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#relatocorto — Public Fediverse posts

Live and recent posts from across the Fediverse tagged #relatocorto, aggregated by home.social.

  1. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  2. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  3. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  4. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  5. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  6. La nota suspendida

    Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.

    Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.

    Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.

    Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.

    Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.

    #introspeccion #jazz #relatoCorto
  7. La nota suspendida

    Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.

    Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.

    Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.

    Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.

    Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.

    #introspeccion #jazz #relatoCorto
  8. La nota suspendida

    Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.

    Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.

    Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.

    Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.

    Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.

    #introspeccion #jazz #relatoCorto
  9. La nota suspendida

    Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.

    Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.

    Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.

    Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.

    Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.

    #introspeccion #jazz #relatoCorto
  10. La nota suspendida

    Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.

    Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.

    Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.

    Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.

    Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.

    #introspeccion #jazz #relatoCorto