#oscuridad — Public Fediverse posts
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/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Dicen que el infierno no está bajo tierra, sino en una carretera secundaria sin cobertura a las tres de la mañana.
El coche soltó un último suspiro de humo negro y se quedó mudo.
Silencio absoluto.
Un silencio denso, físico, de esos que te taponean los oídos y te hacen notar el latido de tu propia sangre en las sienes.Bajé del coche y el frío me dio un bofetón seco.
La oscuridad era tan brutal que me sentí ciego, perdido en un abismo de alquitrán donde el cielo y el asfalto eran la misma boca de lobo.
Busqué el móvil en el bolsillo, pero la pantalla estaba muerta, un cristal negro que no devolvía ni un reflejo.Y entonces, lo vi.
A unos metros, una luz roja rasgaba la negrura.
Un punto escarlata, estático, sangrando en mitad del vacío.
No era un faro, ni la luna, ni una señal de obra parpadeante.
Era una luz fija, un ojo incandescente que parecía clavado en el aire.
Me acerqué, atraído por esa única brizna de color como una polilla hipnotizada, aunque cada instinto me gritaba que diera media vuelta.Bajo el resplandor rojo, distinguí un bulto.
Bajo, ancho, indefinido.
No era una roca ni un animal atropellado.
Era una barrera, un obstáculo que cortaba el paso de forma antinatural.
Parecía absorber la poca luz que había, una masa de sombra más oscura que la propia noche.Me quedé ahí, paralizado.
El tiempo se volvió elástico.
Empecé a sentir que la oscuridad a mis espaldas ya no estaba vacía.
Sombras que se movían por el rabillo del ojo, un susurro que no llegaba a ser voz pero que me erizaba el vello de la nuca.
Dicen que si miras mucho tiempo al abismo, el abismo te devuelve la mirada.
Yo sigo aquí, atrapado por ese brillo rojo, sabiendo que lo que sea que se esconde bajo esa luz acaba de notar que estoy aquí. Y lo peor es que ha empezado a sonreír.◆═════════●★●═════════◆
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/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
La mecedora de mi abuela no debería moverse; llevaba dos semanas enterrada.
Pero allí estaba, chirriando contra el parqué mientras yo empaquetaba sus cosas en aquella casa sellada.
Al acercarme, se detuvo.
Bajo el cojín encontré un sobre con su caligrafía temblorosa:
“No abras el sótano.
Tu abuelo no murió en la guerra; lo traje de vuelta y no vino solo”.Un golpe brutal sacudió el suelo.
No era una súplica, era el hambre embistiendo la trampilla.
La madera crujió y unas garras negras asomaron por la rendija.
Corrí a la salida, pero la cerradura estaba bloqueada por fuera.
Al girarme, la figura emergió: un saco de huesos con la piel gris de mi abuelo y ojos vacíos.Mientras sus dedos helados se cerraban en mi garganta, lo entendí todo.
El problema no era que la silla se moviera sola, sino quién se sentaba en ella.
Mi abuela no estaba en el cementerio; estaba allí, de carne y hueso, balanceándose con una sonrisa atroz mientras su "experimento" terminaba el trabajo.
No lo trajo por amor, lo trajo como una mascota que necesitaba alimentarse, y yo era la cena de despedida.Con mi último aliento, oí el portazo de la calle.
Se fueron juntos.
Días después, la policía solo halló mi cuerpo seco y una nota sobre la mecedora vacía:
“Gracias por el último servicio, nieto. Ahora ya podemos descansar los tres”.
La casa, por fin, se quedó en silencio.↭✪↭✪↭✪↭✪↭✪
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/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
En Lituania saben que los rincones de una casa nunca están realmente vacíos.
Allí habita el Baubas, una criatura de dedos infinitos y piel como el cuero viejo, que se alimenta de la energía de los que no pueden dormir.Héctor no creía en cuentos.
Se mudó a aquella vieja casa de techos altos y suelos que crujían por el simple placer de la soledad.
La primera noche, mientras leía bajo la única lámpara del salón, notó algo extraño: la alfombra del pasillo parecía más gruesa de lo normal, como si algo estuviera debajo, moviéndose con una lentitud desesperante.Ignoró el escalofrío.
"Es el viento", se dijo con esa superioridad falsa que tenemos los vivos antes de que pase algo gordo.Al irse a la cama, el ambiente cambió.
El aire se volvió pesado, con un olor rancio, como de ropa mojada olvidada en un baúl durante décadas.
Entonces lo vio.
En la esquina más oscura de su habitación, donde la luz de la luna no llegaba, dos puntos rojos como brasas empezaron a brillar.No eran ojos grandes, eran pequeños, hundidos y cargados de una paciencia infinita.
Héctor intentó levantarse, pero sintió que algo le tiraba del pelo.
No era un tirón fuerte, era constante, como si unos dedos largos y arrugados se estuvieran enredando en sus mechones. Intentó gritar, pero el Baubas ya estaba sobre él.
No pesaba como un cuerpo, pesaba como una culpa.Sintió los dedos del ser rodeándole el cuello, pero no para asfixiarlo de golpe.
El Baubas prefiere que sientas cada segundo de su tacto frío mientras te susurra verdades crudas al oído que solo tú conoces.✦✧✦────────✦✧✦
SIGUE ↘️
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/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
La Paparrasolla no entra si la nombras.
Por eso en las casas antiguas nadie decía su nombre.
Bastaba con señalar al techo cuando un niño lloraba demasiado tiempo.Vivía arriba.
Siempre arriba.
En el desván, en la buhardilla, en las torres donde el viento hacía sonar las campanas sin manos.
Tenía cabeza de mujer y pechos caídos, como si hubiera amamantado siglos de miedo.
El cuerpo era de ave de rapiña: alas enormes, plumas negras y garras largas, afiladas, pacientes.Aquella noche el llanto no paraba.
La madre caminaba de un lado a otro, exhausta.
El niño gritaba como si algo invisible le doliera por dentro.
Entonces ocurrió: del techo cayó un poco de polvo.
Luego otro.
El llanto se cortó en seco, como si alguien hubiera tapado una boca.La madre alzó la vista.
Las garras bajaron primero, despacio, tanteando el aire.
Después, el resto.
La Paparrasolla descendió sin hacer ruido, con los ojos clavados en la cuna.
No dijo nada.
Nunca decía nada.
Se llevó al niño con una precisión casi delicada y volvió a subir, dejando tras de sí un silencio espeso, antinatural.Pasaron horas. Nadie durmió.
Al amanecer, algo golpeó el suelo del desván.
La madre subió temblando.
Allí estaba el niño, vivo, acurrucado en un rincón.
No lloraba.
No hablaba.
Solo miraba hacia arriba, siguiendo algo que ya no se veía.Dicen que los que vuelven nunca vuelven del todo.
Que aprenden el silencio demasiado pronto.
Y que, cuando el viento suena raro y alguien llora sin consuelo, levantan la cabeza… porque saben quién escucha desde arriba.✤ ✤ ✤ ✤ ✤
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