Todo lo que crece debajo
Me estoy acostumbrando a la nueva rutina. Y ella se está acostumbrando a mí. En otras palabras, nos estamos conociendo. Estamos, diría, en esa fase del cortejo en que aprendes al otro, sus gestos, sus modos, sus costumbres, algunos agradables y bienvenidos, otros, quizá, no tanto. Pero conocerse es eso, ¿no?, descubrir lo bueno y bonito y lo que no lo es tanto.
De ella diré que me gustan las mañanas lentas que no empiezan hasta que el sol se ha impuesto sobre la noche, aunque sea con timidez. Suelen traer de la mano, además, veladas largas, de esas en las que leer un buen rato, o incluso escribir, no es solo posible, sino que apetece. Y el conjunto me encanta.
La siesta, o cualquier otro tipo de reposo después de almorzar, por mínimo que sea, ha desaparecido del orden del día. Pero, para mi sorpresa, no solo no me molesta, sino que casi no me he dado cuenta. Tampoco me pesa tener que salir de casa casi justo después de comer, quizá porque lo estoy solventando con comidas más ligeras y creo que mi cuerpo lo agradece.
Y respecto a las clases, bueno, qué voy a decir, me encanta mi trabajo. Preparar las sesiones es tan divertido como siempre. Quizá un poco más porque aquí es más fácil hacer fotocopias y preparar materiales, eso sin contar que el equipo de audio de las aulas es mucho mejor que cualquiera que haya usado antes en condiciones similares. Impartir las clases es, directamente, pura diversión.
Luego, claro, están las correcciones, la burocracia, los trámites, las reuniones y todo lo que no tiene que ver con enseñar, pero que hay que hacer igual. Eso sigue siendo lo más pesado y aun así es mucho más llevadero de lo que imaginaba, aunque, por supuesto, ya llegarán los exámenes y esa época en que burocracia es sinónimo de tortura.
Los problemas, porque siempre los hay, están en lo demás. En todo lo demás. La mudanza sigue en marcha y ocupa del todo mis fines de semana, así como todos los rincones de mi casa. El espacio que habito es, ahora mismo, caos. Esperemos que, como en todo buen mito, en algún momento, se imponga el orden.
La escritura, por su parte, emerge, como hierba en el asfalto, en las rendijas que la vida, con todo su ajetreo, deja aquí y allá. Pero son pocas rendijas, de momento, muy pocas.
Creo que, de todo, eso es lo que peor lleva de mí la rutina. No las grietas ni las plantitas que han brotado en ellas. No. Es que, me temo, se ha dado cuenta de que el suelo, a la vista llano y uniforme, no lo es en realidad tanto. La he visto observando los bultos y huecos, los quiebres, las deformidades. Y hace unos días la pillé mirando la raíz de uno de esos brotes que se cuelan en los minúsculos espacios del asfalto.
Dentro de poco seguramente comprenda que las florecitas que brotan no son el problema. Tampoco esas plantas tan feas que crecen en las esquinas sombrías. Lo que de verdad debería preocupar a mi rutina es el enorme crecimiento subterráneo de raíces que empuja tierra, cimientos y asfalto hasta deformar la superficie perfecta en apariencia, solo manchada por diminutas pinceladas de verde.
Esa sospecha, que en mi interior se esconde algo, vivo y con voluntad, es lo que menos le gusta de mí. Lo noto cada día, en cada tarea repetida, en cada rato libre. Pero que se percate de esto es, en el fondo, lo que más me gusta de ella. Quizá porque, por primera vez en mi vida, siento que podría ser posible ser yo por completo, sin esconder nada, ni siquiera todo ese crecimiento que, durante tantos años, se ha expandido bajo metros y metros de tierra, cemento y asfalto.
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