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#elmandelacamara — Public Fediverse posts

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  1. El mensaje que no era político

    Hace unos días le escribí a un amigo.

    O a alguien que todavía considero amigo, aunque la vida moderna parezca empeñada en convertir a todo el mundo en adversario.

    No le escribí para hablar de política.

    Ya hay suficiente gente haciendo eso gratis.

    Le escribí porque me di cuenta de algo incómodo.

    Extrañaba más los rodajes que las discusiones.

    Extrañaba más los proyectos que los discursos.

    Extrañaba más las risas que tener la razón.

    Porque al final de los años no recordé quién defendía a quién.

    Recordé los trasteos imposibles bajo la lluvia.

    Los cafés.

    Los cigarrillos.

    Las jornadas eternas.

    Las cámaras.

    Los favores.

    Los momentos en que alguien apareció cuando hacía falta.

    Y eso vale más que cualquier campaña.

    La política cambia cada cuatro años.

    Los algoritmos cada seis meses.

    Las indignaciones cada semana.

    Pero las personas que estuvieron cuando había que cargar cajas, empujar proyectos o resolver problemas reales son más difíciles de reemplazar.

    Por eso le escribí.

    No para convencerlo.

    No para cambiarlo.

    No para pedirle nada.

    Solo para recordarle que antes de ser consumidores de opiniones fuimos amigos.

    Y porque a mis cuarenta y dos años ya estoy demasiado viejo para seguir cambiando personas por discusiones.

    @elmandelacamara

    Obsoleto. Observador. Operario de cámara.

    Todavía creyendo más en los proyectos que en los discursos. 📹☕💀

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  2. El país que aplaude a sus amos

    No les voy a mentir:

    Me sabe a mierda la política sudamericana. Cada cuatro años veo el mismo espectáculo: multitudes celebrando o insultando políticos como si fueran salvadores o demonios, mientras la vida cotidiana de la mayoría sigue igual de difícil.

    Obreros, empleados, independientes, desempleados, todos discutiendo entre ellos por personas que rara vez conocen sus problemas reales. Mientras tanto, los nuevos ocupantes de los cargos llegan, se acomodan en oficinas con aire acondicionado, hablan de cambio, prometen futuro y empiezan a disfrutar de privilegios que la mayoría de quienes los eligieron jamás tendrá.

    Lo que más me sorprende no es la existencia de políticos ambiciosos. Eso ha pasado siempre. Lo que me sorprende es la fe casi religiosa que todavía despiertan. Como si un nombre distinto en una papeleta fuera a transformar por arte de magia décadas de corrupción, burocracia, desigualdad e incompetencia.

    Y así continúa la función: unos aplauden, otros abuchean, todos pelean. Cambian los rostros, cambian los partidos, cambian los discursos. El ciudadano común sigue madrugando, trabajando, pagando cuentas y esperando que esta vez sí llegue el milagro.

    El político cambia.

    El circo permanece.

    @elmandelacamara

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  3. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

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  4. Nací el 3 de octubre de 1983.

    Tenía 10 años cuando asesinaron a Andrés Escobar por un autogol.

    No soy paisa. No soy hincha de Nacional. Y aun así, más de treinta años después, esa historia me sigue doliendo.

    Tal vez porque crecí en una Colombia donde las noticias hablaban de bombas, secuestros, magnicidios y narcotráfico. Tenía 6 años cuando mataron a Luis Carlos Galán, 9 cuando murió Pablo Escobar y 10 cuando asesinaron a Andrés Escobar.

    Desde aquel día empecé a mirar con otros ojos el fútbol colombiano. No dejé de admirar el buen fútbol. Sigo admirando el talento, la inteligencia y la belleza de una jugada bien hecha. Lo que dejé de admirar fue el fanatismo.

    Porque una cosa es disfrutar un deporte y otra convertirlo en una religión tribal.

    Por eso hace años le digo “Secreción BOBOmbia”. No por odio al país, sino por cansancio de ver cómo desperdicia una y otra vez su inteligencia, su talento y su memoria en fanatismos inútiles. Porque aquí todo termina convertido en una barra brava: la política, el fútbol, la religión y ahora hasta las redes ‘sociales’.

    Quizás soy obsoleto. Quizás caduco. Quizás un lagrimón.

    Pero nunca he podido olvidar que en este país mataron a un hombre por un error en una cancha.

    Y quizás por eso tampoco me he tragado jamás los cuentos de caudillos, mesías ni salvadores políticos. He visto pasar gobiernos, discursos, campañas, fanáticos y sectarios de todos los colores. Demasiadas veces la multitud termina comportándose igual; solo cambia la camiseta.

    Algunas heridas no son de fútbol.

    Son de país.

    Y desde el 2 de julio de 1994 entendí que el problema nunca fueron once tipos pateando un balón.

    El problema siempre fueron los fanáticos que creen que una camiseta, una bandera o un político valen más que una vida.

    @elmandelacamara

    Operario de Cámara; Obsoleto. Cansado. Viejo. Fuera del rebaño.

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