#empatia — Public Fediverse posts
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📰 "Cero empatía": activista de la discapacidad acusa uso malintencionado de estacionamiento en un mall
🔗 https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/region-metropolitana/2026/09/04/cero-empatia-activista-de-la-discapacidad-acusa-uso-malintencionado-en-estacionamiento-en-un-mall.shtml -
✦ Hay problemas que duelen más cuando los demás no los consideran problemas.
Porque bastante tienes ya con lo que llevas encima como para que alguien te diga «eso no es para tanto», «yo no le daría importancia» o «hay gente con problemas de verdad».
Como si existiera una clasificación oficial del sufrimiento y alguien hubiera decidido que lo tuyo no merece pasar el corte.Lo curioso es que muchas veces no necesitas que te solucionen nada.
Solo necesitas que alguien entienda que para ti aquello está siendo difícil.
Punto.Cada persona tiene sus propios límites, sus miedos y sus mierdas.
Lo que a uno le resbala a otro puede dejarlo hecho polvo.
Y no, eso no significa que sea débil.
Significa que somos personas y no venimos todos con el mismo manual de instrucciones.A veces lo que más necesitas escuchar no es «no pasa nada», sino «entiendo que para ti sí pasa».
Y cambia bastante la cosa.✧・゚: ✧・゚: ───── :・゚✧:・゚✧
#psicologiacotidiana #reflexiones #emociones #empatia #saludmental #vidacotidiana #personas #sentimientos #comprender #realidad
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:BlobAngrySigh: Hay problemas que duelen más cuando los demás no los consideran problemas.
Porque bastante tienes ya con lo que llevas encima como para que alguien te diga «eso no es para tanto», «yo no le daría importancia» o «hay gente con problemas de verdad».
Como si existiera una clasificación oficial del sufrimiento y alguien hubiera decidido que lo tuyo no merece pasar el corte.Lo curioso es que muchas veces no necesitas que te solucionen nada.
Solo necesitas que alguien entienda que para ti aquello está siendo difícil.
Punto.Cada persona tiene sus propios límites, sus miedos y sus mierdas.
Lo que a uno le resbala a otro puede dejarlo hecho polvo.
Y no, eso no significa que sea débil.
Significa que somos personas y no venimos todos con el mismo manual de instrucciones.A veces lo que más necesitas escuchar no es «no pasa nada», sino «entiendo que para ti sí pasa».
Y cambia bastante la cosa.✧・゚: ✧・゚: ───── :・゚✧:・゚✧
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El mapa no es el territorio
Nuestra mente no registra el mundo tal como es, sino tal como somos nosotros. Cada estímulo, palabra o evento que nos rodea pasa primero por un filtro invisible construido por nuestras experiencias pasadas, la educación recibida y las heridas que aún no sanan. La percepción moldea la realidad individual. Lo que para una persona representa una amenaza intolerable, para otra puede ser una oportunidad de aprendizaje. Esto ocurre porque respondemos al mapa mental que hemos edificado, no al territorio real.
Si tuviéramos la oportunidad de acceder a otros conocimientos, de explorar culturas distintas o de sanar viejos dolores, nuestra forma de interpretar la vida daría un giro absoluto. Cambiar lo que conocemos transforma nuestras acciones. Si modificamos el ángulo desde el cual observamos un problema, las emociones asociadas a este se transforman de inmediato. Dejaríamos de reaccionar con enojo para responder con curiosidad, y el miedo cedería su lugar a la comprensión.
El verdadero crecimiento humano comienza cuando desafiamos la rigidez de nuestras propias certezas. Entender que nuestra visión es solo una versión de los hechos nos vuelve más flexibles y empáticos. Expandir la mente altera el comportamiento y el destino. Es por eso que aprender a percibir el entorno de un modo diferente es la herramienta más poderosa que poseemos para transformar radicalmente la manera en que sentimos, decidimos y amamos.
M. P., MSc. en Psicología Clínica
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¿Por qué la gente confunde la bondad con la debilidad?
Vivimos en un mundo que corre muy rápido y que muchas veces premia al que grita más fuerte o al que pisa a los demás para subir. En ese ambiente tan competitivo, la sociedad empezó a valorar el egoísmo como si fuera una armadura para sobrevivir. Cuando alguien decide actuar con honor, decir la verdad, o mostrar compasión, las personas que están acostumbradas a la desconfianza ven un blanco fácil. Quienes confunden estos valores con debilidad suelen ser personas con un miedo profundo a ser lastimadas, por lo que asumen de inmediato que la amabilidad es un defecto de fábrica o una falta de carácter para defenderse.
La realidad psicológica es totalmente opuesta, pues ser una persona noble requiere de una fuerza mental inmensa. Mentir, ser indiferente o traicionar para beneficio propio es el camino más fácil y cobarde que cualquiera puede tomar. En cambio, mantener la palabra, sostener la honestidad cuando todo el entorno te empuja a hacer trampa y sentir el dolor ajeno exige un control emocional gigante. La nobleza no es ignorancia ni sumisión; es una elección consciente de personas fuertes que conocen las reglas del juego sucio pero deciden no ensuciarse las manos para construir un espacio más sano.
Ver la compasión como un defecto habla más de las carencias del observador que de la falta de fuerza de quien la practica. Los valores más altos de la humanidad no nos hacen vulnerables, nos hacen humanos, y defenderlos en tiempos difíciles es el acto de valentía más grande que existe.
M. P., MSc. en Psicología Clínica
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Giornata Internazionale del Perdono
C’è qualcosa di profondamente liberatorio in un semplice gesto: perdonare. È come aprire le finestre dopo giorni di pioggia e lasciare entrare il sole. Non a caso, esiste una giornata dedicata proprio a questo:
la Giornata Internazionale del Perdono.
Un piccolo, grande appuntamento con il cuore… e con noi stessi.
Ma da dove arriva questa ricorrenza così dolce, eppure così potente?
🌱 Un’idea nata dal cuore
La Giornata Internazionale del Perdono nacque nel 1996 su iniziativa della Worldwide Forgiveness Alliance (WFA), organizzazione non profit fondata dall’avvocato e mediatore californiano Robert W. Plath. L’obiettivo era creare una giornata dedicata alla diffusione del perdono come strumento di riconciliazione, benessere personale e costruzione della pace. Con il passare degli anni, la ricorrenza si è diffusa in numerosi Paesi, pur non essendo una celebrazione ufficialmente riconosciuta dalle Nazioni Unite.
- Robert W. Plath, avvocato e mediatore californiano, è riconosciuto come il fondatore della Worldwide Forgiveness Alliance (WFA).
- La WFA è un’organizzazione non profit nata con lo scopo di diffondere la cultura del perdono attraverso programmi educativi, eventi e campagne di sensibilizzazione.
- La WFA promosse e organizzò la prima International Forgiveness Day, celebrata la prima domenica di agosto a partire dal 1996.
Plath era convinto che il perdono non fosse un segno di debolezza, ma una forza capace di trasformare le persone, migliorare le relazioni e contribuire a costruire una società più pacifica.
🗓 La prima volta… e la data scelta
La prima celebrazione ufficiale della Giornata del Perdono si è tenuta nel 1996. Da allora, il mondo ha iniziato a parlarne sempre di più, tanto che questa giornata è stata inserita tra le ricorrenze internazionali più “sentite” dai promotori della cultura della pace.
La data assegnata? La prima domenica di agosto di ogni anno.
Perché proprio quel giorno? Perché è piena estate, stagione simbolo di rinascita, leggerezza e apertura. Il caldo invita a uscire, a stare insieme, a lasciar andare. E cosa c’è di più liberatorio che perdonare – o perdonarsi – quando tutto attorno profuma di vacanze e spensieratezza?
✨ Perché il perdono merita una giornata tutta sua?
Perdonare non è dimenticare. Non è giustificare. È un regalo che si fa a sé stessi, prima di tutto. È come svuotare la borsa dal superfluo, quella che ci portiamo ovunque piena di risentimenti, rimpianti, parole non dette.
Il perdono non cambia il passato, ma può decisamente alleggerire il presente e migliorare il futuro.
Curiosità chic: Sapevate che esistono persino laboratori del perdono in alcune scuole americane e nei centri di meditazione? E che nei Paesi nordici il perdono viene insegnato ai bambini fin dalla scuola materna come strumento di empatia?
☀️ E nel 2026?
La Giornata Internazionale del Perdono (International Forgiveness Day) è oggi domenica 2 agosto.
Un’occasione perfetta per lasciar andare vecchi rancori, scrivere una lettera che non manderete mai (ma che farà bene al cuore), o semplicemente fare pace… con se stessi.
Magari proprio davanti a un cappuccino, guardando fuori dalla finestra e pensando:
Oggi scelgo la leggerezza. Oggi scelgo il perdono.
Perché alla fine, il perdono è un atto chic. Raffinato. Elegante come chi sa sorridere anche quando la vita si mette di traverso.
E voi? Avete già scelto chi – o cosa – perdonare quest’anno?Autore: Lynda Di Natale Fonte: web Immagine: AI
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✩ A veces soltamos una frase en un momento de enfado y, cuando se nos pasa, seguimos con nuestra vida como si nada hubiera ocurrido.
Pero quien la recibió puede no tener tanta facilidad para olvidarla.
Hay palabras que duran segundos en salir de nuestra boca y años en quedarse dentro de alguien.
Se guardan en un rincón de la memoria y aparecen justo cuando esa persona vuelve a sentirse vulnerable.No se trata de andar midiendo cada palabra por miedo a equivocarse.
Todos tenemos días malos, todos perdemos la paciencia alguna vez.Se trata de recordar que al otro lado también hay alguien con sus propias heridas.
Pedir perdón es importante, pero hay frases que dejan marcas que no desaparecen solo porque digamos "lo siento".
Hablar con cuidado no es ser falso ni contenerse siempre.
Es entender que nuestras palabras también construyen o rompen un pedacito del mundo de otra persona.⊱ ────── {⋆。°✩°。⋆} ────── ⊰
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El peso de la historia
Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz
21 DE JULIO DE 2026 El peso de la historiaEl balón rodando sobre una historia que empezó mucho antes del silbatazo inicial.
Inglaterra-Argentina fue mucho más que una semifinal de la Copa del Mundo porque durante 101 minutos millones de personas alrededor del planeta observaron cómo una historia construida durante décadas encontraba un nuevo capítulo, una historia donde una disputa territorial, una guerra, una herencia emocional y sentimientos acumulados encontraron en una cancha de futbol un escenario simbólico para manifestarse con una intensidad exacerbada, sin límite e irracional, porque las rivalidades históricas entre naciones encuentran en el futbol el espacio donde la historia, la identidad y las emociones colectivas vuelven a enfrentarse. La relación entre ambas naciones ya tenía un antecedente en el Mundial de Inglaterra 1966, cuando la expulsión del capitán argentino Antonio Rattín alimentó la percepción de una injusticia arbitral que añadió una primera capa de tensión al duelo; sin embargo, aquel episodio todavía pertenecía exclusivamente al terreno deportivo, porque el verdadero punto de ruptura llegaría dieciséis años después, cuando la Guerra de las Malvinas transformó para siempre el significado de cada enfrentamiento entre ambas selecciones.
La Guerra de las Malvinas representó el momento en que una disputa territorial histórica entre Argentina y el Reino Unido dejó de pertenecer únicamente al ámbito diplomático para convertirse en una herida profunda dentro de la sociedad argentina. El conflicto, desarrollado entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, enfrentó a aproximadamente diez mil efectivos argentinos contra cerca de treinta mil militares británicos entre fuerzas terrestres, navales y aéreas, dejando como saldo 649 soldados argentinos fallecidos, 255 británicos y tres civiles isleños muertos, además del mantenimiento de la administración británica sobre el archipiélago hasta nuestros días; empero, la derrota trascendió el ámbito militar porque convirtió aquella guerra en una conciencia histórica que encontró en el futbol un vehículo para expresar frustraciones, agravios y sentimientos que nunca desaparecieron por completo.
México 86 escribiría el capítulo más simbólico de esa rivalidad con Diego Armando Maradona como protagonista, quien durante 90 minutos fue diablo y ángel para los ingleses, pero nació el D10S para los argentinos, al grado de bautizar aquellos dos tantos como «La Mano de Dios» y «El Gol del Siglo», porque aquella victoria dejó de representar únicamente un resultado deportivo para convertirse en una reivindicación emocional frente a un adversario que apenas cuatro años antes había derrotado militarmente al país sudamericano. Francia 98 añadió un nuevo episodio cuando Argentina volvió a imponerse sobre Inglaterra en una Copa del Mundo y fortaleció la percepción de una superioridad futbolística sostenida; sin embargo, la historia suele ser bromista y juguetona, ya que para Corea-Japón 2002, cuando David Beckham, señalado durante años como villano por buena parte de la afición argentina tras su encontronazo con Diego Simeone, terminó convirtiéndose en el verdugo al marcar el penal que eliminó a la albiceleste del torneo. Cada uno de esos episodios fue incorporándose al imaginario nacional argentino hasta entrelazar derrotas, victorias, agravios y recuerdos dentro de una misma narrativa emocional, de tal suerte que, veinticuatro años después, un nuevo Inglaterra-Argentina volvió a convertirse en mucho más que un partido de futbol, porque sobre el césped también se disputó el peso simbólico de una historia que nunca terminó de cerrarse.
Francia-España representa otra de las grandes rivalidades que el futbol heredó de la historia porque detrás de cada enfrentamiento entre ambas selecciones existe una relación construida durante siglos entre dos pueblos que han compartido frontera, conflictos, intercambios culturales y una región vasca donde las identidades nunca han encajado por completo dentro de los límites políticos establecidos. La región vasca constituye uno de los espacios más complejos de Europa occidental al desarrollarse simultáneamente entre dos Estados nacionales sin perder una identidad propia sustentada en tradiciones, instituciones y una lengua ancestral como el euskera, cuya procedencia continúa siendo uno de los grandes enigmas lingüísticos del continente por no pertenecer a la familia de lenguas indoeuropeas predominante en Europa; de tal suerte que los Pirineos fueron mucho más que una frontera natural, convirtiéndose durante siglos en el escenario donde las disputas por Navarra, el Rosellón y otras ambiciones territoriales enfrentaron de manera constante a ambas coronas y consolidaron dos formas distintas de comprender el poder, el territorio y la construcción del Estado.
Esa identidad vasca encontró uno de sus momentos más complejos durante la dictadura de Francisco Franco, cuando el uso público del euskera fue restringido, numerosas expresiones culturales fueron perseguidas y la centralización política buscó diluir las identidades regionales dentro de un proyecto nacional uniforme; contexto que décadas después favoreció el fortalecimiento de Euskadi Ta Askatasuna (ETA), organización que trasladó el conflicto más allá de las fronteras españolas debido a que una parte importante de la comunidad vasca también habita el sur de Francia, generando tensiones diplomáticas relacionadas con refugios, persecuciones judiciales, extradiciones y el tratamiento de integrantes de la organización, al grado de solicitar en distintos momentos el traslado de presos vinculados al movimiento hacia cárceles francesas por considerar que el conflicto tenía un origen entre vascos y españoles y que las instituciones francesas ofrecían mayores garantías, demostrando cómo una reivindicación territorial podía terminar convirtiéndose en un asunto político entre dos naciones.
Cabe recordar que la competencia entre Francia y España nunca se limitó al terreno político porque también encontró expresión en la religión, la cultura, la gastronomía, el turismo y el vino. Francia fue conocida tradicionalmente como La fille aînée de l’église —»la hija mayor de la Iglesia»— por su estrecha relación con el papado y su temprana conversión al cristianismo, además de haber visto nacer a la Orden del Temple, mientras España construyó buena parte de su identidad alrededor de la defensa y expansión del catolicismo durante la Reconquista y la formación de su imperio; dos trayectorias que convergieron durante el Papado de Aviñón entre 1309 y 1377, episodio que antecedió al Cisma de Occidente y evidenció que la influencia espiritual sobre Europa también formó parte de la competencia por ejercer el liderazgo del mundo occidental.
La rivalidad también puede recorrerse entre los viñedos que cubren ambos países porque la competencia se cultiva desde hace generaciones entre Burdeos y La Rioja, dos territorios que representan maneras distintas de comprender el vino, el paisaje, la tradición y el prestigio internacional. En Francia, cada botella expresa el concepto de Terroir, donde el suelo, el clima y la composición mineral forman parte inseparable de la identidad del vino; mientras España convirtió regiones como La Rioja, Ribera del Duero, Jerez, Priorat o Rías Baixas en expresiones donde la viticultura también narra la historia de familias, monasterios, rutas comerciales y generaciones enteras. La competencia entre ambas naciones, por tanto, nunca ha consistido únicamente en determinar quién produce el mejor vino, sino quién logra interpretar con mayor profundidad la relación entre territorio, tradición, cultura e identidad.
La historia nunca es monocromática; los mismos pueblos que alguna vez fueron enemigos también han sido aliados, socios, familiares o compañeros de armas; sin embargo, basta un partido de futbol para que decidamos recordar únicamente una parte de esa historia. La otra parte merece ser contada.
A partir de ahí la historia continúa ofreciendo capítulos muy distintos a los que solemos recordar con mayor facilidad. Francia y España, después de décadas marcadas por el conflicto derivado de la actividad de ETA, iniciaron un proceso de cooperación institucional que transformó profundamente la relación entre ambos Estados mediante mecanismos conjuntos de inteligencia, procedimientos judiciales armonizados, extradiciones más ágiles, intercambio permanente de información policial y operaciones coordinadas a ambos lados de los Pirineos; el mismo territorio que durante años simbolizó la confrontación terminó convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos de colaboración transfronteriza dentro de la Unión Europea, mientras la libre circulación derivada del Espacio Schengen transformó una antigua frontera de vigilancia permanente en un punto de encuentro cotidiano para miles de personas que hoy estudian, trabajan, comercian o viven entre ambos países.
La integración tampoco se limitó al ámbito de la seguridad. Francia y España desarrollaron corredores ferroviarios, proyectos energéticos, infraestructura compartida, intercambios universitarios y programas culturales que fortalecieron una relación construida sobre siglos de vecindad; ciudades fronterizas como Hendaya e Irún, separadas únicamente por el río Bidasoa, representan hoy una realidad donde la cooperación administrativa, económica y social forma parte de la vida cotidiana, mientras el euskera continúa escuchándose en ambos lados de la frontera como testimonio de una identidad que sobrevivió a monarquías, guerras, dictaduras y transformaciones políticas sin desaparecer.
La relación entre Francia e Inglaterra siguió un recorrido igualmente complejo. Después de siglos de disputas dinásticas, enfrentamientos territoriales y competencia por la influencia política en Europa, ambas naciones firmaron la Entente Cordiale el 8 de abril de 1904, acuerdo que puso fin a buena parte de sus desacuerdos coloniales y abrió una nueva etapa de entendimiento. Apenas una década más tarde combatieron como aliados durante la Primera Guerra Mundial en escenarios como el Somme, Ypres, Arras y Passchendaele; esa cooperación se consolidó nuevamente durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Charles de Gaulle organizó desde territorio británico el movimiento de la Francia Libre con el respaldo de Winston Churchill, antecedente de una alianza que posteriormente se reflejaría en el desembarco de Normandía y, concluido el conflicto, en una estrecha colaboración diplomática, militar y de inteligencia que ambas naciones mantienen hasta la actualidad como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
España-Argentina recorrieron un camino diferente porque sus vínculos comenzaron mucho antes de constituirse como Estados independientes. Desde el proceso de conquista española del Cono Sur durante la primera mitad del siglo XVI, y con la expedición de Pedro de Mendoza y el establecimiento de Buenos Aires en 1536, comenzó a construirse una relación que posteriormente se consolidaría con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, dejando una herencia institucional, jurídica, lingüística, religiosa y cultural que continuaría desarrollándose incluso después de la independencia argentina; durante los siglos XIX y XX millones de españoles emigraron al país sudamericano, influyendo en su comercio, educación, arquitectura, literatura, gastronomía y vida política, mientras los intercambios académicos, culturales y económicos entre ambas naciones permanecen vigentes hasta nuestros días.
Dicha herencia compartida también puede recorrerse entre los viñedos. La vid llegó al actual territorio argentino durante los primeros años de la presencia española y, con el paso de los siglos, aquel conocimiento agrícola se adaptó a los valles andinos hasta dar origen a una tradición vitivinícola con identidad propia; lo que comenzó como una práctica introducida por la Corona y fortalecida por las órdenes religiosas terminó convirtiéndose en una de las expresiones culturales y económicas más representativas de Argentina, demostrando que algunas herencias evolucionan sin romper el vínculo con su origen; de tal suerte que una historia compartida durante siglos quedará momentáneamente en pausa cuando ambas selecciones defiendan identidades distintas sobre el terreno de juego.
Podríamos asegurar que el recorrido histórico deja entonces una pregunta que trasciende cualquier marcador, cualquier selección y cualquier torneo: ¿por qué las rivalidades tienen la capacidad de instalarse con tanta fuerza en nuestra memoria mientras las alianzas, incluso aquellas que transformaron el rumbo de naciones enteras, suelen ocupar un espacio mucho menor en nuestra percepción cotidiana? La respuesta comienza a encontrarse en la forma en que funciona nuestro cerebro. La psicología cognitiva ha estudiado ampliamente un fenómeno conocido como sesgo de negatividad (Negativity bias), mediante el cual los estímulos negativos, las amenazas, los conflictos y las experiencias dolorosas captan mayor atención, permanecen durante más tiempo en nuestra memoria y ejercen una influencia más profunda sobre nuestras decisiones que los acontecimientos positivos o neutrales.
Desde la experiencia individual hasta la construcción de sociedades enteras, nuestro cerebro parece otorgar prioridad a aquello que representa peligro, pérdida o confrontación. En la vida cotidiana ocurre cuando una crítica pesa más que diez reconocimientos, un error permanece más tiempo que cien aciertos o una experiencia desagradable termina definiendo la percepción completa sobre una persona o una institución; esa misma lógica se reproduce a escala colectiva, donde guerras, derrotas y agravios históricos ocupan un lugar central dentro de la identidad de los pueblos, mientras los acuerdos, las reconciliaciones y los periodos de cooperación suelen quedar relegados a un segundo plano.
Las aulas representan uno de los primeros espacios donde construimos nuestra relación con la historia, aprendemos sobre guerras, conquistas, revoluciones, invasiones y conflictos porque forman parte indispensable de la comprensión del mundo; sin embargo, con frecuencia conocemos menos sobre los periodos de colaboración, los intercambios culturales, los acuerdos diplomáticos o los momentos donde antiguos enemigos encontraron puntos de encuentro. No porque esos hechos carezcan de importancia, sino porque el conflicto posee una capacidad narrativa superior: tiene protagonistas, antagonistas, vencedores, derrotados y momentos de tensión que facilitan su permanencia en nuestra memoria.
El entorno digital llevó este fenómeno a una dimensión completamente distinta ya que, los algoritmos de las redes sociales no fueron diseñados para premiar la reflexión pausada, sino para maximizar la interacción, y las emociones más intensas suelen generar mayores niveles de participación. La indignación, el rechazo, la burla y la confrontación encuentran un espacio ideal para multiplicarse, creando comunidades donde una identidad colectiva puede fortalecerse alrededor de aquello que rechaza antes que alrededor de aquello que comparte; de tal suerte que una rivalidad histórica, deportiva o política puede reactivarse en cuestión de horas y alcanzar una intensidad que supera incluso la comprensión racional del hecho que la originó.
Durante el Mundial actual surgieron ejemplos evidentes de este comportamiento, teniendo muy a la mano la rivalidad entre México y Argentina volvió a ocupar un espacio relevante dentro de las conversaciones digitales después del episodio ocurrido durante el Mundial anterior alrededor de Lionel Messi y una playera de la selección mexicana, sumándose a narrativas construidas durante años alrededor de la comparación entre Messi y Cristiano Ronaldo, donde millones de aficionados trasladan una disputa individual hacia selecciones, países y culturas completas; de tal suerte que un enfrentamiento deportivo termina cargándose con emociones acumuladas que van mucho más allá de los noventa minutos de juego.
La contradicción se vuelve todavía más profunda cuando observamos cómo las sociedades pueden reorganizar rápidamente sus narrativas dependiendo del contexto emocional del momento. Durante los últimos años, una parte importante del debate público mexicano colocó nuevamente en el centro de la conversación la relación con España por los acontecimientos ocurridos durante la conquista, llegando incluso a convertir la exigencia de una disculpa oficial de la Corona española en un elemento recurrente del discurso político nacional; empero, cuando la posibilidad de una final entre España y Argentina apareció como escenario deportivo, una parte de esos mismos espacios digitales modificó su postura y convirtió a España en un aliado circunstancial frente a un nuevo adversario.
El fenómeno no está en la existencia de una rivalidad deportiva, porque eso forma parte natural de cualquier competencia; el punto verdaderamente interesante está en la velocidad con la que una memoria colectiva puede reorganizar sus emociones, recuperar determinados episodios históricos, olvidar temporalmente otros y construir nuevas alianzas simbólicas dependiendo de quién ocupa el lugar del adversario en un momento determinado. La historia permanece intacta, los acontecimientos no cambian y los vínculos entre pueblos continúan siendo los mismos; lo que cambia es la interpretación emocional que hacemos de ellos.
Finalmente, cuando una sociedad como la mexicana cambia de «adversario» momentáneamente por un evento, cualquiera que este sea, y convierte en amigo y aliado a quien los anteriores 8 años no lo bajó del enemigo número uno, cabe hacer quizá, la pregunta más interesante de todas: ¿tan poco criterio tenemos los mexicanos que nos convierte en una sociedad altamente manipulable?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 356 a.C. nacía en Pella, Macedonia (actual Grecia), el aristócrata perteneciente a la dinastía argéada, rey de Persia, faraón de Egipto, hegemón griego y rey de Macedonia, Alejandro Magno, también conocido como “Alejandro el Grande”; en 1980 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, las Islas Solomon son aceptadas como Estado Miembro; en 1983 en la Antártida, la Estación Oriental mejor conocida como “Base Vostok” de propiedad rusa, registra la temperatura más baja en la historia reciente de la tierra al marcar los -89,2ºC (-128,6 grados Fahrenheit).
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¿Obedecer o cuestionar?
Por: Víctor Manuel Reyes Ferriz
07 DE JULIO DE 2026 ¿Obedecer o cuestionar?A punto de concluir el ciclo escolar en México, millones de estudiantes recibirán un documento que certifica su tránsito al siguiente nivel educativo, mientras el calendario oficial marca el cierre de actividades el 15 de julio; sin embargo, la pregunta que debería incomodar no es cuántos aprobaron, sino qué es exactamente lo que aprendieron, porque existe una diferencia sustancial entre concluir un grado escolar y haber desarrollado pensamiento crítico, capacidad de análisis o verdadera comprensión del entorno que habitan.
Históricamente, el sistema educativo mexicano ha operado bajo una lógica estructural que prioriza la obediencia sobre la duda, la repetición sobre la reflexión y la respuesta correcta sobre la pregunta incómoda; empero, esta arquitectura no es accidental en sus efectos, porque un modelo que desincentiva el cuestionamiento produce, como consecuencia natural, ciudadanos más acostumbrados a ejecutar instrucciones que a interrogar las razones detrás de ellas, y en ese tránsito se va diluyendo algo esencial: la curiosidad intelectual.
El problema no se reduce a lo pedagógico, sino que se extiende a lo cultural y político, porque cuando un sistema educativo deja de premiar la pregunta y comienza a premiar exclusivamente la respuesta, se configura una sociedad que aprende a adaptarse al orden existente en lugar de cuestionar sus fundamentos, sin que ello implique atribuir intenciones homogéneas a todos los actores institucionales, pero sí reconocer que los efectos acumulados terminan por consolidar un entorno donde el pensamiento crítico deja de ser estructura y se convierte en excepción.
Sobre la discusión del financiamiento y las tensiones entre autoridades educativas y organizaciones sindicales, han quedado registradas negociaciones donde se han documentado transferencias de recursos públicos por montos estratosféricos para la desactivación de conflictos; empero, conviene preguntarse si esos 800 millones de pesos compraron mejores estudiantes… o si únicamente financiaron un Centro Histórico más silencioso para la foto política.
Más allá del debate inmediato, la cuestión de fondo permanece intacta: en qué medida estos recursos se traducen en mejora real del aprendizaje, fortalecimiento del pensamiento crítico o desarrollo de habilidades cognitivas, o si únicamente operan como mecanismos de contención política que desplazan la discusión central sobre la calidad educativa.
Desde esa perspectiva, la incomodidad no proviene del gasto en sí mismo, sino de la ausencia de resultados proporcionales, porque mientras el sistema se mantiene en dinámicas de negociación recurrente, los indicadores educativos continúan evidenciando rezagos en comprensión lectora, razonamiento matemático y capacidad de análisis, lo que sugiere que el problema no es únicamente de recursos, sino de modelo estructural.
Comparativamente, el análisis internacional abre una discusión inevitable sobre los distintos resultados que producen sistemas educativos con lógicas pedagógicas divergentes; Chile y Finlandia han sido referentes históricos en ciertos indicadores, mientras Japón ha comenzado a destacar no tanto por la sofisticación teórica de su currículo, sino por los efectos visibles de su formación cultural en el comportamiento social.
Japón presenta una relación particularmente compleja entre educación y estructura social, porque la formación trasciende el aula y se convierte en una extensión del orden colectivo, donde la responsabilidad, el respeto por el espacio público y la disciplina individual se integran como práctica cotidiana, empero, esta misma estructura genera una dualidad innegable, ya que junto a comportamientos altamente cívicos también emergen tensiones profundas en la subjetividad social.
La manifestación del hikikomori representa una de las expresiones más evidentes de esa tensión, al describir a jóvenes que se aíslan durante periodos prolongados, retirándose de la vida social, académica o laboral como respuesta a presiones que perciben como inalcanzables o asfixiantes, fenómeno que no puede reducirse a lo clínico individual, sino que refleja exigencias culturales de rendimiento, expectativas sociales elevadas y costos emocionales asociados a un sistema de alta exigencia.
En paralelo, la proyección de estos valores fuera del país muestra cómo ciertas estructuras educativas pueden trascender fronteras institucionales, cuando empresas japonesas operan en otros contextos manteniendo estándares de disciplina, organización y respeto por procesos que contrastan con entornos donde dichas prácticas no son predominantes, lo que evidencia una continuidad cultural formada durante décadas de aprendizaje social integrado.
Planteado así, el contraste con México no busca idealizar ni descalificar modelos, sino evidenciar que estructuras educativas distintas generan resultados sociales distintos, y es en esa diferencia donde se hacen visibles patrones de responsabilidad colectiva, apropiación del espacio público y relación con la norma que también derivan de lo que se aprende, o se deja de aprender, en la infancia.
Tratándose de la formación del individuo, la discusión no puede limitarse exclusivamente a la escuela, porque intervienen simultáneamente el sistema educativo, el profesorado y el entorno familiar, de manera que la pregunta no es si la escuela puede asumir toda la carga formativa, sino qué ocurre cuando la curiosidad intelectual se estimula en casa pero se inhibe en el aula, o viceversa, generando siempre una construcción incompleta del pensamiento.
Naturalmente, el núcleo del problema radica en la normalización de una educación orientada a la obediencia, donde cuestionar puede interpretarse como desafío a la autoridad, cuando en realidad constituye el eje del proceso formativo, porque un estudiante que no pregunta no necesariamente aprende, sino que se adapta a un esquema de repetición que limita su capacidad analítica.
“Durante décadas, el sistema educativo mexicano enseñó que hacer muchas preguntas era sinónimo de indisciplina. Justo cuando la humanidad desarrolla la herramienta más poderosa basada en preguntas, descubrimos que educamos generaciones enteras para responder… pero no para preguntar.”
Intentando situar el debate en el presente, la urgencia no radica únicamente en reformar contenidos, sino en redefinir el propósito mismo de la educación frente a un entorno donde la inteligencia artificial ya forma parte del aprendizaje cotidiano, pues ignorar esta transformación no elimina su impacto, únicamente amplía la brecha entre quienes desarrollan pensamiento crítico y quienes dependen de estructuras rígidas de instrucción.
Un escenario contemporáneo deja claro que la Inteligencia Artificial no premia a quien más memoriza; premia a quien mejor piensa, y es que cada respuesta generada depende de la calidad de las preguntas formuladas, por ello el desafío ya no consiste en enseñar a encontrar información, sino en formar la capacidad de comprenderla, cuestionarla y, cuando sea necesario, refutarla.
Finalmente, si la educación continúa formando generaciones incapaces de cuestionar con rigor, de contrastar información con criterio propio y de construir pensamiento autónomo en un entorno saturado de datos, entonces la verdadera pregunta no es si el sistema educativo está cambiando, sino si la sociedad está dispuesta a aceptar las consecuencias de no haberlo hecho a tiempo, ¿o seguiremos formando ciudadanos para obedecer un mundo que ya dejó de funcionar bajo la lógica de la obediencia?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1520 en Otumba, México, tras la huída de Tenochtitlán por parte de las tropas españolas en lo que se conoce como la “Noche triste”, son atacadas nuevamente por huestes mexicas al mando del tlatoani Cuitláhuac en la conocida “Batalla de Otumba”, en la cual, salieron triunfantes los del viejo continente y será una batalla decisiva para la conquista española; en 2007 en Lisboa, Portugal, fueron presentados los resultados del concurso internacional mediante el cual, el público elegiría las “7 maravillas del mundo moderno”, siendo las ganadoras “Chichen Itzá” en México, “Coliseo Romano” en Italia, “Cristo Redentor” en Brasil, “Gran Muralla” en China, “Machu Picchu” en Perú, “Petra” en Jordania y “Taj Mahal” en India; en 2009 en Los Angeles, Estados Unidos, el Staples Center se convierte en el recinto para albergar un homenaje póstumo al “Rey del Pop”, Michael Jackson, que congrega a más de 2,500 millones de televidentes en todo el mundo; dicho concierto contó con la participación de grandes personalidades entre las que destacaron Lionel Richie, Stevie Wonder, Kobe Bryant y Magic Johnson.
Espero tus comentarios en el correo [email protected] y recuerda que, en este espacio, las críticas no sólo son bienvenidas, SON NECESARIAS.
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‘Deveríamos nos envergonhar como humanidade’, diz técnico do Egito sobre genocídio cometido por Israel em Gaza
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La diferencia no está en el esfuerzo. Está en el conocimiento. En la empatía. En querer hacerlo bien.
Este episodio te lo muestra todo, con ejemplos reales y situaciones concretas.
Dale play. Aprende. Ponlo en práctica. Y conviértete en parte del cambio.
https://youtu.be/fykT_Lri-pM
#VerConOtrosOjos #LoQueDebesSaber #DiscapacidadVisual #GuineaEcuatorial #Inclusión #ComoAyudarBien #Empatía (3/3) -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
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Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
El último mecenazgo
16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.
Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.
Ahí aparece además una diferencia estructural enorme entre ambas industrias porque el cine de autor europeo todavía conserva redes de mecenazgo moderno capaces de sostener proyectos artísticos incluso, cuando éstos no representan negocios particularmente atractivos. El director cinematográfico todavía puede fracasar comercialmente y continuar filmando gracias a circuitos culturales, coproducciones, fondos internacionales o inversionistas privados interesados en prestigio simbólico. Muchas películas que llegan a Venecia saben perfectamente que jamás competirán contra franquicias multimillonarias; empero, siguen existiendo porque todavía sobreviven sectores culturales convencidos de que el arte no puede reducirse exclusivamente a utilidad económica inmediata.
Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.
Ahí aparece además una responsabilidad social particularmente incómoda que muchas veces preferimos ignorar. Resulta demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a editoriales, industrias audiovisuales o plataformas digitales por la degradación cultural contemporánea; empero, como sociedad también comenzamos lentamente a fomentar y normalizar contenidos cada vez más vacíos porque exigen menos esfuerzo intelectual y generan menor incomodidad emocional. Mientras más alejados se encuentran ciertos productos de complejidad narrativa, cuestionamiento intelectual o profundidad artística mayor suele ser su consumo masivo; la razón probablemente resulte mucho más delicada de aceptar: cada vez nos cuesta más sostener atención suficiente para comprender conceptos complejos y, derivado de esto, terminamos buscando experiencias culturales que no nos obliguen a cuestionarnos demasiado para permanecer cómodamente dentro de nuestra propia zona de confort.
La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?
“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”
Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.
Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.
La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.
Otro fenómeno particularmente preocupante aparece cuando se analiza la discusión alrededor de los estímulos fiscales dirigidos a creadores y escritores. El discurso oficial suele presumir supuestos apoyos culturales; sin embargo, cuando se revisan cuidadosamente los mecanismos reales, la narrativa gubernamental comienza rápidamente a desmoronarse. La famosa exención del ISR para autores funciona únicamente hasta cierto límite anual (20 UMAs) que resulta prácticamente simbólico frente a niveles de facturación que incluso escritores medianamente posicionados pueden alcanzar; otros mal llamados beneficios, tampoco representan apoyos profundos a la creación intelectual ya que, la tasa cero aplicada a libros busca estimular circulación comercial y consumo, no elevar calidad de lectura ni proteger autores; incluso esquemas como EFIARTES suelen beneficiar proyectos editoriales capaces de navegar complejidad administrativa, no necesariamente escritores independientes obligados a competir dentro de un mercado cultural cada vez más hostil hacia la profundidad narrativa.
Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.
Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.
Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.
Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.
Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.
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El último mecenazgo
16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.
Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.
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Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.
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La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?
“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”
Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.
Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.
La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.
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Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.
Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.
Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.
Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.
Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.
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El último mecenazgo
16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.
Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.
Ahí aparece además una diferencia estructural enorme entre ambas industrias porque el cine de autor europeo todavía conserva redes de mecenazgo moderno capaces de sostener proyectos artísticos incluso, cuando éstos no representan negocios particularmente atractivos. El director cinematográfico todavía puede fracasar comercialmente y continuar filmando gracias a circuitos culturales, coproducciones, fondos internacionales o inversionistas privados interesados en prestigio simbólico. Muchas películas que llegan a Venecia saben perfectamente que jamás competirán contra franquicias multimillonarias; empero, siguen existiendo porque todavía sobreviven sectores culturales convencidos de que el arte no puede reducirse exclusivamente a utilidad económica inmediata.
Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.
Ahí aparece además una responsabilidad social particularmente incómoda que muchas veces preferimos ignorar. Resulta demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a editoriales, industrias audiovisuales o plataformas digitales por la degradación cultural contemporánea; empero, como sociedad también comenzamos lentamente a fomentar y normalizar contenidos cada vez más vacíos porque exigen menos esfuerzo intelectual y generan menor incomodidad emocional. Mientras más alejados se encuentran ciertos productos de complejidad narrativa, cuestionamiento intelectual o profundidad artística mayor suele ser su consumo masivo; la razón probablemente resulte mucho más delicada de aceptar: cada vez nos cuesta más sostener atención suficiente para comprender conceptos complejos y, derivado de esto, terminamos buscando experiencias culturales que no nos obliguen a cuestionarnos demasiado para permanecer cómodamente dentro de nuestra propia zona de confort.
La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?
“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”
Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.
Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.
La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.
Otro fenómeno particularmente preocupante aparece cuando se analiza la discusión alrededor de los estímulos fiscales dirigidos a creadores y escritores. El discurso oficial suele presumir supuestos apoyos culturales; sin embargo, cuando se revisan cuidadosamente los mecanismos reales, la narrativa gubernamental comienza rápidamente a desmoronarse. La famosa exención del ISR para autores funciona únicamente hasta cierto límite anual (20 UMAs) que resulta prácticamente simbólico frente a niveles de facturación que incluso escritores medianamente posicionados pueden alcanzar; otros mal llamados beneficios, tampoco representan apoyos profundos a la creación intelectual ya que, la tasa cero aplicada a libros busca estimular circulación comercial y consumo, no elevar calidad de lectura ni proteger autores; incluso esquemas como EFIARTES suelen beneficiar proyectos editoriales capaces de navegar complejidad administrativa, no necesariamente escritores independientes obligados a competir dentro de un mercado cultural cada vez más hostil hacia la profundidad narrativa.
Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.
Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.
Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.
Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.
Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.
Espero tus comentarios en el correo [email protected] y recuerda que, en este espacio, las críticas no sólo son bienvenidas, SON NECESARIAS.
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El último mecenazgo
16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.
Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.
Ahí aparece además una diferencia estructural enorme entre ambas industrias porque el cine de autor europeo todavía conserva redes de mecenazgo moderno capaces de sostener proyectos artísticos incluso, cuando éstos no representan negocios particularmente atractivos. El director cinematográfico todavía puede fracasar comercialmente y continuar filmando gracias a circuitos culturales, coproducciones, fondos internacionales o inversionistas privados interesados en prestigio simbólico. Muchas películas que llegan a Venecia saben perfectamente que jamás competirán contra franquicias multimillonarias; empero, siguen existiendo porque todavía sobreviven sectores culturales convencidos de que el arte no puede reducirse exclusivamente a utilidad económica inmediata.
Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.
Ahí aparece además una responsabilidad social particularmente incómoda que muchas veces preferimos ignorar. Resulta demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a editoriales, industrias audiovisuales o plataformas digitales por la degradación cultural contemporánea; empero, como sociedad también comenzamos lentamente a fomentar y normalizar contenidos cada vez más vacíos porque exigen menos esfuerzo intelectual y generan menor incomodidad emocional. Mientras más alejados se encuentran ciertos productos de complejidad narrativa, cuestionamiento intelectual o profundidad artística mayor suele ser su consumo masivo; la razón probablemente resulte mucho más delicada de aceptar: cada vez nos cuesta más sostener atención suficiente para comprender conceptos complejos y, derivado de esto, terminamos buscando experiencias culturales que no nos obliguen a cuestionarnos demasiado para permanecer cómodamente dentro de nuestra propia zona de confort.
La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?
“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”
Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.
Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.
La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.
Otro fenómeno particularmente preocupante aparece cuando se analiza la discusión alrededor de los estímulos fiscales dirigidos a creadores y escritores. El discurso oficial suele presumir supuestos apoyos culturales; sin embargo, cuando se revisan cuidadosamente los mecanismos reales, la narrativa gubernamental comienza rápidamente a desmoronarse. La famosa exención del ISR para autores funciona únicamente hasta cierto límite anual (20 UMAs) que resulta prácticamente simbólico frente a niveles de facturación que incluso escritores medianamente posicionados pueden alcanzar; otros mal llamados beneficios, tampoco representan apoyos profundos a la creación intelectual ya que, la tasa cero aplicada a libros busca estimular circulación comercial y consumo, no elevar calidad de lectura ni proteger autores; incluso esquemas como EFIARTES suelen beneficiar proyectos editoriales capaces de navegar complejidad administrativa, no necesariamente escritores independientes obligados a competir dentro de un mercado cultural cada vez más hostil hacia la profundidad narrativa.
Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.
Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.
Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.
Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.
Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.
Espero tus comentarios en el correo [email protected] y recuerda que, en este espacio, las críticas no sólo son bienvenidas, SON NECESARIAS.
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El último mecenazgo
16 DE JUNIO DE 2026 El último mecenazgoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
Desde hace varios años, la velocidad con la que el mundo contemporáneo consume contenido modificó mucho más que simples hábitos de entretenimiento; alteró la manera en que las sociedades administran atención, definen valor cultural y procesan el tiempo, derivado de esto, prácticamente cualquier obra artística parece hoy obligada a justificar su existencia mediante impacto comercial acelerado, métricas inmediatas, reproducciones instantáneas o viralidad sostenida, como si la legitimidad de cualquier manifestación intelectual dependiera exclusivamente de su capacidad para convertirse rápidamente en mercancía masiva, bajo esa lógica, toda expresión que exija complejidad narrativa, contemplación, paciencia o silencio empieza lentamente a percibirse como anticuada, elitista o improductiva, situación particularmente peligrosa porque la satisfacción inmediata comenzó a desplazar cualquier experiencia que demande esfuerzo intelectual sostenido; el problema dejó de ser exclusivamente artístico para convertirse lentamente en un fenómeno profundamente civilizatorio.
Resulta particularmente llamativo que todavía existan estructuras culturales capaces de resistirse deliberadamente a esa degradación progresiva de profundidad intelectual. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara y el Festival Internacional de Cine de Venecia, representan dos de los últimos grandes bastiones que todavía parecen negarse a convertirse en instituciones patito diseñadas exclusivamente para producir consumo emocionalmente inmediato, fácil y rentable. A primera vista, la comparación entre ambos eventos culturales podría parecer una especie de romanticismo intelectual destinado a confrontar arte “serio” contra entretenimiento comercial; sin embargo, el verdadero hilo conductor entre Guadalajara y Venecia no se encuentra en nostalgia vacía por la llamada alta cultura, sino en la manera en que ambas instituciones todavía intentan proteger experiencias complejas dentro de un ecosistema obsesionado con inmediatez, rentabilidad y velocidad.
Ahí aparece además una diferencia estructural enorme entre ambas industrias porque el cine de autor europeo todavía conserva redes de mecenazgo moderno capaces de sostener proyectos artísticos incluso, cuando éstos no representan negocios particularmente atractivos. El director cinematográfico todavía puede fracasar comercialmente y continuar filmando gracias a circuitos culturales, coproducciones, fondos internacionales o inversionistas privados interesados en prestigio simbólico. Muchas películas que llegan a Venecia saben perfectamente que jamás competirán contra franquicias multimillonarias; empero, siguen existiendo porque todavía sobreviven sectores culturales convencidos de que el arte no puede reducirse exclusivamente a utilidad económica inmediata.
Muchísimo más cruel resulta el panorama que enfrenta actualmente la literatura mexicana. El escritor contemporáneo quedó prácticamente solo frente al mercado y frente a una economía digital diseñada específicamente para destruir concentración sostenida. Mientras el cineasta de autor todavía puede refugiarse detrás de fondos culturales o prestigio institucional, el escritor debe enfrentarse directamente a editoriales financieramente presionadas, lectores fragmentados y plataformas digitales que transformaron atención humana en mercancía instantánea. La literatura empezó a competir no contra otras novelas, sino contra ansiedad digital, gratificación instantánea, reels, series y TikTok. Esa transformación alteró completamente la manera en que se producen y consumen textos contemporáneos, tal es el caso que muchos autores comenzaron lentamente a adaptar estructura, profundidad y ritmo de sus obras a un ecosistema donde cualquier párrafo complejo corre el riesgo de perder lectores acostumbrados a consumir estímulos breves y rápidos.
Ahí aparece además una responsabilidad social particularmente incómoda que muchas veces preferimos ignorar. Resulta demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a editoriales, industrias audiovisuales o plataformas digitales por la degradación cultural contemporánea; empero, como sociedad también comenzamos lentamente a fomentar y normalizar contenidos cada vez más vacíos porque exigen menos esfuerzo intelectual y generan menor incomodidad emocional. Mientras más alejados se encuentran ciertos productos de complejidad narrativa, cuestionamiento intelectual o profundidad artística mayor suele ser su consumo masivo; la razón probablemente resulte mucho más delicada de aceptar: cada vez nos cuesta más sostener atención suficiente para comprender conceptos complejos y, derivado de esto, terminamos buscando experiencias culturales que no nos obliguen a cuestionarnos demasiado para permanecer cómodamente dentro de nuestra propia zona de confort.
La pregunta verdaderamente incómoda entonces resulta inevitable: ¿debemos continuar consumiendo y promoviendo productos cada vez más vacíos únicamente para permanecer cómodos dentro de nuestra zona de confort, o todavía somos capaces de exigir calidad artística aunque ello implique incomodidad, esfuerzo intelectual y paciencia?
“El prestigio artístico sobrevive… aunque los algoritmos quieran destruir la atención humana.”
Precisamente ahí convergen de manera extraordinaria tanto la FIL como el Festival de Cine de Venecia. Ambos espacios funcionan como refugios culturales para quienes todavía desean enfrentarse a experiencias intelectualmente incómodas, profundas y retantes en una época obsesionada con inmediatez emocional. Acudir a ellos ya no debería entenderse únicamente como una actividad cultural o recreativa, sino casi como una obligación intelectual para quienes todavía consideran importante defender espacios donde el pensamiento complejo pueda sobrevivir antes de ser completamente desplazado por la lógica de consumo inmediato.
Enorme resulta, además, el contraste entre la grandeza organizativa de la FIL y la realidad que enfrentan muchísimos escritores mexicanos, es profundamente paradójico que México posea una de las ferias literarias más importantes del planeta mientras mantiene simultáneamente un ecosistema extraordinariamente precario para quienes producen literatura seria. La FIL de Guadalajara no representa una victoria gubernamental; buena parte de su prestigio internacional proviene precisamente de la capacidad organizativa de editoriales, iniciativa privada, patronatos, sociedad civil y universidades capaces de construir una estructura muchísimo más eficiente que gran parte de los aparatos burocráticos latinoamericanos destinados supuestamente a promover cultura.
La sociedad mexicana ha podido alinearse alrededor de proyectos culturales de esta envergadura no por placer ni romanticismo, sino porque alguien debía llenar el vacío de una ausencia gubernamental que renunció hace mucho tiempo a una de sus obligaciones más elementales: culturizar y educar al pueblo que votó por ella. Esa afirmación no constituye un ataque contra México; al contrario, representa una defensa brutal de la capacidad organizativa mexicana cuando logra operar lejos de burocracia improvisada, mediocridad administrativa o propaganda sexenal. La FIL se convirtió en referencia internacional porque entendió algo que muchos proyectos oficiales jamás comprendieron: la cultura no puede construirse mediante campañas pasajeras ni discursos grandilocuentes, sino mediante continuidad institucional, cooperación estructural y visión de largo plazo.
Otro fenómeno particularmente preocupante aparece cuando se analiza la discusión alrededor de los estímulos fiscales dirigidos a creadores y escritores. El discurso oficial suele presumir supuestos apoyos culturales; sin embargo, cuando se revisan cuidadosamente los mecanismos reales, la narrativa gubernamental comienza rápidamente a desmoronarse. La famosa exención del ISR para autores funciona únicamente hasta cierto límite anual (20 UMAs) que resulta prácticamente simbólico frente a niveles de facturación que incluso escritores medianamente posicionados pueden alcanzar; otros mal llamados beneficios, tampoco representan apoyos profundos a la creación intelectual ya que, la tasa cero aplicada a libros busca estimular circulación comercial y consumo, no elevar calidad de lectura ni proteger autores; incluso esquemas como EFIARTES suelen beneficiar proyectos editoriales capaces de navegar complejidad administrativa, no necesariamente escritores independientes obligados a competir dentro de un mercado cultural cada vez más hostil hacia la profundidad narrativa.
Gigantesca resulta la consecuencia cultural derivada de esa diferencia estructural entre cine y literatura. Mientras ciertas cinematografías europeas todavía logran sostener obras densas, lentas o narrativamente incómodas, gran parte del mercado literario comienza progresivamente a privilegiar textos diseñados para consumo emocionalmente accesible, fácilmente compartible y rápido. No se trata de despreciar el entretenimiento comercial ni literatura popular, hacerlo sería profundamente elitista e intelectualmente deshonesto; el verdadero problema aparece cuando las estructuras culturales comienzan a sobrevivir exclusivamente mediante aquello que exige menos atención, menos complejidad y menos tiempo mental.
Una sociedad incapaz de sostener experiencias culturales complejas durante períodos prolongados probablemente también tendrá enormes dificultades para comprender fenómenos económicos, históricos o sociales igualmente complejos. La degradación de atención colectiva termina inevitablemente afectando calidad del pensamiento público y, eventualmente, también deteriora la calidad democrática. Una población acostumbrada exclusivamente a estímulos inmediatos difícilmente desarrollará paciencia suficiente para analizar procesos políticos amplios, interpretar fenómenos históricos complejos o sostener discusiones intelectuales profundas.
Tampoco puede ignorarse otro elemento que vuelve todavía más delicada la situación contemporánea de la literatura: la transformación psicológica del lector moderno. Muchísimas personas ya no se aproximan a un libro buscando complejidad intelectual, sino frases compartibles y validación inmediata capaces de competir contra hiperactividad digital cotidiana. Las propias editoriales comenzaron lentamente a adaptar estrategias comerciales a esa nueva realidad, privilegiando autores con enorme visibilidad en plataformas digitales aunque muchas veces carezcan de verdadera profundidad literaria. Difícilmente podría encontrarse un síntoma más claro de esa transformación que la manera en que numerosos escritores contemporáneos se ven obligados a construir presencia permanente dentro de redes sociales para mantener relevancia comercial, derivado de esto, muchos terminan dedicando más tiempo a mantener visibilidad digital que a desarrollar procesos creativos rigurosos.
Precisamente por eso tanto Guadalajara como Venecia conservan todavía un valor simbólico tan poderoso dentro del escenario internacional contemporáneo porque ambos espacios continúan defendiendo algo profundamente incómodo para la lógica dominante de nuestra época: la posibilidad de que ciertas experiencias humanas requieran dificultad, paciencia y tiempo para adquirir verdadero significado. Recorrer durante horas los pasillos de la FIL o permanecer sentado observando una película narrativamente exigente en Venecia, implica enfrentarse a una temporalidad completamente distinta de aquella impuesta por plataformas digitales donde no existe satisfacción emocional instantánea; en una época obsesionada con rapidez, semejante exigencia ya constituye una forma de resistencia cultural.
Finalmente, quizá el verdadero valor histórico tanto de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como del Festival Internacional de Cine de Venecia no consista únicamente en preservar cine de autor o literatura compleja, sino en recordarle al mundo contemporáneo que todavía existen experiencias humanas incapaces de reducirse exitosamente a métricas rápidas, tendencias virales o rentabilidad instantánea; porque cuando una civilización comienza a perder interés por aquello que exige complejidad, paciencia y silencio intelectual, ¿no empieza también lentamente a perder capacidad para comprenderse a sí misma?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1723 nacía en Kirkcaldi, Escocia, el catedrático, conferencista, economista y filósofo graduado de las universidades de Glasgow y Oxford, Adam Smith quien, es considerado como el padre de la economía moderna y que en 1767 publicara el primer gran trabajo de economía política intitulado “Ensayo sobre la riqueza de las naciones”; en 1903 en Detroit, Estados Unidos, Henry Ford junto con otros diez inversionistas, fundan en la avenida Mack, la fábrica automotriz denominada Ford Motors Company; en 1965 en New York, Estados Unidos, se lanza en las operadoras de radio la canción “Like a Rolling Stone” del gran músico Bob Dylan, a pesar de las múltiples insistencias de la industria musical para modificar la duración de la canción que es de 6:34 segundo, y con todo en contra, conseguiría convertirse en un éxito internacional, así como, una canción emblemática para la cultura popular de todos los tiempos.
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Desconexión humana
02 DE JUNIO DE 2026 Desconexión humanaPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
La humanidad atraviesa un momento profundamente contradictorio. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan difícil convivir, y esto se debe en parte a que vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, plataformas digitales y algoritmos diseñados para mantenernos permanentemente conectados; empero, emocionalmente cada vez más distantes, porque basta observar cualquier restaurante para entenderlo: mesas llenas de personas mirando teléfonos en lugar de mirarse entre ellas, parejas enteras desplazándose en silencio mientras alguna red social absorbe toda su atención y grupos completos incapaces de sostener una conversación sin interrupciones digitales constantes. Lo verdaderamente inquietante es que esta desconexión dejó de parecernos anormal, nos acostumbramos tanto al aislamiento cotidiano que comenzamos a buscar desesperadamente experiencias capaces de hacernos sentir vivos otra vez.
Por eso el crecimiento global de festivales inmersivos, experiencias sensoriales, turismo emocional y eventos multitudinarios resulta tan revelador, ya no se trata únicamente de asistir a un concierto o viajar por entretenimiento; muchas personas están intentando recuperar sensaciones que la vida diaria dejó de ofrecerles. El éxito de espacios como el Festival de los Sentidos no puede entenderse solamente desde la música o la gastronomía, el verdadero fenómeno ocurre en otro nivel: la necesidad humana de volver a experimentar cercanía, pertenencia y conexión real. Miles de personas viajan enormes distancias para compartir mesas comunitarias, cantar con desconocidos, abrazarse durante una canción o simplemente sentir que forman parte de algo colectivo ya que, en un mundo donde la rutina cotidiana se volvió silenciosa y distante, estos espacios funcionan casi como refugios emocionales temporales.
Resulta profundamente simbólico observar cómo muchas de las experiencias más buscadas actualmente giran alrededor de estímulos humanos básicos que antes formaban parte natural de la convivencia diaria. Comer lentamente, conversar durante horas, caminar sin prisa, escuchar música en vivo rodeado de personas, compartir historias con desconocidos o desconectarse del teléfono móvil dejaron de ser hábitos normales para convertirse en lujos emocionales; el turismo incluso ha comenzado a transformarse bajo esa lógica, lugares remotos, silenciosos y alejados del ruido digital adquieren valor no por ostentación sino porque permiten recuperar una sensación que la vida urbana moderna parece haber destruido: la presencia genuina. Cada vez existen más personas dispuestas a gastar cantidades exorbitantes de dinero con tal de pasar unos días lejos de las pantallas, lejos del estrés y lejos de la velocidad permanente de las ciudades.
Quizás, ahí aparece una de las señales más extrañas de nuestra época, la humanidad está intentando reconstruir artificialmente, mediante experiencias extraordinarias, algo que antes surgía naturalmente en la convivencia cotidiana, antes, las personas encontraban sentido colectivo en espacios simples: plazas públicas, sobremesas familiares, mercados, cafés, parques, vecindarios o reuniones improvisadas, no era necesario comprar una experiencia inmersiva para sentirse acompañado porque la convivencia todavía formaba parte orgánica de la vida diaria. Hoy, en cambio, parece que la conexión humana necesita ser organizada, vendida, producida y convertida en evento.
Hablar de festivales donde desconocidos cantan abrazados mientras edificios enteros viven sin que nadie conozca al vecino resume perfectamente la paradoja contemporánea. Personas capaces de llorar junto a miles de extraños durante un concierto regresan después a departamentos donde ni siquiera saben el nombre de quienes viven a unos metros de distancia; individuos que pagan viajes enteros para encontrar autenticidad son incapaces de levantar la mirada del teléfono mientras esperan el elevador. Resulta brutal observar cómo la humanidad busca desesperadamente pertenencia colectiva en espacios extraordinarios mientras destruye lentamente las formas más básicas de convivencia cotidiana.
Todos los días al llegar a mi trabajo ocurre una escena que parece pequeña, pero que retrata perfectamente el deterioro de nuestra civilidad. Desde la puerta de entrada hasta mi escritorio probablemente me cruzo con más de un veintenar de personas, por simple educación, por costumbre y porque sigo creyendo que reconocer la presencia del otro representa una forma mínima de respeto, digo “buen día” prácticamente a cada persona con la que me encuentro, lo verdaderamente sorprendente no es hacerlo, sino descubrir que si recibo respuesta de tres o cinco personas ya puede considerarse un excelente día y, el resto, simplemente continúa caminando, evita contacto visual, permanece inmerso en el teléfono o actúa como si el saludo jamás hubiera existido. Y no hablo de enemistad ni agresividad; hablo de indiferencia absoluta.
Ese detalle aparentemente insignificante dice muchísimo sobre la sociedad que estamos construyendo. El saludo representa probablemente la forma más elemental de reconocimiento humano. Cuando alguien responde un “buen día”, aunque sea durante un segundo, está validando la existencia del otro. Está diciendo silenciosamente: “sé que estás aquí”, por eso su desaparición resulta tan simbólica; poco a poco comenzamos a convivir físicamente sin relacionarnos emocionalmente. Compartimos oficinas, edificios, transporte, cafeterías y espacios públicos mientras vivimos encapsulados dentro de pequeños universos individuales que rara vez se cruzan realmente con los demás.
La pandemia aceleró enormemente este fenómeno. Durante tan solo un par de años, aprendimos a mantener distancia, evitar cercanía, desconfiar del contacto y refugiarnos en espacios personales, muchas de esas conductas eran necesarias en aquel momento; empero, el problema es que la emergencia terminó y gran parte del aislamiento emocional permaneció instalado como hábito social. Nos acostumbramos demasiado a convivir sin convivir. El miedo sanitario desapareció gradualmente, pero la distancia emocional se quedó instalada en la rutina diaria; dejamos de mirarnos, dejamos de conversar espontáneamente y dejamos incluso de reconocer la presencia de quienes tenemos enfrente.
De cierta manera, es por ello, que los festivales, conciertos y experiencias colectivas comenzaron a adquirir una importancia emocional tan fuerte en todo el mundo, la gente no solamente compra boletos; compra momentos de pertenencia, compra la sensación de sentirse acompañada otra vez, y resulta impresionante observar imágenes de miles de personas abrazándose durante una canción, saltando al mismo ritmo o llorando juntas frente a un escenario mientras, fuera de esos espacios, la vida cotidiana se vuelve cada vez más silenciosa y distante. Hay algo profundamente humano detrás de esa necesidad de reunirse. No se trata únicamente de entretenimiento, se trata de una sociedad intentando recuperar emociones que ha ido perdiendo lentamente.
También es interesante observar cómo el lujo moderno ha comenzado a cambiar de significado. Durante décadas el éxito estaba asociado principalmente con posesiones materiales: autos, relojes, ropa o propiedades, hoy existe una tendencia distinta, muchísimas personas consideran más valioso desconectarse unos días en un lugar remoto, convivir alrededor de una fogata, compartir una cena larga o asistir a un festival donde puedan sentirse presentes; la experiencia empezó a desplazar a la posesión porque la vida diaria se volvió emocionalmente pobre; el problema es que muchas veces buscamos recuperar en eventos extraordinarios lo que seguimos destruyendo en nuestras conductas más cotidianas.
Basta entrar a cualquier elevador para notar el cambio cultural que hemos normalizado. Cuatro o cinco personas compartiendo apenas unos metros cuadrados mientras todas evitan mirarse, nadie habla, nadie sonríe, nadie saluda; cada individuo permanece refugiado en su pantalla como si reconocer al otro fuera una invasión incómoda. Hace años el silencio en un elevador podía representar simple timidez, hoy, parece convertirse en norma social. Lo verdaderamente preocupante es que ya ni siquiera nos incomoda.
Las redes sociales también contribuyeron a transformar profundamente la manera en que convivimos; paradójicamente, plataformas creadas para conectar personas terminaron incentivando dinámicas profundamente individualistas y, vivimos obsesionados con documentar experiencias en lugar de habitarlas plenamente, personas enteras atraviesan conciertos grabando videos que probablemente jamás volverán a ver; familias completas interrumpen conversaciones para responder mensajes irrelevantes; amigos se reúnen para observar teléfonos compartiendo silencios incómodos disfrazados de convivencia, poco a poco comenzamos a reemplazar presencia por exposición digital.
Lo más triste es que muchos de estos comportamientos ya ni siquiera son percibidos como falta de educación, saludar parece opcional, interrumpir conversaciones para mirar el teléfono se volvió aceptable, ignorar a quienes prestan servicios cotidianos comenzó a verse normal; meseros, recepcionistas, personal de limpieza, guardias de seguridad o trabajadores que vemos todos los días terminan convertidos casi en mobiliario humano invisible y, una sociedad comienza a deteriorarse justamente cuando deja de reconocer humanidad en las personas que la rodean.
Hay generaciones enteras creciendo en contextos donde la convivencia espontánea ocurre cada vez menos, antes las personas permanecían más tiempo en las calles, visitaban vecinos, convivían en parques o compartían sobremesas larguísimas, hoy, gran parte de la interacción ocurre filtrada por dispositivos electrónicos, incluso el entretenimiento se volvió profundamente individual, cada integrante de una casa consume contenido distinto, escucha música distinta y vive dentro de una burbuja algorítmica personalizada; compartimos techo, pero no necesariamente experiencias.
Por eso resulta tan poderoso observar festivales donde miles de desconocidos cantan abrazados. Durante unas horas desaparecen muchas barreras sociales que dominan la vida cotidiana, personas de diferentes edades, países y contextos conviven alrededor de una emoción común; se miran, se hablan, se reconocen y se permiten sentir colectivamente algo que fuera de ese espacio muchas veces resulta imposible. Hay una especie de liberación emocional temporal que explica por qué estos eventos generan recuerdos tan intensos.
La pregunta incómoda sigue ahí: ¿por qué necesitamos escapar tan lejos para recuperar algo que antes formaba parte natural de nuestra vida diaria? Esa es probablemente la verdadera discusión detrás del auge de las experiencias inmersivas contemporáneas, no estamos pagando únicamente por música, gastronomía o turismo, estamos pagando por volver a sentir cercanía humana.
“El ser humano está gastando miles de dólares para volver a sentir conexión… mientras ignora a las personas que tiene literalmente a un metro de distancia.”
Esa frase resume probablemente una de las contradicciones más dolorosas de nuestra época. Miles de desconocidos pueden abrazarse durante horas en medio de un festival mientras habitantes del mismo edificio pasan años enteros sin intercambiar una sola conversación, personas capaces de viajar a otro continente buscando autenticidad son incapaces de responder el saludo de alguien que ven diariamente, individuos que publican mensajes constantes sobre empatía ignoran por completo a quienes trabajan a su alrededor todos los días; la humanidad comenzó a convertir la conexión humana en una experiencia extraordinaria porque dejó de practicarla como parte natural de la vida cotidiana.
Y aquí aparece otro elemento fundamental: la educación desde casa. Porque muchas veces intentamos explicar este fenómeno únicamente desde la tecnología, las redes sociales o la pandemia, cuando también existe una pérdida gradual de hábitos básicos de cortesía y convivencia, porque el saludo no debería depender del estado de ánimo, de la jerarquía social ni de la conveniencia personal, saludar representa un acto mínimo de reconocimiento mutuo, es una manera simple de demostrar respeto, presencia y civilidad.
Resulta impresionante observar cómo algunas personas pueden pasar diariamente frente a las mismas caras durante años sin desarrollar siquiera la costumbre de reconocerlas, no se trata de construir amistades profundas con cada individuo que encontramos; se trata de entender que convivimos en comunidad y que esa convivencia necesita pequeños gestos para mantenerse humana. Un “buen día”, una sonrisa o una conversación breve pueden parecer insignificantes, pero son precisamente esos actos mínimos los que sostienen el tejido social cotidiano.
La pérdida de estos hábitos también tiene consecuencias emocionales enormes; una sociedad donde nadie saluda, nadie conversa y nadie mira a los ojos termina convirtiéndose en un entorno profundamente frío y, los seres humanos no estamos diseñados para vivir emocionalmente aislados, por eso, después aparecen fenómenos masivos de ansiedad, sensación de vacío y búsqueda desesperada de pertenencia, necesitamos sentirnos vistos, necesitamos sentir que formamos parte de algo, necesitamos reconocimiento humano.
Incluso muchas dinámicas laborales actuales reflejan esta transformación; oficinas enteras llenas de personas trabajando juntas mientras cada individuo permanece completamente aislado dentro de audífonos y pantallas, lugares donde el silencio dejó de representar concentración para convertirse en distancia emocional; antes los espacios de trabajo también funcionaban como lugares de convivencia cotidiana, hoy, muchas veces parecen estaciones temporales de productividad individual donde cada persona intenta terminar el día interactuando lo menos posible.
No se trata de romantizar el pasado ni de negar los beneficios tecnológicos. La tecnología facilitó comunicación, información y oportunidades enormes, el problema aparece cuando la hiperconectividad digital sustituye completamente la convivencia humana presencial porque ningún algoritmo puede reemplazar realmente la sensación de una conversación genuina, una carcajada compartida o el simple reconocimiento que produce un saludo sincero.
También resulta interesante observar cómo muchas personas comienzan a sentirse incómodas frente al silencio natural de una conversación presencial, necesitan revisar el teléfono constantemente, llenar pausas con estímulos digitales o escapar inmediatamente de cualquier momento de quietud, como si permanecer plenamente presentes frente a otro ser humano se hubiera convertido en algo difícil de sostener y, quizás, ahí se esconde uno de los mayores problemas contemporáneos: estamos perdiendo capacidad de presencia.
La velocidad actual tampoco ayuda, todo ocurre demasiado rápido porque consumimos información, conversaciones, entretenimiento y relaciones con una ansiedad permanente, queremos respuestas inmediatas, gratificación instantánea y estímulos constantes; bajo esa lógica, incluso la convivencia humana comienza a percibirse como una interrupción incómoda, escuchar verdaderamente a alguien requiere tiempo, conversar implica paciencia, convivir exige presencia emocional y muchas personas parecen haber olvidado cómo hacerlo.
Por eso los espacios donde todavía existe convivencia auténtica generan tanto impacto emocional; una sobremesa larga, un concierto en vivo, un viaje sin conexión permanente o una conversación profunda terminan sintiéndose casi revolucionarios dentro de una sociedad obsesionada con la velocidad y la distracción constante; lo paradójico, es que gran parte de esas experiencias podrían existir diariamente si recuperáramos pequeñas formas de civilidad que hemos ido abandonando poco a poco.
Tal vez el ejemplo del saludo resulta tan poderoso precisamente porque es extremadamente simple, no requiere dinero, tecnología ni condiciones especiales, solamente requiere disposición humana y, aun así, cada vez más personas parecen incapaces de sostener incluso ese gesto mínimo de convivencia. Cuando alguien ignora sistemáticamente a quienes lo rodean, no solamente evita una interacción; contribuye lentamente a construir espacios sociales más fríos, más impersonales y más aislados.
Hay algo profundamente inquietante en una humanidad que necesita festivales multitudinarios para recordar cómo se siente convivir, porque eso significa que la vida cotidiana dejó de ofrecer aquello que durante siglos sostuvo naturalmente nuestras relaciones humanas, tal vez por eso, tantas personas regresan emocionalmente transformadas después de ciertos viajes, conciertos o experiencias colectivas y durante unos días logran sentir cercanía, presencia y comunidad; el problema es que después vuelven a entornos donde nadie responde siquiera un “buen día”.
También resulta revelador observar cómo muchas campañas publicitarias actuales giran alrededor de conceptos como autenticidad, conexión, experiencias reales o bienestar emocional, y es que las marcas entendieron algo importantísimo: la sociedad contemporánea tiene hambre de humanidad, y cuando una necesidad emocional se vuelve tan grande, inevitablemente termina convirtiéndose en producto. Hoy se venden retiros de desconexión, experiencias inmersivas, turismo consciente y espacios diseñados específicamente para que las personas vuelvan a sentirse presentes. La pregunta incómoda es por qué dejamos que algo tan básico tuviera que convertirse en industria.
Es altamente probable que la verdadera crisis contemporánea no sea tecnológica sino profundamente humana, perdimos hábitos pequeños que parecían insignificantes y no entendimos que justamente esos actos cotidianos sostenían gran parte de nuestra convivencia social. Saludar, conversar, escuchar, compartir tiempo o mirar a los ojos parecen detalles mínimos hasta que desaparecen y, cuando desaparecen, comenzamos a sentir un vacío que intentamos llenar mediante experiencias extraordinarias.
Finalmente, quizá la pregunta más importante no sea por qué el mundo entero busca tan desesperadamente volver a sentir conexión humana, sino ¿en qué momento dejamos de practicar diariamente las formas más simples de civilidad que podían recordarnos que nunca estuvimos realmente solos?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 455 en Roma, Imperio Romano de Occidente (actual Italia), se presenta el segundo de los tres grandes saqueos de Roma por conducto de los vándalos (tribus germánicas orientales originarias del norte de Europa) comandadas por Genserico contra el entonces emperador romano Petronio Máximo, quien vio caer su imperio en tan solo 14 días no sin antes suplicar por la vida de los ciudadanos por lo cual, se abren las puertas de la ciudad y los romanos logran huir; en 1740 nacía en París, Francia, el activista político, aristócrata, cuentista, dramaturgo, ensayista, escritor, filósofo, novelista y prosista Donatien Alphonse François de Sade quien, fuera repudiado por sus obras ya que sin excepción alguna, sus líneas describían los escenarios más desagradables para aquella época por estar cargados de erotismo, ficción y sadomasoquismo, por lo que fue tildado de enfermo sexual. Entre sus obras encontramos “Les Crimes de l’amour” (Los crímenes del amor – 1800), “Justine ou les Malheurs de la vertu” (1787) y por supuesto su obra magna “Les Cent Vingt Journées de Sodome, ou l’École du libertinage” (Los 120 días de Sodoma o la escuela de libertinaje – 1785). Esta última obra fue publicada póstumamente en 1904; en 1899 nacía en Berlín, Alemania, la cineasta Charlotte Reiniger quien de una manera sumamente peculiar; es decir, a base de tijeras y papel, consiguiera aportar al mundo el primer largometraje de lo que posteriormente recibirá el nombre de cine de animación intitulado “Die Abenteuer des Prinzen Achmed” (Las aventuras del príncipe Achmed – 1926), el cual, tardó tres años en poderlo producir.
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La normalización del absurdo
26 DE MAYO DE 2026 La normalización del absurdoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
El mundo atraviesa nuevamente una etapa de reconfiguración ideológica cuya magnitud todavía no termina de dimensionarse por completo, porque aunque gran parte de la conversación pública continúa reduciendo los acontecimientos internacionales a disputas locales, elecciones nacionales o confrontaciones partidistas aisladas, lo cierto es que detrás de muchos de los movimientos políticos actuales comienza a consolidarse un proceso mucho más profundo relacionado con la reorganización de bloques narrativos, intereses estratégicos y posicionamientos ideológicos que progresivamente vuelven a dividir al escenario internacional bajo una lógica de alineamientos cada vez menos disimulados, por ello, las tensiones contemporáneas ya no pueden interpretarse únicamente desde la óptica tradicional de la diplomacia o la cooperación económica, sino también desde la construcción de discursos globales que intentan definir qué modelo económico, político y social debe prevalecer en los próximos años, particularmente en un contexto donde las democracias occidentales enfrentan niveles crecientes de polarización interna mientras potencias como China y Rusia impulsan esquemas alternativos de influencia política, militar y tecnológica capaces de alterar el equilibrio internacional construido tras el fin de la Guerra Fría.
Bajo esta lógica, resulta cada vez más evidente que las izquierdas y derechas contemporáneas dejaron de limitarse a la competencia electoral doméstica para comenzar a operar también como comunidades ideológicas transnacionales que construyen alianzas, respaldos simbólicos, plataformas discursivas y mecanismos de legitimación mutua, derivado de esto, los encuentros internacionales, los foros políticos, las declaraciones conjuntas y las narrativas de resistencia o defensa democrática ya no funcionan únicamente como actos protocolarios, sino como mensajes cuidadosamente observados e interpretados por otros actores globales, particularmente cuando las tensiones internacionales atraviesan uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas; sin embargo, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de estas redes ideológicas, sino en el momento histórico en el que resurgen, porque coinciden con un escenario internacional marcado por guerras abiertas, amenazas de escalamiento militar, disputas energéticas, confrontaciones tecnológicas y presiones diplomáticas que convierten cualquier posicionamiento político en una variable susceptible de ser leída bajo claves geopolíticas mucho más amplias que las reconocidas públicamente.
La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación, no solo por el conflicto militar en sí mismo, sino porque terminó reactivando una lógica internacional que durante años pareció parcialmente contenida, particularmente la reconstrucción de bloques políticos y estratégicos enfrentados que vuelven a dividir al mundo bajo esquemas de influencia ideológica, militar y económica, por ello, el conflicto dejó de ser exclusivamente una disputa territorial para convertirse en una confrontación que involucra narrativas democráticas, intereses energéticos, expansión de alianzas militares y control geopolítico regional; empero, el verdadero impacto del conflicto quizá no radique únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la manera en que logró normalizar nuevamente conceptos que hace apenas algunos años parecían lejanos para gran parte de la sociedad contemporánea, como amenazas nucleares, militarización fronteriza, espionaje internacional, propaganda política masiva y discursos permanentes de confrontación global.
Algo similar ocurre con la tensión creciente entre Estados Unidos e Irán, particularmente en Medio Oriente, donde cualquier movimiento militar, declaración diplomática o ataque indirecto posee la capacidad de alterar cadenas completas de estabilidad regional y económica a nivel global, especialmente cuando el control energético continúa desempeñando un papel determinante dentro del equilibrio internacional, por ello, la confrontación ya no puede entenderse únicamente como un desacuerdo bilateral, sino como parte de una disputa mucho más amplia relacionada con influencia regional, seguridad internacional y capacidad de proyección política sobre zonas estratégicas del planeta, mientras paralelamente China incrementa su presión sobre Taiwán bajo una lógica que combina demostración militar, competencia tecnológica y disputa económica global, introduciendo un escenario donde las principales potencias comienzan a exhibir cada vez menos disposición para ocultar sus intereses estratégicos reales detrás de discursos diplomáticos cuidadosamente moderados.
América Latina tampoco permanece al margen de esta reconfiguración internacional, particularmente porque distintos gobiernos de la región han comenzado a reforzar vínculos ideológicos, narrativos y políticos que inevitablemente son observados por Washington bajo criterios de seguridad, estabilidad regional e influencia estratégica, derivado de esto, las reuniones internacionales entre liderazgos de izquierda latinoamericana, los discursos sobre soberanía regional, las posturas frente a conflictos internacionales y los posicionamientos frente al modelo económico occidental adquieren una dimensión que trasciende lo meramente simbólico, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con Rusia, presión económica y tecnológica por parte de China y una creciente fragmentación política interna; por lo tanto, asumir que estos movimientos son completamente neutros o que carecen de implicaciones geopolíticas representa una lectura excesivamente ingenua de la realidad internacional contemporánea.
Lo verdaderamente inquietante de este escenario no es únicamente el nivel de confrontación política e ideológica que comienza a consolidarse a nivel global, sino la manera en que la sociedad parece haber desarrollado una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a ello, porque mientras las tensiones internacionales aumentan, las contradicciones políticas se multiplican y los discursos públicos se radicalizan, la reacción colectiva parece cada vez más débil, más breve y más emocionalmente anestesiada, como si la sobreexposición permanente al conflicto hubiera terminado erosionando la capacidad social de sorprenderse frente a acontecimientos que en otros momentos históricos habrían provocado una conmoción mucho más profunda, derivado de esto, guerras, amenazas militares, manipulación narrativa, espionaje, polarización extrema, discursos de odio y contradicciones institucionales comienzan a consumirse socialmente con la misma velocidad con la que desaparecen dentro del ciclo informativo cotidiano.
Tal vez el síntoma más delicado de esta transformación no sea la polarización política en sí misma, sino la pérdida progresiva de la capacidad de indignación, porque la indignación funciona como uno de los últimos mecanismos morales capaces de recordarle a una sociedad que todavía existen límites éticos, contradicciones intolerables y conductas públicamente inaceptables; sin embargo, algo comenzó a romperse cuando la incongruencia dejó de generar rechazo para convertirse en parte normal del paisaje político y social, por ello, hoy los gobiernos pueden sostener discursos opuestos a sus propias acciones sin enfrentar necesariamente consecuencias reales de credibilidad, pueden condenar prácticas que simultáneamente replican, defender principios que aplican selectivamente o prometer transformaciones que jamás terminan materializándose, mientras la reacción pública rara vez supera algunos días de indignación momentánea antes de ser sustituida por la siguiente controversia.
El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando esa pérdida de indignación deja de dirigirse únicamente hacia el poder político y comienza a reflejarse también en el comportamiento cotidiano de la propia sociedad, porque el ciudadano contemporáneo igualmente empezó a normalizar prácticas que durante años criticó en la clase gobernante, derivado de esto, mentir estratégicamente, justificar la simulación, actuar bajo conveniencia, incumplir compromisos, manipular discursos o relativizar principios dejó de percibirse como una anomalía moral para comenzar a integrarse progresivamente dentro de las dinámicas normales de convivencia pública, lo cual introduce una contradicción especialmente peligrosa, ya que una sociedad difícilmente puede exigir congruencia institucional cuando ella misma ha comenzado a perderla en su comportamiento cotidiano.
Nos encontramos en una época donde la incongruencia de pensamiento se puede presentar en dos o, incluso, tres vías diferentes; es decir, la manera en que pensamos y posteriormente actuamos es muy diferente cuando se presenta exactamente el mismo caso y esta incongruencia mental tampoco nos indigna, es más, algo que me parece sumamente delicado es que el mundo hoy se indigna mucho más por la decisión que el VAR pueda tomar en un partido de fútbol que en las acciones que nuestros líderes, padres, compañeros de trabajo o cualquiera que sea de nuestro ámbito más próximo pueda generar y solo considero indispensable que pongamos en una balanza y nos planteemos esta pregunta ¿Pueden las dudas en el fútbol tener mayor relevancia en nuestra vida diaria que las acciones que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos?
En este contexto, quizá el riesgo más grande no sea únicamente la confrontación ideológica mundial que lentamente vuelve a dividir al planeta bajo nuevas narrativas políticas, económicas y estratégicas, sino el hecho de que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad emocional y moral para reaccionar frente a ella, porque cuando la mentira deja de sorprender, la simulación deja de incomodar y la contradicción deja de indignar, los límites éticos comienzan a desplazarse silenciosamente hasta volver aceptables conductas que anteriormente habrían resultado inadmisibles, por ello, el verdadero deterioro quizá no se encuentre solamente en los gobiernos, en los conflictos internacionales o en los intereses geopolíticos que hoy reorganizan al mundo, sino en la normalización colectiva de la incongruencia como forma habitual de convivencia pública.
Finalmente, el problema de una sociedad que pierde la capacidad de indignarse no radica únicamente en su pasividad frente al poder, sino en algo mucho más profundo y peligroso: la gradual desaparición de los criterios internos que permiten distinguir entre lo correcto y lo conveniente, porque cuando la contradicción deja de generar conflicto moral, las sociedades comienzan a adaptarse emocionalmente a cualquier narrativa, a cualquier abuso y a cualquier simulación siempre que resulte compatible con sus afinidades ideológicas o intereses inmediatos, derivado de esto, quizá la pregunta más inquietante no sea hacia dónde se dirige la nueva confrontación política mundial, sino ¿en qué momento dejamos de reaccionar frente a ella como si ya nada tuviera la capacidad de sorprendernos o indignarnos realmente?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1816 en Montevideo, Uruguay, la Biblioteca Nacional abre sus puertas por primera ocasión y se convierte en la primera biblioteca pública del país, motivo por el cual, en Uruguay, se celebra en esta fecha, el “Día Nacional del Libro”; en 1914 en París, Francia, el Teatro de la Ópera de París se convierte en el recinto para el estreno mundial de la ópera “Le Rossignol” (El ruiseñor), de la autoría del célebre compositor, director de orquesta, libretista y pianista ruso Ígor Fiódorovich Stravinski, en 1989 en Casablanca, Marruecos, culmina la 16º edición de la cumbre de la Liga Árabe, con un reconocimiento “implícito” del Estado de Israel y con una petición para asentar una conferencia internacional para la paz en Oriente Próximo.
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La normalización del absurdo
26 DE MAYO DE 2026 La normalización del absurdoPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
El mundo atraviesa nuevamente una etapa de reconfiguración ideológica cuya magnitud todavía no termina de dimensionarse por completo, porque aunque gran parte de la conversación pública continúa reduciendo los acontecimientos internacionales a disputas locales, elecciones nacionales o confrontaciones partidistas aisladas, lo cierto es que detrás de muchos de los movimientos políticos actuales comienza a consolidarse un proceso mucho más profundo relacionado con la reorganización de bloques narrativos, intereses estratégicos y posicionamientos ideológicos que progresivamente vuelven a dividir al escenario internacional bajo una lógica de alineamientos cada vez menos disimulados, por ello, las tensiones contemporáneas ya no pueden interpretarse únicamente desde la óptica tradicional de la diplomacia o la cooperación económica, sino también desde la construcción de discursos globales que intentan definir qué modelo económico, político y social debe prevalecer en los próximos años, particularmente en un contexto donde las democracias occidentales enfrentan niveles crecientes de polarización interna mientras potencias como China y Rusia impulsan esquemas alternativos de influencia política, militar y tecnológica capaces de alterar el equilibrio internacional construido tras el fin de la Guerra Fría.
Bajo esta lógica, resulta cada vez más evidente que las izquierdas y derechas contemporáneas dejaron de limitarse a la competencia electoral doméstica para comenzar a operar también como comunidades ideológicas transnacionales que construyen alianzas, respaldos simbólicos, plataformas discursivas y mecanismos de legitimación mutua, derivado de esto, los encuentros internacionales, los foros políticos, las declaraciones conjuntas y las narrativas de resistencia o defensa democrática ya no funcionan únicamente como actos protocolarios, sino como mensajes cuidadosamente observados e interpretados por otros actores globales, particularmente cuando las tensiones internacionales atraviesan uno de sus momentos más delicados de las últimas décadas; sin embargo, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de estas redes ideológicas, sino en el momento histórico en el que resurgen, porque coinciden con un escenario internacional marcado por guerras abiertas, amenazas de escalamiento militar, disputas energéticas, confrontaciones tecnológicas y presiones diplomáticas que convierten cualquier posicionamiento político en una variable susceptible de ser leída bajo claves geopolíticas mucho más amplias que las reconocidas públicamente.
La guerra entre Rusia y Ucrania constituye probablemente el ejemplo más visible de esta transformación, no solo por el conflicto militar en sí mismo, sino porque terminó reactivando una lógica internacional que durante años pareció parcialmente contenida, particularmente la reconstrucción de bloques políticos y estratégicos enfrentados que vuelven a dividir al mundo bajo esquemas de influencia ideológica, militar y económica, por ello, el conflicto dejó de ser exclusivamente una disputa territorial para convertirse en una confrontación que involucra narrativas democráticas, intereses energéticos, expansión de alianzas militares y control geopolítico regional; empero, el verdadero impacto del conflicto quizá no radique únicamente en sus consecuencias materiales, sino en la manera en que logró normalizar nuevamente conceptos que hace apenas algunos años parecían lejanos para gran parte de la sociedad contemporánea, como amenazas nucleares, militarización fronteriza, espionaje internacional, propaganda política masiva y discursos permanentes de confrontación global.
Algo similar ocurre con la tensión creciente entre Estados Unidos e Irán, particularmente en Medio Oriente, donde cualquier movimiento militar, declaración diplomática o ataque indirecto posee la capacidad de alterar cadenas completas de estabilidad regional y económica a nivel global, especialmente cuando el control energético continúa desempeñando un papel determinante dentro del equilibrio internacional, por ello, la confrontación ya no puede entenderse únicamente como un desacuerdo bilateral, sino como parte de una disputa mucho más amplia relacionada con influencia regional, seguridad internacional y capacidad de proyección política sobre zonas estratégicas del planeta, mientras paralelamente China incrementa su presión sobre Taiwán bajo una lógica que combina demostración militar, competencia tecnológica y disputa económica global, introduciendo un escenario donde las principales potencias comienzan a exhibir cada vez menos disposición para ocultar sus intereses estratégicos reales detrás de discursos diplomáticos cuidadosamente moderados.
América Latina tampoco permanece al margen de esta reconfiguración internacional, particularmente porque distintos gobiernos de la región han comenzado a reforzar vínculos ideológicos, narrativos y políticos que inevitablemente son observados por Washington bajo criterios de seguridad, estabilidad regional e influencia estratégica, derivado de esto, las reuniones internacionales entre liderazgos de izquierda latinoamericana, los discursos sobre soberanía regional, las posturas frente a conflictos internacionales y los posicionamientos frente al modelo económico occidental adquieren una dimensión que trasciende lo meramente simbólico, especialmente en un contexto donde Estados Unidos enfrenta simultáneamente tensiones con Rusia, presión económica y tecnológica por parte de China y una creciente fragmentación política interna; por lo tanto, asumir que estos movimientos son completamente neutros o que carecen de implicaciones geopolíticas representa una lectura excesivamente ingenua de la realidad internacional contemporánea.
Lo verdaderamente inquietante de este escenario no es únicamente el nivel de confrontación política e ideológica que comienza a consolidarse a nivel global, sino la manera en que la sociedad parece haber desarrollado una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a ello, porque mientras las tensiones internacionales aumentan, las contradicciones políticas se multiplican y los discursos públicos se radicalizan, la reacción colectiva parece cada vez más débil, más breve y más emocionalmente anestesiada, como si la sobreexposición permanente al conflicto hubiera terminado erosionando la capacidad social de sorprenderse frente a acontecimientos que en otros momentos históricos habrían provocado una conmoción mucho más profunda, derivado de esto, guerras, amenazas militares, manipulación narrativa, espionaje, polarización extrema, discursos de odio y contradicciones institucionales comienzan a consumirse socialmente con la misma velocidad con la que desaparecen dentro del ciclo informativo cotidiano.
Tal vez el síntoma más delicado de esta transformación no sea la polarización política en sí misma, sino la pérdida progresiva de la capacidad de indignación, porque la indignación funciona como uno de los últimos mecanismos morales capaces de recordarle a una sociedad que todavía existen límites éticos, contradicciones intolerables y conductas públicamente inaceptables; sin embargo, algo comenzó a romperse cuando la incongruencia dejó de generar rechazo para convertirse en parte normal del paisaje político y social, por ello, hoy los gobiernos pueden sostener discursos opuestos a sus propias acciones sin enfrentar necesariamente consecuencias reales de credibilidad, pueden condenar prácticas que simultáneamente replican, defender principios que aplican selectivamente o prometer transformaciones que jamás terminan materializándose, mientras la reacción pública rara vez supera algunos días de indignación momentánea antes de ser sustituida por la siguiente controversia.
El problema adquiere una dimensión todavía más profunda cuando esa pérdida de indignación deja de dirigirse únicamente hacia el poder político y comienza a reflejarse también en el comportamiento cotidiano de la propia sociedad, porque el ciudadano contemporáneo igualmente empezó a normalizar prácticas que durante años criticó en la clase gobernante, derivado de esto, mentir estratégicamente, justificar la simulación, actuar bajo conveniencia, incumplir compromisos, manipular discursos o relativizar principios dejó de percibirse como una anomalía moral para comenzar a integrarse progresivamente dentro de las dinámicas normales de convivencia pública, lo cual introduce una contradicción especialmente peligrosa, ya que una sociedad difícilmente puede exigir congruencia institucional cuando ella misma ha comenzado a perderla en su comportamiento cotidiano.
Nos encontramos en una época donde la incongruencia de pensamiento se puede presentar en dos o, incluso, tres vías diferentes; es decir, la manera en que pensamos y posteriormente actuamos es muy diferente cuando se presenta exactamente el mismo caso y esta incongruencia mental tampoco nos indigna, es más, algo que me parece sumamente delicado es que el mundo hoy se indigna mucho más por la decisión que el VAR pueda tomar en un partido de fútbol que en las acciones que nuestros líderes, padres, compañeros de trabajo o cualquiera que sea de nuestro ámbito más próximo pueda generar y solo considero indispensable que pongamos en una balanza y nos planteemos esta pregunta ¿Pueden las dudas en el fútbol tener mayor relevancia en nuestra vida diaria que las acciones que hacen o dejan de hacer nuestros gobiernos?
En este contexto, quizá el riesgo más grande no sea únicamente la confrontación ideológica mundial que lentamente vuelve a dividir al planeta bajo nuevas narrativas políticas, económicas y estratégicas, sino el hecho de que la humanidad parece estar perdiendo la capacidad emocional y moral para reaccionar frente a ella, porque cuando la mentira deja de sorprender, la simulación deja de incomodar y la contradicción deja de indignar, los límites éticos comienzan a desplazarse silenciosamente hasta volver aceptables conductas que anteriormente habrían resultado inadmisibles, por ello, el verdadero deterioro quizá no se encuentre solamente en los gobiernos, en los conflictos internacionales o en los intereses geopolíticos que hoy reorganizan al mundo, sino en la normalización colectiva de la incongruencia como forma habitual de convivencia pública.
Finalmente, el problema de una sociedad que pierde la capacidad de indignarse no radica únicamente en su pasividad frente al poder, sino en algo mucho más profundo y peligroso: la gradual desaparición de los criterios internos que permiten distinguir entre lo correcto y lo conveniente, porque cuando la contradicción deja de generar conflicto moral, las sociedades comienzan a adaptarse emocionalmente a cualquier narrativa, a cualquier abuso y a cualquier simulación siempre que resulte compatible con sus afinidades ideológicas o intereses inmediatos, derivado de esto, quizá la pregunta más inquietante no sea hacia dónde se dirige la nueva confrontación política mundial, sino ¿en qué momento dejamos de reaccionar frente a ella como si ya nada tuviera la capacidad de sorprendernos o indignarnos realmente?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1816 en Montevideo, Uruguay, la Biblioteca Nacional abre sus puertas por primera ocasión y se convierte en la primera biblioteca pública del país, motivo por el cual, en Uruguay, se celebra en esta fecha, el “Día Nacional del Libro”; en 1914 en París, Francia, el Teatro de la Ópera de París se convierte en el recinto para el estreno mundial de la ópera “Le Rossignol” (El ruiseñor), de la autoría del célebre compositor, director de orquesta, libretista y pianista ruso Ígor Fiódorovich Stravinski, en 1989 en Casablanca, Marruecos, culmina la 16º edición de la cumbre de la Liga Árabe, con un reconocimiento “implícito” del Estado de Israel y con una petición para asentar una conferencia internacional para la paz en Oriente Próximo.
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Desastres lingüísticos normalizados
19 DE MAYO DE 2026 Desastres lingüísticos normalizadosPor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
El lenguaje no es un accesorio de la inteligencia ni un simple canal por el cual transitan ideas previamente formadas; es, en realidad, el andamiaje mismo sobre el cual esas ideas se construyen y ordenan por lo que realmente adquieren sentido, y por ello, cada palabra que utilizamos arrastra consigo no sólo una definición, sino una historia, una intención y una forma particular de mirar el mundo que rara vez nos detenemos a examinar ya que, en la vida cotidiana hablamos como si nombrar fuera un acto automático, casi mecánico, desligado de cualquier responsabilidad intelectual, como si bastara con que un término sea comprendido superficialmente para que su uso quede justificado, cuando en realidad el lenguaje exige una relación mucho más consciente, más crítica, más exigente, una relación que hemos ido debilitando hasta el punto de normalizar expresiones cuyo origen desconocemos, cuyo significado apenas intuimos y cuyas implicaciones jamás cuestionamos, y es precisamente en esa normalización donde comienza a configurarse un fenómeno más profundo que un simple descuido: una renuncia sistemática a pensar lo que decimos.
Nombrar no es inocente porque no sólo describe la realidad, también la organiza, la delimita y la jerarquiza, y en ese proceso cada término se convierte en una herramienta que puede aclarar o distorsionar dependiendo del nivel de comprensión con el que se utilice; sin embargo, en la práctica social, el lenguaje tiende a funcionar bajo una lógica de repetición más que de reflexión, lo que provoca que muchas palabras se mantengan vigentes no por su precisión o su pertinencia, sino por la costumbre de usarlas, por la comodidad de no cuestionarlas, por la inercia colectiva que transforma convenciones históricas en supuestas verdades naturales, y esa transformación es particularmente peligrosa porque desactiva la capacidad crítica, convierte el discurso en un terreno aparentemente estable y elimina la necesidad de revisar aquello que damos por hecho.
Uno de los casos más evidentes de esta dinámica es el uso extendido del término “Latinoamérica”, una palabra que se ha integrado de tal manera en el discurso cotidiano que rara vez se percibe como una construcción, como una categoría histórica que responde a intereses específicos y no como una descripción objetiva de la realidad; se utiliza para agrupar a una serie de países que comparten ciertas raíces lingüísticas derivadas del latín, pero en su uso común se convierte en una etiqueta que pretende sintetizar realidades profundamente distintas, que borra matices, que simplifica procesos complejos y que termina por instalar una idea homogénea de lo que en realidad es diverso, contradictorio y cambiante; lo más relevante no es si el término es correcto o incorrecto, sino la forma en que su uso acrítico lo convierte en una herramienta de reducción, en un atajo discursivo que sustituye el análisis por la generalización.
Esa generalización no surge de manera espontánea, se ve reforzada por estructuras institucionales que, aunque operan bajo lógicas técnicas, terminan influyendo en el lenguaje cotidiano; organismos como la Organización de las Naciones Unidas o la CEPAL utilizan categorías como “América Latina y el Caribe” con fines analíticos, buscando agrupar países que presentan ciertas similitudes económicas o históricas para diseñar políticas o estrategias de desarrollo, y en ese contexto la categoría tiene sentido, cumple una función específica y permite trabajar con marcos comparativos relativamente útiles; el problema aparece cuando esa categoría sale del ámbito técnico y se instala en el discurso general sin el contexto que la justifica, porque entonces deja de ser una herramienta de análisis para convertirse en una etiqueta que simplifica, que homogeneiza y que, en muchos casos, termina asociándose con una narrativa dominante que no siempre corresponde a la realidad.
En ese tránsito del lenguaje técnico al lenguaje cotidiano se produce una distorsión que rara vez se reconoce, una especie de desgaste semántico en el que la precisión inicial se pierde y es sustituida por una interpretación más vaga, más cargada de supuestos y menos consciente de sus propios límites; empero, esa pérdida de precisión no genera resistencia, no provoca una revisión crítica del término, sino que se integra con naturalidad en el uso común, como si el simple hecho de ser repetido por instituciones o medios de comunicación fuera suficiente para garantizar su validez, y en ese proceso se consolida una percepción del mundo basada en categorías que no hemos elegido conscientemente, pero que utilizamos como si nos pertenecieran.
Algo similar ocurre con expresiones como “Oriente Medio” u “Oriente Próximo”, términos que revelan con claridad cómo el lenguaje puede estar profundamente condicionado por la perspectiva desde la cual se construye; hablar de “oriente” implica necesariamente la existencia de un punto de referencia que define esa orientación, y ese punto, históricamente, ha sido Europa, lo que convierte a estas denominaciones en construcciones que no describen una realidad geográfica objetiva, sino una forma particular de organizar el mundo desde una mirada específica, una mirada que responde a procesos históricos vinculados con la expansión imperial, con la diplomacia del siglo XIX y con eventos como el declive del Imperio Otomano o la reconfiguración global posterior a la Primera Guerra Mundial.
Utilizar estos términos sin reconocer su origen presupone adoptar, de manera implícita, la lógica que los generó, reproducir una forma de ver el mundo que coloca a ciertos espacios como centro y a otros como periferia, aunque esa jerarquía no sea evidente en el uso cotidiano; el lenguaje, en este sentido, no sólo refleja la realidad, también la construye, la ordena y la interpreta, y cuando dejamos de cuestionarlo, dejamos de cuestionar también las estructuras de pensamiento que lo sostienen, lo que convierte la repetición en un mecanismo de conservación de ideas que, en muchos casos, ya no responden a las condiciones actuales.
La división entre “Europa del Este” y “Europa Occidental” ofrece otro ejemplo de cómo las categorías lingüísticas pueden sobrevivir más allá del contexto que les dio origen, funcionando como si describieran una realidad permanente cuando en realidad responden a un momento histórico específico; durante la Guerra Fría, esta división tenía un sentido claro, delimitaba bloques económicos, ideológicos y políticos que estructuraban el orden mundial, pero una vez transformado ese escenario, la persistencia de la terminología no necesariamente refleja la misma realidad, sino la inercia de un lenguaje que se resiste a desaparecer, que se mantiene vigente por costumbre más que por precisión.
Esa resistencia del lenguaje a actualizarse no es un defecto en sí mismo, es parte de su naturaleza, pero se vuelve problemática cuando va acompañada de una falta de conciencia sobre su origen y su alcance, porque entonces las palabras dejan de ser herramientas flexibles para convertirse en estructuras rígidas que limitan la forma en que interpretamos el mundo, que nos llevan a encajar la realidad en categorías preexistentes en lugar de cuestionar si esas categorías siguen siendo pertinentes, y en ese proceso se produce una especie de congelamiento conceptual en el que el lenguaje ya no acompaña la evolución de la realidad, sino que la retrasa, la simplifica y la distorsiona.
El problema no se limita a categorías geopolíticas o construcciones regionales, también se infiltra en el lenguaje cotidiano que creemos dominar, en palabras que usamos todos los días sin sospechar siquiera la carga histórica que contienen, términos que parecen simples pero que en realidad son cápsulas de tiempo que revelan cómo pensaban, organizaban y vivían otras civilizaciones; basta observar cómo “salario” proviene del latín (salarium), vinculado a la sal con la que se pagaba a soldados romanos, lo que transforma un concepto moderno de remuneración en un vestigio de subsistencia básica, o cómo “trabajo” deriva de (tripalium), un instrumento de tortura, insinuando que la actividad laboral estuvo asociada desde su origen con el sufrimiento, mientras que “familia” no nace del afecto sino del control, del latín (familia) que designaba al conjunto de esclavos bajo la autoridad de un pater familias, y no a un núcleo emocional como hoy lo concebimos; por otro lado, “escuela” proviene del griego (scholé), que significaba ocio, tiempo libre dedicado al pensamiento, una idea que contrasta brutalmente con su percepción actual como obligación, en tanto que “negocio” surge de (negotium), la negación del ocio, es decir, la renuncia consciente al tiempo libre para ocuparse en actividades productivas, y finalmente “sincero”, derivado de (sincerus), entendido como pureza o ausencia de mezcla, asociado incluso con la idea de algo sin artificios ni correcciones, lo que evidencia que incluso las nociones de autenticidad que hoy damos por sentadas tienen un origen profundamente material y concreto; todas estas palabras conviven en nuestro discurso diario como si fueran evidentes, como si siempre hubieran significado lo mismo, cuando en realidad son recordatorios silenciosos de que el lenguaje no sólo cambia, sino que arrastra consigo formas de entender el mundo que seguimos repitiendo sin darnos cuenta.
La normalización de estas expresiones no es un fenómeno aislado ni exclusivo de ciertos términos geopolíticos, es una manifestación de una relación más amplia con el lenguaje en la que predomina la repetición sobre la reflexión, la familiaridad sobre la comprensión, la inercia sobre el análisis, y esa relación tiene implicaciones que van más allá de la comunicación, porque el lenguaje no sólo transmite ideas, también configura la manera en que las construimos, las organizamos y las interpretamos, lo que significa que un uso superficial del lenguaje conduce inevitablemente a un pensamiento superficial.
En ese sentido, la renuncia intelectual no se manifiesta en errores evidentes, en equivocaciones gramaticales o en fallas de pronunciación, sino en algo mucho más sutil y, por lo mismo, más difícil de detectar: la falta de cuestionamiento, la ausencia de curiosidad por entender lo que se dice, la aceptación automática de términos cuya historia desconocemos y, por ende ignoramos su carga semántica, una aceptación que se convierte en hábito y que, con el tiempo, termina por consolidar un discurso en el que las palabras se utilizan más por costumbre que por convicción.
Esa costumbre no es inocente porque contribuye a la construcción de una percepción del mundo basada en simplificaciones, en etiquetas que reducen la complejidad de los fenómenos y que, al hacerlo, limitan nuestra capacidad de análisis; cuando hablamos de “Latinoamérica”, de “Oriente Medio” o de “Europa del Este” sin cuestionar lo que implican esos términos, no sólo estamos utilizando palabras, estamos adoptando marcos de interpretación que condicionan la forma en que entendemos esas realidades, que influyen en nuestras opiniones, en nuestras valoraciones y en nuestras decisiones, y todo ello ocurre de manera casi imperceptible, precisamente porque el lenguaje se presenta como algo dado, como algo que no requiere explicación.
La solución a este problema no pasa por eliminar términos ni por sustituirlos de manera arbitraria por otros que pretendan ser más precisos, porque el lenguaje no funciona bajo criterios de pureza, sino de uso y de consenso; empero, sí pasa por recuperar una relación consciente con las palabras, por entender que cada término que utilizamos tiene un origen, una intención y un alcance que no desaparecen por el simple hecho de que los ignoremos, y que al usarlos participamos en la reproducción de ese significado, lo reforzamos, lo validamos y lo mantenemos vigente.
Recuperar esa conciencia implica asumir una responsabilidad que no siempre resulta cómoda, porque exige detenerse, cuestionar, investigar, dudar, es decir, hacer exactamente lo contrario de lo que la inercia del lenguaje nos invita a hacer, y en un contexto donde la velocidad de la comunicación es cada vez mayor y la profundidad del análisis cada vez menor, esa exigencia se percibe como un esfuerzo adicional, como una carga innecesaria, cuando en realidad es una condición indispensable para mantener una relación crítica con el mundo.
No se trata de convertir cada conversación en un ejercicio académico ni de exigir una precisión absoluta en cada palabra, sino de desarrollar una sensibilidad lingüística que nos permita reconocer cuándo estamos utilizando términos que simplifican en exceso, que arrastran significados que no comprendemos o que responden a contextos que ya no son vigentes, una sensibilidad que no busca paralizar el discurso, sino enriquecerlo, hacerlo más consciente, más honesto y más preciso.
Finalmente, el desastre lingüístico no consiste en la existencia de palabras imperfectas ni en la presencia de categorías discutibles, sino en la naturalización de su uso sin comprensión, en la aceptación de un lenguaje que ya no interrogamos, que ya no analizamos y que utilizamos como si fuera transparente cuando en realidad está cargado de historia, de intención y de poder, y en esa naturalización se esconde una renuncia silenciosa pero profunda, porque si el lenguaje es la herramienta con la que pensamos, entonces dejar de cuestionarlo equivale a dejar de pensar plenamente, ¿cuántas de las palabras que utilizas todos los días entiendes realmente más allá de su uso inmediato?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1643 en las nuevas tierras americanas de la Corona Británica, se funda la Confederación de Nueva Inglaterra conformada por las recién creadas colonias de Connecticut, Massachusetts, New Haven y Providence, que a la postre, serán integradas a las denominadas 13 colonias fundacionales de los Estados Unidos de Norteamérica. Con esta Confederación, el Imperio Británico se convierte en la cuarta gran potencia mundial al contar con territorios en el continente americano; en 1822 en la CDMX, México, el Congreso Constituyente declara al militar y político mexicano Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu como monarca del Imperio Mexicano. Esta proclamación se suscitó ante una feroz presión militar acompañada de la voz de gran número de civiles; en 1960 en Washington D.C., Estados Unidos en la sede de la Asociación Internacional de Fomento (AIF), perteneciente al Banco Mundial, la República de Islandia es aceptada como Estado Miembro.
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Intervencionismo conveniente
12 DE MAYO DE 2026 Intervencionismo convenientePor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
La soberanía, entendida en su dimensión más estricta y no como un recurso retórico adaptable, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se edifica el orden constitucional mexicano, por ello, de los numerales 39 al 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no solo establecen que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, sino que además delimitan el origen, la legitimidad y el propósito del poder público, lo cual implica que cualquier forma de influencia externa que pretenda incidir en las decisiones internas del país debe ser observada bajo un criterio de excepcionalidad y cautela; es decir, no basta con invocar la soberanía como un principio abstracto cuando conviene al discurso político, sino que se exige coherencia en su aplicación práctica, ya que en la medida en que se relativiza o se interpreta de manera flexible, se corre el riesgo de vaciarla de contenido, convirtiéndola en un concepto maleable que pierde su capacidad de operar como límite frente a actores externos y como garantía frente a los propios excesos del poder interno, por lo tanto, hablar de intervencionismo extranjero no puede reducirse a una etiqueta circunstancial, sino que debe entenderse como una categoría que implica la transgresión de un principio constitucional claramente definido.
Desde esta perspectiva, y bajo una visión estrictamente personal, el momento político actual en México presenta la confluencia de, al menos, tres acontecimientos que han sido utilizados para “apelar” —ya sea de manera directa o indirecta— a la noción de intervencionismo extranjero dentro del discurso público, comenzando por el tratamiento institucional dirigido hacia Maru Campos, continuando con el contexto que rodea a Rubén Rocha Moya y culminando con la presencia en territorio nacional de Isabel Díaz Ayuso; empero, en medio de esta construcción narrativa que parece defender con firmeza la soberanía frente a cualquier forma de injerencia externa, se omite un elemento que, lejos de ser anecdótico, adquiere relevancia política en un entorno internacional particularmente sensible, y es la participación de Claudia Sheinbaum en un encuentro de liderazgos de izquierda latinoamericana en Barcelona, lo cual introduce una variable que no puede analizarse de manera aislada cuando las relaciones entre México y ciertos sectores de poder en Estados Unidos se encuentran en un punto de tensión que, aunque no siempre explícito, resulta innegable en su trasfondo.
El caso de Maru Campos permite observar con claridad cómo la lógica de la soberanía no se limita a la defensa frente a actores externos, sino que también se proyecta hacia el interior del sistema político como un mecanismo de control y de narrativa institucional, por ello, el citatorio emitido desde el Senado, cuidadosamente presentado bajo la figura de una “invitación” a comparecer, no puede interpretarse únicamente como un ejercicio ordinario de rendición de cuentas, sino que debe analizarse en el contexto político en el que se produce, particularmente cuando el trasfondo del caso se encuentra relacionado con versiones que comenzaron a surgir posteriormente sobre la participación directa de agencias norteamericanas en acciones para desmantelar un narcolaboratorio dentro del estado de Chihuahua, inicialmente presentado bajo una narrativa públicamente contradictoria respecto a las circunstancias en las que fallecieron dos agentes estadounidenses; ya que mientras las versiones oficiales intentaron reducir el hecho a un accidente aislado, distintas filtraciones y reportes posteriores apuntaron a la existencia de coordinación previa entre autoridades mexicanas y personal extranjero, lo que introduce una contradicción adicional, porque el ingreso y actuación formal de agentes internacionales dentro del territorio nacional únicamente puede producirse mediante autorización federal, lo cual revela una utilización estratégica de los instrumentos institucionales para generar presión pública bajo un lenguaje que pretende mantener una apariencia de neutralidad, derivado de esto, se configura una primera señal de selectividad, porque mientras se activa el aparato institucional frente a ciertos actores, se construye paralelamente una narrativa que legitima dicha acción como parte del funcionamiento democrático, cuando en realidad responde a una lógica de oportunidad política, lo cual implica que la soberanía, en lugar de operar como un principio uniforme, comienza a fragmentarse en su aplicación.
Al trasladar el análisis al caso de Rubén Rocha Moya, el escenario adquiere una complejidad mayor, ya que en él convergen factores internos y externos que no pueden entenderse de manera aislada, por lo tanto, la existencia de un marco jurídico y operativo norteamericano orientado a combatir estructuras criminales bajo esquemas de seguridad ampliada introduce una dimensión que rebasa el ámbito nacional y que abre la puerta a presiones diplomáticas, cooperación reforzada e incluso a interpretaciones con capacidad de impactar a distintos actores políticos, particularmente después de la publicación de la nueva estrategia estadounidense contra el tráfico de drogas, un documento de más de 190 páginas orientado a homologar y coordinar el actuar de distintas agencias de seguridad bajo una lógica de combate transnacional al narcotráfico; empero, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de este instrumento, sino en el momento en que adquiere protagonismo dentro del discurso y la acción política, particularmente porque las versiones y documentos difundidos alrededor del caso no se limitan exclusivamente a la figura del gobernador sinaloense, sino que incluyen solicitudes norteamericanas de detención y posterior extradición dirigidas contra un grupo más amplio de actores políticos del estado de Sinaloa, alcanzando presuntamente a diez funcionarios tanto del ámbito ejecutivo como legislativo vinculados con estructuras criminales, lo que transforma el asunto de un señalamiento individual a una posible red de protección política, derivado de esto, la licencia solicitada por Rocha Moya bajo el argumento de facilitar las investigaciones terminó generando todavía más cuestionamientos ante la ausencia de información clara sobre su ubicación y sobre el verdadero alcance de la cooperación entre autoridades mexicanas y norteamericanas, ya que es precisamente en este tipo de escenarios donde se vuelve pertinente preguntarse bajo qué condiciones determinadas herramientas internacionales se activan con mayor intensidad, lo cual permite sostener, desde una lectura personal, que ciertos acontecimientos políticos pueden funcionar como detonadores contextuales que facilitan la utilización de mecanismos previamente establecidos, no como resultado de una relación causal automática, sino como consecuencia de un entorno geopolítico que vuelve más viable su aplicación, por ello, no se trata de afirmar que un hecho específico genere una reacción inmediata, sino de reconocer que en el ámbito internacional los movimientos políticos se interpretan, se acumulan y, eventualmente, se utilizan.
En el caso de Isabel Díaz Ayuso, el análisis se desplaza hacia una dimensión simbólica y discursiva que resulta particularmente reveladora, por lo tanto, su presencia en México no puede reducirse a un ejercicio de intercambio político o académico, sino que debe entenderse como la inserción de una figura extranjera en el debate interno de un país que, al menos en su narrativa oficial, ha sostenido una postura de rechazo frente a cualquier forma de intervención externa, lo cual genera una tensión evidente entre el discurso y la práctica, especialmente al considerar que la visita fue impulsada y respaldada por un grupo empresarial que desde hace tiempo mantiene una confrontación pública con el gobierno mexicano y cuya postura política resulta diametralmente opuesta a la narrativa encabezada por Claudia Sheinbaum, por ello, desde una lectura estrictamente personal, resulta difícil interpretar esta coincidencia como un hecho completamente casual, particularmente cuando la figura elegida para encabezar dicha gira fue precisamente una dirigente española identificada con posiciones conservadoras y con discursos que históricamente han confrontado las posturas impulsadas por distintos sectores de la izquierda iberoamericana, derivado de esto, la visita deja de percibirse como un acto aislado y comienza a insertarse dentro de una lógica de posicionamientos ideológicos que inevitablemente terminan proyectándose sobre el debate político mexicano.
La tensión alrededor de este episodio adquirió una dimensión todavía más reveladora tras el retiro de la invitación que originalmente había sido extendida a Ayuso para participar en un evento organizado por Grupo Xcaret en Quintana Roo, ya que la explicación pública ofrecida por la propia empresa terminó exhibiendo una contradicción difícil de ignorar, particularmente cuando se argumentó que la decisión obedecía a declaraciones realizadas por la dirigente española “meses anteriores”, pese a que una visita internacional de esta naturaleza necesariamente implicó un proceso de coordinación y planeación previo durante el cual dichas posturas ya eran ampliamente conocidas por quienes organizaron y avalaron su presencia en México, lo cual vuelve poco congruente sostener que el verdadero detonante surgió repentinamente de expresiones que ya formaban parte de su perfil político público; por ello, desde una visión estrictamente personal, resulta complicado desvincular la cancelación del contexto político y mediático que se intensificó tras las declaraciones emitidas ya en territorio mexicano, especialmente cuando distintos sectores afines al oficialismo reaccionaron de manera inmediata y cuando el costo político de mantener su participación comenzó a crecer públicamente, derivado de esto, el episodio termina proyectando la percepción de que ciertas expresiones políticas extranjeras pueden ser toleradas o desplazadas del espacio público dependiendo de la narrativa dominante del momento, lo que vuelve todavía más difusa la línea entre la defensa legítima de la soberanía y la administración selectiva de las voces consideradas políticamente aceptables.
A partir de estos tres casos, el análisis permite identificar un patrón que trasciende los hechos aislados, dicho esto, la soberanía no opera en la práctica como un principio rígido, sino como una herramienta que se adapta a las necesidades del momento político; sin embargo, adquiere una dimensión aún más relevante cuando la narrativa oficial comienza a mostrar una fisura, porque mientras se invoca la soberanía como principio inquebrantable frente a cualquier forma de intervención externa, se omite señalar con la misma claridad que la participación de la propia presidenta en espacios como la IV Reunión “En Defensa de la Democracia”, realizada en Barcelona el pasado mes de abril, no es un acto neutro, no es un gesto diplomático aislado, es una toma de postura, y en un contexto de tensiones con actores internacionales relevantes, esa postura no solo se observa, se interpreta y eventualmente se utiliza, particularmente cuando se incorpora el contexto internacional en el que se inscriben estos acontecimientos, ya que la participación en foros de carácter ideológico fuera del país no puede desvincularse de la manera en que dichos movimientos son leídos por otros actores globales, especialmente en un entorno donde las relaciones bilaterales se encuentran sujetas a tensiones constantes, por ello, las decisiones políticas no se producen en el vacío, sino dentro de marcos de interpretación que influyen en la activación de determinadas herramientas jurídicas o diplomáticas.
Este entramado se vuelve aún más evidente cuando se traslada al terreno electoral, donde los incentivos políticos adquieren una relevancia determinante, por lo tanto, el contexto rumbo a 2027 introduce una variable que no puede ignorarse, ya que los movimientos observados en el presente parecen responder a una lógica de posicionamiento anticipado que desborda los tiempos formales establecidos por la ley, lo cual se refleja en la proliferación de figuras como “Coordinadores de la Defensa de la Transformación” para el caso del oficialismo y, en el caso de partidos como PAN y PRI, bajo la denominación “Coordinadores de la defensa del voto”, cuya función resulta difícil de desvincular de una estrategia de construcción de presencia territorial con fines electorales, derivado de esto, la discusión deja de ser estrictamente jurídica para convertirse en un análisis de coherencia política.
No hace falta probar jurídicamente que son actos anticipados; basta exhibir la lógica: cambiar el nombre para evitar la consecuencia. Y cuando esa lógica se normaliza, el problema deja de ser una posible infracción aislada para convertirse en una práctica sistemática que erosiona la equidad del proceso democrático, dicho lo anterior, no puede atribuirse exclusivamente a un solo actor político, ya que, distintos partidos han incurrido en estrategias similares, evidenciando que la simulación no es una anomalía, sino una constante dentro del sistema, por ello, el lenguaje deja de ser un instrumento de claridad para convertirse en una herramienta de evasión que permite sortear las restricciones legales sin modificar la esencia de la conducta.
En este contexto, la relación entre soberanía, selectividad política y simulación electoral adquiere una coherencia que no puede ignorarse, por lo tanto, los distintos casos analizados no deben entenderse como episodios aislados, sino como manifestaciones de una misma lógica en la que los principios se adaptan a las necesidades del momento, lo que revela una transformación profunda en la manera en que se ejerce el poder, ya que, en lugar de operar bajo criterios absolutos, se ajusta a una racionalidad estratégica que privilegia la utilidad política por encima de la consistencia normativa, derivado de esto, la soberanía pierde su carácter de límite y se convierte en un recurso que se activa o se desactiva según convenga.
Lo que comenzó como una discusión sobre intervencionismo extranjero termina revelando algo más profundo, por ello, el problema ya no radica en quién interviene o deja de intervenir, sino en quién decide cuándo nombrarlo y cuándo ignorarlo; los principios ya no son absolutos; empero, son administrados.
Finalmente, esta realidad obliga a replantear no solo la manera en que se interpreta la soberanía, sino también el uso que se hace de ella dentro del discurso político contemporáneo, porque en la medida en que se convierte en un recurso flexible, pierde su capacidad de funcionar como un principio rector y se transforma en una herramienta de legitimación, lo cual plantea una interrogante inevitable ¿la soberanía sigue siendo un principio o se ha convertido en un recurso discursivo estratégicamente permisivo, activado o ignorado según la conveniencia política, incluso cuando el tablero electoral ya comenzó a moverse mucho antes de que la ley lo permita?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1521 fallecía en Texcoco (posiblemente), México, el tlatoani, guerrero y militar Tlaxcalteca, Xicohténcatl Axayacatzin, quien luchó contra las fuerzas españolas durante el periodo de la Conquista y tras haber sido vencido generó alianzas para continuar su lucha; sin embargo, Hernán Cortés tuvo conocimiento previo de sus intenciones de provocar un golpe de estado en Tlaxcala y ordenó su captura y muerte; en 1820 nacía en Florencia, Italia, la enfermera, escritora, estadista y profesora Florence Nightingale, quien a temprana edad mostró su pasión por ayudar en la atención a los enfermos y modificar un poco el trato que se les brindaba; fue altamente reconocida por su labor en la Guerra de Crimea en el hospital de Scutari; sin embargo, la prensa de la época pareciera haber exaltado de más dicho trabajo con lo que le valió convertirla en una imagen pública en el Reino Unido. El reconocimiento del día internacional de la enfermera se estableció debido a la fecha de nacimiento de esta notable mujer; en 1910 nacía en El Cairo, Imperio Británico, la bioquímica Dorothy Mary Crowfoot Hodgkin, quien descubrió la técnica para visualizar las estructuras moleculares en tres dimensiones en forma de cristales a la que se llamó “Cristalografía”, con la cual, se consiguieron avances importantes en las investigaciones sobre la estructura de la vitamina B12 y la penicilina lo que le valió ganar el Premio Nobel de Química en 1964 “por sus determinaciones mediante técnicas de rayos X de las estructuras de importantes sustancias bioquímicas».
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Intervencionismo conveniente
12 DE MAYO DE 2026 Intervencionismo convenientePor: Víctor Manuel Reyes Ferriz
La soberanía, entendida en su dimensión más estricta y no como un recurso retórico adaptable, constituye uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se edifica el orden constitucional mexicano, por ello, de los numerales 39 al 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no solo establecen que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo, sino que además delimitan el origen, la legitimidad y el propósito del poder público, lo cual implica que cualquier forma de influencia externa que pretenda incidir en las decisiones internas del país debe ser observada bajo un criterio de excepcionalidad y cautela; es decir, no basta con invocar la soberanía como un principio abstracto cuando conviene al discurso político, sino que se exige coherencia en su aplicación práctica, ya que en la medida en que se relativiza o se interpreta de manera flexible, se corre el riesgo de vaciarla de contenido, convirtiéndola en un concepto maleable que pierde su capacidad de operar como límite frente a actores externos y como garantía frente a los propios excesos del poder interno, por lo tanto, hablar de intervencionismo extranjero no puede reducirse a una etiqueta circunstancial, sino que debe entenderse como una categoría que implica la transgresión de un principio constitucional claramente definido.
Desde esta perspectiva, y bajo una visión estrictamente personal, el momento político actual en México presenta la confluencia de, al menos, tres acontecimientos que han sido utilizados para “apelar” —ya sea de manera directa o indirecta— a la noción de intervencionismo extranjero dentro del discurso público, comenzando por el tratamiento institucional dirigido hacia Maru Campos, continuando con el contexto que rodea a Rubén Rocha Moya y culminando con la presencia en territorio nacional de Isabel Díaz Ayuso; empero, en medio de esta construcción narrativa que parece defender con firmeza la soberanía frente a cualquier forma de injerencia externa, se omite un elemento que, lejos de ser anecdótico, adquiere relevancia política en un entorno internacional particularmente sensible, y es la participación de Claudia Sheinbaum en un encuentro de liderazgos de izquierda latinoamericana en Barcelona, lo cual introduce una variable que no puede analizarse de manera aislada cuando las relaciones entre México y ciertos sectores de poder en Estados Unidos se encuentran en un punto de tensión que, aunque no siempre explícito, resulta innegable en su trasfondo.
El caso de Maru Campos permite observar con claridad cómo la lógica de la soberanía no se limita a la defensa frente a actores externos, sino que también se proyecta hacia el interior del sistema político como un mecanismo de control y de narrativa institucional, por ello, el citatorio emitido desde el Senado, cuidadosamente presentado bajo la figura de una “invitación” a comparecer, no puede interpretarse únicamente como un ejercicio ordinario de rendición de cuentas, sino que debe analizarse en el contexto político en el que se produce, particularmente cuando el trasfondo del caso se encuentra relacionado con versiones que comenzaron a surgir posteriormente sobre la participación directa de agencias norteamericanas en acciones para desmantelar un narcolaboratorio dentro del estado de Chihuahua, inicialmente presentado bajo una narrativa públicamente contradictoria respecto a las circunstancias en las que fallecieron dos agentes estadounidenses; ya que mientras las versiones oficiales intentaron reducir el hecho a un accidente aislado, distintas filtraciones y reportes posteriores apuntaron a la existencia de coordinación previa entre autoridades mexicanas y personal extranjero, lo que introduce una contradicción adicional, porque el ingreso y actuación formal de agentes internacionales dentro del territorio nacional únicamente puede producirse mediante autorización federal, lo cual revela una utilización estratégica de los instrumentos institucionales para generar presión pública bajo un lenguaje que pretende mantener una apariencia de neutralidad, derivado de esto, se configura una primera señal de selectividad, porque mientras se activa el aparato institucional frente a ciertos actores, se construye paralelamente una narrativa que legitima dicha acción como parte del funcionamiento democrático, cuando en realidad responde a una lógica de oportunidad política, lo cual implica que la soberanía, en lugar de operar como un principio uniforme, comienza a fragmentarse en su aplicación.
Al trasladar el análisis al caso de Rubén Rocha Moya, el escenario adquiere una complejidad mayor, ya que en él convergen factores internos y externos que no pueden entenderse de manera aislada, por lo tanto, la existencia de un marco jurídico y operativo norteamericano orientado a combatir estructuras criminales bajo esquemas de seguridad ampliada introduce una dimensión que rebasa el ámbito nacional y que abre la puerta a presiones diplomáticas, cooperación reforzada e incluso a interpretaciones con capacidad de impactar a distintos actores políticos, particularmente después de la publicación de la nueva estrategia estadounidense contra el tráfico de drogas, un documento de más de 190 páginas orientado a homologar y coordinar el actuar de distintas agencias de seguridad bajo una lógica de combate transnacional al narcotráfico; empero, lo verdaderamente relevante no radica únicamente en la existencia de este instrumento, sino en el momento en que adquiere protagonismo dentro del discurso y la acción política, particularmente porque las versiones y documentos difundidos alrededor del caso no se limitan exclusivamente a la figura del gobernador sinaloense, sino que incluyen solicitudes norteamericanas de detención y posterior extradición dirigidas contra un grupo más amplio de actores políticos del estado de Sinaloa, alcanzando presuntamente a diez funcionarios tanto del ámbito ejecutivo como legislativo vinculados con estructuras criminales, lo que transforma el asunto de un señalamiento individual a una posible red de protección política, derivado de esto, la licencia solicitada por Rocha Moya bajo el argumento de facilitar las investigaciones terminó generando todavía más cuestionamientos ante la ausencia de información clara sobre su ubicación y sobre el verdadero alcance de la cooperación entre autoridades mexicanas y norteamericanas, ya que es precisamente en este tipo de escenarios donde se vuelve pertinente preguntarse bajo qué condiciones determinadas herramientas internacionales se activan con mayor intensidad, lo cual permite sostener, desde una lectura personal, que ciertos acontecimientos políticos pueden funcionar como detonadores contextuales que facilitan la utilización de mecanismos previamente establecidos, no como resultado de una relación causal automática, sino como consecuencia de un entorno geopolítico que vuelve más viable su aplicación, por ello, no se trata de afirmar que un hecho específico genere una reacción inmediata, sino de reconocer que en el ámbito internacional los movimientos políticos se interpretan, se acumulan y, eventualmente, se utilizan.
En el caso de Isabel Díaz Ayuso, el análisis se desplaza hacia una dimensión simbólica y discursiva que resulta particularmente reveladora, por lo tanto, su presencia en México no puede reducirse a un ejercicio de intercambio político o académico, sino que debe entenderse como la inserción de una figura extranjera en el debate interno de un país que, al menos en su narrativa oficial, ha sostenido una postura de rechazo frente a cualquier forma de intervención externa, lo cual genera una tensión evidente entre el discurso y la práctica, especialmente al considerar que la visita fue impulsada y respaldada por un grupo empresarial que desde hace tiempo mantiene una confrontación pública con el gobierno mexicano y cuya postura política resulta diametralmente opuesta a la narrativa encabezada por Claudia Sheinbaum, por ello, desde una lectura estrictamente personal, resulta difícil interpretar esta coincidencia como un hecho completamente casual, particularmente cuando la figura elegida para encabezar dicha gira fue precisamente una dirigente española identificada con posiciones conservadoras y con discursos que históricamente han confrontado las posturas impulsadas por distintos sectores de la izquierda iberoamericana, derivado de esto, la visita deja de percibirse como un acto aislado y comienza a insertarse dentro de una lógica de posicionamientos ideológicos que inevitablemente terminan proyectándose sobre el debate político mexicano.
La tensión alrededor de este episodio adquirió una dimensión todavía más reveladora tras el retiro de la invitación que originalmente había sido extendida a Ayuso para participar en un evento organizado por Grupo Xcaret en Quintana Roo, ya que la explicación pública ofrecida por la propia empresa terminó exhibiendo una contradicción difícil de ignorar, particularmente cuando se argumentó que la decisión obedecía a declaraciones realizadas por la dirigente española “meses anteriores”, pese a que una visita internacional de esta naturaleza necesariamente implicó un proceso de coordinación y planeación previo durante el cual dichas posturas ya eran ampliamente conocidas por quienes organizaron y avalaron su presencia en México, lo cual vuelve poco congruente sostener que el verdadero detonante surgió repentinamente de expresiones que ya formaban parte de su perfil político público; por ello, desde una visión estrictamente personal, resulta complicado desvincular la cancelación del contexto político y mediático que se intensificó tras las declaraciones emitidas ya en territorio mexicano, especialmente cuando distintos sectores afines al oficialismo reaccionaron de manera inmediata y cuando el costo político de mantener su participación comenzó a crecer públicamente, derivado de esto, el episodio termina proyectando la percepción de que ciertas expresiones políticas extranjeras pueden ser toleradas o desplazadas del espacio público dependiendo de la narrativa dominante del momento, lo que vuelve todavía más difusa la línea entre la defensa legítima de la soberanía y la administración selectiva de las voces consideradas políticamente aceptables.
A partir de estos tres casos, el análisis permite identificar un patrón que trasciende los hechos aislados, dicho esto, la soberanía no opera en la práctica como un principio rígido, sino como una herramienta que se adapta a las necesidades del momento político; sin embargo, adquiere una dimensión aún más relevante cuando la narrativa oficial comienza a mostrar una fisura, porque mientras se invoca la soberanía como principio inquebrantable frente a cualquier forma de intervención externa, se omite señalar con la misma claridad que la participación de la propia presidenta en espacios como la IV Reunión “En Defensa de la Democracia”, realizada en Barcelona el pasado mes de abril, no es un acto neutro, no es un gesto diplomático aislado, es una toma de postura, y en un contexto de tensiones con actores internacionales relevantes, esa postura no solo se observa, se interpreta y eventualmente se utiliza, particularmente cuando se incorpora el contexto internacional en el que se inscriben estos acontecimientos, ya que la participación en foros de carácter ideológico fuera del país no puede desvincularse de la manera en que dichos movimientos son leídos por otros actores globales, especialmente en un entorno donde las relaciones bilaterales se encuentran sujetas a tensiones constantes, por ello, las decisiones políticas no se producen en el vacío, sino dentro de marcos de interpretación que influyen en la activación de determinadas herramientas jurídicas o diplomáticas.
Este entramado se vuelve aún más evidente cuando se traslada al terreno electoral, donde los incentivos políticos adquieren una relevancia determinante, por lo tanto, el contexto rumbo a 2027 introduce una variable que no puede ignorarse, ya que los movimientos observados en el presente parecen responder a una lógica de posicionamiento anticipado que desborda los tiempos formales establecidos por la ley, lo cual se refleja en la proliferación de figuras como “Coordinadores de la Defensa de la Transformación” para el caso del oficialismo y, en el caso de partidos como PAN y PRI, bajo la denominación “Coordinadores de la defensa del voto”, cuya función resulta difícil de desvincular de una estrategia de construcción de presencia territorial con fines electorales, derivado de esto, la discusión deja de ser estrictamente jurídica para convertirse en un análisis de coherencia política.
No hace falta probar jurídicamente que son actos anticipados; basta exhibir la lógica: cambiar el nombre para evitar la consecuencia. Y cuando esa lógica se normaliza, el problema deja de ser una posible infracción aislada para convertirse en una práctica sistemática que erosiona la equidad del proceso democrático, dicho lo anterior, no puede atribuirse exclusivamente a un solo actor político, ya que, distintos partidos han incurrido en estrategias similares, evidenciando que la simulación no es una anomalía, sino una constante dentro del sistema, por ello, el lenguaje deja de ser un instrumento de claridad para convertirse en una herramienta de evasión que permite sortear las restricciones legales sin modificar la esencia de la conducta.
En este contexto, la relación entre soberanía, selectividad política y simulación electoral adquiere una coherencia que no puede ignorarse, por lo tanto, los distintos casos analizados no deben entenderse como episodios aislados, sino como manifestaciones de una misma lógica en la que los principios se adaptan a las necesidades del momento, lo que revela una transformación profunda en la manera en que se ejerce el poder, ya que, en lugar de operar bajo criterios absolutos, se ajusta a una racionalidad estratégica que privilegia la utilidad política por encima de la consistencia normativa, derivado de esto, la soberanía pierde su carácter de límite y se convierte en un recurso que se activa o se desactiva según convenga.
Lo que comenzó como una discusión sobre intervencionismo extranjero termina revelando algo más profundo, por ello, el problema ya no radica en quién interviene o deja de intervenir, sino en quién decide cuándo nombrarlo y cuándo ignorarlo; los principios ya no son absolutos; empero, son administrados.
Finalmente, esta realidad obliga a replantear no solo la manera en que se interpreta la soberanía, sino también el uso que se hace de ella dentro del discurso político contemporáneo, porque en la medida en que se convierte en un recurso flexible, pierde su capacidad de funcionar como un principio rector y se transforma en una herramienta de legitimación, lo cual plantea una interrogante inevitable ¿la soberanía sigue siendo un principio o se ha convertido en un recurso discursivo estratégicamente permisivo, activado o ignorado según la conveniencia política, incluso cuando el tablero electoral ya comenzó a moverse mucho antes de que la ley lo permita?
DATO CULTURAL.
Un día como hoy en 1521 fallecía en Texcoco (posiblemente), México, el tlatoani, guerrero y militar Tlaxcalteca, Xicohténcatl Axayacatzin, quien luchó contra las fuerzas españolas durante el periodo de la Conquista y tras haber sido vencido generó alianzas para continuar su lucha; sin embargo, Hernán Cortés tuvo conocimiento previo de sus intenciones de provocar un golpe de estado en Tlaxcala y ordenó su captura y muerte; en 1820 nacía en Florencia, Italia, la enfermera, escritora, estadista y profesora Florence Nightingale, quien a temprana edad mostró su pasión por ayudar en la atención a los enfermos y modificar un poco el trato que se les brindaba; fue altamente reconocida por su labor en la Guerra de Crimea en el hospital de Scutari; sin embargo, la prensa de la época pareciera haber exaltado de más dicho trabajo con lo que le valió convertirla en una imagen pública en el Reino Unido. El reconocimiento del día internacional de la enfermera se estableció debido a la fecha de nacimiento de esta notable mujer; en 1910 nacía en El Cairo, Imperio Británico, la bioquímica Dorothy Mary Crowfoot Hodgkin, quien descubrió la técnica para visualizar las estructuras moleculares en tres dimensiones en forma de cristales a la que se llamó “Cristalografía”, con la cual, se consiguieron avances importantes en las investigaciones sobre la estructura de la vitamina B12 y la penicilina lo que le valió ganar el Premio Nobel de Química en 1964 “por sus determinaciones mediante técnicas de rayos X de las estructuras de importantes sustancias bioquímicas».
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”Miehille viha on sallitumpi tunne kuin suru ja pettymys.”
Ja
”Kilpailullisessa yhteiskunnassa vastuu menestyksestä kankeaa yksilölle.”
Kunpa jokainen lukis tämän artikkelin, vaikka ei lukisi mitään muuta koko vuonna, ja tekisi vähän itsereflektiota ja päättelyä sen jälkeen. Yhteiskunta muuttuisi laakista paremmaksi.
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«Espero no volver a verte acá» — Internación, salud mental y aprendizaje
⏱️ Tiempo estimado de lectura: 28 minutos y 39 segundos.
Resumen
En cualquier otro contexto esa frase sonaría horrible. Para nosotras es más que un deseo, un anhelo. Es un símbolo de afecto, de amor, de compañerismo, de amistad, de experiencias compartidas.
Contenido
Pero mejor empezamos desde el principio: El 28 de enero decidí internarme de forma voluntaria en el área de salud mental de una clínica. La madrugada de ese día había tenido lugar mi tercer intento de suicidio. El primero y el segundo, habían ocurrido en mayo y junio de 2023 respectivamente. ¿Por qué? eso es algo que prefiero dejar para mí y personas cercanas. En fin, una semana después, me derivaron a un centro de salud integral en el que pasé un mes internada. Estas son mis experiencias y reflexiones.- Introducción
- El tabú del que todos hablan pero nadie entiende
- La cura que no existe
- El internado
- Estigmatización por defecto
- Desconexión total
- Terapia y tratamiento integral
- Nosotras y nosotres
- Una microsociedad sin acceso a internet
- Nuestras propias terapias grupales
- Ella es inocente aunque se demuestre lo contrario
- Hermanas de otras vidas
- Conclusiones finales
- Mimoterapia
- Aprendizajes
- Si llegaste hasta acá
- Gracias
Introducción
Nota: si sos un amigue/a y/o persona cercana y te estás enterando de esto ahora, porfa no te enojes. Mi mamá era la encargada de mi contacto con el exterior y no me pareció correcto que la atosiguen con mensajes o llamadas. El mismo era restringido como explico más abajo, y preocupar a tanta gente cuando en realidad no hubiese nada que pudieran hacer directamente, no me parecía correcto ni justo. Fue una decisión consciente que tomé incluso antes de ingresar allí. Habiendo aclarado esto, ahora sí, comencemos:
El tabú del que todos hablan pero nadie entiende
Hay un día de la prevención del suicidio, de la depresión, de la salud mental. Grandes corporaciones, empresas e instituciones de todo tipo hablan del tema. Incluso personas particulares tienen una opinión formada al respecto. Sin embargo, esto no sirve de nada si no se le da el enfoque que se merece.
Razones por las que una persona no debería suicidarse:
- Porque sos joven.
- Porque ya sos demasiado grande.
- Porque estás en la mitad de tu vida.
- Porque tenés toda una vida por delante.
- Porque tenés hijos.
- Porque tenés nietos.
- Porque tenés perros, gatos, tortugas, conejos.
- Porque tenés psicólogo y psiquiatra.
- Porque te falta Dios.
- Porque tenés trabajo, salud, algo de dinero, pareja, amor y/o el afecto de las personas que te quieren.
- Porque hay gente con problemas más graves.
- Porque siempre tenés que estar feliz y con una actitud positiva ante la vida.
- Porque te falta espiritualidad; sí, esto incluye a Dios, pero puede ser de amplio espectro: constelaciones familiares, bio descodificación, astrología, manifestar todo lo que querés lograr en tu vida para que se cumpla, el libro de autoayuda de tal o cual autor, creer en todo pero no estar segura de nada, no creer en nada pero creer que sabés la verdad de todo.
- Inserte aquí todas las otras razones que se le ocurran. Es un chiste, claro. Pero pueden dejarlas en comentarios.
Lo realmente importante no son las razones que una persona tenga para no deprimirse, hacerse daño o suicidarse. Lo importante es intentar que la persona aprenda a reconocer qué factores la llevaron a esos estados, y poder trabajar sobre ellos. Ya sea con medicación, con un tratamiento integral, con ambas, o con otras herramientas que le permitan aprender de sí misma y del resto para que dichas situaciones no vuelvan a ocurrir.
La cura que no existe
Lo primero que se debe comprender es que quienes pasamos por este tipo de estados, no somos personas convencionales mentalmente. Es decir, neurotípicas. Somos personas con factores patológicos psiquiátricos que debemos convivir con tratamiento integral durante gran parte de nuestra vida. Entonces, verlo desde una perspectiva individualista no solo es un error, sino que además causa más daño a la persona, haciéndole creer que puede con todo cuando en realidad no es así.
La culpabilidad intrínseca en este tipo de comentarios y argumentos que se genera en las personas afectadas, es altamente perjudicial, agravando el cuadro muchas veces, o impidiéndole incluso a la misma expresar sus emociones por miedo a los cuestionamientos. Existen limitaciones a lo que podemos y no podemos hacer. Y si nuestro entorno y nosotras mismas no entendemos esto, es muy probable que volvamos a recaer en ese tipo de crisis. ¿Por qué? Porque mucho que les pese a los dueños del nuevo egocentrismo new age, “nadie se salva solo”. El convivir en sociedad es una conducta básica e instintiva del ser humano como especie. La meritocracia y el avance de uno por sobre el otro, fomentando la productividad extrema, el cumplimiento de objetivos por encima de lo preestablecido y la falta de limitaciones que ponemos a nuestras propias actividades y responsabilidades, destruyen el inconsciente colectivo del trabajo comunitario y solidario en conjunto.
La supuesta horizontalidad en el trabajo y las relaciones sociales, no es más que una mera narrativa reduccionista que quita el foco y minimiza lo verdaderamente relevante para las personas: el acompañamiento del otro, la empatía, la comprensión, el entendimiento. El hecho de comprender que no es necesario sentir lo que al otro le pasa para poder ayudarlo. Sino simplemente, escuchar.
En un mundo tan hiperconectado y con la respuesta inmediata a solo un click de distancia, la prioridad de la misma es mucho más relevante que su contenido. Y no es algo solo de las redes sociales y las apps de mensajería. La inteligencia artificial también utiliza esta misma premisa, contemplando que además, ésta lo hace para ser condescendiente con el usuario. Es decir, no solo te dice lo que querés escuchar, sino que lo valida. Lo relevante para estas empresas es no perder la conexión con vos. A nadie le gustaría que una IA lo contradijera. En el caso de las personas, no es tan crítico, pero no por ello menos grave. Es decir, aunque las personas sí puedan y de hecho lo hacen, contradecirte, esto no significa que por el hecho de ser un argumento en contra este sea correcto. Y cuando de salud mental se trata, por lo general la mayoría está equivocada.
La baja tolerancia a la frustración, la depresión, los intentos de suicidio y desbordes emocionales se han incrementado muchísimo en los últimos años. El uso excesivo del celular, las redes sociales, las apps de mensajería y las aplicaciones de IA, ya es un debate abierto en especialistas de salud mental de todo el mundo. Es más, como se sabe, muchos países han tomado medidas al respecto, que como siempre ocurre en el caso de la política y los gobiernos, llegan tarde. La crisis está, y ya existe. ¿Qué podemos hacer para reparar a generaciones enteras dañadas psicológica y psiquiátricamente por empresas que ganan dinero con suscripciones, publicidad invasiva, el bombardeo constante de información, desinformación y contenido multimedia y demás? Desafortunadamente, no tengo una respuesta que deje contentos al diablo y a Dios.
El internado
Estigmatización por defecto
No sé si hace falta aclararlo antes de empezar. Pero la estigmatización que sufrimos quienes entramos en este tipo de centros, y los mismos en sí, es por demás preocupante e incluso infundada. Llamalo como quieras: manicomio, hospital psiquiátrico, hospital frenopático, centro de salud integral. No me interesa. Todos creen saber de antemano qué significa y a qué tipo de personas hace referencia. Rosalía en su canción Sakura dice: «Nunca me ha dado miedo la risa de un loco. Más miedo me da el que miente o el que ríe poco». Y quizás sea la forma más sencilla que tengo en estos momentos de explicarles lo que realmente importa de estos lugares. Cierto es que en ocasiones nos comparábamos con las presas de una cárcel, y hacíamos referencias a la canción de María Becerra en la serie «En el barro». Pero la realidad, no se parece ni por lejos a esa. Y esto quiero que quede claro desde el principio.
Desconexión total
Lo primero a destacar es que se me quitó el acceso a mi teléfono celular y a cualquier dispositivo con capacidad de conectarse a internet durante el tiempo que duró mi estadía allí. Al principio estuve en un box sin TV y con el transporte público pasando a toda hora por la avenida, ya que la ventana daba a la calle. Cuando me cambiaron a una habitación con otra compañera, sí podíamos ver la tele. Teníamos internet, pero estaba restringido a las apps que el codificador tenía por defecto, y no andaba muy bien que digamos. Es decir, que si no se tildaba, podíamos ver YouTube. Sin embargo, sí podíamos ver canales de cable. En cuanto a eso, mi compañera de cuarto miraba el canal de las novelas, así que para mí era suficiente.
Nuestro contacto con el exterior eran personas restringidas a las que podíamos llamar o que podían ir a visitarnos, pero que para ir debían sacar turno y ser aprobadas por mi equipo tratante, es decir, mi psicóloga y mi psiquiatra. El teléfono de línea tenía horarios limitados para recibir y hacer llamadas, y debíamos usarlo todas en ese horario.
Había dos sectores delimitados virtualmente, aunque eso no fue limitación para que ocasionalmente rompiéramos las reglas. En uno estaban las personas en observación. En el otro, las personas más estables. Cada sector tenía su propio office de enfermería y su propio teléfono. Pero además, el mismo teléfono era usado por las propias enfermeras para manejar asuntos relacionados con las pacientes: si nos llevaban ropa, elementos de higiene y demás.
Quienes venían a vernos, no podían subir a los sectores de las pacientes, sino que éramos nosotras quienes bajábamos a planta baja con una enfermera o un coordinador, y nos hacían pasar a una especie de patio en el que estábamos con la visita por el lapso de una hora aproximadamente, o a un consultorio si dicho patio estaba lleno.
Otro detalle: cualquier elemento que nos trajeran debía pasar la revisión de enfermería. Si se consideraba potencialmente peligroso para una misma o para terceras, no se habilitaba si no era necesario y era devuelto a la familia; y si era necesario, quedaba en enfermería cuando la paciente lo solicitara, pero con un uso limitado y vigilancia cada cierto tiempo para que no ocurriera nada grave. Ejemplo: una maquinita de depilar. Si en una hora no la devolvíamos, iban a ver cómo estábamos.
Terapia y tratamiento integral
No se trataba solo de darnos medicación. Teníamos horarios predefinidos para desayuno, almuerzo, merienda y cena. Teníamos un equipo tratante por cada una que consistía en un psicólogo o psicóloga y un o una psiquiatra que nos veían dos veces por semana. Un equipo de enfermeras, que iban alternando en guardias de ocho horas, con otras definidas para fines de semana y feriados.
Ah, quizás para varias personas resulte un detalle, pero claro está que los sectores estaban divididos por género. Las mujeres estábamos por un lado y los hombres por otro. No había contacto directo entre ambos, y no se suponía que lo hubiera. De hecho, los esporádicos contactos que hubo, fueron detectados por operadores, acompañantes terapéuticos, coordinadores y enfermeros.
Este grupo de contención, además, se encargaba de gestionar las cuatro bajadas al parque que teníamos por día. Para muchas era una razón para ir a fumar. Para quienes no fumábamos, charlar, escuchar música, tomar mate, o simplemente tomar sol y un poco de aire.
Entre las actividades predefinidas por el centro estaban: sesión de manicuría el sábado a la mañana a cargo de una de las operadoras, terapia grupal (con la que no me llevé muy bien con el moderador), asamblea de convivencia, que casi ni tuvimos porque el moderador estaba de licencia, arteterapia, musicoterapia (mis favoritas) y yoga y gimnasia, mis menos favoritas en ese orden XD. Yoga me gustaba, pero requería mucho trabajo físico al que no estaba acostumbrada. Igual gimnasia. El profe era muy exigente para mi gusto, pero estas son opiniones, no datos jajaj.
Musicoterapia fue la más interesante y la que más me permitía explayarme, en la que más salía a relucir mi creatividad y mi, quizás mi no tan bueno, pero sí suficiente talento para la música. Conocí y vi de primera mano instrumentos muy interesantes. Me gustaría encontrar actividades similares ahora que estoy afuera. Pero claro, eso con el paso del tiempo.
He de destacar a nivel personal también, que por mi condición de celiaquía me daban almuerzo y cena de Sintaxis, todo con postre incluido, por lo que la comida se transformó en un lujo, privilegio o derecho al que pocas veces tuve acceso, y por el que estoy muy agradecida. Claro que el postre estaba incluido en sí para todas. De hecho, a veces nos daban frutas en cualquiera de las cuatro comidas, lo que también era bueno. Excepto el mate, no había ninguna otra bebida permitida potencialmente perjudicial para la medicación y el tratamiento, como por ejemplo, las gaseosas y el café. Me parece lógico, pero no significa que no extrañara el segundo durante los primeros días. Por último en esta sección, la diferencia de horario entre la merienda y la cena nos resultaba a todas demasiado corta, pero las reglas eran así, y había que cumplirlas a rajatabla.
Nosotras y nosotres
No sé bien por dónde empezar a escribir esta parte. Hay tanto que decir que tengo cierto temor de omitir algo. Sin embargo, aún así decido intentarlo, ya que es para mí la parte principal de todo este artículo.
Una microsociedad sin acceso a internet
El hecho de que ninguna tuviese conexión con el mundo exterior ni acceso a redes sociales, fomentaba nuestra capacidad de buscar elementos que nos ayudaran a pasar el día. Me dejaron entrar un parlante Bluetooth chiquito con un cargador portátil y un pen drive USB, con el que pasaba los dos últimos discos de Rosalía de forma constante y hasta casi obsesiva. También nos hicimos fans de una radio de Jazz que está disponible en TuneIn también.
Jugábamos a las cartas con mis cartas en braille, jugaban al uno, al tutifruti, y hasta a la generala con unos dados de una compañera. Los juegos, el mate, y hasta las sesiones personales de maquillaje y peinado se compartían en pequeños pero significativos grupos que se iban formando. Claro está que en última instancia todas teníamos contacto entre sí, y aunque algunas mujeres con patologías más complejas para relacionarse tuviesen sus dificultades adicionales, esto no significaba que no hubiese alguna dispuesta a darle su apoyo de una forma u otra.
Nuestras propias terapias grupales
Estábamos allí cada una por patologías diferentes. Unas se iban, otras volvían, otras se quedaban. Pero había cosas en común que en la mayoría de los casos habíamos compartido: depresión, autolesiones, intentos de suicidio. ¿Qué feo hablar de eso, no? ¿Cómo hacés para hablarle sobre esos temas a una criatura de 18 años o a una señora de 70? Quizás no haga falta. Quizás quien tenga que entenderlo seas vos.
Porque no importaba la patología. Estábamos ahí porque no habíamos podido con nuestra realidad. Porque nos había sobrepasado. E intentar suicidarse no es querer morir. Es querer dejar de sufrir. Es al fin deshacerse de aquello que no podemos manejar sobre nuestro entorno, pero por sobre todas las cosas, sobre nosotras mismas. De ahí lo de las razones que expuse al principio.
A todas nos habían dicho las mismas cosas. Sin importar nuestra edad, nuestras experiencias de vida, nuestras patologías, nuestras realidades, nuestra condición social, o incluso en la sección especial de Narcóticos Anónimos que había, y que olvidé mencionar más arriba, se hablaba de esto también. La sociedad, como en muchos de los casos en los que me ha tocado presenciar por mis múltiples condiciones, primero discrimina, juzga, prejuzga, habla, opina, critica, acusa, minimiza y daña antes de empatizar, entender, escuchar, comprender, y si no se puede, abrazar y contener.
La mimoterapia era la más aplicada entre nosotras mismas. Cuando no sabés qué decir o qué hacer, a veces simplemente escuchar, abrazar, contener y quedarte callada, es mejor que cualquier palabra dicha. Contuve varias veces aunque no me correspondía. Me contuvieron varias veces aunque no les correspondía. Buscamos ayuda y la exigimos cuando la necesitábamos. Desafiamos a la autoridad, cuando detectábamos injusticias que sabíamos que con un poco de buena voluntad se podían solucionar. No siempre teníamos éxito. No siempre lográbamos lo que queríamos. Pero intentarlo y arriesgarse siempre es mejor que no hacer nada. Oscilábamos entre lo justo, lo injusto y lo correcto. Lo correcto no siempre me parecía justo. Sé que ya lo dije, pero esto fue algo que también tuve que aprender en esta terapia.
Ella es inocente aunque se demuestre lo contrario
Habría muchas hermosas personitas a las que debería mencionar. Hacerlo con solo dos me parece terriblemente injusto. Pero quiero que entiendan que si lo hiciera con todas, la gente no tendría ni ganas de leer esto. Así que vamos con la primera: tiene 18 añitos. No sé el porqué. Va, en realidad sí. La otra personita especial y mi psicóloga tratante me lo dijeron. Fue por mi sobre empatía. La idea de querer ayudar a todo el mundo sin importar si me estaba ayudando a mí misma con eso o no.
Ella tenía su equipo, su mamá, a su familia, y otras compañeras con las que contar. Pero la adopté como hijita postiza. Su patología era compleja y casi que desconocida para mí. No sabía muy bien qué estaba haciendo cuando empecé a protegerla de todo mal, y luego de todo bien XD, pero lo hice. Una de las cosas que tuve que entender es: “Kathy, no podés controlarlo todo”. Sin embargo, la escuché. Escuché lo que le pasaba, lo que necesitaba, y la ayudé como pude, haciendo conscientes a las demás de qué debíamos hacer para acompañarla.
Poco a poco empezó a mimetizarse conmigo, y no estando ya mi “Smithers” porque le habían dado el alta, pude entregarme a mi crapulencia.
Vamos, que no hice demasiado che. Además de quererla mucho, brindarle mi apoyo, mi contención, defenderla de cualquier cosa de la que se le acusara aunque sea verdad, creerle casi todas sus mentiras, hacer caso a su vocecita de niña inocente cuando las demás me decían que decía cosas horribles y palabrotas, y fomentar sus comentarios insidiosos y maliciosos sobre otras personas. ¿Qué tiene de malo todo eso realmente?
Lo cierto es que ella era inocente aunque se demuestre lo contrario. Y es que, al principio me resultaba una niña aparentemente ingenua a la que temía que se la pueda manipular. Poco a poco fue aprendiendo a que podía ella misma no dejar que manipulen a las que llegaron después. Y resultó mucho más inteligente y capaz de comprender al resto de lo que yo pensaba. Eso me pasa por querer prejuzgar y querer controlar todo. Mal hecho, Kathy. Sin embargo, sos una excelentísima personita, una de las grandes amigas que me traje conmigo junto con muchas otras. Te quiero muchísimo. Y espero que estés muchísimo mejor en el nuevo lugar en el que van a poder tratar ahora sí de forma correcta tu patología.
Hermanas de otras vidas
No sé por qué yo, no sé por qué ella, no sé por qué nosotras. Pero así sucedió. Más allá de todo lo que dije de la espiritualidad, las creencias actuales y toda esa parafernalia consumista y adaptada al supuesto bienestar personal, lo cierto es que aún hoy en día hay cosas a las que no les encuentro explicación lógica. Y quizás sea mejor así. “No todo lo que puede ser cuantificado cuenta, ni todo lo que cuenta puede ser cuantificado”. También dicen que “hay razones que la propia razón nunca entenderá”.
¿Cómo dos ñoñas tan parecidas y distintas entre sí se encontraron en el mismo lugar? No lo sé. Pero hubo tres cosas que nos unieron: el lugar, nuestro TDAH, y la última que decidimos no mencionar por nuestro pacto de hermanas. Logré conectar de forma impresionante con ella. Y le pasó lo mismo conmigo. Entró dos días después que yo y salió una semana antes. Sin embargo, ese tiempo juntas fue quizás uno de los más significativos de nuestras vidas.
Cuando nos poníamos a hablar de ñoñeces el resto se alejaba. Descubrí que soy una ñoña con todas las letras, que soy muy inteligente, y que muchas veces puedo resultar pedante. A veces tener una respuesta para todo no tiene sentido sin argumentos sólidos que la sostengan.
Me contuvo cuando lo necesité, la contuve cuando lo necesitó. Era la “Smithers” que no me dejaba robarle un dulce a una niña. Era la que me ponía límites cuando hacía chistes que, por lógica, nadie debería hacer en un hospital psiquiátrico, a menos que quisiera quedarse más tiempo. Era la que me decía “Katherine” cuando debía pararme el carro. Completábamos crucigramas a la velocidad de la luz.
Me estaba leyendo un libro muy hermoso sobre un personaje político que, más que un presidente, fue un militante de la vida. Libro que no pienso terminar sin que ella me lo lea. No, no. No intenten imaginar quién es dicho personaje. No es lo importante. Rompimos todas las reglas habidas y por haber. Me leía libros en mi habitación, yo iba a ver Los Simpson en la suya los sábados, y nos regalamos tesoros que valen mucho más que cualquier palabra dicha.
Nos regalamos la realidad de mostrarle a otra persona tal cual somos. Sin mentiras, con honestidad, con empatía, con respeto mutuo. Sabiendo que nada de lo que dijera una, haría enojar a la otra. Nos regalamos el arte de conocernos. La magia de estar ahí. En ese tiempo, en ese lugar. Y mientras nos preguntábamos: “¿Cuánto tiempo más llevará?”, disfrutábamos de cada momento juntas.
No, no. No se confundan. Ella no es como con otras personas especiales. No quiero ser su novia, ni me gusta de tal manera. Pero el amor que llegamos a tenernos en tan poco tiempo, trasciende las fronteras de lo que jamás había esperado que sucediera.
Y esto va para vos especialmente: no voy a negar que lloré cuando te fuiste. A pesar de lo feliz que estaba. Era como una felicidad triste, si tal cosa existe, ya que estaba segura de que era lo mejor para vos, y que íbamos a vernos afuera de todos modos. Pero lloré. Lloré como pocas veces he llorado cuando alguien se aparta de mi vida aunque sea por un tiempo tan corto.
Sí, sí. Las obsesiones y el apego emocional no son del todo buenos. Es decir, como me dijo alguien una vez, hay apegos buenos y apegos malos. Pero si hay algo que aprendí, es que puedo tener un apego bueno con vos, sin que ambas nos atosiguemos entre sí. ¿Por qué? Bueno, resulta más fácil cuando no tocás mucho esa cosa conocida como celular. No le doy mucha pelota y lo bueno es que va a seguir siendo así. Acostumbrarse un mes a estar sin eso, me dio la seguridad para entender que no necesito ni tenerlo todos los días en la mano, ni tenerlo a cada rato siquiera. Poco a poco iré activando algunas cosas, pero otras quedarán desactivadas para siempre.
Por supuesto, eso nada tiene que ver con nosotras. Te lo cuento porque es algo que hablamos y que pienso sostener por mi parte. Anotaré los números de las chicas que me los escribieron en braille con la impresora manual braille que compré por Mercado Libre. Y bueno, ya que estamos, les dejo un muy buen cargador portátil que le recomiendo a todo el mundo y con el cual, la batería del parlantito Bluetooth, me duraba cinco días. Mentira. Era tener el cargador conectado constantemente para que eso ocurriera. Pero al fin y al cabo, el cargador es lo importante XD.
No, no. No te confundas. No estoy haciendo publicidad pagada. Y perdón por incluir esto en una sección que iba exclusivamente para vos. Es que me parecieron productos tan útiles y necesarios, que no pude resistir el impulso de compartirlos. En fin, nuestra despedida ese día que faltamos a gimnasia fue de las charlas más inteligentes e interesantes que tuve con persona alguna.
Te extraño. Sí. Te extraño. Pero también me di cuenta después de que te fuiste, cuánto me extrañaba a mí también. Y quiero seguir sosteniendo eso unos días más. Y es que, volviendo a mí, mucho ha cambiado allí desde que fuimos separadas. Lo cierto es que la sociedad deprime, y el mal no se redime sin cariño, y que si no es por esas personas que acercan su alegría, sería más amargo todavía. Quizás volver a la naturaleza, o al menos a lo analógico, sería nuestra mejor riqueza. Allí podemos querernos y amarnos libremente, y ya no habrá ningún zoológico de gente. Si acaso, un jardín de gente que haya sido cultivado y regado con amor. O quizás, y solo quizás, de alguna forma por pequeñita que sea, podríamos hacerlo nosotras.
Te quiero muchísimo. Hasta prontito, Kathy — Katherine.
Conclusiones finales
No sé si escribí todo lo que quería, o si terminó siendo más de lo que debería. No sé cuánta gente va a leer esto hasta el final, y realmente no me importa. Con que una sola persona entienda de forma favorable lo que intenté explicar en este enorme post, estaré satisfecha. No escribo para hacerme famosa. No escribo para llegar a las grandes ligas, ni para ser influencer ni nada que se le parezca. Sí es cierto que promuevo mis proyectos y aplicaciones en cuanto puedo, pero también lo es que además de traerme algún beneficio propio, la idea es que sea de utilidad para el resto.
Habiendo dicho esto, vamos a continuar con este principio del fin.
Mimoterapia
Sí. Las mencioné a ellas dos. Pero no por ello las demás deberían sentirse ofendidas. Por favor, se los pido. No es más que una elección que me vi obligada a hacer debido a las circunstancias que rodean hoy en día este tipo de contenido en texto. Pero quiero que sepan que las quiero mucho también. Que algunas llegaron a ser no solo grandes compañeras, sino grandes amigas. Personitas maravillosas con las que quiero juntarme afuera para charlar de la vida, tomar un par de mates y reírnos de cuando estuvimos internadas en un hospital psiquiátrico todas juntas. Ah, y no se olviden de ir a comer a Sintaxis, ¿eh?
A las que se fueron antes, quiero contarles que seguimos manteniendo la cadena de incluir y dar la bienvenida a las nuevas. Que les damos su lugar, charlamos y vemos los puntos en común para generar espacios y hábitos agradables para compartir. Charlar de cualquier cosa con mates de por medio y jugar a algún juego, ya es una constante entre todas, y lo seguirá siendo, así que por eso no se preocupen. La tradición se mantiene viva e intacta como nuestras predecesoras la instauraron.
Aprendizajes
No puedo controlarlo todo. No puedo sentirme culpable por cosas que escapan a mi control. A veces lo justo o lo injusto, pueden ser lo correcto. Y a veces no. Debo poner límites. Debo ponerme a mí por encima de cualquier otra persona. Porque como lógica existencialista, si no me cuido a mí, si yo no estoy bien conmigo misma, o al menos aceptablemente, como ahora, no puedo cuidar a nadie más. Ni siquiera a mi gatita Kata, quien se bancó estoicamente un mes sin mí. Actualización: al momento de publicar este artículo, la susodicha ya aplicó su venganza exitosamente. Fue muy inteligente y esperó a que solo estuviésemos las 2 para realizar su malévolo plan. Admiro con gran interés, la enorme paciencia que tuvo, esperando el momento justo para hacer de las suyas. Pero mejor sigo con lo que venía diciendo.
No debo ser tan impulsiva. A veces la respuesta inmediata no es la correcta. Tengo que hablar además de escuchar. En ciertas ocasiones, no dejo que otras personas metan bocado. Soy muy inteligente, sí. Pero eso no me hace mejor ni peor que nadie. Se puede aprender de cualquier persona, desde un niño pequeño hasta de una persona de cien años o más. Lo importante no es la edad, sino lo que la otra persona pueda aportar a tu vida, siempre y cuando sea con respeto y escuchándote a su vez, como ya dije.
No es mi culpa si no sé cómo ayudar a alguien. No es mi culpa, ni la tuya, si no supiste o no pudiste ayudarme. No es nuestra culpa si decidimos alejarnos porque no podíamos llegar a un acuerdo. Y esto es muy importante: no es nuestra culpa si no podemos o no supimos cómo ayudar a una persona con depresión, autolesiones o incluso intentos de suicidio, o suicidios directamente. No lo es. No hay nada que podamos hacer. Porque hay herramientas y recursos que por más que lo intentemos, no tenemos.
La primera ayuda tiene que venir de una misma. Si yo hubiese entrado a la internación con una actitud negativa sobre la misma, me hubiese resultado mucho más difícil salir. Pero entré por mi propia voluntad. Entré y me quedé no solo porque salir o escapar me sería perjudicial, sino además porque era la única salida. Porque fue el primer pensamiento que me vino a la cabeza cuando estaba a punto de terminar con mi propia vida. Entré porque sabía que necesitaba ayuda que por fuera no podía obtener.
No sabía hasta entonces en qué consistía esa ayuda realmente. Pero era mi último caballo de batalla. El último bastión de resistencia que se me presentó antes de rendirme definitivamente. Y lo aproveché. Y me sirvió. No sé si soy o no una mejor persona. Pero sí sé al menos, que desde ahora, intentaré serlo primero conmigo. Y luego con los demás.
Si llegaste hasta acá
La frase del título quizás se sobreentiende a estas alturas. Pero significa básicamente que esperamos no volver a vernos ninguna de nosotras, ni los profesionales a nosotras, en ese lugar de nuevo. Significaría que no volvimos a tener una recaída o una crisis tan fuerte como para volver. Que el tratamiento funcionó para ayudarnos a manejar mejor, a partir de ahora, los factores que nos llevaron allí en primera instancia.
También he de destacar que decidí no nombrar a personas directamente para cuidar su privacidad. Y por esa misma razón habrá referencias que solo yo y esas personas entendamos. Lo siento. Esta es una carta para todos, pero en especial para ellas y para mí.
Gracias
Muchas gracias por leer hasta el final. No solo es muy valioso para mí, sino que te invito a compartirlo para que sea de ayuda y aprendizaje también para otros. No tengo todas las respuestas. Es más, a veces se me presentan aún más preguntas. Pero sí puedo contar lo que viví y lo que aprendí. Y sí puede resultarle quizás informativo a alguien que esté pasando por lo mismo, o a alguien que tenga algún familiar en dichas situaciones y no sepa cómo manejarlo.
Mis agradecimientos a mi mamá, a mi prima, a mi familia en general que no dejaron de preocuparse ni un momento, a mi hija mayor que se “ocupó de la casa” (las comillas son chiste XD), a todas las personas cercanas que estuvieron desde el principio, a mis amigos, al equipo de profesionales del centro en su totalidad, a mis amigas que me llevo y a mis compañeras con las que quizás no tuve tanta afinidad, a mi criaturita menor por el hermoso termo que me dibujó para el mate, a Kata, a los dos gatos que daban vueltas por el centro, a la rata que asustó a mi ami-hermana y que consiguió que esta luego bajara al parque y buscara una ramita para ahuyentarla si el pobre roedor volvía a aparecer 🤣, a mi psicóloga, a mi psiquiatra, a quien no le sirve porque “siempre miente más que habla”, y a todas, pero todas las personitas que formaron parte de esta extraña aventura.
Se las quiere, se las aprecia, se les tiene cierto afecto o cariño, o “nuestra relación será distante cuanto mucho”. A los que entendieron todas las referencias, a los que no entendieron ninguna, a los que están de acuerdo, a los que no, a los que quieren contradecirme en todo, a los que no, a los grandes desastres mundiales (Perlas), a Jesús, a Alá, a Buda, los amo a todos. Ah, pero más amo a Rosalía. Y si por alguna casualidad llega a leer esto, quiero casarme con vos. No, no es una obsesión, y no estoy loca. Em, bueno… la verdad es que…
¡Adiós soperútanos!
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AI bez lukru #40: Czy AI jest kobietą?
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La jaula es nuestra herramienta para llevar a cabo el CER👇
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Amor, autismo e descobertas em ‘Uma Mulher Diferente’
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International Day of the Deaf
Giornata Mondiale del Sordo: il silenzio che parla più forte!
Ogni anno, nell’ultima domenica di settembre, il mondo si tinge di gesti, sorrisi… e un po’ di silenzio festoso! Sì, perché oggi celebriamo la
Giornata Mondiale del Sordo
Ma attenzione: non è solo un giorno per ricordare l’assenza di suoni, è una vera e propria festa di comunicazione, cultura e curiosità da ogni parte del mondo.
Perché l’ultima domenica di settembre?
La scelta di una domenica permette a più persone di partecipare agli eventi organizzati dalle associazioni sorde, senza l’assillo del lavoro o della scuola. Inoltre, tradizionalmente, la Giornata è legata alla Federazione Mondiale dei Sordi (World Federation of the Deaf – WFD), che dal 1951 si impegna per i diritti dei sordi e la promozione della Lingua dei Segni.Chi ha deciso la giornata e quando è nata?
La giornata è stata ufficialmente proclamata dalla WFD e le prime celebrazioni risalgono agli anni ’50. Negli anni ’60, l’ultima domenica di settembre è diventata la data di riferimento per questa ricorrenza mondiale, consolidando la tradizione di festeggiare il silenzio che comunica così tanto.Cosa si celebra esattamente?
Non si tratta solo di “non sentire”: la Giornata Mondiale del Sordo celebra la cultura sorda, la Lingua dei Segni, l’accesso all’istruzione e ai servizi per tutti, e la consapevolezza che la comunicazione va ben oltre le parole pronunciate. È il giorno in cui ilsilenzio parla più forte di mille discorsi!
Curiosità divertenti da ogni parte del mondo:
- In Giappone, i sordi celebrano la giornata con calligrafia artistica e teatro muto: elegante e poetico!
- Negli Stati Uniti, alcune scuole organizzano “silent parties”, feste dove tutti devono comunicare solo con gesti: caos e risate assicurate.
- In alcuni Paesi europei, durante la giornata, i musei offrono visite guidate in Lingua dei Segni: imparare ad ascoltare con gli occhi è un’arte da provare almeno una volta.
- In Australia, alcune città organizzano gare di “mimo veloce”, dove i partecipanti devono descrivere film famosi senza proferire parola: l’ilarità è assicurata!
In sintesi:
Oggi, come l’ultima domenica di settembre è una giornata di festa di chi comunica con gli occhi, le mani e il cuore. È il giorno in cui il mondo impara che la vera comunicazione non ha bisogno di suoni, ma di attenzione, empatia… e un pizzico di ironia. Anche se non parlate la Lingua dei Segni, oggi potete partecipare: basta sorridere, guardare e lasciarsi sorprendere dal silenzio più eloquente che ci sia.Autore: Lynda Di NataleFonte: webImmagine: AI
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Ihmiset:
Vieno pyyntö:
Tuppaan ajatella, että myös kuolleet eläimet ovat asia, jotka Mastodonin etiketissä kuuluvat CV:n taakse.
Siinä missä kuolleet ihmisetkin.
Että näistä ei kovin moni kaipaa varoittamatta kuvia fiidiinsä.
Kiitos.
Ja mulla on tälle alustalle peilattuna kyllä varsin löyhä CV-käyttö.
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Hola Titánicos, cada 18 de junio se celebra el Día del Orgullo Autista, el que tiene por objetivo crear conciencia y reconocer a la diversidad de personas autistas, sus infinitas posibilidades y variaciones dentro de la comunidad. ¿Sabías que el autismo es un trastorno que afecta al 2 % de la población?
https://somosdisca.es/dia-mundial-del-orgullo-autista-2025/
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No más niñita tierna
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Cuando me golpeo el codo digo «Sorpresa, ojalá que sea agradable.» Si me pica la mano me la guardo en el bolsillo para que venga la plata. Si se parte un vaso en 2 pedazos prendo un sahumerio o una velita para expulsar las malas energías. Si se cae un cuchillo, un tenedor o una cuchara, me pregunto quién vendrá. Tengo piedritas, una runa y un elefante para atraer el dinero. Pero eso no me hace alguien espiritual, al parecer. Dar gracias todos los días por lo que tengo, meditar cuando mi TDAH me deja y si nada externo me interrumpe, prenderle una velita a la luna para que me guíe en mi camino. Siempre me faltan los clásicos 5 pal peso. Supongo que con la mega devaluación, esos 5 como ese peso, para la nueva espiritualidad no valen nada.
Vivimos en una época en la que el cristianismo convive con el reiki, la biodecodificación con las constelaciones familiares, y la astrología se discute más que la astronomía. Una época en la que creer en las energías y en el “poder de la mente” no solo es válido, sino que parece obligatorio. Y si no pensás como el algoritmo, o no vibrás alto, sos “negativa”, “tóxica” o, directamente, “un estorbo emocional”.
Iba a hacer un post informativo sobre el TDAH. Una línea de tiempo desde mis tres años hasta ahora. Pero pensé: ¿para qué? Ya lo expliqué. Ya lo conté. Ya lo escribí. Y aún así, hay gente que necesita una experiencia personal para poder creerte. Y si no te cree, entonces te acusa de justificarte. Como si no existiera un punto medio entre ser víctima y ser funcional.
Hace poco una amiga mía se animó a ir al psiquiatra. Y su pareja le contestó: “La medicación no es magia. ¿Por qué no vas a hacer biodecodificación?”. Como si fuera lo mismo. Como si una historia de vida jodida se pudiera destrabar con “tu árbol genealógico”. Como si la ciencia fuera un plan B, y no un punto de partida.
Y ojo: no se trata de burlarse de las creencias de nadie. Pero… ¿realmente tengo que constelar a mis ancestros cuando apenas puedo manejar mi día a día? ¿En serio tengo que sanar los traumas de mi tátaraabuela cuando todavía estoy intentando sobrevivir a los míos?
Pero además, ¿en qué momento separamos la ayuda inmediata del “poder de la mente”? Una chica en Twitter contaba que el colectivo en el que iba chocó. Una pasajera cayó hacia adelante. La chica llamó al SAME, se le acercó y le ofreció ayuda. Una tercera pasajera le dijo: «No, dejala. Le estoy pasando reiki. Va a estar bien.»
Es bastante llamativo también cómo las personas de generaciones más grandes entienden mucho más y tienen mayor empatía que las nuestras. Una amiga de unos cincuenta y pico, cuando le conté de mi TDAH hace poco, entendió todo perfectamente y no dudó de nada. ¿Por qué? Porque había tenido una charla con su ex sobre el tema, al cual lo habían diagnosticado hacía un tiempo con lo mismo.
Se supone que éramos la generación de la transición entre los dinosaurios y la que lo iba a cambiar todo. Los planes quedaron en el camino. Los nenes usan “mogólico” como insulto, cuando yo aprendí desde los 6 años que no se debía usar. Que era una forma de discriminación.
Todo lo que no se ve, hoy es sospechoso. Todo lo que no es feliz, es negativo. Y todo lo que no encaja, es desechable.
Vivimos una época donde las personas de nuestra generación y las que vienen están cayendo en una especie de antiempatía elegante. Todo tiene que estar decorado. Todo tiene que estar explicado sin incomodar. Y si no podés o no querés explicar, entonces te gostean. Te cancelan. Te critican por “no hacer el esfuerzo”. O te sueltan un “¿no te estará faltando una pata más del banquito?” Y yo pienso: ¿no será que recién estoy empezando terapia y no puedo trabajar todo a la vez porque me están pasando mil cosas?
La exacerbación del súper yo por encima de la empatía y el entendimiento hacia el otro hacen que en realidad, no intenten verte desde tu punto de vista, ponerse en tus zapatos. Todo tiene que ser una comparación personal con lo que a ellos les pasa. Y la verdad, para creer en cosas que me obligan o me instan a ser políticamente correcta, prefiero ser escéptica. Sí, como Lisa. Prefiero ser el hablantín que arruine la película contándote el final.
Una amiga me contaba que su amiga sale con jóvenes de entre 20 y 30 años. Y que la mayoría tienen un patrón: vínculos fugaces, falta de responsabilidad afectiva, desprecio por el otro. Es que ahora, amar sin explicar nada, parece ser parte de la autenticidad. Y herir sin culpa, un acto de amor propio.
El problema no es la libertad. El problema es usar la libertad como excusa para evitar el compromiso. Porque no todo lo que duele es manipulación. Y no todo límite que te incomoda es “violencia”.
Relaciones de no más de 5 meses, gosteo, bloquear sin explicación, poner excusas que, como dice La Oreja de Van Gogh, «ni tú entendías.» Pero todo está bien. Porque es como ellos dicen.
Y no, no es que vos no te hayas equivocado. Pero cometer errores y pedir disculpas por ellos parece más difícil de hacer que perdonar al otro, así porque sí. Realmente, cuántos conflictos se solucionarían simple y sencillamente escuchándonos los unos a los otros, y empatizando con lo que nos pasa?
Y mientras tanto, seguimos romantizando el perdón. Que tenés que perdonar “porque eso te libera”. Que si no perdonás, te llenás de odio. Y una se pregunta: ¿Perdonarías a alguien que te invalidó cuando contaste que fuiste abusada? ¿A alguien que habló de tu vida como si supiera lo que pasaba adentro de tu casa? ¿Perdonarías a tu abusador?
Yo no. Y no tengo rencor. No tengo odio. No tengo ninguna culpa por no hacerlo. Simplemente no me nace. Y que me obliguen a hacerlo en nombre del “crecimiento personal y espiritual” me parece tan violento como lo que me hicieron en primer lugar.
🔬 La OMS, la Unicef y el BID ya vienen alertando que la salud mental en niños y adolescentes empeoró significativamente desde la pandemia. Aumentaron los casos de ansiedad, depresión, autolesiones y suicidios en un 25%. Datos, no opinión.
🌍 Pero no, no hablamos de eso. Hablamos de decretar, de manifestar, de elevar la frecuencia, de alinear los chakras, que no está mal. Si alguien se siente bien pidiéndole trabajo a San Cayetano está perfecto. Pero que tus creencias no invaliden las mías ni invaliden mi diagnóstico de una condición neurológica documentada y estudiada científicamente.
¿Por qué tengo que mostrar la mejor versión de mí? ¿Para quién? ¿De afuera tienen que ver que estoy bien, que puedo con todo, que soy la hada mágica de la felicidad? No, no puedo, no quiero. No voy a sonreír por complacer ni a darte la razón por ser condescendiente. Prefiero callarme y no decir nada antes que entrar en discusiones sin sentido. Y lo más loco: a veces, el apoyo y la contención que necesitás, llega de quien menos te lo esperás.
🔭 Mi tío que es físico me dijo que la astrología no existe porque los astrónomos confirman que los planetas no se alinean como dice la astrología. Que lo que vemos desde la Tierra es una ilusión óptica, no un campo de energía mística. Y acaso tenemos pruebas para argumentar en su contra? En contra de un telescopio o de cientos de científicos a lo largo y ancho del globo? La respuesta es no.
Pero nada de eso importa. Porque si lo leíste en TikTok, es verdad. Porque la fe, mientras tenga filtro bonito, se vuelve más creíble que cualquier telescopio. Aunque convengamos que la astrología existe al igual que muchas otras pseudociencias, hace mucho más tiempo que las redes sociales.
Pero entonces, ¿cuál es hoy en día la diferencia? Que entre gurús digitales, adolescentes confundidos y adultos que creen en todo menos en el otro, se instala una nueva forma de violencia: la espiritualidad narcisista. El amor propio a toda costa. El perdón como imposición. La ciencia como capricho. Y el dolor ajeno como material descartable si no se expresa con las palabras correctas.
Porque hoy en día cualquiera puede hacer un curso de astrología que no tiene ningún tipo de validez y hacer videos en las redes para conseguir seguidores. Pero existe la teoría de la certeza —no recuerdo el nombre exacto— que dice que si vos decís algo, sea lo que sea, por pura estadística, a más de una persona le va a resonar. Y ese es el fundamento principal para que la astrología continúe viva hoy en día como un oráculo del futuro y el pasado.
Así que sí. Ya está. No más niñita tierna. No más sonrisas para suavizar lo que molesta. No más explicaciones para quien no quiere entender.
Yo ya no estoy para quedar bien con el diablo ni con dios. Por eso prefiero quedar mal con los dos. Porque eso implicaría deformarme hasta encajar. Y yo, sinceramente, ya no estoy para encajar. Estoy para existir. Con contradicciones, con heridas, con opiniones molestas. Y si eso incomoda… que incomode. No me importa.
Porque, si me preguntan en qué creo: creo en Jesús, en el Che Guevara, en Mafalda, en Quino, en Gardel, en Charly García, en el Flaco Spinetta y en la Negra Sosa. Creo en el Racing Club de Avellaneda, en la luna, en los dragones y en los gatitos. Pero sobre todo, creo en la ciencia. Y en que nadie se salva solo, como dijo alguien en El Eternauta (¿Salvo? ¿Favalli? Bueno, cosas del TDAH). No sé. Pero la salida es colectiva. Y como me dijo un amigo católico y súper conservador: en lugar de separarnos por nuestras diferencias, deberíamos unirnos por aquello que tenemos en común.
Creo en la verdadera amistad. En el afecto, el amor y el cariño sincero. Creo cada vez en menos personas. Confío cada vez en menos gente. Pero si publico esto es porque aún sigo creyendo en la humanidad.
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Elisa Aaltola Marko Gustafssonin vieraana puhumassa vastalääkkeistä hedonistisen kulutusyhteiskunnan sairaalle hyörinälle, https://areena.yle.fi/1-73932533
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Eis aí uma bela reflexão sobre tristeza, vergonha e luta, por Rui Barbosa.
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Recado importante para esse início de semana.
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Mário Quintana e suas sábias palavras...
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Sobre ser luz na vida dos outros...
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Tutkimuskin todistaa, #kokoomus ei voi tuntea empatiaa vähäosaisia kohtaan.
".. as people climb the social ladder, their compassionate feelings towards other people decline."
".. less affluent individuals are more likely to report feeling compassion towards others on a regular basis."
Näin Berkeleyn psykologit #PaulPiff ja #DacherKeltner
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https://www.scientificamerican.com/article/how-wealth-reduces-compassion/
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3/3 Olen ollut skeptinen siitä, että #RiikkaPurra tuntisi #empatia a muita kuin välitöntä lähipiiriään kohtaan, mutta kyllä hän tuntee. I stand corrected.
Jos olisin raadollisrealistisen skeptikon lisäksi kyyninen pa*ka, voisin sanoa, että ei hän oikeasti tätä tarkoita & tunne mitään, kuha käy maneerina muiden seassa kommentoimassa.
Mutten onneksi ole kyyninen pa*ka
#FuckCancer #Malm #NiinaMalm #SDP #demarit #syöpä #rinta #syöpä #rinta #rinnat #tissi #tissit #eduskunta #politiikka #poliitikko