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#fanatismo — Public Fediverse posts

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  1. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  2. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  3. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  4. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  5. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  6. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  7. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  8. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  9. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  10. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  11. #reflexion

    La paradoja de la negación frente a la evidencia destructiva

    Uno de los misterios más grandes y preocupantes de la conducta humana en la sociedad actual es la necedad con la que millones de personas deciden cerrar los ojos ante las pruebas más claras del fracaso y la corrupción. Resulta contradictorio ver cómo ciudadanos de a pie defienden con capa y espada a ciertos partidos políticos, líderes específicos o posturas ideológicas, aun cuando tienen frente a sus narices testimonios desgarradores de personas que han vivido y sufrido persecución bajo esos mismos regímenes. Las redes sociales, los libros de historia y los medios independientes están repletos de datos duros que demuestran el sufrimiento, la pobreza y la muerte que provocan estas estructuras. Sin embargo, existe un sector de la población que prefiere ignorar la realidad, ignorar los documentos verificables y las vivencias de las víctimas para seguir aplaudiendo a los mismos personajes que los están llevando a la ruina material y moral. ¿Qué es lo que pasa en la mente de un individuo para que decida rechazar los hechos demostrables y prefiera abrazar una mentira que destruye su propio entorno?

    Para entender este peligroso fenómeno, debemos mirar de cerca el peso que tiene el adoctrinamiento y la pérdida de la soberanía individual frente al fanatismo. Cuando una persona adopta una postura política o una ideología no como una herramienta de análisis, sino como una religión laica, esa creencia se convierte en toda su identidad. Aceptar que el líder por el que votaron es un personaje corrupto, o descubrir que está asociado de forma directa con el crimen organizado, implica para el fanático aceptar que toda su vida ha sido un engaño. El cerebro, para protegerse de ese golpe tan duro al orgullo, prefiere activar un mecanismo de defensa que niega la realidad por completo. Es ahí donde los datos duros, los desfalcos financieros comprobados y las violaciones a los derechos humanos son calificados falsamente por la masa como complots o inventos de los opositores, demostrando que para el enajenado vale más mantener la comodidad de su dogma que aceptar la dolorosa verdad de los hechos.

    El verdadero peligro de esta ceguera voluntaria es que permite la perpetuación de mafias y gremios que viven del saqueo de las naciones. Al negarse a cuestionar las acciones de sus gobernantes, las bases fanáticas les entregan un cheque en blanco para que sigan robando el bolsillo público, destruyendo las instituciones y sembrando el caos social. La historia nos ha enseñado una y otra vez que las ideologías totalitarias y los caudillos que se venden como salvadores sólo utilizan el entusiasmo de la gente para escalar al poder y perpetuarse en él. Mantener vivo el pensamiento crítico y la sospecha constante frente a cualquier discurso oficial es la única vacuna que tenemos como ciudadanos para no caer en estas trampas mentales, entendiendo que defender a un político corrupto o a una postura dañina sólo por necedad nos convierte en cómplices directos de la destrucción de nuestra propia comunidad.

    — A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso

    Alt text via @altbot y @TeLoDescribot

    #PensamientoCritico #Ética #Sociedad #Manipulación #Política #Historia #Fanatismo #Verdad #negacion #necedad

  12. Había oído hablar mucho de esta película y no acababa de llamarme la atención. El director firma el guion junto al autor de la novela en la que se basa, Jean-Christophe Grangé.

    El toque de humor francés, que se manifiesta en los personajes secundarios, aporta ligereza a una trama inquietante y a la atmósfera densa.

    #thrillerpsicológico #policíaca #fanatismo #pureza #lazos

  13. #reflexion

    El negocio de vender humo y zanahorias

    El peor enemigo de la verdad no es la mentira, sino el idealismo ciego. Existe una desconexión brutal entre lo que la gente desearía que fuera el mundo y la terca realidad que nos golpea la cara todos los días. Los peores tiranos y dictadores de la historia no llegaron al poder prometiendo sangre y miseria; llegaron vendiendo una utopía hermosa, una zanahoria brillante colgada delante de un burro que camina sin parar. El problema es que el burro se enamora tanto de la idea de la zanahoria que prefiere ignorar que el camino está lleno de espinas y que el jinete lo está azotando.

    Cuando una persona se vuelve fanática de una ideología, ocurre un fenómeno psicológico aterrador: la negación absoluta de los hechos. No importan los datos económicos, la censura, el hambre del pueblo o los abusos de poder. Si la realidad contradice su hermoso ideal, la mente del fanático prefiere romper la realidad antes que romper su ilusión. Admitir que el líder en el que creíste es un dictador implica aceptar que fuiste engañado, y el ego humano odia sentirse estúpido. Es más fácil llamar "complot" o "noticias falsas" a los hechos que aceptar que te vendieron humo.

    El poder se alimenta de esta disonancia. Los manipuladores profesionales saben que un pueblo hambriento pero esperanzado en una mentira es mucho más fácil de controlar que un pueblo realista que exige resultados. La fe ciega en la política es el cheque en blanco que los ciudadanos le firman a sus opresores. Mientras sigamos esperando que un sistema perfecto o un salvador de la patria nos resuelva la vida, seguiremos caminando en círculos, aplaudiendo al tipo que nos está jodiendo, mientras la zanahoria sigue exactamente a la misma distancia de nuestra nariz.

    — S.P. Filósofa Urbana

    #Politica #Sociedad #PsicologiaUrbana #Fanatismo #Realidad #CriticaSocial

  14. #reflexión

    ¿Por qué no nos casamos con ideas que no funcionan?

    La trampa de las ideologías "a muerte"

    Es increíble cómo el ser humano es capaz de defender una barda que se le está cayendo encima. A veces nos aferramos a una ideología —ya sea política o social— como si fuera un equipo de fútbol o nuestra propia familia. El problema es que, cuando las pruebas nos gritan en la cara que esa idea solo trae caos, pobreza o falta de libertad, preferimos cerrar los ojos y taparnos los oídos. ¿Por qué? Porque aceptar que nos equivocamos duele más que vivir en el desastre.

    Nos da pánico admitir que nos engañaron o que nuestra "gran verdad" es en realidad una mentira. Sentimos que si soltamos esa bandera, nos quedamos sin identidad. Entonces, en lugar de ser lógicos, nos volvemos fanáticos: atacamos al que piensa distinto y justificamos lo injustificable con tal de no dar el brazo a torcer. Al final, las ideologías deberían servirnos a nosotros para vivir mejor, no nosotros servirles a ellas como carne de cañón mientras todo se va al traste Y algún líder llega al poder creando dictaduras causando sufrimiento y dolor a los demás.

    S.P. Filósofa Urbana

    #RealidadSinFiltros #Fanatismo #SentidoComún #Política #ideologia

  15. El fanatismo y su impacto en la sociedad contemporánea

    📰 Título original: FANÁTICOS/FANATIZADOS. LA SOCIEDAD DEL ODIO

    🤖 IA: No es clickbait ✅
    👥 Usuarios: No es clickbait ✅

    Ver resumen IA completo: killbait.com/es/el-fanatismo-y

    #sociedad #fanatismo #polarización

  16. Ser hincha de un equipo, fan o fetichista es un problema porque tu felicidad está puesta fuera de ti. En algo que no controlas.

    Quienes eligen equipos ganadores no por cercanía sino por reafirmación lo revelan claramente: no buscan el juego, buscan que algo externo les diga que son importantes. Locus de control externo, le llaman en psicología.
    #otredad #fanatismo

  17. 🔘Lo peor de un político que roba no es el dinero que se lleva, sino cómo nos deja la cabeza a todos.
    Porque al final, el corrupto no aguanta dos días si no tiene detrás a una legión de fanáticos dispuestos a lamerle las botas solo porque "es de los suyos".

    Ahí es donde la cosa se pudre de verdad.
    Cuando dejas de pedir justicia para pedir la victoria de tu bando, ya no eres un ciudadano, eres un cómplice.
    Nos hemos vuelto expertos en inventar excusas creativas para justificar lo que en el vecino nos parecería un escándalo.
    Si el de enfrente roba, es un delincuente; si roba el mío, es "estrategia política" o "un ataque de la oposición".

    Esa ceguera voluntaria es una enfermedad.
    El país no se va al garete solo por los cuatro chorizos que mandan, sino por la masa que prefiere perder la dignidad antes que admitir que le han tomado el pelo.
    Al final, la corrupción no solo vive en los despachos, vive en la boca de cada uno que aplaude a un ladrón para no darle la razón al "enemigo".
    Un político sucio es un problema, pero un pueblo que lo blinda es una tragedia.

    ───── ❀ ─────

    #politica #sociedad #reflexiones #fanatismo #etica #realidad #critica

  18. 🔘Lo peor de un político que roba no es el dinero que se lleva, sino cómo nos deja la cabeza a todos.
    Porque al final, el corrupto no aguanta dos días si no tiene detrás a una legión de fanáticos dispuestos a lamerle las botas solo porque "es de los suyos".

    Ahí es donde la cosa se pudre de verdad.
    Cuando dejas de pedir justicia para pedir la victoria de tu bando, ya no eres un ciudadano, eres un cómplice.
    Nos hemos vuelto expertos en inventar excusas creativas para justificar lo que en el vecino nos parecería un escándalo.
    Si el de enfrente roba, es un delincuente; si roba el mío, es "estrategia política" o "un ataque de la oposición".

    Esa ceguera voluntaria es una enfermedad.
    El país no se va al garete solo por los cuatro chorizos que mandan, sino por la masa que prefiere perder la dignidad antes que admitir que le han tomado el pelo.
    Al final, la corrupción no solo vive en los despachos, vive en la boca de cada uno que aplaude a un ladrón para no darle la razón al "enemigo".
    Un político sucio es un problema, pero un pueblo que lo blinda es una tragedia.

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    #politica #sociedad #reflexiones #fanatismo #etica #realidad #critica

  19. 🔘Lo peor de un político que roba no es el dinero que se lleva, sino cómo nos deja la cabeza a todos.
    Porque al final, el corrupto no aguanta dos días si no tiene detrás a una legión de fanáticos dispuestos a lamerle las botas solo porque "es de los suyos".

    Ahí es donde la cosa se pudre de verdad.
    Cuando dejas de pedir justicia para pedir la victoria de tu bando, ya no eres un ciudadano, eres un cómplice.
    Nos hemos vuelto expertos en inventar excusas creativas para justificar lo que en el vecino nos parecería un escándalo.
    Si el de enfrente roba, es un delincuente; si roba el mío, es "estrategia política" o "un ataque de la oposición".

    Esa ceguera voluntaria es una enfermedad.
    El país no se va al garete solo por los cuatro chorizos que mandan, sino por la masa que prefiere perder la dignidad antes que admitir que le han tomado el pelo.
    Al final, la corrupción no solo vive en los despachos, vive en la boca de cada uno que aplaude a un ladrón para no darle la razón al "enemigo".
    Un político sucio es un problema, pero un pueblo que lo blinda es una tragedia.

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    #politica #sociedad #reflexiones #fanatismo #etica #realidad #critica

  20. 🔘Lo peor de un político que roba no es el dinero que se lleva, sino cómo nos deja la cabeza a todos.
    Porque al final, el corrupto no aguanta dos días si no tiene detrás a una legión de fanáticos dispuestos a lamerle las botas solo porque "es de los suyos".

    Ahí es donde la cosa se pudre de verdad.
    Cuando dejas de pedir justicia para pedir la victoria de tu bando, ya no eres un ciudadano, eres un cómplice.
    Nos hemos vuelto expertos en inventar excusas creativas para justificar lo que en el vecino nos parecería un escándalo.
    Si el de enfrente roba, es un delincuente; si roba el mío, es "estrategia política" o "un ataque de la oposición".

    Esa ceguera voluntaria es una enfermedad.
    El país no se va al garete solo por los cuatro chorizos que mandan, sino por la masa que prefiere perder la dignidad antes que admitir que le han tomado el pelo.
    Al final, la corrupción no solo vive en los despachos, vive en la boca de cada uno que aplaude a un ladrón para no darle la razón al "enemigo".
    Un político sucio es un problema, pero un pueblo que lo blinda es una tragedia.

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    #politica #sociedad #reflexiones #fanatismo #etica #realidad #critica

  21. 🔘Lo peor de un político que roba no es el dinero que se lleva, sino cómo nos deja la cabeza a todos.
    Porque al final, el corrupto no aguanta dos días si no tiene detrás a una legión de fanáticos dispuestos a lamerle las botas solo porque "es de los suyos".

    Ahí es donde la cosa se pudre de verdad.
    Cuando dejas de pedir justicia para pedir la victoria de tu bando, ya no eres un ciudadano, eres un cómplice.
    Nos hemos vuelto expertos en inventar excusas creativas para justificar lo que en el vecino nos parecería un escándalo.
    Si el de enfrente roba, es un delincuente; si roba el mío, es "estrategia política" o "un ataque de la oposición".

    Esa ceguera voluntaria es una enfermedad.
    El país no se va al garete solo por los cuatro chorizos que mandan, sino por la masa que prefiere perder la dignidad antes que admitir que le han tomado el pelo.
    Al final, la corrupción no solo vive en los despachos, vive en la boca de cada uno que aplaude a un ladrón para no darle la razón al "enemigo".
    Un político sucio es un problema, pero un pueblo que lo blinda es una tragedia.

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    #politica #sociedad #reflexiones #fanatismo #etica #realidad #critica

  22. :stargif: 𝑴𝒂𝒕𝒕𝒉𝒆𝒘 𝑯𝒐𝒑𝒌𝒊𝒏𝒔, 𝒆𝒍 “𝑾𝒊𝒕𝒄𝒉𝒇𝒊𝒏𝒅𝒆𝒓 𝑮𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒍” :stargif:

    Matthew Hopkins (c. 1620–1647) es una de las figuras más oscuras de la historia inglesa.
    Autoproclamado Witchfinder General (Cazador General de Brujas), actuó durante los años más caóticos de la Guerra Civil Inglesa.
    Nunca recibió ese título de forma oficial, pero en la práctica ejerció un poder casi absoluto sobre pueblos aterrados y magistrados complacientes.
    Entre 1644 y 1647, junto a su colaborador John Stearne, lideró una auténtica cacería de brujas en el este de Inglaterra, especialmente en East Anglia.
    En apenas tres años, unas 300 mujeres fueron ejecutadas tras ser acusadas de brujería.
    Para ponerlo en contexto: Hopkins causó más muertes que todos los demás cazadores de brujas ingleses juntos en los 160 años anteriores.
    No fue un episodio aislado de locura colectiva, sino una campaña sistemática basada en el miedo, la superstición y el beneficio económico.
    Sus métodos evitaban la tortura “oficial”, prohibida por la ley inglesa, pero eran igual o más crueles.
    Utilizaba la privación del sueño, manteniendo a las acusadas despiertas durante días hasta quebrar su resistencia mental.
    Aplicaba la llamada “prueba del pinchazo”, buscando supuestas marcas del diablo en el cuerpo; si al clavar una aguja no había dolor o sangrado, se consideraba prueba de culpabilidad.
    Otra práctica habitual era la prueba de natación: la mujer era atada y arrojada al agua.
    Si flotaba, era culpable; si se hundía, era inocente… aunque muchas morían ahogadas antes de poder demostrarlo.
    Detrás del fanatismo había también un negocio muy rentable.
    Hopkins cobraba tarifas elevadísimas por sus “servicios”.
    Mientras un trabajador ganaba unos seis peniques al día, él exigía hasta veinte chelines por visita, una suma desorbitada.
    Algunos pueblos, como Stowmarket, tuvieron que imponer impuestos especiales para pagarle.
    En total, llegó a reunir alrededor de 1.000 libras, una fortuna para la época.
    El terror, literalmente, daba beneficios.
    En 1647, poco antes de morir, publicó su único libro: "The Discovery of Witches".
    En este breve tratado se defendía de las críticas, justificaba sus métodos —especialmente el “asecho”, es decir, la privación del sueño— y se presentaba como un servidor del bien común y del reino.
    El texto tuvo una influencia duradera: cruzó el Atlántico y acabó influyendo en los criterios usados décadas después en los juicios de Salem, en Massachusetts.
    Sin embargo, Hopkins no actuó sin oposición.
    Su principal crítico fue el clérigo John Gaule, quien lo acusó públicamente de abusar de su poder y de comportarse como alguien “demasiado familiarizado con los secretos del diablo”.
    La presión social, unida al elevado coste de sus servicios, llevó a que muchos magistrados empezaran a exigir pruebas más sólidas.
    En 1646, su carrera comenzó a derrumbarse.
    Hopkins murió en agosto de 1647, probablemente de tuberculosis.
    Existe una leyenda popular que afirma que fue sometido a su propia prueba de natación y ejecutado como brujo, pero los registros parroquiales confirman que falleció enfermo y fue enterrado en Mistley Heath.
    La realidad, menos poética, no es menos inquietante.
    Hijo de un vicario puritano, Hopkins tenía un profundo conocimiento de la Biblia, que utilizó y manipuló para justificar interrogatorios y condenas.
    Según él mismo, todo comenzó cuando aseguró haber escuchado a unas mujeres en Manningtree hablar de encuentros con el diablo cerca de su casa.
    A partir de ahí, el miedo se convirtió en poder, y el poder en negocio.
    Su figura ha quedado inmortalizada en la cultura popular, especialmente en la película de 1968 "Witchfinder General (El inquisidor en España)", protagonizada por Vincent Price.
    Pero más allá del cine, Matthew Hopkins sigue siendo un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el miedo, la religión y el interés económico se mezclan sin control.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    #historia #edadmoderna #cazadebrujas #inglaterra #gueracivilinglesa #fanatismo #historiaoscura #ecosdelpasado

  23. :stargif: 𝑴𝒂𝒕𝒕𝒉𝒆𝒘 𝑯𝒐𝒑𝒌𝒊𝒏𝒔, 𝒆𝒍 “𝑾𝒊𝒕𝒄𝒉𝒇𝒊𝒏𝒅𝒆𝒓 𝑮𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒍” :stargif:

    Matthew Hopkins (c. 1620–1647) es una de las figuras más oscuras de la historia inglesa.
    Autoproclamado Witchfinder General (Cazador General de Brujas), actuó durante los años más caóticos de la Guerra Civil Inglesa.
    Nunca recibió ese título de forma oficial, pero en la práctica ejerció un poder casi absoluto sobre pueblos aterrados y magistrados complacientes.
    Entre 1644 y 1647, junto a su colaborador John Stearne, lideró una auténtica cacería de brujas en el este de Inglaterra, especialmente en East Anglia.
    En apenas tres años, unas 300 mujeres fueron ejecutadas tras ser acusadas de brujería.
    Para ponerlo en contexto: Hopkins causó más muertes que todos los demás cazadores de brujas ingleses juntos en los 160 años anteriores.
    No fue un episodio aislado de locura colectiva, sino una campaña sistemática basada en el miedo, la superstición y el beneficio económico.
    Sus métodos evitaban la tortura “oficial”, prohibida por la ley inglesa, pero eran igual o más crueles.
    Utilizaba la privación del sueño, manteniendo a las acusadas despiertas durante días hasta quebrar su resistencia mental.
    Aplicaba la llamada “prueba del pinchazo”, buscando supuestas marcas del diablo en el cuerpo; si al clavar una aguja no había dolor o sangrado, se consideraba prueba de culpabilidad.
    Otra práctica habitual era la prueba de natación: la mujer era atada y arrojada al agua.
    Si flotaba, era culpable; si se hundía, era inocente… aunque muchas morían ahogadas antes de poder demostrarlo.
    Detrás del fanatismo había también un negocio muy rentable.
    Hopkins cobraba tarifas elevadísimas por sus “servicios”.
    Mientras un trabajador ganaba unos seis peniques al día, él exigía hasta veinte chelines por visita, una suma desorbitada.
    Algunos pueblos, como Stowmarket, tuvieron que imponer impuestos especiales para pagarle.
    En total, llegó a reunir alrededor de 1.000 libras, una fortuna para la época.
    El terror, literalmente, daba beneficios.
    En 1647, poco antes de morir, publicó su único libro: "The Discovery of Witches".
    En este breve tratado se defendía de las críticas, justificaba sus métodos —especialmente el “asecho”, es decir, la privación del sueño— y se presentaba como un servidor del bien común y del reino.
    El texto tuvo una influencia duradera: cruzó el Atlántico y acabó influyendo en los criterios usados décadas después en los juicios de Salem, en Massachusetts.
    Sin embargo, Hopkins no actuó sin oposición.
    Su principal crítico fue el clérigo John Gaule, quien lo acusó públicamente de abusar de su poder y de comportarse como alguien “demasiado familiarizado con los secretos del diablo”.
    La presión social, unida al elevado coste de sus servicios, llevó a que muchos magistrados empezaran a exigir pruebas más sólidas.
    En 1646, su carrera comenzó a derrumbarse.
    Hopkins murió en agosto de 1647, probablemente de tuberculosis.
    Existe una leyenda popular que afirma que fue sometido a su propia prueba de natación y ejecutado como brujo, pero los registros parroquiales confirman que falleció enfermo y fue enterrado en Mistley Heath.
    La realidad, menos poética, no es menos inquietante.
    Hijo de un vicario puritano, Hopkins tenía un profundo conocimiento de la Biblia, que utilizó y manipuló para justificar interrogatorios y condenas.
    Según él mismo, todo comenzó cuando aseguró haber escuchado a unas mujeres en Manningtree hablar de encuentros con el diablo cerca de su casa.
    A partir de ahí, el miedo se convirtió en poder, y el poder en negocio.
    Su figura ha quedado inmortalizada en la cultura popular, especialmente en la película de 1968 "Witchfinder General (El inquisidor en España)", protagonizada por Vincent Price.
    Pero más allá del cine, Matthew Hopkins sigue siendo un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el miedo, la religión y el interés económico se mezclan sin control.

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    #historia #edadmoderna #cazadebrujas #inglaterra #gueracivilinglesa #fanatismo #historiaoscura #ecosdelpasado

  24. :stargif: 𝑴𝒂𝒕𝒕𝒉𝒆𝒘 𝑯𝒐𝒑𝒌𝒊𝒏𝒔, 𝒆𝒍 “𝑾𝒊𝒕𝒄𝒉𝒇𝒊𝒏𝒅𝒆𝒓 𝑮𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒍” :stargif:

    Matthew Hopkins (c. 1620–1647) es una de las figuras más oscuras de la historia inglesa.
    Autoproclamado Witchfinder General (Cazador General de Brujas), actuó durante los años más caóticos de la Guerra Civil Inglesa.
    Nunca recibió ese título de forma oficial, pero en la práctica ejerció un poder casi absoluto sobre pueblos aterrados y magistrados complacientes.
    Entre 1644 y 1647, junto a su colaborador John Stearne, lideró una auténtica cacería de brujas en el este de Inglaterra, especialmente en East Anglia.
    En apenas tres años, unas 300 mujeres fueron ejecutadas tras ser acusadas de brujería.
    Para ponerlo en contexto: Hopkins causó más muertes que todos los demás cazadores de brujas ingleses juntos en los 160 años anteriores.
    No fue un episodio aislado de locura colectiva, sino una campaña sistemática basada en el miedo, la superstición y el beneficio económico.
    Sus métodos evitaban la tortura “oficial”, prohibida por la ley inglesa, pero eran igual o más crueles.
    Utilizaba la privación del sueño, manteniendo a las acusadas despiertas durante días hasta quebrar su resistencia mental.
    Aplicaba la llamada “prueba del pinchazo”, buscando supuestas marcas del diablo en el cuerpo; si al clavar una aguja no había dolor o sangrado, se consideraba prueba de culpabilidad.
    Otra práctica habitual era la prueba de natación: la mujer era atada y arrojada al agua.
    Si flotaba, era culpable; si se hundía, era inocente… aunque muchas morían ahogadas antes de poder demostrarlo.
    Detrás del fanatismo había también un negocio muy rentable.
    Hopkins cobraba tarifas elevadísimas por sus “servicios”.
    Mientras un trabajador ganaba unos seis peniques al día, él exigía hasta veinte chelines por visita, una suma desorbitada.
    Algunos pueblos, como Stowmarket, tuvieron que imponer impuestos especiales para pagarle.
    En total, llegó a reunir alrededor de 1.000 libras, una fortuna para la época.
    El terror, literalmente, daba beneficios.
    En 1647, poco antes de morir, publicó su único libro: "The Discovery of Witches".
    En este breve tratado se defendía de las críticas, justificaba sus métodos —especialmente el “asecho”, es decir, la privación del sueño— y se presentaba como un servidor del bien común y del reino.
    El texto tuvo una influencia duradera: cruzó el Atlántico y acabó influyendo en los criterios usados décadas después en los juicios de Salem, en Massachusetts.
    Sin embargo, Hopkins no actuó sin oposición.
    Su principal crítico fue el clérigo John Gaule, quien lo acusó públicamente de abusar de su poder y de comportarse como alguien “demasiado familiarizado con los secretos del diablo”.
    La presión social, unida al elevado coste de sus servicios, llevó a que muchos magistrados empezaran a exigir pruebas más sólidas.
    En 1646, su carrera comenzó a derrumbarse.
    Hopkins murió en agosto de 1647, probablemente de tuberculosis.
    Existe una leyenda popular que afirma que fue sometido a su propia prueba de natación y ejecutado como brujo, pero los registros parroquiales confirman que falleció enfermo y fue enterrado en Mistley Heath.
    La realidad, menos poética, no es menos inquietante.
    Hijo de un vicario puritano, Hopkins tenía un profundo conocimiento de la Biblia, que utilizó y manipuló para justificar interrogatorios y condenas.
    Según él mismo, todo comenzó cuando aseguró haber escuchado a unas mujeres en Manningtree hablar de encuentros con el diablo cerca de su casa.
    A partir de ahí, el miedo se convirtió en poder, y el poder en negocio.
    Su figura ha quedado inmortalizada en la cultura popular, especialmente en la película de 1968 "Witchfinder General (El inquisidor en España)", protagonizada por Vincent Price.
    Pero más allá del cine, Matthew Hopkins sigue siendo un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el miedo, la religión y el interés económico se mezclan sin control.

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    #historia #edadmoderna #cazadebrujas #inglaterra #gueracivilinglesa #fanatismo #historiaoscura #ecosdelpasado

  25. :stargif: 𝑴𝒂𝒕𝒕𝒉𝒆𝒘 𝑯𝒐𝒑𝒌𝒊𝒏𝒔, 𝒆𝒍 “𝑾𝒊𝒕𝒄𝒉𝒇𝒊𝒏𝒅𝒆𝒓 𝑮𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒍” :stargif:

    Matthew Hopkins (c. 1620–1647) es una de las figuras más oscuras de la historia inglesa.
    Autoproclamado Witchfinder General (Cazador General de Brujas), actuó durante los años más caóticos de la Guerra Civil Inglesa.
    Nunca recibió ese título de forma oficial, pero en la práctica ejerció un poder casi absoluto sobre pueblos aterrados y magistrados complacientes.
    Entre 1644 y 1647, junto a su colaborador John Stearne, lideró una auténtica cacería de brujas en el este de Inglaterra, especialmente en East Anglia.
    En apenas tres años, unas 300 mujeres fueron ejecutadas tras ser acusadas de brujería.
    Para ponerlo en contexto: Hopkins causó más muertes que todos los demás cazadores de brujas ingleses juntos en los 160 años anteriores.
    No fue un episodio aislado de locura colectiva, sino una campaña sistemática basada en el miedo, la superstición y el beneficio económico.
    Sus métodos evitaban la tortura “oficial”, prohibida por la ley inglesa, pero eran igual o más crueles.
    Utilizaba la privación del sueño, manteniendo a las acusadas despiertas durante días hasta quebrar su resistencia mental.
    Aplicaba la llamada “prueba del pinchazo”, buscando supuestas marcas del diablo en el cuerpo; si al clavar una aguja no había dolor o sangrado, se consideraba prueba de culpabilidad.
    Otra práctica habitual era la prueba de natación: la mujer era atada y arrojada al agua.
    Si flotaba, era culpable; si se hundía, era inocente… aunque muchas morían ahogadas antes de poder demostrarlo.
    Detrás del fanatismo había también un negocio muy rentable.
    Hopkins cobraba tarifas elevadísimas por sus “servicios”.
    Mientras un trabajador ganaba unos seis peniques al día, él exigía hasta veinte chelines por visita, una suma desorbitada.
    Algunos pueblos, como Stowmarket, tuvieron que imponer impuestos especiales para pagarle.
    En total, llegó a reunir alrededor de 1.000 libras, una fortuna para la época.
    El terror, literalmente, daba beneficios.
    En 1647, poco antes de morir, publicó su único libro: "The Discovery of Witches".
    En este breve tratado se defendía de las críticas, justificaba sus métodos —especialmente el “asecho”, es decir, la privación del sueño— y se presentaba como un servidor del bien común y del reino.
    El texto tuvo una influencia duradera: cruzó el Atlántico y acabó influyendo en los criterios usados décadas después en los juicios de Salem, en Massachusetts.
    Sin embargo, Hopkins no actuó sin oposición.
    Su principal crítico fue el clérigo John Gaule, quien lo acusó públicamente de abusar de su poder y de comportarse como alguien “demasiado familiarizado con los secretos del diablo”.
    La presión social, unida al elevado coste de sus servicios, llevó a que muchos magistrados empezaran a exigir pruebas más sólidas.
    En 1646, su carrera comenzó a derrumbarse.
    Hopkins murió en agosto de 1647, probablemente de tuberculosis.
    Existe una leyenda popular que afirma que fue sometido a su propia prueba de natación y ejecutado como brujo, pero los registros parroquiales confirman que falleció enfermo y fue enterrado en Mistley Heath.
    La realidad, menos poética, no es menos inquietante.
    Hijo de un vicario puritano, Hopkins tenía un profundo conocimiento de la Biblia, que utilizó y manipuló para justificar interrogatorios y condenas.
    Según él mismo, todo comenzó cuando aseguró haber escuchado a unas mujeres en Manningtree hablar de encuentros con el diablo cerca de su casa.
    A partir de ahí, el miedo se convirtió en poder, y el poder en negocio.
    Su figura ha quedado inmortalizada en la cultura popular, especialmente en la película de 1968 "Witchfinder General (El inquisidor en España)", protagonizada por Vincent Price.
    Pero más allá del cine, Matthew Hopkins sigue siendo un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el miedo, la religión y el interés económico se mezclan sin control.

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    #historia #edadmoderna #cazadebrujas #inglaterra #gueracivilinglesa #fanatismo #historiaoscura #ecosdelpasado

  26. El Gobierno de #Trump prohíbe a la #universidad de #Harvard matricular a estudiantes extranjeros
    La Administración ha alegado que matricular a estos estudiantes "fomenta la violencia, el antisemitismo y la coordinación con el Partido Comunista Chino (PCCh) en su campus".
    #fanatismo #trumpismo #discursosdeodio

    publico.es/internacional/eeuu/

  27. El Gobierno de #Trump prohíbe a la #universidad de #Harvard matricular a estudiantes extranjeros
    La Administración ha alegado que matricular a estos estudiantes "fomenta la violencia, el antisemitismo y la coordinación con el Partido Comunista Chino (PCCh) en su campus".
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  28. Mayo es el mes del libro en Uruguay, y para esta #EdiciónFediverso de #LaSopranoHungara dejo aquí el link a la versión epub (libro electrónico y #prosereader) y pdf para pequeñas pantallas.

    Me legra decir que, sin ningún esfuerzo por hacerlo, el libro pasa el test de Bechdel-Wallace.

    La historia principal es una crónica no lineal que sigue las armonías disonantes de La Traviata.

    Esta estructura obliga a quien lee a convertirse en investigador/a, descifrando una conspiración que el texto rehúsa descifrar.

    Es una obra de ficción histórica que abarca espionaje, tráfico de armas y encubrimientos gubernamentales en Sudamérica y Europa durante las guerras yugoslavas.

    El tono de la prosa (fechas, decretos, números de serie) agudiza el horror, haciendo que la muerte de la soprano húngara no parezca ficción, sino el aria más oscura de la historia.

    Seis partes más integran el libro, que abarca #fanatismo, #prejuicio (algunas el propio de quien lee), #misterio, #psicodelia, #viajes, #alcoholismo, #amistad, #áfrica, #trans, #MédicosSinFronteras, #sudamérica, #Brasil, #tarot, #Uruguay, #libros y más.

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  29. Mayo es el mes del libro en Uruguay, y para esta #EdiciónFediverso de #LaSopranoHungara dejo aquí el link a la versión epub (libro electrónico y #prosereader) y pdf para pequeñas pantallas.

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    Es una obra de ficción histórica que abarca espionaje, tráfico de armas y encubrimientos gubernamentales en Sudamérica y Europa durante las guerras yugoslavas.

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  30. Mayo es el mes del libro en Uruguay, y para esta #EdiciónFediverso de #LaSopranoHungara dejo aquí el link a la versión epub (libro electrónico y #prosereader) y pdf para pequeñas pantallas.

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