home.social

#lectura — Public Fediverse posts

Live and recent posts from across the Fediverse tagged #lectura, aggregated by home.social.

  1. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  2. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  3. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  4. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  5. Leo sobre el universo por la misma razón por la que leo cuentos: el misterio

    Primer campo profundo del telescopio James Webb. Foto: NASA, ESA, CSA y STScI (dominio público)

    En agosto escribí que en septiembre volvería a las reseñas y a la literatura, y lo he cumplido. Pero lo otro no se ha ido a ninguna parte, así que hoy vuelvo un rato a ello.

    Llevo meses leyendo sobre el universo, y me he dado cuenta de una cosa que al principio me pareció una casualidad y ya no me lo parece: leo divulgación científica por la misma razón por la que leo cuentos. No por aprender, no por cultura general. Por el misterio.

    Lo que engancha no es lo que se explica

    Piénsalo con los números. Toda la materia que conocemos, la de las estrellas, los planetas, las galaxias que salen en la foto de arriba y nosotros mismos, es alrededor de un cinco por ciento de lo que hay. El resto, ese noventa y cinco por ciento largo, es materia y energía oscuras. Y oscura significa exactamente lo que parece: sabemos que está ahí porque tira de las cosas, pero no sabemos qué es.

    O sea que llevamos siglos construyendo telescopios cada vez mejores para descubrir que casi todo lo que existe sigue sin tener nombre.

    A mucha gente eso le resulta frustrante. A mí me parece lo más interesante que he leído nunca. Y cuando me paré a pensar por qué, me di cuenta de que es lo mismo que me pasa con los relatos que comento aquí.

    Lo que no se dice, lo que no se ve

    En un cuento de Raymond Carver nunca pasa lo importante delante de ti. Un matrimonio habla de un tapón de cera en un oído, y por debajo está todo lo que llevan quince años sin decirse. Lo que sostiene el relato es lo que falta, la parte que Carver decidió no escribir.

    En Murakami pasa algo parecido por otro camino. Un hombre desaparece entre dos plantas de una escalera y nadie explica jamás adónde fue. Si lo explicara, el relato se vendría abajo.

    Y en el universo el mecanismo es idéntico. Lo que nos tiene mirando hacia arriba no es lo que ya sabemos, es la parte que se resiste.

    Los tres funcionan igual: un hueco lo bastante grande para que quepas tú dentro. El lector rellena el silencio de Carver, el que mira el cielo rellena la materia oscura. En los dos casos la gracia está en que no te den la respuesta.

    Campo ultraprofundo del Hubble: casi cada punto de luz es una galaxia entera. Foto: NASA y ESA (dominio público)

    La diferencia, que también la hay

    No quiero vender que sean lo mismo, porque no lo son, y la diferencia es lo más interesante.

    El hueco de Carver está puesto ahí a propósito. Es una decisión de escritor: sabe lo que no va a contar y calcula el efecto. El silencio está diseñado.

    El hueco del universo no lo ha puesto nadie. Está ahí porque todavía no llegamos. Nadie decidió que la materia oscura fuera un misterio, simplemente lo es de momento, y algún día dejará de serlo.

    Uno es un silencio construido y el otro es una ignorancia temporal. Y sin embargo producen la misma sensación al leerlos, que es lo que a mí me sigue pareciendo raro y bonito.

    Por qué escribo esto en un blog de libros

    Porque he acabado convencido de que leer ciencia me ha hecho leer mejor literatura.

    Antes, cuando terminaba un relato sin final claro, me quedaba con la sensación de que le faltaba algo. Ahora entiendo que estaba pidiéndole al cuento lo que tampoco le pido al cielo. Nadie cierra un libro de cosmología quejándose de que no expliquen qué es el noventa y cinco por ciento del universo. Se acepta que hay cosas que se miran sin resolverse.

    Los buenos cuentos hacen exactamente eso, solo que en pequeño y con gente dentro.

    Y ahora os pregunto a vosotros: ¿leéis cosas que no tienen nada que ver con lo que soléis leer? ¿Os ha cambiado alguna la forma de leer lo demás? Contádmelo en los comentarios, que estas conversaciones son las que más me gustan de tener un blog.

    Si os gustan estas mezclas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo y de lo que se me ocurre entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #astronomia #booklovers #bookreview #bookstodon #ciencia #cosmologia #divulgacioncientifica #lectura #leer #libros #Literatura #Murakami #raymondcarver #universo
  6. La sección de la revista en donde escribí acerca de que las IA están lejos -al menos al día de hoy- de quitarle su trabajo a los escritores y donde someto a comparación lo generado por Gemini y por mí, se llamaba "Gancho al Hígado". La transcripción, a continuación.

    #IA #lectura #lecturamastodontica #inmediares

  7. La sección de la revista en donde escribí acerca de que las IA están lejos -al menos al día de hoy- de quitarle su trabajo a los escritores y donde someto a comparación lo generado por Gemini y por mí, se llamaba "Gancho al Hígado". La transcripción, a continuación.

    #IA #lectura #lecturamastodontica #inmediares

  8. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  9. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  10. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  11. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  12. El mono de Shinagawa, de Murakami: la mujer que no podía decir su nombre

    Foto: Daisuke Tashiro, CC BY-SA 2.0, vía Wikimedia Commons

    Retomo la serie que tenía parada desde agosto: ir comentando por aquí, de vez en cuando, los relatos de Sauce ciego, mujer dormida, de Haruki Murakami. He leído el libro entero, así que voy eligiendo los que más me piden que escriba sobre ellos.

    Después del hombre que desaparece en una escalera, de Tony Takitani y de El séptimo hombre, toca el más raro de todos. Y es el que más tiene que ver con lo que hago cuando no estoy leyendo.

    Una mujer que no consigue decir su nombre

    Mizuki Ando lleva casi un año con un problema que no sabe cómo contar. De vez en cuando, cuando alguien le pregunta cómo se llama, no se acuerda. No es que dude ni que se trabuque: es que su propio nombre desaparece.

    Ha buscado apaños. Se ha escrito el nombre en cosas que lleva encima, ha aprendido a ganar tiempo mientras lo recuerda. Pero el problema vuelve, y empieza a temer lo que teme cualquiera: que sea el principio de algo peor, una enfermedad que se lleve todo lo demás.

    Así que hace lo razonable, que es pedir ayuda. Y ahí es donde el relato se tuerce, porque la explicación que encuentra no está en ningún manual de medicina: hay un mono que roba nombres.

    No voy a contar cómo termina. Merece la pena llegar ahí sin saberlo.

    La estación de Shinagawa de noche. Foto: sodai gomi, CC BY 2.0, vía Wikimedia Commons

    Por qué este relato me toca de cerca

    Investigo cómo se habla de las personas migrantes en internet, y una de las primeras cosas que aprendes cuando te metes en esto es que nombrar no es describir, es decidir.

    La misma persona puede ser un inmigrante, un extranjero, un recién llegado, un ilegal o un menor no acompañado. Ninguna de esas palabras nombra a alguien distinto: nombran al mismo señor de manera que pienses una cosa u otra sobre él. Elegir una es tomar partido, aunque quien la usa jure que solo está describiendo la realidad.

    Y hay un escalón más: a veces directamente no se nombra a nadie. Se habla de la avalancha, de la oleada, del problema. Ahí ya no hay personas, hay un fenómeno meteorológico. Quien desaparece del texto también desaparece un poco de la conversación.

    Por eso este cuento se me quedó marcado. Murakami convierte en literal algo que en el mundo real pasa de forma mucho más sutil: quitarle el nombre a alguien es quitarle parte de lo que es. En el relato lo hace un mono. Fuera de la ficción lo hacemos nosotros, con las palabras que elegimos, casi siempre sin darnos cuenta.

    El Murakami que a mí me gusta

    Este relato es la mejor muestra de lo que hace bien Murakami. Empieza en el mundo más corriente que existe: una mujer con un problema de salud que pide cita. Todo es gris y creíble. Y en algún punto, sin aviso ni fanfarria, aparece algo imposible y nadie se escandaliza demasiado.

    Es lo mismo que pasaba con el hombre que se esfumaba en un tramo de escaleras. Lo fantástico no llega como un golpe de efecto, llega como quien viene a arreglar la caldera.

    Y funciona porque el elemento raro nunca está ahí para sorprender. Está para nombrar algo que sin él no se podría decir: la soledad heredada en Tony Takitani, la culpa de sobrevivir en El séptimo hombre, y aquí la sensación de no saber muy bien quién eres cuando llevas años sin mirar hacia dentro.

    Por dónde entrar, si no lo has leído

    Si nunca has leído a Murakami, este no es el mejor sitio para empezar, aunque sea el más llamativo. Yo empezaría por el relato que da título al libro, que es más sereno, y dejaría este para cuando ya te hayas acostumbrado a su manera de colar lo imposible dentro de lo cotidiano.

    Y si vienes de leer cuento realista, del tipo del que vengo hablando estas semanas con Carver, el salto es grande pero menos de lo que parece. Los dos escriben sobre gente corriente a la que le falta algo. Carver deja ese hueco en silencio. Murakami mete un mono dentro.

    Os pregunto, que me interesa: ¿os ha pasado alguna vez que un cuento con un elemento imposible os haya explicado algo real mejor que uno realista? A mí con este me ocurrió, y sigo pensando en ello cada vez que leo comentarios de mi corpus. Contádmelo en los comentarios.

    Si os gustan estas lecturas, escribo también en mi Substack, donde voy dejando notas de lo que leo entre entrada y entrada. Y para no perderos las próximas, podéis suscribiros al blog aquí abajo.

    #analisisdeldiscurso #booklovers #bookreview #bookstodon #Cuentos #harukimurakami #lectura #leer #libros #Literatura #literaturajaponesa #Murakami #relatocorto #sauceciegomujerdormida
  13. Imperial War 0

    Desde hace tres meses tenemos en España el evento Imperial capitaneado por Jonathan Hickman. Este enero ha salido Imperial War, un especial que trae 5 oneshots, dirigido por Hickman pero guionizado por otros autores, en el que vemos cosas que ocurren antes, durante y después de los tres primeros números de la mini serie. Voy a intentar no hacer muchos spoilers de los tres primeros números del evento, porque es muy recomendable leerlo, pero me temo que no se pueden hablar de estas 5 números sin mencionar cosas que ya han ocurrido así que seguid leyendo bajo vuestra propia responsabilidad (aunque ya os adelanto que voy a destripar poquísimo). […]

    mcallus.net/2026/01/13/imperia

  14. Imperial War 0

    Desde hace tres meses tenemos en España el evento Imperial capitaneado por Jonathan Hickman. Este enero ha salido Imperial War, un especial que trae 5 oneshots, dirigido por Hickman pero guionizado por otros autores, en el que vemos cosas que ocurren antes, durante y después de los tres primeros números de la mini serie. Voy a intentar no hacer muchos spoilers de los tres primeros números del evento, porque es muy recomendable leerlo, pero me temo que no se pueden hablar de estas 5 números sin mencionar cosas que ya han ocurrido así que seguid leyendo bajo vuestra propia responsabilidad (aunque ya os adelanto que voy a destripar poquísimo). […]

    mcallus.net/2026/01/13/imperia