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El Centro Internacional de Investigación Agrícola en las Zonas Áridas, conocido como ICARDA, mantenía una colección de semillas en Siria, cerca de Alepo.
La guerra puso en peligro el trabajo de conservación y dificultó el acceso a aquella colección.
Como la institución había depositado duplicados en Svalbard, pudo solicitar que se los devolvieran.
Entre 2015 y 2019 retiró muestras que utilizó para reconstruir sus colecciones en Líbano y Marruecos.
Después de multiplicar las semillas, volvió a enviar copias a la bóveda.
Es un ejemplo real de para qué sirve todo este sistema.
No se trata de esperar a que el mundo termine, sino de evitar que décadas de trabajo científico y agrícola desaparezcan cuando ocurre una desgracia.
La instalación se diseñó para resistir muchos riesgos, pero conviene no confundir una gran medida de seguridad con una garantía absoluta.
El frío natural, la profundidad de las cámaras, la roca y los sistemas de refrigeración ofrecen distintas capas de protección.
Sin embargo, la bóveda necesita mantenimiento, vigilancia y una gestión adecuada.
En 2017 se hicieron públicas filtraciones de agua en el túnel de entrada relacionadas con el deshielo y las condiciones climáticas.
El agua no llegó a las cámaras de semillas, pero el incidente llevó a Noruega a realizar mejoras para reforzar la instalación.
Es un buen recordatorio de que incluso en el Ártico hay que tener en cuenta los efectos del cambio climático.
Además, conservar semillas no resuelve por sí solo todos los problemas de la agricultura.
Para recuperar un cultivo también hacen falta conocimientos, terrenos adecuados, agua, herramientas y personas capaces de multiplicar y cultivar ese material.
La bóveda conserva una parte esencial de la solución, no todo lo necesario.
La Bóveda Mundial de Semillas de Svalbard es, en definitiva, una reserva de diversidad agrícola para las generaciones futuras.
Su trabajo consiste en proteger algo que a menudo damos por hecho: que siempre podremos disponer de las plantas que producen nuestros alimentos.
Mientras buena parte del mundo se preocupa por las cosechas de este año, allí, dentro de una montaña helada, se guardan copias de semillas que quizá nunca necesitemos recuperar. Ojalá sea así.
Pero si algún día un banco genético pierde su colección, esas pequeñas bolsas pueden marcar la diferencia entre empezar de cero y tener una oportunidad de recuperarla.
/𝘊𝘰𝘮𝘰 𝘤𝘶𝘳𝘪𝘰𝘴𝘪𝘥𝘢𝘥, 𝘦𝘭 23 𝘥𝘦 𝘰𝘤𝘵𝘶𝘣𝘳𝘦 𝘥𝘦 2026 𝘴𝘦 𝘦𝘯𝘵𝘳𝘦𝘨𝘰́ 𝘦𝘭 𝘗𝘳𝘦𝘮𝘪𝘰 𝘗𝘳𝘪𝘯𝘤𝘦𝘴𝘢 𝘥𝘦 𝘈𝘴𝘵𝘶𝘳𝘪𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘊𝘰𝘰𝘱𝘦𝘳𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘐𝘯𝘵𝘦𝘳𝘯𝘢𝘤𝘪𝘰𝘯𝘢𝘭 𝘢𝘭 𝘴𝘪𝘴𝘵𝘦𝘮𝘢 𝘱𝘶́𝘣𝘭𝘪𝘤𝘰 𝘯𝘰𝘳𝘶𝘦𝘨𝘰 𝘱𝘰𝘳 𝘴𝘶 𝘭𝘢𝘣𝘰𝘳 𝘦𝘯 𝘭𝘢 𝘤𝘰𝘯𝘴𝘦𝘳𝘷𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯 𝘥𝘦 𝘭𝘰𝘴 𝘳𝘦𝘤𝘶𝘳𝘴𝘰𝘴 𝘨𝘦𝘯𝘦́𝘵𝘪𝘤𝘰𝘴, 𝘶𝘯 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘯𝘰𝘤𝘪𝘮𝘪𝘦𝘯𝘵𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘱𝘰𝘯𝘦 𝘥𝘦 𝘳𝘦𝘭𝘪𝘦𝘷𝘦 𝘭𝘢 𝘪𝘮𝘱𝘰𝘳𝘵𝘢𝘯𝘤𝘪𝘢 𝘥𝘦 𝘱𝘳𝘰𝘵𝘦𝘨𝘦𝘳 𝘭𝘢 𝘣𝘪𝘰𝘥𝘪𝘷𝘦𝘳𝘴𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘺 𝘨𝘢𝘳𝘢𝘯𝘵𝘪𝘻𝘢𝘳 𝘭𝘢 𝘴𝘦𝘨𝘶𝘳𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘢𝘭𝘪𝘮𝘦𝘯𝘵𝘢𝘳𝘪𝘢 𝘥𝘦𝘭 𝘧𝘶𝘵𝘶𝘳𝘰. 🌱/
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