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El villano andrógino de las caricaturas: Cuando nos enseñaron que lo diferente era el monstruo
Las pantallas, muchas veces nos meten prejuicios en la cabeza y no se queda solo en los programas de adultos o en el cine; el mundo de los dibujos animados también tiene una lista larga de trucos mañosos. Un caso que encaja a la perfección es el de "Él", ese demonio de piel roja, tacones y tutú rosa que salía como uno de los enemigos principales en la caricatura de Las Chicas Superpoderosas a finales de los años 90. Si lo miramos hoy con un poquito de criterio, salta a la vista cómo los creadores usaron la androginia y el amaneramiento no para normalizar la diversidad, sino para construir al personaje más retorcido, raro y peligroso de toda la serie, creando así, un prejuicio.
El personaje juntaba todas las exageraciones que la televisión comercial de la época asociaba con lo que debía dar miedo o incomodar: hablaba con una voz afeminada y suave que de repente cambiaba a un tono cavernoso y violento, usaba maquillaje cargado, traía botas altas y se movía de una forma exageradamente amanerada. En lugar de darle una identidad humana, lo dibujaron ligando esa apariencia andrógina con un ser tramposo, inestable y psicópata. Era el único villano de la ciudad que no quería robar un banco a golpes, sino que destruía la mente de las niñas con juegos psicológicos, metiéndole la idea en la cabeza a los niños que veían la tele de que cualquiera que no vistiera o actuara de forma convencional era un ser de cuidado o alguien "perverso", si se analiza el subtexto relacionado con el personaje, queda claro un discurso hetero normativo.
Este tipo de recursos en la animación clásica nos demuestra que los medios usaban la diversidad en dos sentidos según les convenía. En los programas de comedia ponían al personaje amanerado para que todos se rieran de él, pero en las historias de acción usaban esa misma estética para asustar al público y armar al "malo" de la película o animación. Por fortuna, los dibujantes de ahora ya están dejando atrás esas fórmulas tan prejuiciosas, entendiendo de una vez por todas que la apariencia o la forma de ser de alguien no tiene por qué ser el chiste de la noche ni el disfraz de un monstruo de televisión.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
Alt text via @altbot y @TeLoDescribot
#PensamientoCritico #Ética #MediosDeComunicación #Animación #Caricaturas #Estereotipos #Sociedad #LasChicasSuperpoderosas #LGBTQ
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El villano andrógino de las caricaturas: Cuando nos enseñaron que lo diferente era el monstruo
Las pantallas, muchas veces nos meten prejuicios en la cabeza y no se queda solo en los programas de adultos o en el cine; el mundo de los dibujos animados también tiene una lista larga de trucos mañosos. Un caso que encaja a la perfección es el de "Él", ese demonio de piel roja, tacones y tutú rosa que salía como uno de los enemigos principales en la caricatura de Las Chicas Superpoderosas a finales de los años 90. Si lo miramos hoy con un poquito de criterio, salta a la vista cómo los creadores usaron la androginia y el amaneramiento no para normalizar la diversidad, sino para construir al personaje más retorcido, raro y peligroso de toda la serie, creando así, un prejuicio.
El personaje juntaba todas las exageraciones que la televisión comercial de la época asociaba con lo que debía dar miedo o incomodar: hablaba con una voz afeminada y suave que de repente cambiaba a un tono cavernoso y violento, usaba maquillaje cargado, traía botas altas y se movía de una forma exageradamente amanerada. En lugar de darle una identidad humana, lo dibujaron ligando esa apariencia andrógina con un ser tramposo, inestable y psicópata. Era el único villano de la ciudad que no quería robar un banco a golpes, sino que destruía la mente de las niñas con juegos psicológicos, metiéndole la idea en la cabeza a los niños que veían la tele de que cualquiera que no vistiera o actuara de forma convencional era un ser de cuidado o alguien "perverso", si se analiza el subtexto relacionado con el personaje, queda claro un discurso hetero normativo.
Este tipo de recursos en la animación clásica nos demuestra que los medios usaban la diversidad en dos sentidos según les convenía. En los programas de comedia ponían al personaje amanerado para que todos se rieran de él, pero en las historias de acción usaban esa misma estética para asustar al público y armar al "malo" de la película o animación. Por fortuna, los dibujantes de ahora ya están dejando atrás esas fórmulas tan prejuiciosas, entendiendo de una vez por todas que la apariencia o la forma de ser de alguien no tiene por qué ser el chiste de la noche ni el disfraz de un monstruo de televisión.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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#PensamientoCritico #Ética #MediosDeComunicación #Animación #Caricaturas #Estereotipos #Sociedad #LasChicasSuperpoderosas #LGBTQ
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El villano andrógino de las caricaturas: Cuando nos enseñaron que lo diferente era el monstruo
Las pantallas, muchas veces nos meten prejuicios en la cabeza y no se queda solo en los programas de adultos o en el cine; el mundo de los dibujos animados también tiene una lista larga de trucos mañosos. Un caso que encaja a la perfección es el de "Él", ese demonio de piel roja, tacones y tutú rosa que salía como uno de los enemigos principales en la caricatura de Las Chicas Superpoderosas a finales de los años 90. Si lo miramos hoy con un poquito de criterio, salta a la vista cómo los creadores usaron la androginia y el amaneramiento no para normalizar la diversidad, sino para construir al personaje más retorcido, raro y peligroso de toda la serie, creando así, un prejuicio.
El personaje juntaba todas las exageraciones que la televisión comercial de la época asociaba con lo que debía dar miedo o incomodar: hablaba con una voz afeminada y suave que de repente cambiaba a un tono cavernoso y violento, usaba maquillaje cargado, traía botas altas y se movía de una forma exageradamente amanerada. En lugar de darle una identidad humana, lo dibujaron ligando esa apariencia andrógina con un ser tramposo, inestable y psicópata. Era el único villano de la ciudad que no quería robar un banco a golpes, sino que destruía la mente de las niñas con juegos psicológicos, metiéndole la idea en la cabeza a los niños que veían la tele de que cualquiera que no vistiera o actuara de forma convencional era un ser de cuidado o alguien "perverso", si se analiza el subtexto relacionado con el personaje, queda claro un discurso hetero normativo.
Este tipo de recursos en la animación clásica nos demuestra que los medios usaban la diversidad en dos sentidos según les convenía. En los programas de comedia ponían al personaje amanerado para que todos se rieran de él, pero en las historias de acción usaban esa misma estética para asustar al público y armar al "malo" de la película o animación. Por fortuna, los dibujantes de ahora ya están dejando atrás esas fórmulas tan prejuiciosas, entendiendo de una vez por todas que la apariencia o la forma de ser de alguien no tiene por qué ser el chiste de la noche ni el disfraz de un monstruo de televisión.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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El villano andrógino de las caricaturas: Cuando nos enseñaron que lo diferente era el monstruo
Las pantallas, muchas veces nos meten prejuicios en la cabeza y no se queda solo en los programas de adultos o en el cine; el mundo de los dibujos animados también tiene una lista larga de trucos mañosos. Un caso que encaja a la perfección es el de "Él", ese demonio de piel roja, tacones y tutú rosa que salía como uno de los enemigos principales en la caricatura de Las Chicas Superpoderosas a finales de los años 90. Si lo miramos hoy con un poquito de criterio, salta a la vista cómo los creadores usaron la androginia y el amaneramiento no para normalizar la diversidad, sino para construir al personaje más retorcido, raro y peligroso de toda la serie, creando así, un prejuicio.
El personaje juntaba todas las exageraciones que la televisión comercial de la época asociaba con lo que debía dar miedo o incomodar: hablaba con una voz afeminada y suave que de repente cambiaba a un tono cavernoso y violento, usaba maquillaje cargado, traía botas altas y se movía de una forma exageradamente amanerada. En lugar de darle una identidad humana, lo dibujaron ligando esa apariencia andrógina con un ser tramposo, inestable y psicópata. Era el único villano de la ciudad que no quería robar un banco a golpes, sino que destruía la mente de las niñas con juegos psicológicos, metiéndole la idea en la cabeza a los niños que veían la tele de que cualquiera que no vistiera o actuara de forma convencional era un ser de cuidado o alguien "perverso", si se analiza el subtexto relacionado con el personaje, queda claro un discurso hetero normativo.
Este tipo de recursos en la animación clásica nos demuestra que los medios usaban la diversidad en dos sentidos según les convenía. En los programas de comedia ponían al personaje amanerado para que todos se rieran de él, pero en las historias de acción usaban esa misma estética para asustar al público y armar al "malo" de la película o animación. Por fortuna, los dibujantes de ahora ya están dejando atrás esas fórmulas tan prejuiciosas, entendiendo de una vez por todas que la apariencia o la forma de ser de alguien no tiene por qué ser el chiste de la noche ni el disfraz de un monstruo de televisión.
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Las pantallas, muchas veces nos meten prejuicios en la cabeza y no se queda solo en los programas de adultos o en el cine; el mundo de los dibujos animados también tiene una lista larga de trucos mañosos. Un caso que encaja a la perfección es el de "Él", ese demonio de piel roja, tacones y tutú rosa que salía como uno de los enemigos principales en la caricatura de Las Chicas Superpoderosas a finales de los años 90. Si lo miramos hoy con un poquito de criterio, salta a la vista cómo los creadores usaron la androginia y el amaneramiento no para normalizar la diversidad, sino para construir al personaje más retorcido, raro y peligroso de toda la serie, creando así, un prejuicio.
El personaje juntaba todas las exageraciones que la televisión comercial de la época asociaba con lo que debía dar miedo o incomodar: hablaba con una voz afeminada y suave que de repente cambiaba a un tono cavernoso y violento, usaba maquillaje cargado, traía botas altas y se movía de una forma exageradamente amanerada. En lugar de darle una identidad humana, lo dibujaron ligando esa apariencia andrógina con un ser tramposo, inestable y psicópata. Era el único villano de la ciudad que no quería robar un banco a golpes, sino que destruía la mente de las niñas con juegos psicológicos, metiéndole la idea en la cabeza a los niños que veían la tele de que cualquiera que no vistiera o actuara de forma convencional era un ser de cuidado o alguien "perverso", si se analiza el subtexto relacionado con el personaje, queda claro un discurso hetero normativo.
Este tipo de recursos en la animación clásica nos demuestra que los medios usaban la diversidad en dos sentidos según les convenía. En los programas de comedia ponían al personaje amanerado para que todos se rieran de él, pero en las historias de acción usaban esa misma estética para asustar al público y armar al "malo" de la película o animación. Por fortuna, los dibujantes de ahora ya están dejando atrás esas fórmulas tan prejuiciosas, entendiendo de una vez por todas que la apariencia o la forma de ser de alguien no tiene por qué ser el chiste de la noche ni el disfraz de un monstruo de televisión.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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