🧿 𝑱𝒐𝒉𝒏 𝑺𝒕𝒖𝒂𝒓𝒕 𝑴𝒊𝒍𝒍 : 𝑫𝒆𝒇𝒆𝒏𝒔𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒍𝒊𝒃𝒆𝒓𝒕𝒂𝒅 🧿
Pocos pensadores han influido tanto en el mundo moderno como John Stuart Mill.
Defensor de la libertad individual, pionero del feminismo, economista brillante y filósofo fundamental del liberalismo, su vida estuvo marcada por una paradoja: dedicó su existencia a defender la libertad de las personas, pero él mismo creció sin apenas conocerla.
Nació el 20 de mayo de 1806 en Pentonville, Londres.
Su padre, James Mill, era un prestigioso filósofo e historiador escocés, íntimo colaborador de Jeremy Bentham, creador del utilitarismo.
Ambos estaban convencidos de que la inteligencia podía fabricarse mediante una educación adecuada, así que decidieron convertir al pequeño John en un experimento viviente.
La infancia de Mill fue cualquier cosa menos normal.
No tuvo juguetes, apenas tuvo amigos y rara vez jugó con otros niños.
Mientras la mayoría aprendía a leer, él ya estudiaba griego clásico.
A los tres años leía las fábulas de Esopo; a los ocho dominaba el latín, la geometría y el álgebra; a los doce estudiaba lógica aristotélica, economía política e historia antigua.
Con catorce años fue enviado a Francia para ampliar su formación en ciencias, matemáticas y lenguas.
El resultado fue espectacular: se convirtió en un prodigio intelectual.
Pero también tuvo un coste enorme.
Su padre era extremadamente exigente y frío.
La presión por alcanzar la perfección era constante.
Mill recordaría más tarde que apenas recibió muestras de afecto y que toda su educación estuvo orientada a convertirlo en una máquina de pensar.
Sobre su madre, Harriet Burrow, apenas escribió unas líneas en su autobiografía, reflejo del papel secundario que ocupaba en el hogar.
A los veinte años, el experimento estuvo a punto de romperse.
En 1826 sufrió una profunda crisis nerviosa que hoy probablemente sería diagnosticada como una depresión severa.
Se hizo una pregunta aparentemente sencilla: si todos los ideales por los que estaba luchando llegaran a cumplirse mañana, ¿sería feliz?
La respuesta fue devastadora.
No.
Mill comprendió que había desarrollado una mente extraordinaria, pero que apenas sabía cómo sentir.
Durante meses vivió sumido en la desesperación.
Lo que lo ayudó a recuperarse no fue la filosofía ni la economía, sino la poesía romántica de William Wordsworth.
Gracias a ella descubrió la importancia de las emociones, la belleza y la sensibilidad humana.
Esa experiencia cambiaría para siempre su pensamiento.
Mientras tanto, trabajaba en la poderosa Compañía de las Indias Orientales, donde ingresó con apenas diecisiete años.
Permaneció allí más de tres décadas, llegando a ocupar puestos de gran responsabilidad.
El empleo le proporcionó estabilidad económica y le permitió dedicar gran parte de su tiempo a escribir.
Su obra filosófica transformó el utilitarismo heredado de Bentham.
Mientras este consideraba que todos los placeres eran equivalentes, Mill defendía que existían placeres superiores e inferiores.
Para él, la satisfacción intelectual, moral o artística tenía un valor distinto al placer puramente físico.
De ahí surgió una de sus frases más famosas:
"Es mejor ser un ser humano insatisfecho que un cerdo satisfecho."
Su libro *Sobre la libertad*, publicado en 1859, sigue siendo una de las obras fundamentales del pensamiento político moderno.
En él formuló el llamado principio del daño: una persona debe ser libre para actuar como quiera mientras no perjudique a los demás.
Ni el Estado ni la sociedad tienen derecho a imponer una forma de vida determinada únicamente porque la consideren más correcta.
Hoy esta idea está presente en muchas democracias modernas y en numerosos debates sobre derechos civiles.
En economía también dejó una huella profunda.
En *Principios de economía política* intentó combinar el libre mercado con medidas destinadas a reducir las desigualdades.
Defendió la educación pública, la mejora de las condiciones de los trabajadores y ciertas limitaciones a la acumulación hereditaria de riqueza.
Para su época, eran planteamientos muy avanzados.
Pero quizá la historia más importante de su vida fue una historia de amor.
En 1830 conoció a Harriet Taylor, una mujer brillante, culta y extraordinariamente inteligente.
El problema era que estaba casada y tenía tres hijos.
Durante veinte años mantuvieron una relación intelectual y emocional que provocó numerosos escándalos en la sociedad victoriana.
Mill la consideró siempre su igual y afirmó repetidamente que muchas de sus ideas fueron desarrolladas junto a ella.
Tras la muerte del marido de Harriet, ambos pudieron casarse en 1851.
La felicidad, sin embargo, fue breve.
Harriet murió de tuberculosis en Aviñón en 1858.
Mill quedó devastado.
Durante años visitó regularmente su tumba y continuó viviendo cerca de ella.
Su hijastra, Helen Taylor, se convirtió entonces en su colaboradora más cercana, secretaria y compañera en numerosas campañas políticas.
Entre esas campañas destacó una especialmente revolucionaria.
En una época en la que la inmensa mayoría de los hombres consideraba absurdo que las mujeres votaran, Mill se convirtió en el primer parlamentario británico que defendió formalmente el sufragio femenino.
Cuando ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes entre 1865 y 1868, presentó propuestas para eliminar la discriminación legal contra las mujeres.
En 1869 publicó *El sometimiento de las mujeres*, una obra pionera donde denunciaba que el matrimonio victoriano convertía a muchas esposas en ciudadanas de segunda categoría.
Sus ideas escandalizaron a buena parte de la sociedad británica, pero terminarían influyendo en los movimientos feministas de todo el mundo.
Su espíritu reformista se manifestó incluso cuando era adolescente.
Con apenas diecisiete años fue detenido temporalmente por distribuir información sobre métodos anticonceptivos entre las clases trabajadoras.
En la Inglaterra de la época aquello se consideraba inmoral y peligroso.
Lejos de la vida pública, Mill era un hombre reservado.
Le encantaban los largos paseos por el campo, disfrutaba catalogando plantas y encontraba en la naturaleza un refugio frente al estrés intelectual.
También arrastró durante años problemas respiratorios y una salud delicada que lo llevó a pasar largas temporadas en Francia.
Educado en un ambiente de ateísmo racionalista, nunca mostró interés por la religión organizada.
Esta postura le granjeó críticas constantes de los sectores más conservadores de la sociedad británica.
John Stuart Mill murió el 8 de mayo de 1873 en Aviñón, Francia, a los 66 años.
Según la tradición, sus últimas palabras dirigidas a Helen Taylor fueron sencillas y serenas:
"Sabes que he cumplido con mi trabajo."
Fue enterrado junto a Harriet Taylor, el gran amor de su vida, en el cementerio de Aviñón.
Hoy se le recuerda como uno de los pensadores más importantes de la historia moderna.
Defendió la libertad cuando muchos temían concederla, reclamó derechos para las mujeres cuando casi nadie las escuchaba y advirtió de los peligros del poder de las mayorías mucho antes de que esos debates llegaran al siglo XX.
Quizá por eso sigue siendo tan actual.
Porque muchas de las preguntas que planteó hace más de 150 años siguen siendo las mismas que nos hacemos hoy.
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