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  1. C2: Solo existen de noche

    La cafetería siempre parecía distinta después de las dos de la mañana. Durante las primeras horas de la noche el lugar estaba lleno de conversaciones cruzadas, risas cansadas, música suave saliendo desde el viejo tocadiscos cerca de la biblioteca y el sonido constante de tazas chocando sobre las mesas, pero conforme avanzaba la madrugada todo comenzaba a transformarse lentamente.
    Las voces bajaban de volumen, algunas personas se quedaban dormidas sobre los sillones, otras escribían en silencio junto a las ventanas empañadas y quienes permanecían despiertos empezaban a hablar de las cosas que normalmente solo podían existir en la oscuridad: miedo, amor, rechazo, identidad, culpa, soledad. Nico siempre decía que las personas dejaban caer la máscara cuando la ciudad dormía, y aunque lo repetía medio en broma mientras limpiaba mesas o preparaba café, en el fondo sabía que era verdad.

    Aquella noche la lluvia continuaba golpeando los cristales del último piso mientras Nico acomodaba tazas detrás de la barra intentando ignorar el dolor persistente en la espalda que llevaba semanas acompañándolo. Había trabajado demasiadas horas los últimos días y apenas dormía entre turnos, llamadas pendientes y problemas que seguía aplazando mentalmente porque no sabía cómo enfrentarlos sin desmoronarse un poco.
    Desde donde estaba podía observar a varias personas repartidas por el lugar: una pareja discutiendo bajito junto a la ventana, alguien leyendo acostado sobre el sillón grande del rincón y Elías, sentado cerca de la biblioteca hojeando distraídamente un libro que probablemente ni siquiera estaba leyendo realmente.

    Desde que había llegado unas horas antes apenas había hablado demasiado con los demás, aunque Nico reconocía perfectamente esa etapa inicial. La mayoría de las personas que aparecían por primera vez en la cafetería pasaban por algo parecido: al principio observaban todo con cautela, como si esperaran descubrir en cualquier momento que el lugar escondía alguna intención extraña, alguna condición secreta o algún juicio disfrazado de amabilidad. A muchos les tomaba tiempo aceptar que realmente podían existir ahí sin tener que justificar quiénes eran.

    —¿Vas a seguir limpiando la misma taza durante veinte minutos? —preguntó una voz desde el otro lado de la barra.

    Nico levantó la vista y encontró a Sam recargado frente al mostrador sosteniendo una bolsa de pan recién horneado bajo el brazo. Su cabello húmedo caía desordenado sobre la frente y tenía las mangas del abrigo dobladas hasta los codos, dejando ver los pequeños tatuajes que cubrían parte de sus brazos.

    —Estoy trabajando —respondió Nico sin demasiado entusiasmo.

    —Claro. Y yo soy una figura de autoridad emocional estable.

    Nico soltó una pequeña risa cansada mientras dejaba finalmente la taza en su lugar.

    Sam llevaba casi dos años apareciendo y desapareciendo de la cafetería como si el lugar funcionara más como puerto temporal que como hogar definitivo. Nunca daba demasiadas explicaciones sobre su vida fuera del edificio y nadie insistía demasiado en preguntarle. Algunas noches llegaba sonriente y hablador; otras desaparecía durante semanas enteras. Pero incluso en sus peores momentos siempre terminaba regresando con bolsas de pan para todos o flores robadas de algún sitio elegante de la ciudad.

    —¿Otra vez no dormiste? —preguntó Sam observándolo con más atención.

    —Dormí un poco.

    —Nico.

    —Bueno… no realmente.

    Sam dejó la bolsa sobre la barra y suspiró.

    —Te ves agotado.

    —Estoy bien.

    —Llevas diciendo eso desde hace meses.

    Nico evitó responder mientras comenzaba a acomodar los panes sobre una charola metálica. Había aprendido hacía mucho tiempo a sobrevivir minimizando su propio cansancio. Resultaba más sencillo enfocarse en los problemas ajenos que detenerse a pensar en los propios. Escuchar a alguien llorar por una ruptura, ayudar a una persona trans que acababa de ser expulsada de casa o acompañar a alguien durante una crisis emocional parecía mucho más manejable que enfrentar el vacío extraño que llevaba creciendo dentro de él desde hacía años.

    Sam lo observó en silencio unos segundos antes de hablar nuevamente.

    —¿Volviste a verlo?

    La pregunta llegó suave, casi casual, pero Nico sintió inmediatamente cómo el cuerpo se le tensaba.

    —No.

    —¿Te escribió?

    Nico tardó demasiado en responder.

    —Sí.

    Sam cerró los ojos lentamente, como alguien que ya conoce perfectamente el final de cierta historia incluso antes de escucharla completa.

    —¿Y ahora qué quiere?

    Nico soltó una risa amarga.

    —Lo mismo de siempre.

    No necesitaba explicar demasiado. Sam conocía esa situación casi desde el principio.

    Daniel aparecía en la vida de Nico exactamente igual que las tormentas: sin aviso, alterándolo todo y dejando caos emocional suficiente para durar semanas enteras. Se habían conocido años atrás durante una exposición artística organizada en otro centro cultural de la ciudad y desde entonces entraron en una relación intermitente, intensa y profundamente desgastante. Daniel era encantador cuando quería serlo. Inteligente, divertido, atento en los momentos correctos. El tipo de persona capaz de hacerte sentir especial con solo mirarte unos segundos más de lo normal. Pero también era alguien aterrorizado por la idea de vivir abiertamente como hombre bisexual.

    Nunca lo decía directamente, aunque tampoco hacía falta.

    Nico aprendió rápidamente las reglas invisibles de aquella relación: no tomarse de la mano en ciertos lugares, no subir fotografías juntos, no aparecer en reuniones familiares, no mencionar sentimientos demasiado profundos cuando había otras personas cerca. Daniel insistía en que necesitaba tiempo, que las cosas eran complicadas, que su trabajo, su familia y su entorno todavía no estaban preparados. Y Nico, enamorado y paciente hasta el agotamiento, pasó años intentando entender algo que lentamente comenzaba a destruirlo.

    Porque el problema nunca fue esperar.

    El problema era sentir que debía esconderse para merecer amor.

    —Te está consumiendo —dijo Sam en voz baja.

    —No quiero hablar de eso ahora.

    —Precisamente porque nunca quieres hablar es que sigues atrapado ahí.

    Nico guardó silencio.

    A unos metros, Elías observaba discretamente desde su mesa mientras fingía leer. Nico alcanzó a notarlo y cambió inmediatamente el gesto de su rostro, recuperando esa calma amable que usaba casi automáticamente frente a los demás.

    Era extraño cómo funcionaba aquello. Todos en la cafetería llegaban buscando un lugar seguro, pero incluso dentro del refugio seguían existiendo miedos imposibles de soltar completamente. Nico podía escuchar durante horas las historias más dolorosas de otras personas, acompañarlas, aconsejarlas y recordarles que merecían relaciones sanas, honestas y libres de vergüenza… mientras él mismo seguía atrapado en algo que lo hacía sentirse invisible.

    La contradicción lo perseguía constantemente.

    —¿Sabes qué es lo peor? —dijo de pronto mientras limpiaba la barra lentamente—. Que ni siquiera creo que Daniel sea una mala persona.

    Sam apoyó los brazos sobre el mostrador.

    —Eso no cambia el daño.

    Nico levantó la mirada.

    —Él realmente me quiere.

    —Sí. Pero hay personas que aman sinceramente y aun así terminan lastimando porque nunca aprendieron a aceptar quiénes son.

    Aquella frase quedó suspendida entre ambos varios segundos.

    En otra mesa alguien comenzó a reír fuerte por algo que acababa de escuchar y el sonido alivió momentáneamente la tensión del ambiente. Nico observó alrededor. A veces olvidaba lo extraño y hermoso que era aquel lugar. Personas completamente distintas encontrándose en el momento exacto donde más necesitaban dejar de sentirse solas. Había noches en que la cafetería parecía sostener emocionalmente a todos los que entraban, incluso a quienes juraban no necesitar ayuda.

    Elías seguía sentado junto a la biblioteca mirando distraídamente las notas pegadas sobre la pared principal. Nico recordó perfectamente la primera vez que él mismo llegó ahí muchos años atrás. También estaba perdido. También creía que debía cargar solo con todo. También pensaba que pedir ayuda era una forma de fracaso.

    Ahora era él quien preparaba bebidas calientes para desconocidos rotos por dentro.

    La vida tenía una manera extraña de girar sobre sí misma.

    —Oye —dijo Sam después de un rato—. ¿Alguna vez has pensado en qué pasaría si dejaras de esperar?

    Nico soltó una pequeña risa cansada.

    —¿Esperar qué?

    —A que alguien decida amarte públicamente.

    Aquella frase golpeó más fuerte de lo esperado.

    Porque en el fondo sabía la respuesta.

    Había pasado tanto tiempo adaptándose a los límites emocionales de Daniel que olvidó preguntarse cuáles eran sus propias necesidades. Se acostumbró a migajas disfrazadas de paciencia. A silencios disfrazados de prudencia. A esconder partes enteras de su vida para no incomodar a alguien más.

    Y aun así seguía justificándolo.

    Porque entender el dolor ajeno muchas veces hace más difícil reconocer el propio.

    Nico observó nuevamente a las personas alrededor. Algunos dormían tranquilos sobre los sillones mientras otros seguían conversando bajo las luces cálidas de la cafetería. Había algo profundamente humano en ese espacio improvisado, algo que iba más allá de simplemente compartir café o refugio. Allí todos estaban aprendiendo lentamente a existir sin pedir disculpas por ello.

    Y quizá ese era precisamente el problema.

    Que Nico había ayudado a demasiadas personas a sanar mientras ignoraba que él también merecía hacerlo.

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  2. La doble moral de la sociedad ante el sufrimiento invisible

    ⚠️ Advertencia: Este texto aborda temas sensibles relacionados con la salud mental y situaciones de crisis. Se recomienda discreción. ⚠️

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    Me he puesto a pensar en un caso que ocurrió aquí en Monterrey, donde vivo. Hace unos días, en pleno centro de la ciudad, una persona atentó contra su vida. Afortunadamente, varias personas intervinieron y le brindaron auxilio. Sin embargo, no puedo dejar de preguntarme: ¿qué pasará después, cuando las heridas físicas sanen? ¿Quién se preocupará por las heridas invisibles, esas que lo llevaron a tomar una decisión tan dura y solitaria?

    Muchos que lo ayudaron, probablemente lo hicieron movidos por la moralidad o tal vez por la incomodidad que genera presenciar un acto así. Y es que vivimos en una sociedad donde estos actos se ven como una “inmoralidad” o una muestra de “debilidad”. Sin embargo, rara vez se habla del abandono que precede a estas crisis. En lugar de tender la mano cuando alguien muestra señales de lucha emocional o dificultades, es común ver cómo la indiferencia o incluso la crueldad se apoderan de las interacciones.

    Estamos frente a una sociedad de doble moral. Esa misma que escucha en la iglesia que hay que ayudar al prójimo, pero que no duda en rechazar y humillar a quien necesita apoyo fuera de los templos. A veces basta que un conocido lejano pida ayuda para que la respuesta sea ofensiva, como si el simple hecho de necesitar algo ya fuera motivo de exclusión.

    Y así, con cada rechazo, con cada mirada que juzga y no comprende, empujamos a esas personas a un abismo silencioso. Nos gusta hablar de comunidad, de valores, de solidaridad, pero solo cuando las condiciones son «parejas». Si alguien no está en condiciones de ofrecer reciprocidad inmediata, se le despoja de su humanidad.

    Entonces, cuando vemos estos actos que tanto nos incomodan como sociedad, nos preguntamos: ¿cómo pudo llegar a eso? Y en el fondo, sabemos que es consecuencia de un entorno que capitaliza hasta las relaciones humanas.

    Me queda la duda: ¿realmente ayudamos a las personas a tener una vida digna después de esos momentos críticos? ¿O solo intervenimos porque no queremos que nos incomode la evidencia de lo rota que está la sociedad?

    #Ayuda #CrisisEmocional #DobleMoral #monterrey #SaludMental #sociedad

  3. Angustia

    ⏱️ Tiempo estimado de lectura: 12 minutos y 50 segundos.

    Es uno de los sentimientos, de las emociones más crueles que el ser humano pueda llegar a sentir. Porque la angustia, se nutre del resto de las emociones negativas para crecer. Y a veces, se hace tan grande, que se vuelve incontrolable. Es como hacer un licuado. Sí, no va a ser la última vez que use esta metáfora, porque la vida en sí, es la mezcla de muchas cosas, que se ponen en un aparato que las tritura, y de todo eso, hace una sola cosa. En este caso, el producto final, está hecho de muchos otros sentimientos. Odio, amor, miedo, desconfianza, decepción, bronca, rencor, tristeza, entre tantos otros. De algunos, dependiendo del caso, puede tener un poco más, y de otros, un poco menos. Es más, no siempre son los mismos. Puede que haya alguno o algunos, que no estén.

    No es solo esto lo que hace a la angustia tan cruel. Hay mucho más. Porque la angustia, a diferencia del resto de los sentimientos, nunca se apaga del todo. El rencor puede irse. El odio, ir disipándose. El amor, caer en el olvido. Pero ella, sigue ahí. Sigue ahí, porque aunque todo se vaya yendo de a poco, la razón principal por la que nos angustiamos, está tan arraigada en nuestra mente, como el primer día. Y puede durar días, semanas, meses, años. Si no sabemos manejarla, contrarrestarla, y en definitiva, superarla y dejarla atrás, nos destruye. Porque ese es su cometido. Ir destruyéndonos de a poco, hasta que de nosotros, solo quede la nada misma.

    Mi Angustia

    Son las 3 de la mañana, o tal vez un poco más, no lo sé, no estoy segura. No me quiero levantar a fijarme la hora, no tengo ganas. Intenté de todo. Dejar de pensar, practicar reiki, meditación, escuchar música, leer un libro, todo. Y nada funciona. De niña aprendí a llorar en silencio. Cuando no podía contarle a nadie que quería ser una niña, una mujer, lloraba. Y lloraba despacio, muy despacio, sin ruido. Para que nadie me escuche. Pero las lágrimas caían sobre mi almohada. Siempre caen, siempre quedan. Pero el llanto, no se oye, nunca se oye. Es como la metáfora del árbol y el bosque. Si el llanto no se escucha, no existe, no está, no importa, no vale, no sirve de nada. Aún así, si se escucha, muchas veces, tampoco sirve. Pero el llanto es una calma para el cuerpo, para el alma, para la mente, y para el espíritu. O eso creo yo. Una vez lloramos, podemos descargar todo eso que llevamos dentro. Ya sea alegría, felicidad, o… tristeza, angustia, como en este caso. Las lágrimas se lavan con el agua, se van. Pero el llanto, también queda dentro nuestro. Y ese llanto que queda dentro, también es difícil de superar.

    Las horas continúan pasando. La noche no se detiene, se hace día de nuevo. Y la marcha inexorable del tiempo, me recuerda que no dormí nada, y que tengo que levantarme. Que tengo que empezar de nuevo, sin siquiera haber terminado. Que tengo que seguir, sin siquiera haber descansado. Que a pesar de que yo no puedo hacerlo, el mundo, la vida, la gente, las cosas, todo tiene que continuar. Y me cuesta mucho darme cuenta de que tengo que hacer lo mismo.

    Soy un software. Yo misma me programo para seguir órdenes, ritmos, actividades, para hacer cosas. Para no detenerme. Y claro, yo sé de eso, de programar, de hacer que las aplicaciones hagan lo que necesito que hagan. Para eso me programé. Para hacer lo que necesito hacer, ni nada más ni nada menos. Para seguir una lógica. Un conjunto de instrucciones predeterminadas, que logran que las cosas, salgan relativamente bien. Y funciona. Para todo lo demás, funciona. Pero para mi mente, no.

    Me duele la cabeza, la panza; Todos los días. Voy al médico. El diagnóstico, al fin, al momento de publicar esta entrada, ya lo sé. Celiaquía. Pero es el estrés, el que hace que se agrave la enfermedad. Quedarme despierta, no sirve, porque al día siguiente tengo sueño. Empiezo a tomar té de tilo, y ahora sí, puedo dormir. Pero dormir, tampoco sirve. Porque cuando duermo, duermo mal, tengo pesadillas. Y me despierto más asustada y cansada que antes. A veces me despierto a la madrugada y lloro, no puedo evitarlo. No puedo evitar pensar, recordar, intentar entender el por qué de todo. Los recuerdos, la tortura constante de lo que me acontece, es como un puñal que vuelve a clavarse una y otra y otra vez, en mi mente, en mi alma, un alma, que al menos por ahora, está rota. Y que necesita sanar.

    Intento hablar, y no puedo. No me sale explicar cosas que ni yo misma puedo entender. Me ha pasado muchas veces. Esta, es una más de ellas. Intento escribir. Estas líneas y las anteriores, van formando una secuencia que me ayuda a sacar afuera lo que llevo dentro, aunque nadie entienda realmente de qué se trata. Y como dije, no puedo hablar. Solo llorar, escribir, intentar soñar, intentar dormir bien, intentar no despertarme a la madrugada, intentar buscar soluciones. Explorar todas las variables posibles en esta aplicación de la vida. Una aplicación que, aunque creas que podés planificarla, programarla de alguna forma, al parecer, no es solo una cuestión de voluntad. Es mucho más que eso. Y es muy difícil darte cuenta de que, aunque creas tener el control de todo, hay muchísimas cosas que se te van a escapar. Porque no todo depende de vos, de mí, ,de cualquier otra persona. Depende de muchas más cosas, de muchísimos factores externos.

    Intento llevar un diario. Con fechas, situaciones, ideas, cosas que se me ocurren, etc. Me sirve. Me ayuda a tratar de, si bien ya sé que tengo el control de muy pocas cosas, por lo menos intentar tenerlo sobre mí misma. Es bueno, es sanador, es desestresante, de alguna forma. Pero a la noche, siempre a la noche, me encuentro sola. Con mi mente, mis fantasmas. Una mezcla horrible de sucesos reales, con otros que jamás ocurrieron, con otros que podrían ocurrir, y otros que jamás tal vez ocurrirán. ¿O sí? No lo sé, ya no lo sé. Ya no estoy segura de nada.

    Me siento una estúpida. Por confiar tanto en las personas, toda mi vida. Por creer que el mundo está lleno de buenas personas. Por pensar que, por ser discapacitada no iban a querer lastimarme. Que error, que grave error. Durante toda mi vida confié demasiado. Y no debería haberlo hecho.

    —No te digas estúpida. Porque si te lo repetís mucho, te lo vas a creer. No fuiste estúpida, fuiste ingenua. Confiaste en las personas equivocadas. Y por eso te pasó lo que sea que te haya pasado. Pero podés salir de eso, aprender. Es lo que tenés que hacer, para que no vuelva a pasarte. Y vengarte. Sí, pagarles con la misma moneda, a aquellos que te hicieron daño. O si podés, mucho peor. Dejarlos tan destruidos hasta que no quede ni un despojo de esas personas. —Me dijo una persona a la que solo pude contarle que traicionaron mi confianza, esta vez, por última vez. ¿Quiero? ¿Puedo? ¿Debo? Siguen siendo las preguntas esenciales que tengo que hacerme.

    Continúo preguntándome: ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Por qué yo? Realmente, no creo merecerlo. No creo ser tan mala persona como para tener que sufrir tanto. Sinceramente, no lo entiendo, no puedo terminar de entenderlo. A veces creo que nunca lo voy a entender.

    —Lo que pasa es que vos pensás que todo el mundo es bueno. Y lamentablemente, está muy lleno de gente de mierda. Gente egoísta que no mira más allá de su propio ombligo. Y es horrible. Pero es así. Y tenés que aprender a no confiar. Lamentablemente también, a las personas más buenas, les pasan las peores cosas. Es así, es el karma de la vida, —me dijo una persona cercana a mí.

    Lo intento cuando me ducho. Me quedo bajo el agua durante largos ratos, esperando que todo lo malo se vaya. Intento rituales de sanación espiritual, meditación, técnicas de respiración y relajación. Lo intento todo. Y todo sirve, me ayuda a ir saliendo de a poco. Pero a veces, no puedo. Me inventé un mantra. Empiezo a contar, cada vez que subo y que bajo, que me levanto y vuelvo a caer: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. Ni un número más. ninguno. Solo hasta ahí. Y vuelvo a repetir: 0, 1, 2, 3. 0, 1, 2, 3. A continuación, una pregunta inocente, pequeña, infantil, perturba mi mente. Y la respuesta, no me gusta para nada.

    —¿Qué poder te gustaría tener?

    —Volar, —respondo inmediatamente.

    —No, pero dejame terminar la frase. ¿El fuego, o el hielo?

    —El fuego, como los dragones.

    —Y pero te gusta Frozen. ¿No te gustaría tener el poder del hielo?

    —Sí, me gusta Frozen, pero no quiere decir que me guste su poder. Me gusta el fuego, y volar. Porque me gustan los dragones. Y los dragones, vuelan y escupen fuego.

    Sí, me gustaría ser una dragona. Grande, majestuosa, poderosa. Mirar a la luna llena un día y convertirme en una. Así nadie jamás se burlaría de mí. Nadie más me traicionaría, nadie más se reiría en mi cara, nunca más. Volar y escupir fuego a todo aquel que se atreva a intentar tomarme por estúpida. A todo aquel que se atreva a intentar tomarme el pelo, a jugar conmigo. Esa sería mi venganza perfecta. Ese sería mi daño, mi poder. La mayor expresión de mi ira. Pero eso no existe más que en mi imaginación. Y ahí se queda, ahí termina. Ahí encuentra su punto final. ¿Entonces, qué hago? ¿Qué puedo, quiero, o debo hacer? No tengo respuestas para eso.

    No me importa qué digan de mí, no me importa lo que piensen. No me importa que crean que me estoy victimizando. No importa si piensan que estoy exagerando. Ya no me importa. Solo me importa lo que pienso, lo que siento en estos momentos. Estoy enojada conmigo, con el mundo, con la vida. Estoy… Sí, angustiada. Muy angustiada. Quiero llorar, gritar, hacer estallar todo en este preciso instante. Siempre traté de brindarme a los demás, sin intentar recibir nada a cambio. Pero hubo quienes se aprovecharon de mi bondad, de mi ingenuidad, y por último, de mi confianza. Por eso, ya nada ni nadie me importa. Solo, la gente que sé que realmente me quiere, y a la que sé que realmente le importo.

    Salgo. Me junto con amigas. 0, 1, 2, 3 veces. Las veces que lo necesite. Salgo a pasear, visito a familiares. Voy a la plaza. Camino, camino mucho. Voy hacia ninguna parte, a la nada misma. Mi cuerpo sabe hacia donde tiene que ir, qué tiene que hacer. Pero mi mente, al menos por un rato, lo olvida. Solo salgo, y camino. Las voces, los ruidos de los autos, colectivos, motos, camiones, bicicletas, todo me distrae, me lleva hacia otro lado. Los perros, los chicos, todo me transporta. Continúo caminando. El sol en mi cara, alumbrándome como diciéndome: «hola, estoy acá. No estás sola. Siempre voy a estar para acompañarte, a menos que sea de noche, o esté nublado. Si es de noche, vas a tener a tu luna, a tu querida y tan adorada luna». Me saca una leve sonrisa. El viento me empuja hacia atrás, como queriéndose llevar la parte baja de mi vestido, mi cartera, y a mí misma. Pero por un tiempo, logra llevarse todo lo malo, lo negativo. Sé que, como en los casos anteriores, solo van a ser momentos de pequeña paz, antes de que mi mente, caiga en sus propias guerras. Pero eso, al menos por ahora, me sirve, me alcanza. Funciona. Quisiera quedarme así, en calma, en paz. Ya no tener que pensar en nada más que solo el ruido, y mi mente en blanco, o diciéndome: «vos podés, dale que vos podés. Pudiste con mucho. Esto no tiene que ser la excepción. Tenés que salir adelante, tenés que seguir. Porque sos fuerte, sos valiente. Solo tenés que dejar todo eso atrás, y seguir adelante». Sí, dale, cuando vos quieras che. Posta que es re fácil genia. Sos re grosa conciencia, e. Calladita te ves más bonita. ¿Nunca te dijeron eso? Bueno, vos fijate que es así loca. No puedo. Lo intento, y muchas veces siento que no puedo. Intento que mi mente quede en blanco de nuevo. Continúo caminando. Despacio, muy despacio. Sé que quienes me vieran, no me reconocerían, no sabrían que soy yo.

    Estoy a punto de cruzar una calle. Faltan unos metros para llegar a la esquina. Un señor grande se me acerca y me pregunta:

    —¿Disculpame, vas a cruzar nena?

    —Sí, —le respondo.

    Llego a la esquina. él se acerca despacio. Lo tomo del hombro. Esperamos que los autos pasen para poder cruzar…

    —Hace rato que no te veía, que no nos encontrábamos. —Me dice. Ahí, le reconozco la voz.

    —¿Como andás? Estás muy linda. Me alegro muchísimo que estés así. Que puedas ser feliz. Me alegro mucho, enserio. De todo corazón. —Me dice. Y sé que no lo dice con malicia, ni con ningún otro tipo de mala intención.

    Recuerdo nuestras charlas, sus luchas, la marcha a la que fuimos. Las historias compartidas, y lo que no me animé a contarle. Lo que ahora él, se dio cuenta. El cambio que vio en mí. Fue hace ya un largo tiempo cuando nos conocimos, y cuando nos vimos por última vez… Vamos cruzando la calle despacio, muy despacio, a su ritmo. Los autos y colectivos esperan pacientes a que terminemos de pasar.

    —Muchísimas gracias. —Le respondo—. Realmente me hace muy bien todo lo que me está diciendo. Mis luchas se están poniendo complicadas, pero ya tengo mi DNI, y ese sé que es un enorme logro.

    —De nada chiquita, no tenés nada que agradecer. Las luchas son complicadas, pero siempre hay una luz al final del túnel. Te lo dice un sobreviviente, vos sabés… Bueno, te dejo. ¿De acá ya podés seguir solita?

    —Sí, —le respondo—. ¡Muchas gracias de nuevo!

    Tal vez sí, tal vez es así. Tal vez, solo tenemos que dejar pasar el tiempo, y esperar a que las cosas se vayan acomodando, para que de una vez por todas, empecemos a sanar. A dejar todo lo malo atrás. Pero, no podemos hacerlo solos, él, tampoco pudo. Y ahí, es donde también están las personas que quieren vernos bien, a las que les importamos. Y además, las personitas más importantes de este mundo para mí. Esas personitas especiales sin las que, todas las luchas, metas y objetivos, no tendrían el mismo significado, no serían iguales. Tal vez, como dice mi hermano, encontramos esas respuestas, caminando por la calle. tal vez, en realidad, solo encontramos, más preguntas. Tal vez, aunque vayamos y vengamos, siempre terminamos en el mismo lugar…

    Matías Barberis: «El mismo lugar».

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