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  5. Entre líneas y latidos

    Gerenciando nuestra vida
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    #Experiencias #Impreso #Opinión

    diarioextra.com/noticia/entre-

  6. Antes del café

    Son las cinco de la madrugada. Parece absurdo que esté despierta y escribiendo en el blog, pero aquí estoy, sin motivo y sin café siquiera, no vaya a despertar a nadie con el ruido de la cafetera.

    Diría, por aquello de esa tendencia mía de excusarme, que si estoy aquí tecleando y no en el séptimo sueño es porque esta semana en el trabajo están tratando de volverme loca con un estrambótico cambio de horarios. Y sería verdad. Lo del cambio de horas, no lo de la intención de desquiciarme. Pero también sería parcial. A nadie miento si digo que soy un animal de costumbres que agradece un horario fijo y estable más que mis gatos una latita de atún, pero tener algunas reuniones en horario de mañana, en lugar de habitar mi horario habitual de tarde, nunca antes ha provocado un ataque de bloguitis nocturna como el que nos ocupa. Nunca.

    Lo cierto es que estaba soñando, cómo no, con escribir. Pero no estaba escribiendo, no. El sueño era mucho más raro. Estaba en un lugar idílico, al aire libre. Si tuviera que buscar una imagen para ilustrarlo diría que esas verdes praderas inglesas de lomas suaves que tanto nos enseñan en pelis y series se acercan bastante. También había algunos árboles, aunque en absoluto pudiera decirse que se tratara de una arboleda, y plantas más o menos bajas, más o menos frondosas aquí y allá, salpicadas por coloridas flores. Y sí, el cielo era azul y los pajarillos cantaban. Bueno, vale, esto último no lo puedo afirmar con rotundidad, pero, si acaba de dibujar el cuadro de ensueño que quiero transmitir, bien podemos añadir a la imagen aves cantoras, suave aroma a hierba fresca y lavanda y hasta un hermoso y brillante arco iris surcando un bello cielo sin nubes.

    No estaba sola en ese paraje, casi nunca lo estoy cuando sueño, pero en esta ocasión había más gente de lo habitual. A algunos los conocía, a otros no. Eso sí, todos me conocían a mí. Y el tema en común de todos nosotros era la escritura. Aunque, vale, no solo la escritura en sí misma y ya está. Era algo más como crear y compartir en Internet. Y tampoco esa definición tan general hace justicia al tema, pero el sueño se diluye en mi mente tal como estoy de cada vez más despierta y las vaguedades son, en este contexto, mi mejor herramienta para no perder el hilo y evitar que se esfume la intensidad de la experiencia, y con ella, el recuerdo onírico.

    Bien, todos los que estábamos allí teníamos algún tipo de cuestión con lo que hacíamos. Podría ser cierta tristeza existencial, como en el caso de un peluquero —o tal vez debería decir estilista—, que cortaba el pelo a streamers pero que se sentía poco auténtico en su trabajo, casi un fraude, y eso le dificultaba llevar bien su tarea. O una pequeña obsesión con un método concreto, como una autora de ficción, que creaba tramas siempre iguales o con muy poca variación entre ellas y era incapaz de tomar distancia para darse cuenta. En el sueño, además, la creación de tramas era algo muy visual, algo como montar un puzle gigante con piezas en 3D que después se introduce en una máquina que permite usarlas en la vigilia. Y la muchacha dormía de pena, porque tenía la máquina de puzles trabajando todo el rato.

    Había otros que bailaban y, creedme, eso, de alguna manera, era escribir. Más allá, la actividad de algunos estaba relacionada con barcos y agua. En otro lugar, había verbenas y fiestas populares. Y más allá, música, mucha gente tocando instrumentos variopintos y extraños. Y todo era escribir, aunque no lo fuera.

    Yo paseaba por allí, acompañada, creo que por mi Muso, pero bien podría haber sido cualquier otra presencia que funcionara en ese contexto a modo de guía, aunque recibía información de todos lados, casi como si llevara puesta una audioguía. Y la experiencia era bastante buena y agradable, hasta que mis particulares circunstancias y yo nos convertíamos en protagonistas y todos los demás y sus curiosas actividades quedaban como simple fondo de la escena principal, que era, ya sin duda, mi particular drama.

    Y es que, al parecer, y resumiendo, paso más tiempo pensando en lo que tiene que ser que en lo que es y —escribo de carrerilla para que no se esfume el recuerdo— si no dejo que lo que es sea jamás será lo que tan convencida estoy de que debería ser.

    Este trabalenguas, traducido y adaptado al caso, viene a ser algo así como que me he obsesionado tanto por ser cierto tipo de escritora, ya sabéis, la que escribe maravillosas historias de ficción, que no me dejo ser la que soy, es decir, la que escribe de madrugada en su blog porque su Muso no le deja dormir.

    El problema, porque, como todos los que estaban en esas hermosas praderas, tengo un problema «con lo mío», no es que me haya obsesionado con una práctica concreta de escritura, eso pasa hasta en las mejores familias, me temo; sino que, por un lado, no me consiente escribir nada más y, por otro, desmerezco el género que, por decirlo así, me sale natural.

    Y ambas cosas son graves.

    Lo de desmerecer el género, bueno, qué voy a decir, tengo cierta tendencia a quitar valor a todo lo que hago. Si en lugar de esto tan moderno de la escritura del yo que con tanta naturalidad me sale escribiera ensayo, pues seguramente diría que es porque es un género fácil o para el que no hace falta talento creativo o cualquier otra estupidez. Si escribiera ficción, que es género, o, peor, comercial. Y así hasta el infinito. Y sí, eso, tal vez, sea más material para tratar con mi psicóloga que un problema de escritura en sí. Pero afecta a la escritura.

    La cuestión es que si siempre argumento que todo lo que escribo lo hago porque es fácil, poco meritorio, o lo que sea, jamás —pero nunca, nunca— me atreveré a salir de los géneros y estilos que me son cómodos, quizá no por falta de ganas, sino por creerme incapaz.

    Y esto, amigos, sí que es una cuestión de escritura. Porque la capacidad, perdón que aproveche para recordarlo ahora, no es algo innato. No existe eso del don caído del cielo. Existe la práctica, la perseverancia y, lo más importante, la maldita diversión. Porque en este oficio, y menos en español, nadie está para hacerse rico. Aquí se viene o por obsesión o por diversión, o puede que por ambas.

    En fin, que lo de desmerecer no solo el trabajo propio sino el género al que pertenece es más peliagudo de lo que parece y merece cierta atención por mi parte. Y este sería uno de los mensajes importantes de este sueño, que me ha sacado de la cama a las 5.

    Y ya son las seis.

    Sigamos, porque la otra parte es peor. O más dura, al menos.

    Mi obsesión por cierto tipo de escritura, más meritoria, por lo visto, según ese criterio mío sin respaldo aparente, que sería, supongo, la creación de historias largas de ficción y, para ser más concretos, de fantasía, provoca, según el sueño, que no me permita escribir lo que sí escribo.

    Y sí, tengo un ejemplo de eso para que se entienda. Bueno, vale, tengo muchos, pero contaré solo uno, en pos de la brevedad y del café con leche que tanto necesito tomarme:

    Ayer, sin ir más lejos, y en virtud del maldito horario cambiante de mi septiembre infernal, llegué a casa, destrozada tras una mañana llena de reuniones, a eso de las tres y media. Confieso haberme sentado en sofá y haber cerrado los ojos. Cuando los reabrí, había pasado una hora. Y yo era un zombi. Pensé en escribir, por supuesto —es lo que hago siempre—, pero, claro, en tal estado de zombificación, el proyecto de ficción en el que estoy trabajando no era una opción. Lo que realmente me apetecía era hacer, básicamente, lo que estoy haciendo ahora, a deshoras, que podemos llamar escritura de desahogo, pero que, entonces, habría sido mera escritura del día a día, tan falto él de épica y fantasía como siempre.

    Pero, claro, escribir esto, para servidora, no es escritura siquiera. Y si no tenía fuerzas o energía mental para lo que sí es escribir, según mi desviado criterio, cómo podía consentirme yo dedicar mi escasa energía a escribir cualquier otra cosa. ¿¡Cómo!?

    Así que no escribí.

    Y aquí estamos hoy, ya de mañana, pero todavía mucho antes de que salga el sol, haciendo lo que ayer no me permití hacer.

    Porque este es el segundo punto importante de este sueño extraño, que, por cierto, va mucho más allá de la escritura y que podría resumirse como hay que ser lo que se es completamente y hasta la última consecuencia. No vale ser una margarita que vive acomplejada por no ser una rosa y no abre del todo sus pétalos para tratar de imitar esa otra flor. Es una margarita, no una maldita rosa. Pero una humilde margarita, siendo ella por completo, puede ser, sin duda, una bellísima flor.

    Y no sé por qué hablo de flores y belleza si esto tendría que ir mucho más allá de lo estético, pero ahora mismo, quizás por la falta de café, tampoco me importa.

    Ya no me quedan más que jirones de recuerdos de ese sueño. Sensaciones y alguna imagen extraña, salvajemente onírica, y la convicción absurda de haber paseado por los Campos Asfódelos, adonde va aquello que no se reduce a cenizas…

    Será mejor que me prepare el café.

    Quizá, quién sabe, una bebida caliente y reconfortante dé más sentido a la experiencia.

    Aunque también puede que, en este tipo de cosas, el sentido esté sobrevalorado.

    #Blog #café #desmerecerLoPropio #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #escrituraDelYo #experiencias #fantasía #génerosLiterarios #identidadDeEscritora #insomnioCreativo #inspiración #madrugada #Muso #oficioDeEscribir #PradosAsfódelos #reflexiones #síndromeDelImpostor #sueños
  7. Antes del café

    Son las cinco de la madrugada. Parece absurdo que esté despierta y escribiendo en el blog, pero aquí estoy, sin motivo y sin café siquiera, no vaya a despertar a nadie con el ruido de la cafetera.

    Diría, por aquello de esa tendencia mía de excusarme, que si estoy aquí tecleando y no en el séptimo sueño es porque esta semana en el trabajo están tratando de volverme loca con un estrambótico cambio de horarios. Y sería verdad. Lo del cambio de horas, no lo de la intención de desquiciarme. Pero también sería parcial. A nadie miento si digo que soy un animal de costumbres que agradece un horario fijo y estable más que mis gatos una latita de atún, pero tener algunas reuniones en horario de mañana, en lugar de habitar mi horario habitual de tarde, nunca antes ha provocado un ataque de bloguitis nocturna como el que nos ocupa. Nunca.

    Lo cierto es que estaba soñando, cómo no, con escribir. Pero no estaba escribiendo, no. El sueño era mucho más raro. Estaba en un lugar idílico, al aire libre. Si tuviera que buscar una imagen para ilustrarlo diría que esas verdes praderas inglesas de lomas suaves que tanto nos enseñan en pelis y series se acercan bastante. También había algunos árboles, aunque en absoluto pudiera decirse que se tratara de una arboleda, y plantas más o menos bajas, más o menos frondosas aquí y allá, salpicadas por coloridas flores. Y sí, el cielo era azul y los pajarillos cantaban. Bueno, vale, esto último no lo puedo afirmar con rotundidad, pero, si acaba de dibujar el cuadro de ensueño que quiero transmitir, bien podemos añadir a la imagen aves cantoras, suave aroma a hierba fresca y lavanda y hasta un hermoso y brillante arco iris surcando un bello cielo sin nubes.

    No estaba sola en ese paraje, casi nunca lo estoy cuando sueño, pero en esta ocasión había más gente de lo habitual. A algunos los conocía, a otros no. Eso sí, todos me conocían a mí. Y el tema en común de todos nosotros era la escritura. Aunque, vale, no solo la escritura en sí misma y ya está. Era algo más como crear y compartir en Internet. Y tampoco esa definición tan general hace justicia al tema, pero el sueño se diluye en mi mente tal como estoy de cada vez más despierta y las vaguedades son, en este contexto, mi mejor herramienta para no perder el hilo y evitar que se esfume la intensidad de la experiencia, y con ella, el recuerdo onírico.

    Bien, todos los que estábamos allí teníamos algún tipo de cuestión con lo que hacíamos. Podría ser cierta tristeza existencial, como en el caso de un peluquero —o tal vez debería decir estilista—, que cortaba el pelo a streamers pero que se sentía poco auténtico en su trabajo, casi un fraude, y eso le dificultaba llevar bien su tarea. O una pequeña obsesión con un método concreto, como una autora de ficción, que creaba tramas siempre iguales o con muy poca variación entre ellas y era incapaz de tomar distancia para darse cuenta. En el sueño, además, la creación de tramas era algo muy visual, algo como montar un puzle gigante con piezas en 3D que después se introduce en una máquina que permite usarlas en la vigilia. Y la muchacha dormía de pena, porque tenía la máquina de puzles trabajando todo el rato.

    Había otros que bailaban y, creedme, eso, de alguna manera, era escribir. Más allá, la actividad de algunos estaba relacionada con barcos y agua. En otro lugar, había verbenas y fiestas populares. Y más allá, música, mucha gente tocando instrumentos variopintos y extraños. Y todo era escribir, aunque no lo fuera.

    Yo paseaba por allí, acompañada, creo que por mi Muso, pero bien podría haber sido cualquier otra presencia que funcionara en ese contexto a modo de guía, aunque recibía información de todos lados, casi como si llevara puesta una audioguía. Y la experiencia era bastante buena y agradable, hasta que mis particulares circunstancias y yo nos convertíamos en protagonistas y todos los demás y sus curiosas actividades quedaban como simple fondo de la escena principal, que era, ya sin duda, mi particular drama.

    Y es que, al parecer, y resumiendo, paso más tiempo pensando en lo que tiene que ser que en lo que es y —escribo de carrerilla para que no se esfume el recuerdo— si no dejo que lo que es sea jamás será lo que tan convencida estoy de que debería ser.

    Este trabalenguas, traducido y adaptado al caso, viene a ser algo así como que me he obsesionado tanto por ser cierto tipo de escritora, ya sabéis, la que escribe maravillosas historias de ficción, que no me dejo ser la que soy, es decir, la que escribe de madrugada en su blog porque su Muso no le deja dormir.

    El problema, porque, como todos los que estaban en esas hermosas praderas, tengo un problema «con lo mío», no es que me haya obsesionado con una práctica concreta de escritura, eso pasa hasta en las mejores familias, me temo; sino que, por un lado, no me consiente escribir nada más y, por otro, desmerezco el género que, por decirlo así, me sale natural.

    Y ambas cosas son graves.

    Lo de desmerecer el género, bueno, qué voy a decir, tengo cierta tendencia a quitar valor a todo lo que hago. Si en lugar de esto tan moderno de la escritura del yo que con tanta naturalidad me sale escribiera ensayo, pues seguramente diría que es porque es un género fácil o para el que no hace falta talento creativo o cualquier otra estupidez. Si escribiera ficción, que es género, o, peor, comercial. Y así hasta el infinito. Y sí, eso, tal vez, sea más material para tratar con mi psicóloga que un problema de escritura en sí. Pero afecta a la escritura.

    La cuestión es que si siempre argumento que todo lo que escribo lo hago porque es fácil, poco meritorio, o lo que sea, jamás —pero nunca, nunca— me atreveré a salir de los géneros y estilos que me son cómodos, quizá no por falta de ganas, sino por creerme incapaz.

    Y esto, amigos, sí que es una cuestión de escritura. Porque la capacidad, perdón que aproveche para recordarlo ahora, no es algo innato. No existe eso del don caído del cielo. Existe la práctica, la perseverancia y, lo más importante, la maldita diversión. Porque en este oficio, y menos en español, nadie está para hacerse rico. Aquí se viene o por obsesión o por diversión, o puede que por ambas.

    En fin, que lo de desmerecer no solo el trabajo propio sino el género al que pertenece es más peliagudo de lo que parece y merece cierta atención por mi parte. Y este sería uno de los mensajes importantes de este sueño, que me ha sacado de la cama a las 5.

    Y ya son las seis.

    Sigamos, porque la otra parte es peor. O más dura, al menos.

    Mi obsesión por cierto tipo de escritura, más meritoria, por lo visto, según ese criterio mío sin respaldo aparente, que sería, supongo, la creación de historias largas de ficción y, para ser más concretos, de fantasía, provoca, según el sueño, que no me permita escribir lo que sí escribo.

    Y sí, tengo un ejemplo de eso para que se entienda. Bueno, vale, tengo muchos, pero contaré solo uno, en pos de la brevedad y del café con leche que tanto necesito tomarme:

    Ayer, sin ir más lejos, y en virtud del maldito horario cambiante de mi septiembre infernal, llegué a casa, destrozada tras una mañana llena de reuniones, a eso de las tres y media. Confieso haberme sentado en sofá y haber cerrado los ojos. Cuando los reabrí, había pasado una hora. Y yo era un zombi. Pensé en escribir, por supuesto —es lo que hago siempre—, pero, claro, en tal estado de zombificación, el proyecto de ficción en el que estoy trabajando no era una opción. Lo que realmente me apetecía era hacer, básicamente, lo que estoy haciendo ahora, a deshoras, que podemos llamar escritura de desahogo, pero que, entonces, habría sido mera escritura del día a día, tan falto él de épica y fantasía como siempre.

    Pero, claro, escribir esto, para servidora, no es escritura siquiera. Y si no tenía fuerzas o energía mental para lo que sí es escribir, según mi desviado criterio, cómo podía consentirme yo dedicar mi escasa energía a escribir cualquier otra cosa. ¿¡Cómo!?

    Así que no escribí.

    Y aquí estamos hoy, ya de mañana, pero todavía mucho antes de que salga el sol, haciendo lo que ayer no me permití hacer.

    Porque este es el segundo punto importante de este sueño extraño, que, por cierto, va mucho más allá de la escritura y que podría resumirse como hay que ser lo que se es completamente y hasta la última consecuencia. No vale ser una margarita que vive acomplejada por no ser una rosa y no abre del todo sus pétalos para tratar de imitar esa otra flor. Es una margarita, no una maldita rosa. Pero una humilde margarita, siendo ella por completo, puede ser, sin duda, una bellísima flor.

    Y no sé por qué hablo de flores y belleza si esto tendría que ir mucho más allá de lo estético, pero ahora mismo, quizás por la falta de café, tampoco me importa.

    Ya no me quedan más que jirones de recuerdos de ese sueño. Sensaciones y alguna imagen extraña, salvajemente onírica, y la convicción absurda de haber paseado por los Campos Asfódelos, adonde va aquello que no se reduce a cenizas…

    Será mejor que me prepare el café.

    Quizá, quién sabe, una bebida caliente y reconfortante dé más sentido a la experiencia.

    Aunque también puede que, en este tipo de cosas, el sentido esté sobrevalorado.

    #Blog #café #desmerecerLoPropio #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #escrituraDelYo #experiencias #fantasía #génerosLiterarios #identidadDeEscritora #insomnioCreativo #inspiración #madrugada #Muso #oficioDeEscribir #PradosAsfódelos #reflexiones #síndromeDelImpostor #sueños
  8. Antes del café

    Son las cinco de la madrugada. Parece absurdo que esté despierta y escribiendo en el blog, pero aquí estoy, sin motivo y sin café siquiera, no vaya a despertar a nadie con el ruido de la cafetera.

    Diría, por aquello de esa tendencia mía de excusarme, que si estoy aquí tecleando y no en el séptimo sueño es porque esta semana en el trabajo están tratando de volverme loca con un estrambótico cambio de horarios. Y sería verdad. Lo del cambio de horas, no lo de la intención de desquiciarme. Pero también sería parcial. A nadie miento si digo que soy un animal de costumbres que agradece un horario fijo y estable más que mis gatos una latita de atún, pero tener algunas reuniones en horario de mañana, en lugar de habitar mi horario habitual de tarde, nunca antes ha provocado un ataque de bloguitis nocturna como el que nos ocupa. Nunca.

    Lo cierto es que estaba soñando, cómo no, con escribir. Pero no estaba escribiendo, no. El sueño era mucho más raro. Estaba en un lugar idílico, al aire libre. Si tuviera que buscar una imagen para ilustrarlo diría que esas verdes praderas inglesas de lomas suaves que tanto nos enseñan en pelis y series se acercan bastante. También había algunos árboles, aunque en absoluto pudiera decirse que se tratara de una arboleda, y plantas más o menos bajas, más o menos frondosas aquí y allá, salpicadas por coloridas flores. Y sí, el cielo era azul y los pajarillos cantaban. Bueno, vale, esto último no lo puedo afirmar con rotundidad, pero, si acaba de dibujar el cuadro de ensueño que quiero transmitir, bien podemos añadir a la imagen aves cantoras, suave aroma a hierba fresca y lavanda y hasta un hermoso y brillante arco iris surcando un bello cielo sin nubes.

    No estaba sola en ese paraje, casi nunca lo estoy cuando sueño, pero en esta ocasión había más gente de lo habitual. A algunos los conocía, a otros no. Eso sí, todos me conocían a mí. Y el tema en común de todos nosotros era la escritura. Aunque, vale, no solo la escritura en sí misma y ya está. Era algo más como crear y compartir en Internet. Y tampoco esa definición tan general hace justicia al tema, pero el sueño se diluye en mi mente tal como estoy de cada vez más despierta y las vaguedades son, en este contexto, mi mejor herramienta para no perder el hilo y evitar que se esfume la intensidad de la experiencia, y con ella, el recuerdo onírico.

    Bien, todos los que estábamos allí teníamos algún tipo de cuestión con lo que hacíamos. Podría ser cierta tristeza existencial, como en el caso de un peluquero —o tal vez debería decir estilista—, que cortaba el pelo a streamers pero que se sentía poco auténtico en su trabajo, casi un fraude, y eso le dificultaba llevar bien su tarea. O una pequeña obsesión con un método concreto, como una autora de ficción, que creaba tramas siempre iguales o con muy poca variación entre ellas y era incapaz de tomar distancia para darse cuenta. En el sueño, además, la creación de tramas era algo muy visual, algo como montar un puzle gigante con piezas en 3D que después se introduce en una máquina que permite usarlas en la vigilia. Y la muchacha dormía de pena, porque tenía la máquina de puzles trabajando todo el rato.

    Había otros que bailaban y, creedme, eso, de alguna manera, era escribir. Más allá, la actividad de algunos estaba relacionada con barcos y agua. En otro lugar, había verbenas y fiestas populares. Y más allá, música, mucha gente tocando instrumentos variopintos y extraños. Y todo era escribir, aunque no lo fuera.

    Yo paseaba por allí, acompañada, creo que por mi Muso, pero bien podría haber sido cualquier otra presencia que funcionara en ese contexto a modo de guía, aunque recibía información de todos lados, casi como si llevara puesta una audioguía. Y la experiencia era bastante buena y agradable, hasta que mis particulares circunstancias y yo nos convertíamos en protagonistas y todos los demás y sus curiosas actividades quedaban como simple fondo de la escena principal, que era, ya sin duda, mi particular drama.

    Y es que, al parecer, y resumiendo, paso más tiempo pensando en lo que tiene que ser que en lo que es y —escribo de carrerilla para que no se esfume el recuerdo— si no dejo que lo que es sea jamás será lo que tan convencida estoy de que debería ser.

    Este trabalenguas, traducido y adaptado al caso, viene a ser algo así como que me he obsesionado tanto por ser cierto tipo de escritora, ya sabéis, la que escribe maravillosas historias de ficción, que no me dejo ser la que soy, es decir, la que escribe de madrugada en su blog porque su Muso no le deja dormir.

    El problema, porque, como todos los que estaban en esas hermosas praderas, tengo un problema «con lo mío», no es que me haya obsesionado con una práctica concreta de escritura, eso pasa hasta en las mejores familias, me temo; sino que, por un lado, no me consiente escribir nada más y, por otro, desmerezco el género que, por decirlo así, me sale natural.

    Y ambas cosas son graves.

    Lo de desmerecer el género, bueno, qué voy a decir, tengo cierta tendencia a quitar valor a todo lo que hago. Si en lugar de esto tan moderno de la escritura del yo que con tanta naturalidad me sale escribiera ensayo, pues seguramente diría que es porque es un género fácil o para el que no hace falta talento creativo o cualquier otra estupidez. Si escribiera ficción, que es género, o, peor, comercial. Y así hasta el infinito. Y sí, eso, tal vez, sea más material para tratar con mi psicóloga que un problema de escritura en sí. Pero afecta a la escritura.

    La cuestión es que si siempre argumento que todo lo que escribo lo hago porque es fácil, poco meritorio, o lo que sea, jamás —pero nunca, nunca— me atreveré a salir de los géneros y estilos que me son cómodos, quizá no por falta de ganas, sino por creerme incapaz.

    Y esto, amigos, sí que es una cuestión de escritura. Porque la capacidad, perdón que aproveche para recordarlo ahora, no es algo innato. No existe eso del don caído del cielo. Existe la práctica, la perseverancia y, lo más importante, la maldita diversión. Porque en este oficio, y menos en español, nadie está para hacerse rico. Aquí se viene o por obsesión o por diversión, o puede que por ambas.

    En fin, que lo de desmerecer no solo el trabajo propio sino el género al que pertenece es más peliagudo de lo que parece y merece cierta atención por mi parte. Y este sería uno de los mensajes importantes de este sueño, que me ha sacado de la cama a las 5.

    Y ya son las seis.

    Sigamos, porque la otra parte es peor. O más dura, al menos.

    Mi obsesión por cierto tipo de escritura, más meritoria, por lo visto, según ese criterio mío sin respaldo aparente, que sería, supongo, la creación de historias largas de ficción y, para ser más concretos, de fantasía, provoca, según el sueño, que no me permita escribir lo que sí escribo.

    Y sí, tengo un ejemplo de eso para que se entienda. Bueno, vale, tengo muchos, pero contaré solo uno, en pos de la brevedad y del café con leche que tanto necesito tomarme:

    Ayer, sin ir más lejos, y en virtud del maldito horario cambiante de mi septiembre infernal, llegué a casa, destrozada tras una mañana llena de reuniones, a eso de las tres y media. Confieso haberme sentado en sofá y haber cerrado los ojos. Cuando los reabrí, había pasado una hora. Y yo era un zombi. Pensé en escribir, por supuesto —es lo que hago siempre—, pero, claro, en tal estado de zombificación, el proyecto de ficción en el que estoy trabajando no era una opción. Lo que realmente me apetecía era hacer, básicamente, lo que estoy haciendo ahora, a deshoras, que podemos llamar escritura de desahogo, pero que, entonces, habría sido mera escritura del día a día, tan falto él de épica y fantasía como siempre.

    Pero, claro, escribir esto, para servidora, no es escritura siquiera. Y si no tenía fuerzas o energía mental para lo que sí es escribir, según mi desviado criterio, cómo podía consentirme yo dedicar mi escasa energía a escribir cualquier otra cosa. ¿¡Cómo!?

    Así que no escribí.

    Y aquí estamos hoy, ya de mañana, pero todavía mucho antes de que salga el sol, haciendo lo que ayer no me permití hacer.

    Porque este es el segundo punto importante de este sueño extraño, que, por cierto, va mucho más allá de la escritura y que podría resumirse como hay que ser lo que se es completamente y hasta la última consecuencia. No vale ser una margarita que vive acomplejada por no ser una rosa y no abre del todo sus pétalos para tratar de imitar esa otra flor. Es una margarita, no una maldita rosa. Pero una humilde margarita, siendo ella por completo, puede ser, sin duda, una bellísima flor.

    Y no sé por qué hablo de flores y belleza si esto tendría que ir mucho más allá de lo estético, pero ahora mismo, quizás por la falta de café, tampoco me importa.

    Ya no me quedan más que jirones de recuerdos de ese sueño. Sensaciones y alguna imagen extraña, salvajemente onírica, y la convicción absurda de haber paseado por los Campos Asfódelos, adonde va aquello que no se reduce a cenizas…

    Será mejor que me prepare el café.

    Quizá, quién sabe, una bebida caliente y reconfortante dé más sentido a la experiencia.

    Aunque también puede que, en este tipo de cosas, el sentido esté sobrevalorado.

    #Blog #café #desmerecerLoPropio #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #escrituraDelYo #experiencias #fantasía #génerosLiterarios #identidadDeEscritora #insomnioCreativo #inspiración #madrugada #Muso #oficioDeEscribir #PradosAsfódelos #reflexiones #síndromeDelImpostor #sueños
  9. Antes del café

    Son las cinco de la madrugada. Parece absurdo que esté despierta y escribiendo en el blog, pero aquí estoy, sin motivo y sin café siquiera, no vaya a despertar a nadie con el ruido de la cafetera.

    Diría, por aquello de esa tendencia mía de excusarme, que si estoy aquí tecleando y no en el séptimo sueño es porque esta semana en el trabajo están tratando de volverme loca con un estrambótico cambio de horarios. Y sería verdad. Lo del cambio de horas, no lo de la intención de desquiciarme. Pero también sería parcial. A nadie miento si digo que soy un animal de costumbres que agradece un horario fijo y estable más que mis gatos una latita de atún, pero tener algunas reuniones en horario de mañana, en lugar de habitar mi horario habitual de tarde, nunca antes ha provocado un ataque de bloguitis nocturna como el que nos ocupa. Nunca.

    Lo cierto es que estaba soñando, cómo no, con escribir. Pero no estaba escribiendo, no. El sueño era mucho más raro. Estaba en un lugar idílico, al aire libre. Si tuviera que buscar una imagen para ilustrarlo diría que esas verdes praderas inglesas de lomas suaves que tanto nos enseñan en pelis y series se acercan bastante. También había algunos árboles, aunque en absoluto pudiera decirse que se tratara de una arboleda, y plantas más o menos bajas, más o menos frondosas aquí y allá, salpicadas por coloridas flores. Y sí, el cielo era azul y los pajarillos cantaban. Bueno, vale, esto último no lo puedo afirmar con rotundidad, pero, si acaba de dibujar el cuadro de ensueño que quiero transmitir, bien podemos añadir a la imagen aves cantoras, suave aroma a hierba fresca y lavanda y hasta un hermoso y brillante arco iris surcando un bello cielo sin nubes.

    No estaba sola en ese paraje, casi nunca lo estoy cuando sueño, pero en esta ocasión había más gente de lo habitual. A algunos los conocía, a otros no. Eso sí, todos me conocían a mí. Y el tema en común de todos nosotros era la escritura. Aunque, vale, no solo la escritura en sí misma y ya está. Era algo más como crear y compartir en Internet. Y tampoco esa definición tan general hace justicia al tema, pero el sueño se diluye en mi mente tal como estoy de cada vez más despierta y las vaguedades son, en este contexto, mi mejor herramienta para no perder el hilo y evitar que se esfume la intensidad de la experiencia, y con ella, el recuerdo onírico.

    Bien, todos los que estábamos allí teníamos algún tipo de cuestión con lo que hacíamos. Podría ser cierta tristeza existencial, como en el caso de un peluquero —o tal vez debería decir estilista—, que cortaba el pelo a streamers pero que se sentía poco auténtico en su trabajo, casi un fraude, y eso le dificultaba llevar bien su tarea. O una pequeña obsesión con un método concreto, como una autora de ficción, que creaba tramas siempre iguales o con muy poca variación entre ellas y era incapaz de tomar distancia para darse cuenta. En el sueño, además, la creación de tramas era algo muy visual, algo como montar un puzle gigante con piezas en 3D que después se introduce en una máquina que permite usarlas en la vigilia. Y la muchacha dormía de pena, porque tenía la máquina de puzles trabajando todo el rato.

    Había otros que bailaban y, creedme, eso, de alguna manera, era escribir. Más allá, la actividad de algunos estaba relacionada con barcos y agua. En otro lugar, había verbenas y fiestas populares. Y más allá, música, mucha gente tocando instrumentos variopintos y extraños. Y todo era escribir, aunque no lo fuera.

    Yo paseaba por allí, acompañada, creo que por mi Muso, pero bien podría haber sido cualquier otra presencia que funcionara en ese contexto a modo de guía, aunque recibía información de todos lados, casi como si llevara puesta una audioguía. Y la experiencia era bastante buena y agradable, hasta que mis particulares circunstancias y yo nos convertíamos en protagonistas y todos los demás y sus curiosas actividades quedaban como simple fondo de la escena principal, que era, ya sin duda, mi particular drama.

    Y es que, al parecer, y resumiendo, paso más tiempo pensando en lo que tiene que ser que en lo que es y —escribo de carrerilla para que no se esfume el recuerdo— si no dejo que lo que es sea jamás será lo que tan convencida estoy de que debería ser.

    Este trabalenguas, traducido y adaptado al caso, viene a ser algo así como que me he obsesionado tanto por ser cierto tipo de escritora, ya sabéis, la que escribe maravillosas historias de ficción, que no me dejo ser la que soy, es decir, la que escribe de madrugada en su blog porque su Muso no le deja dormir.

    El problema, porque, como todos los que estaban en esas hermosas praderas, tengo un problema «con lo mío», no es que me haya obsesionado con una práctica concreta de escritura, eso pasa hasta en las mejores familias, me temo; sino que, por un lado, no me consiente escribir nada más y, por otro, desmerezco el género que, por decirlo así, me sale natural.

    Y ambas cosas son graves.

    Lo de desmerecer el género, bueno, qué voy a decir, tengo cierta tendencia a quitar valor a todo lo que hago. Si en lugar de esto tan moderno de la escritura del yo que con tanta naturalidad me sale escribiera ensayo, pues seguramente diría que es porque es un género fácil o para el que no hace falta talento creativo o cualquier otra estupidez. Si escribiera ficción, que es género, o, peor, comercial. Y así hasta el infinito. Y sí, eso, tal vez, sea más material para tratar con mi psicóloga que un problema de escritura en sí. Pero afecta a la escritura.

    La cuestión es que si siempre argumento que todo lo que escribo lo hago porque es fácil, poco meritorio, o lo que sea, jamás —pero nunca, nunca— me atreveré a salir de los géneros y estilos que me son cómodos, quizá no por falta de ganas, sino por creerme incapaz.

    Y esto, amigos, sí que es una cuestión de escritura. Porque la capacidad, perdón que aproveche para recordarlo ahora, no es algo innato. No existe eso del don caído del cielo. Existe la práctica, la perseverancia y, lo más importante, la maldita diversión. Porque en este oficio, y menos en español, nadie está para hacerse rico. Aquí se viene o por obsesión o por diversión, o puede que por ambas.

    En fin, que lo de desmerecer no solo el trabajo propio sino el género al que pertenece es más peliagudo de lo que parece y merece cierta atención por mi parte. Y este sería uno de los mensajes importantes de este sueño, que me ha sacado de la cama a las 5.

    Y ya son las seis.

    Sigamos, porque la otra parte es peor. O más dura, al menos.

    Mi obsesión por cierto tipo de escritura, más meritoria, por lo visto, según ese criterio mío sin respaldo aparente, que sería, supongo, la creación de historias largas de ficción y, para ser más concretos, de fantasía, provoca, según el sueño, que no me permita escribir lo que sí escribo.

    Y sí, tengo un ejemplo de eso para que se entienda. Bueno, vale, tengo muchos, pero contaré solo uno, en pos de la brevedad y del café con leche que tanto necesito tomarme:

    Ayer, sin ir más lejos, y en virtud del maldito horario cambiante de mi septiembre infernal, llegué a casa, destrozada tras una mañana llena de reuniones, a eso de las tres y media. Confieso haberme sentado en sofá y haber cerrado los ojos. Cuando los reabrí, había pasado una hora. Y yo era un zombi. Pensé en escribir, por supuesto —es lo que hago siempre—, pero, claro, en tal estado de zombificación, el proyecto de ficción en el que estoy trabajando no era una opción. Lo que realmente me apetecía era hacer, básicamente, lo que estoy haciendo ahora, a deshoras, que podemos llamar escritura de desahogo, pero que, entonces, habría sido mera escritura del día a día, tan falto él de épica y fantasía como siempre.

    Pero, claro, escribir esto, para servidora, no es escritura siquiera. Y si no tenía fuerzas o energía mental para lo que sí es escribir, según mi desviado criterio, cómo podía consentirme yo dedicar mi escasa energía a escribir cualquier otra cosa. ¿¡Cómo!?

    Así que no escribí.

    Y aquí estamos hoy, ya de mañana, pero todavía mucho antes de que salga el sol, haciendo lo que ayer no me permití hacer.

    Porque este es el segundo punto importante de este sueño extraño, que, por cierto, va mucho más allá de la escritura y que podría resumirse como hay que ser lo que se es completamente y hasta la última consecuencia. No vale ser una margarita que vive acomplejada por no ser una rosa y no abre del todo sus pétalos para tratar de imitar esa otra flor. Es una margarita, no una maldita rosa. Pero una humilde margarita, siendo ella por completo, puede ser, sin duda, una bellísima flor.

    Y no sé por qué hablo de flores y belleza si esto tendría que ir mucho más allá de lo estético, pero ahora mismo, quizás por la falta de café, tampoco me importa.

    Ya no me quedan más que jirones de recuerdos de ese sueño. Sensaciones y alguna imagen extraña, salvajemente onírica, y la convicción absurda de haber paseado por los Campos Asfódelos, adonde va aquello que no se reduce a cenizas…

    Será mejor que me prepare el café.

    Quizá, quién sabe, una bebida caliente y reconfortante dé más sentido a la experiencia.

    Aunque también puede que, en este tipo de cosas, el sentido esté sobrevalorado.

    #Blog #café #desmerecerLoPropio #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #escrituraDelYo #experiencias #fantasía #génerosLiterarios #identidadDeEscritora #insomnioCreativo #inspiración #madrugada #Muso #oficioDeEscribir #PradosAsfódelos #reflexiones #síndromeDelImpostor #sueños
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  14. Un ratito robado

    Abro el blog con el tiempo justo. Al final, esto siempre se ha construido con ratitos robados a la vida. Es su esencia.

    Llevo días sin escribir aquí. He cambiado el desparrame mental en el blog por un cuaderno amarillo de esos que salen en las películas. Allí garabateo pensamientos sin digerir mientras me tomo el primer café. No sé por qué, como diríamos en mi tierra, me ha pegado por retomar esa costumbre, quizá sea porque me es más fácil escribir en papel en la terraza y cuando empiece el frío el ordenador o la tablet volverán a ser el lugar seguro que siempre han sido. O puede que sea por el mero placer de la actividad manual. En cualquier caso, lo disfruto y, ahora mismo, eso es lo único que me importa.

    También es lógico que vaya sin tiempo, ni inspiración, ni ganas de exposición, ni nada de nada. Estoy empezando en un centro educativo nuevo, con todo lo que ello conlleva. No es exactamente un cambio de trabajo, porque sigo currando de lo mismo y para el mismo empleador, pero, por lo demás, es exactamente igual. Y no me puedo quejar, porque es absolutamente todo maravilloso, mucho mejor, incluso, que cualquier fantasía que hubiera tenido al respecto. Pero servidora es un animal de costumbres, así que, mientras la novedad no se convierta en rutina, me sentiré extraña, como si llevara calzado nuevo y demasiado estrecho o, peor, pero más exacto, la ropa interior del revés. Es algo que nadie nota, pero que genera una incomodidad terrible.

    Además, estoy de mudanza. Tenía intención de aguantar la casa de Ibiza hasta el fin del contrato para poder hacer el traslado poco a poco porque, seamos sinceros, bastante tengo con el cambio de centro, de casa, de mundo, como para sumarle una mudanza acelerada. Pero los propietarios han tenido un problema personal y nos han preguntado si podemos dejar antes la casa. Así que lo que tenía que ser un traslado lento y sin traumas se ha convertido en una maldita contrarreloj que me obliga a viajar entre islas cada fin de semana para volver con el coche hasta arriba… Mejor no me preguntéis cómo está ahora mismo mi casa de cajas, bolsas y trastos, porque cuando acabo de despejar lo que he traído una semana, se suma lo del siguiente finde. Y soy consciente de que, acabada la mudanza, reacondicionar la casa de Palma se convertirá en el próximo monstruo a batir.

    ¡Ah, sí! Y no olvidemos que los primeros quince días de septiembre terminé el dichoso máster de guion. Bueno, terminé, a falta de la defensa del TFM, que debería ser, si todo va bien, en octubre. Pero, oigan, sin estrés y sin presión. Lo que no entiendo es cómo todavía me sorprendo de no encontrar tiempo para el blog en lugar de alucinar por hallar tiempo y fuerzas a diario para las páginas matutinas a lo Julia Cameron.

    En fin, que mi vida, ahora mismo, es muy poco romántica y en absoluto grandilocuente, pero, en su pequeña escala de cotidianeidad, os aseguro que es absurdamente épica. Vale, no lucho con espada, lo hago con bolígrafos y plumero, y aunque mis monstruos se llamen Ferry de ida y vuelta, Bolsa llena hasta los topes o Infernal horario mutante de septiembre, os aseguro que cada día es una aventura colosal digna de un héroe griego.

    Y ahí, en esa marabunta, quiero meter la escritura. No solo como un desahogo —como estos del blog o como los de las páginas matutinas, tanto da— sino como proyecto de vida, de ficción, de realidad, de día a día.

    Hay una parte de mí, adulta y sensata, que me dice que espere a que las aguas se calmen, a que, al menos, acabe la dichosa mudanza, o a que septiembre se convierta en octubre y que con él empiecen las clases para que el horario deje de ser un laberinto con minotauro y se transforme en amable rutina, al menos, hasta los exámenes. Pero hay otra, más experimentada y astuta, que insiste en que jamás existirá el momento ideal y lo que ahora es mudanza se transformará en cualquier otra cosa. Siempre, siempre, habrá algo que ocupe tiempo, fuerzas y mente; algo que sirva de excusa para no enfrentar la escritura.

    Mientras veo cómo empiezo, o por dónde, porque está claro que no esperaré al utópico momento perfecto, voy practicando, palabra a palabra, cómo ir robándole momentitos al día a día para que la escritura surja y, poco a poco, también ella se convierta en rutina.

    #Blog #bloqueoCreativo #cotidianidad #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #exilioInterior #experiencias #identidad #mudanza #páginasMatutinas #reflexiones #rutinaCreativa
  15. Un ratito robado

    Abro el blog con el tiempo justo. Al final, esto siempre se ha construido con ratitos robados a la vida. Es su esencia.

    Llevo días sin escribir aquí. He cambiado el desparrame mental en el blog por un cuaderno amarillo de esos que salen en las películas. Allí garabateo pensamientos sin digerir mientras me tomo el primer café. No sé por qué, como diríamos en mi tierra, me ha pegado por retomar esa costumbre, quizá sea porque me es más fácil escribir en papel en la terraza y cuando empiece el frío el ordenador o la tablet volverán a ser el lugar seguro que siempre han sido. O puede que sea por el mero placer de la actividad manual. En cualquier caso, lo disfruto y, ahora mismo, eso es lo único que me importa.

    También es lógico que vaya sin tiempo, ni inspiración, ni ganas de exposición, ni nada de nada. Estoy empezando en un centro educativo nuevo, con todo lo que ello conlleva. No es exactamente un cambio de trabajo, porque sigo currando de lo mismo y para el mismo empleador, pero, por lo demás, es exactamente igual. Y no me puedo quejar, porque es absolutamente todo maravilloso, mucho mejor, incluso, que cualquier fantasía que hubiera tenido al respecto. Pero servidora es un animal de costumbres, así que, mientras la novedad no se convierta en rutina, me sentiré extraña, como si llevara calzado nuevo y demasiado estrecho o, peor, pero más exacto, la ropa interior del revés. Es algo que nadie nota, pero que genera una incomodidad terrible.

    Además, estoy de mudanza. Tenía intención de aguantar la casa de Ibiza hasta el fin del contrato para poder hacer el traslado poco a poco porque, seamos sinceros, bastante tengo con el cambio de centro, de casa, de mundo, como para sumarle una mudanza acelerada. Pero los propietarios han tenido un problema personal y nos han preguntado si podemos dejar antes la casa. Así que lo que tenía que ser un traslado lento y sin traumas se ha convertido en una maldita contrarreloj que me obliga a viajar entre islas cada fin de semana para volver con el coche hasta arriba… Mejor no me preguntéis cómo está ahora mismo mi casa de cajas, bolsas y trastos, porque cuando acabo de despejar lo que he traído una semana, se suma lo del siguiente finde. Y soy consciente de que, acabada la mudanza, reacondicionar la casa de Palma se convertirá en el próximo monstruo a batir.

    ¡Ah, sí! Y no olvidemos que los primeros quince días de septiembre terminé el dichoso máster de guion. Bueno, terminé, a falta de la defensa del TFM, que debería ser, si todo va bien, en octubre. Pero, oigan, sin estrés y sin presión. Lo que no entiendo es cómo todavía me sorprendo de no encontrar tiempo para el blog en lugar de alucinar por hallar tiempo y fuerzas a diario para las páginas matutinas a lo Julia Cameron.

    En fin, que mi vida, ahora mismo, es muy poco romántica y en absoluto grandilocuente, pero, en su pequeña escala de cotidianeidad, os aseguro que es absurdamente épica. Vale, no lucho con espada, lo hago con bolígrafos y plumero, y aunque mis monstruos se llamen Ferry de ida y vuelta, Bolsa llena hasta los topes o Infernal horario mutante de septiembre, os aseguro que cada día es una aventura colosal digna de un héroe griego.

    Y ahí, en esa marabunta, quiero meter la escritura. No solo como un desahogo —como estos del blog o como los de las páginas matutinas, tanto da— sino como proyecto de vida, de ficción, de realidad, de día a día.

    Hay una parte de mí, adulta y sensata, que me dice que espere a que las aguas se calmen, a que, al menos, acabe la dichosa mudanza, o a que septiembre se convierta en octubre y que con él empiecen las clases para que el horario deje de ser un laberinto con minotauro y se transforme en amable rutina, al menos, hasta los exámenes. Pero hay otra, más experimentada y astuta, que insiste en que jamás existirá el momento ideal y lo que ahora es mudanza se transformará en cualquier otra cosa. Siempre, siempre, habrá algo que ocupe tiempo, fuerzas y mente; algo que sirva de excusa para no enfrentar la escritura.

    Mientras veo cómo empiezo, o por dónde, porque está claro que no esperaré al utópico momento perfecto, voy practicando, palabra a palabra, cómo ir robándole momentitos al día a día para que la escritura surja y, poco a poco, también ella se convierta en rutina.

    #Blog #bloqueoCreativo #cotidianidad #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #exilioInterior #experiencias #identidad #mudanza #páginasMatutinas #reflexiones #rutinaCreativa
  16. Un ratito robado

    Abro el blog con el tiempo justo. Al final, esto siempre se ha construido con ratitos robados a la vida. Es su esencia.

    Llevo días sin escribir aquí. He cambiado el desparrame mental en el blog por un cuaderno amarillo de esos que salen en las películas. Allí garabateo pensamientos sin digerir mientras me tomo el primer café. No sé por qué, como diríamos en mi tierra, me ha pegado por retomar esa costumbre, quizá sea porque me es más fácil escribir en papel en la terraza y cuando empiece el frío el ordenador o la tablet volverán a ser el lugar seguro que siempre han sido. O puede que sea por el mero placer de la actividad manual. En cualquier caso, lo disfruto y, ahora mismo, eso es lo único que me importa.

    También es lógico que vaya sin tiempo, ni inspiración, ni ganas de exposición, ni nada de nada. Estoy empezando en un centro educativo nuevo, con todo lo que ello conlleva. No es exactamente un cambio de trabajo, porque sigo currando de lo mismo y para el mismo empleador, pero, por lo demás, es exactamente igual. Y no me puedo quejar, porque es absolutamente todo maravilloso, mucho mejor, incluso, que cualquier fantasía que hubiera tenido al respecto. Pero servidora es un animal de costumbres, así que, mientras la novedad no se convierta en rutina, me sentiré extraña, como si llevara calzado nuevo y demasiado estrecho o, peor, pero más exacto, la ropa interior del revés. Es algo que nadie nota, pero que genera una incomodidad terrible.

    Además, estoy de mudanza. Tenía intención de aguantar la casa de Ibiza hasta el fin del contrato para poder hacer el traslado poco a poco porque, seamos sinceros, bastante tengo con el cambio de centro, de casa, de mundo, como para sumarle una mudanza acelerada. Pero los propietarios han tenido un problema personal y nos han preguntado si podemos dejar antes la casa. Así que lo que tenía que ser un traslado lento y sin traumas se ha convertido en una maldita contrarreloj que me obliga a viajar entre islas cada fin de semana para volver con el coche hasta arriba… Mejor no me preguntéis cómo está ahora mismo mi casa de cajas, bolsas y trastos, porque cuando acabo de despejar lo que he traído una semana, se suma lo del siguiente finde. Y soy consciente de que, acabada la mudanza, reacondicionar la casa de Palma se convertirá en el próximo monstruo a batir.

    ¡Ah, sí! Y no olvidemos que los primeros quince días de septiembre terminé el dichoso máster de guion. Bueno, terminé, a falta de la defensa del TFM, que debería ser, si todo va bien, en octubre. Pero, oigan, sin estrés y sin presión. Lo que no entiendo es cómo todavía me sorprendo de no encontrar tiempo para el blog en lugar de alucinar por hallar tiempo y fuerzas a diario para las páginas matutinas a lo Julia Cameron.

    En fin, que mi vida, ahora mismo, es muy poco romántica y en absoluto grandilocuente, pero, en su pequeña escala de cotidianeidad, os aseguro que es absurdamente épica. Vale, no lucho con espada, lo hago con bolígrafos y plumero, y aunque mis monstruos se llamen Ferry de ida y vuelta, Bolsa llena hasta los topes o Infernal horario mutante de septiembre, os aseguro que cada día es una aventura colosal digna de un héroe griego.

    Y ahí, en esa marabunta, quiero meter la escritura. No solo como un desahogo —como estos del blog o como los de las páginas matutinas, tanto da— sino como proyecto de vida, de ficción, de realidad, de día a día.

    Hay una parte de mí, adulta y sensata, que me dice que espere a que las aguas se calmen, a que, al menos, acabe la dichosa mudanza, o a que septiembre se convierta en octubre y que con él empiecen las clases para que el horario deje de ser un laberinto con minotauro y se transforme en amable rutina, al menos, hasta los exámenes. Pero hay otra, más experimentada y astuta, que insiste en que jamás existirá el momento ideal y lo que ahora es mudanza se transformará en cualquier otra cosa. Siempre, siempre, habrá algo que ocupe tiempo, fuerzas y mente; algo que sirva de excusa para no enfrentar la escritura.

    Mientras veo cómo empiezo, o por dónde, porque está claro que no esperaré al utópico momento perfecto, voy practicando, palabra a palabra, cómo ir robándole momentitos al día a día para que la escritura surja y, poco a poco, también ella se convierta en rutina.

    #Blog #bloqueoCreativo #cotidianidad #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #exilioInterior #experiencias #identidad #mudanza #páginasMatutinas #reflexiones #rutinaCreativa
  17. Un ratito robado

    Abro el blog con el tiempo justo. Al final, esto siempre se ha construido con ratitos robados a la vida. Es su esencia.

    Llevo días sin escribir aquí. He cambiado el desparrame mental en el blog por un cuaderno amarillo de esos que salen en las películas. Allí garabateo pensamientos sin digerir mientras me tomo el primer café. No sé por qué, como diríamos en mi tierra, me ha pegado por retomar esa costumbre, quizá sea porque me es más fácil escribir en papel en la terraza y cuando empiece el frío el ordenador o la tablet volverán a ser el lugar seguro que siempre han sido. O puede que sea por el mero placer de la actividad manual. En cualquier caso, lo disfruto y, ahora mismo, eso es lo único que me importa.

    También es lógico que vaya sin tiempo, ni inspiración, ni ganas de exposición, ni nada de nada. Estoy empezando en un centro educativo nuevo, con todo lo que ello conlleva. No es exactamente un cambio de trabajo, porque sigo currando de lo mismo y para el mismo empleador, pero, por lo demás, es exactamente igual. Y no me puedo quejar, porque es absolutamente todo maravilloso, mucho mejor, incluso, que cualquier fantasía que hubiera tenido al respecto. Pero servidora es un animal de costumbres, así que, mientras la novedad no se convierta en rutina, me sentiré extraña, como si llevara calzado nuevo y demasiado estrecho o, peor, pero más exacto, la ropa interior del revés. Es algo que nadie nota, pero que genera una incomodidad terrible.

    Además, estoy de mudanza. Tenía intención de aguantar la casa de Ibiza hasta el fin del contrato para poder hacer el traslado poco a poco porque, seamos sinceros, bastante tengo con el cambio de centro, de casa, de mundo, como para sumarle una mudanza acelerada. Pero los propietarios han tenido un problema personal y nos han preguntado si podemos dejar antes la casa. Así que lo que tenía que ser un traslado lento y sin traumas se ha convertido en una maldita contrarreloj que me obliga a viajar entre islas cada fin de semana para volver con el coche hasta arriba… Mejor no me preguntéis cómo está ahora mismo mi casa de cajas, bolsas y trastos, porque cuando acabo de despejar lo que he traído una semana, se suma lo del siguiente finde. Y soy consciente de que, acabada la mudanza, reacondicionar la casa de Palma se convertirá en el próximo monstruo a batir.

    ¡Ah, sí! Y no olvidemos que los primeros quince días de septiembre terminé el dichoso máster de guion. Bueno, terminé, a falta de la defensa del TFM, que debería ser, si todo va bien, en octubre. Pero, oigan, sin estrés y sin presión. Lo que no entiendo es cómo todavía me sorprendo de no encontrar tiempo para el blog en lugar de alucinar por hallar tiempo y fuerzas a diario para las páginas matutinas a lo Julia Cameron.

    En fin, que mi vida, ahora mismo, es muy poco romántica y en absoluto grandilocuente, pero, en su pequeña escala de cotidianeidad, os aseguro que es absurdamente épica. Vale, no lucho con espada, lo hago con bolígrafos y plumero, y aunque mis monstruos se llamen Ferry de ida y vuelta, Bolsa llena hasta los topes o Infernal horario mutante de septiembre, os aseguro que cada día es una aventura colosal digna de un héroe griego.

    Y ahí, en esa marabunta, quiero meter la escritura. No solo como un desahogo —como estos del blog o como los de las páginas matutinas, tanto da— sino como proyecto de vida, de ficción, de realidad, de día a día.

    Hay una parte de mí, adulta y sensata, que me dice que espere a que las aguas se calmen, a que, al menos, acabe la dichosa mudanza, o a que septiembre se convierta en octubre y que con él empiecen las clases para que el horario deje de ser un laberinto con minotauro y se transforme en amable rutina, al menos, hasta los exámenes. Pero hay otra, más experimentada y astuta, que insiste en que jamás existirá el momento ideal y lo que ahora es mudanza se transformará en cualquier otra cosa. Siempre, siempre, habrá algo que ocupe tiempo, fuerzas y mente; algo que sirva de excusa para no enfrentar la escritura.

    Mientras veo cómo empiezo, o por dónde, porque está claro que no esperaré al utópico momento perfecto, voy practicando, palabra a palabra, cómo ir robándole momentitos al día a día para que la escritura surja y, poco a poco, también ella se convierta en rutina.

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  18. A delicada questão do poder nas ecovilas

    Como organizar a autoridade coletiva, em comunidades que desejam superar as relações de dominação? Os resquícios do “velho mundo”: ímpeto de mandar e comodidade de obedecer. A liderança circular. O novo trato com o dinheiro

    outraspalavras.net/pos-capital

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  23. Diez días

    Hace diez días que volví al mundo de los vivos y empecé a trabajar. Diez. Y ni siquiera puedo decir que hasta ahora no he tenido tiempo de pasarme por aquí para contarlo, porque sería mentira.

    Lo cierto es que en realidad no sé a qué mundo he vuelto. Y, peor todavía, tampoco tengo claro dónde quiero estar.

    Digo más, tampoco sé, ahora que he regresado, quién quiero ser.

    ¿Quiero ser esa mujer que escribe de todo y de nada en su blog, como si una parte de mí se hubiera quedado en los 2000? ¿Quiero escribir esa novela —o la otra, o la de más allá— que guardo en el cajón? ¿Quiero ir a ese festival de cine del próximo mes a intentar vender mi guion? ¿O lo mando directamente a las productoras afines? ¿O lo escondo en el cajón, junto a las mil novelas de las que me avergüenzo para que, igual que ellas, venga por las noches a torturarme con pesadillas de éxito y sueños de página en blanco?

    Tal vez, solo tal vez, resulta que ya no quiero escribir, sino solo trabajar, hacer deporte, salir con amigos los fines de semana, y, por una vez en mi vida, ser normal.

    Quizá, solo quizá, prefiero ocuparme de mi casa, hacer algo decente con ella y convertirla en algo más que el refugio de caos ordenado en el que me cobijo.

    Puede que quiera habitar mi vida sin pretender que sea nada más de lo que ya es. Sin proyecto, sin presión, sin ficción, ni metáfora, ni alegoría.

    Pero aquí estoy, tecleando a deshoras, sobre quién soy y quién quiero ser, con este gesto que me ancla en los 2000, porque es posible, solo posible, que nunca haya habido elección.

    O, por qué no, tal vez no se trata de elegir sino de asumir que soy la suma de todas y cada una de esas versiones, incluida esa que guarda en cajones historias de las que se avergüenza.

    Puede que mañana por la mañana vuelva al papel y al boli, como he hecho los últimos días, porque dejar de escribir nunca ha sido una opción. O puede que siga con los guiones. O con las novelas. O con el blog.

    _________
    PS: Acabo de darme cuenta de que aquí, en esta nueva realidad, quizá, el blog sea un animal nocturno, como lo era, qué curioso, curiosísimo, allá en los 2000.

    #bloqueoCreativo #cajónDeLosManuscritos #Diario #Escribir #escribirONoEscribir #escritora #escrituraCreativa #experiencias #guionVsNovela #identidadDeEscritora #indecisión #liminalidad #normalidadImposible #reflexiones #vueltaAlTrabajo
  24. Diez días

    Hace diez días que volví al mundo de los vivos y empecé a trabajar. Diez. Y ni siquiera puedo decir que hasta ahora no he tenido tiempo de pasarme por aquí para contarlo, porque sería mentira.

    Lo cierto es que en realidad no sé a qué mundo he vuelto. Y, peor todavía, tampoco tengo claro dónde quiero estar.

    Digo más, tampoco sé, ahora que he regresado, quién quiero ser.

    ¿Quiero ser esa mujer que escribe de todo y de nada en su blog, como si una parte de mí se hubiera quedado en los 2000? ¿Quiero escribir esa novela —o la otra, o la de más allá— que guardo en el cajón? ¿Quiero ir a ese festival de cine del próximo mes a intentar vender mi guion? ¿O lo mando directamente a las productoras afines? ¿O lo escondo en el cajón, junto a las mil novelas de las que me avergüenzo para que, igual que ellas, venga por las noches a torturarme con pesadillas de éxito y sueños de página en blanco?

    Tal vez, solo tal vez, resulta que ya no quiero escribir, sino solo trabajar, hacer deporte, salir con amigos los fines de semana, y, por una vez en mi vida, ser normal.

    Quizá, solo quizá, prefiero ocuparme de mi casa, hacer algo decente con ella y convertirla en algo más que el refugio de caos ordenado en el que me cobijo.

    Puede que quiera habitar mi vida sin pretender que sea nada más de lo que ya es. Sin proyecto, sin presión, sin ficción, ni metáfora, ni alegoría.

    Pero aquí estoy, tecleando a deshoras, sobre quién soy y quién quiero ser, con este gesto que me ancla en los 2000, porque es posible, solo posible, que nunca haya habido elección.

    O, por qué no, tal vez no se trata de elegir sino de asumir que soy la suma de todas y cada una de esas versiones, incluida esa que guarda en cajones historias de las que se avergüenza.

    Puede que mañana por la mañana vuelva al papel y al boli, como he hecho los últimos días, porque dejar de escribir nunca ha sido una opción. O puede que siga con los guiones. O con las novelas. O con el blog.

    _________
    PS: Acabo de darme cuenta de que aquí, en esta nueva realidad, quizá, el blog sea un animal nocturno, como lo era, qué curioso, curiosísimo, allá en los 2000.

    #bloqueoCreativo #cajónDeLosManuscritos #Diario #Escribir #escribirONoEscribir #escritora #escrituraCreativa #experiencias #guionVsNovela #identidadDeEscritora #indecisión #liminalidad #normalidadImposible #reflexiones #vueltaAlTrabajo
  25. Diez días

    Hace diez días que volví al mundo de los vivos y empecé a trabajar. Diez. Y ni siquiera puedo decir que hasta ahora no he tenido tiempo de pasarme por aquí para contarlo, porque sería mentira.

    Lo cierto es que en realidad no sé a qué mundo he vuelto. Y, peor todavía, tampoco tengo claro dónde quiero estar.

    Digo más, tampoco sé, ahora que he regresado, quién quiero ser.

    ¿Quiero ser esa mujer que escribe de todo y de nada en su blog, como si una parte de mí se hubiera quedado en los 2000? ¿Quiero escribir esa novela —o la otra, o la de más allá— que guardo en el cajón? ¿Quiero ir a ese festival de cine del próximo mes a intentar vender mi guion? ¿O lo mando directamente a las productoras afines? ¿O lo escondo en el cajón, junto a las mil novelas de las que me avergüenzo para que, igual que ellas, venga por las noches a torturarme con pesadillas de éxito y sueños de página en blanco?

    Tal vez, solo tal vez, resulta que ya no quiero escribir, sino solo trabajar, hacer deporte, salir con amigos los fines de semana, y, por una vez en mi vida, ser normal.

    Quizá, solo quizá, prefiero ocuparme de mi casa, hacer algo decente con ella y convertirla en algo más que el refugio de caos ordenado en el que me cobijo.

    Puede que quiera habitar mi vida sin pretender que sea nada más de lo que ya es. Sin proyecto, sin presión, sin ficción, ni metáfora, ni alegoría.

    Pero aquí estoy, tecleando a deshoras, sobre quién soy y quién quiero ser, con este gesto que me ancla en los 2000, porque es posible, solo posible, que nunca haya habido elección.

    O, por qué no, tal vez no se trata de elegir sino de asumir que soy la suma de todas y cada una de esas versiones, incluida esa que guarda en cajones historias de las que se avergüenza.

    Puede que mañana por la mañana vuelva al papel y al boli, como he hecho los últimos días, porque dejar de escribir nunca ha sido una opción. O puede que siga con los guiones. O con las novelas. O con el blog.

    _________
    PS: Acabo de darme cuenta de que aquí, en esta nueva realidad, quizá, el blog sea un animal nocturno, como lo era, qué curioso, curiosísimo, allá en los 2000.

    #bloqueoCreativo #cajónDeLosManuscritos #Diario #Escribir #escribirONoEscribir #escritora #escrituraCreativa #experiencias #guionVsNovela #identidadDeEscritora #indecisión #liminalidad #normalidadImposible #reflexiones #vueltaAlTrabajo
  26. Diez días

    Hace diez días que volví al mundo de los vivos y empecé a trabajar. Diez. Y ni siquiera puedo decir que hasta ahora no he tenido tiempo de pasarme por aquí para contarlo, porque sería mentira.

    Lo cierto es que en realidad no sé a qué mundo he vuelto. Y, peor todavía, tampoco tengo claro dónde quiero estar.

    Digo más, tampoco sé, ahora que he regresado, quién quiero ser.

    ¿Quiero ser esa mujer que escribe de todo y de nada en su blog, como si una parte de mí se hubiera quedado en los 2000? ¿Quiero escribir esa novela —o la otra, o la de más allá— que guardo en el cajón? ¿Quiero ir a ese festival de cine del próximo mes a intentar vender mi guion? ¿O lo mando directamente a las productoras afines? ¿O lo escondo en el cajón, junto a las mil novelas de las que me avergüenzo para que, igual que ellas, venga por las noches a torturarme con pesadillas de éxito y sueños de página en blanco?

    Tal vez, solo tal vez, resulta que ya no quiero escribir, sino solo trabajar, hacer deporte, salir con amigos los fines de semana, y, por una vez en mi vida, ser normal.

    Quizá, solo quizá, prefiero ocuparme de mi casa, hacer algo decente con ella y convertirla en algo más que el refugio de caos ordenado en el que me cobijo.

    Puede que quiera habitar mi vida sin pretender que sea nada más de lo que ya es. Sin proyecto, sin presión, sin ficción, ni metáfora, ni alegoría.

    Pero aquí estoy, tecleando a deshoras, sobre quién soy y quién quiero ser, con este gesto que me ancla en los 2000, porque es posible, solo posible, que nunca haya habido elección.

    O, por qué no, tal vez no se trata de elegir sino de asumir que soy la suma de todas y cada una de esas versiones, incluida esa que guarda en cajones historias de las que se avergüenza.

    Puede que mañana por la mañana vuelva al papel y al boli, como he hecho los últimos días, porque dejar de escribir nunca ha sido una opción. O puede que siga con los guiones. O con las novelas. O con el blog.

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    PS: Acabo de darme cuenta de que aquí, en esta nueva realidad, quizá, el blog sea un animal nocturno, como lo era, qué curioso, curiosísimo, allá en los 2000.

    #bloqueoCreativo #cajónDeLosManuscritos #Diario #Escribir #escribirONoEscribir #escritora #escrituraCreativa #experiencias #guionVsNovela #identidadDeEscritora #indecisión #liminalidad #normalidadImposible #reflexiones #vueltaAlTrabajo
  27. También nos puedes encontrar en TIKTOK (tranquilx no bailamos) tiktok.com/@crazy_mad_doctor_ #tiktok #experiencias #directos #terror

  28. También nos puedes encontrar en TIKTOK (tranquilx no bailamos) tiktok.com/@crazy_mad_doctor_ #tiktok #experiencias #directos #terror

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  35. El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #ficciónYRealidad #inspiración #liminalidad #Mallorca #mariposas #reflexiones #vivirDespacio
  36. El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #ficciónYRealidad #inspiración #liminalidad #Mallorca #mariposas #reflexiones #vivirDespacio
  37. El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #ficciónYRealidad #inspiración #liminalidad #Mallorca #mariposas #reflexiones #vivirDespacio
  38. El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #ficciónYRealidad #inspiración #liminalidad #Mallorca #mariposas #reflexiones #vivirDespacio
  39. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  40. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  41. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  42. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

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