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Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales
Es hora de que los movimientos replanteen las redes sociales #redes #sociales #movimientos #organizacion #tardigram #Tecnologia -
Qué puedes esperar cuando eliminas las aplicaciones de redes sociales de tu teléfono
Después de un mes sin redes instaladas en el celular, entendí que los cambios importantes no son los que uno imagina. No se trata solo de «tener más tiempo», sino de cómo cambia la atención, el estado de ánimo y la forma en que te relacionas con la información.
Lo bueno
- Recuperé el foco. La mente deja de saltar de un estímulo a otro y vuelve a sostener una idea por más de dos minutos.
- Apareció tiempo real, no teórico. Pasear, leer, conversar, entrenar, cocinar: todo eso vuelve a caber en el día.
- Bajó el ruido mental. Ninguna noticia, mensaje o tendencia me alteraba el ánimo sin que yo lo eligiera.
- Volvió la creatividad. Cuando tienes tiempo para divagar, aparecen ideas que antes no tenían dónde nacer.
- Reconecté con lo mío. Lectura, gimnasio, música, DJ, proyectos personales: ocuparon el lugar que antes tenía el feed.
Lo difícil
- La sensación de «me estoy perdiendo algo» es real y aparece seguido. No desaparece del todo, pero se vuelve manejable con el tiempo.
- Me vi las manías de frente. Desbloqueaba el teléfono sin ningún motivo. Ahí entendí cuánto me habían moldeado esos hábitos, y cuánto me condicionaban las redes sin que lo notara.
- El aburrimiento apareció de nuevo. Antes lo tapaba con scroll; ahora hay que decidir, con esfuerzo, con qué llenarlo. Ese tiempo libre estaba ahí siempre, solo que enterrado bajo el feed.
Lo inesperado
- Me volví más selectivo con la información. Ya no consumo todo lo que aparece; elijo qué vale la pena.
- Entendí que casi nada de lo que veía me aportaba algo. Era ruido disfrazado de contenido.
- El ánimo se estabilizó. Sin sobresaltos constantes, la mente se aquieta sola.
- La vida social se sintió más real. No necesariamente más grande, pero sí más presente: estoy en la conversación, en la actividad, en el momento. Dejé de vivir a través de fotos y videos para vivir lo que pasa frente a mí.
Tu voto:
#Aburrimiento #Ansiedad #Atención #Autenticidad #Autocontrol #Bienestar #Calma #Celular #Conciencia #Creatividad #Desconexión #Digital #Disciplina #Estilodevida #Foco #Hábitos #Información #Mindfulness #Minimalismo #Presencia #Productividad #Redes #Reflexión #Tecnología #Tiempo -
El tiempo se expande cuando eliminas el feed de las redes sociales
Después de tres semanas sin aplicaciones de redes sociales en el teléfono —Instagram, Twitter, LinkedIn— llegué a una conclusión simple: el tiempo se expande cuando eliminas de la ecuación las visitas constantes a los reels, videos y feeds infinitos. No borré mis cuentas; solo eliminé el acceso directo desde el móvil. Sigo entrando desde el computador para ponerme al día, revisar mensajes o dejar un «like» a amigos y familiares, pero eliminé la posibilidad de estar atento en tiempo real a las novedades que ofrecen los feeds.
La compulsión sigue ahí, aunque las apps no estén
Lo primero que aprendí es que la facilidad de acceso es el corazón del problema. Al quitarla, aparece algo evidente: existe una compulsión de tomar el teléfono cada vez que surge ansiedad, temor, aburrimiento o ganas de procrastinar. Incluso sabiendo que las aplicaciones no están instaladas, la mano va al teléfono igual. Ese gesto automático revela un hábito arraigado que moldea la conducta.
Varias veces tomé el teléfono sin un objetivo claro, solo para calmar una inquietud interna. La ausencia de redes deja en evidencia que el impulso no viene del contenido, sino de la necesidad de regular emociones. Las redes sociales se aprovechan de esa compulsión: ofrecen un alivio rápido, pero superficial.
Con el tiempo entendí que el alivio nunca estuvo en el scroll. Cuando desbloqueas el teléfono y no encuentras la app, descubres que esa calma momentánea era falsa: los problemas siguen afuera. «Entendí que el alivio tampoco venía de ahí.» La dopamina del scroll no resuelve nada; solo tapa.
Por eso me propuse una meta concreta: «que el acto de voluntad para entrar sea todavía más difícil que el acto de salir.» No se trata de tener más fuerza de voluntad en el momento, sino de diseñar el sistema —sin apps, sin acceso directo— para no necesitarla.
El vacío inicial es una oportunidad
Cuando eliminas las redes, aparece un vacío que antes llenabas con estímulos. Ese vacío, lejos de ser incómodo, se transforma en oportunidad. «Ese vacío se transforma en oportunidades para hacer cosas diferentes.» Es el inicio de la presencia.
Al no perder minutos en videos sin sentido, surge espacio mental real. «Ese espacio libre aparece y puedes poner foco en lo que realmente te interesa.» Ese tiempo lo he usado para actividades más terrenales: pasear, aprender, conversar, leer, ejercitarse, almorzar atento a la conversación.
La ansiedad persiste, pero se vuelve manejable. La compulsión por ver likes, noticias o reels no desaparece de inmediato, pero deja de gobernar la conducta. «No he bajado del todo ese nerviosismo persistente… pero sí noto que tengo más tiempo disponible.» La necesidad de revisar el teléfono se vuelve visible, y por lo tanto, trabajable.
También descubrí que la presencia mejora cuando el celular sale de la mesa. Un gesto simple cambia la calidad de la experiencia. «Dejar el celular lejos de la mesa del comedor… ayuda a estar presente.» La distancia física crea distancia mental.
Lo que más ha costado
Controlar la necesidad de conectarme. Incluso sin apps, aparece el hábito de buscar scroll en YouTube o Instagram web. «Abrir el navegador y buscar algún tipo de scroll.» La compulsión migra; hay que vigilarla.
Salir cuesta más que entrar. «Salir cuesta más que entrar; es un acto que se siente casi violento.» Esto demuestra que el problema no es la red social: es el circuito de recompensa.
La versión web, por suerte, es menos adictiva. «El contenido que aparece en la versión web es menos adictivo.» Esa incomodidad permite mantener un uso mínimo y consciente. Incluso ahí noto matices: entrar a Facebook es solo costumbre, aburrimiento puro; entrar a Instagram tiene un motivo puntual —saber de amigos y familiares—, y el resto ya no me interesa. Cuando el impulso tiene nombre y apellido, es mucho más fácil ponerle límite.
La tentación con un teléfono nuevo
Cambié a un nuevo teléfono móvil. Apenas lo encendí sentí la tentación de reinstalar las redes sociales, con la excusa de «aprovechar la potencia del equipo». Pero la potencia real de un teléfono nuevo está en otra parte: grabar video, tomar fotos, mezclar música, correr juegos, almacenar rápido. Para redes sociales, en cambio, da lo mismo el equipo que se use. Ese momento confirmó lo que había aprendido la primera semana: el problema nunca fue el contenido ni el dispositivo, fue tener la puerta abierta.
Lo que entendí al final
No necesitas saber todo al minuto. «No es necesario saberlo al minuto. Menos tensión.» Ese dato urgente no suma nada a mi vida; solo quita tiempo. No necesito enterarme de inmediato de accidentes, robos, choques o incendios: igual termino sabiendo porque alguien lo comenta en una conversación. Digo «no lo sabía» y listo. No pasa nada. La urgencia informativa es una ilusión creada por el algoritmo.
Mirando hacia atrás, después de tres semanas, veo con claridad que las redes moldean comportamientos artificiales. «La gente hace cosas extrañas para responder a las reglas ocultas del algoritmo»: fotos de playa todos los días aunque estén trabajando, sonrisas permanentes como si la vida fuera una vacación eterna. La prueba más clara la vi de lejos, una madrugada de semana: alguien se levantó a la una de la mañana a grabar un auto incendiado y chocado, le puso un logo de «Noticias» y narró el video como si fuera un reportero. Todo ese esfuerzo, a esa hora, por algo que se podía ver al día siguiente sin ninguna pérdida. Esa presión invisible empuja a actuar de maneras que no existirían sin ella, y que tampoco elegiría si me detuviera a pensarlo. Al final, la lección no fue dejar de usar redes sociales, sino recuperar el control sobre cuándo y cómo entrar en ellas. El tiempo que antes se filtraba en scrolls de tres minutos —repetidos veinte, treinta veces al día— hoy aparece como un bloque disponible: para leer, para entrenar, para estar presente en una conversación sin revisar el teléfono por debajo de la mesa. Ese es el hallazgo central de estas tres semanas: el tiempo no se administra mejor a punta de fuerza de voluntad, se expande solo cuando eliminas la fricción que lo consumía sin que lo notaras.
Tu voto:
#adicción #algoritmo #ansiedad #Atención #autocontrol #bienestar #celular #compulsión #conciencia #desconexión #digital #Disciplina #dopamina #foco #hábito #hábitos #mindfulness #minimalismo #presencia #productividad #redes #Reflexión #scroll #tecnología #tiempo -
No último final de semana, primeiro de agosto, realizamos no LHC o segundo encontro do Grande Colisor de Cabos: Dia da Infra 🛠️⚡
Continuando o que foi feito na primeira edição, agora trabalhando no planejamento e organização da infraestrutura de rede do hackerspace.
Nivelamos algumas ideias para o próximo CoffeeOps, além dos acessos dos participantes à nossa instância do Headscale, uma versão aberta e open-source do Tailscale.
Conectando e configurando também grupos e acessos em nosso Forgejo, uma plataforma para armazenar, organizar e colaborar em projetos de código-fonte. Uma alternativa livre ao GitHub.
Apresentamos algumas ferramentas que utilizamos para monitoramento de equipamentos.
Foram trabalhadas durante o encontro formas de conectar e usar acessos tanto via Tailscale nos homelabs pessoais quanto no Headscale para acessar recursos do hackerspace.
Criada alternativas para acessos às redes distintas. Claro, com um bom café e papo descontraído. Agradecemos aos participantes.
Quer aprender na prática ou somar nos próximos mutirões e projetos? O LHC é mantido de forma 100% comunitária e nossas portas estão abertas.
Acompanhe os detalhes, fotos e discussões desta edição no nosso fórum e fique de olho na agenda para os próximos encontros!
📅 Agenda de eventos: https://eventos.lhc.net.br/
💬 Tópico no Fórum: https://discourse.lhc.net.br/t/2026-08-01-grande-colisor-de-cabos-dia-da-infra-laborat%C3%B3rio-hacker-de-campinas/1548/5
#Hackerspace #CulturaMaker #Infraestrutura #Redes #Campinas #LHC #Comunidade #DIY #DIT #OpenSource #DiaDaInfra #GrandeColisorDeCabos
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ECA Digital tem problemas, mas já protege crianças.
- bsapub
https://apublica.org/2026/07/eca-digital-tem-problemas-mas-ja-protege-criancas/
#Portugus #Infnciaejuventude #Justia #Redes #Tecnologia -
Solicito el saber de los mastodontes:
Estoy llegando a cierto punto crítico en mi mudanza y me planteo montar una BUENA red interna, para lo cual quiero hacer una buena separación de redes para cada uso.
Vamos, que estoy oteando un Firewall para configurarme desde VLANs hasta accesos remotos.
Alguna recomendación para FW apañao? Soy todo oidos.P.S: Si por mi fuera me pillaba un Fortinet 60D o algo así (que tengo mucha experiencia con ellos), pero también se que sin licencia no voy a poder hacer prácticamente nada de gestion de VLANs y VPNs.
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Garbage Collector especial: FujiNET
https://retropolis.com.br/2026/07/24/garbage-collector-especial-fujinet/
#MundoRetro #AppleII #AppleIII #atari #Atari2600 #Atari8bits #AtariLynx #BallyAstrocade #BBCMicro #ColecoAdam #Commodore64 #ESP32 #FujiNet #GarbageCollector #GoogleDrive #Intellivision #Jogos #MSDOS #MSX #multiplayer #NECPC6001 #rede #redes #TRS80ColorComputer #videogame #WiFi #ZXSpectrum
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Un enfoque basado en la ingeniería de modelos para la #migración de #redes #neuronales (ej. de #TensorFlow a #Pytorch)
Pruébalo en BESSER (donde, recuerda, tienes un editor para dibujar y generar tus propias redes!). Siempre todo #gratis y #opensource
https://ingenieriadesoftware.es/migracion-de-redes-neuronales/
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Les invito a leer una nueva entrada en:
gemini://systemfailure.subnet.city/consumidos.gmi"Inmersos y atrapados, así estamos extasiados consumiendo no contenido, sino más bien nuestras vidas en algo tan mundano que vistos desde una perspectiva anterior nunca lo hubiéramos imaginado.".
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Alta de componentes afeta de forma negativa resultados da Ericsson
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Copa da vergonha
Racismo dispara na Copa de 2026; FIFA registra quase 10 mil ataques em redes sociais
#racismo #fascismo #xenofobia #corrupcao #redes #worldCup
https://iclnoticias.com.br/copa-2026-10-mil-ataques-racistas-diz-fifa/ -
Lo bueno de las redes sociales respecto de la vida real.
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La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
Es la gamificación.
Todo tiene una barra de progreso.
Todo tiene un nivel.
Todo tiene una insignia.
Todo tiene una racha.
Todo tiene un contador.
Ya no aprendemos idiomas.
Mantenemos llamas virtuales.
Ya no hacemos ejercicio.
Cerramos anillos.
Ya no compartimos fotografías.
Perseguimos alcance.
Ya no escribimos.
Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
Respondemos notificaciones.
Todo parece un juego.
Nada parece una cárcel.
Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.
Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.
Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.
Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.
Todo el mundo aprendió la misma lección:
No vendas resultados.
Vende indicadores.
La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.
Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
Otra presume leer cien libros al año.
Perfecto.
¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?
Otra presume diez mil seguidores.
Perfecto.
¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?
Vivimos enamorados del marcador.
Olvidamos mirar el partido.
Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
#AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad -
Inteligência Artificial pressiona e redes brasileiras se aproximam do limite
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Llegó la hora de organizar el canal de #YouTube de #JuncoTIC con algunas playlists para que les resulte más simple visualizar el contenido bajo algunos criterios de agrupación...
Ni bien esté todo ordenado les aviso!
Mientras, pueden ver los casi 170 videos desordenados acá, y dejar sus comentarios 👇😜
https://www.youtube.com/juncotic
(sí, en algún momento tengo que cargar el contendio en peertube, ando con poco tiempo para mantenerlo)
#gnu #linux #ciberseguridad #redes #tcpip #hardening #terminal
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Cuando “influencer” dejó de ser un elogio
Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.
Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.
Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.
@elmandelacamara
#algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño. -
La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
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Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
Brecha masiva en Fortinet: credenciales en texto plano de ~74.000 equipos en 194 países; atacantes rusohablantes entraron en grandes orgs. Urge revisar redes. https://aidoo.news/noticia/65JPmZ
#Infosec #BrechaDeDatos #SeguridadInformatica #Redes #ActiveDirectory
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El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo
Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.
No era mi cuenta.
Era una que había creado para mi mamá.
Se llamaba El Ganchillo de Gloria.
Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.
No funcionó.
Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.
Instagram nunca vendió un solo tejido.
Ni uno.
Los que sí compraron fueron los vecinos.
Los amigos.
Los amigos de los amigos.
La gente que conocía a mi mamá.
La gente que había visto su trabajo en persona.
La gente real.
La Matrix no compró una mierda.
Durante años nos vendieron una historia muy seductora.
Que cualquiera podía abrir una cuenta.
Que cualquiera podía construir una audiencia.
Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.
Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.
Pero la realidad fue mucho menos romántica.
La gente da likes.
La gente comenta.
La gente comparte.
La gente dice que ama lo artesanal.
Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.
Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.
Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.
Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.
Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.
No estaban vendiendo lana.
Estaban vendiendo tiempo.
Experiencia.
Paciencia.
Trabajo humano.
Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.
No preguntan cuánto demoró hacerlo.
Preguntan cuánto descuento les van a hacer.
Y si son amigos, esperan un descuento.
Y si son amigos cercanos, esperan otro.
Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.
El problema nunca fue el crochet.
El problema fue creer que Instagram era la solución.
Yo también compré esa fantasía.
Creí que estar en redes significaba vender.
Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.
Creí que el algoritmo podía crear clientes.
Y estaba equivocado.
Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.
Sentí que estaba enterrando una ilusión.
La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.
No lo hacen.
Premian muchas otras cosas.
La atención.
La repetición.
La publicidad.
La suerte.
A veces el escándalo.
A veces el humo.
Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.
Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.
Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.
Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.
Diez.
Y los amo.
Quizá Instagram desaparezca algún día.
Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.
Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.
Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.
Seguirán contando una historia.
La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.
La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.
Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:
el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.
La cuenta fue desactivada.
La fantasía murió.
Pero los tejidos sobrevivieron.
Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.
Operador de cámara.
Viejo.
Cansado.
Obsoleto.
Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.
Amante del crochet de mamá.
Desilusionado de eso que llaman amistad.
Cansado de nadar contra la corriente.
Solo la mayor parte del tiempo.
Libre de la Matrix casi siempre.
Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.
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