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  1. Fotografías e historia

    Por: Thelma Morales García

    La tecnología actual nos permite que atrapemos en una fotografía el tiempo de determinado evento de nuestra vida. Desde nuestros teléfonos celulares captamos momentos importantes para nosotros y se ha convertido en una manera de mirar el tiempo pasado. También capturamos el momento que se quedará resguardado para siempre en nuestros archivos digitales, pues la tecnología ha hecho que cambiemos nuestra forma de guardar esas imágenes, ahora lo hacemos en un USB o disco compacto.

    Desde su aparición la fotografía pasó de ser un simple registro de acontecimientos, a ser testigo de momentos importantes dentro de nuestra historia que quedaron capturados, conformando así una gran galería de millones de reflejos de formas de vida dentro de la sociedad de todo el siglo XX.

    A quien no le gusta observar fotografías de épocas en la historia de nuestro país, sin duda el más importante y reconocido en México, es el Fondo Casasola, el cual es parte fundamental de la historia de la Fototeca Nacional, pues este acervo fue con el que inició dicha institución. Actualmente aunque se cuentan con muchos más fondos, el Casasola es el más apreciado, consultado y estudiado y según los expertos aún tiene muchas lecturas inéditas que ofrecer a quienes lo consultan.

    Este archivo fotográfico fue adquirido por el gobierno federal en 1976; con un total de 484 mil piezas, entre negativos y positivos. Fue adquirido a través de INAH a Agustín Casasola Zapata, hijo de Agustín Víctor Casasola Velasco (1874-1938), fundador de este archivo quien desde su juventud, se dio a la tarea de recopilar y coleccionar imágenes que enriqueció con el tiempo con los trabajos de su hermano Miguel, y casi 500 autores entre los que se encuentran: Hugo Brehme, Antonio Garduño, los hermanos Mayo, Genaro Olivares, Sabino Ozuna, Manuel Ramos y Ezequiel Tostado.

    Las fotografías que más se reconocen del fondo Casasola son las que retrataron la Revolución Mexicana, sin embargo existen otras que muestran la vida cotidiana de distintas épocas, personajes, oficios y un sin número de eventos que muestran la riqueza de dicho acervo. Se cuenta que Agustín Casasola, tuvo la visión y el propósito de documentar y coleccionar todo evento que a su mirada fuera significativo en los acontecimientos de México. La conciencia del poder de la fotografía como registro permitió que tengamos la posibilidad de mirar otras épocas que se han ido.

    Agustín Casasola inició esta enorme tarea en los inicios del siglo XX, pues con su cámara, atrapó imágenes que le permitían ilustrar los reportajes que realizaba, así se convirtió en los primeros fotorreporteros de nuestro país. En 1911 funda con sus compañeros la Asociación Mexicana de Fotógrafos de Prensa, la cual fue pionera en la materia a nivel mundial.

    El Fondo Casasola registra la vida del país desde finales del siglo XIX hasta 1972, por ello no es fácil de estudiar, pero aún en la actualidad siguen apareciendo joyas que son localizadas por la ardua búsqueda de los estudiosos, que entre los millares de piezas siguen apareciendo. Estas fotografías junto con muchos fondos más que existen para fortuna nuestra, se han vuelto memoria y según Rosa Casanova son el espejo de una sociedad cuya agitada historia la mantenía ocupada en armar una nación propia.

    Actualmente el acervo de la Fototeca Nacional, es uno de los más importantes de América Latina, y está integrado por casi un millón de imágenes distribuidas en 40 fondos y cubre 160 años de la historia mexicana. Para aquellos que deseen disfrutar de una muestra de las fotografías que se conservan en la Fototeca Nacional, se encuentran en el libro “Luces sobre México” Catálogo selectivo de la Fototeca Nacional del INAH; editado por el CONACULTA y el Instituto Nacional de Antropología e Historia en 2006.

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  2. Orfandad

    Por: Thelma Morales García

    Escribir estas líneas en la semana que en nuestro país se conmemora el Día del Padre, me hizo reflexionar sobre lo vivido con mi propio padre quien falleció el 19 de julio de 2011.

    Hace años un título llamó mi atención “Orfandad” de Federico Reyes Heroles, un libro que plantea un texto histórico, biográfico y autobiográfico que escribió sobre su padre, a 30 años de su muerte.

    Parece en este libro que estamos dialogando con el hijo de una manera tan profunda que nos conmueve, porque habla desde su corazón y nos transmite el dolor de ver cómo poco a poco se va extinguiendo la vida de su padre y nos relata: “La tarde del primero de marzo de 1985 recibí una llamada. Era mi padre. Necesitábamos platicar todos. El tono no era normal. Todos implicaba los tres miembros de la familia: mi madre, Jesús mi hermano y yo. Un par de horas después nos reuníamos en su habitación. Tenía un cigarro en la mano y su rostro mostraba una tristeza profunda. Sin más nos dijo, me voy a morir.” Falleció a los 63 años el 19 de marzo de 1985, en Denver, Colorado, Estados Unidos donde se realizaba un tratamiento médico.

    Este libro más que un homenaje a su padre es un acto de sinceridad, por lo que uno se siente tan cercano a la figura del hombre que también fue una figura pública muy destacada, y que por esa razón para el hijo se vuelve compleja: “Nací en 1955. Mi padre murió en 1985. Yo tenía treinta años, era un hombre joven, pero ya un hombre casado con mi compañera de vida: Beatriz… En el 2015, ambos, mi padre y Reyes Heroles, cumplen años de habernos dejado. Utilizo la primera persona del plural porque ni yo ni nadie es dueño de la figura pública que muchos siguen recordando… A mi vez me acerco a la edad en la que él murió. Nadie se puede reclamar huérfano por perder a su padre a esa edad… Pero hoy algo me queda claro: la muerte de mi padre marcó mi orfandad.”

    Al leer este libro vamos descubriendo a ese padre que puede ser el padre que todos hemos tenido y que como la vida misma, hay épocas buenas y malas; al ir creciendo los hijos empezamos a buscar nuestro propio camino o personalidad, en la mayoría de las veces no comulgamos con las ideas de nuestros padres y Federico nos lo refiere en el siguiente recuerdo: “Cuando me dejé crecer el pelo y descuidé rasurarme a diario, su reacción fue pésima. Durante meses estuvimos peleados, yo con la greña creciendo y él con su necedad de que era impropio. El distanciamiento dolía en ambas partes. Le escribí una nota breve, quiero ser tu amigo. Nos empezamos a hablar, la relación se restableció y fuimos muy amigos. Me volví a rasurar por convicción, pero en la greña no cedí.”

    Entonces entendí el motivo de sentirse huérfano, y titular a su libro “Orfandad”, porque habla del padre al que extraña, a su guía, a quien consultaba sobre lo que haría con su vida profesional y vocación. “Creo que tenía la obligación de ser realista con su hijo. ¿Y de qué vas a vivir? No fue condición, fue un baño de realismo. No sé que hubiera deseado estudiar él, pero era claro que se tenía que ganar sus centavos. Nunca vivió de hacer historia, por más sólidas y trascendentes que fueran sus obras. Tampoco vivió de su afición, pasión, debilidad, manía por los libros. Vivió de su trabajo como servidor público y en paralelo construyó sus universos de gozo.”

    Lo retrata con sentido del humor que seguramente hará que el lector se doblegue ante el personaje: “Al final, el hombre público llegaba a casa y gozaba la vida con sus hijos y su esposa”, también se revela el texto histórico muy bien documentado por entrevistas o archivos personales y generales.

    “Si de tropas se tratara, tropas que van al combate por la vida, una lucha que, sin saber bien a bien por qué, damos a diario, la muerte de mi padre supuso que los que iban en la primera línea, mi general, mi guía, la figura señera marcada por la experiencia, cayera muerto… Lo suyo fue como un libro al cual se le arrancan los últimos capítulos, un libro trunco, inacabado. Él estaba entero y murió. Enamorado del pensamiento, de la acción, de la vida misma, nunca estuvo, sin embargo, obsesionado en prolongarla. En los hechos la acortó.”

    “Orfandad El padre y el político” editado por Alfaguara, nos hace reflexionar sobre la relación con nuestro papá, teniéndolo presente a través de los recuerdos desde infancia y edad adulta.

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  3. Manuel Gamio

    Por: Thelma Morales García

    Hace años en los recorridos que realizaba en el territorio del Estado de México, tuve la fortuna de conocer gente de la que aprendí mucho, muchas de esas visitas fue a la zona de Teotihuacán y San Martín de las Pirámides, sobre todo a los talleres de artesanos que trabajan la obsidiana realizando piezas para los turistas que visitan la zona.

    En alguna ocasión me acompañó la Maestra Teresa Pomar, una de las más reconocidas investigadoras del arte popular en México, que inauguró uno de esos espacios donde los artesanos comercializarían sus piezas, en dicha inauguración nos obsequiaron un pequeño volante que traía un pensamiento de Manuel Gamio. Recuerdo que la maestra Pomar me dijo que se había publicado un libro titulado “Manuel Gamio una lucha sin final”, escrito por su nieta Ángeles González Gamio en el año de 2003.

    En ese entonces solo había escuchado el nombre de Gamio en alguna institución y sabía que había realizado investigaciones en la zona arqueológica de Teotihuacán. Por eso cuando tuve el libro en mis manos, me di a la tarea de leerlo de principio a fin y me causó mucha sorpresa enterarme de todas las aportaciones que hizo a lo largo de su vida realizando estudios sobre temas agrícolas, culturales, sociales, arqueológicos, educativos, indígenas, legislativos, geográficos y de la industria y el comercio. Un libro que hoy conservo con gran cariño porque me fue obsequiado precisamente por doña Tere Pomar

    Manuel Gamio nació en la ciudad de México un 2 de marzo de 1883, hijo de don Gabriel Gamio heredero de una de las minas ubicadas en Temascaltepec, y de Marina Martínez hija de un rico comerciante de la ciudad de México, por lo que en su infancia asiste a una de los mejores colegios de la época, el Liceo Fournier, posteriormente ingresaría a la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso.

    Su madre fallece cuando él es apenas un niño, su padre despilfarra la fortuna familiar y con lo poco que aún conserva decide comprar una finca hulera llamada Santo Domingo, ubicada entre los límites de Veracruz, Puebla y Oaxaca. Manuel Gamio quien había iniciado la carrera de ingeniería decide abandonar sus estudios para ir a trabajar la finca junto con sus cinco hermanos.

    A los pocos meses sus hermanos se regresan a la ciudad de México, porque la finca había estado abandonada por años y se encuentran con el terrible panorama de que las plantaciones han sido invadidas por la selva. Manuel es el único que por orgullo y amor propio decide continuar el trabajo, dicha finca sellaría su destino, pues en un artículo escrito en 1956 publicado en el periódico El Nacional recuerda: “Empecé a interesarme en la población indígena, cuando viví cerca de tres años, en un rancho de mi familia… mi hermano Rodrigo y yo éramos dizque los administradores de ese rancho palúdico, incrustado entonces entre salvajes bosque milenarios. Como era natural, dada nuestra falta de experiencia, fracasó a la postre esa explotación agrícola, pero alcancé en cambio, una ventaja y fue la de aprender algo del idioma náhuatl, que hablaban casi todos nuestros trabajadores procedentes de la sierra cercana de Puebla.”

    En esta anécdota refiere que conoce a un indígena al que cierto día encontró en el río y al que le pide que se acerque a platicar con él, al ver que no le hace caso, le habla en náhuatl y entonces regresa su canoa y se disculpa con él, pero le dice que ahí no quieren a los que hablan español, porque de ellos ha sufrido maltratos y ofensas cuando trabajó con ellos, pero como él hablaba su idioma se convierte en su amigo y es quien lo introduce a la vida de las familias indígenas. Desde ese momento Manuel Gamio vislumbra las grandes necesidades y aspiraciones de los indígenas de nuestro país.

    Ese conocimiento que adquiere, le permite conocer los valores y cualidades que tienen los grupos indígenas, le molesta e indigna la situación de abandono y abuso en que viven; de ahí surge su insistencia de que se conozcan y estudien para ayudarlos racionalmente, respetando sus valores –que tanto admira– que son fuente importante para alcanzar una identidad nacional.

    Esto es sólo una parte de todo lo que realizaría durante toda su vida, pues se doctoró en filosofía en la Universidad de Columbia en los Estados Unidos en 1921. Escribió sus reflexiones e investigaciones como un libro que publicó en 1916 que se llama “Forjando la Patria”, regresa a nuestro país a seguir con su labor antropológica y arqueológica, de lo cual decía que era terrible que alabáramos la grandeza de nuestras culturas indígenas prehispánicas y en cambio tuviéramos olvidados a los descendientes de esas culturas, es decir a los indígenas de nuestro tiempo.

    Otra aportación que me dio este libro, es el seguimiento a la labor que desde hace décadas realiza su nieta Ángeles a quien admiro por las cónicas tan magníficas que escribe y que podemos leer semanalmente en La Jornada de los domingos.

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  4. La charrería; Breviario del deporte nacional

    Por: Thelma Morales García

    Octavio Chávez es reconocido por los diferentes libros que ha publicado sobre el tema y también la trayectoria que ha hecho dentro del deporte de la Charrería, siendo en tres ocasiones Campeón Nacional con la suerte del paso de la muerte. Para quienes no han tenido oportunidad de conocer a fondo lo que es la Charrería, “La Charrería breviario del deporte nacional” nos permite acceder fácilmente a una de las tradiciones más reconocidas en nuestro país y símbolo de orgullo para quienes practican este deporte.

    Aquí encontramos “El origen de la charrería”con un análisis desde la época de la Conquista, cuando Hernán Cortés aseguraba que ello no hubiese sido posible sin los caballos y que desde entonces los indígenas tenían prohibido montar a caballo. También nos comenta sobre la importancia de la charrería a campo traviesa, pues desde los siglos XVIII y XIX era la única manera de someter al ganado y de alguna manera se empieza a ver a la charrería de manera organizada con la creación de lienzos charros.

    En este libro se dedica un apartado a la “Asociación Nacional de Charros” que se funda en 1921, la cual es considerada como la Decana de la Charrería por la Federación Mexicana de Charrería. De ahí surgirán todas la demás de la República Mexicana, entre ella la de Toluca. También nos muestra algunos Lienzos Charros ubicados en diversos lugares de nuestro país.

    También encontraremos un capítulo sobre la “Organización nacional de la charrería” donde afirma don Octavio Chávez que en la actualidad, se cuenta con más de 900 asociaciones federadas, que militan bajo la misma rectoría, y en los Estados Unidos con otras 300, así como con grandes grupos de escaramuzas. Así como las competencias estatales y torneos nacionales de carácter oficial como: el Torneo Guadalupano, Campeonato Nacional de Norteamérica, Campeonato Nacional de Charros Mayores y Campeonato Nacional Infantil y Juvenil. Además de las fechas importantes para el deporte nacional como el día del charro instituido formalmente el 14 de septiembre de 1934.

    Aparece en “La charrería en las artes” el nombre de Ernesto Icaza quien fue uno de los más productivos y destacados pintores con el tema de la charrería en sus obras y uno de los más cotizados por el detalle que muestra en cada una de sus pinturas.

    “El caballo en la charrería”, nos habla de tres razas de caballos que se han utilizado en nuestro país para las faenas y nos describe cada una de ellas. El criollo, el cuarto de milla y el azteca.

    La participación de “La mujer en la charrería” es un eje fundamental, porque destaca como deportista consagrada que participa en equipo como escaramucera y actualmente se cuenta con más de 300 escaramuzas federadas en México y 80 escaramuzas federadas en Estados Unidos.

    “El floreo de reata” es todo un arte, pero es también un atractivo espectáculo que para dominarlo se debe dedicar durante toda una vida según reza algún dicho. La reata que usa el charro es una cuerda torcida que está hecha de ixtle (fibra) de maguey, que es una planta de la familia de las amarilidáceas, crece en México y tiene diversas variedades, como la lechuguilla o la pita. En nuestra entidad de esta artesanía se dice que las mejores se fabrican en Coatepec Harinas.

    Sobre las “Suertes charras”, Octavio Chávez nos habla de nueve y describe en su libro cada una de ellas, como la Cala de caballo, el Coleadero, las Manganas y una en la que él fue campeón nacional y estatal, el paso de muerte.

    El traje que portan los charros es lo que más identifica a la charrería y me hace recordar aquel dicho: “Honrarás el traje que llevas puesto sin excusa ni pretexto” y en el apartado “El charro y su atuendo” se menciona que la Federación Mexicana de Charrería ha reglamentado el uso de los diferentes tipos de trajes, como el de faena, que es usual para las competencias; el de media gala, que es más ornamentado y también se puede utilizar para las competencias; el traje de gala y el de etiqueta o ceremonia, que es el más elegante y se usa en ocasiones muy especiales pero nunca se porta a caballo.

    Recuerdo que en alguna de las conferencias que ha impartido don Octavio Chávez comentó que históricamente se sabe que Maximiliano de Habsburgo portó el traje de charro, lo que yo no sabía que Maximiliano diseño del traje de charro color negro que hoy se considera de gala. Es por ello que se dice que “Vestirse de charro es vestirse de México”.

    “La artesanía en la charrería” es uno de los apartados que más llamó mi atención porque es un orgullo saber que muchos artesanos han destacado en la elaboración de los elementos de la charrería como: las botonaduras de hueso, los bordados, chapetones,
frenos, espuelas,
sombreros, albardas,
cuartas, sarapes, fustes, sillas charras, riendas, chaparreras,
rebozos,
reatas, cinturones, entre muchos más.

    Quienes han participado en las charreadas encuentran en “La música”un elemento fundamental que ha logrado distinguir nuestra mexicanidad ante el mundo, lo que ha llevado a reconocer al mariachi como Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad por parte de la UNESCO. El jarabe tapatío es una tradición entre los charros, porque no hay espectáculo charro que no concluya con el jarabe ya que el baile recrea el enamoramiento de la pareja y el coqueteo, el cierre de la fiesta charra concluye con la mujer vestida de china poblana y el charro bailando quienes festejan con una diana final tomados de la mano.

    “El futuro de la charrería” es crear escuelas con este deporte, así como semilleros de charros que sean dirigidos en su mayoría por charros consagrados que mantienen la tradición viva entre su familia y no sólo se considera un deporte, es una cultura transmitida de generación en generación; por lo que cada asociación deberá contar con una escuela de charrería y ello permitirá que esta raza de hombres a caballo no se acabe nunca.

    El libro esta bellamente editado con fotografías y dichos o refranes sobre el tema de la charrería y es importante destacar que La Charrería ha sido tema de poetas, pintores, músicos, historiadores, artesanos y personas de reconocida cultura; todos ellos amantes de nuestras tradiciones y raíces.

    La Tradición de la Charrería, desde 2016 fue considerada por la UNESCO como parte del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, pues cuenta con arte, cultura y tiene un conjunto de tradiciones con elementos significativos que representan identidad, valores y conocimientos que se transmiten de generación en generación.

    Gracias a don Octavio Chávez por continuar sus investigaciones y darnos la oportunidad a través de sus publicaciones, de conocer un poco más lo que simboliza la Charrería en nuestro país.

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