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#elmandelacamara — Public Fediverse posts

Live and recent posts from across the Fediverse tagged #elmandelacamara, aggregated by home.social.

  1. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  2. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  3. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  4. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  5. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  6. Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

    #algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
  7. Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

    #algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
  8. Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

    #algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
  9. Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

    #algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
  10. Cuando “influencer” dejó de ser un elogio

    Para mí, todo se fue a la mierda el día en que la plaga adicta al scroll infinito empezó a llamar “influencer” a su ídolo de turno: un infla-cuentas con seguidores comprados, bailes, culos y publicidad disfrazada de personalidad.

    Para mí, esa palabra perdió cualquier prestigio hace años.

    Para el resto de la chusma digital, en cambio, parece ser un título de admiración.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador. Obsoleto. Cansado. Fuera del rebaño.

    #algoritmo #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #consumoDigital #críticaSocial #culturaDigital #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #ensayoBreve #fama #FueraDelRebaño #influencers #instagram #Internet #marketingDigital #opinión #redes #redesSociales #scrollInfinito #seguidores #Sociedad #validaciónSocial #viralidad #Zoociedad
  11. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  12. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  13. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  14. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  15. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

    #adultosMayores #aislamientoSocial #algoritmos #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #cámara #ciudad #Colombia #comportamientoHumano #conexiónHumana #culturaDigital #desconocidos #dignidad #elmandelacamara #empatía #Ensayo #ensayoFotográfico #experiencias #filosofíaCotidiana #fotografíaCallejera #fotografíaDocumental #humanidad #inteligenciaArtificial #invisibles #modernidad #observaciónSocial #observadorUrbano #operadorDeCámara #progreso #redes #Reflexión #relacionesHumanas #restaurantes #smartphones #Sociedad #soledad #streetPhotography #Tecnología #vejez #VidaCotidiana #Zoociedad
  16. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

    #algoritmo #artesanía #autobiografía #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #crochet #crochetDeMamá #crochetHechoAMano #culturaDigital #desilusiónDigital #economíaDigital #elmandelacamara #emprendimiento #Ensayo #familia #fantasíaDelAlgoritmo #filmmaker #fueraDelAlgoritmo #hechoAMano #hijoDeUnaMujerQueTeje #historiaPersonal #instagram #laFantasíaDelAlgoritmo #laMatrixNoCompróUnaMierda #losTejidosSobrevivieron #mamá #memoria #obsoletoPeroFuncional #operadorDeCámara #paleontologíaDigital #redes #redesSociales #Reflexiones #trabajoInvisible #trabajoManual #vidaDigital #vidaReal #Zoociedad
  17. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

    #algoritmo #artesanía #autobiografía #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #crochet #crochetDeMamá #crochetHechoAMano #culturaDigital #desilusiónDigital #economíaDigital #elmandelacamara #emprendimiento #Ensayo #familia #fantasíaDelAlgoritmo #filmmaker #fueraDelAlgoritmo #hechoAMano #hijoDeUnaMujerQueTeje #historiaPersonal #instagram #laFantasíaDelAlgoritmo #laMatrixNoCompróUnaMierda #losTejidosSobrevivieron #mamá #memoria #obsoletoPeroFuncional #operadorDeCámara #paleontologíaDigital #redes #redesSociales #Reflexiones #trabajoInvisible #trabajoManual #vidaDigital #vidaReal #Zoociedad
  18. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

    #algoritmo #artesanía #autobiografía #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #crochet #crochetDeMamá #crochetHechoAMano #culturaDigital #desilusiónDigital #economíaDigital #elmandelacamara #emprendimiento #Ensayo #familia #fantasíaDelAlgoritmo #filmmaker #fueraDelAlgoritmo #hechoAMano #hijoDeUnaMujerQueTeje #historiaPersonal #instagram #laFantasíaDelAlgoritmo #laMatrixNoCompróUnaMierda #losTejidosSobrevivieron #mamá #memoria #obsoletoPeroFuncional #operadorDeCámara #paleontologíaDigital #redes #redesSociales #Reflexiones #trabajoInvisible #trabajoManual #vidaDigital #vidaReal #Zoociedad
  19. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

    #algoritmo #artesanía #autobiografía #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #crochet #crochetDeMamá #crochetHechoAMano #culturaDigital #desilusiónDigital #economíaDigital #elmandelacamara #emprendimiento #Ensayo #familia #fantasíaDelAlgoritmo #filmmaker #fueraDelAlgoritmo #hechoAMano #hijoDeUnaMujerQueTeje #historiaPersonal #instagram #laFantasíaDelAlgoritmo #laMatrixNoCompróUnaMierda #losTejidosSobrevivieron #mamá #memoria #obsoletoPeroFuncional #operadorDeCámara #paleontologíaDigital #redes #redesSociales #Reflexiones #trabajoInvisible #trabajoManual #vidaDigital #vidaReal #Zoociedad
  20. El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo

    Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.

    No era mi cuenta.

    Era una que había creado para mi mamá.

    Se llamaba El Ganchillo de Gloria.

    Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.

    No funcionó.

    Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.

    Instagram nunca vendió un solo tejido.

    Ni uno.

    Los que sí compraron fueron los vecinos.

    Los amigos.

    Los amigos de los amigos.

    La gente que conocía a mi mamá.

    La gente que había visto su trabajo en persona.

    La gente real.

    La Matrix no compró una mierda.

    Durante años nos vendieron una historia muy seductora.

    Que cualquiera podía abrir una cuenta.

    Que cualquiera podía construir una audiencia.

    Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.

    Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.

    Pero la realidad fue mucho menos romántica.

    La gente da likes.

    La gente comenta.

    La gente comparte.

    La gente dice que ama lo artesanal.

    Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.

    Un tejido en crochet puede tomar días o semanas de trabajo.

    Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.

    Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.

    Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.

    No estaban vendiendo lana.

    Estaban vendiendo tiempo.

    Experiencia.

    Paciencia.

    Trabajo humano.

    Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.

    No preguntan cuánto demoró hacerlo.

    Preguntan cuánto descuento les van a hacer.

    Y si son amigos, esperan un descuento.

    Y si son amigos cercanos, esperan otro.

    Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.

    El problema nunca fue el crochet.

    El problema fue creer que Instagram era la solución.

    Yo también compré esa fantasía.

    Creí que estar en redes significaba vender.

    Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.

    Creí que el algoritmo podía crear clientes.

    Y estaba equivocado.

    Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.

    Sentí que estaba enterrando una ilusión.

    La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.

    No lo hacen.

    Premian muchas otras cosas.

    La atención.

    La repetición.

    La publicidad.

    La suerte.

    A veces el escándalo.

    A veces el humo.

    Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.

    Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.

    Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender casi nada, los tejidos siguen existiendo.

    Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.

    Diez.

    Y los amo.

    Quizá Instagram desaparezca algún día.

    Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.

    Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.

    Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.

    Seguirán contando una historia.

    La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.

    La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.

    Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:

    el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.

    La cuenta fue desactivada.

    La fantasía murió.

    Pero los tejidos sobrevivieron.

    Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.

    @elmandelacamara

    Operador de cámara.

    Viejo.

    Cansado.

    Obsoleto.

    Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.

    Amante del crochet de mamá.

    Desilusionado de eso que llaman amistad.

    Cansado de nadar contra la corriente.

    Solo la mayor parte del tiempo.

    Libre de la Matrix casi siempre.

    Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.

    #algoritmo #artesanía #autobiografía #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #crochet #crochetDeMamá #crochetHechoAMano #culturaDigital #desilusiónDigital #economíaDigital #elmandelacamara #emprendimiento #Ensayo #familia #fantasíaDelAlgoritmo #filmmaker #fueraDelAlgoritmo #hechoAMano #hijoDeUnaMujerQueTeje #historiaPersonal #instagram #laFantasíaDelAlgoritmo #laMatrixNoCompróUnaMierda #losTejidosSobrevivieron #mamá #memoria #obsoletoPeroFuncional #operadorDeCámara #paleontologíaDigital #redes #redesSociales #Reflexiones #trabajoInvisible #trabajoManual #vidaDigital #vidaReal #Zoociedad
  21. Escuchan los riffs, no las letras

    Siempre me ha causado gracia la gente que escucha Megadeth y sale con el discurso de “firmes por la patria”.

    Ponen Symphony of Destruction a todo volumen.

    Mueven la cabeza.

    Hacen cuernos con la mano.

    Se sienten rebeldes.

    Y luego repiten exactamente los mismos discursos que la canción cuestiona.

    No digo que haya que estar de acuerdo con Dave Mustaine. Ni siquiera él ha sido siempre coherente con sus propias letras.

    Pero es curioso ver cómo muchos escuchan la música y nunca las palabras.

    Escuchan guitarras.

    No escuchan advertencias.

    Escuchan velocidad.

    No escuchan crítica.

    Escuchan rebeldía.

    No escuchan preguntas.

    A veces pienso que si entendieran realmente algunas de las letras que cantan con tanta pasión, terminarían más incómodos que orgullosos.

    Pero supongo que es más fácil agitar una bandera que leer una letra.

    “I don’t care, you can kiss my ass.”

    Y con eso queda resumida gran parte de mi relación con los fanáticos de cualquier dogma, venga de donde venga.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara
    Obsoleto. Cansado. Consciente.

    #ArteYSociedad #Bogotá #Cali #Caliwood #Conformismo #contracultura #CulturaMusical #CulturaPopular #DaveMustaine #Dogmas #Dostoyevski #elmandelacamara #Ensayo #firmesPorLaPatria #HeavyMetal #Ideologías #LetrasDeCanciones #Música #Megadeth #Metal #observaciónSocial #opinión #Patriotismo #pensamientoCrítico #politica #Rebeldía #Reflexiones #Sociedad #SymphonyOfDestruction #TheMatrix #ThrashMetal #Zoociedad
  22. Nací el 3 de octubre de 1983.

    Tenía 10 años cuando asesinaron a Andrés Escobar por un autogol.

    No soy paisa. No soy hincha de Nacional. Y aun así, más de treinta años después, esa historia me sigue doliendo.

    Tal vez porque crecí en una Colombia donde las noticias hablaban de bombas, secuestros, magnicidios y narcotráfico. Tenía 6 años cuando mataron a Luis Carlos Galán, 9 cuando murió Pablo Escobar y 10 cuando asesinaron a Andrés Escobar.

    Desde aquel día empecé a mirar con otros ojos el fútbol colombiano. No dejé de admirar el buen fútbol. Sigo admirando el talento, la inteligencia y la belleza de una jugada bien hecha. Lo que dejé de admirar fue el fanatismo.

    Porque una cosa es disfrutar un deporte y otra convertirlo en una religión tribal.

    Por eso hace años le digo “Secreción BOBOmbia”. No por odio al país, sino por cansancio de ver cómo desperdicia una y otra vez su inteligencia, su talento y su memoria en fanatismos inútiles. Porque aquí todo termina convertido en una barra brava: la política, el fútbol, la religión y ahora hasta las redes ‘sociales’.

    Quizás soy obsoleto. Quizás caduco. Quizás un lagrimón.

    Pero nunca he podido olvidar que en este país mataron a un hombre por un error en una cancha.

    Y quizás por eso tampoco me he tragado jamás los cuentos de caudillos, mesías ni salvadores políticos. He visto pasar gobiernos, discursos, campañas, fanáticos y sectarios de todos los colores. Demasiadas veces la multitud termina comportándose igual; solo cambia la camiseta.

    Algunas heridas no son de fútbol.

    Son de país.

    Y desde el 2 de julio de 1994 entendí que el problema nunca fueron once tipos pateando un balón.

    El problema siempre fueron los fanáticos que creen que una camiseta, una bandera o un político valen más que una vida.

    @elmandelacamara

    Operario de Cámara; Obsoleto. Cansado. Viejo. Fuera del rebaño.

    #AndrésEscobarSaldarriaga #AndresEscobar #BarrasBravas #blogPersonal #Bogotá #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #CulturaColombiana #dignidad #elmandelacamara #FanatismoDeportivo #FanatismoPolítico #FútbolColombiano #GeneraciónDeLos80 #HistoriaDeColombia #LuisCarlosGalán #memoria #MundialUSA1994 #Narcotráfico #opinión #OpiniónColombiaMemoriaPersonalSociedadFútbol #PabloEscobar #paisDeMierda #políticaColombiana #RecuerdosDeInfancia #redes #Reflexión #SecreciónBOBOmbia #Sociedad #SociedadColombiana #violencia #Zoociedad
  23. Fan de nadie

    Prestigios prestados y la política de liberar números hacia abajo

    El amo cambió de interfaz.La sumisión no.

    Vivimos en una época que confunde atención con libertad.

    Se nos enseñó que elegir qué mirar es autonomía.

    Pero rara vez se pregunta quién organiza aquello que miramos.

    En The Matrix los cuerpos estaban conectados por un cable en la nuca.

    Hoy la conexión pasa por los dedos.

    Scroll.
    Like.
    Login.

    La obediencia aprendió a parecer entretenimiento.

    El consumo pasivo

    Consumir pasivamente no es solo ver contenido.

    Es aceptar sin examen los circuitos que capturan la atención.

    Seguir por inercia.

    Admirar por reflejo.

    Consumir prestigio empaquetado.

    Habitar vitrinas ajenas como espectador.

    Ser espectador de una fiesta a la que nunca te invitaron.

    Mirar mucho.

    Decidir poco.

    Guy Debord lo vio venir:

    la experiencia reemplazada por espectáculo.

    No vivimos tanto como contemplamos.

    No participamos tanto como observamos.

    Y confundimos esa observación con vida.

    Prestigios prestados

    Hay una religión blanda en las redes:

    seguir nombres.

    adorar visibilidades.

    creer que la fama tiene profundidad.

    Como si la cercanía simbólica a ciertas vitrinas nos diera importancia.

    No.

    Muchas veces es solo prestigio prestado.

    Atención ofrecida gratuitamente al pedestal.

    Fanatismo sin reciprocidad.

    Ser fan de desconocidos.

    Yo empecé a desconfiar de eso.

    Fan de nadie.

    La atención como obediencia suave

    Michel Foucault enseñó que el poder no siempre reprime.

    También seduce.

    Invita.

    Normaliza.

    Eso hace el algoritmo.

    No obliga.

    Sugiere.

    Y obedecemos creyendo elegir.

    El scroll como disciplina.

    La distracción como rutina.

    La conexión ya no entra por la nuca.

    Va por los dedos.

    Tu atención tiene precio

    Shoshana Zuboff lo llamó capitalismo de vigilancia.

    Nuestra atención no es solo humana.

    Es mercancía.

    Se extrae.

    Se mide.

    Se vende.

    No basta preguntar qué consumimos.

    Hay que preguntar:

    ¿qué consume de nosotros aquello que consumimos?

    Liberar números hacia abajo

    Las redes enseñaron a inflarse.

    Más contactos.

    Más alcance.

    Más números.

    Más.

    Yo empecé a sospechar del más.

    Y a practicar otra cosa:

    liberar números hacia abajo.

    No como pérdida.

    Como alivio.

    Mientras unos se masturban el ego comprando seguidores y acumulando humo,

    yo prefiero depurar.

    No inflarme.

    Alivianarme.

    Desacumular.

    Mi papá decía:

    lo que no sirve, que no estorbe.

    No he encontrado mejor teoría digital.

    Depurar como resistencia

    Eliminar ruido no es gesto menor.

    Es criterio.

    Es curaduría.

    Es decir:

    esto no merece mi atención.

    En tiempos saturados, elegir qué no mirar es un acto político.

    Byung-Chul Han habló del exceso como fatiga.

    Quizá depurar sea una respuesta al exceso.

    No huida.

    Foco.

    No pureza.

    Respiración.

    El doble de vínculo que basura

    Llegó un punto en que descubrí algo hermoso:

    tenía más del doble de vínculo que basura.

    Ese día entendí que la depuración ya era victoria.

    No me estaba quedando con menos.

    Me estaba quedando con más de lo real.

    Porque menos ruido

    también puede ser más mundo.

    Ver el código

    Hackear la Matrix no consistía en destruirla.

    Consistía en ver el código.

    Tal vez pensar críticamente hoy sea eso:

    ver el código del algoritmo.

    del prestigio.

    del espectáculo.

    de la obediencia.

    Y decidir.

    No desaparecer.

    No volverse puro rechazo.

    Solo dejar de obedecer automáticamente.

    Porque el problema no es mirar.

    Es mirar sin conciencia.

    No es usar redes.

    Es ser usado por ellas sin notarlo.

    En una cultura obsesionada con seguidores, influencia y exposición,

    quizá una forma simple de libertad siga siendo profundamente subversiva:

    no ser fan de nadie.

    @elmandelacamara

    Un camarógrafo terco que aprendió a mirar menos y ver más

    #atenciónDigital #Bogotá #ByungChulHan #Cali #Caliwood #camarógrafoTerco #capitalismoDeVigilancia #Colombia #consumoPasivo #críticaAInfluencers #críticaAlAlgoritmo #críticaCultural #culturaDelEspectáculo #culturaDigital #depuraciónDeRedes #desacumulaciónDigital #economíaDeLaAtención #elAmoCambióDeInterfaz #elmandelacamara #ensayoSobreRedes #fanDeNadie #filosofíaDeInternet #GuyDebord #johnConnorMarica #liberaciónDeLaAtención #liberarNúmerosHaciaAbajo #maricaObservador #Matrix #mediosYPoder #MichelFoucault #minimalismoDigital #pensamientoCrítico #prestigiosPrestados #redes #redesSociales #resistenciaDigital #ShoshanaZuboff #Sociedad #sociedadDelEspectáculo #subjetividadDigital #Zoociedad