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#algoritmos — Public Fediverse posts

Live and recent posts from across the Fediverse tagged #algoritmos, aggregated by home.social.

  1. As conversas da internet parecem cada vez mais sincronizadas.

    Mas talvez a mudança mais profunda não esteja nos bots, e sim em como passamos a adaptar nossa linguagem aos padrões que as plataformas favorecem.

    Se isso continuar, talvez a diferença entre comportamento humano e comportamento otimizado fique cada vez menos evidente.

    drucillainsthub.substack.com/p

    #Algoritmos #CulturaDigital #instHub

  2. Quando decisões importantes passam por sistemas de IA, a transparência parece uma solução evidente.

    Mas talvez exista uma diferença entre mostrar o prompt e explicar como uma decisão realmente foi construída.

    Essa distância pode ser mais significativa do que costuma parecer.

    open.substack.com/pub/drucilla

    #Transparencia #Algoritmos #instHub

  3. Quando decisões importantes passam por sistemas de IA, a transparência parece uma solução evidente.

    Mas talvez exista uma diferença entre mostrar o prompt e explicar como uma decisão realmente foi construída.

    Essa distância pode ser mais significativa do que costuma parecer.

    open.substack.com/pub/drucilla

    #Transparencia #Algoritmos #instHub

  4. Quando decisões importantes passam por sistemas de IA, a transparência parece uma solução evidente.

    Mas talvez exista uma diferença entre mostrar o prompt e explicar como uma decisão realmente foi construída.

    Essa distância pode ser mais significativa do que costuma parecer.

    open.substack.com/pub/drucilla

  5. Hoje tem programa especial, juntando o Tecnofeudália e o Orgulho Latino!

    youtube.com/watch?v=55JeITQoAd…

    ALGORITMOS IMPERIALISTAS E O ORGULHO DE SER COLONIZADO | Orgulho Latino & Tecnofeudália
    Por que a gente defende quem nos explora? Por que odiamos nossos vizinhos e idolatramos o império?

    Não é coincidência. É engenharia. E acontece dentro do celular.

    Neste episódio, o Orgulho Latino se junta ao Tecnofeudália pra desmontar como os algoritmos alimentam o complexo de colonizado — e como a gente pode romper essa corrente.

    Com Emi Pandolfo, Fred Guimarães e Thiago Skarnio.

    Assista no Portal Desacato e redes no dia 14/07/2026 às 19hr

    #Desacato #OrgulhoLatino #Tecnofeudália #Algoritmos #Imperialismo #ComplexoDeColonizado

  6. As plataformas ajudam a sincronizar milhões de pessoas em torno dos mesmos acontecimentos.

    Mas existe outra camada menos visível: os objetivos que orientam os algoritmos e determinam o que permanece em evidência.

    Talvez seja aí que a discussão realmente comece.

    drucillainsthub.substack.com/p

    #Algoritmos #Plataformas #instHub

  7. As plataformas ajudam a sincronizar milhões de pessoas em torno dos mesmos acontecimentos.

    Mas existe outra camada menos visível: os objetivos que orientam os algoritmos e determinam o que permanece em evidência.

    Talvez seja aí que a discussão realmente comece.

    drucillainsthub.substack.com/p

    #Algoritmos #Plataformas #instHub

  8. As plataformas ajudam a sincronizar milhões de pessoas em torno dos mesmos acontecimentos.

    Mas existe outra camada menos visível: os objetivos que orientam os algoritmos e determinam o que permanece em evidência.

    Talvez seja aí que a discussão realmente comece.

    drucillainsthub.substack.com/p

  9. 📺 Fin de una era: Las redes sociales superan por primera vez a los medios tradicionales. Los jóvenes huyen de los noticieros por la ansiedad. 🤖 Información a la carta: Menores de 25 años prefieren videos cortos y resúmenes de Inteligencia Artificial antes que leer un periódico. 📉 #algoritmos #ConsumoDeNoticias #DeutscheWelle #InstitutoReuters #InteligenciaArtificial #JimEgan #jóvenes #NoticiasFalsas #periodismo #RedesSociales #televisión soyarmenio.com/reuters-informe

  10. 📺 Fin de una era: Las redes sociales superan por primera vez a los medios tradicionales. Los jóvenes huyen de los noticieros por la ansiedad. 🤖 Información a la carta: Menores de 25 años prefieren videos cortos y resúmenes de Inteligencia Artificial antes que leer un periódico. 📉 #algoritmos #ConsumoDeNoticias #DeutscheWelle #InstitutoReuters #InteligenciaArtificial #JimEgan #jóvenes #NoticiasFalsas #periodismo #RedesSociales #televisión soyarmenio.com/reuters-informe

  11. 📺 Fin de una era: Las redes sociales superan por primera vez a los medios tradicionales. Los jóvenes huyen de los noticieros por la ansiedad. 🤖 Información a la carta: Menores de 25 años prefieren videos cortos y resúmenes de Inteligencia Artificial antes que leer un periódico. 📉 #algoritmos #ConsumoDeNoticias #DeutscheWelle #InstitutoReuters #InteligenciaArtificial #JimEgan #jóvenes #NoticiasFalsas #periodismo #RedesSociales #televisión soyarmenio.com/reuters-informe

  12. 📺 Fin de una era: Las redes sociales superan por primera vez a los medios tradicionales. Los jóvenes huyen de los noticieros por la ansiedad. 🤖 Información a la carta: Menores de 25 años prefieren videos cortos y resúmenes de Inteligencia Artificial antes que leer un periódico. 📉 #algoritmos #ConsumoDeNoticias #DeutscheWelle #InstitutoReuters #InteligenciaArtificial #JimEgan #jóvenes #NoticiasFalsas #periodismo #RedesSociales #televisión soyarmenio.com/reuters-informe

  13. 📺 Fin de una era: Las redes sociales superan por primera vez a los medios tradicionales. Los jóvenes huyen de los noticieros por la ansiedad. 🤖 Información a la carta: Menores de 25 años prefieren videos cortos y resúmenes de Inteligencia Artificial antes que leer un periódico. 📉 #algoritmos #ConsumoDeNoticias #DeutscheWelle #InstitutoReuters #InteligenciaArtificial #JimEgan #jóvenes #NoticiasFalsas #periodismo #RedesSociales #televisión soyarmenio.com/reuters-informe

  14. Algoritmos impulsan el regreso de tendencias retro en la era digital

    Especialistas señalan que plataformas como TikTok e Instagram transformaron la forma en que las tendencias culturales resurgen y se convierten en fenómenos de consumo.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Las plataformas digitales han cambiado la velocidad con la que las tendencias culturales regresan. Lo que antes requería años para reaparecer en el gusto del público ahora puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que impulsan el contenido en redes sociales.

    De acuerdo con el reporte Digital 2026 de DataReportal, México registra 99 millones de identidades activas en redes sociales, cifra equivalente al 74.9 por ciento de la población. A ello se suma el crecimiento de plataformas como TikTok, donde los usuarios mexicanos permanecen, en promedio, más de 45 horas al mes, según datos de Statista.

    Especialistas consideran que este nivel de exposición constante favorece la rápida difusión de estilos, objetos y referencias culturales que vuelven a ganar popularidad a partir de la repetición visual en los contenidos recomendados por los algoritmos.

    Del algoritmo al consumo

    Aloma García, Country Manager de GoTrendier México, afirmó que los algoritmos amplifican de forma permanente estéticas, comportamientos y referencias visuales, lo que acelera su adopción entre millones de usuarios.

    Explicó que, a diferencia de años anteriores, las tendencias ya no dependen exclusivamente de la industria de la moda, la música o el entretenimiento, sino también de la visibilidad que alcanzan en plataformas digitales mediante videos virales, publicaciones y creadores de contenido.

    Como resultado, artículos inspirados en las décadas de los noventa y los dos mil han vuelto a cobrar fuerza en distintos mercados.

    Más allá de la moda

    El fenómeno no se limita al vestuario. Cámaras digitales compactas, videojuegos clásicos, muebles vintage, música retro, gafas de armazón pequeño y diversos accesorios han recuperado presencia entre las nuevas generaciones gracias a su exposición constante en redes sociales.

    En la moda, estilos como el dad style, el normcore y las prendas oversized han ganado terreno mediante publicaciones en las que usuarios reutilizan ropa inspirada en generaciones anteriores, combinando tenis retro, pantalones de mezclilla amplios, polos y jerseys clásicos.

    Según García, el consumo de tendencias también ha cambiado porque las personas ya no siguen únicamente lo que promueven las marcas, sino aquello que aparece de forma reiterada en sus plataformas favoritas.

    La influencia de las plataformas

    Especialistas coinciden en que los algoritmos no solo organizan el contenido que ven los usuarios, sino que también influyen en la manera en que resurgen hábitos de consumo, estilos de vida y referencias culturales.

    La combinación de visibilidad, interacción y viralidad permite que objetos y estéticas del pasado vuelvan a posicionarse rápidamente entre nuevas audiencias, modificando los ciclos tradicionales de las tendencias y ampliando su impacto más allá del ámbito digital. –sn–

    Celular en aeropuerto

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  15. Algoritmos impulsan el regreso de tendencias retro en la era digital

    Especialistas señalan que plataformas como TikTok e Instagram transformaron la forma en que las tendencias culturales resurgen y se convierten en fenómenos de consumo.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Las plataformas digitales han cambiado la velocidad con la que las tendencias culturales regresan. Lo que antes requería años para reaparecer en el gusto del público ahora puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que impulsan el contenido en redes sociales.

    De acuerdo con el reporte Digital 2026 de DataReportal, México registra 99 millones de identidades activas en redes sociales, cifra equivalente al 74.9 por ciento de la población. A ello se suma el crecimiento de plataformas como TikTok, donde los usuarios mexicanos permanecen, en promedio, más de 45 horas al mes, según datos de Statista.

    Especialistas consideran que este nivel de exposición constante favorece la rápida difusión de estilos, objetos y referencias culturales que vuelven a ganar popularidad a partir de la repetición visual en los contenidos recomendados por los algoritmos.

    Del algoritmo al consumo

    Aloma García, Country Manager de GoTrendier México, afirmó que los algoritmos amplifican de forma permanente estéticas, comportamientos y referencias visuales, lo que acelera su adopción entre millones de usuarios.

    Explicó que, a diferencia de años anteriores, las tendencias ya no dependen exclusivamente de la industria de la moda, la música o el entretenimiento, sino también de la visibilidad que alcanzan en plataformas digitales mediante videos virales, publicaciones y creadores de contenido.

    Como resultado, artículos inspirados en las décadas de los noventa y los dos mil han vuelto a cobrar fuerza en distintos mercados.

    Más allá de la moda

    El fenómeno no se limita al vestuario. Cámaras digitales compactas, videojuegos clásicos, muebles vintage, música retro, gafas de armazón pequeño y diversos accesorios han recuperado presencia entre las nuevas generaciones gracias a su exposición constante en redes sociales.

    En la moda, estilos como el dad style, el normcore y las prendas oversized han ganado terreno mediante publicaciones en las que usuarios reutilizan ropa inspirada en generaciones anteriores, combinando tenis retro, pantalones de mezclilla amplios, polos y jerseys clásicos.

    Según García, el consumo de tendencias también ha cambiado porque las personas ya no siguen únicamente lo que promueven las marcas, sino aquello que aparece de forma reiterada en sus plataformas favoritas.

    La influencia de las plataformas

    Especialistas coinciden en que los algoritmos no solo organizan el contenido que ven los usuarios, sino que también influyen en la manera en que resurgen hábitos de consumo, estilos de vida y referencias culturales.

    La combinación de visibilidad, interacción y viralidad permite que objetos y estéticas del pasado vuelvan a posicionarse rápidamente entre nuevas audiencias, modificando los ciclos tradicionales de las tendencias y ampliando su impacto más allá del ámbito digital. –sn–

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  16. Algoritmos impulsan el regreso de tendencias retro en la era digital

    Especialistas señalan que plataformas como TikTok e Instagram transformaron la forma en que las tendencias culturales resurgen y se convierten en fenómenos de consumo.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Las plataformas digitales han cambiado la velocidad con la que las tendencias culturales regresan. Lo que antes requería años para reaparecer en el gusto del público ahora puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que impulsan el contenido en redes sociales.

    De acuerdo con el reporte Digital 2026 de DataReportal, México registra 99 millones de identidades activas en redes sociales, cifra equivalente al 74.9 por ciento de la población. A ello se suma el crecimiento de plataformas como TikTok, donde los usuarios mexicanos permanecen, en promedio, más de 45 horas al mes, según datos de Statista.

    Especialistas consideran que este nivel de exposición constante favorece la rápida difusión de estilos, objetos y referencias culturales que vuelven a ganar popularidad a partir de la repetición visual en los contenidos recomendados por los algoritmos.

    Del algoritmo al consumo

    Aloma García, Country Manager de GoTrendier México, afirmó que los algoritmos amplifican de forma permanente estéticas, comportamientos y referencias visuales, lo que acelera su adopción entre millones de usuarios.

    Explicó que, a diferencia de años anteriores, las tendencias ya no dependen exclusivamente de la industria de la moda, la música o el entretenimiento, sino también de la visibilidad que alcanzan en plataformas digitales mediante videos virales, publicaciones y creadores de contenido.

    Como resultado, artículos inspirados en las décadas de los noventa y los dos mil han vuelto a cobrar fuerza en distintos mercados.

    Más allá de la moda

    El fenómeno no se limita al vestuario. Cámaras digitales compactas, videojuegos clásicos, muebles vintage, música retro, gafas de armazón pequeño y diversos accesorios han recuperado presencia entre las nuevas generaciones gracias a su exposición constante en redes sociales.

    En la moda, estilos como el dad style, el normcore y las prendas oversized han ganado terreno mediante publicaciones en las que usuarios reutilizan ropa inspirada en generaciones anteriores, combinando tenis retro, pantalones de mezclilla amplios, polos y jerseys clásicos.

    Según García, el consumo de tendencias también ha cambiado porque las personas ya no siguen únicamente lo que promueven las marcas, sino aquello que aparece de forma reiterada en sus plataformas favoritas.

    La influencia de las plataformas

    Especialistas coinciden en que los algoritmos no solo organizan el contenido que ven los usuarios, sino que también influyen en la manera en que resurgen hábitos de consumo, estilos de vida y referencias culturales.

    La combinación de visibilidad, interacción y viralidad permite que objetos y estéticas del pasado vuelvan a posicionarse rápidamente entre nuevas audiencias, modificando los ciclos tradicionales de las tendencias y ampliando su impacto más allá del ámbito digital. –sn–

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  17. Algoritmos impulsan el regreso de tendencias retro en la era digital

    Especialistas señalan que plataformas como TikTok e Instagram transformaron la forma en que las tendencias culturales resurgen y se convierten en fenómenos de consumo.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Las plataformas digitales han cambiado la velocidad con la que las tendencias culturales regresan. Lo que antes requería años para reaparecer en el gusto del público ahora puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que impulsan el contenido en redes sociales.

    De acuerdo con el reporte Digital 2026 de DataReportal, México registra 99 millones de identidades activas en redes sociales, cifra equivalente al 74.9 por ciento de la población. A ello se suma el crecimiento de plataformas como TikTok, donde los usuarios mexicanos permanecen, en promedio, más de 45 horas al mes, según datos de Statista.

    Especialistas consideran que este nivel de exposición constante favorece la rápida difusión de estilos, objetos y referencias culturales que vuelven a ganar popularidad a partir de la repetición visual en los contenidos recomendados por los algoritmos.

    Del algoritmo al consumo

    Aloma García, Country Manager de GoTrendier México, afirmó que los algoritmos amplifican de forma permanente estéticas, comportamientos y referencias visuales, lo que acelera su adopción entre millones de usuarios.

    Explicó que, a diferencia de años anteriores, las tendencias ya no dependen exclusivamente de la industria de la moda, la música o el entretenimiento, sino también de la visibilidad que alcanzan en plataformas digitales mediante videos virales, publicaciones y creadores de contenido.

    Como resultado, artículos inspirados en las décadas de los noventa y los dos mil han vuelto a cobrar fuerza en distintos mercados.

    Más allá de la moda

    El fenómeno no se limita al vestuario. Cámaras digitales compactas, videojuegos clásicos, muebles vintage, música retro, gafas de armazón pequeño y diversos accesorios han recuperado presencia entre las nuevas generaciones gracias a su exposición constante en redes sociales.

    En la moda, estilos como el dad style, el normcore y las prendas oversized han ganado terreno mediante publicaciones en las que usuarios reutilizan ropa inspirada en generaciones anteriores, combinando tenis retro, pantalones de mezclilla amplios, polos y jerseys clásicos.

    Según García, el consumo de tendencias también ha cambiado porque las personas ya no siguen únicamente lo que promueven las marcas, sino aquello que aparece de forma reiterada en sus plataformas favoritas.

    La influencia de las plataformas

    Especialistas coinciden en que los algoritmos no solo organizan el contenido que ven los usuarios, sino que también influyen en la manera en que resurgen hábitos de consumo, estilos de vida y referencias culturales.

    La combinación de visibilidad, interacción y viralidad permite que objetos y estéticas del pasado vuelvan a posicionarse rápidamente entre nuevas audiencias, modificando los ciclos tradicionales de las tendencias y ampliando su impacto más allá del ámbito digital. –sn–

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  18. Algoritmos impulsan el regreso de tendencias retro en la era digital

    Especialistas señalan que plataformas como TikTok e Instagram transformaron la forma en que las tendencias culturales resurgen y se convierten en fenómenos de consumo.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Las plataformas digitales han cambiado la velocidad con la que las tendencias culturales regresan. Lo que antes requería años para reaparecer en el gusto del público ahora puede convertirse en un fenómeno global en cuestión de semanas gracias a los algoritmos que impulsan el contenido en redes sociales.

    De acuerdo con el reporte Digital 2026 de DataReportal, México registra 99 millones de identidades activas en redes sociales, cifra equivalente al 74.9 por ciento de la población. A ello se suma el crecimiento de plataformas como TikTok, donde los usuarios mexicanos permanecen, en promedio, más de 45 horas al mes, según datos de Statista.

    Especialistas consideran que este nivel de exposición constante favorece la rápida difusión de estilos, objetos y referencias culturales que vuelven a ganar popularidad a partir de la repetición visual en los contenidos recomendados por los algoritmos.

    Del algoritmo al consumo

    Aloma García, Country Manager de GoTrendier México, afirmó que los algoritmos amplifican de forma permanente estéticas, comportamientos y referencias visuales, lo que acelera su adopción entre millones de usuarios.

    Explicó que, a diferencia de años anteriores, las tendencias ya no dependen exclusivamente de la industria de la moda, la música o el entretenimiento, sino también de la visibilidad que alcanzan en plataformas digitales mediante videos virales, publicaciones y creadores de contenido.

    Como resultado, artículos inspirados en las décadas de los noventa y los dos mil han vuelto a cobrar fuerza en distintos mercados.

    Más allá de la moda

    El fenómeno no se limita al vestuario. Cámaras digitales compactas, videojuegos clásicos, muebles vintage, música retro, gafas de armazón pequeño y diversos accesorios han recuperado presencia entre las nuevas generaciones gracias a su exposición constante en redes sociales.

    En la moda, estilos como el dad style, el normcore y las prendas oversized han ganado terreno mediante publicaciones en las que usuarios reutilizan ropa inspirada en generaciones anteriores, combinando tenis retro, pantalones de mezclilla amplios, polos y jerseys clásicos.

    Según García, el consumo de tendencias también ha cambiado porque las personas ya no siguen únicamente lo que promueven las marcas, sino aquello que aparece de forma reiterada en sus plataformas favoritas.

    La influencia de las plataformas

    Especialistas coinciden en que los algoritmos no solo organizan el contenido que ven los usuarios, sino que también influyen en la manera en que resurgen hábitos de consumo, estilos de vida y referencias culturales.

    La combinación de visibilidad, interacción y viralidad permite que objetos y estéticas del pasado vuelvan a posicionarse rápidamente entre nuevas audiencias, modificando los ciclos tradicionales de las tendencias y ampliando su impacto más allá del ámbito digital. –sn–

    Celular en aeropuerto

    ¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: FacebookTwitter e Instagram.

    También, te invitamos a que te sumes a nuestro canal de información en tiempo real a través de Telegram.

    #NoticiasMX #PeriodismoParaTi #PeriodismoParaTiSociedadNoticias #Algoritmos #Cdmx #consumoDigital #DataReportal #GoTrendier #Información #InformaciónMéxico #Instagram #México #moda #Morena #noticia #noticias #NoticiasMéxico #NoticiasSociedad #RedesSociales #SN #Sociedad #SociedadNoticias #SociedadNoticiasCom #sociedadNoticias #SociedadNoticiasCom #Statista #Tecnología #tendencias #Tiktok
  19. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  20. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  21. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  22. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  23. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  24. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  25. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  26. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  27. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  28. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  29. Google Maps es increíblemente rápido | Las matemáticas detrás de Google Maps

    0:00 ¿Qué es un «algoritmo de camino más corto»?
    3:30 El algoritmo de Dijkstra en 20 minutos
    6:30 El primer planificador de rutas
    10:31 El algoritmo de búsqueda A*
    12:40 El camino más corto no siempre es el más rápido
    15:08 La jerarquía de la red vial
    18:29 Cartografiando Norteamérica: disección anidada
    25:17 ¿Cómo funcionan las aplicaciones de mapas?
    28:04 La simplicidad es un requisito previo para la confiabilidad

    Vía: @veritasium

    #Divulgacioncientífica #Tecnología #Ciencia #Veritasium #DerekMuller #GoogleMaps #Matemáticas #Algoritmos #AlgoritmoDeDijkstra

    youtube.com/watch?v=kS-CGkiPetQ

  30. Google Maps es increíblemente rápido | Las matemáticas detrás de Google Maps

    0:00 ¿Qué es un «algoritmo de camino más corto»?
    3:30 El algoritmo de Dijkstra en 20 minutos
    6:30 El primer planificador de rutas
    10:31 El algoritmo de búsqueda A*
    12:40 El camino más corto no siempre es el más rápido
    15:08 La jerarquía de la red vial
    18:29 Cartografiando Norteamérica: disección anidada
    25:17 ¿Cómo funcionan las aplicaciones de mapas?
    28:04 La simplicidad es un requisito previo para la confiabilidad

    Vía: @veritasium

    #Divulgacioncientífica #Tecnología #Ciencia #Veritasium #DerekMuller #GoogleMaps #Matemáticas #Algoritmos #AlgoritmoDeDijkstra

    youtube.com/watch?v=kS-CGkiPetQ

  31. Google Maps es increíblemente rápido | Las matemáticas detrás de Google Maps

    0:00 ¿Qué es un «algoritmo de camino más corto»?
    3:30 El algoritmo de Dijkstra en 20 minutos
    6:30 El primer planificador de rutas
    10:31 El algoritmo de búsqueda A*
    12:40 El camino más corto no siempre es el más rápido
    15:08 La jerarquía de la red vial
    18:29 Cartografiando Norteamérica: disección anidada
    25:17 ¿Cómo funcionan las aplicaciones de mapas?
    28:04 La simplicidad es un requisito previo para la confiabilidad

    Vía: @veritasium

    #Divulgacioncientífica #Tecnología #Ciencia #Veritasium #DerekMuller #GoogleMaps #Matemáticas #Algoritmos #AlgoritmoDeDijkstra

    youtube.com/watch?v=kS-CGkiPetQ

  32. Google Maps es increíblemente rápido | Las matemáticas detrás de Google Maps

    0:00 ¿Qué es un «algoritmo de camino más corto»?
    3:30 El algoritmo de Dijkstra en 20 minutos
    6:30 El primer planificador de rutas
    10:31 El algoritmo de búsqueda A*
    12:40 El camino más corto no siempre es el más rápido
    15:08 La jerarquía de la red vial
    18:29 Cartografiando Norteamérica: disección anidada
    25:17 ¿Cómo funcionan las aplicaciones de mapas?
    28:04 La simplicidad es un requisito previo para la confiabilidad

    Vía: @veritasium

    #Divulgacioncientífica #Tecnología #Ciencia #Veritasium #DerekMuller #GoogleMaps #Matemáticas #Algoritmos #AlgoritmoDeDijkstra

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