia dónde se dirige la nueva confrontación política mundial, sino ¿en qué momento dejamos de reaccionar frente a ella como si ya nada tuviera la capacidad de sorprendernos o indignarnos realmente?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1816 en Montevideo, Uruguay, la Biblioteca Nacional abre sus puertas por primera ocasión y se convierte en la primera biblioteca pública del país, motivo por el cual, en Uruguay, se celebra en esta fecha, el “Día Nacional del Libro”; en 1914 en París, Francia, el Teatro de la Ópera de París se convierte en el recinto para el estreno mundial de la ópera “Le Rossignol” (El ruiseñor), de la autoría del célebre compositor, director de orquesta, libretista y pianista ruso Ígor Fiódorovich Stravinski, en 1989 en Casablanca, Marruecos, culmina la 16º edición de la cumbre de la Liga Árabe, con un reconocimiento “implícito” del Estado de Israel y con una petición para asentar una conferencia internacional para la paz en Oriente Próximo.
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”Miehille viha on sallitumpi tunne kuin suru ja pettymys.”
Ja
”Kilpailullisessa yhteiskunnassa vastuu menestyksestä kankeaa yksilölle.”
Kunpa jokainen lukis tämän artikkelin, vaikka ei lukisi mitään muuta koko vuonna, ja tekisi vähän itsereflektiota ja päättelyä sen jälkeen. Yhteiskunta muuttuisi laakista paremmaksi.
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Onko Sinun mielestäsi ok, että psyk. polilla #hoitaja sanoo autistille, että "Sä käytät aina tota autismikorttia."
Musta ei. Musta se on ilmaus siitä, ettei ymmärretä neuropsykiatriaa ynnä empatiavajeista gaslighttaamista.
Mutta ehkä on niin, ettei #empatia enää kuulu edes mielenterveyshoitoon; politiikkaanhan se ei ole enää pariin vuoteen kuulunut.
#mielenterveys #mt #mielenterveyshoito #sote #terveys #terveydenhoito #autismi #autisti #gaslightning #empatia #empatiavajeisuus #psykpoli
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Hola Titánicos, cada 10 de septiembre se celebra el día mundial para la prevención del suicidio, con el objetivo de concienciar que el suicidio puede prevenirse. Este año bajo el lema: "Siempre hay razones para vivir".
https://somosdisca.es/dia-mundial-para-la-prevencion-del-suicidio-2025/
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Elisa Aaltola Marko Gustafssonin vieraana puhumassa vastalääkkeistä hedonistisen kulutusyhteiskunnan sairaalle hyörinälle, https://areena.yle.fi/1-73932533
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Como hoy es el día mundial de la prevención del suicidio quiero aprovechar este dia para visibilizar como es un ingreso de salud mental desde dentro.
A día de hoy, un ingreso de salud mental, se realiza cuando el trastorno o enfermedad de salud mental no está controlada y se necesita una atención más exhaustiva y personalizada.
Hoy os comparto mi experiencia personal de como es por dentro.
https://somosdisca.es/un-ingreso-de-salud-mental/
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Hola Titánicos, cada 10 de septiembre se celebra el día mundial para la prevención del suicidio, con el objetivo de concienciar que el suicidio puede prevenirse. Este año bajo el lema: "Cambiar la narrativa"
https://somosdisca.es/dia-mundial-para-la-prevencion-del-suicidio-2024/
#PrevencionDelSuicidio #prevención #stopsuicidio #saludmental #depresion #depresionmayor #distimia #ansiedad #agudos #visibilidad #cuidados #autoayuda #respeto #empatia #salud #enfermedad #titan #titanicos #titanico #discapacidad #disability #disabilities #gentetitanica #somosdisca
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7/ ✨ Vamos fazer a nossa parte para tornar as redes sociais num espaço mais respeitoso e construtivo. O respeito e a empatia são essenciais, agora mais do que nunca.
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6/ 🙌 Chegou a hora de reavaliarmos como nos comportamos online. Precisamos de promover discussões saudáveis, onde diferentes opiniões possam ser partilhadas sem medo de represálias ou ofensas.
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5/ 🌍 A falta de civilidade online pode ser um reflexo das tensões sociais mais amplas que estamos a viver. Mas isso só aumenta a importância de cultivarmos respeito e empatia nas nossas interações digitais.
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4/ 🔍 Embora se possa argumentar que os mais jovens, que cresceram com o digital, possam não ter desenvolvido as mesmas normas sociais, este problema não é exclusivo de uma geração. Vemos pessoas de todas as idades a cair nestas armadilhas.
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3/ 📱 As redes sociais, muitas vezes, promovem conteúdos que geram emoções fortes, como a raiva ou a indignação. E porquê? Porque estes conteúdos aumentam o envolvimento - likes, partilhas, comentários. Mas a que custo?
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2/ 🤔 Será que esta tendência é uma questão geracional? Ou estamos a ser influenciados por um ambiente online que encoraja comportamentos que, na vida real, não teríamos?
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1/ 🧵 Reflexão sobre o comportamento nas redes sociais
Nos últimos tempos, é cada vez mais comum ver discussões nas redes sociais a descambar em insultos e ofensas. Parece que discordar de forma educada tornou-se uma arte rara.