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  1. SIP otorgará el Gran Premio Chapultepec 2026 a la Sala Constitucional de Costa Rica

    La SIP otorgará el Gran Premio Chapultepec 2026 a la Sala Constitucional de Costa Rica por su defensa de la libertad de prensa, el pluralismo informativo y el derecho ciudadano a recibir información independiente.

    Por José Víctor Rodríguez | Reportero                                                        

    La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) otorgará el Gran Premio Chapultepec 2026 a la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia de Costa Rica (Sala IV), en reconocimiento a su defensa de la libertad de expresión, la libertad de prensa y el derecho ciudadano a recibir información plural e independiente.

    La organización periodística consideró que diversos fallos emitidos por la Sala IV en los últimos años fortalecieron las garantías para ejercer el periodismo y consolidaron una jurisprudencia de referencia en materia de libertad de expresión en las Américas.

    La distinción será entregada durante la 82ª Asamblea General de la SIP, que se realizará del 22 al 25 de octubre de 2026 en Bogotá, Colombia. El encuentro reunirá a representantes de medios y organizaciones periodísticas del continente.

    ¿Por qué la Sala Constitucional recibirá el Gran Premio Chapultepec?

    La SIP tomó en cuenta resoluciones de la Sala IV que protegieron a periodistas frente a actos de hostigamiento y restricciones impuestas por autoridades gubernamentales durante conferencias de prensa.

    También valoró una sentencia mediante la cual el tribunal constitucional anuló el proceso concursal para asignar frecuencias de radio y televisión, al considerar que el mecanismo comprometía el pluralismo informativo y el interés público.

    La resolución corresponde a la sentencia 2026-007626, emitida el 27 de febrero de 2026. La Superintendencia de Telecomunicaciones (Sutel) confirmó que la decisión dejó sin efecto el proceso para otorgar concesiones del espectro radioeléctrico destinadas a servicios de radiodifusión sonora en AM, FM y televisión abierta.

    El tribunal había analizado cuestionamientos relacionados con los criterios establecidos para la adjudicación de frecuencias y con el riesgo de favorecer la concentración del espectro en grandes operadores, en detrimento de medios pequeños, comunitarios, religiosos y regionales.

    SIP reconoce independencia judicial y libertad de prensa

    El presidente de la SIP, Pierre Manigault, señaló que las decisiones de la Sala Constitucional representan un ejemplo del papel que puede desempeñar una justicia independiente en la protección de la libertad de prensa y del derecho de la ciudadanía a mantenerse informada.

    Manigault sostuvo que la jurisprudencia del tribunal costarricense confirma la relación entre la protección de las libertades informativas, el Estado de Derecho y la democracia.

    La SIP también tomó en cuenta otros precedentes de la Sala IV en los que se rechazaron mecanismos de presión indirecta contra medios de comunicación y se reafirmó la obligación de las instituciones públicas de respetar el libre flujo de información.

    Para la organización, el reconocimiento adquiere especial relevancia ante las presiones que enfrenta la libertad de prensa en distintos países de América. La independencia judicial y la capacidad de los tribunales para garantizar derechos fundamentales constituyen, en ese contexto, elementos centrales para preservar las garantías democráticas.

    Premio se entregará en Bogotá

    La ceremonia del Gran Premio Chapultepec 2026 se realizará durante la Asamblea General de la SIP en Bogotá, Colombia, del 22 al 25 de octubre.

    La SIP informó que su 82ª Asamblea General contará con una agenda dedicada a los principales desafíos del periodismo y los medios de comunicación en las Américas. La organización reúne a más de mil 300 publicaciones del hemisferio occidental y tiene su sede en Miami, Florida.

    El Gran Premio Chapultepec reconoce a personas e instituciones que realizan aportaciones significativas a favor de la libertad de prensa y de expresión.

    Entre quienes han recibido anteriormente la distinción figuran el Comité para la Protección de Periodistas (CPJ), Martin Baron, exdirector ejecutivo de The Washington Post; el Reporters Committee for Freedom of the Press; Alberto Ibargüen, expresidente y CEO de la Fundación Knight; la jurista colombiana Catalina Botero; el escritor y Nobel Mario Vargas Llosa; el defensor de derechos humanos José Miguel Vivanco y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. –sn–

    Sociedad Noticias

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  2. Gustavo Petro se despide de la Presidencia de Colombia y entrega el poder a Abelardo de la Espriella

    Petro se despide de la Casa de Nariño en su último acto como presidente de Colombia.

    SN Redacción | EFE

    Bogotá.- El presidente de Colombia, Gustavo Petro, salió este viernes por última vez de la Casa de Nariño, en un acto solemne con el que pone fin a su mandato de cuatro años, para ser sucedido por el ultraderechista Abelardo de la Espriella.

    «Hasta siempre. Libertad y vida. Siempre, siempre y siempre. Gracias por haberme acompañado, soldados por haberme cuidado. Creo que ustedes salen mejor que cuando yo entré. Así que ¡viva Colombia libre!», dijo Petro, vestido de blanco y de la mano de su hija menor, Antonella, en las escalinatas de la Casa de Nariño, antes de recibir un último homenaje militar en la Plaza de Armas.

    Petro atravesó la plaza acompañado por su gabinete, del que solo faltaba el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino, porque se encuentra en Barranquilla acompañando al senador Iván Cepeda en un plantón contra la investidura de De la Espriella, pues nadie del partido oficialista, el Pacto Histórico, reconoce la victoria del ultraderechista y sus integrantes aseguran que en las elecciones hubo fraude.

    Antes de abandonar la sede presidencial, Petro difundió en sus redes sociales un video en el que Antonella lee una carta de despedida al personal que trabajó en la Casa de Nariño durante estos cuatro años, a quienes agradece su labor y acompañamiento.

    «Esto no es un adiós, es un hasta pronto», dice en el mensaje.

    «A todo el personal que nos ha ayudado, cuidado y acompañado en estos últimos años, queremos extenderles nuestro más profundo agradecimiento», lee Antonella.

    La llegada de De la Espriella

    Petro no dio anoche el tradicional mensaje de despedida al país, como sí lo hicieron sus antecesores, quizá porque ha prometido volver como jefe de la oposición, después de tomar unas vacaciones.

    El presidente saliente y el entrante nunca se reunieron para hablar de la transferencia del poder, lo que ha dificultado el cambio de Gobierno, y De la Espriella ya anunció que no pisará la Casa de Nariño, que convertirá en un museo, porque gobernará desde las regiones, principalmente en Barranquilla, Cali y Medellín.

    La ceremonia de investidura, a la cual asistirán el rey Felipe VI de España y al menos ocho presidentes latinoamericanos, marca también una ruptura con las formas y la tradición porque se celebrará en la Arena USC, auditorio de la Universidad Santiago de Cali, en vez del Salón Elíptico del Capitolio, sede del Legislativo, o en la adyacente Plaza de Bolívar de Bogotá.

    De la Espriella, que llega al poder decidido a romper todos los moldes, decidió cambiar a última hora otra tradición y, después de recibir la banda presidencial y jurar el cargo, no pronunciará el discurso ante las autoridades e invitados reunidos en la Arena USC sino que se trasladará al Batallón Pichincha del Ejército, donde hablará por primera vez al país como presidente y con los jefes de las Fuerzas Militares como testigos. –sn–

    El presidente saliente de Colombia, Gustavo Petro (c), habla junto a sus hijos, Antonella (i) y Nicolas Petro (d), en un acto solemne con el pone fin a su mandato de cuatro años, este viernes en Bogotá (Colombia). EFE/ Carlos Ortega

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  3. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  4. Hablábamos español y él respondía en política

    No escribo esto porque Jaimito sea un hijueputa.

    Tampoco porque yo sea una víctima.

    Lo escribo porque después de cuarenta y dos años viendo gente, uno empieza a notar patrones.

    Y algunos patrones cansan.

    Conocí a Jaimito hace años.

    Trabajamos juntos.

    Compartimos proyectos.

    Favores.

    Trasteos.

    Conversaciones.

    Tiempo.

    Lo ayudé cuando pude.

    Me ayudó cuando pudo.

    Como cualquier amistad normal entre dos obreros del audiovisual intentando sobrevivir en un país donde la estabilidad laboral parece una leyenda urbana.

    El problema nunca fue la amistad.

    El problema fue que con el tiempo descubrí que hablábamos idiomas distintos.

    Yo hablaba español.

    Él respondía en política.

    Yo hablaba de una mesa hecha con una señal de PARE.

    Terminábamos hablando de presidentes.

    Yo hablaba de trabajo.

    Terminábamos hablando de gobiernos.

    Yo hablaba de clientes.

    Terminábamos hablando de reformas.

    Yo hablaba de personas.

    Terminábamos hablando de ideologías.

    Y así durante años.

    Al principio uno debate.

    Después escucha.

    Luego sonríe.

    Finalmente se cansa.

    No porque el otro piense distinto.

    Porque cualquier conversación termina secuestrada por la misma obsesión.

    Llegó un momento en que ya no importaba el tema.

    Todo desembocaba en política.

    Todo tenía un culpable.

    Todo tenía una explicación ideológica.

    Todo tenía un enemigo.

    Y yo cada vez estaba más lejos de esa película.

    La plandemia me dejó muchas cosas.

    Una de ellas fue una profunda desconfianza hacia las certezas absolutas.

    Vi expertos equivocarse.

    Vi gobiernos equivocarse.

    Vi periodistas equivocarse.

    Vi conspiranoicos equivocarse.

    Vi gente inteligente actuar como idiota.

    Y vi idiotas convencidos de ser genios.

    Después de sobrevivir a todo eso me quedó muy poco entusiasmo para volver a meterme en trincheras políticas.

    Mientras otros discutían candidatos, yo estaba intentando pagar facturas.

    Mientras otros discutían reformas, yo estaba operando cámara.

    Mientras otros discutían revoluciones, yo estaba digitalizando VHS.

    Mientras otros discutían el futuro del país, yo estaba intentando sobrevivir el presente.

    Y aquí aparece otro fenómeno.

    La distancia entre el relato y la realidad.

    Durante años escuché historias.

    Planes.

    Negocios.

    Contactos.

    Oportunidades.

    Viajes.

    Promesas.

    Emprendimientos.

    Canadá.

    México.

    La ONU.

    Fortunas futuras.

    Y con el tiempo aprendí algo maravilloso:

    La realidad siempre llega a cobrar.

    Jaimito estudió administración de algo.

    Ya ni me acuerdo exactamente de qué era la vaina.

    Lo que sí recuerdo perfectamente era la promesa.

    En aquella época parecía que estaba a semanas de convertirse en el Bill Gates de las EPS.

    Iba a dejar el audiovisual.

    Iba a forrarse.

    Iba a despegar.

    Años después seguíamos sobreviviendo en el mismo planeta.

    Luego llegaron los negocios.

    El café.

    El bar.

    Las oportunidades.

    Los emprendimientos.

    Las ideas brillantes.

    Los proyectos espectaculares.

    Siempre había algo a punto de ocurrir.

    Siempre.

    Y después aparecía una pequeña dificultad llamada realidad.

    Mi favorita sigue siendo la época de los viajes.

    Diciembre de 2021.

    Escuché que uno se iba para Canadá.

    Escuché que otro se iba para México.

    La forma en que lo contaban hacía pensar que ya tenían las maletas listas y el pasabordo en la mano.

    Estamos varios años después.

    Sigo esperando.

    Mi mamá incluso propuso una teoría más razonable.

    Que de pronto México era un barrio de Funza.

    Canadá todavía no aparece en el mapa.

    Después llegó la ONU.

    Durante una grabación en plena plandemia parecía que algunos estaban a dos llamadas de convertirse en diplomáticos internacionales.

    Años después una funcionaria me llamó para trabajar.

    Ni siquiera sabía quién era.

    No tenía guardado el contacto.

    No tenía estrategia.

    No tenía networking.

    Solo sonó el teléfono.

    Necesitaban camarógrafo.

    Acepté.

    Trabajé.

    Cobré.

    Fin de la historia.

    Cuando lo conté, apareció otra vez el relato.

    — Yo tengo a las de la ONU.

    Claro.

    Cómo no.

    El problema es que para entonces ya vivía conmigo una criatura especial.

    El mono de los platillos.

    🐒🥁🥁🥁

    No siempre estuvo ahí.

    Fue entrenado.

    Pacientemente.

    Con años de exposición a promesas, contactos, discursos, ideologías, negocios milagrosos y relatos extraordinarios.

    Al principio discutía.

    Después analizaba.

    Ahora simplemente escucha.

    Y toca.

    Cada vez que alguien anuncia una revolución personal.

    Cada vez que alguien está a punto de volverse millonario.

    Cada vez que alguien conoce a medio planeta.

    Cada vez que alguien va a cambiar su vida para siempre.

    El mono toca.

    Y espera.

    Espera seis meses.

    Un año.

    Dos años.

    Y luego revisa los resultados.

    No por maldad.

    Por método científico.

    Porque la realidad suele hablar más bajito que las promesas.

    Con el tiempo descubrí algo incómodo.

    La mayoría de las personas no miente.

    La mayoría exagera.

    Se cuentan una versión optimista de sí mismas.

    Y luego terminan creyéndola.

    Por eso dejé de discutir.

    No necesito demostrar que alguien está equivocado.

    El tiempo hace ese trabajo gratis.

    También descubrí otra cosa.

    Jamás he visto a un político pagarme una factura.

    Jamás he visto a un político cargarme una cámara.

    Jamás he visto a un político rescatarme un proyecto.

    Jamás he visto a un político digitalizarme un VHS.

    Los que han hecho eso han sido personas normales.

    Clase obrera.

    Gente que madruga.

    Gente que trabaja.

    Gente que también llega cansada a la casa.

    Por eso siempre me pareció absurdo que personas que viven prácticamente la misma vida terminaran convertidas en enemigos por defender políticos que jamás los llamarían por teléfono.

    Nunca entendí esa necesidad.

    Y mientras más años pasan, menos la entiendo.

    Jamás pondría un presidente por encima de una amistad.

    Jamás pondría una campaña por encima de una persona.

    Jamás.

    Porque después de las elecciones la vida sigue.

    Las facturas siguen.

    Los trabajos siguen.

    Los problemas siguen.

    Y la clase obrera sigue siendo clase obrera.

    Lo más curioso es que muchos de los que me trataban como exagerado terminaron haciendo cosas parecidas a las mías.

    Cerrar redes.

    Reducir ruido.

    Alejarse de discusiones inútiles.

    Buscar tranquilidad.

    No porque yo tuviera razón.

    Porque el agotamiento eventualmente alcanza a todo el mundo.

    Y quizá ahí está el centro de esta historia.

    No me cansé de Jaimito.

    Me cansé del ruido.

    Me cansé de las campañas eternas.

    Me cansé de las promesas recicladas.

    Me cansé de los relatos imposibles.

    Me cansé de los vendehumos.

    Me cansé de los algoritmos.

    Me cansé de la competencia imaginaria.

    Me cansé de la necesidad permanente de aparentar.

    Y cuando uno se cansa de todo eso, empieza a valorar algo muy simple.

    Los hechos.

    El cliente llamó o no llamó.

    El proyecto salió o no salió.

    El pago llegó o no llegó.

    El avión despegó o no despegó.

    Todo lo demás es conversación.

    Y a mis cuarenta y dos años ya escuché suficiente conversación para varias vidas.

    Por eso observo más de lo que discuto.

    Porque descubrí algo que me habría ahorrado muchos dolores de cabeza:

    La realidad no necesita que uno la defienda.

    La realidad siempre termina hablando sola.

    ¡Jaimito y Diegote nunca volverán a verse!

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Cansado, obsoleto, observador y guardando silencio.

    Después de cuarenta y dos años, el mono de los platillos tenía razón.

    Nota del autor:

    El nombre de los personajes ha sido cambiado para proteger a las víctimas.

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