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📰 Realizan "funa" en Alemania a ex líder de Colonia Dignidad
🔗 https://www.elmostrador.cl/noticias/2026/08/29/realizan-funa-en-alemania-a-ex-lider-de-colonia-dignidad/ -
📰 Realizan "funa" en Alemania a ex líder de Colonia Dignidad
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El algoritmo no exige nada
Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
#algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok. -
El algoritmo no exige nada
Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
#algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok. -
El algoritmo no exige nada
Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
#algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
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Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
#algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok. -
El algoritmo no exige nada
Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
#algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
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Cuando la gente te trata como si fueras invisible o insignificante, no te quedes ahí esperando a que cambien de opinión. Tu dignidad es un territorio soberano y la mayor muestra de amor propio es recoger tus cosas y marcharte con la cabeza en alto hacia donde tu presencia sí sea valorada
James Baldwin, escritor, novelista y activista social
#Frase #Dignidad #Respeto #AmorPropio #Límites #CrecimientoPersonal
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Cuando la gente te trata como si fueras invisible o insignificante, no te quedes ahí esperando a que cambien de opinión. Tu dignidad es un territorio soberano y la mayor muestra de amor propio es recoger tus cosas y marcharte con la cabeza en alto hacia donde tu presencia sí sea valorada
James Baldwin, escritor, novelista y activista social
#Frase #Dignidad #Respeto #AmorPropio #Límites #CrecimientoPersonal
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Cuando la gente te trata como si fueras invisible o insignificante, no te quedes ahí esperando a que cambien de opinión. Tu dignidad es un territorio soberano y la mayor muestra de amor propio es recoger tus cosas y marcharte con la cabeza en alto hacia donde tu presencia sí sea valorada
James Baldwin, escritor, novelista y activista social
#Frase #Dignidad #Respeto #AmorPropio #Límites #CrecimientoPersonal
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Cuando la gente te trata como si fueras invisible o insignificante, no te quedes ahí esperando a que cambien de opinión. Tu dignidad es un territorio soberano y la mayor muestra de amor propio es recoger tus cosas y marcharte con la cabeza en alto hacia donde tu presencia sí sea valorada
James Baldwin, escritor, novelista y activista social
#Frase #Dignidad #Respeto #AmorPropio #Límites #CrecimientoPersonal
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No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo
Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles
#Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal
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No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo
Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles
#Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal
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No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo
Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles
#Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal
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No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo
Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles
#Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal
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No eres menos humano porque otros se nieguen a ver tu valor. Tu dignidad no está a merced de su mal trato ni de su indiferencia, y alejarte de donde te aplastan es el primer paso para reclamar tu propio espacio en este mundo
Maya Angelou, escritora, poeta y activista por los derechos civiles
#Frase #Dignidad #Respeto #SaludMental #Madurez #CrecimientoPersonal
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⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⋆⁺₊⋆ ─ ⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Nadie sueña con llegar a mayor y depender de una pensión de miseria después de cuarenta años de remar codo con codo.
Nos venden que el esfuerzo siempre da frutos, pero la realidad es que la economía no reparte cartas justas.Ver a alguien mayor ahogado por los números no significa que haya tomado malas decisiones; muchas veces solo muestra lo roto que está el sistema en el que nos ha tocado vivir.
Juzgar desde la comodidad de quien aún tiene margen es muy fácil.
Trata con respeto y dignidad a quien envejeció sin la red de seguridad que se ganó a pulso.⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⋆⁺₊⋆ ─ ⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
#vidareal #reflexiones #dignidad #realidadsocial #justiciatributaria #conciencia
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⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⋆⁺₊⋆ ─ ⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
Nadie sueña con llegar a mayor y depender de una pensión de miseria después de cuarenta años de remar codo con codo.
Nos venden que el esfuerzo siempre da frutos, pero la realidad es que la economía no reparte cartas justas.Ver a alguien mayor ahogado por los números no significa que haya tomado malas decisiones; muchas veces solo muestra lo roto que está el sistema en el que nos ha tocado vivir.
Juzgar desde la comodidad de quien aún tiene margen es muy fácil.
Trata con respeto y dignidad a quien envejeció sin la red de seguridad que se ganó a pulso.⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⋆⁺₊⋆ ─ ⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
#vidareal #reflexiones #dignidad #realidadsocial #justiciatributaria #conciencia
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Nadie sueña con llegar a mayor y depender de una pensión de miseria después de cuarenta años de remar codo con codo.
Nos venden que el esfuerzo siempre da frutos, pero la realidad es que la economía no reparte cartas justas.Ver a alguien mayor ahogado por los números no significa que haya tomado malas decisiones; muchas veces solo muestra lo roto que está el sistema en el que nos ha tocado vivir.
Juzgar desde la comodidad de quien aún tiene margen es muy fácil.
Trata con respeto y dignidad a quien envejeció sin la red de seguridad que se ganó a pulso.⋆⁺₊⋆ ☀︎ ⋆⁺₊⋆ ─ ⋆⁺₊⋆ ☾ ⋆⁺₊⋆
#vidareal #reflexiones #dignidad #realidadsocial #justiciatributaria #conciencia
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La Tierra no vota
Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.
Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.
La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.
No perdona conservadores. No castiga progresistas.
No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.
Cuando tiembla, tiembla para todos.
El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.
Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.
Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.
Pero la realidad es más brutal.
Un terremoto no negocia.
Una inundación no debate.
Un huracán no participa en campañas electorales.
La naturaleza simplemente ocurre.
Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.
Una roca que, de vez en cuando, se mueve.
Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:
compartimos mucho más de lo que nos separa.
Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.
Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.
Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.
Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽
#Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad -
La Tierra no vota
Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.
Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.
La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.
No perdona conservadores. No castiga progresistas.
No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.
Cuando tiembla, tiembla para todos.
El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.
Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.
Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.
Pero la realidad es más brutal.
Un terremoto no negocia.
Una inundación no debate.
Un huracán no participa en campañas electorales.
La naturaleza simplemente ocurre.
Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.
Una roca que, de vez en cuando, se mueve.
Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:
compartimos mucho más de lo que nos separa.
Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.
Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.
Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.
Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽
#Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad -
La Tierra no vota
Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.
Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.
La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.
No perdona conservadores. No castiga progresistas.
No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.
Cuando tiembla, tiembla para todos.
El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.
Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.
Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.
Pero la realidad es más brutal.
Un terremoto no negocia.
Una inundación no debate.
Un huracán no participa en campañas electorales.
La naturaleza simplemente ocurre.
Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.
Una roca que, de vez en cuando, se mueve.
Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:
compartimos mucho más de lo que nos separa.
Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.
Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.
Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.
Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽
#Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad -
La Tierra no vota
Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.
Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.
La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.
No perdona conservadores. No castiga progresistas.
No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.
Cuando tiembla, tiembla para todos.
El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.
Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.
Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.
Pero la realidad es más brutal.
Un terremoto no negocia.
Una inundación no debate.
Un huracán no participa en campañas electorales.
La naturaleza simplemente ocurre.
Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.
Una roca que, de vez en cuando, se mueve.
Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:
compartimos mucho más de lo que nos separa.
Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.
Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.
Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.
Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽
#Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad -
La Tierra no vota
Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.
Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.
Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.
La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.
No perdona conservadores. No castiga progresistas.
No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.
Cuando tiembla, tiembla para todos.
El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.
Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.
Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.
Pero la realidad es más brutal.
Un terremoto no negocia.
Una inundación no debate.
Un huracán no participa en campañas electorales.
La naturaleza simplemente ocurre.
Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.
Una roca que, de vez en cuando, se mueve.
Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:
compartimos mucho más de lo que nos separa.
Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.
Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.
Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.
Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽
#Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad -
No leas a Trevijano si no eres político, no lo entenderás. La obra está dirigida a políticos y trata sobre la verdadera naturaleza de la política y el Estado. Si no te interesa la política, no pierdas el tiempo. Pero al menos, no votes.
#Derecho_y_política #dignidad #abstención #revolución_política #MCRC #clase_política #Antonio_García_Trevijano #acción_política #abstencionario #rompetuvoto #ciencia_política #libros #rev...
https://www.diarioerc.com/2024/11/11/no-leas-a-trevijano/?fsp_sid=1321 -
No leas a Trevijano si no eres político, no lo entenderás. La obra está dirigida a políticos y trata sobre la verdadera naturaleza de la política y el Estado. Si no te interesa la política, no pierdas el tiempo. Pero al menos, no votes.
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No leas a Trevijano si no eres político, no lo entenderás. La obra está dirigida a políticos y trata sobre la verdadera naturaleza de la política y el Estado. Si no te interesa la política, no pierdas el tiempo. Pero al menos, no votes.
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No leas a Trevijano si no eres político, no lo entenderás. La obra está dirigida a políticos y trata sobre la verdadera naturaleza de la política y el Estado. Si no te interesa la política, no pierdas el tiempo. Pero al menos, no votes.
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7 enseñanzas que nos dejó Nelson Mandela
Nelson Mandela pasó 27 años en prisión por enfrentarse al apartheid. Su legado va más allá de la recon
https://afrofeminas.com/2026/07/18/7-ensenanzas-que-nos-dejo-nelson-mandela/
#Antirracismo #DESTACADO #ReferentesNegros #Afrofminas #antirracismo #Apartheid #colonialismo #descolonizacin #dignidad #discriminacin #EducacinAntirracista #JusticiaRacial #MemoriaHistrica #NelsonMandela #PensamientoNegro #racismo #reconciliacin #resistencia #Sudfrica -
7 enseñanzas que nos dejó Nelson Mandela
Nelson Mandela pasó 27 años en prisión por enfrentarse al apartheid. Su legado va más allá de la recon
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No leas a Trevijano si no eres político, su obra está dirigida a políticos y sociedad política española.
#abstencionario #rompetuvoto #ciencia_política #libros #revolución_de_la_libertad #Libertad_Política_Colectiva #Yo_no_voto #bozales #corrupción_política #conciencia_política #Derecho_y_política #dignidad #abstención #revolución_política #MCRC #clase_política #Antonio_García_Trevijano #acción_política
https://www.diarioerc.com/2024/11/11/no-leas-a-trevijano/?fsp_sid=1077 -
No leas a Trevijano si no eres político, su obra está dirigida a políticos y sociedad política española.
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¿Qué es el daño moral y cuándo procede una indemnización?
El daño moral protege derechos como el honor, la reputación, la dignidad y la vida privada. El Código Civil Federal establece que quien cause esta afectación puede ser condenado a reparar el daño mediante una indemnización determinada por un juez.
Por Deyanira Vázquez | Reportera
El daño moral es la afectación que sufre una persona en sus sentimientos, honor, reputación, dignidad, vida privada, integridad psicológica, imagen o afectos como consecuencia de un acto ilícito o una conducta indebida de otra persona. A diferencia del daño material, el daño moral no implica una pérdida económica directa, sino un perjuicio de carácter personal o inmaterial.
En México, el daño moral puede dar lugar al pago de una indemnización cuando se acredita que una conducta causó una afectación a los derechos de la personalidad de una persona.
¿Cómo lo define la ley?
El Código Civil Federal establece, en su artículo 1916, que existe daño moral cuando una persona ve afectadas sus creencias, sentimientos, afectos, decoro, honor, reputación, vida privada, configuración y aspecto físico, o cuando se lesionan la consideración que los demás tienen de ella.
Asimismo, señala que quien cause un daño moral tiene la obligación de repararlo mediante una indemnización, con independencia de que también exista un daño material.
¿Qué derechos protege?
El daño moral protege, entre otros, los siguientes derechos:
- El honor.
- La reputación.
- La dignidad.
- La intimidad o vida privada.
- La imagen.
- La identidad personal.
- Los sentimientos y afectos.
- La integridad emocional y psicológica.
Ejemplos de daño moral
Algunas situaciones que pueden dar lugar a una demanda por daño moral son:
- Difundir información falsa que afecte la reputación de una persona.
- Publicar fotografías o videos sin autorización cuando ello vulnere la privacidad.
- Realizar acusaciones falsas que dañen el prestigio profesional.
- Proferir insultos o expresiones que lesionen el honor o la dignidad.
- Difamar a una persona en medios de comunicación o redes sociales.
- Revelar datos personales o información confidencial sin consentimiento.
- Provocar sufrimiento emocional derivado de un acto ilícito.
¿Cómo se acredita?
Quien reclama daño moral debe demostrar, entre otros aspectos:
- La existencia de un acto u omisión ilícita.
- La afectación sufrida.
- La relación entre la conducta del demandado y el daño ocasionado.
El juez valorará las pruebas y determinará si procede la reparación del daño.
¿Cómo se determina la indemnización?
La legislación mexicana no establece una cantidad fija para indemnizar el daño moral. El monto depende de diversos factores, como:
- La gravedad de la afectación.
- El grado de responsabilidad del demandado.
- La situación económica de las partes.
- La difusión o alcance del acto lesivo.
- Las circunstancias particulares del caso.
Daño moral y libertad de expresión
En asuntos relacionados con periodistas, medios de comunicación y personajes públicos, los tribunales mexicanos han establecido que el derecho al honor debe armonizarse con la libertad de expresión y el derecho a la información, ambos protegidos por la Constitución y por tratados internacionales.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha sostenido que las personas servidoras públicas y quienes tienen proyección pública están sujetas a un mayor escrutinio social, por lo que el umbral de protección de su honor es distinto al de un particular. Sin embargo, ello no significa que carezcan de protección frente a expresiones falsas o maliciosas.
Diferencia entre daño moral y daño material
El daño material afecta el patrimonio de una persona y puede traducirse en pérdidas económicas, como la destrucción de un vehículo o el incumplimiento de un contrato.
El daño moral, en cambio, recae sobre bienes inmateriales, como el honor, la reputación, la dignidad o la tranquilidad emocional. Aunque no tiene un valor económico directo, la ley permite que sea reparado mediante una indemnización.
Importancia jurídica
El daño moral constituye una herramienta legal para proteger los derechos de la personalidad y garantizar que quienes sufran una afectación a su honor, imagen, reputación o vida privada puedan acudir ante los tribunales para reclamar una reparación integral. Su aplicación busca restablecer, en la medida de lo posible, las consecuencias derivadas de una conducta ilícita y salvaguardar la dignidad de las personas. –sn–
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No leas a Trevijano si no eres político, su obra está dirigida a políticos y trata sobre la política y la libertad en España.
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https://www.diarioerc.com/2024/11/11/no-leas-a-trevijano/?fsp_sid=953 -
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No leas a Trevijano si no eres político, su obra está dirigida a políticos y trata sobre la política y la libertad en España.
#acción_política #abstencionario #rompetuvoto #ciencia_política #libros #revolución_de_la_libertad #Libertad_Política_Colectiva #Yo_no_voto #bozales #corrupción_política #conciencia_política #Derecho_y_política #dignidad #abstención #revolución_política #MCRC #clase_política #Antonio_García_Trevija...
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La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
Es la gamificación.
Todo tiene una barra de progreso.
Todo tiene un nivel.
Todo tiene una insignia.
Todo tiene una racha.
Todo tiene un contador.
Ya no aprendemos idiomas.
Mantenemos llamas virtuales.
Ya no hacemos ejercicio.
Cerramos anillos.
Ya no compartimos fotografías.
Perseguimos alcance.
Ya no escribimos.
Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
Respondemos notificaciones.
Todo parece un juego.
Nada parece una cárcel.
Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.
Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.
Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.
Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.
Todo el mundo aprendió la misma lección:
No vendas resultados.
Vende indicadores.
La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.
Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
Otra presume leer cien libros al año.
Perfecto.
¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?
Otra presume diez mil seguidores.
Perfecto.
¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?
Vivimos enamorados del marcador.
Olvidamos mirar el partido.
Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
#AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad -
La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
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Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
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Ya no aprendemos idiomas.
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Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
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No hace falta obligarte.
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Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
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Todo el mundo aprendió la misma lección:
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Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
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Perfecto.
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Perfecto.
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Vivimos enamorados del marcador.
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Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
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La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
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Ya no aprendemos idiomas.
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Ya no escribimos.
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Ya no conversamos.
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Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
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Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
#AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad -
La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
Es la gamificación.
Todo tiene una barra de progreso.
Todo tiene un nivel.
Todo tiene una insignia.
Todo tiene una racha.
Todo tiene un contador.
Ya no aprendemos idiomas.
Mantenemos llamas virtuales.
Ya no hacemos ejercicio.
Cerramos anillos.
Ya no compartimos fotografías.
Perseguimos alcance.
Ya no escribimos.
Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
Respondemos notificaciones.
Todo parece un juego.
Nada parece una cárcel.
Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.
Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.
Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.
Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.
Todo el mundo aprendió la misma lección:
No vendas resultados.
Vende indicadores.
La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.
Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
Otra presume leer cien libros al año.
Perfecto.
¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?
Otra presume diez mil seguidores.
Perfecto.
¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?
Vivimos enamorados del marcador.
Olvidamos mirar el partido.
Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
#AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad -
La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
Es la gamificación.
Todo tiene una barra de progreso.
Todo tiene un nivel.
Todo tiene una insignia.
Todo tiene una racha.
Todo tiene un contador.
Ya no aprendemos idiomas.
Mantenemos llamas virtuales.
Ya no hacemos ejercicio.
Cerramos anillos.
Ya no compartimos fotografías.
Perseguimos alcance.
Ya no escribimos.
Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
Respondemos notificaciones.
Todo parece un juego.
Nada parece una cárcel.
Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.
Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.
Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.
Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.
Todo el mundo aprendió la misma lección:
No vendas resultados.
Vende indicadores.
La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.
Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
Otra presume leer cien libros al año.
Perfecto.
¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?
Otra presume diez mil seguidores.
Perfecto.
¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?
Vivimos enamorados del marcador.
Olvidamos mirar el partido.
Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
#AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad -
El Alto Comisionado de las #NacionesUnidas para los #DerechosHumanos, #VolkerTürk, insta a evitar la deshumanización de #migrantes y #refugiados, subrayando la urgencia de proteger la #dignidad humana frente a las crisis globales contemporáneas
Más info: https://nbes.blog/volker-turk-onu-debemos-ver-otro/
-
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
#adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
#adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
#adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
#adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
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#adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
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No leas a Trevijano si no eres político, no lo entenderás. No pierdas el tiempo, no votes y piensa en la Libertad.
#revolución_de_la_libertad #Libertad_Política_Colectiva #dignidad #revolución_política #MCRC #Antonio_García_Trevijano #acción_política #ciencia_política #libros
https://www.diarioerc.com/2024/11/11/no-leas-a-trevijano/?fsp_sid=814 -
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