Ciudadanos del mundo, uníos
Alegoría de la no violencia (Foto: Naciones Unidas)Estamos en una época caracterizada por la globalización, el mundo es cada vez más interdependiente, los transportes y comunicaciones nos acercan cada vez más unos a otros y las nuevas tecnologías podrían, bien usadas, hacernos más cultos y más libres. Pero muchas de las ventajas de la globalización están siendo aprovechadas por los más fuertes, las multinacionales y los mercados financieros; a la vez que internet es más una industria extractora y de vigilancia que una herramienta de interés público. Esta situación solo puede ser revertida por los ciudadanos y sus representantes democráticamente elegidos, y si éstos últimos no lo hacen a los ciudadanos no nos quedará más remedio que hacerlo solos, a pesar de los políticos.
Se da la circunstancia de que tienen más en común los inmigrantes que tratan de entrar en Estados Unidos desde México o en Europa por Ceuta que los sistemas políticos de USA y la Unión Europea; tienen más en común los palestinos de Gaza y Cisjordania con las poblaciones de Ucrania bombardeadas por uno y otro bando que los estados de Israel, Rusia o Ucrania. En gran parte del mundo, las diferencias las definen los estados y los poderosos, mientras que los pueblos tienen cada vez más puntos en común. Es urgente que los débiles tomen conciencia de esta sintonía con los otros oprimidos de la tierra, como predicó Karl Marx hace cerca de dos siglos, pero esta vez no para hacer una revolución política y social, sino para cambiar su existencia personal, desde su forma de pensar hasta su relación con el mundo que les rodea.
Una primera reflexión es que el individualismo que tan buena prensa tiene en la cultura contemporánea, desde el culto a las celebridades hasta la exaltación del yo en las redes sociales, es una gran mentira: nadie se ha hecho a sí mismo un triunfador sin ayuda, e incluso a costa, de otros. La verdad es que los grandes logros se consiguen en asociación con los demás y no cada uno por su cuenta. Apliquémoslo a nuestro día a día.
Lo que hace mejor el mundo no son los generales ni los revolucionarios, sino la gente corriente
En segundo lugar, nada hay más sagrado que la mente de cada uno. De todos depende cuidar lo que pasa por nuestra cabeza o lo que dejamos que nos metan en ella: hay que vigilar lo que vemos, leemos y buscamos en internet y fuera de allí. Solo así tendremos un criterio propio y no seremos únicamente el eco de lo que nos embuten otros.
Un tercer postulado liberador es ser conscientes del valor de nuestra privacidad, no porque tengamos nada que ocultar sino para protegernos de posibles amenazas, para estar preparados ante delincuentes, conflictos con nuestros semejantes o las autoridades, o simplemente para preservar nuestra identidad, nuestra imagen, de cara al futuro, pensando en cómo podrían vernos nuestros descendientes.
Y poco conseguiremos si no somos solidarios, en la medida que pueda cada uno. En las peores guerras, junto a los actos más abyectos siempre han brillado la generosidad, el sacrificio en favor del otro, la piedad, la humanidad en el mejor sentido de la palabra. También estas buenas acciones hacen agradable, y a veces inolvidable, la vida diaria.
La sociedad, el mundo, es hoy mejor que hace décadas en la mayoría de los lugares (en otros están peor que antes), pero el mayor mérito de ello no es ni de los generales ni de los revolucionarios, sino de la gente corriente: los maestros, los granjeros, los científicos, los activistas por los derechos civiles y en contra de la guerra, los escritores y cineastas, los deportistas, los periodistas y muchos políticos de segunda y tercera fila que han servido honradamente a su país, entre muchos otros hombres y mujeres. A todos ellos: muchas gracias, estamos en deuda, continuaremos trabajando por un mundo de la gente y para la gente.
Foto: Naciones Unidas
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