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  1. UK upgrades all 107 Eurofighter Typhoons in major defence boost

    The latest UK Defence Investment Plan will see the RAF upgrade all of its 107 Eurofighter Typhoon fighter…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE #BAEHawkMk65 #EurofighterTyphoon #RoyalAirForce #UnitedKingdom
    europesays.com/britain/81906/

  2. By July 2027, BAE Systems shares could turn £9,999 into…

    Image source: Getty Images BAE Systems‘ (LSE:BA.) shares have rocketed in value since the start of the Ukraine-Russia…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE
    europesays.com/britain/81890/

  3. BAE signs Polish deal towards local armoured vehicle build

    BAE Systems has signed a memorandum of understanding with two Polish defence companies covering the potential localised production…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE
    europesays.com/britain/81875/

  4. Should I buy more BAE Systems shares under 1,850p?

    After years of treading water, BAE Systems (LSE:BA.) shares finally took off in February 2022. Sadly, it was…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE
    europesays.com/britain/81780/

  5. This Cumbria town is on Putin’s target list. And a mystery fire has increased fears

    Visitors lingering on the bridge overlooking the submarine factory in Barrow-in-Furness can expect an unusual welcome these days.…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE #Cumbria #Defence #Nationalsecurity #Russia #Submarines
    europesays.com/britain/81747/

  6. Bae Ki-seong: “Right Ear Has Been Deaf for Five Months” — Confesses Hearing Loss [Chosun’s Love Man]

    *This content was translated by AI. /Photo=TV Chosun Singer Bae Ki-seong has revealed his tinnitus symptoms. In the…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #BAE
    europesays.com/britain/81736/

  7. europesays.com/britain/81736/ Bae Ki-seong: “Right Ear Has Been Deaf for Five Months” — Confesses Hearing Loss [Chosun’s Love Man] #BAE #BAESystems

  8. Allison Transmission (ALSN) Secures $250M Contract for BAE Systems CV90 MkIV Transmissions

    Allison Transmission Holdings Inc. (NYSE:ALSN) is one of the best quality stocks to buy according to Wall Street…
    #EuropeSays #Britain #Europe #EU #BAESystems #AllisonTransmission #BAE #infantryfightingvehicles
    europesays.com/britain/81550/

  9. El tábano economista @eltabanoeconomista.wordpress.com@eltabanoeconomista.wordpress.com ·

    La militarización del sistema financiero internacional


    Lic. Alejandro Marcó del Pont

    La Paz es mala para los negocios (El Tábano Economista)

    Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

    Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

    Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

    Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

    Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

    La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

    Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

    Pero, ¿cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

    Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

    El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

    Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

    El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

    De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

    Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

    El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

    Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

    En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

    Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

    Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

    La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados «pasivos contingentes«. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

    Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

    El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

    En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

    Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

    Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de Estados Unidos. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

    Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

    Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

    Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

    La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier ciudadano consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga de su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

    Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

    La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

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    La militarización del sistema financiero internacional


    Lic. Alejandro Marcó del Pont

    La Paz es mala para los negocios (El Tábano Economista)

    Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

    Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

    Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

    Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

    Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

    La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

    Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

    Pero, ¿cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

    Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

    El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

    Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

    El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

    De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

    Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

    El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

    Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

    En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

    Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

    Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

    La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados «pasivos contingentes«. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

    Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

    El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

    En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

    Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

    Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de Estados Unidos. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

    Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

    Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

    Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

    La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier ciudadano consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga de su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

    Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

    La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

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    La militarización del sistema financiero internacional


    Lic. Alejandro Marcó del Pont

    La Paz es mala para los negocios (El Tábano Economista)

    Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

    Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

    Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

    Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

    Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

    La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

    Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

    Pero, ¿cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

    Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

    El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

    Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

    El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

    De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

    Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

    El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

    Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

    En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

    Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

    Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

    La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados «pasivos contingentes«. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

    Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

    El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

    En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

    Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

    Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de Estados Unidos. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

    Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

    Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

    Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

    La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier ciudadano consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga de su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

    Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

    La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

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    Lic. Alejandro Marcó del Pont

    La Paz es mala para los negocios (El Tábano Economista)

    Nos encontramos en una era donde la retórica de la paz es meramente el guante de terciopelo que oculta el puño de hierro del complejo militar-industrial-financiero. La transformación de la OTAN de una simple alianza militar defensiva a un ecosistema financiero-industrial permanente ya no es una teoría de conspiración marginal; es la política oficial y declarada de la élite occidental. En el centro de este cambio de paradigma histórico se encuentra una propuesta que ha sido presentada con el lenguaje estéril y tranquilizador de la salvación tecnocrática: el Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia, conocido por sus siglas en inglés como DSRB.

    Para el ojo no entrenado, o para aquel que se conforma con los comunicados de prensa institucionales, esta iniciativa suena como un mecanismo burocrático más, diseñado para garantizar la seguridad continental frente a las amenazas del siglo XXI. Pero para los que saben leer la letra pequeña de las finanzas globales y entender los flujos de capital subterráneos, el DSRB es el plano arquitectónico para la mayor transferencia de riqueza en la historia de Occidente. Estamos presenciando la financiarización absoluta de la guerra, un sistema donde la propia arquitectura del crédito está diseñada matemáticamente para hacer que la paz sea económicamente inviable y el conflicto armado una necesidad permanente, estructural y, sobre todo, extraordinariamente rentable.

    Para comprender la verdadera naturaleza financiera, uno debe mirar primero a sus arquitectos, porque en el mundo de las altas finanzas, el mensajero siempre revela la verdadera naturaleza del mensaje. No es ninguna coincidencia, ni mucho menos un accidente histórico, que los principales promotores de este leviatán bancario sean Luc Frieden, el Primer Ministro de Luxemburgo, y Mark Carney, el Primer Ministro de Canadá en un artículo firmado por ambos en el Financial Times (FT) periódico de origen británico favorable a la globalización. La geografía y el currículum de estos dos líderes son la clave de todo el engranaje.

    Luxemburgo no es un país normal en términos financieros; es la gran catedral de la optimización fiscal europea, el domicilio legal donde los fondos de inversión más grandes del planeta, incluido BlackRock, estacionan sus billones de dólares para evitar la tributación nacional y esquivar el escrutinio democrático. Frieden no propone un banco por un repentino y fervoroso patriotismo por la defensa de las fronteras europeas; lo propone para crear una nueva clase de activos altamente lucrativa, un nuevo vehículo de deuda soberana para los fondos domiciliados en su paraíso fiscal.

    Al otro lado del Atlántico se encuentra Mark Carney, la encarnación perfecta y acabada de la élite financiera globalista. Su currículum se lee como el directorio de un gobierno en la sombra que opera por encima de las naciones. Goldman Sachs, Gobernador del Banco de Canadá, Gobernador del Banco de Inglaterra y alto ejecutivo de Brookfield Asset Management. Carney no ve el mundo a través de la lente de un político tradicional preocupado por construir escuelas, mantener hospitales o fortalecer el tejido social; lo ve exclusivamente como un gestor de carteras buscando rentabilidad en una economía global estancada que carece de activos seguros.

    La fusión del poder estatal y la especulación financiera en la esfera pública es absoluta, y se manifiesta de manera descarada a través de la vertiginosa puerta giratoria que conecta los más altos cargos del gobierno con las salas de juntas de Wall Street y la City de Londres. Cuando Carney necesitaba dirigir el nuevo y masivo gasto de defensa de Canadá, no buscó a diplomáticos experimentados, ni a estrategas militares, ni a expertos en relaciones internacionales. Nombró a Doug Guzman, un ex colega de Goldman Sachs y viejo amigo de sus días en la banca de inversión, como el CEO de la nueva Agencia de Inversión en Defensa.

    Mientras tanto, en Ottawa, el papel crucial de viceministro de Comercio Internacional fue entregado a Glenn Purves, quien fue economista en jefe del Instituto de Inversión de BlackRock. Este nombramiento no es un mero movimiento de personal; es la institucionalización explícita de un conflicto de intereses colosal. El gestor de activos más grande del planeta, el fondo que lo posee todo y que tiene participaciones cruzadas en todas las grandes empresas de defensa del mundo, ahora tiene un conducto directo y oficial hacia las políticas comerciales y de defensa del gobierno canadiense. El Estado ya no regula al mercado; el mercado ha capturado al Estado de manera formal, y sus ejecutivos ahora escriben las leyes de la guerra desde los despachos ministeriales.

    Pero, ¿cómo funciona realmente esta magnífica máquina de extracción de riqueza? ¿Por qué insisten Frieden y Carney en que el DSRB es una necesidad absoluta e ineludible? Su argumento público está envuelto en el lenguaje de la frustración regulatoria y la urgencia geopolítica. Afirman que las regulaciones bancarias internacionales actuales, específicamente los acuerdos de Basilea III y IV, están obstaculizando la acumulación militar y frenando la reestructuración de las fuerzas armadas occidentales. Bajo las reglas de Basilea, que fueron diseñadas tras la crisis de 2008 para evitar que los bancos se endeuden hasta el cuello, prestar a empresas de defensa, especialmente a las de tamaño medio que están expandiendo sus líneas de producción, se considera una actividad riesgosa.

    Los bancos están obligados por ley a mantener una cierta cantidad de su propio capital en reserva como colchón de seguridad contra estos préstamos. La regla de oro de Basilea dicta que un banco comercial solo puede prestar aproximadamente doce euros por cada euro de capital propio destinado a cubrir el riesgo de la deuda. Los bancos, que están ansiosos por financiar el auge de los armamentos porque es un negocio extremadamente lucrativo, encuentran sus manos atadas por estas normas de prudencia financiera. La solución propuesta por los banqueros globalistas reconvertidos en políticos es crear el DSRB, una institución multilateral que no funcionará prestando su propio dinero, sino que operará como una magnífica y sofisticada máquina de transferencia de riesgo.

    El truco del DSRB opera en tres pasos engañosamente simples, diseñados para evadir el sentido común y las regulaciones financieras. El primer paso es la emisión de bonos con calificación AAA, lo que ellos llaman eufemísticamente «dinero barato». El DSRB sale a los mercados de capital globales y emite deuda masiva. Debido a que este nuevo banco está respaldado por las garantías soberanas de los estados miembros de la OTAN y la Unión Europea, inversores institucionales como BlackRock, los fondos de pensiones globales y las compañías de seguros consideran que estos bonos son tan seguros como la deuda de una nación rica y estable. Reciben la calificación crediticia más alta posible, la AAA, y, por lo tanto, el DSRB puede pagar tasas de interés muy bajas.

    Este es dinero barato, extraído directamente de los ahorros globales de la clase trabajadora y de los fondos de pensiones de los ciudadanos. El segundo paso es la garantía multilateral, que funciona como el truco de la varita mágica. El DSRB toma este dinero barato y no se lo presta directamente a los contratistas de defensa. En su lugar, proporciona una garantía soberana a los bancos comerciales como Deutsche Bank, JPMorgan, ING o Santander. El DSRB les dice a estos bancos: presten todo el dinero que necesiten a Rheinmetall o Leonardo para construir misiles, drones y munición. Si la empresa de defensa quiebra, sufre un revés tecnológico o no puede pagaros, el DSRB, y por ende los estados contribuyentes a través de sus tesorerías nacionales, los devolverá el dinero íntegramente.

    El tercer paso es la multiplicación milagrosa del capital, donde la magia contable alcanza su cenit. Al poner una garantía soberana AAA sobre un préstamo de defensa que originalmente era riesgoso, las regulaciones de Basilea cambian repentinamente su cálculo de riesgo. El banco comercial ya no ve en su balance un fabricante de misiles de tamaño medio y volátil; ve un instrumento de deuda soberana libre de riesgo. Los requisitos de capital del banco para ese préstamo caen en picado, acercándose a cero.

    De repente, en lugar de estar limitado a prestar doce euros por cada euro de capital, el banco puede prestar el doble, el triple o incluso más. El DSRB ha desbloqueado mágicamente miles de millones de euros que estaban atrapados en las bóvedas de los bancos por las regulaciones de prudencia. Un sistema de garantías que, según sus propios folletos, «desbloqueará préstamos comerciales a estas empresas, manteniendo las cadenas de suministro en movimiento y los precios estables». Esto significa que los bancos comerciales, que normalmente serían cautelosos al prestar a empresas de defensa en etapas de crecimiento, ahora tendrán garantías soberanas que eliminan el riesgo mientras mantienen las ganancias estrictamente privatizadas.

    Esto nos lleva a la alquimia definitiva del DSRB, la transformación del dinero del contribuyente en un misil, y la extracción de beneficios en cada paso del viaje. Imagina el circuito de esta transferencia de riqueza, un ciclo perfecto de ingeniería financiera. Comienza con el ciudadano, que sin saberlo proporciona la garantía a través de la firma soberana de su gobierno. El estado firma un papel que establece que, si el contratista de defensa incumple, el tesoro nacional cubrirá la pérdida con los impuestos de su gente.

    El ciudadano asume el riesgo total sin haber votado nunca un presupuesto militar específico para ello. A continuación, los bancos comerciales utilizan esta garantía estatal para multiplicar sus préstamos, originando miles de millones en crédito y cobrando fuertes comisiones por el privilegio de actuar como intermediarios. Los gobiernos, a su vez, compran estas armas a precios inflados, comprometiendo presupuestos nacionales a largo plazo. Los contratistas de defensa, inundados con capital barato a largo plazo, construyen sus fábricas y elaboran sus municiones. Las empresas de defensa obtienen ganancias garantizadas por contratos estatales a décadas de vista. Sus beneficios se disparan, el precio de sus acciones se aprecia en las bolsas de valores y pagan dividendos gigantescos a sus accionistas.

    Y aquí es donde el genio oscuro del sistema alcanza su máxima expresión, pues BlackRock y los megafondos de inversión cierran el círculo y ganan en ambos lados del tablero, sin importar el resultado. En el lado de la deuda, los fondos de inversión gestionados por BlackRock, muchos de los cuales están domiciliados en el paraíso fiscal de Luxemburgo que tanto defiende Luc Frieden, compran los bonos AAA emitidos por el DSRB. Cada bono AAA genera comisiones de suscripción del 2% del valor nominal. Para lograr los 850 mil millones de euros, significa 17 mil millones de euros en comisiones, además de cobrar un interés seguro y constante, pagado en última instancia por los contribuyentes europeos y canadienses.

    En el lado del capital, BlackRock es uno de los mayores accionistas de Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems y Thales a través de su fondo de inversión que permite invertir en empresas europeas del sector militar y de defensa (ETF iShares Europe Defence). A medida que estas empresas recaudan miles de millones de los contratos estatales financiados por el DSRB, el precio de sus acciones se dispara, y BlackRock cobra masivas comisiones de gestión sobre los fondos y obtiene ganancias de capital extraordinarias. El contribuyente financia el riesgo, el banco origina el préstamo y cobra comisiones, la fábrica construye el misil y obtiene márgenes garantizados, y BlackRock cobra los intereses del bono y los dividendos de la acción. El dinero público se privatiza en forma de beneficios financieros de manera sistemática e incesante.

    Este ciclo crea lo que los economistas críticos llaman el negocio de la guerra permanente, un sistema donde todos los actores con poder tienen un incentivo financiero directo, matemático y estructural para oponerse a la paz y promover la perpetuación del conflicto. Es la forma definitiva y perversa de keynesianismo militar, una doctrina económica que utiliza el gasto en armamento para estimular la economía y mantener el empleo.

    Pero en realidad, este keynesianismo militar desvía recursos masivos lejos de la provisión social, de la transición ecológica y de la innovación civil. Es un callejón sin salida, tanto económica como políticamente, porque destruye el tejido productivo real de la nación en favor de una industria que no produce bienestar, sino capacidad de destrucción. El término «economía de guerra permanente» ya no es una advertencia de los años cincuenta; es el modelo de negocio operativo del siglo XXI.

    La gran mentira que se le vende al electorado es que este sistema no va a endeudar a los países. Los políticos saldrán en las pantallas de televisión a asegurar que el DSRB es dinero privado, que no cuenta como deuda pública y que no afectará a los servicios sociales. Pero esto es una falacia contable basada en los llamados «pasivos contingentes«. La deuda está ahí, oculta en las sombras del balance, esperando el momento de la crisis para materializarse.

    Cuando la burbuja estalle, o cuando los costes de los proyectos se disparen por la corrupción y la ineficiencia inherentes a los monopolios de defensa, la garantía soberana será ejecutada. En ese momento, la deuda privada de las empresas de defensa se convertirá mágicamente en deuda pública soberana. Los estados tendrán que rescatar al sistema, y lo harán subiendo los impuestos a la clase media, recortando las pensiones y privatizando aún más los servicios públicos. La estrategia de Mark Carney de construir un eje financiero entre Canadá y Europa no es más que la materialización de esta visión. Carney, con su experiencia en Goldman Sachs y Brookfield, está utilizando su posición como Primer Ministro de Canadá para canalizar flujos de capital hacia el sector de defensa, beneficiando directamente a Brookfield, BlackRock y los grandes bancos internacionales que conforman su círculo íntimo.

    El complejo militar-industrial está evolucionando hacia un complejo militar-industrial-financiero, donde el capital de riesgo fluye hacia industrias cada vez más militarizadas, y donde la frontera entre el estado, la banca y la fábrica de armas ha desaparecido por completo. Los beneficiarios concretos de este nuevo orden son fácilmente identificables. En el sector de las empresas de defensa, los gigantes europeos y americanos como Rheinmetall, Leonardo, BAE Systems, Thales, Lockheed Martin y RTX están experimentando una edad de oro, con pedidos que superan los cientos de miles de millones de euros.

    En el sector bancario, las instituciones internacionales como JP Morgan, Deutsche Bank, ING, Royal Bank of Canada y Commerzbank se llenan los bolsillos con comisiones de emisión, garantía y gestión de deuda. Los gestores de activos, encabezados por el oligopolio de BlackRock, Vanguard y State Street, canalizan los ahorros globales hacia este ciclo de destrucción creativa. Los centros financieros como Luxemburgo, Londres, Nueva York y Frankfurt se consolidan como los nodos por donde fluye esta riqueza extraída. Y los políticos, desde Frieden hasta Carney, pasando por la Comisión Europea y la administración de la OTAN, actúan como los gerentes de esta gran corporación transnacional, asegurándose de que el grifo del gasto público nunca se cierre.

    Sin embargo, para entender el tablero completo de esta geopolítica del despojo, es imperativo analizar la fisura transatlántica que subyace a toda esta arquitectura financiera. Detrás de la «militarización bancaria» y el DSRB, se está librando una guerra comercial y geopolítica feroz por quién se queda con el pastel de los billones de euros que se van a gastar en rearme. Esta realidad fue brillantemente expuesta en un reciente análisis de Politico que revela las tensiones internas de la alianza.

    Por un lado, tenemos la postura de la OTAN, liderada por su Secretario General Mark Rutte, que promueve la doctrina del «Made in NATO». Rutte y la administración estadounidense exigen que el dinero europeo se gaste comprando y coproduciendo armas con la industria militar de Estados Unidos. El objetivo de Washington es mantener a su propia industria militar en niveles de producción récord, abaratando costes por escala y asegurando que los billones de dólares del rearme europeo terminen en las arcas de Texas, Virginia y Connecticut.

    Por otro lado, la Comisión Europea intenta resistir con la doctrina del «compra en Europa», argumentando que, si los contribuyentes europeos pagan la factura, la industria y los empleos deben quedarse en Europa. Para ello, han diseñado mecanismos como el programa Instrumento de Acción por la Seguridad de Europa (SAFE), que moviliza 150.000 millones de euros para financiar la producción militar y la compra de armamento. Permite a los Estados miembros obtener préstamos a largo plazo para reforzar su defensa, con un mínimo del 65% del material exigido de origen europeo.

    Pero esta fisura transatlántica es, en gran medida, una ilusión óptica diseñada para ocultar la realidad del saqueo. El Banco de Defensa, Seguridad y Resiliencia (DSRB) actúa como el puente perfecto que reconcilia ambas posturas en beneficio del capital financiero. A BlackRock o a JPMorgan les da exactamente igual si el misil lleva la etiqueta «Made in NATO» o «compra europea». Si el misil es estadounidense, BlackRock cobra dividendos en Wall Street; si es europeo, cobra en Fráncfort o Milán.

    Las empresas estadounidenses no están perdiendo el mercado europeo; lo están capturando mediante empresas conjuntas y acuerdos de coproducción, llevándose el know-how, los márgenes de beneficio y el respaldo financiero del DSRB, mientras que los europeos ponen la mano de obra, las fábricas y el riesgo político. La supuesta «autonomía estratégica» europea es una quimera. Al aceptar la arquitectura financiera del DSRB, Europa está permitiendo que la Reserva Federal y los bancos de Wall Street dicten las condiciones de su rearme. Europa está diciendo que va a gastar el cinco por ciento de su PIB en defensa, pero en lugar de emitir deuda europea conjunta para pagarlo directamente, va a dejar que los bancos privados le presten ese dinero a través del DSRB, cobrándole intereses usureros.

    La pregunta fundamental que debe hacerse cualquier ciudadano consciente es si este sistema es sostenible. Históricamente, los imperios y las naciones que han priorizado el gasto militar sobre la inversión civil, que han financiero sus guerras mediante la devaluación monetaria y la deuda oculta, han colapsado. La Unión Soviética se desmoronó en parte porque no podía sostener la carga de su complejo militar-industrial. Roma cayó bajo el peso de sus legiones y la devaluación de su moneda. El sistema actual de economía de guerra permanente puede parecer sostenible a corto plazo, impulsado por la inercia financiera y la impresión de dinero, pero a largo plazo es una bomba de relojería.

    Eventualmente, los costes superarán a los beneficios, la base imponible de los estados se erosionará por la fuga de capitales hacia los paraísos fiscales, y la ciudadanía, empobrecida por la inflación y los recortes sociales, se rebelará contra una élite que le ha vendido seguridad a cambio de esclavitud financiera.

    La paradoja final de este sistema es que requiere la escalada continua de amenazas, la perpetuación del miedo y la imposibilidad de la paz para justificar su propia existencia. La paz no es rentable para BlackRock; la paz es un riesgo sistémico que amenaza con quebrar el modelo de negocio. Por eso, la militarización bancaria no es solo una política económica; es la declaración de guerra de las finanzas contra la sociedad, la conversión definitiva de la muerte en el activo financiero más perfecto, y la confirmación de que, en el nuevo orden mundial, la única guerra que importa es la que se libra en los balances de los bancos.

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  13. St David Aparthotels opens fourth site in Barrow near BAE

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  14. Bae Da-hae: “Hardships of living with a 100-year-old grandfather-in-law? ♥ Lee Jang-won is the one struggling more” [Star Issue]

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  16. Bae Da-hae shares struggles of IVF and caring for 100-year-old relative

    Singer and musical actress Bae Da-hae, who is currently undergoing IVF treatment to conceive a second child, shared…
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  17. Bae Da-hae, Going Through IVF, Moves in With Her 100-Year-Old Great-Grandfather-in-Law… “I Prepare a Longevity Diet Myself”

    [Sportschosun Lee Ge-eun] Singer and musical actress Bae Da-hae, who is undergoing IVF treatment, shared an update…
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  20. Kim Da-young, ♥Bae Sung-jae World Cup Support: “Happy to meet him soon… but disappointed with the result”

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  22. Bae Da-hae shares IVF struggles and positive views on marriage

    Singer and musical actress Bae Da-hae shared an update, revealing that she is undergoing in vitro fertilization (IVF)…
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  23. ‘Lee Jang-won♥’ Bae Da-hae, Updates on IVF Treatment: “I Feel Heavy and It’s So Hard”

    *This content was translated by AI. /Photo=YouTube Channel ‘KB Insurance’ Singer and musical actress Bae Da-hae shared updates…
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  24. ⭕Des militants se sont présentés à l'extérieur de #BAE-Systems-Samlesbury dans le #Lancashire. #BAE-Systems est lié à la chaîne d'approvisionnement des avions de chasse #F-35 utilisés par l'occupation #Israélienne dans ses attaques contre #Gaza et le #Liban. Via : #thanet4palestine

  25. ⭕Des militants se sont présentés à l'extérieur de #BAE-Systems-Samlesbury dans le #Lancashire. #BAE-Systems est lié à la chaîne d'approvisionnement des avions de chasse #F-35 utilisés par l'occupation #Israélienne dans ses attaques contre #Gaza et le #Liban. Via : #thanet4palestine

  26. Att utveckla ett nytt stridsfordon eller en bandvagn börjar sällan med en enskild idé. Krav måste vägas mot varandra, användningen analyseras på djupet och lösningar verifieras steg för steg i verkliga miljöer. Hos BAE Systems Hägglunds i Örnsköldsvik finns hela processen samlad, från tidiga studier av framtida behov till färdiga fordon som testas i fält.#baesystemshägglunds #sponsrad #baesystems #annons
    Ingenjörerna bakom försvarsfordonen: “Samarbetet är avgörande”
  27. El tábano economista @eltabanoeconomista.wordpress.com@eltabanoeconomista.wordpress.com ·

    Alemania, del escudo social al escudo militar


    Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

     La regla es: déficit para las armas, austeridad para las personas (El Tábano Economista)

    Nunca en la historia de la posguerra alemana se había visto una operación de ingeniería fiscal y social tan descaradamente hipócrita. Mientras Friedrich Merz, anuncia un drástico tijeretazo de casi 40.000 millones de euros al Estado del Bienestar, el fin de la gratuidad del seguro médico para cónyuges no cotizantes y pensiones reducidas a una mera «cobertura básica», su gobierno ha aprobado simultáneamente una reforma constitucional que permite endeudarse sin límites para financiar el rearme, eliminando de un plumazo cualquier restricción al déficit público cuando se trata de armamento.

    La máxima es sencilla y brutal: austeridad para las mayorías, deuda ilimitada para las minorías armamentísticas. Y en el centro de esta operación, un mismo nombre —BlackRock— aparece tanto en el pasado laboral del canciller como en la lista de accionistas institucionales de prácticamente todas las empresas del DAX (índice bursátil alemán) y, de manera especialmente significativa, de los principales contratistas de defensa alemanes, con una participación del 7,19 % en Rheinmetall AG.

    El presupuesto alemán para 2026, aprobado por el Bundestag el pasado noviembre, asciende a unos 524.000 millones de euros en gasto ordinario, a los que hay que sumar los fondos especiales extrapresupuestarios. El resultado es un endeudamiento total que roza los 180.000 millones de euros, la segunda cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

    Alemania ha logrado eliminar el límite de gasto en defensa mediante una modificación constitucional de marzo de 2025. El artículo 109 de la Ley Fundamental incorporó una excepción. Todo gasto en defensa y seguridad que supere el 1% del PIB queda automáticamente exento del freno de deuda. En términos prácticos, eso significa que, a partir de un umbral de unos 45.000 millones de euros anuales (el 1% del PIB alemán), el Estado puede endeudarse sin límite para financiar rearme, protección civil, inteligencia, ciberseguridad y ayuda a países atacados como Ucrania, diluyendo la llamada disciplina fiscal que a otros países se les ha exigido durante décadas, con deuda no presupuestada.

    Complementariamente, el gobierno creó un fondo especial para infraestructuras de 500.000 millones de euros. Este patrimonio extrapresupuestario no está sujeto al freno de deuda y se financia íntegramente con crédito, con la condición de que el dinero se gaste en 12 años. Al mismo tiempo, la Comisión Europea y el Consejo de la UE activaron para Alemania la cláusula nacional de escape del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que permite superar el límite de déficit del 3% durante cuatro años siempre que el exceso se deba al aumento del gasto en defensa.

    El Tratado de Maastricht de 1992 estableció dos criterios básicos para la pertenencia al euro: déficit público menor al 3% del PIB y deuda pública menor al 60% del PIB. Alemania fue durante años el «alumno ejemplar», pero la realidad actual es muy distinta. Según Euractiv, 11 de los 27 Estados miembros superan actualmente el límite del 3% de déficit y 13 sobrepasan el 60% de deuda. La propia Alemania, una vez contabilizados los fondos fuera de balance, alcanzó un déficit real del 3,2% del PIB en 2025, superando el umbral de Maastrich.

    BlackRock será uno de los que capture los fondos de la política fiscal y de endeudamiento alemán. El fondo también ha lanzado recientemente el ETF iShares Europe Defence UCITS, un producto financiero que capitaliza directamente el incremento del gasto militar europeo. De esta manera, la misma entidad, BlackRock, que asesora y dirige las políticas de deuda pública (a través de su expresidente, ahora canciller) se beneficia doblemente. Por un lado, de los contratos de rearme que el propio gobierno impulsa; por otro, de la deuda pública emitida para financiarlos, en la que BlackRock también es un actor destacado en los mercados de bonos.

    La ironía es doblemente cruel. Durante años, Alemania aleccionó a los países del sur de Europa, Grecia en especial, sobre los peligros del déficit y la necesidad de la ortodoxia fiscal. Ahora que le toca a Berlín, no solo suspende sus propias reglas, sino que lo hace para un fin —el rearme— que en el pasado ha terminado siempre en catástrofe.

    La narrativa oficial para justificar este giro copernicano es la «amenaza rusa». Según los propagandistas del gobierno, Alemania necesita gastar hasta el 3,5 % de su PIB en defensa porque Estados Unidos ya no garantiza su protección. Pero hay dos problemas fundamentales con este relato.

    El primero es que la principal amenaza para la economía alemana en los últimos años no ha sido Rusia, sino la destrucción del gasoducto Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. Tres años después del sabotaje, las consecuencias siguen siendo devastadoras. Pérdidas económicas estimadas en más de 160.000 millones de euros, precios del gas un 84 % más altos que antes de la guerra, dos años consecutivos de contracción del PIB (‑0,3 % en 2023 y ‑0,2 % en 2024) y un crecimiento de apenas el 0,2 % para 2025. El fin del gas ruso barato ha hundido la competitividad de los sectores de uso intensivo de energía y ha provocado una deslocalización industrial silenciosa pero masiva.

    El segundo problema es que mientras el gobierno alemán predica la necesidad de «contención del déficit» para justificar recortes sociales, la propia Unión Europea ha activado para Alemania la «cláusula nacional de escape», que permite superar el límite del 3 % de déficit del Tratado de Maastricht durante cuatro años si el exceso se debe a gasto en defensa. Es decir: Alemania no necesita recortar el Estado del Bienestar para cumplir las reglas europeas; elige hacerlo. Porque el verdadero objetivo no es la sostenibilidad fiscal, sino la transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria armamentística, de la que BlackRock es uno de los principales accionistas.

    Mientras Merz recorta prestaciones sociales y multiplica la deuda para financiar el rearme, las grandes corporaciones alemanas que sustentan el índice DAX están abandonando el país de manera acelerada. La hipocresía de las élites empresariales alemanas alcanza cotas insospechadas: piden más gasto público en defensa (donde están invertidas) y simultáneamente deslocalizan su producción a China y Estados Unidos, donde los costes energéticos y laborales son más competitivos.

    En China, Volkswagen opera más de 30 plantas y construye su mayor centro de I+D fuera de Alemania en Hefei; la química BASF ha invertido 87.000 millones de euros en su mega-complejo de Zhanjiang (18 plantas integradas), su tercera mayor base de producción global; BMW y Mercedes cuentan con dos plantas cada una, y el número de empresas alemanas en China supera ya las 8.200. China se ha convertido de nuevo, en 2025, en el mayor socio comercial de Alemania. En Estados Unidos Rheinmetall, el principal beneficiario del rearme alemán, opera 6 plantas en territorio estadounidense, mientras recibe miles de millones en contratos públicos alemanes. BMW, Mercedes, Volkswagen y BASF han realizado expansiones multimillonarias en EE.UU., atraídas por los bajos precios energéticos (gracias al fracking) y los incentivos fiscales de la Ley de Reducción de la Inflación de Biden.

    El mensaje es inequívoco, las élites empresariales apoyan el rearme alemán siempre que éste no afecte a su cuenta de resultados. Mientras el gobierno alemán inyecta centenares de miles de millones en defensa e infraestructuras, las empresas del DAX invierten esos mismos recursos en otros países. El patriotismo de las élites es, como siempre, simple cuando hablamos de armamento (donde los beneficios son seguros), inexistente cuando hablamos de mantener empleos y tejido industrial en Alemania.

    BlackRock y Merz tienen una relación incómodamente estrecha. El canciller fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania entre 2016 y 2020. No era un gestor de activos cualquiera, era la cabeza visible en Alemania del mayor fondo de inversión del mundo, con más de 10 billones de dólares bajo gestión directa y presencia en prácticamente todas las grandes empresas del planeta.

    El conflicto de intereses es flagrante. BlackRock es accionista institucional de todas las principales empresas de defensa europeas y estadounidenses: en Rheinmetall (7,19 %), Airbus (alrededor del 5 %), Leonardo (3 %), Thales (más del 1 %), BAE Systems, y también de sus competidoras estadounidenses Lockheed Martin (4,9 %), Boeing (3,9 %), Raytheon (4,8 %) y Northrop Grumman (4,2 %). La misma entidad que financió el ascenso político de Merz y de la que él fue su máximo representante en Alemania es ahora la principal beneficiaria del rearme que él mismo impulsa desde la Cancillería.

    No se trata de una conspiración, sino de la constatación de un hecho: Alemania está transfiriendo decenas de miles de millones de euros de deuda pública a manos de los accionistas de la industria armamentística, encabezados por BlackRock. Los recortes sociales no son un accidente; son la otra cara de la misma moneda. El déficit público no se reduce; simplemente se reorienta, hacia el armamento en lugar de hacia la sanidad, las pensiones o la educación.

    Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es obligado recordar la reunión secreta del 20 de febrero de 1933 en la residencia oficial del presidente del Reichstag, Hermann Göring. Allí, Adolf Hitler, recién nombrado canciller, se reunió con entre 20 y 25 de los principales industriales y banqueros alemanes: Gustav Krupp von Bohlen und Halbach (Krupp), Fritz von Opel (Opel), Günther Quandt (que luego sería nombrado líder de la economía de armamento), representantes de Siemens, IG Farben, Allianz, BASF, Telefunken, Agfa, Bayer y Deutsche Bank.

    El orden del día era sencillo, recaudar tres millones de Reichsmarks para financiar la campaña electoral nazi de marzo de 1933, cuyo objetivo era alcanzar la mayoría de dos tercios para aprobar la Ley de Habilitación que concedería a Hitler poderes dictatoriales. Según las actas, se recaudaron 2.071.000 Reichsmarks en la propia reunión, y Goebbels afirmó haber obtenido los tres millones completos.

    El historiador y escritor francés Éric Vuillard, en su libro El orden del día, narra con extraordinaria precisión el desarrollo de aquella reunión. Los industriales escucharon a Hitler y Göring explicarles que el comunismo era la amenaza inminente, que la democracia parlamentaria no podía hacer frente a esa amenaza y que se necesitaba un «golpe de autoridad». A cambio de su financiación, los industriales obtendrían la destrucción de los sindicatos, la prohibición del Partido Comunista, la eliminación de cualquier restricción al rearme y la garantía de que el nuevo régimen serviría fielmente a los intereses del gran capital.

    La historia posterior es conocida: el rearme masivo alemán condujo a la Segunda Guerra Mundial y a la muerte de decenas de millones de personas. Los mismos industriales que financiaron a Hitler, tras la guerra, recuperaron su lugar en la élite económica alemana como si nada hubiera ocurrido.

    Hoy, el paralelismo es escalofriantemente evidente. Friedrich Merz, expresidente de BlackRock Alemania. Como en 1933, la élite industrial y financiera alemana apoya esta política porque se beneficia directamente de ella. BlackRock, el mayor accionista de Rheinmetall y de casi todas las empresas del DAX, no tiene ningún incentivo para detener un proceso que multiplica el valor de sus inversiones.

    La diferencia es que hoy la retórica es distinta. Entonces hablaban de «comunismo», ahora hablan de «amenaza rusa». Pero el mecanismo es idéntico: crear un enemigo externo, movilizar el aparato del Estado en favor de la industria armamentística, financiar todo ello con deuda pública y cargar el coste sobre las espaldas de los ciudadanos mediante recortes en el Estado del Bienestar.

    Friedrich Merz no solo fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania; sigue manteniendo estrechos vínculos con la élite financiera que ahora se beneficia de sus decisiones de gobierno. La oposición en el Bundestag ya ha denunciado abiertamente el conflicto de intereses, calificando a Merz de «conflicto de intereses andante» y advirtiendo que «nosotros tenemos que pagar todo esto, y encima soportar que este individuo nos recorte todas las prestaciones estatales».

    El problema no es solo ético, sino estructural. La concentración de la propiedad del DAX en manos de unos pocos fondos estadounidenses (BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Capital Group) ha convertido el capitalismo alemán en una plutocracia transnacional, donde las decisiones que afectan a millones de ciudadanos se toman en función de los intereses de unos pocos accionistas institucionales.

    Alemania está cometiendo el mismo error en el que incurrió tres veces en el último siglo y medio. Cada rearme alemán —desde la guerra franco-prusiana de 1870, pasando por la carrera armamentística previa a la Primera Guerra Mundial en 1914, hasta el rearme nazi de 1933— ha terminado en catástrofe. La historia debería habernos enseñado que la ecuación «austeridad para la población + deuda ilimitada para armamento = desastre» no admite excepciones.

    Pero las élites no aprenden. No aprenden porque no les interesa aprender. A BlackRock y a la industria armamentística alemana les importa muy poco si dentro de diez o veinte años Europa está en guerra. Les importa el beneficio inmediato que obtienen de los miles de millones de euros que el gobierno alemán está inyectando en el sector de la defensa.

    Mientras tanto, los ciudadanos alemanes soportan una inflación persistente, unos precios energéticos que no dejan de subir, un sistema sanitario que se desmantela, unas pensiones que se reducen a «cobertura básica» y unos salarios que no crecen al ritmo de los precios. Todo ello para financiar un rearme que, si la historia sirve de algo, acabará mal.

    El grito de la oposición de izquierdas en el Bundestag resuena con una claridad que el gobierno de Merz se niega a escuchar: «La factura del nuevo ciclo militar empieza a trasladarse al bolsillo de los hogares». Mientras tanto, BlackRock sonríe y se frota las manos.

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    #Alemania #austeridad #BAESystems #BASF #BlackRock #BMW #Boeing #bonosAlemanes #cansiller #China #cláusulaNacionalDeEscape #coberturaBásica #ComisiónEuropea #ConsejoDeLaUE #Constitución #DAX #déficitPúblico #Deuda #deudaPública #EEUU #EstadoDelBienestar #ETFISharesEuropeDefenceUCITS #euros #extrapresupuestarios #FriedrichMerz #gasoductoNordStream #infraestrutura #intereses #Leonardo #LeyDeReducciónDeLaInflaciónDeBiden #LockheedMartin #Mercedes #PactoDeEstabilidadYCrecimiento #partidaPrincipal #PBI #Presupuesto #rearme #reforma #restricción #Rheinmetall #Rusia #seguroMedico #Thales #TratadoDeMaastricht #UE #UniónEuropea #Volkswagen
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    Alemania, del escudo social al escudo militar


    Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

     La regla es: déficit para las armas, austeridad para las personas (El Tábano Economista)

    Nunca en la historia de la posguerra alemana se había visto una operación de ingeniería fiscal y social tan descaradamente hipócrita. Mientras Friedrich Merz, anuncia un drástico tijeretazo de casi 40.000 millones de euros al Estado del Bienestar, el fin de la gratuidad del seguro médico para cónyuges no cotizantes y pensiones reducidas a una mera «cobertura básica», su gobierno ha aprobado simultáneamente una reforma constitucional que permite endeudarse sin límites para financiar el rearme, eliminando de un plumazo cualquier restricción al déficit público cuando se trata de armamento.

    La máxima es sencilla y brutal: austeridad para las mayorías, deuda ilimitada para las minorías armamentísticas. Y en el centro de esta operación, un mismo nombre —BlackRock— aparece tanto en el pasado laboral del canciller como en la lista de accionistas institucionales de prácticamente todas las empresas del DAX (índice bursátil alemán) y, de manera especialmente significativa, de los principales contratistas de defensa alemanes, con una participación del 7,19 % en Rheinmetall AG.

    El presupuesto alemán para 2026, aprobado por el Bundestag el pasado noviembre, asciende a unos 524.000 millones de euros en gasto ordinario, a los que hay que sumar los fondos especiales extrapresupuestarios. El resultado es un endeudamiento total que roza los 180.000 millones de euros, la segunda cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

    Alemania ha logrado eliminar el límite de gasto en defensa mediante una modificación constitucional de marzo de 2025. El artículo 109 de la Ley Fundamental incorporó una excepción. Todo gasto en defensa y seguridad que supere el 1% del PIB queda automáticamente exento del freno de deuda. En términos prácticos, eso significa que, a partir de un umbral de unos 45.000 millones de euros anuales (el 1% del PIB alemán), el Estado puede endeudarse sin límite para financiar rearme, protección civil, inteligencia, ciberseguridad y ayuda a países atacados como Ucrania, diluyendo la llamada disciplina fiscal que a otros países se les ha exigido durante décadas, con deuda no presupuestada.

    Complementariamente, el gobierno creó un fondo especial para infraestructuras de 500.000 millones de euros. Este patrimonio extrapresupuestario no está sujeto al freno de deuda y se financia íntegramente con crédito, con la condición de que el dinero se gaste en 12 años. Al mismo tiempo, la Comisión Europea y el Consejo de la UE activaron para Alemania la cláusula nacional de escape del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que permite superar el límite de déficit del 3% durante cuatro años siempre que el exceso se deba al aumento del gasto en defensa.

    El Tratado de Maastricht de 1992 estableció dos criterios básicos para la pertenencia al euro: déficit público menor al 3% del PIB y deuda pública menor al 60% del PIB. Alemania fue durante años el «alumno ejemplar», pero la realidad actual es muy distinta. Según Euractiv, 11 de los 27 Estados miembros superan actualmente el límite del 3% de déficit y 13 sobrepasan el 60% de deuda. La propia Alemania, una vez contabilizados los fondos fuera de balance, alcanzó un déficit real del 3,2% del PIB en 2025, superando el umbral de Maastrich.

    BlackRock será uno de los que capture los fondos de la política fiscal y de endeudamiento alemán. El fondo también ha lanzado recientemente el ETF iShares Europe Defence UCITS, un producto financiero que capitaliza directamente el incremento del gasto militar europeo. De esta manera, la misma entidad, BlackRock, que asesora y dirige las políticas de deuda pública (a través de su expresidente, ahora canciller) se beneficia doblemente. Por un lado, de los contratos de rearme que el propio gobierno impulsa; por otro, de la deuda pública emitida para financiarlos, en la que BlackRock también es un actor destacado en los mercados de bonos.

    La ironía es doblemente cruel. Durante años, Alemania aleccionó a los países del sur de Europa, Grecia en especial, sobre los peligros del déficit y la necesidad de la ortodoxia fiscal. Ahora que le toca a Berlín, no solo suspende sus propias reglas, sino que lo hace para un fin —el rearme— que en el pasado ha terminado siempre en catástrofe.

    La narrativa oficial para justificar este giro copernicano es la «amenaza rusa». Según los propagandistas del gobierno, Alemania necesita gastar hasta el 3,5 % de su PIB en defensa porque Estados Unidos ya no garantiza su protección. Pero hay dos problemas fundamentales con este relato.

    El primero es que la principal amenaza para la economía alemana en los últimos años no ha sido Rusia, sino la destrucción del gasoducto Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. Tres años después del sabotaje, las consecuencias siguen siendo devastadoras. Pérdidas económicas estimadas en más de 160.000 millones de euros, precios del gas un 84 % más altos que antes de la guerra, dos años consecutivos de contracción del PIB (‑0,3 % en 2023 y ‑0,2 % en 2024) y un crecimiento de apenas el 0,2 % para 2025. El fin del gas ruso barato ha hundido la competitividad de los sectores de uso intensivo de energía y ha provocado una deslocalización industrial silenciosa pero masiva.

    El segundo problema es que mientras el gobierno alemán predica la necesidad de «contención del déficit» para justificar recortes sociales, la propia Unión Europea ha activado para Alemania la «cláusula nacional de escape», que permite superar el límite del 3 % de déficit del Tratado de Maastricht durante cuatro años si el exceso se debe a gasto en defensa. Es decir: Alemania no necesita recortar el Estado del Bienestar para cumplir las reglas europeas; elige hacerlo. Porque el verdadero objetivo no es la sostenibilidad fiscal, sino la transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria armamentística, de la que BlackRock es uno de los principales accionistas.

    Mientras Merz recorta prestaciones sociales y multiplica la deuda para financiar el rearme, las grandes corporaciones alemanas que sustentan el índice DAX están abandonando el país de manera acelerada. La hipocresía de las élites empresariales alemanas alcanza cotas insospechadas: piden más gasto público en defensa (donde están invertidas) y simultáneamente deslocalizan su producción a China y Estados Unidos, donde los costes energéticos y laborales son más competitivos.

    En China, Volkswagen opera más de 30 plantas y construye su mayor centro de I+D fuera de Alemania en Hefei; la química BASF ha invertido 87.000 millones de euros en su mega-complejo de Zhanjiang (18 plantas integradas), su tercera mayor base de producción global; BMW y Mercedes cuentan con dos plantas cada una, y el número de empresas alemanas en China supera ya las 8.200. China se ha convertido de nuevo, en 2025, en el mayor socio comercial de Alemania. En Estados Unidos Rheinmetall, el principal beneficiario del rearme alemán, opera 6 plantas en territorio estadounidense, mientras recibe miles de millones en contratos públicos alemanes. BMW, Mercedes, Volkswagen y BASF han realizado expansiones multimillonarias en EE.UU., atraídas por los bajos precios energéticos (gracias al fracking) y los incentivos fiscales de la Ley de Reducción de la Inflación de Biden.

    El mensaje es inequívoco, las élites empresariales apoyan el rearme alemán siempre que éste no afecte a su cuenta de resultados. Mientras el gobierno alemán inyecta centenares de miles de millones en defensa e infraestructuras, las empresas del DAX invierten esos mismos recursos en otros países. El patriotismo de las élites es, como siempre, simple cuando hablamos de armamento (donde los beneficios son seguros), inexistente cuando hablamos de mantener empleos y tejido industrial en Alemania.

    BlackRock y Merz tienen una relación incómodamente estrecha. El canciller fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania entre 2016 y 2020. No era un gestor de activos cualquiera, era la cabeza visible en Alemania del mayor fondo de inversión del mundo, con más de 10 billones de dólares bajo gestión directa y presencia en prácticamente todas las grandes empresas del planeta.

    El conflicto de intereses es flagrante. BlackRock es accionista institucional de todas las principales empresas de defensa europeas y estadounidenses: en Rheinmetall (7,19 %), Airbus (alrededor del 5 %), Leonardo (3 %), Thales (más del 1 %), BAE Systems, y también de sus competidoras estadounidenses Lockheed Martin (4,9 %), Boeing (3,9 %), Raytheon (4,8 %) y Northrop Grumman (4,2 %). La misma entidad que financió el ascenso político de Merz y de la que él fue su máximo representante en Alemania es ahora la principal beneficiaria del rearme que él mismo impulsa desde la Cancillería.

    No se trata de una conspiración, sino de la constatación de un hecho: Alemania está transfiriendo decenas de miles de millones de euros de deuda pública a manos de los accionistas de la industria armamentística, encabezados por BlackRock. Los recortes sociales no son un accidente; son la otra cara de la misma moneda. El déficit público no se reduce; simplemente se reorienta, hacia el armamento en lugar de hacia la sanidad, las pensiones o la educación.

    Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es obligado recordar la reunión secreta del 20 de febrero de 1933 en la residencia oficial del presidente del Reichstag, Hermann Göring. Allí, Adolf Hitler, recién nombrado canciller, se reunió con entre 20 y 25 de los principales industriales y banqueros alemanes: Gustav Krupp von Bohlen und Halbach (Krupp), Fritz von Opel (Opel), Günther Quandt (que luego sería nombrado líder de la economía de armamento), representantes de Siemens, IG Farben, Allianz, BASF, Telefunken, Agfa, Bayer y Deutsche Bank.

    El orden del día era sencillo, recaudar tres millones de Reichsmarks para financiar la campaña electoral nazi de marzo de 1933, cuyo objetivo era alcanzar la mayoría de dos tercios para aprobar la Ley de Habilitación que concedería a Hitler poderes dictatoriales. Según las actas, se recaudaron 2.071.000 Reichsmarks en la propia reunión, y Goebbels afirmó haber obtenido los tres millones completos.

    El historiador y escritor francés Éric Vuillard, en su libro El orden del día, narra con extraordinaria precisión el desarrollo de aquella reunión. Los industriales escucharon a Hitler y Göring explicarles que el comunismo era la amenaza inminente, que la democracia parlamentaria no podía hacer frente a esa amenaza y que se necesitaba un «golpe de autoridad». A cambio de su financiación, los industriales obtendrían la destrucción de los sindicatos, la prohibición del Partido Comunista, la eliminación de cualquier restricción al rearme y la garantía de que el nuevo régimen serviría fielmente a los intereses del gran capital.

    La historia posterior es conocida: el rearme masivo alemán condujo a la Segunda Guerra Mundial y a la muerte de decenas de millones de personas. Los mismos industriales que financiaron a Hitler, tras la guerra, recuperaron su lugar en la élite económica alemana como si nada hubiera ocurrido.

    Hoy, el paralelismo es escalofriantemente evidente. Friedrich Merz, expresidente de BlackRock Alemania. Como en 1933, la élite industrial y financiera alemana apoya esta política porque se beneficia directamente de ella. BlackRock, el mayor accionista de Rheinmetall y de casi todas las empresas del DAX, no tiene ningún incentivo para detener un proceso que multiplica el valor de sus inversiones.

    La diferencia es que hoy la retórica es distinta. Entonces hablaban de «comunismo», ahora hablan de «amenaza rusa». Pero el mecanismo es idéntico: crear un enemigo externo, movilizar el aparato del Estado en favor de la industria armamentística, financiar todo ello con deuda pública y cargar el coste sobre las espaldas de los ciudadanos mediante recortes en el Estado del Bienestar.

    Friedrich Merz no solo fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania; sigue manteniendo estrechos vínculos con la élite financiera que ahora se beneficia de sus decisiones de gobierno. La oposición en el Bundestag ya ha denunciado abiertamente el conflicto de intereses, calificando a Merz de «conflicto de intereses andante» y advirtiendo que «nosotros tenemos que pagar todo esto, y encima soportar que este individuo nos recorte todas las prestaciones estatales».

    El problema no es solo ético, sino estructural. La concentración de la propiedad del DAX en manos de unos pocos fondos estadounidenses (BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Capital Group) ha convertido el capitalismo alemán en una plutocracia transnacional, donde las decisiones que afectan a millones de ciudadanos se toman en función de los intereses de unos pocos accionistas institucionales.

    Alemania está cometiendo el mismo error en el que incurrió tres veces en el último siglo y medio. Cada rearme alemán —desde la guerra franco-prusiana de 1870, pasando por la carrera armamentística previa a la Primera Guerra Mundial en 1914, hasta el rearme nazi de 1933— ha terminado en catástrofe. La historia debería habernos enseñado que la ecuación «austeridad para la población + deuda ilimitada para armamento = desastre» no admite excepciones.

    Pero las élites no aprenden. No aprenden porque no les interesa aprender. A BlackRock y a la industria armamentística alemana les importa muy poco si dentro de diez o veinte años Europa está en guerra. Les importa el beneficio inmediato que obtienen de los miles de millones de euros que el gobierno alemán está inyectando en el sector de la defensa.

    Mientras tanto, los ciudadanos alemanes soportan una inflación persistente, unos precios energéticos que no dejan de subir, un sistema sanitario que se desmantela, unas pensiones que se reducen a «cobertura básica» y unos salarios que no crecen al ritmo de los precios. Todo ello para financiar un rearme que, si la historia sirve de algo, acabará mal.

    El grito de la oposición de izquierdas en el Bundestag resuena con una claridad que el gobierno de Merz se niega a escuchar: «La factura del nuevo ciclo militar empieza a trasladarse al bolsillo de los hogares». Mientras tanto, BlackRock sonríe y se frota las manos.

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    Alemania, del escudo social al escudo militar


    Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

     La regla es: déficit para las armas, austeridad para las personas (El Tábano Economista)

    Nunca en la historia de la posguerra alemana se había visto una operación de ingeniería fiscal y social tan descaradamente hipócrita. Mientras Friedrich Merz, anuncia un drástico tijeretazo de casi 40.000 millones de euros al Estado del Bienestar, el fin de la gratuidad del seguro médico para cónyuges no cotizantes y pensiones reducidas a una mera «cobertura básica», su gobierno ha aprobado simultáneamente una reforma constitucional que permite endeudarse sin límites para financiar el rearme, eliminando de un plumazo cualquier restricción al déficit público cuando se trata de armamento.

    La máxima es sencilla y brutal: austeridad para las mayorías, deuda ilimitada para las minorías armamentísticas. Y en el centro de esta operación, un mismo nombre —BlackRock— aparece tanto en el pasado laboral del canciller como en la lista de accionistas institucionales de prácticamente todas las empresas del DAX (índice bursátil alemán) y, de manera especialmente significativa, de los principales contratistas de defensa alemanes, con una participación del 7,19 % en Rheinmetall AG.

    El presupuesto alemán para 2026, aprobado por el Bundestag el pasado noviembre, asciende a unos 524.000 millones de euros en gasto ordinario, a los que hay que sumar los fondos especiales extrapresupuestarios. El resultado es un endeudamiento total que roza los 180.000 millones de euros, la segunda cifra más alta desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

    Alemania ha logrado eliminar el límite de gasto en defensa mediante una modificación constitucional de marzo de 2025. El artículo 109 de la Ley Fundamental incorporó una excepción. Todo gasto en defensa y seguridad que supere el 1% del PIB queda automáticamente exento del freno de deuda. En términos prácticos, eso significa que, a partir de un umbral de unos 45.000 millones de euros anuales (el 1% del PIB alemán), el Estado puede endeudarse sin límite para financiar rearme, protección civil, inteligencia, ciberseguridad y ayuda a países atacados como Ucrania, diluyendo la llamada disciplina fiscal que a otros países se les ha exigido durante décadas, con deuda no presupuestada.

    Complementariamente, el gobierno creó un fondo especial para infraestructuras de 500.000 millones de euros. Este patrimonio extrapresupuestario no está sujeto al freno de deuda y se financia íntegramente con crédito, con la condición de que el dinero se gaste en 12 años. Al mismo tiempo, la Comisión Europea y el Consejo de la UE activaron para Alemania la cláusula nacional de escape del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que permite superar el límite de déficit del 3% durante cuatro años siempre que el exceso se deba al aumento del gasto en defensa.

    El Tratado de Maastricht de 1992 estableció dos criterios básicos para la pertenencia al euro: déficit público menor al 3% del PIB y deuda pública menor al 60% del PIB. Alemania fue durante años el «alumno ejemplar», pero la realidad actual es muy distinta. Según Euractiv, 11 de los 27 Estados miembros superan actualmente el límite del 3% de déficit y 13 sobrepasan el 60% de deuda. La propia Alemania, una vez contabilizados los fondos fuera de balance, alcanzó un déficit real del 3,2% del PIB en 2025, superando el umbral de Maastrich.

    BlackRock será uno de los que capture los fondos de la política fiscal y de endeudamiento alemán. El fondo también ha lanzado recientemente el ETF iShares Europe Defence UCITS, un producto financiero que capitaliza directamente el incremento del gasto militar europeo. De esta manera, la misma entidad, BlackRock, que asesora y dirige las políticas de deuda pública (a través de su expresidente, ahora canciller) se beneficia doblemente. Por un lado, de los contratos de rearme que el propio gobierno impulsa; por otro, de la deuda pública emitida para financiarlos, en la que BlackRock también es un actor destacado en los mercados de bonos.

    La ironía es doblemente cruel. Durante años, Alemania aleccionó a los países del sur de Europa, Grecia en especial, sobre los peligros del déficit y la necesidad de la ortodoxia fiscal. Ahora que le toca a Berlín, no solo suspende sus propias reglas, sino que lo hace para un fin —el rearme— que en el pasado ha terminado siempre en catástrofe.

    La narrativa oficial para justificar este giro copernicano es la «amenaza rusa». Según los propagandistas del gobierno, Alemania necesita gastar hasta el 3,5 % de su PIB en defensa porque Estados Unidos ya no garantiza su protección. Pero hay dos problemas fundamentales con este relato.

    El primero es que la principal amenaza para la economía alemana en los últimos años no ha sido Rusia, sino la destrucción del gasoducto Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. Tres años después del sabotaje, las consecuencias siguen siendo devastadoras. Pérdidas económicas estimadas en más de 160.000 millones de euros, precios del gas un 84 % más altos que antes de la guerra, dos años consecutivos de contracción del PIB (‑0,3 % en 2023 y ‑0,2 % en 2024) y un crecimiento de apenas el 0,2 % para 2025. El fin del gas ruso barato ha hundido la competitividad de los sectores de uso intensivo de energía y ha provocado una deslocalización industrial silenciosa pero masiva.

    El segundo problema es que mientras el gobierno alemán predica la necesidad de «contención del déficit» para justificar recortes sociales, la propia Unión Europea ha activado para Alemania la «cláusula nacional de escape», que permite superar el límite del 3 % de déficit del Tratado de Maastricht durante cuatro años si el exceso se debe a gasto en defensa. Es decir: Alemania no necesita recortar el Estado del Bienestar para cumplir las reglas europeas; elige hacerlo. Porque el verdadero objetivo no es la sostenibilidad fiscal, sino la transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria armamentística, de la que BlackRock es uno de los principales accionistas.

    Mientras Merz recorta prestaciones sociales y multiplica la deuda para financiar el rearme, las grandes corporaciones alemanas que sustentan el índice DAX están abandonando el país de manera acelerada. La hipocresía de las élites empresariales alemanas alcanza cotas insospechadas: piden más gasto público en defensa (donde están invertidas) y simultáneamente deslocalizan su producción a China y Estados Unidos, donde los costes energéticos y laborales son más competitivos.

    En China, Volkswagen opera más de 30 plantas y construye su mayor centro de I+D fuera de Alemania en Hefei; la química BASF ha invertido 87.000 millones de euros en su mega-complejo de Zhanjiang (18 plantas integradas), su tercera mayor base de producción global; BMW y Mercedes cuentan con dos plantas cada una, y el número de empresas alemanas en China supera ya las 8.200. China se ha convertido de nuevo, en 2025, en el mayor socio comercial de Alemania. En Estados Unidos Rheinmetall, el principal beneficiario del rearme alemán, opera 6 plantas en territorio estadounidense, mientras recibe miles de millones en contratos públicos alemanes. BMW, Mercedes, Volkswagen y BASF han realizado expansiones multimillonarias en EE.UU., atraídas por los bajos precios energéticos (gracias al fracking) y los incentivos fiscales de la Ley de Reducción de la Inflación de Biden.

    El mensaje es inequívoco, las élites empresariales apoyan el rearme alemán siempre que éste no afecte a su cuenta de resultados. Mientras el gobierno alemán inyecta centenares de miles de millones en defensa e infraestructuras, las empresas del DAX invierten esos mismos recursos en otros países. El patriotismo de las élites es, como siempre, simple cuando hablamos de armamento (donde los beneficios son seguros), inexistente cuando hablamos de mantener empleos y tejido industrial en Alemania.

    BlackRock y Merz tienen una relación incómodamente estrecha. El canciller fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania entre 2016 y 2020. No era un gestor de activos cualquiera, era la cabeza visible en Alemania del mayor fondo de inversión del mundo, con más de 10 billones de dólares bajo gestión directa y presencia en prácticamente todas las grandes empresas del planeta.

    El conflicto de intereses es flagrante. BlackRock es accionista institucional de todas las principales empresas de defensa europeas y estadounidenses: en Rheinmetall (7,19 %), Airbus (alrededor del 5 %), Leonardo (3 %), Thales (más del 1 %), BAE Systems, y también de sus competidoras estadounidenses Lockheed Martin (4,9 %), Boeing (3,9 %), Raytheon (4,8 %) y Northrop Grumman (4,2 %). La misma entidad que financió el ascenso político de Merz y de la que él fue su máximo representante en Alemania es ahora la principal beneficiaria del rearme que él mismo impulsa desde la Cancillería.

    No se trata de una conspiración, sino de la constatación de un hecho: Alemania está transfiriendo decenas de miles de millones de euros de deuda pública a manos de los accionistas de la industria armamentística, encabezados por BlackRock. Los recortes sociales no son un accidente; son la otra cara de la misma moneda. El déficit público no se reduce; simplemente se reorienta, hacia el armamento en lugar de hacia la sanidad, las pensiones o la educación.

    Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es obligado recordar la reunión secreta del 20 de febrero de 1933 en la residencia oficial del presidente del Reichstag, Hermann Göring. Allí, Adolf Hitler, recién nombrado canciller, se reunió con entre 20 y 25 de los principales industriales y banqueros alemanes: Gustav Krupp von Bohlen und Halbach (Krupp), Fritz von Opel (Opel), Günther Quandt (que luego sería nombrado líder de la economía de armamento), representantes de Siemens, IG Farben, Allianz, BASF, Telefunken, Agfa, Bayer y Deutsche Bank.

    El orden del día era sencillo, recaudar tres millones de Reichsmarks para financiar la campaña electoral nazi de marzo de 1933, cuyo objetivo era alcanzar la mayoría de dos tercios para aprobar la Ley de Habilitación que concedería a Hitler poderes dictatoriales. Según las actas, se recaudaron 2.071.000 Reichsmarks en la propia reunión, y Goebbels afirmó haber obtenido los tres millones completos.

    El historiador y escritor francés Éric Vuillard, en su libro El orden del día, narra con extraordinaria precisión el desarrollo de aquella reunión. Los industriales escucharon a Hitler y Göring explicarles que el comunismo era la amenaza inminente, que la democracia parlamentaria no podía hacer frente a esa amenaza y que se necesitaba un «golpe de autoridad». A cambio de su financiación, los industriales obtendrían la destrucción de los sindicatos, la prohibición del Partido Comunista, la eliminación de cualquier restricción al rearme y la garantía de que el nuevo régimen serviría fielmente a los intereses del gran capital.

    La historia posterior es conocida: el rearme masivo alemán condujo a la Segunda Guerra Mundial y a la muerte de decenas de millones de personas. Los mismos industriales que financiaron a Hitler, tras la guerra, recuperaron su lugar en la élite económica alemana como si nada hubiera ocurrido.

    Hoy, el paralelismo es escalofriantemente evidente. Friedrich Merz, expresidente de BlackRock Alemania. Como en 1933, la élite industrial y financiera alemana apoya esta política porque se beneficia directamente de ella. BlackRock, el mayor accionista de Rheinmetall y de casi todas las empresas del DAX, no tiene ningún incentivo para detener un proceso que multiplica el valor de sus inversiones.

    La diferencia es que hoy la retórica es distinta. Entonces hablaban de «comunismo», ahora hablan de «amenaza rusa». Pero el mecanismo es idéntico: crear un enemigo externo, movilizar el aparato del Estado en favor de la industria armamentística, financiar todo ello con deuda pública y cargar el coste sobre las espaldas de los ciudadanos mediante recortes en el Estado del Bienestar.

    Friedrich Merz no solo fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock Alemania; sigue manteniendo estrechos vínculos con la élite financiera que ahora se beneficia de sus decisiones de gobierno. La oposición en el Bundestag ya ha denunciado abiertamente el conflicto de intereses, calificando a Merz de «conflicto de intereses andante» y advirtiendo que «nosotros tenemos que pagar todo esto, y encima soportar que este individuo nos recorte todas las prestaciones estatales».

    El problema no es solo ético, sino estructural. La concentración de la propiedad del DAX en manos de unos pocos fondos estadounidenses (BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Capital Group) ha convertido el capitalismo alemán en una plutocracia transnacional, donde las decisiones que afectan a millones de ciudadanos se toman en función de los intereses de unos pocos accionistas institucionales.

    Alemania está cometiendo el mismo error en el que incurrió tres veces en el último siglo y medio. Cada rearme alemán —desde la guerra franco-prusiana de 1870, pasando por la carrera armamentística previa a la Primera Guerra Mundial en 1914, hasta el rearme nazi de 1933— ha terminado en catástrofe. La historia debería habernos enseñado que la ecuación «austeridad para la población + deuda ilimitada para armamento = desastre» no admite excepciones.

    Pero las élites no aprenden. No aprenden porque no les interesa aprender. A BlackRock y a la industria armamentística alemana les importa muy poco si dentro de diez o veinte años Europa está en guerra. Les importa el beneficio inmediato que obtienen de los miles de millones de euros que el gobierno alemán está inyectando en el sector de la defensa.

    Mientras tanto, los ciudadanos alemanes soportan una inflación persistente, unos precios energéticos que no dejan de subir, un sistema sanitario que se desmantela, unas pensiones que se reducen a «cobertura básica» y unos salarios que no crecen al ritmo de los precios. Todo ello para financiar un rearme que, si la historia sirve de algo, acabará mal.

    El grito de la oposición de izquierdas en el Bundestag resuena con una claridad que el gobierno de Merz se niega a escuchar: «La factura del nuevo ciclo militar empieza a trasladarse al bolsillo de los hogares». Mientras tanto, BlackRock sonríe y se frota las manos.

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  30. Inside the Swedish factory helping to re-arm Europe.

    BAE’s Hägglunds is increasing capacity as it gears up for a huge joint order from several of the region’s armies.

    mediafaro.org/article/20260503

    #Sweden #Arms #Defence #Hagglunds #BAESystems

  31. Inside the Swedish factory helping to re-arm Europe.

    BAE’s Hägglunds is increasing capacity as it gears up for a huge joint order from several of the region’s armies.

    mediafaro.org/article/20260503

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  32. Inside the Swedish factory helping to re-arm Europe.

    BAE’s Hägglunds is increasing capacity as it gears up for a huge joint order from several of the region’s armies.

    mediafaro.org/article/20260503

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  33. Inside the Swedish factory helping to re-arm Europe.

    BAE’s Hägglunds is increasing capacity as it gears up for a huge joint order from several of the region’s armies.

    mediafaro.org/article/20260503

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  34. US Army Tests BAE's AMPV Prototype With 30mm Cannon

    The US Army has taken delivery of two cutting-edge AMPV prototypes equipped with a 30mm cannon at Fort Hood, marking a significant milestone in the testing and development process. These company-funded vehicles boast a remote turret capable of firing advanced programmable airburst ammunition to tackle small drones and ground threats.

    osintsights.com/us-army-tests-

    #UsArmy #Ampv #BaeSystems #30mmCannon #MilitaryTechnology

  35. “ARMS INDUSTRY GIVEN DIRECT INFLUENCE OVER UNIVERSITY COURSES”

    by Martin Williams in Declassified UK

    @Declassified_UK
    @DeclassifiedUK
    @uk_politics

    #BAESystems, #Leonardo, #Thales and #RollsRoyce are among the firms who have been invited to sit on at least 53 university advisory committees across the country.

    They are usually asked to provide ‘strategic direction’ for academic departments – and sometimes also review the progress of research projects”

    declassifieduk.org/arms-indust

    #Press #SocialMedia #UK #Universities #Courses #ArmsIndustry #Influence #Courses #CAAT

  36. “ARMS INDUSTRY GIVEN DIRECT INFLUENCE OVER UNIVERSITY COURSES”

    by Martin Williams in Declassified UK

    @Declassified_UK
    @DeclassifiedUK
    @uk_politics

    #BAESystems, #Leonardo, #Thales and #RollsRoyce are among the firms who have been invited to sit on at least 53 university advisory committees across the country.

    They are usually asked to provide ‘strategic direction’ for academic departments – and sometimes also review the progress of research projects”

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  37. “ARMS INDUSTRY GIVEN DIRECT INFLUENCE OVER UNIVERSITY COURSES”

    by Martin Williams in Declassified UK

    @Declassified_UK
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    #BAESystems, #Leonardo, #Thales and #RollsRoyce are among the firms who have been invited to sit on at least 53 university advisory committees across the country.

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  38. “ARMS INDUSTRY GIVEN DIRECT INFLUENCE OVER UNIVERSITY COURSES”

    by Martin Williams in Declassified UK

    @Declassified_UK
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    @uk_politics

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    They are usually asked to provide ‘strategic direction’ for academic departments – and sometimes also review the progress of research projects”

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  39. BAE Systems Tests Counter-Drone Tech on Eurofighter Typhoon

    BAE Systems has successfully tested a game-changing counter-drone technology on the Eurofighter Typhoon, taking a major step towards protecting advanced combat aircraft from swarms of small, inexpensive drones. The innovative solution was developed with a focus on affordability and simplicity, showcasing BAE's commitment to…

    osintsights.com/bae-systems-te

    #CounterdroneTech #EurofighterTyphoon #BaeSystems #EmergingThreats #MilitaryAviation