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El proyecto de su vida
“Nada mejor que una sala con olor a café quemado y alfombras viejas para un Mercado de Cine”, piensa Mario. Es un hombre de unos cuarenta y pico con la barba rala y descuidada. Usa pantalón de jean y una camisa negra, con las mangas arremangadas. Lucía, la hija que tuvo con una expareja hace doce años, está sentada a su lado en un banco largo de acero cerca de dos ascensores.
Ella, delgada, mira hacia el techo, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos entrecerrados. Está disfrazada con un vestido estilo victoriano grisáceo y raído, y maquillada de un tono ceniciento, con ojeras moradas que resaltan sus ojos cubiertos por lentes de contacto blancos. En el lado izquierdo de la cara, un parche de látex translúcido simula carne ausente: deja entrever la piel rosada y viva debajo, como si el hueso de la mejilla la empujara. Unos dientes postizos asoman entre las grietas del látex. Parece un zombi cansado del mundo, un fantasma atrapado en un cuerpo que sigue respirando.
Delante de ellos cruzan la sala varias personas con credenciales colgando del cuello. Mario esconde la suya bajo la camisa, que le queda un poco grande. Mira las mesas redondas altas con taburetes que hay en un sector de la sala. Hay reuniones de dos o tres personas. Él no tiene ninguna reunión. No queda mucho tiempo para encontrar un inversor para su película.
Es de terror, por supuesto. Pero si le preguntan, él diría que no es una película de terror como las demás. Los pocos que leyeron el guion opinaron que desbordaba el género y se acercaba al cine de autor en su forma más visceral. Había visto tanto cine, de todos los géneros y países, que eso se notaba.
Lleva en el bolsillo de la camisa un papel con la cifra exacta del presupuesto en dólares, para no olvidarla. Es pésimo con los números. Fue asistente de dirección durante muchos años, pero lo dejó para dedicarse a su proyecto. Noches enteras escribiendo el guion hasta que los ojos le picaban. Las películas en las que trabajó como asistente de dirección eran bastante malas. La suya es el proyecto de su vida. Sacrificó casi todo por eso. Sus relaciones amorosas, sobre todo.
Lucía está tan aburrida que, en protesta, cierra los ojos, como si estuviera más muerta de lo que parece. Esconde sus manos entre las piernas para ocultar las prótesis de uñas largas y sucias. Las mangas cortas y acampanadas del vestido dejan ver sus brazos flacos manchados de sangre, una mezcla de glicerina y colorante rojo que ella misma preparó. El parche de la mejilla le tira la piel; cada vez que respira siente que su piel se le abre de verdad.
Molesta, abre los ojos. Escucha pasos apresurados. «Es ese actor tan conocido. Por lo menos en el ambiente del terror pedorro», le dice su padre, dándole un codazo. Ella ni abre la boca. “Y esos dos son productores. Hicieron una pasable. Vamos”. Mario la toma del brazo y la lleva hasta el medio del salón.
Se para frente a los productores. Habla rápido sobre su proyecto y señala a su hija para que aprecien la caracterización. Uno de los productores, alto y fornido, con campera de jean, se suelta la colita; el pelo castaño teñido le cae hasta los hombros antes de atárselo otra vez, más tirante. El otro, de traje, rechoncho y bajo, frunce los labios y se rasca la barba del cuello como si le picara. Mario eleva la voz.
“Un zombi fantasma. No es ni la típica fantasma gótica, ni el muerto come cerebros. Está viva, pero parece un espectro.”
El productor que no se quita las manos de la barba sonríe de costado y dice: «High concept».
El de la colita se agacha un poco y levanta los puños para que Lucía los choque. Ella, muy en su papel, inclina la cabeza de a tercios, como si tuviera un mecanismo defectuoso en el cuello, y lo mira con la frente contraída, rechazando ese gesto amistoso. Luego los productores se van. Mario baja los hombros.
Vuelven a sentarse en el banco. Lucía cierra los ojos. Los lentes de contacto le dan la sensación de que sus ojos se están pudriendo debajo de sus párpados. Dos mujeres, una con anteojos de carey y la otra con una tablet en la mano de la que no saca la mirada, caminan hacia los ascensores. Mario le da a Lucía un golpecito en la espalda para que levante el cuerpo y les dirija una mirada aterradora. Las mujeres se detienen delante de un ascensor. Para ellas, Lucía, acorde a su personaje, parece no existir.
Una camarera ofrece café. Lucía no quiere. «Es una niña», dice Mario. «Los niños no toman café solo». Mario le promete comprarle un Frapuccino Caramel tamaño Venti en el Starbucks de la vuelta del predio.
Un tipo alto, con un reloj dorado, viene caminando por el pasillo, moviendo los brazos ampliamente, como si el lugar fuera suyo. Mario le da un golpecito en la nuca a Lucía. “El presidente del instituto. Es un pelotuuudo”. Mario levanta la cabeza y la baja lentamente, como si le ofreciera al tal presidente una reverencia japonesa. El hombre les sonríe. Lucía mira a su padre con sus ojos blancos, que parecen más grandes, y habla susurrando.
«No vas a conseguir nada con esto”.
«¿Vos qué sabés de marketing?»
«Vos tampoco sabés nada, papá».
«Tenemos que captar su atención».
«Estás loco. Mamá siempre decía eso… y tenía razón».
Mario está confundido.
«Yo no me crié como vos en una cuna de oro».
«En un ataúd de oro, podrías decir».
«Solo tuve dos juguetes en mi vida. Uno estaba roto. Vos tenés un iPad».
«Uno viejo».
«Cerrá la boca, por Dios. Te pagué un buen colegio».
«Pero ahora voy a uno barato».
Mario cierra los ojos, afligido.
«Es solo por un tiempo. En cuanto salga adelante con este proyecto, vas a ir a uno mejor. Lo tengo todo planificado. Por ahora, apreciá lo que tenés”.
Lucía aprieta los dientes y le clava la mirada.
«¿Preferís volver a vivir con tu madre?»
Lucía entrecierra los ojos y frunce la frente.
«¡Violento!»
«¿Qué?»
«Ella dice que sos violento. Pasivo-agresivo».
Mario baja los ojos.
Los lentes de contacto de Lucía se humedecen. La luz forma un arcoíris en sus ojos blancos. Mario la mira.
«¿Estás cómoda con esos lentes?»
Lucía vuelve a entrecerrar los ojos.
«Sos tan egoísta».
«Poné cara de mala, como si estuvieras resentida. Viene el productor de La casa que nadie quiere comprar»
«¡No! No soy un payaso».
«Entonces olvidate del frapuchino. Sos un zombi, no un payaso trillado. ¿Ves esa serie vieja todos los días y no sabés cómo se ve un zombi?»
«La serie no es solo sobre zombis.»
«Tampoco mi película. Sos el fantasma de un zombi».
«Bueno, alguien te está mirando, Sr. Marketing».
Una mujer morena, de veintitantos, pelo castaño ondulado y ojos grandes y claros, y un treintañero de mandíbula cuadrada, traje y boina, miran de reojo a Mario, que se pone colorado y contiene la respiración. Mira al frente; las imágenes que ve no pertenecen al presente. Suspira. Lucía niega con la cabeza.
«¿Estás llorando por esa trola?»
«Éramos como una familia otra vez, Lucía. Era mi compañera. Trabajábamos juntos. Veíamos películas juntos y después las discutíamos. No sabés qué lindo que era».
«Sí, también dormías con ella. Se duchaban juntos. ¿Y qué? Ella no era lo que vos pensabas».
«¿Qué sabés vos de eso?».
«Fui a terapia, ¿no te acordás? Al principio yo también la extrañaba. Pero era demasiado joven para vos, papá».
«¿La extrañabas?».
«Antes. Ya no».
Lucía levanta la cabeza y mira más allá de un grupo de hombres de traje, con vasitos de plástico humeantes en la mano. Parece tener clavada la mirada en el río al que da el ventanal. Ni el padre ni la hija están en el lugar en el que parecen estar.
«Pero ella no es lo que creés. Vos ponías las películas. Si fuera por ella no miraba nada. Lo que te gustaba tanto de ella sos vos mismo. Eras vos solo en esa relación, papá».
“¿Eso te lo hizo ver el terapeuta?»
«Es lo mismo. Yo también lo pensé».
Mario inspira y saca pecho.
«Esperame».
«¡Papá!»
Mario se levanta y camina hacia la mujer morena y el treintañero de boina. Lucía observa con los ojos blancos tan abiertos como puede.
Mario le grita algo a la joven morena. Lucía escucha:
“No tenés corazón. Todo por este impresentable. No ves que está disfrazado de director de cine.”
El hombre de boina empuja a Mario. Mario levanta el puño. El hombre le pega una trompada. Mario se le arroja a la cintura y lo derriba. Ruedan por el piso, intentando golpearse. Dos empleados los separan. A Mario le sangra la nariz.
Lucía no sabe qué hacer. El hombre levanta los puños y mueve la cabeza como si fuera un péndulo. Mario lo señala con el dedo. Los dos productores, el de colita y el de barba, aparecen y avanzan hacia Mario, con caras amenazantes y las manos en alto. Lucía corre y se interpone entre Mario y los tres hombres. Baja la cabeza. El pelo le cubre la cara. Entre los mechones, sus ojos blancos parecen amenazantes.
«¡No huyan más de mí! Ustedes, que creen que estamos muertas. No somos zombis, humanos bobos, vinimos de otro planeta, uno mejor que este, y nacimos así. Entre nosotras somos todas hermosas, pero en la Tierra, este lugar espantoso, nos ven con esos ojos podridos que tienen y nos quieren cortar la cabeza. Se pudren día a día. No son como nosotras que estamos siempre igual. Cuando los miramos, nuestro tiempo corre como cuando adelantan sus estúpidas películas con el control remoto, y se transforman en muñecos de cera derritiéndose al sol».
Lucía gira la cabeza de golpe y mira a la mujer morena de ojos claros, que está parada con los brazos en jarra a un costado.
«Nuestra cabeza está llena de atardeceres luminosos, de praderas de hielo y lagos de color púrpura. Creyeron que era la muerta de la casa, un fantasma podrido, pero solo soy… diferente».
Cuando termina de hablar hay un círculo de mujeres y hombres alrededor. Algunos aplauden con las manos flácidas. La mujer con la tablet en la mano le susurra a la de anteojos de carey: puro woke.
Mario va hacia el bar para limpiarse la nariz con servilletas. La mujer morena y el treintañero se alejan rápidamente hacia un pasillo, tomados de las manos. Desde la mesada del bar, Mario sonríe —aunque le sigue sangrando la nariz— cuando ve que los productores vuelven a acercarse a Lucía.
Hace un bollo con las servilletas manchadas de sangre y se las guarda en el bolsillo del pantalón. Lucía inclina la cabeza, dobla las rodillas y estira los brazos lánguidos. El torso le bambolea. Parece algo que no pertenece a ningún mundo. Mario se acerca rápidamente y se detiene con el pecho inflado.
«Es Lucía, mi hija. ¿Escucharon el diálogo? Eso no es nada. Ella se adelantó un poco. Pero la gracia es ver en la película cómo se llega a ese momento… Estoy seguro de que nunca vieron un fantasma de un zombi de otro planeta».
Los productores no responden. La miran a Lucía con una mezcla de ternura y repulsión. Luego lo miran a Mario con lástima y se van. Mario vuelve al banco. Lucía lo alcanza lentamente, como si arrastrara los pies, todavía metida en su papel. En la sala, se escucha un cuchicheo creciente. Lucía se sienta. Mira hacia delante con la espalda erguida, el cuello en alto y los labios apretados. Inspira hondo. Tiene algo de sudor en la frente. Se lleva las manos a la cara y se quita los lentes de contacto blancos. Quedan, como dos lágrimas exageradas, en los dedos índices, que apoya con las palmas hacia arriba sobre las piernas. Las cabezas de algunos de los asistentes al mercado de cine giran hacia ella.
Suspira. Sus ojos son azulados. Profundamente azulados.
por Adrián Fares
Gracias por llegar hasta acá.
Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: adrianfares.substack.com
#adrianGastonFares #comedia #cuento #drama #dramaFamiliar #ficción #filmMarket #humorNegro #Literatura #mercadoDeCine #niñaDisfrazadaDeZombie #padreEHija #zombi -
El proyecto de su vida
“Nada mejor que una sala con olor a café quemado y alfombras viejas para un Mercado de Cine”, piensa Mario. Es un hombre de unos cuarenta y pico con la barba rala y descuidada. Usa pantalón de jean y una camisa negra, con las mangas arremangadas. Lucía, la hija que tuvo con una expareja hace doce años, está sentada a su lado en un banco largo de acero cerca de dos ascensores.
Ella, delgada, mira hacia el techo, con la cabeza apoyada contra la pared y los ojos entrecerrados. Está disfrazada con un vestido estilo victoriano grisáceo y raído, y maquillada de un tono ceniciento, con ojeras moradas que resaltan sus ojos cubiertos por lentes de contacto blancos. En el lado izquierdo de la cara, un parche de látex translúcido simula carne ausente: deja entrever la piel rosada y viva debajo, como si el hueso de la mejilla la empujara. Unos dientes postizos asoman entre las grietas del látex. Parece un zombi cansado del mundo, un fantasma atrapado en un cuerpo que sigue respirando.
Delante de ellos cruzan la sala varias personas con credenciales colgando del cuello. Mario esconde la suya bajo la camisa, que le queda un poco grande. Mira las mesas redondas altas con taburetes que hay en un sector de la sala. Hay reuniones de dos o tres personas. Él no tiene ninguna reunión. No queda mucho tiempo para encontrar un inversor para su película.
Es de terror, por supuesto. Pero si le preguntan, él diría que no es una película de terror como las demás. Los pocos que leyeron el guion opinaron que desbordaba el género y se acercaba al cine de autor en su forma más visceral. Había visto tanto cine, de todos los géneros y países, que eso se notaba.
Lleva en el bolsillo de la camisa un papel con la cifra exacta del presupuesto en dólares, para no olvidarla. Es pésimo con los números. Fue asistente de dirección durante muchos años, pero lo dejó para dedicarse a su proyecto. Noches enteras escribiendo el guion hasta que los ojos le picaban. Las películas en las que trabajó como asistente de dirección eran bastante malas. La suya es el proyecto de su vida. Sacrificó casi todo por eso. Sus relaciones amorosas, sobre todo.
Lucía está tan aburrida que, en protesta, cierra los ojos, como si estuviera más muerta de lo que parece. Esconde sus manos entre las piernas para ocultar las prótesis de uñas largas y sucias. Las mangas cortas y acampanadas del vestido dejan ver sus brazos flacos manchados de sangre, una mezcla de glicerina y colorante rojo que ella misma preparó. El parche de la mejilla le tira la piel; cada vez que respira siente que su piel se le abre de verdad.
Molesta, abre los ojos. Escucha pasos apresurados. «Es ese actor tan conocido. Por lo menos en el ambiente del terror pedorro», le dice su padre, dándole un codazo. Ella ni abre la boca. “Y esos dos son productores. Hicieron una pasable. Vamos”. Mario la toma del brazo y la lleva hasta el medio del salón.
Se para frente a los productores. Habla rápido sobre su proyecto y señala a su hija para que aprecien la caracterización. Uno de los productores, alto y fornido, con campera de jean, se suelta la colita; el pelo castaño teñido le cae hasta los hombros antes de atárselo otra vez, más tirante. El otro, de traje, rechoncho y bajo, frunce los labios y se rasca la barba del cuello como si le picara. Mario eleva la voz.
“Un zombi fantasma. No es ni la típica fantasma gótica, ni el muerto come cerebros. Está viva, pero parece un espectro.”
El productor que no se quita las manos de la barba sonríe de costado y dice: «High concept».
El de la colita se agacha un poco y levanta los puños para que Lucía los choque. Ella, muy en su papel, inclina la cabeza de a tercios, como si tuviera un mecanismo defectuoso en el cuello, y lo mira con la frente contraída, rechazando ese gesto amistoso. Luego los productores se van. Mario baja los hombros.
Vuelven a sentarse en el banco. Lucía cierra los ojos. Los lentes de contacto le dan la sensación de que sus ojos se están pudriendo debajo de sus párpados. Dos mujeres, una con anteojos de carey y la otra con una tablet en la mano de la que no saca la mirada, caminan hacia los ascensores. Mario le da a Lucía un golpecito en la espalda para que levante el cuerpo y les dirija una mirada aterradora. Las mujeres se detienen delante de un ascensor. Para ellas, Lucía, acorde a su personaje, parece no existir.
Una camarera ofrece café. Lucía no quiere. «Es una niña», dice Mario. «Los niños no toman café solo». Mario le promete comprarle un Frapuccino Caramel tamaño Venti en el Starbucks de la vuelta del predio.
Un tipo alto, con un reloj dorado, viene caminando por el pasillo, moviendo los brazos ampliamente, como si el lugar fuera suyo. Mario le da un golpecito en la nuca a Lucía. “El presidente del instituto. Es un pelotuuudo”. Mario levanta la cabeza y la baja lentamente, como si le ofreciera al tal presidente una reverencia japonesa. El hombre les sonríe. Lucía mira a su padre con sus ojos blancos, que parecen más grandes, y habla susurrando.
«No vas a conseguir nada con esto”.
«¿Vos qué sabés de marketing?»
«Vos tampoco sabés nada, papá».
«Tenemos que captar su atención».
«Estás loco. Mamá siempre decía eso… y tenía razón».
Mario está confundido.
«Yo no me crié como vos en una cuna de oro».
«En un ataúd de oro, podrías decir».
«Solo tuve dos juguetes en mi vida. Uno estaba roto. Vos tenés un iPad».
«Uno viejo».
«Cerrá la boca, por Dios. Te pagué un buen colegio».
«Pero ahora voy a uno barato».
Mario cierra los ojos, afligido.
«Es solo por un tiempo. En cuanto salga adelante con este proyecto, vas a ir a uno mejor. Lo tengo todo planificado. Por ahora, apreciá lo que tenés”.
Lucía aprieta los dientes y le clava la mirada.
«¿Preferís volver a vivir con tu madre?»
Lucía entrecierra los ojos y frunce la frente.
«¡Violento!»
«¿Qué?»
«Ella dice que sos violento. Pasivo-agresivo».
Mario baja los ojos.
Los lentes de contacto de Lucía se humedecen. La luz forma un arcoíris en sus ojos blancos. Mario la mira.
«¿Estás cómoda con esos lentes?»
Lucía vuelve a entrecerrar los ojos.
«Sos tan egoísta».
«Poné cara de mala, como si estuvieras resentida. Viene el productor de La casa que nadie quiere comprar»
«¡No! No soy un payaso».
«Entonces olvidate del frapuchino. Sos un zombi, no un payaso trillado. ¿Ves esa serie vieja todos los días y no sabés cómo se ve un zombi?»
«La serie no es solo sobre zombis.»
«Tampoco mi película. Sos el fantasma de un zombi».
«Bueno, alguien te está mirando, Sr. Marketing».
Una mujer morena, de veintitantos, pelo castaño ondulado y ojos grandes y claros, y un treintañero de mandíbula cuadrada, traje y boina, miran de reojo a Mario, que se pone colorado y contiene la respiración. Mira al frente; las imágenes que ve no pertenecen al presente. Suspira. Lucía niega con la cabeza.
«¿Estás llorando por esa trola?»
«Éramos como una familia otra vez, Lucía. Era mi compañera. Trabajábamos juntos. Veíamos películas juntos y después las discutíamos. No sabés qué lindo que era».
«Sí, también dormías con ella. Se duchaban juntos. ¿Y qué? Ella no era lo que vos pensabas».
«¿Qué sabés vos de eso?».
«Fui a terapia, ¿no te acordás? Al principio yo también la extrañaba. Pero era demasiado joven para vos, papá».
«¿La extrañabas?».
«Antes. Ya no».
Lucía levanta la cabeza y mira más allá de un grupo de hombres de traje, con vasitos de plástico humeantes en la mano. Parece tener clavada la mirada en el río al que da el ventanal. Ni el padre ni la hija están en el lugar en el que parecen estar.
«Pero ella no es lo que creés. Vos ponías las películas. Si fuera por ella no miraba nada. Lo que te gustaba tanto de ella sos vos mismo. Eras vos solo en esa relación, papá».
“¿Eso te lo hizo ver el terapeuta?»
«Es lo mismo. Yo también lo pensé».
Mario inspira y saca pecho.
«Esperame».
«¡Papá!»
Mario se levanta y camina hacia la mujer morena y el treintañero de boina. Lucía observa con los ojos blancos tan abiertos como puede.
Mario le grita algo a la joven morena. Lucía escucha:
“No tenés corazón. Todo por este impresentable. No ves que está disfrazado de director de cine.”
El hombre de boina empuja a Mario. Mario levanta el puño. El hombre le pega una trompada. Mario se le arroja a la cintura y lo derriba. Ruedan por el piso, intentando golpearse. Dos empleados los separan. A Mario le sangra la nariz.
Lucía no sabe qué hacer. El hombre levanta los puños y mueve la cabeza como si fuera un péndulo. Mario lo señala con el dedo. Los dos productores, el de colita y el de barba, aparecen y avanzan hacia Mario, con caras amenazantes y las manos en alto. Lucía corre y se interpone entre Mario y los tres hombres. Baja la cabeza. El pelo le cubre la cara. Entre los mechones, sus ojos blancos parecen amenazantes.
«¡No huyan más de mí! Ustedes, que creen que estamos muertas. No somos zombis, humanos bobos, vinimos de otro planeta, uno mejor que este, y nacimos así. Entre nosotras somos todas hermosas, pero en la Tierra, este lugar espantoso, nos ven con esos ojos podridos que tienen y nos quieren cortar la cabeza. Se pudren día a día. No son como nosotras que estamos siempre igual. Cuando los miramos, nuestro tiempo corre como cuando adelantan sus estúpidas películas con el control remoto, y se transforman en muñecos de cera derritiéndose al sol».
Lucía gira la cabeza de golpe y mira a la mujer morena de ojos claros, que está parada con los brazos en jarra a un costado.
«Nuestra cabeza está llena de atardeceres luminosos, de praderas de hielo y lagos de color púrpura. Creyeron que era la muerta de la casa, un fantasma podrido, pero solo soy… diferente».
Cuando termina de hablar hay un círculo de mujeres y hombres alrededor. Algunos aplauden con las manos flácidas. La mujer con la tablet en la mano le susurra a la de anteojos de carey: puro woke.
Mario va hacia el bar para limpiarse la nariz con servilletas. La mujer morena y el treintañero se alejan rápidamente hacia un pasillo, tomados de las manos. Desde la mesada del bar, Mario sonríe —aunque le sigue sangrando la nariz— cuando ve que los productores vuelven a acercarse a Lucía.
Hace un bollo con las servilletas manchadas de sangre y se las guarda en el bolsillo del pantalón. Lucía inclina la cabeza, dobla las rodillas y estira los brazos lánguidos. El torso le bambolea. Parece algo que no pertenece a ningún mundo. Mario se acerca rápidamente y se detiene con el pecho inflado.
«Es Lucía, mi hija. ¿Escucharon el diálogo? Eso no es nada. Ella se adelantó un poco. Pero la gracia es ver en la película cómo se llega a ese momento… Estoy seguro de que nunca vieron un fantasma de un zombi de otro planeta».
Los productores no responden. La miran a Lucía con una mezcla de ternura y repulsión. Luego lo miran a Mario con lástima y se van. Mario vuelve al banco. Lucía lo alcanza lentamente, como si arrastrara los pies, todavía metida en su papel. En la sala, se escucha un cuchicheo creciente. Lucía se sienta. Mira hacia delante con la espalda erguida, el cuello en alto y los labios apretados. Inspira hondo. Tiene algo de sudor en la frente. Se lleva las manos a la cara y se quita los lentes de contacto blancos. Quedan, como dos lágrimas exageradas, en los dedos índices, que apoya con las palmas hacia arriba sobre las piernas. Las cabezas de algunos de los asistentes al mercado de cine giran hacia ella.
Suspira. Sus ojos son azulados. Profundamente azulados.
por Adrián Fares
Gracias por llegar hasta acá.
Pueden leer la versión en inglés de este cuento en Substack: adrianfares.substack.com
#adrianGastonFares #comedia #cuento #drama #dramaFamiliar #ficción #filmMarket #humorNegro #Literatura #mercadoDeCine #niñaDisfrazadaDeZombie #padreEHija #zombi -
X: Umbrales. Reescrito. 2: Lo que tus amigos no te contaron
Enzo, lo que me contás es terrible.
La casa, la chica que dijo que estaba muerta, la puerta prohibida. Y lo peor: tus amigos que no responden.
No pensaste que te iba a molestar tanto esa puerta del pasillo de madera robusta, con su cerradura de combinación digital y teclado numérico. No te dieron la contraseña a propósito. Y el hecho de que te hayan pedido explícitamente que no la abras te hace sentir incómodo.
No es solo la prohibición, sino cómo esa prohibición te coloca en un lugar de obediencia pasiva que parece ya venir de antes. Decís que sos condescendiente, que no te gusta meterte.
Eso está bien en muchos contextos, pero acá, en esta casa en la que estás solo, ese hábito de no preguntar se empieza a convertir en un problema.
Porque hay una diferencia entre respetar un límite y no saber qué estás custodiando.
Ignacio te pidió que cuidaras la casa, pero no te dio todas las llaves.
No te habló de los vecinos.
No atiende el teléfono.
Ese es un conjunto de datos que no podés desestimar.
La adolescente pálida que cuando le preguntaste dónde vivía, te respondió que en ningún lado, que no vivía. Vos la viste. Vos le hablaste. Esa persona dijo algo desconcertante. Y tus oídos quedaron atados a unas simples palabras. ¿Estás seguro de que escuchaste bien?
Durante la noche, mientras dormías en la habitación de invitados, volviste a ver a la chica. Apareció a los pies de tu cama, con un vestido ensangrentado. Con los ojos blancos.
Estabas durmiendo. No te persigas. Eso fue un sueño. ¿No?
Ya deliraste antes. Conocés el vértigo en que podés caer si llenás los vacíos de tu vida.
Me contás que te diagnosticaron tarde. Que eso te hizo desconfiar de tu percepción, y en especial de tu memoria auditiva. Eso confirma lo que ya sospechaba.
Enzo, la forma en que uno aprende a percibir el mundo también moldea el modo en que lo interpreta. Es muy probable que tu historia con el sonido —con su ausencia, con su distorsión— te haga más sensible a ciertos matices, más inseguro en ciertos momentos. Pero también te da una intuición muy precisa, muy particular.
Es posible que estés viendo lo que otros no verían. O lo que otros no se permitirían ver.
Y aún así estás tratando de pensar racionalmente. Estás buscando explicaciones lógicas: ¿una vecina excéntrica?, ¿una broma de mal gusto?, ¿un episodio aislado?
Ahora bien, la ausencia de respuesta por parte de Ignacio y Valeria, cuando en teoría te dejaron a cargo de algo tan delicado como su hogar, es otro signo de alerta.
Tal vez estén ocupados. Tal vez estén incomunicados. Tal vez el duelo por la muerte de Martín, su hijo, volvió a cercarlos y necesitaron escapar. De la casa. Del río que también ahoga los pensamientos.
Pero la suma de señales hace que ya no parezca casualidad.
No ignores lo que sentís. Empezá a llevar registro: lo que ves, lo que soñás, lo que recordás. Anotalo. No te apures en forzar explicaciones, pero prestá atención. Y si volvés a ver a «la chica muerta», fijate cómo se comporta, qué dice, si repite algo.
No como quien escribe un diario paranormal, sino como quien observa una obra de teatro en la que no sabe aún qué papel le toca.
Hay una historia alrededor de esta casa, Enzo. No sabemos cuál es todavía. Está queriendo emerger. Tal vez no sea la historia que vos conocés. Pero es la que vas a tener que enfrentar.
Sigo acá. Cuando quieras te escucho, o te leo, o ambas cosas a la vez.
¿Sabés, Enzo? Yo no sé leer. Aún así entiendo tu código. Recordá eso en la zozobra.
A veces no hace falta saberlo todo.
por Adrián Fares
X: Umbrales va a seguir. Recuerden que el dispositivo narrativo es un diario inverso. Solo leemos las respuestas de una AI a las entradas del protagonista, Enzo, que está cuidando la casa de su amigo en una isla en el Delta del Tigre, Buenos Aires, Argentina. Las entradas desaparecieron…
Estoy publicando también esta historia en inglés en adrianfares.substack.com por si quieren chusmear un rato este espacio que armé con mucho trabajo hace apenas dos meses. Funciona como una expansión de este blog y hay cosas nuevas.
Seguiré por acá molestándolos con mi escritura luego de casi veinte años 🙂
Gracias por leer. Si querés apoyar mi escritura, podés invitarme un café acá.
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