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  1. Estoy pudiendo con esto

    Acabo de comprender que estoy en modo supervivencia y que por eso no produzco escribo tanto como me gustaría.

    Y a la vez acabo de darme cuenta de que es normal que sea así porque estoy viviendo un momento muy intenso, lleno de retos y de novedades a las que me tengo que acostumbrar.

    Básicamente, mi vida entera ha cambiado —sigue cambiando— y tengo que adaptarme a esta nueva vida —y navegar el cambio que sigue produciéndose—.

    No es la primera vez que vivo algo así. Hace seis años tuve que dejarlo todo atrás y cambiar de isla para perseguir una oportunidad laboral. Y también entonces entré en modo supervivencia —¡y de qué manera!—, solo que entonces me permití soltar la escritura porque, de lo contrario, no habría podido con todo.

    La jugada de entonces me salió bien. Podría no haberlo hecho… Pero, por suerte, lo hizo. Tan, tan bien fue que volví a escribir, a estudiar, a salir… En realidad, me construí una vida maravillosa, aunque echaba de menos mi isla, sus paisajes, sus costumbres y su gente. Y también a mi familia, mi casa, todo eso que había tenido que dejar atrás.

    Pero la intención nunca fue quedarme en esa otra isla, por bien que me hubieran acogido. La idea siempre fue volver. Aunque no pensaba hacerlo tan pronto. La vida a veces tiene la manía de acelerar los planes.

    El regreso precipitado y un tanto accidentado no ha facilitado las cosas. Los cambios, aunque sean para bien, siempre suponen un reto; si, además, se complican algunas cosas, pueden convertirse en verdaderos desafíos.

    Y ahí estoy yo, enfrentándome a la última pantalla de este nivel del videojuego y sintiéndome mal porque, vaya por dios, no estoy escribiendo. O, al menos, no tanto como debería me gustaría. Claro que estoy sacando adelante mi trabajo en un lugar nuevo, teniéndome que adaptar a nuevos sistemas y ritmos. Y que además cada fin de semana viajo entre islas para hacer la mudanza. Sin contar que, a causa de la maldita mudanza, que ya empieza a parecerme eterna, mi casa ahora mismo se parece más a un trastero que a un hogar, así que, una vez acabados los viajecitos interislas me espera la batalla de la casa —y prefiero no pensarlo ahora—.

    Por si todo esto fuera poco, me pasé el mes de agosto trabajando en el máster que cursé el año pasado pero que no pude terminar en convocatoria ordinaria a causa de una intervención médica de urgencia —mi salud, siempre ayudando—. Y cuando la primera semana de septiembre comencé en mi nuevo puesto de trabajo tuve que compaginarlo con entregas académicas y exámenes, que se alargaron toda la primera quincena. Y justo después de eso, cuando me tocaba coger ritmo, los caseros nos comunicaron que necesitaban la casa para ellos, así que tocaba mudarse corriendo —sí, podríamos haber dicho que tenían que darnos más tiempo, pero entonces nos pareció una buena idea acabar con aquello como quien se quita la cera fría de las piernas: un tirón rápido y a otra cosa. Ahora, no tengo tan claro que la idea fuera buena…—.

    En fin, que estoy cansada. Sí. Que me limito a sacar adelante mis obligaciones laborales con menos brillo y fuegos artificiales de lo que me gustaría. Que estoy hasta las narices de coger barco cada semana y no poder descansar ni un mísero día. Y que no estoy escribiendo todo lo que considero que tendría que me gustaría escribir.

    Pero estoy viva.

    Y estoy pudiendo con esto, mudanza incluida.

    Y es posible que cuando acabe la mudanza la atención que reclame esta casa tampoco me permita escribir todo lo que me gustaría.

    Y estará bien.

    Sí, puede que esto sea modo supervivencia.

    Creo sinceramente que lo es.

    Pero, a veces, hay que entrar en este modo para salir con vida del entuerto y hacerlo todo lo mejor posible.

    Mientras, cuentan las páginas matutinas —gracias, Julia Cameron—, cuenta el diario, cuentan los borradores, cuentan los bocetos. Y, sí, también cuenta cada entrada que consigue emerger a pesar de esta locura que parece ser mi vida nueva.

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  2. El meollo digital

    Estoy aprendiendo a escribir con una cámara delante y otra enfocándome las manos. Sí, lo sé, suena raro. Hacerlo es más raro todavía. Pero el mundo avanza rápido y deja poco margen, o te sumas y lo sigues o te quedas atrás. Y tengo edad suficiente para haber probado las dos cosas y poder decir sin temor a equivocarme que es, con creces, peor la segunda.

    Así que, aquí estoy, montada al carro de la vida como si en lugar de una millennial con mala salud fuera una centennial con al menos una década menos de edad y el doble de energía.

    La otra opción, la de quedarme atrás, ni la contemplo. Ni por mí, que lo mío me está costando seguir con vida como para, encima, vivir como si prefiriera estar haciendo cualquier otra cosa. Ni por mis criaturas —léase historias, con sus personajes y paisajes—, que me he comprometido a traer de vuelta al mundo desde el cajón donde las encerré a cambio de que también me dejaran —las musas, el universo, los dioses, lo que sea— quedarme por aquí una temporadita más.

    La cuestión es que, en este mundo actual, si una quiere dedicarse a escribir, no solo por el propio placer de hacerlo, sino con el ánimo de cumplir el firme compromiso de darle a sus critauras toda la visibilidad que merecen para que tengan una oportunidad de hacer lo suyo, sea eso lo que sea, pues no queda otra que estar en medio de todo y, más concretamente, allá donde está el movimiento.

    Hace unos años —quizás décadas— eso significaba estar en la ciudad que, en ese momento, fuera capital cultural. Aquí en España, cuando yo era jovencita y soñaba con ser escritora, eso implicaba vivir en Madrid o Barcelona, por los contactos y los saraos culturales. Creo que en la actualidad el eje se ha desplazado a favor de la capital española. Pero eso ahora, al parecer, es menos relevante que antes. Lo crucial, por lo visto, es estar en el meollo digital. Todo lo demás, es subsanable.

    Así que servidora, decidida como está a luchar por sus historias, ha decidido empezar por el asunto digital, a ver si conseguimos llegar, aunque sea a trompicones, al susodicho meollo, y, a partir de ahí, ya veremos.

    La cuestión, más allá de la pereza que puede suponer eso de meterse en el mundillo de las redes sociales, en especial cuando ahora lo que se lleva no es lo de escribir sino lo de mostrarse, es qué contenido puedo compartir yo que sea interesante o, al menos, me pueda ayudar en mi propósito.

    No penséis que no le he dado vueltas. Tantas que, para inspirarme, hasta he hecho una rigurosa investigación de perfiles similares al mío y que ya han conseguido lo que yo me propongo.

    Pero, claro, ahí vino lo peliagudo. Definir qué narices me propongo. Porque la mayor parte de las personas con perfiles parecidos al mío tienen objetivos bastante claros y, lo más importante, cuantificables. Y suelen dividirse en grandes grupos.

    Por un lado, encontramos a los autores que quieren vender libros. Suelen ser autores autopublicados, como servidora, pero no únicamente. También hay autores que publican con editoriales tradicionales que hacen una labor de promoción maravillosa. Y esa palabra es la clave: promoción. Todos ellos, también los que están publicando en Wattpad o plataformas análogas, quieren promocionar sus obras.

    Por otro lado, encontramos a los autores que quieren llegar al lugar en el que están los primeros, a poder ser, pero no solo, a través de una oportunidad ofrecida por una editorial.

    Y después está el enorme cajón que es booktok en el que caben desde personas que aman leer y comparten su afición hasta autores que desean ser leídos, pasando por personas que aman que las editoriales y autores quieran colaborar con ellos y les envían libros y otros regalitos a cambio de su tiempo y esfuerzo.

    ¡Ah, y se me olvidaban otros! Los que se dedican a enseñar a escribir/ maquetar/ promocionar o lo que sea que pueda necesitar cualquier autor o escritor en potencia. Estos, por lo general, ofrecen sus servicios, sean de asesoramiento o edición, corrección, maquetación o cualquier otra cosa. Pero otros muchos también lo hacen para darse a conocer como autores.

    La cuestión es que de todos estos grupos, me temo, como mucho, solo encajo en el primero. Salvo por el hecho que la promoción y todo lo que huela a ella me repele. Diré más, creo que uno de los mayores culpables del largo bloqueo de escritura que he sufrido fue, precisamente la promoción.

    Y no me malinterpretéis, me encanta hablar de mis historias, como a casi todos los autores, supongo, pero odio profundamente tratar de convencer a nadie de que se las lea. Mejor no hablemos del problemón que me supone tratar de vender un libro.

    Lo mío, y eso también lo descubrí durante aquella etapa de locura previa al bloqueo en el que la escritura y la promoción ocupaban prácticamente todo mi día a día, es, en realidad, compartir mi trabajo y mi proceso creativo.

    Repito, compartirlo. No enseñar nada a nadie —lo único que me siento capacitada para enseñar es español, que por algo es además mi trabajo—. No tratar de convencer a nadie de que lea o compre o lo que sea. De ahí, además, creo que vienen después los disgustos.

    Eso me deja con pocas opciones de creación de contenido, salvo compartir lo que hago mientras lo hago. Y de ahí las cámaras de las que os hablaba al principio de esta entrada. Quizás, lo más sincero y fiel a mí misma sea, sencillamente, mostrar mi trabajo, aunque sea menos visual que, yo qué sé, el de un artista plástico y mucho menos impactante que, no sé, un músico que interpreta una pieza.

    Pero, claro, no solo de directos viven la redes sociales de vídeo estas que están tan de moda ahora. También hay que crear vídeos.

    Y para eso, más allá de pedir ayuda a varias inteligencias artificiales para elaborar un plan de creación de contenido mínimamente lógico, acorde a mi propósito y factible, dados mis medios, he vuelto a recurrir a los creadores que ya han conseguido lo que yo quiero, o algo similar, que podemos resumir, de forma muy clara como dar a conocer mi trabajo a mi público objetivo. No a la masa. No vender. No crecer. Llegar a quién puede disfrutarlo.

    Eso me ha dejado una cartera de vídeos que, con alguna que otra adaptación puedo crear y compartir, como hablar de libros que me han gustado o inspirado, leer fragmentos de mi trabajo, hacer un vídeo diario hablando de los avances de mis proyectos…

    Pero todo eso es exactamente lo mismo que hacen los del grupo dos, es decir, los que quieren llegar al mismo lugar al que los primeros ya han llegado. Y ese grupo es un saco sin fin del que es muy difícil salir salvo que consigas diferenciarte.

    Y, si consigues diferenciarte lo suficiente, pasas a dejar de formar parte de ninguno de los grupos mencionados para crear tu propio y único grupo. Que no voy a decir que sea algo fácil de defender. Pero, al menos, es algo mucho más encaminado a lograr el objetivo establecido, que, recuerdo, no es llegar a la masa, sino a aquellas personas que realmente puedan estar interesadas en lo que yo hago.

    Llegados a este punto, conviene ser realistas y sinceros. Es prácticamente imposible que nadie interesando en productos culturales, digamos, mainstream, se sienta interesado en lo que yo hago, salvo que, por alguna misteriosa regla de tres, lo mío acabara por convertirse en mainstream.

    Mi público objetivo, me temo, es tan, digamos, particular como yo misma. Porque mi propia obra lo es —y por eso me bloqueé, recordemos, porque yo quería ser normal y que mi obra lo fuera, peor, oh, sorpresa, eso no es posible—.

    Así que la creación de contenido normal me traerá a gente normal que busca obras normales cuando lo que yo tengo para ofrecer, es, más bien, alternativo.

    Si lo quiero conseguir es dar a conocer mi obra tal y como es — porque a eso es a lo que me he comprometido a cambio de seguir en este mundo otra temporada, esperemos que larga—, a un potencial público objetivo, lo mejor que puedo hacer, por no decir lo único, es mostrarme tal y como soy.

    Eso implica, por ejemplo, hablar sin cortapisa de ese pacto del alma de escribir y publicar a cambio de más tiempo de vida. Pero también volver a hablar del Muso y de las musas, de la inspiración, del subconsciente, del lugar donde viven las historias, el mundo de los sueños y de los mundos entre mundos.

    Esto es, sin más, volver a lo que hacía antes de bloquearme en el blog que precedió a este.

    Implica quitarme la coraza.

    Y volver a poner el corazón y el alma sobre la mesa.

    Aún a riesgo de volver a bloquearme.

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