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#bloqueocreativo — Public Fediverse posts

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  1. Estoy pudiendo con esto

    Acabo de comprender que estoy en modo supervivencia y que por eso no produzco escribo tanto como me gustaría.

    Y a la vez acabo de darme cuenta de que es normal que sea así porque estoy viviendo un momento muy intenso, lleno de retos y de novedades a las que me tengo que acostumbrar.

    Básicamente, mi vida entera ha cambiado —sigue cambiando— y tengo que adaptarme a esta nueva vida —y navegar el cambio que sigue produciéndose—.

    No es la primera vez que vivo algo así. Hace seis años tuve que dejarlo todo atrás y cambiar de isla para perseguir una oportunidad laboral. Y también entonces entré en modo supervivencia —¡y de qué manera!—, solo que entonces me permití soltar la escritura porque, de lo contrario, no habría podido con todo.

    La jugada de entonces me salió bien. Podría no haberlo hecho… Pero, por suerte, lo hizo. Tan, tan bien fue que volví a escribir, a estudiar, a salir… En realidad, me construí una vida maravillosa, aunque echaba de menos mi isla, sus paisajes, sus costumbres y su gente. Y también a mi familia, mi casa, todo eso que había tenido que dejar atrás.

    Pero la intención nunca fue quedarme en esa otra isla, por bien que me hubieran acogido. La idea siempre fue volver. Aunque no pensaba hacerlo tan pronto. La vida a veces tiene la manía de acelerar los planes.

    El regreso precipitado y un tanto accidentado no ha facilitado las cosas. Los cambios, aunque sean para bien, siempre suponen un reto; si, además, se complican algunas cosas, pueden convertirse en verdaderos desafíos.

    Y ahí estoy yo, enfrentándome a la última pantalla de este nivel del videojuego y sintiéndome mal porque, vaya por dios, no estoy escribiendo. O, al menos, no tanto como debería me gustaría. Claro que estoy sacando adelante mi trabajo en un lugar nuevo, teniéndome que adaptar a nuevos sistemas y ritmos. Y que además cada fin de semana viajo entre islas para hacer la mudanza. Sin contar que, a causa de la maldita mudanza, que ya empieza a parecerme eterna, mi casa ahora mismo se parece más a un trastero que a un hogar, así que, una vez acabados los viajecitos interislas me espera la batalla de la casa —y prefiero no pensarlo ahora—.

    Por si todo esto fuera poco, me pasé el mes de agosto trabajando en el máster que cursé el año pasado pero que no pude terminar en convocatoria ordinaria a causa de una intervención médica de urgencia —mi salud, siempre ayudando—. Y cuando la primera semana de septiembre comencé en mi nuevo puesto de trabajo tuve que compaginarlo con entregas académicas y exámenes, que se alargaron toda la primera quincena. Y justo después de eso, cuando me tocaba coger ritmo, los caseros nos comunicaron que necesitaban la casa para ellos, así que tocaba mudarse corriendo —sí, podríamos haber dicho que tenían que darnos más tiempo, pero entonces nos pareció una buena idea acabar con aquello como quien se quita la cera fría de las piernas: un tirón rápido y a otra cosa. Ahora, no tengo tan claro que la idea fuera buena…—.

    En fin, que estoy cansada. Sí. Que me limito a sacar adelante mis obligaciones laborales con menos brillo y fuegos artificiales de lo que me gustaría. Que estoy hasta las narices de coger barco cada semana y no poder descansar ni un mísero día. Y que no estoy escribiendo todo lo que considero que tendría que me gustaría escribir.

    Pero estoy viva.

    Y estoy pudiendo con esto, mudanza incluida.

    Y es posible que cuando acabe la mudanza la atención que reclame esta casa tampoco me permita escribir todo lo que me gustaría.

    Y estará bien.

    Sí, puede que esto sea modo supervivencia.

    Creo sinceramente que lo es.

    Pero, a veces, hay que entrar en este modo para salir con vida del entuerto y hacerlo todo lo mejor posible.

    Mientras, cuentan las páginas matutinas —gracias, Julia Cameron—, cuenta el diario, cuentan los borradores, cuentan los bocetos. Y, sí, también cuenta cada entrada que consigue emerger a pesar de esta locura que parece ser mi vida nueva.

    #Blog #bloqueoCreativo #culpaDeNoEscribir #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirEnTiemposDifíciles #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #modoSupervivencia #reflexiones #vidaDeEscritora
  2. Un ratito robado

    Abro el blog con el tiempo justo. Al final, esto siempre se ha construido con ratitos robados a la vida. Es su esencia.

    Llevo días sin escribir aquí. He cambiado el desparrame mental en el blog por un cuaderno amarillo de esos que salen en las películas. Allí garabateo pensamientos sin digerir mientras me tomo el primer café. No sé por qué, como diríamos en mi tierra, me ha pegado por retomar esa costumbre, quizá sea porque me es más fácil escribir en papel en la terraza y cuando empiece el frío el ordenador o la tablet volverán a ser el lugar seguro que siempre han sido. O puede que sea por el mero placer de la actividad manual. En cualquier caso, lo disfruto y, ahora mismo, eso es lo único que me importa.

    También es lógico que vaya sin tiempo, ni inspiración, ni ganas de exposición, ni nada de nada. Estoy empezando en un centro educativo nuevo, con todo lo que ello conlleva. No es exactamente un cambio de trabajo, porque sigo currando de lo mismo y para el mismo empleador, pero, por lo demás, es exactamente igual. Y no me puedo quejar, porque es absolutamente todo maravilloso, mucho mejor, incluso, que cualquier fantasía que hubiera tenido al respecto. Pero servidora es un animal de costumbres, así que, mientras la novedad no se convierta en rutina, me sentiré extraña, como si llevara calzado nuevo y demasiado estrecho o, peor, pero más exacto, la ropa interior del revés. Es algo que nadie nota, pero que genera una incomodidad terrible.

    Además, estoy de mudanza. Tenía intención de aguantar la casa de Ibiza hasta el fin del contrato para poder hacer el traslado poco a poco porque, seamos sinceros, bastante tengo con el cambio de centro, de casa, de mundo, como para sumarle una mudanza acelerada. Pero los propietarios han tenido un problema personal y nos han preguntado si podemos dejar antes la casa. Así que lo que tenía que ser un traslado lento y sin traumas se ha convertido en una maldita contrarreloj que me obliga a viajar entre islas cada fin de semana para volver con el coche hasta arriba… Mejor no me preguntéis cómo está ahora mismo mi casa de cajas, bolsas y trastos, porque cuando acabo de despejar lo que he traído una semana, se suma lo del siguiente finde. Y soy consciente de que, acabada la mudanza, reacondicionar la casa de Palma se convertirá en el próximo monstruo a batir.

    ¡Ah, sí! Y no olvidemos que los primeros quince días de septiembre terminé el dichoso máster de guion. Bueno, terminé, a falta de la defensa del TFM, que debería ser, si todo va bien, en octubre. Pero, oigan, sin estrés y sin presión. Lo que no entiendo es cómo todavía me sorprendo de no encontrar tiempo para el blog en lugar de alucinar por hallar tiempo y fuerzas a diario para las páginas matutinas a lo Julia Cameron.

    En fin, que mi vida, ahora mismo, es muy poco romántica y en absoluto grandilocuente, pero, en su pequeña escala de cotidianeidad, os aseguro que es absurdamente épica. Vale, no lucho con espada, lo hago con bolígrafos y plumero, y aunque mis monstruos se llamen Ferry de ida y vuelta, Bolsa llena hasta los topes o Infernal horario mutante de septiembre, os aseguro que cada día es una aventura colosal digna de un héroe griego.

    Y ahí, en esa marabunta, quiero meter la escritura. No solo como un desahogo —como estos del blog o como los de las páginas matutinas, tanto da— sino como proyecto de vida, de ficción, de realidad, de día a día.

    Hay una parte de mí, adulta y sensata, que me dice que espere a que las aguas se calmen, a que, al menos, acabe la dichosa mudanza, o a que septiembre se convierta en octubre y que con él empiecen las clases para que el horario deje de ser un laberinto con minotauro y se transforme en amable rutina, al menos, hasta los exámenes. Pero hay otra, más experimentada y astuta, que insiste en que jamás existirá el momento ideal y lo que ahora es mudanza se transformará en cualquier otra cosa. Siempre, siempre, habrá algo que ocupe tiempo, fuerzas y mente; algo que sirva de excusa para no enfrentar la escritura.

    Mientras veo cómo empiezo, o por dónde, porque está claro que no esperaré al utópico momento perfecto, voy practicando, palabra a palabra, cómo ir robándole momentitos al día a día para que la escritura surja y, poco a poco, también ella se convierta en rutina.

    #Blog #bloqueoCreativo #cotidianidad #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #exilioInterior #experiencias #identidad #mudanza #páginasMatutinas #reflexiones #rutinaCreativa
  3. Diez días

    Hace diez días que volví al mundo de los vivos y empecé a trabajar. Diez. Y ni siquiera puedo decir que hasta ahora no he tenido tiempo de pasarme por aquí para contarlo, porque sería mentira.

    Lo cierto es que en realidad no sé a qué mundo he vuelto. Y, peor todavía, tampoco tengo claro dónde quiero estar.

    Digo más, tampoco sé, ahora que he regresado, quién quiero ser.

    ¿Quiero ser esa mujer que escribe de todo y de nada en su blog, como si una parte de mí se hubiera quedado en los 2000? ¿Quiero escribir esa novela —o la otra, o la de más allá— que guardo en el cajón? ¿Quiero ir a ese festival de cine del próximo mes a intentar vender mi guion? ¿O lo mando directamente a las productoras afines? ¿O lo escondo en el cajón, junto a las mil novelas de las que me avergüenzo para que, igual que ellas, venga por las noches a torturarme con pesadillas de éxito y sueños de página en blanco?

    Tal vez, solo tal vez, resulta que ya no quiero escribir, sino solo trabajar, hacer deporte, salir con amigos los fines de semana, y, por una vez en mi vida, ser normal.

    Quizá, solo quizá, prefiero ocuparme de mi casa, hacer algo decente con ella y convertirla en algo más que el refugio de caos ordenado en el que me cobijo.

    Puede que quiera habitar mi vida sin pretender que sea nada más de lo que ya es. Sin proyecto, sin presión, sin ficción, ni metáfora, ni alegoría.

    Pero aquí estoy, tecleando a deshoras, sobre quién soy y quién quiero ser, con este gesto que me ancla en los 2000, porque es posible, solo posible, que nunca haya habido elección.

    O, por qué no, tal vez no se trata de elegir sino de asumir que soy la suma de todas y cada una de esas versiones, incluida esa que guarda en cajones historias de las que se avergüenza.

    Puede que mañana por la mañana vuelva al papel y al boli, como he hecho los últimos días, porque dejar de escribir nunca ha sido una opción. O puede que siga con los guiones. O con las novelas. O con el blog.

    _________
    PS: Acabo de darme cuenta de que aquí, en esta nueva realidad, quizá, el blog sea un animal nocturno, como lo era, qué curioso, curiosísimo, allá en los 2000.

    #bloqueoCreativo #cajónDeLosManuscritos #Diario #Escribir #escribirONoEscribir #escritora #escrituraCreativa #experiencias #guionVsNovela #identidadDeEscritora #indecisión #liminalidad #normalidadImposible #reflexiones #vueltaAlTrabajo
  4. El vuelo de las mariposas

    Tengo el ánimo inquieto. Llevo un buen rato observando la página en blanco y las ideas que pasan frente a mí, como mariposas que revolotean a mi alrededor, pero nunca llegan a posarse sobre la mano que les tiendo.

    Tal vez una vida más aburrida y predecible, como tanto he deseado, es menos narrable. Dicen en ciertas escuelas de escritura que el conflicto es el centro de toda narración. Yo, como los japoneses, discrepo. Aunque narrar sin fuerzas opuestas visibles es, sin duda, más complejo.

    Bueno, no, en realidad, no.

    Lo difícil es hacer que el lector sienta interés por las aguas calmadas, especialmente en un tiempo en el que la tempestad y el oleaje es lo que más se incentiva.

    Quizá por eso también es tan difícil vivir bonito y despacio.

    Nos han acostumbrado tanto a los vientos huracanados y la tromba de agua que el chirimiri o cameta d’aranya, que diría mi madre, nos parece poca cosa y molesto al mismo tiempo.

    Pero yo quiero vivir despacio y, a poder ser, hacerlo bonito, aunque no acabo de saber muy bien por dónde empezar.

    Sí, vale, me levanto sin prisa, hago la cama, enciendo una vela aromática y preparo el café mientras escucho un podcast especialmente preparado para mis mañanas lentas. Después, me siento frente a la página en blanco y espero que la magia suceda.

    Es solo que, hasta ahora, esa página en blanco no era tanto placer como pura estrategia de supervivencia.

    Y ahora, que ya he sobrevivido, no sé muy bien qué hacer con ella.

    Puede que la respuesta que busco esté en describir el vuelo de la mariposa y no en esperar que se pose sobre mi palma.

    O, tal vez —solo tal vez—, la respuesta vuelve a estar en la ficción y ya no en el día a día.

    No lo sé.

    Seguramente, esto de vivir despacio requiere el cultivo paciente y constante de todas las disciplinas artísticas.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritor #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #ficciónYRealidad #inspiración #liminalidad #Mallorca #mariposas #reflexiones #vivirDespacio
  5. En Júpiter y con la cama sin hacer

    Estoy enfadada.

    No me gusta porque el enfado me perjudica. Poco importa su causa. Me pongo de mal humor, pierdo las ganas de hacer cosas y, las que hago, se convierten en trámite u obligación. Sin darme cuenta, dejo de disfrutar, de reír, de cantar. Y la vida se vuelve gris.

    No, no importa la causa del enfado, porque, sea la que sea, seguro que no vale que mi vida pierda el color.

    A mí me gusta mi vida colorida y con brillo, con música, con momentos suaves, con detalles bonitos. Ese es el motivo de que encienda una vela aromática cuando me siento a escribir, pero también de que lo primero que hago al levantarme sea poner música y hacer la cama. Hay gestos pequeños que cuestan poco pero cambian mucho.

    A pesar de todo, sé perfectamente que la vida no es así. No es suave, ni dulce, ni lenta. Más bien al contrario, tiene la manía de ser dura, bastante inflexible, de ritmos cambiantes y, a lo sumo, agridulce. Y por eso me esfuerzo en quedarme con lo bonito. No niego la mierda. Sé que existe, creedme, pero trato de buscarle el lado positivo. Al fin y al cabo, no hay mejor abono para el campo.

    Las cosas malas, duras, difíciles y hasta terribles existen. Y la mayoría de ellas no están en nuestras manos. Suceden. Podemos reaccionar a ellas. Hasta tratar de prevenirlas. Pero no evitarlas. Nuestro papel, por más que nos pese, se limita a lo que sí depende de nosotros.

    Y llevo años haciendo un esfuerzo enorme por centrarme en lo que depende de mí, porque a base de golpes aprendí que de nada sirve que me centre en lo demás. Al final, no deja de ser cierto eso de que la mejor manera de cambiar el mundo empieza por uno mismo.

    Pero en ese uno mismo es menos singular de lo que solemos pensar en un primer momento. Es más, si me centro en mí misma hay una parte de todo lo que haga que, directamente, afectará a los demás, para bien o para mal, pues somos seres gregarios y solemos vivir en comunidad.

    Si yo tengo un mal día —y hoy lo tengo— y empiezo a actuar desde el enfado, la rabia o la emoción que sea que sea que secuestre mi amígdala, mi comportamiento afectará a los demás, además de a mí misma. No digo que haya que ignorar o reprimir las emociones negativas, eso no lleva a nada. O, al menos, a nada bueno. Hay que sentirlas, claro. Y dejarlas ir.

    Y aquí estoy yo, respirando a través de una maraña de emociones feas y violentas porque la secuestrada amígdala de otro ser humano me ha sacado de mi centro —me ha enviado a Júpiter, para ser exactos—y sé que lo único que puedo hacer es surfear como pueda este momento porque a nadie beneficiará que mi amígdala tome el mando. Tampoco a mí.

    Pero aquí estoy, a las diez y media pasadas, con la cama sin hacer, la vela sin encender, un guion sin escribir, inhalando y exhalando porque un idiota fue incapaz de hacerse cargo de su propia mierda mientras me pregunto qué coño haré hoy yo con tanto abono.

    #amígdala #autocontrol #bloqueoCreativo #Diario #enfado #escrituraYEmociones #estoicismo #gestiónEmocional #ira #ironía #vidaCotidiana
  6. Ficción primero, diario después

    Hoy ha sido mi primer día de «ficción primero, diario después» y tengo que reconocer que, aunque el comienzo ha sido un poco lento, la sesión de escritura ha sido muy productiva. Mucho más de lo normal.

    Y no sé si será cierta mi teoría de que solo puedo vaciarme en la página una vez al día, pero sí que parece que he dejado todo el peso mental en las hojas de ficción y ahora, como podéis ver, a lo máximo que llego es a relatar cómo ha ido la jugada. Que, a ver, es un tipo de diario tan digno como cualquier otro. Incluso, según como se mire, incluso más. Al fin y al cabo, los diarios, como tales, tenían la función de recoger hechos, no pensamientos. Aunque, a veces, van tan ligados los unos a los otros que son inseparables.

    En cualquier caso, lo cierto es que la sesión de escritura de hoy también me ha llenado de energía, cosa que no suele pasar, o no del mismo modo, cuando escribo las entradas habituales del blog. Y, ya, lo sé, no todas mis entradas de blog son de puro diario, pero, en cualquier caso, ni siquiera la ficción que suelo escribir para el blog se siente igual, aunque desconozco el motivo.

    Quizás sea porque no es lo mismo trabajar en un proyecto largo que en muchos cortos. Tal vez sea que, cuando trabajas en un proyecto largo, tienes que poner en marcha mecanismos de memoria y de anticipación que no son necesarios, o no del mismo modo, en los más breves. Quién sabe, a lo mejor es eso lo que me supone un chute de energía.

    Aunque, conociéndome, no descarto que el subidón se deba a la dificultad.

    La verdad es que hoy he disfrutado tanto —tanto, tanto— que las tres horas que le he dedicado se me han pasado volando y habría seguido trabajando como una salvaje, de no ser porque esta tarde tengo una cita de esas que no se pueden cancelar ni postergar —y que ni siquiera se trata de un asunto mío—.

    Odio este tipo de compromisos porque no solo implican que tengo que reservar el tiempo que sea que dure el trámite, sino que además tengo que almorzar como una persona normal, ducharme y arreglarme para parecer que soy un ser humano funcional y no una cosa que escribe y que, por todos los dioses, preferiría estar escribiendo en lugar de hacer ninguna de esas cosas de adulta que, por algún motivo que se me escapa, no me queda más remedio que hacer.

    En fin, no sé si esta tarde tendré o no un ratito para seguir escribiendo. Pero sí sé que mañana a mediodía vuelvo a tener otra de estas cosas de adulta funcional que interfieren en mi escritura. Menos mal que después viene el fin de semana y al fin —¡al fin!— podré escribir sin odiosas interrupciones que solo sirven para sacarme de mis mundos de fantasía y recordarme lo aparatoso que es el maldito mundo real.

    Escrita queda la entrada del diario de hoy para que no se diga que si escribo ficción me olvido del blog y del diario.

    #adulting #autoconocimiento #Blog #bloqueoCreativo #Diario #energíaCreativa #Escribir #escritor #escritora #escritura #experiencias #ficción #humor #ironía #procesoDeEscritura #reflexiones #rutinaCreativa #vidaDeEscritora
  7. Del tamaño de la terraza y otras trampas del ego

    Los domingos, me encanta levantarme tarde y tomar el café en la terraza con mi marido. Es casi el único día de la semana que podemos hacer algo así porque el resto de días, a la hora del café, el ruido del tráfico no permite mantener una conversación con normalidad. Y, seguramente, esa es una de las causas de esa extrañeza disfrazada de melancolía que acarreo, aunque esa autopsia, mejor, la dejo para otro día.

    La cuestión es que durante la conversación de café con leche tranquilo, que hoy sí hemos podido mantener, me he sorprendido enunciando en voz alta que, quizá, me he acostumbrado tanto al traje de escritora frustrada que ahora no quiero salir de él.

    Sí, has leído bien, querido lector: yo no quiero dejar el papel de autora bloqueada que lucha por su arte pero a la que el mundo —tan injusto, tan cruel— no permite florecer.

    Vale, me he puesto un poco melodramática, pero es que el descubrimiento, de ser cierto, no es para menos. Y lo peor es que no hay dato alguno —¡ni uno!— que apunte hacia la incorrección de la premisa.

    La cuestión es que el papel de fracasado es cómodo. Y ahora no importa que hablemos de escritura, de trabajo, de familia… Eso es lo de menos. Lo relevante es que ese rol solo exige seguir igual que siempre y, eso sí, quejarse mucho de lo mucho que se ha intentado previamente y la mala suerte que se ha tenido.

    Y, ojo, que con eso no estoy diciendo que ese papel en cuestión se interprete desde el fondo de un pozo. Para nada. Por lo general, se interpreta mejor desde la comodidad relativa.

    Es como lo de nuestra terraza. Nos encanta hacer cosas fuera, tener plantas, hacer barbacoas, paellas, tomar el sol o mirar la luna. Pero el tráfico de la calle a la que da nuestra terraza se ha puesto terrible, además de que, con los años, la terraza se nos ha quedado algo pequeña, seguramente porque antes preferíamos salir y con los pocos metros de terraza nos bastaba para cuando la usábamos. Ahora, en cambio, preferimos estar en casa y, claro, no es lo mismo.

    Por supuesto, podríamos buscar otra casa, que cubra todas nuestras necesidades, incluida la terraza. Pero, claro, así como se ha puesto el mercado, con lo que nos gusta nuestro piso y lo bien situado que está. Y, ostras, ya casi tenemos del todo pagada la hipoteca, cómo vamos a pensar ahora en volver a empezar.

    Es mucho más sencillo quejarse del tráfico, de la forma tan desordenada en la que ha crecido la ciudad, de los acelerones que pega la gente sin necesidad… Lo que sea. Porque, en realidad, en nuestra pequeña y ruidosa terraza no estamos tan mal.

    Esta estrategia, obviamente, sería mucho menos factible si no tuviéramos terraza o, peor, pero más habitual tal y como están las cosas, no tuviéramos casa propia en absoluto.

    Tampoco yo estoy tan mal como escritora frustrada. Me las he apañado para conseguir un trabajo que me encanta, con una carrera profesional más que decente, buen salario, cómodo y que, además, me deja tiempo para escribir lo suficiente como para no asfixiarme además de quejarme de la mala suerte que he tenido en la vida, que no me ha permitido dedicarme por completo a escribir.

    Si no tuviera trabajo en absoluto o el empleo que tuviera fuera una maldita tortura no sería tan sencillo lo de quedarme instalada en la queja superficial mientras, en realidad, estoy en una posición cómoda. No ideal, no. Pero confortable.

    Supongo que a eso es a lo que se refiere la psicología con la dichosa zona de confort: ese lugar que no es el ideal, pero que es lo suficientemente bueno como para que intentar cambiarlo te suponga una incomodidad mayor de la que te supone mantenerte como estás.

    Por lo visto, no nos movemos por deseos. Para nada. Nos movemos por incomodidad. O, mejor dicho, por dolor. Si el dolor de una situación es soportable y, sobre todo, menor que el que nos provoca movernos a la siguiente casilla o, para ser más exactos, la incertidumbre que ese movimiento nos supone, nos quedamos.

    Y esto me parece absurdamente cruel.

    Pero, al menos, me sirve para entender qué me ha estado pasando estos días atrás y, sobre todo, por qué, de pronto, he tenido la tentación de enviarlo todo al carajo —otra vez—.

    Y es que el traje de escritora frustrada lo conozco. No es cómodo, pero me he hecho a él. Y él a mí. Tanto, tanto, nos hemos acostumbrado el uno al otro que el ejercicio de tratar de salir de él se siente como arrancarme la piel a jirones, algunos de ellos, con trozos de carne.

    Poco importa que hace casi dos meses, en una camilla de hospital tras una intervención de urgencia a vida o muerte descubriera que no quería irme de este mundo sin haber intentado en serio que mis historias llegaran a su público. El recuerdo sigue vivo, pero es lejano.

    Sin embargo, lo peor de todo no es desprenderse de esa identidad anterior que, erróneamente, habíamos confundido con la auténtica. En absoluto. Lo peor es no saber exactamente cuál es el traje que te están poniendo ahora.

    Esa, y no otra, es la incomodidad a la que ayer llamaba tontería.

    #Blog #bloqueoCreativo #Diario #Escribir #escritora #escritura #escrituraCreativa #frustración #identidad #miedoAlCambio #reflexión #reflexiones #vidaCotidiana #zonaDeConfort
  8. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

    #autopublicación #Blog #bloqueoCreativo #booktok #Diario #diarioDeEscritora #Escribir #escribirYMostrarse #escritora #escritura #escrituraCreativa #experiencias #identidadDeEscritora #inspiración #LaEnésimaAventura #musas #procesoCreativo #promociónLiteraria #redesSociales #reflexiones #vulnerabilidad
  9. El Costo Oculto de los Duelos No Resueltos: ¿Por Qué Estás Realmente Cansado?

    El duelo no es una experiencia que se limita a la pérdida de un ser querido. Es la respuesta natural y necesaria ante cualquier tipo de pérdida significativa: una relación, un trabajo, un sueño, una etapa de la vida o incluso una versión pasada de nosotros mismos.

    Aunque creamos que el tiempo lo «cura todo» o que la gestión emocional ocurre sola, la realidad es que el proceso de duelos no resueltos sigue un camino subterráneo y peligroso.

    La Energía que Drena el Silencio

    Cuando no se le permite el espacio para ser procesado, ese duelo no desaparece. No se evapora. En cambio, se instala en nuestra vida diaria como un costo oculto que pagamos con nuestra energía vital.

    Si últimamente sientes un cansancio crónico que ni el descanso repara, si la irritación es tu respuesta predeterminada o si sufres de un profundo bloqueo creativo que te impide avanzar, es momento de mirar hacia atrás. Estás utilizando una cantidad brutal de recursos internos para contener y sostener esas emociones no liberadas. Tu cuerpo y tu mente están en un estado constante de alerta silenciosa, protegiéndose de un dolor que nunca se permitió salir.

    Los Síntomas Silenciosos

    Un duelo no resuelto se manifiesta de formas que poco tienen que ver con la tristeza evidente:

    • Cansancio Crónico: Estás luchando una batalla interna invisible.
    • Bloqueo e Inercia: Te cuesta arrancar o tomar decisiones simples.
    • Irritabilidad: La paciencia se agota rápidamente porque tu sistema está sobrecargado.
    • Falta de Foco: La mente está ocupada en el pasado, impidiendo concentrarte en el presente.

    Es Tiempo de Cerrar para Poder Abrir

    El camino para superar estas pérdidas no es olvidarlas, sino integrarlas. Es darles un lugar, liberar la carga emocional asociada y recuperar la energía que está atrapada en el pasado.

    Si reconoces estos patrones y sientes que es momento de liberarte del costo oculto de tus duelos no resueltos, el primer paso es la intención.

    ¿Quieres dejar de pagar este precio y recuperar tu vitalidad?

    Si últimamente te cuesta arrancar o sientes que algo te frena, es hora de revisar lo que todavía no cerraste.

    👉 Recupera tu energía vital y tu paz mental.

    Completa el formulario a continuación para recibir más información sobre mi programa de 8 sesiones enfocado en la Terapia de Duelo Profunda y transforma ese cansancio en claridad y avance.

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    En Amor y Servicio,

    Viviana Alejandra Rodriguez

    Mail: [email protected]

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  10. ✍️🙃 EPISODIO 1x06 #podcast

    06 ☛ LA FALTA DE INSPIRACIÓN Y EL BLOQUEO CREATIVO #ECDD
    🎙️ bit.ly/ECDDpodcast6

    En este 6º episodio te hablaré de ese ser que se cierne por detrás tuya haciendo que no puedas crear: El #BloqueoCreativo

    ➥ Colaboran Ana Oncina y Paola de Miss Little Zombie.

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