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El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre
Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia CommonsRetomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.
Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.
Una mujer que no consigue decir su nombre
Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.
Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.
Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.
No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.
La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia CommonsPor qué este relato me toca de cerca
Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.
La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.
Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.
Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.
El Murakami que a mí me gusta
Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.
Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.
Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.
Por dónde entrar, si no lo has leído
Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.
Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.
Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.
Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.
#analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida -
El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre
Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia CommonsRetomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.
Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.
Una mujer que no consigue decir su nombre
Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.
Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.
Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.
No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.
La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia CommonsPor qué este relato me toca de cerca
Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.
La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.
Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.
Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.
El Murakami que a mí me gusta
Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.
Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.
Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.
Por dónde entrar, si no lo has leído
Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.
Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.
Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.
Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.
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El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre
Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia CommonsRetomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.
Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.
Una mujer que no consigue decir su nombre
Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.
Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.
Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.
No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.
La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia CommonsPor qué este relato me toca de cerca
Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.
La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.
Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.
Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.
El Murakami que a mí me gusta
Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.
Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.
Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.
Por dónde entrar, si no lo has leído
Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.
Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.
Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.
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El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre
Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia CommonsRetomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.
Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.
Una mujer que no consigue decir su nombre
Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.
Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.
Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.
No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.
La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia CommonsPor qué este relato me toca de cerca
Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.
La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.
Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.
Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.
El Murakami que a mí me gusta
Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.
Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.
Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.
Por dónde entrar, si no lo has leído
Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.
Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.
Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.
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Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia CommonsRetomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.
Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.
Una mujer que no consigue decir su nombre
Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.
Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.
Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.
No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.
La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia CommonsPor qué este relato me toca de cerca
Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.
La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.
Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.
Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.
El Murakami que a mí me gusta
Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.
Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.
Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.
Por dónde entrar, si no lo has leído
Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.
Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.
Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.
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Toda una vida haciendo el payaso. Y para ligar tuvo que aparecer Bécquer
#Cobarde #RelatoCorto #Bécquer #Timidez #Literatura #Poesía #Humor #Relatos #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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Toda una vida haciendo el payaso. Y para ligar tuvo que aparecer Bécquer
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Toda una vida haciendo el payaso. Y para ligar tuvo que aparecer Bécquer
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«Porque, además de poderoso, soy de palabra.»
#DePalabra #RelatoCorto #Fantasía #Misterio #HumorNegro #Cuento #Relatos #LiteraturaFantástica #Escritura #Historias #Demonios #Pactos #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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«Porque, además de poderoso, soy de palabra.»
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«Porque, además de poderoso, soy de palabra.»
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—No seas cobarde.
—No lo soy. Me estoy enfrentando a ti.#ElApendice #RelatoCorto #Fantasía #HumorNegro #Misterio #Criaturas #Relatos #Literatura #Escritura #Cuento #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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—No seas cobarde.
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23 de septiembre
En un atardecer de otoño, Lino y Tecla disfrutan de un momento íntimo en una estación de tren. A pesar del bullicio a su alrededor, están sumidos en su amor.https://villasenpai.wordpress.com/2026/09/13/23-de-septiembre/
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23 de septiembre
En un atardecer de otoño, Lino y Tecla disfrutan de un momento íntimo en una estación de tren. A pesar del bullicio a su alrededor, están sumidos en su amor.https://villasenpai.wordpress.com/2026/09/13/23-de-septiembre/
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23 de septiembre
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23 de septiembre
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23 de septiembre
En un atardecer de otoño, Lino y Tecla disfrutan de un momento íntimo en una estación de tren. A pesar del bullicio a su alrededor, están sumidos en su amor.https://villasenpai.wordpress.com/2026/09/13/23-de-septiembre/
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—Yo solo sé que los gatos no hablan.
—Es que yo no soy un gato.
#TengoHambre #RelatoCorto #Misterio #Fantasía #HumorNegro #Gatos #Relatos #Literatura #Escritura #Historias #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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—Yo solo sé que los gatos no hablan.
—Es que yo no soy un gato.
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—Yo solo sé que los gatos no hablan.
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—Yo solo sé que los gatos no hablan.
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El punto de partida
Entré sin dudarlo donde me citó. Miré la hora por tercera vez solo para comprobar que me había adelantado el tiempo suficiente como para acomodarme en un local desconocido. Desde mi sitio abarcaba con la vista buena parte del recinto: el escenario, las mesas a su alrededor y un gran tramo de la barra. La luz, la música de fondo integrada en la acústica como parte de una conversación suave y el buen gusto de la decoración volvieron grata mi espera.
Una vez familiarizado con mi entorno, me gustaba aislar o particularizar a las personas, las circunstancias o los hechos que llamaban mi atención. Vi, por ejemplo, al que me pareció un veterano camarero discutir acaloradamente, aunque con sufrida contención —a juzgar por la crispación de su rostro y la transformación en garras de sus manos—, con un impasible individuo todo vestido de negro que lo escuchaba como quien oye llover, tal vez para que se calmara o sopesando soluciones al conflicto.
A no pocos pasos de tan singular pareja, me hicieron gracia tres rostros redondos y cómicos sumidos en una callada conversación en la que los tres entraban en tromba, entre risas, guiños y gestos de difícil interpretación si se excluía su entorno, objeto, pensé, de sus chanzas, chistes o, tal vez, obscenos comentarios. Porque a pocos metros a su izquierda, un reducido grupo de mujeres esperaban atentas la llegada al escenario de un trío de piano, contrabajo y batería (oí a una de ellas lamentar la ausencia del saxo, detalle con el que la mesa de rostros redondos disfrutó transformando aquel y otros comentarios en chistes verdes).
Cuando me cansaba o perdía el interés por todo aquello, me ponía a mirar por una enorme cristalera por la que se veía un gran tramo de la calle, por donde imaginaba que vendría la persona impuntual que me había citado. Mi propensión a la abstracción o al ensoñamiento se acentuaba en los espacios abiertos (y aquella cristalera me ofrecía uno) donde la vida fluye y yo con ella; es un vano intento de vivir, y siempre cuando espero o no hago nada, otra existencia sin por ello desdeñar la mía que, como digo, permanece suspendida siempre que aguardo. Me permito cualquier posibilidad cuando imagino. Viajo con intensidad e inagotablemente, y hablo sin tapujos y con curiosidad con quienes atraen mi atención. Tal vez por eso pienso que he vivido muchos más años de los que en realidad me corresponden.
Mientras me cruzaban estas disquisiciones por la cabeza, pasó por delante de mi vista la persona que, sin fastidio, tanto llevaba esperando. Solo regresé al presente cuando sentí una voz y una suave palmada en mi hombro.
Me giré despacio, casi lamentando mi vuelta. Ella se sentó sin pedir disculpas, dejando al lado de mi copa una pequeña caja con la familiaridad de quien no necesita explicaciones.
—Veo que ya te has hecho al sitio —dijo, haciendo un gesto al camarero.
—Llegas tarde —respondí, no por reproche, sino por fijar el punto de partida.
En ese instante, el pianista atacó las primeras notas de Autumn Leaves. El contrabajo entró un segundo después, denso y grave, amortiguando las risas de aquellos redondos rostros. Mi interlocutora empezó hablando de lo nuestro. Yo asentía en silencio, fijándome en el leve temblor de la comisura de sus labios mientras intentaba sostenerme la mirada. Supe entonces que la espera no había sido en vano.
#cafe #ficcionUrbana #jazz #relatoCorto -
«La Luna cambia, mengua, crece, sale y se oculta. Es como una mujer, un caos inconstante.»
—Constantino · Roma 🌙Así nacieron los lunes.
Nuevo Microrrelato:
La Luna perdió su trono.
👇https://www.eitanelmago.gal/2026/09/la-luna-perdio-su-trono.html?m=1
#Luna #Historia #Roma #Mitología #Lunes #Literatura #Microrrelato #relatoCorto
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«La Luna cambia, mengua, crece, sale y se oculta. Es como una mujer, un caos inconstante.»
—Constantino · Roma 🌙Así nacieron los lunes.
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«La Luna cambia, mengua, crece, sale y se oculta. Es como una mujer, un caos inconstante.»
—Constantino · Roma 🌙Así nacieron los lunes.
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Me gustan los deseos que se cumplen justo cuando cierras los ojos.
#MirandoAlCielo #RelatoCorto #Fantasía #Magia #Historias #Literatura #Escritura #Relatos #Deseos #Estrellas #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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Me gustan los deseos que se cumplen justo cuando cierras los ojos.
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Me gustan los deseos que se cumplen justo cuando cierras los ojos.
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Me gustan los deseos que se cumplen justo cuando cierras los ojos.
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La nota suspendida
Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.
Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.
Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.
Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.
Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.
#introspeccion #jazz #relatoCorto -
La nota suspendida
Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.
Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.
Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.
Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.
Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.
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La nota suspendida
Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.
Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.
Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.
Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.
Sentado en el borde de la acera, saqué el teléfono con dedos temblorosos bajo la fina lluvia. No sabía si el peligro real era el parachoques frente a mis piernas o el nombre del laboratorio en la pantalla.
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Necesitaba un respiro del texto interminable. Pero solo podía saberlo Jumbo —mi gato Bombay, observador inmóvil de ojos de cobre— cuando dejé encendida la pantalla y me marché sin pedirle, por más interesado que lo viera, que repasase mis notas, anotara sus impresiones en cualquier margen o concluyese una traducción que, con la cabeza en otra parte, empezaba a desquiciarme.
Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.
Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.
Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.
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Me calcé y bajé a la calle a despejarme apretando, hasta dolerme, la carcasa del teléfono que no había olvidado por la espera de unas pruebas. Amenazaba lluvia, pero no me importó, siempre me gustó mojarme. A veces creo que ese era el problema: mi incapacidad de dar un giro a mi vida de ciento ochenta grados, porque en el fondo me gustaba ese puntito masoquista de encontrarme al límite por una sospecha o un diagnóstico.
Jumbo lo sabe y me mira y me busca para que, quizá, no caiga de nuevo. Pero ¿cómo le explico en qué consiste mi trabajo de traductor? ¿O cómo hacerle entender que aporrear un borrador en mi vieja Underwood número 5 no es más que el intento desesperado de acallar este miedo silencioso, acompasando el choque furioso de las varillas de hierro a la trompeta de Miles Davis en Blue in Green mientras aguardo el resultado del laboratorio? Creo que hoy no habría ritmo posible. La trompeta avanza en mi cabeza con la lentitud de una gota de sangre sobre una superficie helada, la misma nota suspendida y larga en la que yo me hallaba varado por la incertidumbre de mi propio cuerpo.
Avanzaba mirando de hito en hito el cielo encapotado. Al sentir las primeras gotas frías, me imaginé de vuelta en el despacho, bajo la mirada dura del gato esperándome tras la ventana… Un frenazo a dos centímetros de mis rodillas me devolvió a la realidad; el claxon no paró de retumbar en mis oídos y, en el bolsillo del abrigo en ese mismo instante, una vibración que todo lo podría poner patas arriba.
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Para cambiar de rostro solo hace falta sobrevivir. Para cambiar de mundo, quizá haga falta algo más.
#LaMemoriaDeLaSangre #RelatoCorto #FantasíaOscura #CienciaFicción #DarkFantasy #Literatura #Escritura #Historias #Relatos #DeOniros #ElDescansoDelOnironauta
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Para cambiar de rostro solo hace falta sobrevivir. Para cambiar de mundo, quizá haga falta algo más.
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En Neo-Galicia, la felicidad es delito y la poesía, un riesgo. Hada Enamorada, una IA, encuentra un verso de Lord Byron y sufre desbordamiento emocional. Un microrrelato de Fantasytech del tamaño de un deseo.
Puedes leerlo aquí 👇
https://www.eitanelmago.gal/2026/09/hada-enamorada.html?m=1#FadaNamorada #FadaNamorada #cienciaficción #distopía #poesía #LordByron #adalovelace #relatocorto #Fantasytech #NeoGalicia #literatura #escritura #MicroRelato #cienciaficcion
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