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#elmandelacamara — Public Fediverse posts

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  1. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  2. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  3. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  4. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  5. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  6. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  7. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  8. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  9. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

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  10. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

    #Abelardo #Bogotá #Cali #Caliwood #Chocó #ciencia #Colombia #desinformación #dignidad #EjeCafetero #ElMandeLaCámara #elmandelacamara #Ensayo #factChecking #fanatismo #geología #humanidad #Ideologías #inteligenciaArtificial #izquierdaYDerecha #Manizales #naturaleza #noticiasFalsas #Opinión #pacto #pensamientoCrítico #Pereira #petro #polarizaciónPolítica #Política #Reflexión #sismo #Sociedad #temblor #terremoto #Uribe #verificaciónDeInformación #Zoociedad
  11. El mensaje que no era político

    Hace unos días le escribí a un amigo.

    O a alguien que todavía considero amigo, aunque la vida moderna parezca empeñada en convertir a todo el mundo en adversario.

    No le escribí para hablar de política.

    Ya hay suficiente gente haciendo eso gratis.

    Le escribí porque me di cuenta de algo incómodo.

    Extrañaba más los rodajes que las discusiones.

    Extrañaba más los proyectos que los discursos.

    Extrañaba más las risas que tener la razón.

    Porque al final de los años no recordé quién defendía a quién.

    Recordé los trasteos imposibles bajo la lluvia.

    Los cafés.

    Los cigarrillos.

    Las jornadas eternas.

    Las cámaras.

    Los favores.

    Los momentos en que alguien apareció cuando hacía falta.

    Y eso vale más que cualquier campaña.

    La política cambia cada cuatro años.

    Los algoritmos cada seis meses.

    Las indignaciones cada semana.

    Pero las personas que estuvieron cuando había que cargar cajas, empujar proyectos o resolver problemas reales son más difíciles de reemplazar.

    Por eso le escribí.

    No para convencerlo.

    No para cambiarlo.

    No para pedirle nada.

    Solo para recordarle que antes de ser consumidores de opiniones fuimos amigos.

    Y porque a mis cuarenta y dos años ya estoy demasiado viejo para seguir cambiando personas por discusiones.

    @elmandelacamara

    Obsoleto. Observador. Operario de cámara.

    Todavía creyendo más en los proyectos que en los discursos. 📹☕💀

    #amistad #amistadYPolítica #Audiovisual #ausencias #camarógrafo #cansancio #claseObrera #crónicaPersonal #desencuentros #discusionesPolíticas #elmandelacamara #hermanoDeOtraMamá #individualismo #instagram #memoria #mensajes #monoDeLosPlatillos #nostalgia #observador #obsoleto #operarioDeCámara #Política #proyectos #proyectosAntesQueDiscursos #proyectosAudiovisuales #recuerdos #Reflexiones #rodajes #silencio #trabajo #trasteos #vidaAdulta
  12. El país que aplaude a sus amos

    No les voy a mentir:

    Me sabe a mierda la política sudamericana. Cada cuatro años veo el mismo espectáculo: multitudes celebrando o insultando políticos como si fueran salvadores o demonios, mientras la vida cotidiana de la mayoría sigue igual de difícil.

    Obreros, empleados, independientes, desempleados, todos discutiendo entre ellos por personas que rara vez conocen sus problemas reales. Mientras tanto, los nuevos ocupantes de los cargos llegan, se acomodan en oficinas con aire acondicionado, hablan de cambio, prometen futuro y empiezan a disfrutar de privilegios que la mayoría de quienes los eligieron jamás tendrá.

    Lo que más me sorprende no es la existencia de políticos ambiciosos. Eso ha pasado siempre. Lo que me sorprende es la fe casi religiosa que todavía despiertan. Como si un nombre distinto en una papeleta fuera a transformar por arte de magia décadas de corrupción, burocracia, desigualdad e incompetencia.

    Y así continúa la función: unos aplauden, otros abuchean, todos pelean. Cambian los rostros, cambian los partidos, cambian los discursos. El ciudadano común sigue madrugando, trabajando, pagando cuentas y esperando que esta vez sí llegue el milagro.

    El político cambia.

    El circo permanece.

    @elmandelacamara

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