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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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#AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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#AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
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“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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#AccionClimatica #AnalisisAI #AperturaIntelectual #CambioClimatico #ClimateAction #ConcienciaAmbiental #CrisisClimatica #DesarrolloSostenible #Ecosistemas #ElPaisqueRespiramosAI #Medioambiente #PensamientoCrítico #Sostenibilidad #AcuerdoDeParís #AdministracionesPúblicas #CapaDeOzono #clorofluorocarbonos #consumirMenos #CuidarElAgua #DefensaDelPlaneta #disminuirElDesperdicioDeAlimentos #ElPaísQueRespiramos #ElProtocoloDeMontreal #elegirTransportePúblicoOCompartidoCuandoSeaPosible #EnergíasVerdes #instrumentosDePlaneaciónPública #JuanJoséAlvaSánchez #LaCienciaDebeMarcarElDiagnóstico #MarioMolinaYFSherwoodRowland #MedioAmbiente #moderarElConsumoEnergético #MundoMejor #NacionesUnidas #PensamientoCrítico #Planeta #PlanetaVerde #PolíticasPúblicasAmbientales #PresiónDeLaCiudadanía #ProgramaEspecialDeCambioClimático20262030 #reducirResiduos #repararAntesDeReemplazar #salidaDeEstadosUnidosDelAcuerdoDeParís #votarOExigirPolíticasPúblicasCoherentes
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Cambio climático: cuando la ciudadanía también decide el futuro
Por: Juan José Alva Sánchez
“Hay calor amarillo y calor verde. El de ahora es calor rojo”.
José Emilio Pacheco
La crisis climática suele narrarse desde las grandes cumbres internacionales, los acuerdos entre países y los programas de gobierno. Todo eso importa. Pero si algo enseña la historia ambiental reciente es que las metas públicas solo se vuelven realidad cuando aterrizan en decisiones concretas: cómo nos movemos, qué consumimos, qué exigimos, qué dejamos de normalizar y qué tipo de información aceptamos como verdadera.
Hace unos días, el Gobierno federal adoptó el Programa Especial de Cambio Climático 2026-2030, una hoja de ruta que busca convertir compromisos climáticos en metas, acciones, presupuesto e indicadores verificables en los próximos años. La decisión es relevante porque traduce la discusión internacional a instrumentos de planeación pública: mitigación, adaptación, pérdidas y daños, coordinación institucional y evaluación anual. En otras palabras, intenta pasar del discurso a la administración de resultados.
El problema es que la crisis climática no se resuelve únicamente desde la planeación gubernamental. Los gobiernos pueden regular, invertir, coordinar y sancionar; pueden construir transporte público, modificar incentivos, ordenar territorios y proteger ecosistemas. Pero también pueden retrasar decisiones, negar la evidencia o subordinar la política ambiental a cálculos electorales y económicos de corto plazo. En los últimos años hemos visto cómo incluso gobiernos con enorme peso internacional han cuestionado o debilitado compromisos climáticos, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Esa fragilidad política deja una lección incómoda: la defensa del planeta no puede depender por completo de la voluntad de un gobierno en turno.
Esto no significa trasladar toda la responsabilidad a las personas, como si bastara con cambiar focos, separar basura o llevar una bolsa reutilizable. Sería injusto y, además, insuficiente. Las grandes fuentes de emisiones están asociadas a sistemas energéticos, modelos de producción, transporte, industria, agricultura, cadenas de suministro y patrones urbanos que ningún individuo puede transformar por sí solo. Sin embargo, también sería un error pensar que las decisiones individuales son irrelevantes. En sociedades masivas, lo cotidiano se vuelve estructural: millones de elecciones pequeñas producen mercados, presiones públicas, cambios culturales y nuevas exigencias políticas.
Más información no siempre significa más conciencia
Hoy sabemos más sobre cambio climático que hace treinta años. La ciencia ha documentado el aumento de la temperatura global, el calentamiento de los océanos, la pérdida de hielo, la intensificación de algunos eventos extremos y los riesgos para la salud, la seguridad alimentaria y el acceso al agua. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado que el periodo 2015-2025 concentra los once años más cálidos desde que existen registros instrumentales. La información existe; el reto es convertirla en criterio de acción.
Ahí aparece una paradoja de nuestra época: tenemos más datos, pero no necesariamente más disposición a modificar hábitos. La información climática convive con la desinformación, el cansancio social, la indiferencia y el greenwashing. Muchas marcas, instituciones y personas adoptan gestos verdes visibles, pero evitan cambios de fondo. El ejemplo de los popotes lo ilustra bien: la imagen de una tortuga lastimada por un popote generó una reacción social potente y ayudó a reducir un objeto innecesario de plástico de un solo uso. Fue un avance cultural. Pero si la bebida siguió entregándose en vaso desechable, con tapa plástica y cadena de consumo intacta, el cambio quedó a medio camino.
La lección no es despreciar las acciones pequeñas. La lección es ordenarlas. Una decisión cotidiana tiene mayor valor cuando forma parte de una comprensión más amplia: reducir residuos, consumir menos, reparar antes de reemplazar, elegir transporte público o compartido cuando sea posible, moderar el consumo energético, cuidar el agua, disminuir el desperdicio de alimentos y votar o exigir políticas públicas coherentes. El ciudadano informado no solo cambia una práctica; cambia la pregunta que se hace antes de decidir.
La ciudadanía como fuerza climática
El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático ha subrayado que las estrategias del lado de la demanda pueden reducir de forma significativa las emisiones globales hacia 2050, sobre todo si se combinan cambios tecnológicos, infraestructura adecuada y modificaciones socioculturales. Este punto es crucial: no se trata de romantizar el sacrificio individual, sino de reconocer que los estilos de vida también son parte del sistema climático.
Pensemos en la movilidad. Una persona puede querer usar menos el automóvil, pero necesita transporte público seguro, frecuente y digno. Puede querer instalar paneles solares, pero requiere financiamiento, reglas claras y condiciones económicas realistas. Puede querer consumir productos con menor huella ambiental, pero necesita información confiable, precios accesibles y alternativas disponibles. Por eso la acción ciudadana y la acción gubernamental no deben verse como polos opuestos. Se necesitan mutuamente.
La ciudadanía informada cumple al menos tres funciones. Primero, modifica patrones de consumo y reduce la demanda de prácticas ambientalmente dañinas. Segundo, presiona a empresas e instituciones para elevar sus estándares. Tercero, castiga políticamente la negación de la crisis climática. Cuando una sociedad entiende que el clima no es un asunto lejano sino una condición de vida, la política ambiental deja de ser un tema secundario y se vuelve una exigencia democrática.
La capa de ozono: una historia que sí salió bien
El mejor ejemplo de que la humanidad puede corregir una trayectoria ambiental peligrosa es la recuperación de la capa de ozono. En la década de 1970, los científicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland advirtieron que los clorofluorocarbonos, conocidos como CFC, podían destruir ozono en la estratósfera. La advertencia fue incómoda porque esos compuestos estaban presentes en aerosoles, refrigerantes y otros productos de uso extendido. La ciencia abrió el debate; la política tuvo que reaccionar.
El Protocolo de Montreal, firmado en 1987 y en vigor desde 1989, estableció controles internacionales para eliminar gradualmente sustancias que agotaban la capa de ozono. No fue un gesto simbólico: fue una regulación global con metas, calendarios, sustitución tecnológica, seguimiento científico y cumplimiento progresivo. De acuerdo con Naciones Unidas, se ha eliminado cerca del 99 por ciento de las sustancias prohibidas que dañaban el ozono, y la capa de ozono se encuentra en ruta de recuperación durante las próximas décadas.
Pero la historia no se explica solo por tratados. También importó que millones de consumidores aceptaran cambiar productos, que la industria encontrara sustitutos, que los medios difundieran el problema y que la sociedad entendiera que una decisión aparentemente cotidiana, como usar cierto aerosol o refrigerante, estaba conectada con un daño planetario. La capa de ozono demuestra que cuando la ciencia es tomada en serio, la política regula y la ciudadanía acompaña, los sistemas sí pueden cambiar.
Del gesto verde a la decisión informada
El cambio climático es más complejo que el agujero de ozono. No depende de una sola familia de sustancias, sino de la forma en que producimos energía, organizamos ciudades, transportamos mercancías, construimos vivienda, consumimos alimentos y medimos el desarrollo. Por eso no habrá una solución única ni inmediata. Pero la lógica del Protocolo de Montreal deja una orientación útil: la ciencia debe marcar el diagnóstico, los gobiernos deben crear condiciones y la ciudadanía debe convertir la conciencia en comportamiento colectivo.
Para que eso ocurra, necesitamos pasar del gesto verde a la decisión informada. Separar residuos ayuda, pero ayuda más cuando se acompaña de menor consumo y mejores sistemas de recolección. Comprar un producto “ecológico” puede ser positivo, pero solo si no encubre sobreconsumo. Usar menos el automóvil es deseable, pero exige transporte público, ciclovías, calles seguras y planeación urbana. La responsabilidad individual no debe ser una coartada para que gobiernos y empresas evadan su papel; debe ser la base social que vuelve exigibles las transformaciones mayores.
También necesitamos comunicar mejor. El cambio climático no puede presentarse únicamente como una catástrofe abstracta o como una lista de prohibiciones. Debe explicarse desde la vida diaria: el calor que modifica rutinas, las lluvias atípicas que desbordan calles, la sequía que presiona el abasto de agua, los alimentos que suben de precio, las enfermedades asociadas a mala calidad del aire y la pérdida de áreas verdes que hace más hostiles nuestras ciudades. Cuando el problema se entiende en el cuerpo y en el territorio, deja de ser una noticia lejana.
Conclusión: decidir también es gobernar
Cada año se anuncian nuevas metas nacionales e internacionales contra el cambio climático. Son necesarias, pero no suficientes. Las metas son mapas; la transformación ocurre en las rutas concretas que recorren gobiernos, empresas, comunidades y personas. Si una parte falla, el avance se vuelve frágil. Si todas se articulan, la acción climática deja de ser un ideal y se vuelve una práctica social.
La crisis climática nos obliga a mirar la política de otra manera. No basta con esperar que los gobiernos resuelvan todo, sobre todo cuando algunos niegan, no conocen o minimizan el problema. Pero tampoco basta con pedirle heroicidad al ciudadano aislado. Lo que se necesita es una ciudadanía informada, capaz de tomar mejores decisiones, exigir mejores políticas y distinguir entre compromiso real y simulación verde.
La historia de la capa de ozono muestra que la humanidad puede corregir el rumbo cuando ciencia, gobierno, industria y sociedad se mueven en la misma dirección. Esa es quizá la enseñanza más esperanzadora para nuestro tiempo: las decisiones individuales no salvan al planeta por separado, pero cuando se vuelven cultura, mercado, presión pública y política democrática, pueden cambiarlo todo.
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🏭Las grandes empresas son grandes porque destrozan nuestro medioambiente
🏭Decir esto escuece, pero... ¿es mentira?
🏭No conseguiremos un cambio significativo del rumbo de la sociedad sin tener claros tres conceptos básicos, que se exponen en este artículo:
https://blogsostenible.wordpress.com/2024/09/17/la-responsabilidad-ambiental-de-las-grandes-empresas/#Multinacionales #HuellaEcológica #HuelladeCarbono #CO2 #Petroleras #EmpresasContaminantes #BigPolluters #CrisisClimática #CambioClimático #CrisisAmbiental #CrisisEcológica #Contaminación #Democracia #ComprarEsContaminar #Consumismo
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Calor extremo podría costarle a España hasta 105 mil millones de euros hacia 2030
El calor extremo dejará a España una factura multimillonaria que irá aumentando hasta 2030.
SN Redacción | EFE
Madrid.- España es una de las economías europeas más expuestas al calor extremo, lo que ya ocasiona pérdidas multimillonarias según diferentes estudios que varían en las estimaciones, pero que coinciden en que el perjuicio se agravará progresivamente en los próximos años hasta el final de la década.
Un reciente informe de la aseguradora Allianz calcula unas eventuales pérdidas para la economía española hasta 2030 de 120.000 millones de dólares, alrededor de 105.000 millones de euros equivalentes al 7 % del producto interior bruto (PIB).
La compañía estima que en un escenario de estrés térmico la recaudación por impuestos caería un 1,3 % y los sueldos, entre un 0,7 % y un 1,3 %, mientras que los precios al consumo subirían de forma acumulada un 1,9 % y el desempleo aumentaría 2,45 puntos porcentuales en el mismo periodo.
El informe añade que España se encuentra entre los países cuyo consumo energético per cápita más aumenta durante los episodios de calor más intensos, entre un 4 % y un 5 %.
Un estudio anterior de investigadores de la Universidad de Mannheim y del Banco Central Europeo (BCE) sitúa a España como el país más afectado de la Unión Europea (UE) por los fenómenos meteorológicos extremos provocados por el aumento de la temperatura, con 12.000 millones de pérdidas solo en 2025.
El impacto económico podría escalar hasta los 34.000 millones de euros en 2029, superando las pérdidas estimadas para otros países como Italia y Francia, por la sustancial reducción de las horas trabajadas en la construcción y la hostelería.
En el ámbito laboral, un informe conjunto de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) sostiene que la productividad de los trabajadores cae entre un 2 % y un 3 % por cada grado que supera los 20 grados centígrados.
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) desde 2020 ha aumentado cerca de un 35 % el número de trabajadores expuestos al calor extremo en todo el mundo, con la previsión de que en 2030 se pierdan el 2,2 % del total de horas de trabajo.
Obligación de parar la actividad en olas de calor
Con cada ola de calor el Ministerio de Trabajo recuerda las obligaciones de prevención de las empresas, que tienen que parar la actividad si llega a existir riesgo inminente para la salud de los trabajadores.
Uno de los sectores más afectados es la construcción que se ha dotado de un protocolo específico que, en escenarios de alerta naranja o roja por altas temperaturas, prohíbe los trabajos en solitario, prioriza tareas en interiores o a la sombra, incrementa el suministro de agua y, si el riesgo no puede eliminarse o reducirse, obliga a adoptar medidas sobre las condiciones de trabajo, incluida la reducción o modificación de la jornada.
Los operarios de Eiffage Construcción, por ejemplo, tienen pulseras de control térmico para monitorizar la temperatura corporal durante la jornada, que emiten alertas cuando detectan un posible riesgo.Deterioro de las infraestructuras
El deterioro de las infraestructuras es otro aspecto del impacto económico de la meteorología adversa, en particular para una red eléctrica que cada vez opera en un contexto de mayor riesgo de incendios, episodios de viento extremo o lluvias intensas, señalan a EFE desde la patronal eléctrica AELEC que integran Iberdrola, Endesa y EDP.
Las empresas distribuidoras vienen reforzando de forma continuada sus actuaciones con el mantenimiento preventivo de las instalaciones, una mayor supervisión y más coordinación con las administraciones competentes en materia de prevención de incendios.
AELEC reclama un marco regulatorio favorable que facilite y promueva la inversión sostenida que se requiere para la digitalización y automatización, porque con ello se facilita la detección temprana de anomalías y la actuación remota sobre la red.
Enagás también tiene integrada en su gestión la anticipación ante fenómenos como las olas de calor que suponen un riesgo climático relevante para la red de transporte de gas, especialmente en instalaciones de superficie, estaciones de compresión y actividades de operación y mantenimiento. –sn–
Una mujer se refresca con un abanico este viernes en Valencia. EFE/ Ana Escobar¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.
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Canadá en emergencia por más de 200 incendios forestales y Trump amenaza con aranceles
https://fed.brid.gy/r/https://www.telesurtv.net/canada-200-incendios-trump-amenaza-aranceles/
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Comunidades rechazan proyecto petrolero en el Caribe de Honduras
https://fed.brid.gy/r/https://www.telesurtv.net/comunidades-proyecto-petrolero-honduras/
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Un experimento de 37 años revela que el #calentamiento global acelera la descomposición de materia orgánica en el #suelo por parte de #microbios. Este fenómeno libera carbono adicional, intensificando la #crisisclimatica y alterando el balance del #medioambiente
Más info: https://nbes.blog/experimento-suelo-anos-revelo-amenaza-climatica/
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¿Cómo está frenando el calor extremo la energía nuclear francesa? #CambioClimatico #EnergiaNuclear #Francia #OlaDeCalor #CrisisClimatica #CalorExtremo #ReactoresNucleares #Electricidad #TransicionEnergetica #MedioAmbiente #Energia #Europa #felizmiercoles #15dejulio
https://donporque.com/el-cambio-climatico-frena-la-nuclear-francesa/
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CW: Cambio climático, catastrófico
En Baja California Sur, México, las aguas se han calentado tanto y tan rápido que toda la producción de ostión del año corre peligro. Los productores intentan vender "ostiones baby" (de talla pequeña) muy baratos antes de fin de mes para evitar perder toda la inversión. Hace una semana, 5 granjas locales tenían 100 000 ostiones disponibles. Si esto sigue sucediendo, les tocará conseguir otro cultivo o una fuente alternativa de ingresos.
#DiarioClimatico #climateDiaries #pesca #ElNiño #enso #CrisisClimatica -
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Temporada de lluvias deja más de 16.000 familias damnificadas en Colombia
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¿Por qué el calor extremo mató a más de 21.000 peces en el Potomac? #Potomac #OlaDeCalor #CalorExtremo #MortandadDePeces #CambioClimático #CrisisClimática #MedioAmbiente #Biodiversidad #Ríos #EstadosUnidos #WashingtonDC #FaunaAcuática #felizmartes #14dejulio
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Aquesta matinada a les 4:00 se n’ha anat la #llum, sembla que en tota la població, #Benicassim. De repent hem despertat amb una #xafogor horrible, insuportable, sense aire, sense ventilador. Gent desorientada passsenjant pels corredors sense saber on posar-se. Quin món. #climatechange #crisisclimatica #energia
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📻 Hoy es #LunesDeRadio
Estaré en @radioklara a partir de las 11:30h para hablar de #CrisisClimática y los incendios que arrasan la Península Ibérica y Europa en general.
También hablaremos de la "gran desregularización" en términos laborales que quiere implantar la derecha. Miramos a Alemania para remojar nuestras barbas.
Y además, Las izquierdas™
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🌱Edward O. Wilson es unos de los más grandes ambientalistas de la historia, con multitud de premios en su haber.
🌱Destacó 5 amenazas clave para la biodiversidad y definió el acrónimo inglés HIPPO
🌱Hoy sabemos que más del 80 % de las especies de la Lista Roja de la UICN están afectadas por más de una de esas cinco grandes amenazas.
🌱En 2016 propuso salvar la Tierra dedicando la mitad de ella a la naturaleza... ¿lo conseguiremos?
🌱La conclusión es que se debe limitar --o directamente prohibir-- multitud de actividades humanas: caza, pesca, actividades industriales, construcciones, fertilidad, etc.
🌱Fuente de la foto: El libro de la ecología, editorial Akal, 2019.
🌱Puedes aprender algo más en este tuit y en el artículo enlazado: https://x.com/blogsostenible/status/1839659268145864830#EdwardWilson #CrisisAmbiental #CrisisClimática #Caza #Pesca #Contaminación
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🌱Edward O. Wilson es unos de los más grandes ambientalistas de la historia, con multitud de premios en su haber.
🌱Destacó 5 amenazas clave para la biodiversidad y definió el acrónimo inglés HIPPO
🌱Hoy sabemos que más del 80 % de las especies de la Lista Roja de la UICN están afectadas por más de una de esas cinco grandes amenazas.
🌱En 2016 propuso salvar la Tierra dedicando la mitad de ella a la naturaleza... ¿lo conseguiremos?
🌱La conclusión es que se debe limitar --o directamente prohibir-- multitud de actividades humanas: caza, pesca, actividades industriales, construcciones, fertilidad, etc.
🌱Fuente de la foto: El libro de la ecología, editorial Akal, 2019.
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🌱Edward O. Wilson es unos de los más grandes ambientalistas de la historia, con multitud de premios en su haber.
🌱Destacó 5 amenazas clave para la biodiversidad y definió el acrónimo inglés HIPPO
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🌱Fuente de la foto: El libro de la ecología, editorial Akal, 2019.
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🌱Edward O. Wilson es unos de los más grandes ambientalistas de la historia, con multitud de premios en su haber.
🌱Destacó 5 amenazas clave para la biodiversidad y definió el acrónimo inglés HIPPO
🌱Hoy sabemos que más del 80 % de las especies de la Lista Roja de la UICN están afectadas por más de una de esas cinco grandes amenazas.
🌱En 2016 propuso salvar la Tierra dedicando la mitad de ella a la naturaleza... ¿lo conseguiremos?
🌱La conclusión es que se debe limitar --o directamente prohibir-- multitud de actividades humanas: caza, pesca, actividades industriales, construcciones, fertilidad, etc.
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Europa enfrenta su junio más caluroso y acelera la refrigeración sostenible
Las olas de calor en Europa ponen de relieve la necesidad de una refrigeración sostenible.
SN Redacción | CGTN
El Servicio de Cambio Climático Copernicus de la UE ha informado de que Europa Occidental ha registrado recientemente el mes de junio más caluroso de su historia. En Reino Unido, la Met Office ha señalado que el país ya ha registrado este año ocho días con temperaturas superiores a los 34 grados centígrados, superando el récord anual anterior.
El calor extremo ya no es un fenómeno meteorológico ocasional. Se estáconvirtiendo en un reto cada vez mayor para la salud pública, las infraestructuras urbanas y la vida cotidiana.
El aumento de las temperaturas está impulsando la demanda de refrigeración.
Durante décadas, muchos hogares europeos se valían de la ventilación natural y de diseños arquitectónicos adaptados a climas más fríos, en lugar de recurrir al aire acondicionado de forma generalizada. Sin embargo, las repetidas olas de calor están cambiando esta mentalidad.
El problema no es la refrigeración en sí misma, sino la forma en que se lleva a cabo.
El aire acondicionado lleva mucho tiempo siendo objeto de críticas por su impacto medioambiental. Las preocupaciones son fundadas: la refrigeración requiere electricidad, y los refrigerantes más antiguos podrían contribuir de manera significativa al calentamiento global en caso de fuga.
Del aire acondicionado a la refrigeración sostenible
Los países están explorando cada vez más formas de hacer que la refrigeración sea más limpia y sostenible.
Los modernos aparatos de aire acondicionado con inversor pueden reducir significativamente el consumo eléctrico en comparación con los modelos más antiguos, mientras que los nuevos refrigerantes, como el R-32 y el R-290, tienen un potencial de calentamiento global mucho menor que muchos de los refrigerantes utilizados en generaciones anteriores. –sn–
47 grados de temperatura | CGTN¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.
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El calor dispara las muertes en España a cifras sin precedentes y amenaza al sistema sanitario https://www.eldiario.es/sociedad/calor-dispara-muertes-espana-cifras-precedentes-amenaza-sistema-sanitario_1_13368785.html David Noriega #Emergenciaclimática #Crisisclimática #Fallecimientos #Saludpública #Oladecalor #Hospitales #Sanidad #Médicos
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El calor dispara las muertes en España a cifras sin precedentes y amenaza al sistema sanitario https://www.eldiario.es/sociedad/calor-dispara-muertes-espana-cifras-precedentes-amenaza-sistema-sanitario_1_13368785.html David Noriega #Emergenciaclimática #Crisisclimática #Fallecimientos #Saludpública #Oladecalor #Hospitales #Sanidad #Médicos
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El calor dispara las muertes en España a cifras sin precedentes y amenaza al sistema sanitario https://www.eldiario.es/sociedad/calor-dispara-muertes-espana-cifras-precedentes-amenaza-sistema-sanitario_1_13368785.html David Noriega #Emergenciaclimática #Crisisclimática #Fallecimientos #Saludpública #Oladecalor #Hospitales #Sanidad #Médicos
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El antes y después del incendio de Almería, con imágenes de satélite https://www.eldiario.es/sociedad/despues-incendio-almeria-imagenes-satelite_1_13373561.html elDiario.es #Emergenciaclimática #Cambioclimático #Crisisclimática #Incendio #Fuego
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El mapa de los incendios activos en España en 2026: cómo avanzan y qué zonas se han quemado más https://www.eldiario.es/sociedad/mapa-incendios-activos-espana-2026-avanzan-zonas-han-quemado_1_13369396.html Raúl Sánchez, Ainhoa Díez #MapasenelDiario.es #Crisisclimática #Oladecalor #Incendios #Fuego
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El mapa de los incendios activos en España en 2026: cómo avanzan y qué zonas se han quemado más https://www.eldiario.es/sociedad/mapa-incendios-activos-espana-2026-avanzan-zonas-han-quemado_1_13369396.html Raúl Sánchez, Ainhoa Díez #MapasenelDiario.es #Crisisclimática #Oladecalor #Incendios #Fuego
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"Cada vez más analistas son parte de una corriente crítica que no habla de #CrisisClimática sino de #ColapsoCivilizatorio. Es un matiz crucial. Porque no se trata solo de salvar el planeta –el planeta sobrevivirá– sino de repensar qué tipo de vida humana puede sostenerse en estas condiciones."
https://retinatendencias.com/analisis/bienvenidos-al-fin-del-mundo-el-colapso-como-estado-de-animo/
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"Cada vez más analistas son parte de una corriente crítica que no habla de #CrisisClimática sino de #ColapsoCivilizatorio. Es un matiz crucial. Porque no se trata solo de salvar el planeta –el planeta sobrevivirá– sino de repensar qué tipo de vida humana puede sostenerse en estas condiciones."
https://retinatendencias.com/analisis/bienvenidos-al-fin-del-mundo-el-colapso-como-estado-de-animo/
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CW: Ansiedad climática
RE: https://mastodon.art/@Ailantd/116890030203104470
Ha sido ver esto y darme un pico de ansiedad climática.
Hace una década, cuando estudiando Biología en la universidad nos dieron una ponencia sobre la crisis climática, recuerdo que salí horrorizade... y lo peor es que las predicciones de la ciencia se equivocaron, pero en el terrible sentido de que resultaron ser demasiado optimistas. Tengo ganas de llorar.
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CW: Ansiedad climática
RE: https://mastodon.art/@Ailantd/116890030203104470
Ha sido ver esto y darme un pico de ansiedad climática.
Hace una década, cuando estudiando Biología en la universidad nos dieron una ponencia sobre la crisis climática, recuerdo que salí horrorizade... y lo peor es que las predicciones de la ciencia se equivocaron, pero en el terrible sentido de que resultaron ser demasiado optimistas. Tengo ganas de llorar.
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CW: Ansiedad climática
RE: https://mastodon.art/@Ailantd/116890030203104470
Ha sido ver esto y darme un pico de ansiedad climática.
Hace una década, cuando estudiando Biología en la universidad nos dieron una ponencia sobre la crisis climática, recuerdo que salí horrorizade... y lo peor es que las predicciones de la ciencia se equivocaron, pero en el terrible sentido de que resultaron ser demasiado optimistas. Tengo ganas de llorar.