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El vuelo de las mariposas
Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.
Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.
Bueno, no, en realidad, no.
Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.
Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.
Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.
Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.
Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.
Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.
Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.
Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.
O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.
No lo sé.
Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.
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El algoritmo no exige nada
Hay una mentira moderna que la gente repite con la misma fe con la que antes repetía horóscopos, sermones o discursos políticos:
“El algoritmo me obliga.”
No.
El algoritmo no obliga a nadie.
No entra a tu casa. No te apunta con un arma. No te despierta a las tres de la mañana para recordarte que debes publicar una historia mostrando tu desayuno, tu opinión política o la foto número quinientas de tu gimnasio.
Lo que existe es algo mucho más incómodo de admitir:
La necesidad de atención.
Durante años las redes sociales convencieron a millones de personas de que existir y ser visto eran la misma cosa. Que si nadie reaccionaba, comentaba o compartía, entonces algo estaba mal.
Así nació una generación de personas que ya no vive experiencias: las documenta.
Ya no piensa: reacciona.
Ya no conversa: publica.
Ya no observa el mundo: observa estadísticas.
Y cuando la ansiedad aparece, cuando el cansancio llega, cuando la mente se siente saturada de noticias, peleas, tendencias, indignaciones y escándalos diarios, aparece la excusa perfecta:
“Es culpa del algoritmo.”
Pero no.
El algoritmo no es el autor de ese agotamiento.
Es apenas un espejo que refleja comportamientos humanos que existían mucho antes de internet: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido, de tener razón y de sentirse importante.
Por eso resulta curioso ver a tantas personas anunciar públicamente que van a desconectarse.
Publican cuatro historias explicando que necesitan alejarse de las redes.
Es decir, convierten su salida de las redes en contenido para las redes.
La desconexión también termina siendo parte del espectáculo.
Y quizás ahí está la verdadera trampa.
No en los algoritmos.
No en Instagram.
No en X.
No en TikTok.
Sino en haber entregado nuestra capacidad de decidir.
Porque nadie está obligado a publicar todos los días.
Nadie está obligado a opinar sobre cada noticia.
Nadie está obligado a participar en cada pelea política.
Nadie está obligado a consumir diez horas diarias de ruido digital.
La mayoría simplemente eligió hacerlo durante tanto tiempo que terminó creyendo que ya no tenía elección.
Mientras tanto, las plataformas siguen funcionando exactamente igual.
Los políticos siguen manipulando.
Los medios siguen exagerando.
Las granjas de bots siguen fabricando conversaciones artificiales.
Y millones de usuarios siguen confundiendo una tendencia con la realidad.
Porque la verdad más incómoda de internet es que las redes sociales no representan necesariamente lo que piensa la gente.
Representan lo que grita más duro.
Representan lo que genera más reacción.
Representan lo que produce más clics.
Representan lo que más dinero mueve.
Nada más.
Por eso cada vez que alguien afirma que “todo el mundo está hablando de esto”, vale la pena hacerse una pregunta sencilla:
¿Todo el mundo?
¿O simplemente los mismos miles de perfiles atrapados dentro de la misma pantalla?
Quizás la realidad sigue estando donde siempre estuvo.
En la calle.
En una conversación sin cámaras.
En un libro.
En una caminata.
En el silencio.
Porque fuera de internet existe una verdad que los algoritmos jamás podrán alterar:
La vida continúa aunque nadie la publique.
Escrito lejos del ruido.
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Mi pueblo, que nunca lo fue
Creo que vivo mal.
No solo yo, claro. La sociedad, el mundo que nos ha tocado.
Y no porque haya una única forma buena de hacer las cosas, para nada. Sino porque parezco empeñada —¿parecemos?— en participar en una suerte de carrera de obstáculos de logros, prestigio y mérito en la que hemos olvidado los placeres lentos. O, sencillamente, los placeres. Sin más.
Es posible que mi percepción no sea en absoluto un diagnóstico, sino la crisis de la mediana edad. Ya sabéis, ese momento en el que, por el motivo que sea, te paras, te observas y te das cuenta de que llevas media vida corriendo —quizás más— en pos de algo que puede que ahora ni siquiera valores. O, peor, ni lo recuerdes.
Es como que corremos por inercia.
Acumulamos por inercia.
Y, también por inercia, mantenemos ciertos hábitos y costumbres, porque en algún momento fueron buenos. O nos lo parecieron. O lo que fuera.
Yo, mientras, echo de menos el sonido del campanario de la iglesia las tardes de invierno en clase. El mercado en la plaza los viernes por la mañana. Los sábados de bicicleta y los domingos de arroz de pescado.
Cualquiera podría pensar que echo de menos el pueblo, que no era tal, en el que me crié. Pero aquello nunca fue un pueblo, sino un simple puesto de postas a las puertas de la ciudad para pagar menos impuestos a la entrada en la urbe. En honor a su función, había hostales, posadas, bares y alguna casa de mala reputación, vosotros me entendéis. No tardaron en levantar allí una iglesia para ver si así se erradicaba el pecado que los viajeros, al parecer, traían consigo. Después, un colegio interno femenino de monjas liberales —sí, sí, liberales, todavía hoy se las llama «las francesas», aunque ya no quede ni una de ellas, para diferenciarlas de las monjas de verdad, de hábito y rosario a las cinco—.
Con los años llegó una fábrica, después otra, bodegas y hasta minas. Con ellas se instaló allí un sindicato, que fue referencia en los primeros años del siglo XX. Ese pueblo, que no era pueblo, sino constructo a base de almas errantes de una y otra calaña amalgamadas en un espacio más que solo fronterizo, liminal, fue el lugar elegido para situar el primer aeropuerto de la isla. Todavía existe, claro, aunque ahora allí solo aterrizan avionetas y helicópteros.
Me contaba mi abuela que, en los años de la guerra, cada vez que sonaban las sirenas, más que ir a los refugios, que les daban claustrofobia, muchos iban al aeropuerto. Una vez, por lo visto, para no dejar el guiso a medio hacer, se lo llevaron cargando la enorme olla entre dos de los siete hermanos por turnos. Y, creedme, su barrio, por más periférico que fuera, no estaba cerca de aquel aeropuerto construido en un pueblo que no era tal.
Durante las últimas décadas de la dictadura, y a rebufo del éxito turístico de la isla, en aquel pueblo también surgió un espacio de ocio, que yo llegué a conocer y disfrutar cuando era pequeña, aunque ya no como el lugar de lujo y esplendor que había sido, sino como la realidad decadente que quedaba en los últimos coletazos de su existencia.
Mi pueblo liminal fue un buen lugar donde crecer. Nadie era de allí, no había familias de toda la vida, a lo sumo, los descendientes de quienes, oliendo negocio en los años de expansión, se asentaron allí no más de tres generaciones atrás. La mayoría, éramos de cualquier lugar, menos de allí.
El colegio de las monjas francesas, por aquel entonces, ya era mixto. Ya os he dicho que eran muy liberales. Fueron las primeras en mezclar chicas con chicos y en eliminar los uniformes. Absurdamente, hace pocos años los han vuelto a poner. Aunque, ya lo he dicho, de las monjas francesas que ya solo queda el nombre.
Durante mi infancia, no obstante, no hubo uniformes, sí baberos durante algunos años —y cómo odiaba esa cosa—. Claro que el suyo ya no era el único colegio, pues, por lo visto, a rebufo de la fama de las francesas, más colegios privados y concertados se asentaron allí. Y, después —solo después— hicieron los públicos.
Y la iglesia, ya sea porque yo iba a cole de monjas o porque de verdad era el centro de algo, vertebraba la sociedad con actividades, campamentos, excursiones, conciertos…
Claro que, por pequeño que fuera aquello —aunque para aquel entonces ya estaba creciendo a lo bestia—, me consta que había familias que vivían de espaldas a toda aquella actividad y que si se enteraban de que existía, era de pasada.
Y sí, es posible que eche de menos aquello, aunque de aquello ya no queda nada. La iglesia, sí, sigue en pie. Pero ahora allí solo se da misa y no queda actividad cívica alguna, igual que no quedan monjas francesas. Queda el aeropuerto, sí, y las ruinas de aquel club que alguna vez fue un lugar elitista. No tengo claro qué ha pasado con las bodegas, pero me ha parecido ver que están construyendo una finca encima. El edificio del sindicato alberga en su planta baja una compañía de seguros y, mire donde mire, hay una inmobiliaria.
Aquel pueblo, que no era tal —nunca lo fue, ni lo pretendió—, ha seguido creciendo a lo largo de los años. Suerte que hay un torrente que delimita de alguna manera su espacio, pero ni esa frontera natural puede ocultar la realidad: ahora es un inmenso espacio residencial para la clase media aspiracional. Lo suficientemente lejos de la ciudad para sentirte cerca, pero bastante lejos para que adquirir una vivienda no suene a ilusión al alcance solo de Hans, Peter u Olaf. Ellos ya se han quedado con la ciudad y la costa, claro.
Por lo menos, eso sí, las campanas de la iglesia siguen tocando, ya sea para llamar a misa o porque el carillón del reloj da la hora. Y eso, al menos, hace compañía. Resulta que el sonido de mi infancia es el de ese campanario y el de las avionetas cumpliendo horas de vuelo de pilotos en formación. Y sí, el de aviones teledirigidos que ni siquiera sé si todavía existen y el de un tren que ya no suena como sonaba.
Así que no, no echo de menos aquel pueblo que nunca lo fue, porque sigue existiendo, aunque ahora sea muy diferente, pero, precisamente por eso, continúa siendo el mismo.
Lo que echo de menos es vivir despacio. Necesitar menos. Disfrutar más. Y eso, a estas alturas, mi pueblo que jamás fue tal, levantado sobre las ruinas de casas de postas de reputación dudosa, no me lo puede dar.
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Un día tonto
Menudo día tonto estoy teniendo. Sé que es normal, que de estos también hay, pero eso no lo hace más llevadero.
Lo peor es que no ha pasado nada. Es decir, no hay un motivo concreto que justifique la tontería que padezco. Aunque, ahora que lo pienso, es posible que por ese motivo lo sienta como tonto y no como malestar, infelicidad, dolor o cualquier otra cosa.
Por lo visto, soy una persona terriblemente racional que necesita que todo tenga su causa, su porqué, su sentido. A pesar de que, a la hora de la verdad, yo soy más de seguir corazonadas que estrategias. Es más, lo de ser una brújula no es algo que aplique en exclusiva a mi escritura. Para nada. Lo de guiarme por una brújula interior, o una suerte de sonar del alma o de ecolocalización del corazón, es algo que se aplica a mi vida al completo. Y no me va mal. Al contrario. Pero, siendo esto así, no sé por qué me angustio tanto.
Dice mi psicóloga que esa angustia es, en realidad, ansiedad. Que no me apure, que es el mal de este siglo, que padecerla me hace más normal, más del montón, que es, según le digo una sesión tras otra, lo que más deseo ser. Que la terapia ayudará. Que me centre en el presente. Que deje seguir su curso lo que no está en mi mano y no puedo controlar.
—Inspira… Aguanta el aire… Un poco más… Exhala despacio… Repite…—
Ansiedad y un poco de trauma, ese creo que es el diagnóstico, para nada espectacular, pero sí bastante tocanarices, cuando de funcionar con normalidad se trata. Y sí, la meditación ayuda. Pero no es suficiente —o quita más tiempo que tranquilidad te da—. También ayudaba el deporte, hasta que el cuerpo dijo basta. Y el yoga…
Quizás tendría que volver al yoga. O probar el pilates. ¿No han sacado nada nuevo ahora que esté de moda y te prometa un cuerpo —y sin dolor— y tranquilidad del alma?
O, tal vez, quién sabe, tendría que aprender a fiarme de mi ecolocalizador interior y comprender que si tengo un día tonto, quizás sea porque el cuerpo y el alma me piden un poco de recogimiento y calma.
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A golpe de tecla
Me he metido en un berenjenal. Aunque para alguien que usa la metáfora del huerto, el jardín y las plantas para hablar de su escritura quizás no sea algo malo.
Resulta que desde que empecé a hacer directos en TikTok tenía una idea que me medio obsesionaba: aplicar a la escritura lo que veía que muchas chicas hacían en YouTube y Twitch con el estudio, como sesiones de estudio en directo, bajo el título de «Estudia conmigo», con musiquita de fondo, un set bonito y aplicando la técnica pomodoro, que consiste en alternar periodos de trabajo y descanso. Mi ideal, cuando estoy estudiando, son las sesiones de cuatro tandas de cincuenta minutos de trabajo y diez de descanso. Para escribir, mi ideal es la mitad.
Ayer, mientras estaba en el directo, que, fiel a mi obsesión, suelo titular «Escribe conmigo», una chica me preguntó cuál era la dinámica, a lo que yo respondí que, de momento, ninguna, pero que mi idea era la de copiar las sesiones de «Estudia conmigo» y aplicarlas a la escritura. La idea le gustó y, bueno, ya sabéis que a mí me basta poco para venirme arriba.
Y aquí estoy yo hoy, escribiendo esta entrada durante la primera sesión oficial de «Escribe conmigo» de mi canal de TikTok —¿lo de TikTok se llama también canal o tiene otro nombre? Tendré que investigarlo—, mientras un cronómetro se come la primera mitad del tomate y hay más gente en mi live de la que ha habido nunca.
Debo decir que, para la ocasión, siguiendo la idea de trasladar a la escritura lo que veía en el estudio, he hecho un fondo de pantalla precioso para el directo, muy cuqui él, pero en el que, además, de un vistazo puede verse en qué consiste la dinámica.
Y creo, sinceramente, que de la misma manera que esas sesiones de «Estudia conmigo» son más que útiles para el estudio, también lo pueden ser para la escritura.
Esos canales dedicados a las sesiones de estudio en directo con la técnica pomodoro son especialmente útiles cuando uno está embarcado en un proceso largo, extremadamente exigente y muy competitivo, como, por ejemplo, una oposición. Pero también para las épocas de exámenes de bachillerato, ciclos formativos superiores y universidad.
Sirven porque, por un lado, ves que no eres la única persona que estudia y está sometida a un ritmo y a unos niveles de exigencia que no son los habituales. Y, seamos sinceros, no es lo mismo sufrir en solitario que hacerlo en compañía. Ese es el otro factor de utilidad. Al principio te puede parecer que solo tienes un canal de fondo, como quien tiene la tele sin sonido o música a un nivel bajito. Pero, poco a poco, vas conociendo a la persona que conduce los directos y, sobre todo —y esto es lo más importante—, a los asistentes habituales. Y el estudio deja de ser un sacrificio solitario y pasa a ser otra cosa.
Pero hay algo más. Estos directos suelen tener una estructura clara y, más importante, unos horarios definidos. Por ejemplo, de lunes a viernes de nueve a dos. O de diez a doce, que es el horario que me he puesto yo para probar. Y eso es oro en un momento en el que tienes que organizarte tú contigo misma, sin más motivación que la ilusión inicial por el proyecto que sea y una fecha de examen generalmente muy lejana.
Tampoco hay que olvidar que en los estudios, me da igual que sean los estudios oficiales normales o un proceso selectivo, por más que te esfuerces, no tienes nada asegurado, así que es muy importante —importantísimo— ser capaz de mantener la motivación suficiente a lo largo del tiempo para sostener el esfuerzo necesario sin flaquear. En ese contexto, saber que al otro lado de la pantalla hay un grupo de personas, o incluso una sola, con la que compartir el proceso y las sesiones, ayuda, y mucho.
Con toda esta exposición supongo que nadie se sorprenderá si digo que cuando preparaba mi oposición yo participaba en sesiones de «Estudia conmigo» de distintas plataformas y que me ayudaron muchísimo.
Y, por el mismo motivo, imagino que cualquiera puede suponer las enormes similitudes que veo entre las dos situaciones: estudiar es solitario, requiere de mucho esfuerzo, sacrificio y motivación. Escribir también. Cuando estudias, por mucho que te esfuerces, nadie te puede garantizar el éxito en el proceso que sea que estés participando. En la escritura tampoco hay nunca éxito garantizado. En el estudio la buena organización y unas rutinas adecuadas son imprescindibles. En la escritura —sí, lo adivinaste—, también.
Las mayores diferencias que veo entre el estudio y la escritura son, por un lado, la competitividad, pues parece que los escritores competimos entre nosotros para conseguir el éxito; por otro lado, el mito del escritor solitario. Que es, por cierto, tan falso como el mito del escritor sufridor, aunque de este último ya hablaremos detalladamente en otro post.
Ambas ideas, tanto la de la competitividad como la del escritor solitario, me las ha desmontado el mundo de la escritura de guiones audiovisuales. No es que los guionistas no compitan entre ellos —claro que lo hacen—, es que entienden que su trabajo no es solitario ni existe aislado en el mundo. Más que eso, lo más habitual es el trabajo conjunto, en equipos formados por múltiples profesionales. Cierto es que, en ese sector, el ego lleva la etiqueta de director. Pero, al menos, la industria del cine y la televisión entiende con facilidad la importancia del otro en el proceso y en el valor del resultado.
El mismo mecanismo sirve para exorcizar la idea del escritor solitario encerrado en su torre de marfil. Aunque, en la actualidad, es un mito absurdo, que no se sostiene de ningún modo si tenemos en cuenta el funcionamiento de la industria editorial, que ha convertido el trabajo del autor en algo mucho más colaborativo y cooperativo de lo que el cliché que todos tenemos en mente nos deja imaginar.
Aunque, dicho sea de paso, para mí la escritura nunca ha sido tan solitaria. Sí, íntima, por supuesto. Y a veces, muchas, nocturna, desvelada. Pero también existente en grietas del día a día, ya sea, cuando eres profe, en el ratito de una clase en el que te aburres o, cuando eres alumno, en ese momento en el que el profe no mira… Y, a veces, en minutos robados a la vida, en el coche, recién aparcada, cuando has llegado cinco minutitos antes. O los días de ruido, en una escapadita rápida al lavabo para ocuparse de unas necesidades que no son físicas, sino del alma, del espíritu, o lo que sea ese fuego que tenemos dentro y que tanto necesita salir en forma de palabras.
En cualquier caso, servidora, ya lo sabéis, tiene vocación de juglar, casi más que de trovador. Lo mío es —siempre lo ha sido— la plaza del pueblo, el conectar para enriquecerse y el contar para entretener y devolver lo ganado. ¿No es pues, lo propio de un alma de juglar actual escribir en línea, junto a más personas que sienten la misma pulsión y a otras que solo quieren estar, mientras la obra nace, a golpe de tecla, a modo de moderna cuerda de laúd?
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Mudarse al refugio
Llevo días volcada en la puesta a punto del blog. Aunque no sé si, más que puesta a punto, debería llamarlo reestructuración. O, quizá, reforma. Al fin y al cabo, lo que estoy haciendo es transformar en un hogar mi pequeño refugio digital.
Hasta ahora, La Enésima había sido como una casita en el campo a la que acudir de tanto en tanto para reconectar conmigo misma. Era acogedora y tenía todo lo que necesitaba para estancias breves. Y me encantaba ir a pasar mis ratos libres. Pero no era un hogar. A lo sumo, una casa de vacaciones o, si me apuras, de fin de semana. Poco más.
Lo que estoy haciendo ahora es mudarme ahí, del todo, con todo lo que eso implica, y sin una casa en la ciudad que articule la vida o a la que regresar si todo sale mal.
Aunque, por supuesto, si todo sale mal, siempre puedo volver a empezar.
Eso, creo, es algo que he aprendido en este último año en el que la vida se me ha puesto del todo patas arriba. Solemos vivir como quien se lo juega todo a una mano y sin posibilidad de pedir más cartas. Pero la realidad, por dura que sea —y puede ser durísima—, es mucho más flexible de lo que solemos pensar. Mucho más.
Eso sí, empezar de cero da vértigo. Mucho. En especial cuando sientes que ya tienes algo construido y quieres conservarlo. Por ejemplo, este blog. No lo estoy estropeando, lo estoy ampliando, adaptándolo a mi momento actual o incluso, quizás, mejorando. Pero no voy a mentir, me daba pánico dar este paso porque el cambio, por leve que fuera, podía suponer perder el refugio que con tanto esfuerzo había construido y, sobre todo, que tanto bien me hacía —y me sigue haciendo—.
Igual que me daba pánico cambiar la forma de distribución de mis libros publicados y que dejaran de estar en exclusiva en Amazon, aunque hace años que las ventajas de esa exclusividad dejaron de serlo para mí. También me daba pánico publicar en el blog el guion en el que estoy trabajando, porque el formato es muy distinto, porque es un proyecto en curso, porque, porque, porque…
Siempre es igual, miedo versus oportunidad. Pero no miedo a que la oportunidad que sea no salga bien. Eso lo podemos tolerar con sorprendente facilidad. El miedo real es a perder lo que sea que tenemos y a que no haya nunca, jamás, ninguna otra oportunidad, ningún otro camino, solo vacío.
Al final, me temo, es a ese vacío informe al que tememos. Un vacío que ni siquiera está claro que sea real, pero que se alimenta de todos nuestros pequeños miedos concretos.
Y es posible que no exista una fórmula mágica para hacer frente a ese vacío o, siquiera, a esos pequeños miedos que se nos acumulan en el pecho, en lo más profundo de las tripas o nos anudan la garganta. Pero sí hay una certeza: nunca sabremos cuál es nuestra última mano hasta que lleguemos a ella. Y si esta en la que estamos no es nuestra última jugada, poco importa ganar o perder. Siempre podemos volver a pedir cartas. Siempre podemos volver a empezar. Aunque sea de cero.
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La gran rueda
No nos volvimos más libres.
Nos volvimos más fáciles de domesticar.
Antes bastaban relojes para controlar el tiempo. Hoy llevamos en el bolsillo máquinas capaces de medir cada paso, cada palabra, cada fotografía, cada segundo de atención y cada instante de aburrimiento.
Y todavía creemos que las usamos nosotros.
La mentira más elegante del siglo XXI no es la inteligencia artificial.
Es la gamificación.
Todo tiene una barra de progreso.
Todo tiene un nivel.
Todo tiene una insignia.
Todo tiene una racha.
Todo tiene un contador.
Ya no aprendemos idiomas.
Mantenemos llamas virtuales.
Ya no hacemos ejercicio.
Cerramos anillos.
Ya no compartimos fotografías.
Perseguimos alcance.
Ya no escribimos.
Alimentamos algoritmos.
Ya no conversamos.
Respondemos notificaciones.
Todo parece un juego.
Nada parece una cárcel.
Ese fue el verdadero genio del diseño moderno.
Las prisiones dejaron de parecer prisiones.
Ahora parecen aplicaciones bonitas, coloridas y llenas de recompensas.
No hace falta obligarte.
Te convencerán de volver mañana.
Y tú volverás creyendo que fue decisión tuya.
Las redes sociales descubrieron que un “me gusta” vale más que una conversación.
Las aplicaciones de idiomas descubrieron que una racha pesa más que el conocimiento.
Las plataformas de video descubrieron que el siguiente video importa más que el anterior.
Las empresas descubrieron que un gráfico motiva más que un aumento de sueldo.
Los gobiernos descubrieron que un ciudadano entretenido hace menos preguntas.
Todo el mundo aprendió la misma lección:
No vendas resultados.
Vende indicadores.
La tragedia es que terminamos confundiendo una cosa con la otra.
Una persona presume mil días de Duolingo.
Perfecto.
¿Puede sostener una conversación de diez minutos?
Otra presume leer cien libros al año.
Perfecto.
¿Cuántos le cambiaron la forma de pensar?
Otra presume diez mil seguidores.
Perfecto.
¿Cuántos aparecerían si necesitara ayuda para mudarse de casa?
Vivimos enamorados del marcador.
Olvidamos mirar el partido.
Y lo peor es que defendemos nuestra rueda.
Si alguien elimina Instagram, lo llaman exagerado.
Si rompe una racha de mil días, le dicen que desperdició el esfuerzo.
Si apaga las notificaciones, preguntan qué le pasó.
Como si la normalidad consistiera en estar permanentemente disponible para una máquina.
Nos enseñaron a sentir culpa por detenernos.
Ansiedad por desconectarnos.
Vacío por no producir datos.
La economía ya no necesita solamente trabajadores.
Necesita usuarios.
No necesita ciudadanos.
Necesita consumidores de atención.
Cada clic alimenta una base de datos.
Cada segundo mirando una pantalla alimenta un modelo.
Cada desplazamiento del dedo tiene valor económico.
Nos convencieron de que el producto era gratuito.
Hasta que descubrimos que el producto éramos nosotros.
Por eso ya casi nadie soporta el silencio.
Cinco minutos esperando una fila parecen insoportables.
Diez minutos sin revisar el celular producen inquietud.
Una tarde sin publicar parece una oportunidad perdida.
El aburrimiento, ese lugar donde antes nacían las ideas, fue reemplazado por una notificación.
Y mientras celebramos nuestras estadísticas personales, alguien celebra las estadísticas reales.
Las de nuestro tiempo.
Las de nuestra atención.
Las de nuestros hábitos.
Las de nuestra dependencia.
No estoy diciendo que abandonemos la tecnología.
Sería absurdo.
La tecnología es una herramienta extraordinaria.
Lo peligroso comienza cuando la herramienta empieza a diseñar nuestro comportamiento mejor de lo que nosotros diseñamos el suyo.
Ese día dejamos de usar el sistema.
El sistema empezó a usarnos.
La libertad no consiste en romper todas las ruedas.
Consiste en reconocer cuándo una rueda nos está haciendo avanzar…
…y cuándo solo nos mantiene corriendo para que alguien más cuente nuestros pasos.
Operario de cámara. Observador de la zoociedad. Porque no toda barra de progreso conduce a algún lugar.
Imagen creada con inteligencia artificial.
Las ideas, la crítica, la mala leche y las consecuencias… son problema de ElMandelaCámara.
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La evolución de la Zoociedad
Hoy quisimos salir a almorzar a un restaurante casero. La comida estaba muy buena. De esas que todavía saben a cocina de verdad y no a una receta industrial.
Pero terminé mirando más a las personas que al plato.
Eso siempre me pasa.
No salgo únicamente a comer. Salgo a observar. A fotografiar desconocidos. A intentar entender esta cosa que llamamos sociedad y que, hace tiempo, decidí llamar Zoociedad.
En una mesa había una señora mayor. Almorzaba mientras hablaba con alguien. Su mesa estaba vacía.
No estaba completamente sola.
Pero la escena me dejó pensando.
No en ella.
En mí.
Porque yo también almuerzo solo muchas veces. También entro a un café con mi cámara, me siento en silencio y observo cómo transcurre la vida de personas cuyos nombres jamás conoceré.
La diferencia es que todavía no llego a la vejez.
Y entonces apareció una pregunta incómoda.
¿Cuándo fue la última vez que le dijiste a un desconocido: “¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?”
La pregunta incomoda.
Suena extraña.
Hasta peligrosa.
La Zoociedad nos enseñó que un desconocido es un posible ladrón, un estafador, alguien con malas intenciones o, simplemente, una persona a la que no debemos dirigirle la palabra.
Compartimos ascensores sin saludarnos.
Esperamos en la misma fila sin cruzar una mirada.
Viajamos hombro con hombro mirando una pantalla.
Almorzamos separados por un metro de distancia y por kilómetros de silencio.
Mientras observaba a aquella señora pensé, por un instante, en acercarme.
Preguntarle si podía sentarme.
Conversar un rato.
Compartir el almuerzo con alguien a quien probablemente nunca volvería a ver.
No lo hice.
Me ganó la costumbre.
Esa norma invisible que nadie escribió, pero que todos obedecemos.
La de no invadir.
La de no hablar.
La de no acercarse.
No sé si aquella señora necesitaba compañía.
No sé si habría aceptado.
No sé absolutamente nada de su vida.
Quizá estaba feliz hablando con alguien.
Quizá esperaba a un familiar.
Quizá simplemente disfrutaba ese momento.
No tengo derecho a escribir su historia.
Pero sí puedo escribir la mía.
Y la mía dice que tuve miedo de hacer una pregunta tan sencilla como humana.
Entonces pensé en eso que llamamos evolución.
Nos enseñaron que evolucionar era construir ciudades, inventar internet, crear inteligencia artificial, fabricar teléfonos capaces de hacer millones de operaciones por segundo.
Todo parece avanzar.
Menos nosotros.
Construimos algoritmos capaces de anticipar qué compraremos mañana, pero seguimos sin entender qué siente quien está sentado a un metro de distancia.
Podemos hablar por videollamada con alguien al otro lado del planeta mientras ignoramos a quien comparte el mismo restaurante.
Nunca habíamos estado tan conectados.
Nunca habíamos estado tan encapsulados.
Antes la evolución consistía en aprender a convivir.
Hoy parece consistir en optimizar.
Optimizar el tiempo.
Optimizar la productividad.
Optimizar el cuerpo.
Optimizar el contenido.
Optimizar la atención.
Todo debe ser eficiente.
Incluso las relaciones.
Si alguien deja de entretenernos, deslizamos el dedo.
Si una conversación tarda demasiado, desbloqueamos el celular.
Si una persona envejece, muchas veces deja de existir para la mirada de los demás.
La Zoociedad no siempre es cruel.
Muchas veces solo es indiferente.
Y la indiferencia tiene una capacidad extraordinaria: convierte lo extraordinario en rutina.
Una señora almorzando con una mesa vacía.
Un vigilante que nadie saluda.
Un barrendero limpiando la basura ajena.
Un vendedor ambulante caminando kilómetros.
Un domiciliario comiendo de pie entre un pedido y otro.
Los vemos todos los días.
Precisamente por eso dejamos de verlos.
Quizá la evolución nunca consistió en crear máquinas más inteligentes.
Quizá consistía en no olvidar cómo acercarse a otro ser humano.
Porque resulta curioso que una especie capaz de enviar sondas al espacio considere extraño sentarse a compartir una mesa con un desconocido.
Tal vez esa sea la verdadera paradoja de la Zoociedad.
Somos expertos en conectar dispositivos.
Pero cada vez nos cuesta más conectar personas.
Salí de ese restaurante pensando que la fotografía no había sido de aquella señora.
La fotografía había sido para mí.
Fue un espejo.
Un recordatorio de que la soledad no empieza con las canas.
Empieza el día en que dejamos de hablar con quien no conocemos.
Empieza cuando la prudencia se convierte en indiferencia.
Empieza cuando creemos que cada mesa debe ser una isla.
Quizá por eso sigo saliendo con una cámara a mirar desconocidos.
No busco la fotografía perfecta.
Busco preguntas.
Busco esos instantes que nadie publica porque no generan likes, pero que dicen más sobre nosotros que cualquier tendencia del día.
Vivimos rodeados de smartphones, Smart TV, relojes inteligentes, asistentes de hogar, neveras inteligentes, aspiradoras inteligentes y quién sabe cuántas smartpollas en vinagre más.
Todo parece ser inteligente.
Las casas.
Los carros.
Los electrodomésticos.
Los algoritmos.
Las máquinas.
Menos nosotros cuando se trata de hacer algo tan simple como mirar a otro ser humano y decirle:
”¿Le puedo acompañar el almuerzo?”
Será que soy un modelo obsoleto.
Uno de esos humanos versión antigua.
Cansado.
Fuera de serie.
Convencido de que compartir una mesa todavía vale más que compartir un enlace.
Quizá algún día sea yo quien esté sentado allí.
Almorzando solo.
Hablando con alguien.
O simplemente mirando por la ventana.
Y quizá otro desconocido, con una cámara en las manos, imagine mi historia desde la mesa de enfrente.
Probablemente se equivoque.
Como probablemente también me equivoqué yo.
Porque una fotografía nunca alcanza para explicar una vida.
Pero sí puede recordarnos una pregunta que casi nadie se atreve a hacer:
¿Puedo sentarme con usted y acompañarlo mientras almorzamos?
Quizá la evolución de una sociedad no se mida por la velocidad de sus procesadores ni por la inteligencia de sus algoritmos.
Quizá se mida por la naturalidad con la que un desconocido puede compartir una mesa sin que eso parezca un acto extraordinario.
Porque el verdadero progreso no será el día en que inventemos un asistente más inteligente.
Será el día en que dejemos de necesitar un dispositivo para recordar que, antes que usuarios, consumidores o perfiles, seguimos siendo personas.
@elmandelacamara
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Operario de cámara. Observador de la Zoociedad. Cansado, obsoleto y fuera del rebaño. -
⚪Todo pasa por alguna razón, pero no siempre es bonita ni evidente.
A veces las lecciones llegan disfrazadas de dolor, de silencio, de errores que nos persiguen más de lo que quisiéramos.
La vida no nos da un manual, solo nos pone frente a decisiones y consecuencias, y depende de nosotros mirar de frente lo que ocurre.Aprender de lo que pasó no significa perdonarlo ni minimizarlo; significa entender cómo nos marcó, cómo nos cambió y cómo seguimos siendo nosotros mismos después de todo.
Cada instante perdido en rencor o reproche es tiempo que no volverá. Y, sin embargo, seguimos, con las cicatrices visibles o invisibles, conscientes de que nada de esto se repite exactamente igual.─=≡Σ((( つ•̀ω•́)つ
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