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En 1830 conoció a Harriet Taylor, una mujer brillante, culta y extraordinariamente inteligente.
El problema era que estaba casada y tenía tres hijos.
Durante veinte años mantuvieron una relación intelectual y emocional que provocó numerosos escándalos en la sociedad victoriana.
Mill la consideró siempre su igual y afirmó repetidamente que muchas de sus ideas fueron desarrolladas junto a ella.
Tras la muerte del marido de Harriet, ambos pudieron casarse en 1851.
La felicidad, sin embargo, fue breve.
Harriet murió de tuberculosis en Aviñón en 1858.
Mill quedó devastado.
Durante años visitó regularmente su tumba y continuó viviendo cerca de ella.
Su hijastra, Helen Taylor, se convirtió entonces en su colaboradora más cercana, secretaria y compañera en numerosas campañas políticas.
Entre esas campañas destacó una especialmente revolucionaria.
En una época en la que la inmensa mayoría de los hombres consideraba absurdo que las mujeres votaran, Mill se convirtió en el primer parlamentario británico que defendió formalmente el sufragio femenino.
Cuando ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes entre 1865 y 1868, presentó propuestas para eliminar la discriminación legal contra las mujeres.
En 1869 publicó *El sometimiento de las mujeres*, una obra pionera donde denunciaba que el matrimonio victoriano convertía a muchas esposas en ciudadanas de segunda categoría.
Sus ideas escandalizaron a buena parte de la sociedad británica, pero terminarían influyendo en los movimientos feministas de todo el mundo.
Su espíritu reformista se manifestó incluso cuando era adolescente.
Con apenas diecisiete años fue detenido temporalmente por distribuir información sobre métodos anticonceptivos entre las clases trabajadoras.
En la Inglaterra de la época aquello se consideraba inmoral y peligroso.
Lejos de la vida pública, Mill era un hombre reservado.
Le encantaban los largos paseos por el campo, disfrutaba catalogando plantas y encontraba en la naturaleza un refugio frente al estrés intelectual.
También arrastró durante años problemas respiratorios y una salud delicada que lo llevó a pasar largas temporadas en Francia.
Educado en un ambiente de ateísmo racionalista, nunca mostró interés por la religión organizada.
Esta postura le granjeó críticas constantes de los sectores más conservadores de la sociedad británica.
John Stuart Mill murió el 8 de mayo de 1873 en Aviñón, Francia, a los 66 años.
Según la tradición, sus últimas palabras dirigidas a Helen Taylor fueron sencillas y serenas:
"Sabes que he cumplido con mi trabajo."
Fue enterrado junto a Harriet Taylor, el gran amor de su vida, en el cementerio de Aviñón.
Hoy se le recuerda como uno de los pensadores más importantes de la historia moderna.
Defendió la libertad cuando muchos temían concederla, reclamó derechos para las mujeres cuando casi nadie las escuchaba y advirtió de los peligros del poder de las mayorías mucho antes de que esos debates llegaran al siglo XX.
Quizá por eso sigue siendo tan actual.
Porque muchas de las preguntas que planteó hace más de 150 años siguen siendo las mismas que nos hacemos hoy.
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