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  1. La evolución de la Zoociedad

    Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.

    Pero terminé mirando más a las personas que al plato.

    Eso siempre me pasa.

    No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.

    En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.

    No estaba completamente sola.

    Pero la escena me dejó pensando.

    No en ella.

    En mí.

    Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.

    La diferencia es que todavía no llego a la vejez.

    Y entonces apareció una pregunta incómoda.

    ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”

    La pregunta incomoda.

    Suena extraña.

    Hasta peligrosa.

    La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.

    Compartimos ascensores sin saludarnos.

    Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.

    Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.

    Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.

    Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.

    Preguntarle si podía sentarme.

    Conversar un rato.

    Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.

    No lo hice.

    Me ganó la costumbre.

    Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.

    La de no invadir.

    La de no hablar.

    La de no acercarse.

    No sé si aquella señora necesitaba compañía.

    No sé si habría aceptado.

    No sé absolutamente nada de su vida.

    Quizá estaba feliz hablando con alguien.

    Quizá esperaba a un familiar.

    Quizá simplemente disfrutaba ese momento.

    No tengo derecho a escribir su historia.

    Pero sí puedo escribir la mía.

    Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.

    Entonces pensé en eso que llamamos evolución.

    Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.

    Todo parece avanzar.

    Menos nosotros.

    Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.

    Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.

    Nunca habíamos estado tan conectados.

    Nunca habíamos estado tan encapsulados.

    Antes la evolución consistía en aprender a convivir.

    Hoy parece consistir en optimizar.

    Optimizar el tiempo.

    Optimizar la productividad.

    Optimizar el cuerpo.

    Optimizar el contenido.

    Optimizar la atención.

    Todo debe ser eficiente.

    Incluso las relaciones.

    Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.

    Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.

    Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.

    La Zoociedad no siempre es cruel.

    Muchas veces solo es indiferente.

    Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.

    Una señora almorzando con una mesa vacía.

    Un vigilante que nadie saluda.

    Un barrendero limpiando la basura ajena.

    Un vendedor ambulante caminando kilómetros.

    Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.

    Los vemos todos los días.

    Precisamente por eso dejamos de verlos.

    Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.

    Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.

    Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.

    Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.

    Somos expertos en conectar dispositivos.

    Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.

    Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.

    La fotografía había sido para mí.

    Fue un espejo.

    Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.

    Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.

    Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.

    Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.

    Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.

    No busco la fotografía perfecta.

    Busco preguntas.

    Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.

    Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.

    Todo parece ser inteligente.

    Las casas.

    Los carros.

    Los electrodomésticos.

    Los algoritmos.

    Las máquinas.

    Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:

    ”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”

    Será que soy un modelo obsoleto.

    Uno de esos humanos versión antigua.

    Cansado.

    Fuera de serie.

    Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.

    Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.

    Almorzando solo.

    Hablando con alguien.

    O simplemente mirando por la ventana.

    Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.

    Probablemente se equivoque.

    Como probablemente también me equivoqué yo.

    Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.

    Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:

    ¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?

    Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.

    Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.

    Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.

    Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.

    @elmandelacamara
    Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño.

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  2. El laberinto de la mente solitaria

    Por qué nos aislamos y qué le pasa a nuestro cerebro cuando nos falta el abrazo de los demás

    Estar solos por un rato puede ser un alivio, una pausa necesaria en un mundo que no para de hacer ruido. El problema real empieza cuando la soledad deja de ser una elección y se convierte en un muro invisible que nos separa del resto. El aislamiento social es una de las realidades más silenciosas y dolorosas de nuestra época. No se trata solo de no tener planes el fin de semana; se trata de sentir que, aunque grites, nadie te va a escuchar, o peor aún, que a nadie le importa.

    Para entender por qué alguien termina atrapado en estas condiciones, primero hay que quitarnos los prejuicios de la cabeza. No es que la gente aislada sea rara o antisocial por gusto. Muchas veces, el aislamiento es el resultado de heridas profundas. Hay personas que se encierran en sí mismas después de un trauma, una decepción amorosa devastadora o tras sufrir acoso laboral o escolar. Cuando el mundo exterior te lastima de forma repetida, tu cerebro activa un mecanismo de defensa muy básico: el miedo. Entonces, quedarse en casa y no hablar con nadie se siente como la única forma segura de que no te vuelvan a romper el corazón o la dignidad. Otras veces, las transiciones de la vida nos empujan al vacío, como perder un empleo, mudarse a una ciudad nueva donde no conoces a nadie o enfrentar una enfermedad crónica que te corta las alas para salir.

    Ahora, ¿qué nos pasa por dentro cuando nos quedamos en ese vacío? El ser humano evolucionó para vivir en tribu. Necesitamos el contacto, la mirada y el afecto de otros para regular nuestras propias emociones. Cuando el aislamiento se prolonga, los efectos psicológicos son devastadores. Lo primero que cambia es nuestra percepción de la realidad. El cerebro, al no recibir estímulos ni opiniones de afuera, empieza a rumiar los mismos pensamientos oscuros una y otra vez. Te vuelves extrañamente desconfiado. Si alguien te mira en la calle, ya no piensas que es una mirada casual; tu mente te convence de que te están juzgando o de que corres peligro. La soledad prolongada nos vuelve hipervigilantes, como si viviéramos en una selva esperando el ataque de un depredador.

    A nivel emocional, el aislamiento es el combustible perfecto para la depresión y la ansiedad crónicas. Te empiezas a sentir invisible, y esa invisibilidad drena tu autoestima hasta dejarte vacío. Sientes que no vales nada porque nadie te busca, olvidando que los demás también están atrapados en sus propias rutinas caóticas. Además, el cerebro resiente la falta de dopamina y oxitocina, las hormonas del bienestar y la conexión, lo que apaga tu motivación. Cosas tan simples como bañarse, limpiar el cuarto o responder un mensaje de texto empiezan a sentirse como escalar una montaña imposible.

    Salir de ese laberinto no es fácil, porque el propio aislamiento te quita las fuerzas para pedir ayuda. Por eso es vital que afinemos la mirada con la gente que nos rodea. Un mensaje corto, una llamada de cinco minutos o un café pueden ser el salvavidas que alguien necesita para recordar que todavía pertenece al mundo de los vivos. La conexión humana cura, y a veces, el mejor remedio para el dolor de la mente es simplemente saber que no estamos completamente solos en la oscuridad.

    M. P., MSc. en Psicología Clínica

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  3. La exclusión digital afecta la salud mental en periodos escolares: psicóloga Mireya Nájera

    No participar en conversaciones virtuales puede ser una forma de aislamiento social. Quedan fuera de la información, decisiones y dinámicas grupales. Convivir de manera respetuosa en es tan importante como hacerlo en contextos presenciales.


    Por Gabriela Díaz | Reportera                                                      

    La exclusión digital entre menores, adolescentes, e incluso adultos, como quedarse fuera de grupos de WhatsApp o no ser considerados en planes sociales, representa un factor de riesgo emocional que suele intensificarse durante los periodos escolares, así lo consideró la especialista de la salud mental Mireya Nájera.

    La maestra en psicología explicó que, aunque para los adultos pueda parecer un asunto menor, para adolescentes de entre 12 y 16 años este tipo de exclusión significa una pérdida real de vínculos, referencias compartidas y sentido de pertenencia, ya que gran parte de su vida social se traslada al entorno digital; “en esta etapa del desarrollo, no participar en conversaciones virtuales podía vivirse como una forma de aislamiento social”.

    Nájera Villeda detalló que los efectos de la exclusión digital se manifiestan tanto a nivel emocional como social, generan inseguridad, frustración, tristeza persistente y una marcada sensación de rechazo. Añadió que, en el plano social, los adolescentes quedan fuera de la información, decisiones y dinámicas grupales que deben reforzar su identidad dentro del grupo.

    Valor personal

    Indicó que, en la mayoría de los casos, no existe una causa clara para la exclusión, sino que responde, a veces, a conflictos previos, dinámicas de popularidad o reacomodos dentro del grupo. “Esta falta de explicación lleva a muchos adolescentes, incluso adultos, a responsabilizarse de la situación, cuestionando su valor personal y su capacidad de encajar socialmente”.

    La psicóloga alertó, además, que la normalización de estas prácticas puede convertirse en antesala de formas más visibles de ciberacoso, cuando el rechazo deja de ser pasivo y se convierte en explícito. Por ello, consideró fundamental atender con algún experto en la salud mental estos episodios desde etapas tempranas para evitar consecuencias más graves.

    Respecto a la detección, la psicóloga Mireya Nájera señaló que la exclusión digital suele ser silenciosa y difícil de identificar, pero existen señales de alerta como cambios bruscos de humor, irritabilidad, apatía, tristeza constante o conductas contradictorias con el uso del teléfono móvil. Precisó que algunos adolescentes muestran un uso excesivo del dispositivo, mientras otros optan por evitarlo por completo.

    Periodos de vacaciones

    También mencionó que el aislamiento social, la falta de interés en actividades antes placenteras y la disminución del contacto con amistades, son indicadores relevantes, los cuales se intensifican durante periodos de vacaciones. Ante ello, subrayó la importancia de no minimizar estas conductas, ni compararlas con experiencias adultas.

    La especialista en la salud mental enfatizó que la escucha activa, la validación emocional y la ausencia de juicios resultan herramientas clave para que los adolescentes se sientan acompañados. Afirmó que frases que minimizan el problema pueden reforzar la sensación de incomprensión y soledad.

    En materia de prevención, Mireya Nájera resaltó la relevancia de la educación digital como un componente central del desarrollo emocional, ya que lo que ocurre en entornos virtuales tiene efectos reales en la autoestima y las relaciones personales. Sostuvo que enseñar a convivir de manera respetuosa en espacios digitales es tan importante como hacerlo en contextos presenciales.

    Uso equilibrado

    Añadió que el ejemplo adulto desempeñó un papel determinante, pues el uso equilibrado de la tecnología por parte de padres y cuidadores influye directamente en la forma en que los adolescentes se relacionan con sus dispositivos. Señaló que respetar tiempos de desconexión y priorizar la convivencia cara a cara envió mensajes claros sobre hábitos saludables.

    Finalmente, la psicóloga Mireya Nájera recomendó dotar a los adolescentes de herramientas prácticas para gestionar estas situaciones, cómo establecer límites de uso del móvil, reducir la atención a dinámicas digitales que generen malestar y fortalecer alternativas de convivencia fuera de las pantallas; “el acompañamiento familiar y el diálogo constante favorecen un uso más empático y saludable de la tecnología, especialmente en etapas de mayor vulnerabilidad emocional. –sn–

    Alumno con celular

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  4. Pandemia aumenta consumo de alcohol y afecta salud mental

    Durante la pandemia aumentó el consumo de alcohol y se incrementaron casos de ansiedad.

    Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

    Un estudio encabezado por Claudia Ivette Jaen Cortés, técnica académica de la Facultad de Psicología de la UNAM, reveló que cinco de cada diez personas consumieron alcohol en confinamiento. La investigación se realizó en línea con 318 adultos voluntarios.

    El análisis indicó que las mujeres en aislamiento social presentaron mayor ingesta de alcohol. La doble carga de teletrabajo, cuidado de hijos y labores domésticas influyó en esa tendencia.

    En el noveno ciclo UNAMirada desde la Psicología, con el tema “Salud, pareja y COVID”, la especialista detalló los hallazgos. Los diagnósticos más frecuentes en México fueron depresión y ansiedad, con síntomas de moderados a graves.

    Diferencias entre confinados y no confinados

    El propósito del estudio fue establecer si existían diferencias en niveles de ansiedad. Los resultados mostraron afectaciones tanto en confinados como en quienes no estuvieron aislados, con efectos en la vida cotidiana.

    De los 318 participantes, seis de cada diez permanecieron confinados durante la emergencia sanitaria. La mayoría contó con estudios de licenciatura y ocho de cada diez reportaron empleo formal o actividades académicas.

    El cuestionario aplicado en línea permitió identificar repercusiones en la salud mental de los adultos. Se detectó un aumento en la hostilidad: a mayor afectación emocional, mayor fue la actitud hostil.

    En el mismo periodo se registró un incremento en el uso de aplicaciones de citas. También se reportó prevalencia de infidelidad emocional y conductas como el sexting, según explicó Jaen Cortés.

    Impacto en relaciones de pareja

    La investigadora señaló que uno de cada cuatro matrimonios experimentó infidelidad durante la pandemia. Se trató de vínculos emocionales o sexuales con otra persona, basados en estudios internacionales comparados.

    Cuando ocurrió la infidelidad, los participantes reportaron disminución del deseo sexual. También se redujo la percepción de satisfacción y felicidad con la pareja, de acuerdo con la investigación universitaria.

    La Organización de las Naciones Unidas informó que una de cada tres mujeres vivió violencia de pareja. El confinamiento elevó las llamadas a líneas de atención por violencia física, sexual o psicológica.

    Los hogares enfrentaron riesgos al volverse espacios de agresión. Se documentaron casos de violencia patrimonial y económica, además de maltrato hacia hijos e integrantes de la familia.

    Salud emocional y vulnerabilidad

    Claudia Ivette Jaen Cortés explicó que la pandemia generó efectos en la interacción social. El aislamiento produjo repercusiones económicas y sociales, con mayor incertidumbre y malestar emocional entre los adultos.

    La ausencia de contacto físico con familiares y amigos generó consecuencias significativas. La investigadora expuso que esos cambios provocaron mayor vulnerabilidad psicológica y debilitaron redes de apoyo.

    Desde la Facultad de Psicología se advirtió un incremento de ansiedad, depresión y estrés. También se reportaron casos de insomnio y ataques de pánico en la población encuestada.

    El encierro prolongado derivó en sensaciones de soledad, frustración, miedo e inseguridad. Otros participantes manifestaron enojo, preocupación constante y sentimientos de estar atrapados en sus hogares.

    Consecuencias del alcohol

    La especialista recordó que el alcohol es una sustancia generadora de dependencia. Su consumo prolongado estuvo asociado con más de 200 enfermedades y trastornos agudos y crónicos.

    Entre las afectaciones se incluyeron cirrosis hepática, accidentes de tránsito y discapacidad a nivel mundial. Según la información presentada, ocasionó más de tres millones de muertes prematuras.

    El impacto del alcohol alcanzó el ámbito individual, familiar, laboral y social. En la pandemia, su consumo reflejó un patrón de respuesta frente a la crisis sanitaria.

    El estudio universitario permitió evidenciar los efectos del aislamiento en el bienestar psicosocial. Los resultados confirmaron la relación entre confinamiento, consumo de alcohol y deterioro de la salud mental. –sn–

    Mano femenica con bebida

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