🧿 “𝑷𝒐𝒊𝒔𝒐𝒏 𝑺𝒒𝒖𝒂𝒅” 🧿
En noviembre de 1902, doce hombres jóvenes se sentaron a comer en un comedor muy particular de Washington.
La mesa estaba preparada como cualquier otra.
Había platos, cubiertos y comida recién hecha.
Lo que no era normal estaba dentro de los alimentos.
Aquellos hombres habían aceptado participar en un experimento del Gobierno de Estados Unidos y sabían que podían enfermar.
Harvey Washington Wiley, químico jefe del Bureau of Chemistry del Departamento de Agricultura, llevaba años preocupado por algo que entonces escapaba casi por completo al control de las autoridades: qué sustancias estaban utilizando los fabricantes para conservar, colorear o modificar los alimentos que llegaban a los consumidores.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la industria alimentaria estadounidense había crecido a una velocidad enorme.
También lo había hecho el uso de la química.
El problema era que no existía todavía una legislación federal general que obligara a los fabricantes a demostrar que aquellas sustancias eran seguras o a informar claramente de su presencia.
Wiley llevaba desde 1883 investigando la adulteración de alimentos.
Había documentado sustituciones, falsificaciones y el uso de productos químicos que podían resultar perjudiciales.
Durante décadas se habían presentado proyectos de ley en el Congreso para regular el sector, pero una y otra vez habían fracasado.
Wiley decidió que necesitaba algo más que análisis de laboratorio.
Necesitaba comprobar qué ocurría en seres humanos.
En 1902, el Congreso destinó 5.000 dólares a estudiar los efectos de conservantes y colorantes químicos sobre la digestión y la salud.
Wiley reclutó a doce hombres jóvenes y sanos, muchos de ellos empleados públicos.
Eran voluntarios, pero las condiciones no eran precisamente las de una comida gratis.
Durante el estudio tenían que alimentarse exclusivamente con las comidas preparadas para el experimento.
Se controlaban su peso, temperatura y pulso y se recogían muestras de orina y heces.
También eran examinados periódicamente por médicos.
Y habían firmado un compromiso especialmente inquietante: si el experimento les provocaba una enfermedad grave o incluso la muerte, renunciaban a reclamar legalmente contra el Gobierno.
El comedor estaba instalado en el sótano del Departamento de Agricultura.
Wiley quería controlar todo lo posible lo que entraba en los platos, por lo que incluso se preocupó de conseguir alimentos sin adulterar para poder saber que los efectos observados procedían de la sustancia que estaba estudiando.
El nombre oficial del experimento era mucho más aburrido: **Hygienic Table Trials**, los ensayos de la mesa higiénica.
La prensa encontró uno mucho más memorable.
**The Poison Squad.**
El Escuadrón del Veneno.
El primer gran ensayo se realizó con bórax, una sustancia que entonces se utilizaba como conservante y que podía encontrarse en productos como la mantequilla.
Las cantidades empezaban siendo pequeñas y se iban aumentando.
Los hombres comenzaron a sufrir náuseas, dolores de estómago, pérdida de apetito y otros problemas digestivos.
Cuando alguno enfermaba demasiado, se interrumpía su participación hasta que se recuperaba.
Y aquello solo era el principio.
Durante los años siguientes se estudiaron otras sustancias, entre ellas ácido salicílico, formaldehído, benzoato de sodio, sulfato de cobre y sacarina.
La composición de los grupos de voluntarios fue cambiando a medida que avanzaban los distintos ensayos.
El formaldehído fue especialmente problemático.
Cuando se aumentaron las dosis, varios participantes enfermaron de tal manera que Wiley tuvo que detener el ensayo.
No era una cuestión puramente académica.
Algunas de aquellas sustancias se estaban utilizando en alimentos que la gente compraba y consumía todos los días.
El sulfato de cobre, por ejemplo, podía emplearse para intensificar el color verde de determinados vegetales.
El borato se utilizaba como conservante.
El ácido salicílico aparecía en determinados alimentos y bebidas.
El consumidor, en muchos casos, no tenía forma de saberlo.
Y entonces ocurrió algo que Wiley no había previsto del todo.
El experimento se convirtió en un espectáculo público.
Los periodistas comenzaron a seguir las comidas del grupo.
Aparecieron artículos, caricaturas y canciones sobre el Escuadrón del Veneno.
Hasta los espectáculos de variedades incorporaron referencias a aquellos hombres que desayunaban, comían y cenaban sustancias químicas.
Wiley llegó incluso a preocuparse de que el tono humorístico de la prensa pudiera hacer que el experimento pareciera una broma.
Pero la publicidad también consiguió algo importante.
La gente empezó a preguntarse qué llevaba realmente la comida que compraba.
En aquella época trabajaba junto a Wiley un hombre llamado **William R. Carter**, contratado en 1902 como cocinero y camarero del experimento.
Carter acabaría teniendo una trayectoria extraordinaria: continuó trabajando en el ámbito de la química, obtuvo un título en química farmacéutica y permaneció en los laboratorios federales hasta 1946.
Los periodistas llegaron a entrevistarle incluso a través de la ventana de la cocina cuando Wiley intentaba mantenerlos alejados de los voluntarios.
Mientras tanto, el trabajo de Wiley formaba parte de una campaña mucho más amplia.
No estaba solo.
Médicos, químicos, periodistas, inspectores y organizaciones de mujeres llevaban años presionando para conseguir una legislación federal.
La General Federation of Women's Clubs tuvo un papel importante en esa movilización, y la prensa de investigación también contribuyó a convertir la adulteración y los peligros de determinados alimentos y medicamentos en un problema público.
El famoso libro **The Jungle**, de Upton Sinclair, publicado en 1906, provocó además una enorme indignación por las condiciones de la industria cárnica.
Finalmente, el 30 de junio de 1906, el presidente Theodore Roosevelt firmó la **Pure Food and Drugs Act**.
La ley prohibía el comercio interestatal de alimentos y medicamentos adulterados o mal etiquetados.
Ese mismo día también se aprobó la Meat Inspection Act.
No fue el Escuadrón del Veneno el que consiguió por sí solo aquellas leyes.
La reforma llevaba décadas gestándose y fueron muchos los grupos y personas que participaron en ella.
Pero los experimentos de Wiley tuvieron un efecto difícil de ignorar.
Habían convertido una cuestión que podía parecer abstracta —la seguridad de un conservante químico— en algo mucho más sencillo de entender.
Doce hombres sentados alrededor de una mesa.
Comiendo.
Enfermando.
Y demostrando que aquello que el consumidor no podía ver también podía tener consecuencias.
Los ensayos continuaron durante varios años y, aunque algunos voluntarios sufrieron síntomas importantes, no se registraron muertes durante los experimentos.
Hubo, eso sí, controversia posterior sobre posibles consecuencias para alguno de los participantes.
Wiley abandonó el Gobierno en 1912 y pasó a trabajar para la revista **Good Housekeeping**, donde continuó defendiendo la protección del consumidor.
Murió en Washington en 1930.
El organismo que hoy conocemos como FDA todavía no existía con ese nombre cuando Wiley comenzó su campaña.
El Bureau of Chemistry fue evolucionando y en 1927 pasó a convertirse en la Food, Drug, and Insecticide Administration.
En 1930 adoptó finalmente el nombre de **Food and Drug Administration**.
Por eso Harvey Washington Wiley acabaría siendo conocido como el «padre» de la legislación federal estadounidense sobre alimentos y medicamentos.
Pero quizá lo más llamativo de aquella historia siga siendo la mesa.
Porque aquellos doce hombres no eran soldados ni presos.
Eran trabajadores que aceptaron sentarse a comer aquello que otros llevaban años poniendo en los platos de millones de personas.
Y lo hicieron para averiguar una cosa muy sencilla:
**qué podía pasar cuando nadie sabía realmente qué había dentro de la comida.**
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