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#experiencias — Public Fediverse posts

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  1. El algoritmo no exige nada

    Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:

    “El algoritmo me obliga.”

    No.

    El algoritmo no obliga a nadie.

    No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.

    Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:

    La necesidad de atención.

    Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.

    Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.

    Ya no piensa: reacciona.

    Ya no conversa: publica.

    Ya no observa el mundo: observa estadísticas.

    Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:

    “Es culpa del algoritmo.”

    Pero no.

    El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.

    Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.

    Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.

    Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.

    Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.

    La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.

    Y quizás ahí está la verdadera trampa.

    No en los algoritmos.

    No en Instagram.

    No en X.

    No en TikTok.

    Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.

    Porque nadie está obligado a publicar todos los días.

    Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.

    Nadie está obligado a participar en cada pelea política.

    Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.

    La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.

    Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.

    Los políticos siguen manipulando.

    Los medios siguen exagerando.

    Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.

    Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.

    Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.

    Representan lo que grita más duro.

    Representan lo que genera más reacción.

    Representan lo que produce más clics.

    Representan lo que más dinero mueve.

    Nada más.

    Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:

    ¿Todo el mundo?

    ¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?

    Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.

    En la calle.

    En una conversación sin cámaras.

    En un libro.

    En una caminata.

    En el silencio.

    Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:

    La vida continúa aunque nadie la publique.

    @elmandelacamara

    Escrito lejos del ruido.
    Sin Facebook. Sin X. Sin LinkedIn. Sin TikTok.

    #algoritmos #atenciónDigital #Bogotá #bots #Cali #Caliwood #Colombia #culturaDigital #desconexiónDigital #dignidad #economíaDeLaAtención #elmandelacamara #Ensayo #experiencias #Facebook #fanatismo #granjasDeBots #instagram #Internet #LinkedIn #mediosDeComunicación #opiniónPública #pensamientoCrítico #redes #redesSociales #Sociedad #Tecnología #TikTok #vidaDigital #x #Zoociedad
  2. "Tratamos como problemas individuais de #saúdemental o que são, na verdade, sintomas sociais. A #ansiedade, a #solidão, a #exaustão não são apenas falhas privadas a serem medicadas ou trabalhadas na #terapia; são respostas a um mundo que nos atomiza, que desfez os laços coletivos e transformou experiências que antes nos uniam em #experiências que nos isolam."

    www1.folha.uol.com.br/equilibr

  3. Mi pueblo, que nunca lo fue

    Creo que vivo mal.

    No solo yo, claro. La sociedad, el mundo que nos ha tocado.

    Y no porque haya una única forma buena de hacer las cosas, para nada. Sino porque parezco empeñada —¿parecemos?— en participar en una suerte de carrera de obstáculos de logros, prestigio y mérito en la que hemos olvidado los placeres lentos. O, sencillamente, los placeres. Sin más.

    Es posible que mi percepción no sea en absoluto un diagnóstico, sino la crisis de la mediana edad. Ya sabéis, ese momento en el que, por el motivo que sea, te paras, te observas y te das cuenta de que llevas media vida corriendo —quizás más— en pos de algo que puede que ahora ni siquiera valores. O, peor, ni lo recuerdes.

    Es como que corremos por inercia.

    Acumulamos por inercia.

    Y, también por inercia, mantenemos ciertos hábitos y costumbres, porque en algún momento fueron buenos. O nos lo parecieron. O lo que fuera.

    Yo, mientras, echo de menos el sonido del campanario de la iglesia las tardes de invierno en clase. El mercado en la plaza los viernes por la mañana. Los sábados de bicicleta y los domingos de arroz de pescado.

    Cualquiera podría pensar que echo de menos el pueblo, que no era tal, en el que me crié. Pero aquello nunca fue un pueblo, sino un simple puesto de postas a las puertas de la ciudad para pagar menos impuestos a la entrada en la urbe. En honor a su función, había hostales, posadas, bares y alguna casa de mala reputación, vosotros me entendéis. No tardaron en levantar allí una iglesia para ver si así se erradicaba el pecado que los viajeros, al parecer, traían consigo. Después, un colegio interno femenino de monjas liberales —sí, sí, liberales, todavía hoy se las llama «las francesas», aunque ya no quede ni una de ellas, para diferenciarlas de las monjas de verdad, de hábito y rosario a las cinco—.

    Con los años llegó una fábrica, después otra, bodegas y hasta minas. Con ellas se instaló allí un sindicato, que fue referencia en los primeros años del siglo XX. Ese pueblo, que no era pueblo, sino constructo a base de almas errantes de una y otra calaña amalgamadas en un espacio más que solo fronterizo, liminal, fue el lugar elegido para situar el primer aeropuerto de la isla. Todavía existe, claro, aunque ahora allí solo aterrizan avionetas y helicópteros.

    Me contaba mi abuela que, en los años de la guerra, cada vez que sonaban las sirenas, más que ir a los refugios, que les daban claustrofobia, muchos iban al aeropuerto. Una vez, por lo visto, para no dejar el guiso a medio hacer, se lo llevaron cargando la enorme olla entre dos de los siete hermanos por turnos. Y, creedme, su barrio, por más periférico que fuera, no estaba cerca de aquel aeropuerto construido en un pueblo que no era tal.

    Durante las últimas décadas de la dictadura, y a rebufo del éxito turístico de la isla, en aquel pueblo también surgió un espacio de ocio, que yo llegué a conocer y disfrutar cuando era pequeña, aunque ya no como el lugar de lujo y esplendor que había sido, sino como la realidad decadente que quedaba en los últimos coletazos de su existencia.

    Mi pueblo liminal fue un buen lugar donde crecer. Nadie era de allí, no había familias de toda la vida, a lo sumo, los descendientes de quienes, oliendo negocio en los años de expansión, se asentaron allí no más de tres generaciones atrás. La mayoría, éramos de cualquier lugar, menos de allí.

    El colegio de las monjas francesas, por aquel entonces, ya era mixto. Ya os he dicho que eran muy liberales. Fueron las primeras en mezclar chicas con chicos y en eliminar los uniformes. Absurdamente, hace pocos años los han vuelto a poner. Aunque, ya lo he dicho, de las monjas francesas que ya solo queda el nombre.

    Durante mi infancia, no obstante, no hubo uniformes, sí baberos durante algunos años —y cómo odiaba esa cosa—. Claro que el suyo ya no era el único colegio, pues, por lo visto, a rebufo de la fama de las francesas, más colegios privados y concertados se asentaron allí. Y, después —solo después— hicieron los públicos.

    Y la iglesia, ya sea porque yo iba a cole de monjas o porque de verdad era el centro de algo, vertebraba la sociedad con actividades, campamentos, excursiones, conciertos…

    Claro que, por pequeño que fuera aquello —aunque para aquel entonces ya estaba creciendo a lo bestia—, me consta que había familias que vivían de espaldas a toda aquella actividad y que si se enteraban de que existía, era de pasada.

    Y sí, es posible que eche de menos aquello, aunque de aquello ya no queda nada. La iglesia, sí, sigue en pie. Pero ahora allí solo se da misa y no queda actividad cívica alguna, igual que no quedan monjas francesas. Queda el aeropuerto, sí, y las ruinas de aquel club que alguna vez fue un lugar elitista. No tengo claro qué ha pasado con las bodegas, pero me ha parecido ver que están construyendo una finca encima. El edificio del sindicato alberga en su planta baja una compañía de seguros y, mire donde mire, hay una inmobiliaria.

    Aquel pueblo, que no era tal —nunca lo fue, ni lo pretendió—, ha seguido creciendo a lo largo de los años. Suerte que hay un torrente que delimita de alguna manera su espacio, pero ni esa frontera natural puede ocultar la realidad: ahora es un inmenso espacio residencial para la clase media aspiracional. Lo suficientemente lejos de la ciudad para sentirte cerca, pero bastante lejos para que adquirir una vivienda no suene a ilusión al alcance solo de Hans, Peter u Olaf. Ellos ya se han quedado con la ciudad y la costa, claro.

    Por lo menos, eso sí, las campanas de la iglesia siguen tocando, ya sea para llamar a misa o porque el carillón del reloj da la hora. Y eso, al menos, hace compañía. Resulta que el sonido de mi infancia es el de ese campanario y el de las avionetas cumpliendo horas de vuelo de pilotos en formación. Y sí, el de aviones teledirigidos que ni siquiera sé si todavía existen y el de un tren que ya no suena como sonaba.

    Así que no, no echo de menos aquel pueblo que nunca lo fue, porque sigue existiendo, aunque ahora sea muy diferente, pero, precisamente por eso, continúa siendo el mismo.

    Lo que echo de menos es vivir despacio. Necesitar menos. Disfrutar más. Y eso, a estas alturas, mi pueblo que jamás fue tal, levantado sobre las ruinas de casas de postas de reputación dudosa, no me lo puede dar.

    #Blog #crisisDeLaMedianaEdad #desarraigo #Diario #Escribir #escritora #especulaciónInmobiliaria #experiencias #identidad #infancia #liminalidad #Mallorca #memoria #nostalgia #vivirDespacio
  4. Mudarse al refugio

    Llevo días volcada en la puesta a punto del blog. Aunque no sé si, más que puesta a punto, debería llamarlo reestructuración. O, quizá, reforma. Al fin y al cabo, lo que estoy haciendo es transformar en un hogar mi pequeño refugio digital.

    Hasta ahora, La Enésima había sido como una casita en el campo a la que acudir de tanto en tanto para reconectar conmigo misma. Era acogedora y tenía todo lo que necesitaba para estancias breves. Y me encantaba ir a pasar mis ratos libres. Pero no era un hogar. A lo sumo, una casa de vacaciones o, si me apuras, de fin de semana. Poco más.

    Lo que estoy haciendo ahora es mudarme ahí, del todo, con todo lo que eso implica, y sin una casa en la ciudad que articule la vida o a la que regresar si todo sale mal.

    Aunque, por supuesto, si todo sale mal, siempre puedo volver a empezar.

    Eso, creo, es algo que he aprendido en este último año en el que la vida se me ha puesto del todo patas arriba. Solemos vivir como quien se lo juega todo a una mano y sin posibilidad de pedir más cartas. Pero la realidad, por dura que sea —y puede ser durísima—, es mucho más flexible de lo que solemos pensar. Mucho más.

    Eso sí, empezar de cero da vértigo. Mucho. En especial cuando sientes que ya tienes algo construido y quieres conservarlo. Por ejemplo, este blog. No lo estoy estropeando, lo estoy ampliando, adaptándolo a mi momento actual o incluso, quizás, mejorando. Pero no voy a mentir, me daba pánico dar este paso porque el cambio, por leve que fuera, podía suponer perder el refugio que con tanto esfuerzo había construido y, sobre todo, que tanto bien me hacía —y me sigue haciendo—.

    Igual que me daba pánico cambiar la forma de distribución de mis libros publicados y que dejaran de estar en exclusiva en Amazon, aunque hace años que las ventajas de esa exclusividad dejaron de serlo para mí. También me daba pánico publicar en el blog el guion en el que estoy trabajando, porque el formato es muy distinto, porque es un proyecto en curso, porque, porque, porque…

    Siempre es igual, miedo versus oportunidad. Pero no miedo a que la oportunidad que sea no salga bien. Eso lo podemos tolerar con sorprendente facilidad. El miedo real es a perder lo que sea que tenemos y a que no haya nunca, jamás, ninguna otra oportunidad, ningún otro camino, solo vacío.

    Al final, me temo, es a ese vacío informe al que tememos. Un vacío que ni siquiera está claro que sea real, pero que se alimenta de todos nuestros pequeños miedos concretos.

    Y es posible que no exista una fórmula mágica para hacer frente a ese vacío o, siquiera, a esos pequeños miedos que se nos acumulan en el pecho, en lo más profundo de las tripas o nos anudan la garganta. Pero sí hay una certeza: nunca sabremos cuál es nuestra última mano hasta que lleguemos a ella. Y si esta en la que estamos no es nuestra última jugada, poco importa ganar o perder. Siempre podemos volver a pedir cartas. Siempre podemos volver a empezar. Aunque sea de cero.

    #Blog #cambios #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #hogar #LaEnésima #miedo #procesoCreativo #proyectosPersonales #reflexiones #vidaCotidiana #volverAEmpezar
  5. La gran rueda

    No nos volvimos más libres.

    Nos volvimos más fáciles de domesticar.

    Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.

    Y todavía creemos que las usamos nosotros.

    La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.

    Es la gamificación.

    Todo tiene una barra de progreso.

    Todo tiene un nivel.

    Todo tiene una insignia.

    Todo tiene una racha.

    Todo tiene un contador.

    Ya no aprendemos idiomas.

    Mantenemos llamas virtuales.

    Ya no hacemos ejercicio.

    Cerramos anillos.

    Ya no compartimos fotografías.

    Perseguimos alcance.

    Ya no escribimos.

    Alimentamos algoritmos.

    Ya no conversamos.

    Respondemos notificaciones.

    Todo parece un juego.

    Nada parece una cárcel.

    Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.

    Las prisiones dejaron de parecer prisiones.

    Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.

    No hace falta obligarte.

    Te convencerán de volver mañana.

    Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.

    Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.

    Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.

    Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.

    Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.

    Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.

    Todo el mundo aprendió la misma lección:

    No vendas resultados.

    Vende indicadores.

    La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.

    Una persona presume mil días de Duolingo.

    Perfecto.

    ¿Puede sostener una conversación de diez minutos?

    Otra presume leer cien libros al año.

    Perfecto.

    ¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?

    Otra presume diez mil seguidores.

    Perfecto.

    ¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?

    Vivimos enamorados del marcador.

    Olvidamos mirar el partido.

    Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.

    Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.

    Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.

    Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.

    Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.

    Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.

    Ansiedad por desconectarnos.

    Vacío por no producir datos.

    La economía ya no necesita solamente trabajadores.

    Necesita usuarios.

    No necesita ciudadanos.

    Necesita consumidores de atención.

    Cada clic alimenta una base de datos.

    Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.

    Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.

    Nos convencieron de que el producto era gratuito.

    Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.

    Por eso ya casi nadie soporta el silencio.

    Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.

    Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.

    Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.

    El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.

    Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.

    Las de nuestro tiempo.

    Las de nuestra atención.

    Las de nuestros hábitos.

    Las de nuestra dependencia.

    No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.

    Sería absurdo.

    La tecnología es una herramienta extraordinaria.

    Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.

    Ese día dejamos de usar el sistema.

    El sistema empezó a usarnos.

    La libertad no consiste en romper todas las ruedas.

    Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…

    …y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.

    @elmandelacamara

    Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.

    Imagen creada con inteligencia artificial.

    Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.

    #AdicciónDigital #algoritmos #Atención #Bogotá #Bumble #Cali #Caliwood #Colombia #críticaSocial #culturapop #dignidad #DiseñoPersuasivo #DopaminaDigital #Duolingo #economíaDeLaAtención #economíaDigital #elmandelacamara #estupidoServil #experiencias #Facebook #Gamificación #Grindr #instagram #LinkedIn #Notificaciones #Productividad #Rachas #redes #redesSociales #SCRUFF #Sociedad #Tecnología #TikTok #Tinder #x #YouTube #Zoociedad
  6. Objeto, sujeto, zombi

    A veces, la versión de mí que sobrevivía en lugar de vivir regresa como un muerto viviente en una mala película de zombies. Regresa y toma el control, como si no hubiera conseguido ya lo que me propuse cuando cambié experiencia por supervivencia. O, peor, como si no hubiera entendido la lección más importante de todo aquello. La única que realmente valió la pena.

    Pero sí que lo entendí. Perfectamente. Es solo que tengo mala memoria y soy de olvido fácil. Sobre todo, en los días que tengo el ánimo bajo, como hoy. Y estaba a punto de escribir que, además, todo es culpa de la sociedad, que nos bombardea con ideas más o menos absurdas y nos genera falsas necesidades, ajenas a cualquier deseo o ambición personal. Pero la excusa es demasiado fácil. Demasiado simple.

    La culpa —ese concepto tan católico—, si la hay, es toda nuestra. Toda mía, en este caso. Y no es por darme importancia, sino por reconocer una verdad que no por ser omitida dolerá menos: es más fácil y cómodo dejarse llevar que pensar por uno mismo. Más simple que tener ideas propias. Mucho más sencillo que luchar por ellas, nadar contra corriente, pero no como un salmón cualquiera, siguiendo instintos e impulsos físicos ni siquiera comprendidos. Para nada. Sino como el superhombre nietzscheano —supermujer, si se me permite— que se sobrepone y supera a cualquier corriente de su tiempo y pensamiento imperante para construir las propias.

    Muy decimonónico todo —o de principios del veinte…—, pero qué queréis, soy una romántica. Nada me gusta más que una tormenta, un espíritu atormentado, un buen mito o una leyenda. Quizás un filósofo misógino. O un poeta sifilítico, pero inspirado. Tal vez, cuando era joven, también la absenta.

    Y es que, si me paro a pensarlo, soy una maldita encarnación, un siglo tardía, eso sí, de una heroína romántica. Quizás tuve que nacer cien años tarde porque, por aquel entonces, como mujer, era difícil ser nada más que objeto y servidora gusta de defender su función como sujeto, aunque la función que me toque ejecutar sea la de verbos tristes como enfermar, sufrir o perder. Ahora, que si lo pienso bien, es eso lo que me convierte en romántica, en realidad.

    Vaya tela, encajar tan bien en un movimiento y vivir con un siglo de retraso. Aunque, si me detengo a observarlo, también es eso muy, muy romántico. Es como el mito del fantasma pero elevado a la enésima potencia. No es que sea un espíritu del ayer que ha permanecido, por apego o por lo que sea, vinculado a un plano que no es el suyo. Es peor todavía. Es un alma de una época que ya no existe condenada a vivir en una época que no le corresponde, sin castillos ni dandis decadentes, sin la inocencia previa a las grandes guerras, ni la fe en el progreso, ni la nostalgia, siquiera, de un pasado dorado.

    Quizás, visto desde ese ángulo, no sea tan romántica como me creo, sino neorromántica —aunque estoy segura, sin necesidad de buscarlo, de que, como todo en nuestro tiempo, ya se habrá banalizado este término para referirse a cualquier cosa concretísima, como, yo qué sé, un tipo de ropa o un estilo de música—.

    En mi mundo, a partir de hoy, neorromántico es sufrir una enfermedad crónica, a poder ser autoinmune, pero no necesariamente, en lugar de sífilis y tuberculosis, tan propias ellas del romanticismo original.

    También lo es creer que los mundos imaginarios tal vez no lo son tanto, que un buen mito o leyenda puede explicar tanto o más que la mejor de las teorías científicas y, al mismo tiempo, que la ciencia, tarde o temprano, explicará muchas de las cosas que ahora niega.

    Una neorromántica no tiene problema en creer tanto en fantasmas como en la conciencia de las máquinas. Y, quizás, ya no beba absenta, pero, oigan, que el matcha es antioxidante, con toda una tradición que lo sostiene y mitología propia, y, en fin, también es verde.

    Y, puestos a ello, con tal de exorcizar días malos, como este, una neorromántica se viste acorde al estilo que representa, que un vestido largo hasta los pies y vaporoso es tan propio de Ibiza en verano como del siglo XIX —vale, quizás, el mío para viajar en el tiempo es un poco demasiado escotado, pero por algo hemos añadido el prefijo neo al término que nos define—.

    Dicho sea de paso, una buena neorromántica gusta de escribir y es una experta diarista. Quizás por aquello de la obsesión por el yo de los románticos, que ha perdurado hasta nuestros días a través de las décadas.

    Pero, de todo, lo mejor de ser una neorromántica es que tener días tontos, días malos —días de mierda— forma parte, por completo, de su propia esencia. Seamos realistas, no hay romántico o romántica que valga, con o sin prefijo rejuvenecedor, que no esté atormentado por el mero hecho de su existencia, a la par que maravillado por la misma.

    Y eso, queridos, desmitifica al zombi del pasado que, sin éxito, se empeña en tomar el mando. Hasta cuando es un muerto viviente el que gobierna mi mente, mi esencia sigue siendo la misma, porque, decidme, qué hay más romántico que luchar con tu propia psique por el control del barco.

    #autoconocimiento #autoironía #Blog #Diario #duelo #enfermedadCrónica #escritura #escrituraCreativa #experiencias #humor #identidad #ironía #liminalidad #neorromántica #Resiliencia #romanticismo #saludMental #superhombreNietzscheano
  7. Como são os microcosmos do pós-capitalismo

    Um número crescente de agrupamentos humanos opta por se afastar das relações regidas pela competição, individualismo e predação da natureza. Criam o novo ou escapam do combate real? O primeiro passo, para avaliar, é conhecê-los

    outraspalavras.net/pos-capital

  8. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

    #autopublicación #Blog #bloqueoCreativo #booktok #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirYMostrarse #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #identidadDeEscritora #inspiración #LaEnésimaAventura #musas #procesoCreativo #promociónLiteraria #redesSociales #reflexiones #vulnerabilidad
  9. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

    #autopublicación #Blog #bloqueoCreativo #booktok #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirYMostrarse #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #identidadDeEscritora #inspiración #LaEnésimaAventura #musas #procesoCreativo #promociónLiteraria #redesSociales #reflexiones #vulnerabilidad
  10. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

    #autopublicación #Blog #bloqueoCreativo #booktok #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirYMostrarse #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #identidadDeEscritora #inspiración #LaEnésimaAventura #musas #procesoCreativo #promociónLiteraria #redesSociales #reflexiones #vulnerabilidad
  11. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

    #autopublicación #Blog #bloqueoCreativo #booktok #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirYMostrarse #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #identidadDeEscritora #inspiración #LaEnésimaAventura #musas #procesoCreativo #promociónLiteraria #redesSociales #reflexiones #vulnerabilidad
  12. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

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