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#lectura — Public Fediverse posts

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  1. La sección de la revista en donde escribí acerca de que las IA están lejos -al menos al día de hoy- de quitarle su trabajo a los escritores y donde someto a comparación lo generado por Gemini y por mí, se llamaba "Gancho al Hígado". La transcripción, a continuación.

    #IA #lectura #lecturamastodontica #inmediares

  2. La sección de la revista en donde escribí acerca de que las IA están lejos -al menos al día de hoy- de quitarle su trabajo a los escritores y donde someto a comparación lo generado por Gemini y por mí, se llamaba "Gancho al Hígado". La transcripción, a continuación.

    #IA #lectura #lecturamastodontica #inmediares

  3. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  4. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  5. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  6. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  7. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  8. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #Cuentos #lectura #leer #libros #Literatura #minimalismo #raymondcarver #relatocorto
  9. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #Cuentos #lectura #leer #libros #Literatura #minimalismo #raymondcarver #relatocorto
  10. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #Cuentos #lectura #leer #libros #Literatura #minimalismo #raymondcarver #relatocorto
  11. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #Cuentos #lectura #leer #libros #Literatura #minimalismo #raymondcarver #relatocorto
  12. Desde donde llamo: Carver y la cotidianeidad hecha prominente

    Foto: Unsplash

    Acabo de cerrar Catedral, de Raymond Carver, con «Desde donde llamo», que ha sido el último relato de la colección que he leído. No es el que cierra el libro en el índice (ese lugar es para «Catedral», el que le da título), pero es el que más me ha interesado comentar de toda mi lectura de este verano.

    Un hombre en un centro de desintoxicación, contando historias

    El narrador está internado en la casa de Frank Martin, un centro de desintoxicación en California. Ahí conoce a J.P., otro paciente, que le va contando su vida a trozos: cómo se hizo deshollinador de niño, metiéndose por chimeneas de casas ajenas; cómo conoció a Roxy, también deshollinadora, en una boda; cómo el oficio y el matrimonio se fueron pareciendo cada vez más a una rutina, y cómo el alcohol se los fue comiendo despacio, sin un solo golpe de efecto. El narrador, mientras tanto, piensa en su propia mujer y en su propia amante, en las llamadas que podría hacer y no hace. Al final del relato hay un teléfono de pago y la promesa, aplazada, de una llamada en Nochebuena.

    Foto: Unsplash

    Lo aburrido hecho prominente

    Esto es lo que más me interesa de Carver, y de este relato en concreto: coge la cotidianeidad más burda (el café recalentado del centro, las tareas del día, las conversaciones de sobremesa entre pacientes que no tienen nada especial que contarse) y la pone en primer plano hasta que ahí, en ese fondo gris, es donde ocurre todo lo importante. No hay elipsis dramática ni un giro de guion. Hay una llamada que no se hace, una historia de un deshollinador contada por otro paciente, y aun así el peso del relato no está en ningún suceso extraordinario. Está en cómo se cuenta lo ordinario. Carver no dramatiza la adicción con una escena de gran quiebre: la deja transcurrir en diálogos triviales y en silencios entre frase y frase, y el lector va notando el peso sin que nadie se lo señale.

    J.P. y Roxy: la misma casa, el mismo humo

    El propio oficio de J.P. y Roxy es revelador: consiste en limpiar lo que se acumula sin que nadie lo vea, el hollín dentro del tubo de una chimenea que por fuera sigue pareciendo una casa normal, con su humo saliendo tranquilamente. Carver no lo subraya como metáfora, no hace falta, la deja ahí, funcionando sola: por fuera, la vida de J.P. y Roxy también parece una casa normal con humo saliendo por la chimenea, hasta que alguien mira dentro del tubo.

    Por qué me ha interesado como escritor

    Yo escribo sobre todo relatos donde suele pasar algo extraordinario o inquietante, pero también no ficción, y ver a Carver sostener un texto entero sin ninguno de esos dos recursos (ni el giro especulativo, ni el hecho documentado) es casi una lección de contención. Aquí el terror, si se le puede llamar así, no es sobrenatural ni institucional, es la vida repitiéndose sin que nadie la interrumpa. Y la va a interrumpir uno mismo, o no. Esa incertidumbre pequeña, doméstica, sostenida solo con diálogo y detalle cotidiano, pesa más que muchos finales con sobresalto.

    Si esto os ha gustado, ya escribí sobre otros dos relatos de Carver que van en la misma línea: «Vecinos», el abismo escondido en lo cotidiano, y «La esposa del estudiante», dentro de esta misma colección.

    ¿Y a vosotros, qué relato de Carver os parece el mejor de toda su obra? Contádmelo en los comentarios, con esto de Carver me pica siempre la curiosidad. Y si os interesa cómo voy leyendo y escribiendo entre libro y libro, ando también en Substack, donde suelto notas más cortas y espontáneas que no acaban en el blog.

    #booklovers #bookreview #bookstodon #Catedral #Cuentos #lectura #leer #libros #Literatura #minimalismo #raymondcarver #relatocorto
  13. Entrando a esta red en el día del orgullo raro del que me siento parte. Me he dedicado principalmente a la #sexología y el #teatro. Supe que era #autista de adulta y se convirtió en otro de mis temas de interés. Disfruto de los #atardeceres, el #patinaje, la #lectura (especialmente #cienciaficción ) , el #arte, las #manualidades y los #viajes #neurodivergente #presentación

  14. Entrando a esta red en el día del orgullo raro del que me siento parte. Me he dedicado principalmente a la #sexología y el #teatro. Supe que era #autista de adulta y se convirtió en otro de mis temas de interés. Disfruto de los #atardeceres, el #patinaje, la #lectura (especialmente #cienciaficción ) , el #arte, las #manualidades y los #viajes #neurodivergente #presentación

  15. Entrando a esta red en el día del orgullo raro del que me siento parte. Me he dedicado principalmente a la #sexología y el #teatro. Supe que era #autista de adulta y se convirtió en otro de mis temas de interés. Disfruto de los #atardeceres, el #patinaje, la #lectura (especialmente #cienciaficción ) , el #arte, las #manualidades y los #viajes #neurodivergente #presentación

  16. Entrando a esta red en el día del orgullo raro del que me siento parte. Me he dedicado principalmente a la #sexología y el #teatro. Supe que era #autista de adulta y se convirtió en otro de mis temas de interés. Disfruto de los #atardeceres, el #patinaje, la #lectura (especialmente #cienciaficción ) , el #arte, las #manualidades y los #viajes #neurodivergente #presentación

  17. Entrando a esta red en el día del orgullo raro del que me siento parte. Me he dedicado principalmente a la #sexología y el #teatro. Supe que era #autista de adulta y se convirtió en otro de mis temas de interés. Disfruto de los #atardeceres, el #patinaje, la #lectura (especialmente #cienciaficción ) , el #arte, las #manualidades y los #viajes #neurodivergente #presentación