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#barbanegra — Public Fediverse posts

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  1. #datocurioso

    ¿Sabían que Edward Teach, conocido como Barbanegra, utilizaba una técnica de guerra psicológica pionera que consistía en prender fuego a su propia apariencia para inducir el terror en sus enemigos?

    Antes de iniciar un abordaje, Teach trenzaba mechas de cáñamo de combustión lenta (slow matches) impregnadas en salitre y las colocaba bajo su sombrero o entre su espesa barba negra. Al encenderlas, estas mechas generaban una densa cortina de humo y chispas que rodeaban su rostro, dándole un aspecto demoníaco que buscaba la rendición inmediata de las tripulaciones contrarias sin necesidad de disparar un solo cañón.

    A pesar de su reputación de extrema brutalidad, los registros históricos no conservan evidencia documental de que Teach haya asesinado o torturado a prisioneros bajo su custodia; su estrategia se basaba casi exclusivamente en la intimidación visual y la superioridad táctica de su buque insignia, el Queen Anne’s Revenge, armado con 40 cañones. Su final ocurrió el 22 de noviembre de 1718 en la batalla de Ocracoke contra el teniente Robert Maynard, donde se reportó que Teach recibió cinco heridas de bala y veinte cortes de espada antes de sucumbir. Tras su muerte, su cabeza fue cortada y colgada del bauprés del barco de Maynard como prueba para cobrar la recompensa, mientras que la leyenda popular afirma que su cuerpo decapitado nadó tres veces alrededor del barco antes de hundirse en el Atlántico.

    #Piratas #Historia #Barbanegra #EdwardTeach #LeyendasMarítimas

  2. :stargif: 𝑷𝒊𝒓𝒂𝒕𝒂𝒔: 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒕𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝒚 𝒍𝒂 𝒉𝒐𝒓𝒄𝒂 :stargif:

    Cuando pensamos en piratas vemos parches, loros y cofres rebosantes.
    Esa imagen nace sobre todo de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, no del Caribe del siglo XVII.
    La realidad fue más áspera y política.

    Piratas y corsarios formaron parte del engranaje de un mundo en expansión.
    El corsario actuaba con patente firmada por su rey; el pirata, sin bandera legal.
    Pero la línea era fina.
    Para Inglaterra, Francis Drake fue un héroe; para España, un criminal.
    Lo mismo ocurrió con Henry Morgan, que saqueó Panamá y terminó siendo gobernador de Jamaica.
    En el tablero caribeño chocaban España, Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas.
    La violencia era herramienta de Estado.

    Los bucaneros surgieron en La Española como cazadores que ahumaban carne en el “boucan”. Expulsados por autoridades españolas, se lanzaron al mar.
    Los filibusteros —del neerlandés vrijbuiter— operaban en costas y ciudades, a menudo bajo legalidad ambigua.
    Era un capitalismo feroz flotando sobre rutas de plata y azúcar.

    La llamada Edad de Oro de la Piratería (aprox. 1650-1730) produjo figuras como Barbanegra, temido por su teatralidad, y mujeres como Mary Read y Anne Bonny, que desafiaron un mundo brutal y masculino.

    Paradójicamente, muchos barcos piratas funcionaban con reglas internas avanzadas.
    Antes de zarpar firmaban los “Articles”, un código contractual.
    Elegían capitán por voto y podían destituirlo.
    El contramaestre actuaba como contrapeso del poder.
    El botín se repartía con relativa equidad: el capitán cobraba apenas dos o tres partes frente a la única parte del marinero.
    Existían indemnizaciones por heridas: perder un brazo o una pierna tenía compensación fijada.
    En contraste con las armadas reales, la brecha era mínima.
    Democracia práctica en un mundo de monarquías absolutas.

    La vida diaria, sin embargo, estaba lejos del mito.
    La dieta era una lucha contra el tiempo. El hardtack —galleta de mar— era un bloque infestado de gorgojos que se remojaba para poder morderlo.
    La carne en salazón adquiría tonos sospechosos.
    El escorbuto, por falta de vitamina C, hinchaba encías y abría heridas antiguas.
    El agua se corrompía y se mezclaba con ron para hacer grog.
    El mantenimiento del barco era constante: calafatear grietas, remendar velas, limpiar cubierta.
    El sueño llegaba en hamacas apretadas.
    La higiene era casi inexistente.

    En combate, el cirujano —a menudo barbero o cocinero— serraba miembros sin anestesia real, cauterizando con hierro al rojo.
    La infección mataba más que el sable.
    Los museos navales británicos conservan kits quirúrgicos que hoy resultan inquietantes.

    La justicia interna era fría.
    Las disputas estaban prohibidas a bordo; debían resolverse en tierra mediante duelo.
    El castigo habitual para la traición era el maronaje: abandono en una isla con una pistola y escasa pólvora.
    Caminar por la tabla pertenece más a la ficción que a la práctica documentada.
    El robo entre compañeros se castigaba con mutilaciones o expulsión: la lealtad económica era sagrada porque garantizaba la supervivencia colectiva.

    Tampoco todo era combate naval espectacular.
    Muchas capturas se lograban por intimidación: izar la bandera negra —o roja, señal de “sin cuartel”— bastaba para que un mercante se rindiera sin disparar.
    El terror era una estrategia racional que evitaba daños en el propio barco, el activo más valioso.

    El final llegó cuando dejaron de ser útiles.
    Con tratados de paz y armadas fortalecidas, potencias como Inglaterra decidieron limpiar el Caribe.
    Gobernadores como Woodes Rogers recibieron el encargo de erradicar a quienes antes habían servido a la corona.
    Muchos aceptaron indultos; otros acabaron en la horca, exhibidos en jaulas como advertencia.

    El mito sobrevivió porque necesitábamos romanticismo donde hubo violencia y comercio global en gestación.
    Y, como ocurre siempre, la piratería no desapareció: cambia de escenario.
    Hoy puede surgir frente a Somalia o en forma de ransomware.
    El objetivo sigue siendo el mismo: interceptar la riqueza en tránsito.

    Bajo la bandera negra no había libertad romántica, sino supervivencia, ambición y oportunidad.
    Esa es la verdad incómoda. 🏴‍☠️

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    #historia #piratas #edadmoderna #caribe #corsarios #bucaneros #filibusteros #barbanegra #francisdrake #henrymorgan

  3. :stargif: 𝑷𝒊𝒓𝒂𝒕𝒂𝒔: 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒕𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝒚 𝒍𝒂 𝒉𝒐𝒓𝒄𝒂 :stargif:

    Cuando pensamos en piratas vemos parches, loros y cofres rebosantes.
    Esa imagen nace sobre todo de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, no del Caribe del siglo XVII.
    La realidad fue más áspera y política.

    Piratas y corsarios formaron parte del engranaje de un mundo en expansión.
    El corsario actuaba con patente firmada por su rey; el pirata, sin bandera legal.
    Pero la línea era fina.
    Para Inglaterra, Francis Drake fue un héroe; para España, un criminal.
    Lo mismo ocurrió con Henry Morgan, que saqueó Panamá y terminó siendo gobernador de Jamaica.
    En el tablero caribeño chocaban España, Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas.
    La violencia era herramienta de Estado.

    Los bucaneros surgieron en La Española como cazadores que ahumaban carne en el “boucan”. Expulsados por autoridades españolas, se lanzaron al mar.
    Los filibusteros —del neerlandés vrijbuiter— operaban en costas y ciudades, a menudo bajo legalidad ambigua.
    Era un capitalismo feroz flotando sobre rutas de plata y azúcar.

    La llamada Edad de Oro de la Piratería (aprox. 1650-1730) produjo figuras como Barbanegra, temido por su teatralidad, y mujeres como Mary Read y Anne Bonny, que desafiaron un mundo brutal y masculino.

    Paradójicamente, muchos barcos piratas funcionaban con reglas internas avanzadas.
    Antes de zarpar firmaban los “Articles”, un código contractual.
    Elegían capitán por voto y podían destituirlo.
    El contramaestre actuaba como contrapeso del poder.
    El botín se repartía con relativa equidad: el capitán cobraba apenas dos o tres partes frente a la única parte del marinero.
    Existían indemnizaciones por heridas: perder un brazo o una pierna tenía compensación fijada.
    En contraste con las armadas reales, la brecha era mínima.
    Democracia práctica en un mundo de monarquías absolutas.

    La vida diaria, sin embargo, estaba lejos del mito.
    La dieta era una lucha contra el tiempo. El hardtack —galleta de mar— era un bloque infestado de gorgojos que se remojaba para poder morderlo.
    La carne en salazón adquiría tonos sospechosos.
    El escorbuto, por falta de vitamina C, hinchaba encías y abría heridas antiguas.
    El agua se corrompía y se mezclaba con ron para hacer grog.
    El mantenimiento del barco era constante: calafatear grietas, remendar velas, limpiar cubierta.
    El sueño llegaba en hamacas apretadas.
    La higiene era casi inexistente.

    En combate, el cirujano —a menudo barbero o cocinero— serraba miembros sin anestesia real, cauterizando con hierro al rojo.
    La infección mataba más que el sable.
    Los museos navales británicos conservan kits quirúrgicos que hoy resultan inquietantes.

    La justicia interna era fría.
    Las disputas estaban prohibidas a bordo; debían resolverse en tierra mediante duelo.
    El castigo habitual para la traición era el maronaje: abandono en una isla con una pistola y escasa pólvora.
    Caminar por la tabla pertenece más a la ficción que a la práctica documentada.
    El robo entre compañeros se castigaba con mutilaciones o expulsión: la lealtad económica era sagrada porque garantizaba la supervivencia colectiva.

    Tampoco todo era combate naval espectacular.
    Muchas capturas se lograban por intimidación: izar la bandera negra —o roja, señal de “sin cuartel”— bastaba para que un mercante se rindiera sin disparar.
    El terror era una estrategia racional que evitaba daños en el propio barco, el activo más valioso.

    El final llegó cuando dejaron de ser útiles.
    Con tratados de paz y armadas fortalecidas, potencias como Inglaterra decidieron limpiar el Caribe.
    Gobernadores como Woodes Rogers recibieron el encargo de erradicar a quienes antes habían servido a la corona.
    Muchos aceptaron indultos; otros acabaron en la horca, exhibidos en jaulas como advertencia.

    El mito sobrevivió porque necesitábamos romanticismo donde hubo violencia y comercio global en gestación.
    Y, como ocurre siempre, la piratería no desapareció: cambia de escenario.
    Hoy puede surgir frente a Somalia o en forma de ransomware.
    El objetivo sigue siendo el mismo: interceptar la riqueza en tránsito.

    Bajo la bandera negra no había libertad romántica, sino supervivencia, ambición y oportunidad.
    Esa es la verdad incómoda. 🏴‍☠️

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    #historia #piratas #edadmoderna #caribe #corsarios #bucaneros #filibusteros #barbanegra #francisdrake #henrymorgan

  4. :stargif: 𝑷𝒊𝒓𝒂𝒕𝒂𝒔: 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒕𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝒚 𝒍𝒂 𝒉𝒐𝒓𝒄𝒂 :stargif:

    Cuando pensamos en piratas vemos parches, loros y cofres rebosantes.
    Esa imagen nace sobre todo de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, no del Caribe del siglo XVII.
    La realidad fue más áspera y política.

    Piratas y corsarios formaron parte del engranaje de un mundo en expansión.
    El corsario actuaba con patente firmada por su rey; el pirata, sin bandera legal.
    Pero la línea era fina.
    Para Inglaterra, Francis Drake fue un héroe; para España, un criminal.
    Lo mismo ocurrió con Henry Morgan, que saqueó Panamá y terminó siendo gobernador de Jamaica.
    En el tablero caribeño chocaban España, Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas.
    La violencia era herramienta de Estado.

    Los bucaneros surgieron en La Española como cazadores que ahumaban carne en el “boucan”. Expulsados por autoridades españolas, se lanzaron al mar.
    Los filibusteros —del neerlandés vrijbuiter— operaban en costas y ciudades, a menudo bajo legalidad ambigua.
    Era un capitalismo feroz flotando sobre rutas de plata y azúcar.

    La llamada Edad de Oro de la Piratería (aprox. 1650-1730) produjo figuras como Barbanegra, temido por su teatralidad, y mujeres como Mary Read y Anne Bonny, que desafiaron un mundo brutal y masculino.

    Paradójicamente, muchos barcos piratas funcionaban con reglas internas avanzadas.
    Antes de zarpar firmaban los “Articles”, un código contractual.
    Elegían capitán por voto y podían destituirlo.
    El contramaestre actuaba como contrapeso del poder.
    El botín se repartía con relativa equidad: el capitán cobraba apenas dos o tres partes frente a la única parte del marinero.
    Existían indemnizaciones por heridas: perder un brazo o una pierna tenía compensación fijada.
    En contraste con las armadas reales, la brecha era mínima.
    Democracia práctica en un mundo de monarquías absolutas.

    La vida diaria, sin embargo, estaba lejos del mito.
    La dieta era una lucha contra el tiempo. El hardtack —galleta de mar— era un bloque infestado de gorgojos que se remojaba para poder morderlo.
    La carne en salazón adquiría tonos sospechosos.
    El escorbuto, por falta de vitamina C, hinchaba encías y abría heridas antiguas.
    El agua se corrompía y se mezclaba con ron para hacer grog.
    El mantenimiento del barco era constante: calafatear grietas, remendar velas, limpiar cubierta.
    El sueño llegaba en hamacas apretadas.
    La higiene era casi inexistente.

    En combate, el cirujano —a menudo barbero o cocinero— serraba miembros sin anestesia real, cauterizando con hierro al rojo.
    La infección mataba más que el sable.
    Los museos navales británicos conservan kits quirúrgicos que hoy resultan inquietantes.

    La justicia interna era fría.
    Las disputas estaban prohibidas a bordo; debían resolverse en tierra mediante duelo.
    El castigo habitual para la traición era el maronaje: abandono en una isla con una pistola y escasa pólvora.
    Caminar por la tabla pertenece más a la ficción que a la práctica documentada.
    El robo entre compañeros se castigaba con mutilaciones o expulsión: la lealtad económica era sagrada porque garantizaba la supervivencia colectiva.

    Tampoco todo era combate naval espectacular.
    Muchas capturas se lograban por intimidación: izar la bandera negra —o roja, señal de “sin cuartel”— bastaba para que un mercante se rindiera sin disparar.
    El terror era una estrategia racional que evitaba daños en el propio barco, el activo más valioso.

    El final llegó cuando dejaron de ser útiles.
    Con tratados de paz y armadas fortalecidas, potencias como Inglaterra decidieron limpiar el Caribe.
    Gobernadores como Woodes Rogers recibieron el encargo de erradicar a quienes antes habían servido a la corona.
    Muchos aceptaron indultos; otros acabaron en la horca, exhibidos en jaulas como advertencia.

    El mito sobrevivió porque necesitábamos romanticismo donde hubo violencia y comercio global en gestación.
    Y, como ocurre siempre, la piratería no desapareció: cambia de escenario.
    Hoy puede surgir frente a Somalia o en forma de ransomware.
    El objetivo sigue siendo el mismo: interceptar la riqueza en tránsito.

    Bajo la bandera negra no había libertad romántica, sino supervivencia, ambición y oportunidad.
    Esa es la verdad incómoda. 🏴‍☠️

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    #historia #piratas #edadmoderna #caribe #corsarios #bucaneros #filibusteros #barbanegra #francisdrake #henrymorgan

  5. :stargif: 𝑷𝒊𝒓𝒂𝒕𝒂𝒔: 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒕𝒆𝒏𝒕𝒆 𝒓𝒆𝒂𝒍 𝒚 𝒍𝒂 𝒉𝒐𝒓𝒄𝒂 :stargif:

    Cuando pensamos en piratas vemos parches, loros y cofres rebosantes.
    Esa imagen nace sobre todo de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, no del Caribe del siglo XVII.
    La realidad fue más áspera y política.

    Piratas y corsarios formaron parte del engranaje de un mundo en expansión.
    El corsario actuaba con patente firmada por su rey; el pirata, sin bandera legal.
    Pero la línea era fina.
    Para Inglaterra, Francis Drake fue un héroe; para España, un criminal.
    Lo mismo ocurrió con Henry Morgan, que saqueó Panamá y terminó siendo gobernador de Jamaica.
    En el tablero caribeño chocaban España, Inglaterra, Francia y las Provincias Unidas.
    La violencia era herramienta de Estado.

    Los bucaneros surgieron en La Española como cazadores que ahumaban carne en el “boucan”. Expulsados por autoridades españolas, se lanzaron al mar.
    Los filibusteros —del neerlandés vrijbuiter— operaban en costas y ciudades, a menudo bajo legalidad ambigua.
    Era un capitalismo feroz flotando sobre rutas de plata y azúcar.

    La llamada Edad de Oro de la Piratería (aprox. 1650-1730) produjo figuras como Barbanegra, temido por su teatralidad, y mujeres como Mary Read y Anne Bonny, que desafiaron un mundo brutal y masculino.

    Paradójicamente, muchos barcos piratas funcionaban con reglas internas avanzadas.
    Antes de zarpar firmaban los “Articles”, un código contractual.
    Elegían capitán por voto y podían destituirlo.
    El contramaestre actuaba como contrapeso del poder.
    El botín se repartía con relativa equidad: el capitán cobraba apenas dos o tres partes frente a la única parte del marinero.
    Existían indemnizaciones por heridas: perder un brazo o una pierna tenía compensación fijada.
    En contraste con las armadas reales, la brecha era mínima.
    Democracia práctica en un mundo de monarquías absolutas.

    La vida diaria, sin embargo, estaba lejos del mito.
    La dieta era una lucha contra el tiempo. El hardtack —galleta de mar— era un bloque infestado de gorgojos que se remojaba para poder morderlo.
    La carne en salazón adquiría tonos sospechosos.
    El escorbuto, por falta de vitamina C, hinchaba encías y abría heridas antiguas.
    El agua se corrompía y se mezclaba con ron para hacer grog.
    El mantenimiento del barco era constante: calafatear grietas, remendar velas, limpiar cubierta.
    El sueño llegaba en hamacas apretadas.
    La higiene era casi inexistente.

    En combate, el cirujano —a menudo barbero o cocinero— serraba miembros sin anestesia real, cauterizando con hierro al rojo.
    La infección mataba más que el sable.
    Los museos navales británicos conservan kits quirúrgicos que hoy resultan inquietantes.

    La justicia interna era fría.
    Las disputas estaban prohibidas a bordo; debían resolverse en tierra mediante duelo.
    El castigo habitual para la traición era el maronaje: abandono en una isla con una pistola y escasa pólvora.
    Caminar por la tabla pertenece más a la ficción que a la práctica documentada.
    El robo entre compañeros se castigaba con mutilaciones o expulsión: la lealtad económica era sagrada porque garantizaba la supervivencia colectiva.

    Tampoco todo era combate naval espectacular.
    Muchas capturas se lograban por intimidación: izar la bandera negra —o roja, señal de “sin cuartel”— bastaba para que un mercante se rindiera sin disparar.
    El terror era una estrategia racional que evitaba daños en el propio barco, el activo más valioso.

    El final llegó cuando dejaron de ser útiles.
    Con tratados de paz y armadas fortalecidas, potencias como Inglaterra decidieron limpiar el Caribe.
    Gobernadores como Woodes Rogers recibieron el encargo de erradicar a quienes antes habían servido a la corona.
    Muchos aceptaron indultos; otros acabaron en la horca, exhibidos en jaulas como advertencia.

    El mito sobrevivió porque necesitábamos romanticismo donde hubo violencia y comercio global en gestación.
    Y, como ocurre siempre, la piratería no desapareció: cambia de escenario.
    Hoy puede surgir frente a Somalia o en forma de ransomware.
    El objetivo sigue siendo el mismo: interceptar la riqueza en tránsito.

    Bajo la bandera negra no había libertad romántica, sino supervivencia, ambición y oportunidad.
    Esa es la verdad incómoda. 🏴‍☠️

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  6. #datocurioso

    ¿Sabían que el temible aspecto de #Barbanegra era más un truco psicológico que pura #MagiaNegra?

    Edward Teach, su nombre real, infundía terror no con hechizos, sino con una apariencia teatral. Antes de la batalla, se ataba mechas de cañón de combustión lenta a su barba y cabello trenzados. Estas mechas humeaban y ardían lentamente, envolviendo su cabeza en una nube de humo y un resplandor fantasmal, lo que, sumado a su imponente físico y múltiples pistolas, hacía creer a sus enemigos que estaban combatiendo contra una aparición demoníaca salida del infierno, digamos que una especie de pintura de guerra qué causa un impacto psicológico en el contrincante.

    Su "magia" era, de hecho, pólvora y superstición. La leyenda cuenta que tras su muerte, su cuerpo decapitado flotó varias veces alrededor de su barco, alimentando aún más esas historias de misticismo y vudú que él mismo cultivó en vida para aterrorizar a sus adversarios sin disparar un solo tiro.

    #Historia #Piratas #Barbanegra #Psicología

  7. ¡La historia del temible pirata Barbanegra... Pero contada por un testigo de excepción. La gata del barco. 🐱

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  8. ¡La historia del temible pirata Barbanegra... Pero contada por un testigo de excepción. La gata del barco. 🐱

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  10. Esta es una réplica a escala real de uno de los barcos piratas más formidables de la historia..... Barbanegra, "La venganza de la reina Ana".

    Originalmente el nombre del barco era La Concorde. Se construyó en Gran Bretaña en 1710, pero los franceses lo robaron dos años después, lo rebautizaron como "La Concorde de Nantes" y lo dedicarían al tráfico de esclavos.

    #piratas #barcos #barcopirata #barbanegra #lavenganzadelareinaana #laconcorde #laconcordedenantes #Fragata #esclavitud #JMS

  11. - ¡CAPITÁN!
    - Que pasa ahora, Gutiérrez...
    - QUE HOY ES EL ULTIMO DÍA DE PREVENTA DEL CÓMIC "LA GATA DE BARBANEGRA, CAPITÁN!

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  14. Estamos a solo 15 días para terminar la preventa de LA GATA DE BARBANEGRA. Un #cómic sobre la vida del famoso y despiadado pirata... desde el punto de vista de la gata del barco.

    ¿Quieres saber más? grafitoeditorial.com/comic/la- #pirata #Barbanegra #cómics #novelagrafica #ilustracion

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  17. Seguimos con la preventa de LA GATA DE BARNANEGRA. Aun hay 17 días para participar, regalamos un montón de cosas chulas con el cómic y el plan es mandarlo a vuestra casa en un mes.

    Nada mal ¿verdad?
    grafitoeditorial.com/comic/la- #cómic #pirata #gato #barbanegra

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    grafitoeditorial.com/comic/la- #cómic #pirata #gato #barbanegra @JoseFonollosa @ehtio

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    Nada mal ¿verdad?
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  21. "No hay lugar donde escapar... cuando tu buque esta siendo abordado por la tripulación de Barbanegra"

    grafitoeditorial.com/comic/la- #cómic #piratas #Barbanegra

  22. "No hay lugar donde escapar... cuando tu buque esta siendo abordado por la tripulación de Barbanegra"

    grafitoeditorial.com/comic/la- #cómic #piratas #Barbanegra

  23. ¿Cansado de un largo día de trabajo? ¿Solo quieres llegar a tu camarote, quitarte las botas y hacer mimos a tu gata?

    Ser #pirata es duro ¿verdad? Tranquilo, tenemos un cómic perfecto para la ocasión 😉 grafitoeditorial.com/comic/la- LA GATA DE BARBANEGRA. #cómic #Barbanegra