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  1. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

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  2. La Tierra no vota

    Cada cierto tiempo la naturaleza nos obliga a recordar una verdad incómoda: somos mucho menos importantes de lo que creemos.

    Un temblor sacude una ciudad. Un terremoto destruye carreteras. Una inundación arrastra barrios enteros. Un incendio convierte en cenizas lo que tomó décadas construir.

    Y, sin embargo, seguimos comportándonos como si nuestras etiquetas políticas fueran más importantes que nuestra condición humana.

    La Tierra no distingue entre izquierdas y derechas.

    No perdona conservadores. No castiga progresistas.

    No pregunta por quién votaste en las últimas elecciones ni revisa tu historial de publicaciones en redes sociales.

    Cuando tiembla, tiembla para todos.

    El concreto cae con la misma indiferencia sobre creyentes y ateos, ricos y pobres, liberales y conservadores. La naturaleza no reconoce las fronteras ideológicas que hemos levantado para separarnos unos de otros.

    Mientras una parte del país intenta entender los daños de un sismo, no faltan quienes convierten cualquier tragedia en una oportunidad para defender a un político, atacar a otro o repetir consignas partidistas.

    Como si la realidad tuviera obligación de obedecer nuestras preferencias.

    Pero la realidad es más brutal.

    Un terremoto no negocia.

    Una inundación no debate.

    Un huracán no participa en campañas electorales.

    La naturaleza simplemente ocurre.

    Quizás por eso los desastres nos resultan tan incómodos: porque nos recuerdan que, debajo de las banderas, los partidos, las ideologías y las consignas, seguimos siendo una especie vulnerable viviendo sobre una roca que gira alrededor de una estrella.

    Una roca que, de vez en cuando, se mueve.

    Y cuando lo hace, deja al descubierto algo que muchos prefieren ignorar:

    compartimos mucho más de lo que nos separa.

    Tal vez el problema nunca fue la izquierda o la derecha.

    Tal vez el problema sea haber olvidado que, antes que militantes, seguidores o fanáticos, somos seres humanos.

    Y la Tierra, afortunadamente, sigue sin votar.

    Mientras ustedes siguen divididos entre izquierdas, derechas y otras pollas en vinagre, la Tierra les recuerda que debajo de los pies todos pisan el mismo suelo. 😏🫰🏽

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  3. El mensaje que no era político

    Hace unos días le escribí a un amigo.

    O a alguien que todavía considero amigo, aunque la vida moderna parezca empeñada en convertir a todo el mundo en adversario.

    No le escribí para hablar de política.

    Ya hay suficiente gente haciendo eso gratis.

    Le escribí porque me di cuenta de algo incómodo.

    Extrañaba más los rodajes que las discusiones.

    Extrañaba más los proyectos que los discursos.

    Extrañaba más las risas que tener la razón.

    Porque al final de los años no recordé quién defendía a quién.

    Recordé los trasteos imposibles bajo la lluvia.

    Los cafés.

    Los cigarrillos.

    Las jornadas eternas.

    Las cámaras.

    Los favores.

    Los momentos en que alguien apareció cuando hacía falta.

    Y eso vale más que cualquier campaña.

    La política cambia cada cuatro años.

    Los algoritmos cada seis meses.

    Las indignaciones cada semana.

    Pero las personas que estuvieron cuando había que cargar cajas, empujar proyectos o resolver problemas reales son más difíciles de reemplazar.

    Por eso le escribí.

    No para convencerlo.

    No para cambiarlo.

    No para pedirle nada.

    Solo para recordarle que antes de ser consumidores de opiniones fuimos amigos.

    Y porque a mis cuarenta y dos años ya estoy demasiado viejo para seguir cambiando personas por discusiones.

    @elmandelacamara

    Obsoleto. Observador. Operario de cámara.

    Todavía creyendo más en los proyectos que en los discursos. 📹☕💀

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  4. El país que aplaude a sus amos

    No les voy a mentir:

    Me sabe a mierda la política sudamericana. Cada cuatro años veo el mismo espectáculo: multitudes celebrando o insultando políticos como si fueran salvadores o demonios, mientras la vida cotidiana de la mayoría sigue igual de difícil.

    Obreros, empleados, independientes, desempleados, todos discutiendo entre ellos por personas que rara vez conocen sus problemas reales. Mientras tanto, los nuevos ocupantes de los cargos llegan, se acomodan en oficinas con aire acondicionado, hablan de cambio, prometen futuro y empiezan a disfrutar de privilegios que la mayoría de quienes los eligieron jamás tendrá.

    Lo que más me sorprende no es la existencia de políticos ambiciosos. Eso ha pasado siempre. Lo que me sorprende es la fe casi religiosa que todavía despiertan. Como si un nombre distinto en una papeleta fuera a transformar por arte de magia décadas de corrupción, burocracia, desigualdad e incompetencia.

    Y así continúa la función: unos aplauden, otros abuchean, todos pelean. Cambian los rostros, cambian los partidos, cambian los discursos. El ciudadano común sigue madrugando, trabajando, pagando cuentas y esperando que esta vez sí llegue el milagro.

    El político cambia.

    El circo permanece.

    @elmandelacamara

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  5. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

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  6. Escuchan los riffs, no las letras

    Siempre me ha causado gracia la gente que escucha Megadeth y sale con el discurso de “firmes por la patria”.

    Ponen Symphony of Destruction a todo volumen.

    Mueven la cabeza.

    Hacen cuernos con la mano.

    Se sienten rebeldes.

    Y luego repiten exactamente los mismos discursos que la canción cuestiona.

    No digo que haya que estar de acuerdo con Dave Mustaine. Ni siquiera él ha sido siempre coherente con sus propias letras.

    Pero es curioso ver cómo muchos escuchan la música y nunca las palabras.

    Escuchan guitarras.

    No escuchan advertencias.

    Escuchan velocidad.

    No escuchan crítica.

    Escuchan rebeldía.

    No escuchan preguntas.

    A veces pienso que si entendieran realmente algunas de las letras que cantan con tanta pasión, terminarían más incómodos que orgullosos.

    Pero supongo que es más fácil agitar una bandera que leer una letra.

    “I don’t care, you can kiss my ass.”

    Y con eso queda resumida gran parte de mi relación con los fanáticos de cualquier dogma, venga de donde venga.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara
    Obsoleto. Cansado. Consciente.

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