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5 results for “dersmon”

  1. Polícia voltou a carregar esta madrugada sobre manifestantes que recusaram desmontar tendas e abandonar locais dos protestos. Movimentos contam pelo menos 69 feridos, PSP fala em 13 polícias feridos.

    publico.pt/2026/11/01/sociedad #notícias

  2. europesays.com/es/850574/ Peio Ruiz Cabestany (64 años) desmonta el mito sobre el Tour que perdió Perico Delgado: «El relato es que tuvo un despiste, que su reloj iba no sé qué y entonces perdió. Mentira» #cabestany #Ciclismo #Cycling #Deportes #desmonta #ES #España #mito #peio #perdio #perico #ruiz #Spain #Sports #tour

  3. Após uma tarde com muita gente a entoar palavras de ordem, a grande incógnita era o que iria suceder após as 00h30, hora a partir da qual a PSP tem estado a ordenar desmontagem das tendas.

    publico.pt/2026/10/31/sociedad

  4. VENEZUELA, DE PAÍS PORTÁTIL A ESTADO 51

    Descenso a los infiernos de una revolución que juró combatir al Imperio para terminar convertida en sierva petrolera.

    EL FANTASMA DE ANDRÉS BARAZARTE

    Hay noticias que resuenan en la mente como badajo en campana de catedral. El problema comienza cuando descubrimos que, en vez de música celestial, lo que generan son malos augurios.

    El suceso que me impactó ocurrió el pasado 27 de octubre cuando Donald Trump volvió a fantasear en público con la posibilidad de convertir Venezuela en el estado número 51 de la Unión. En un mitin celebrado en Corpus Christi, Texas, el presidente de los Estados Unidos propuso que, en vez de elegir presidente, los venezolanos deberían elegir gobernador.

    Al mismo tiempo Trump anunció la llegada de un buque cargado con un millón de barriles de petróleo venezolano, presentado como un regalo de Caracas.

    Una nación rindiendo tributo a quien la había humillado.

    El mitin de Corpus  Christi fue una tragicomedia colonial en toda regla. Rodeado de fervientes seguidores, un presidente norteamericano anunciaba el acceso al petróleo y minerales de otro país y, en tono burlón, sugería que ese territorio debía ser incorporado a los Estados Unidos.

    Para Trump el hecho de que Venezuela tenga bandera, himno nacional, Constitución, historia y ciudadanos que valoran su soberanía, lo tiene sin cuidado.

    Nadie ignora que el presidente estadounidense posee un estilo que entrevera la negociación, el espectáculo y la política. De ahí que lo más notable no sea la ocurrencia de Trump de convertir a Venezuela en una estrella más de su bandera; lo más impactante es ver a los gobernantes venezolanos acatando las disposiciones de Washington en materia petrolera, algo que habría resultado difícil de imaginar durante los años más estridentes del chavismo.

    Es ahí donde me asalta el recuerdo de Andrés Barazarte.

    Para quienes no conozcan País portátil, la novela de Adriano González León, conviene comentar algo de ella para situarnos en contexto. Publicada en 1968, la obra cuenta la historia de un joven militante de izquierdas que recorre Caracas con un maletín que contiene un arma destinada a la lucha clandestina. Mientras atraviesa la ciudad, sus pensamientos se alternan entre la agitación política de los años sesenta con episodios de su propia historia familiar que muestran como la violencia política marcó el declive, generación tras generación, de la otrora próspera familia Barazarte.

    En los años 70 la obra fue llevada al cine por Iván Feo y Antonio Llerandi. En su desenlace, Andrés muere en un enfrentamiento con la policía política. Pero su muerte no es únicamente la de un guerrillero urbano. En su violento fin de vida confluyen los fracasos de una familia, las contradicciones de una sociedad y la violencia que parece transmitirse de una generación a otra.

    En el último fotograma Andrés termina convertido en un espectro, acompañado por los fantasmas de sus antepasados. Su tragedia consiste en que, al intentar dar sentido a su existencia abrazando una revolución, acaba reproduciendo la violencia de la que pretendía escapar.

    Casi seis décadas después de la publicación de la novela, Venezuela parece vivir un nuevo remake, con otros protagonistas: Delcy Rodríguez y su hermano Jorge.

    A diferencia de Andrés Barazarte, ellos no necesitan transportar un maletín con una metralleta. Su poder está sustentado por las armas de la República, empuñadas por unas Fuerzas Armadas que les son fieles.

    LA REVOLUCIÓN COMO VENGANZA

    La metamorfosis que plantea el título de este artículo está relacionada con la transformación de los hermanos Rodríguez. Para entender esta última hay que remontarse a una historia familiar tan convulsa como la de la familia Barazarte.

    Su padre, Jorge Antonio Rodríguez, dirigente marxista y fundador de la Liga Socialista, fue apresado después de perpetrar un secuestro político. En 1976 murió bajo custodia de los organismos de seguridad venezolanos, después de haber sido torturado. A pesar del enjuiciamiento y castigo a los responsables, la muerte de Jorge padre marcó profundamente a sus hijos y fraguó los cimientos de su futura trayectoria política.

    Reseña de El Nacional sobre la muerte de Jorge Rodríguez padre (27JUL76)

    Después de graduarse en la universidad, ambos abrazaron la revolución chavista, escalando posiciones hasta llegar al vértice del gobierno.

    Delcy Rodríguez llegó a declarar que «estar en la revolución chavista era nuestra venganza personal», en referencia a ella, a su hermano y a su padre muerto. Esa contundente declaración es la clave para entender cómo su herida familiar se convirtió en gesta política.

    La venganza, sin embargo, es una pésima arquitecta de naciones. Puede impulsar a la militancia, justificar una lucha y mantener viva la memoria del padre fallecido. Lo que no puede hacer es sustituir un proyecto de país.

    A mi entender, los hermanos Rodríguez encontraron en el chavismo una oportunidad para convertir aquel rencor en poder político. La revolución prometía saldar cuentas con el pasado, desmontar las estructuras tradicionales y enfrentarse a quienes, según su relato, habían sometido históricamente a Venezuela.

    Y en el centro de aquella narrativa estaba el enemigo por excelencia: el Imperio, el mismo que combatía Andrés Barazarte.

    La revolución chavista no perdía oportunidad para presentar a los Estados Unidos como el gran depredador de los recursos venezolanos, responsables de sus males por su intención de convertir al país en una colonia petrolera. La soberanía se convirtió en una palabra omnipresente. La bandera ondeaba en los discursos, Simón Bolívar aparecía por doquier y cualquier concesión a Washington se consideraba traición a la patria.

    El mensaje era sencillo: antes que entregar el petróleo a los norteamericanos, los revolucionarios chavistas estaban dispuestos a combatir hasta la muerte.

    La historia, sin embargo, no pierde la oportunidad de poner el foco en las ironías, máxime cuando son tan evidentes:

    UN MALETÍN, UNA CONFERENCIA PETROLERA Y MUCHAS CERTEZAS

    En País portátil hay una secuencia que resuena hoy día y que muestra a los camaradas de Andrés Barazarte boicoteando, armas en mano, un simposio petrolero.

    La escena muestra uno de los pilares del imaginario de la izquierda venezolana de aquella época: el destino de la riqueza petrolera. El más importante bien nacional no debía entregarse a las empresas norteamericanas y menos aún con la complicidad del gobierno local.

    El enemigo tenía rostro, bandera y acento. Era el empresario yanqui que llegaba con sus contratos, sus máquinas y sus dólares para extraer el recurso que pertenecía a los venezolanos. Por eso el revolucionario debía blandir la metralleta y defender la soberanía.

    No es momento de establecer si esa estrategia guerrillera tenía posibilidades de triunfar. Lo interesante es que sus militantes estaban convencidos de que el capitalismo estadounidense  representaba una amenaza que justificaba la lucha armada.

    Imaginemos que aquellos jóvenes guerrilleros pudieran asomarse al presente. ¿Qué pensarían al saber que un buque con un millón de barriles de petróleo venezolano es recibido en Texas por el presidente norteamericano quien, con sorna y soberbia, anuncia que es un regalo de Caracas?

    ¿Qué dirían al conocer que Washington anunció contratos que le garantizan el acceso a los yacimientos venezolanos con documentos que no son públicos? ¿Qué harían con sus consignas, sus manifiestos y sus proclamas antiimperialistas?

    Probablemente intentarían organizar otra incursión en la siguiente reunión petrolera solo para descubrir que los representantes venezolanos, en vez de blandir armas para defender las riquezas patrias, solo empuñaron bolígrafos para firmar todo lo que los norteamericanos les pusieron enfrente.

    DEL «¡YANQUI, GO HOME!» AL «BIENVENIDO, MR. DANGER»

    Durante años, el chavismo basó gran parte de su identidad política en la confrontación verbal con Estados Unidos. El propio Hugo Chávez popularizó expresiones que enturbiaban las relaciones con Washington.

    El 20 de septiembre de 2006, en la ONU, Hugo Chávez pronunció su famoso «¡aquí huele a azufre!», en alusión a George W. Bush, a quien apodaba Mr. Danger. La cita completa fue: «Ayer el diablo estuvo aquí, ayer estuvo el diablo aquí, en este mismo lugar. ¡Huele a azufre todavía en esta mesa donde me ha tocado hablar!»

    A pesar de la retórica, la relación económica nunca se rompió por completo.

    Venezuela siguió necesitando mercados para vender su petróleo, compradores capaces de pagar por él y divisas con las que financiar sus importaciones. Las relaciones comerciales con los Estados Unidos sobrevivieron a las declaraciones más incendiarias, aunque la confrontación política dio pie a unas sanciones que finalmente las deterioraron.

    Visto que el chavismo no había logrado construir una economía diversificada como para prescindir de su dependencia petrolera, buscó nuevas alianzas con adversarios de los Estados Unidos tales como Rusia, China e Irán. Pero la ayuda de esos socios no fue aprovechada para corregir el vulnerable modelo monoproductor petrolero.

    La paradoja estaba servida: la revolución socialista que prometía liberar a Venezuela del capitalismo siguió dependiendo de los mercados y de su —para ella— tiránica ley de oferta y demanda.

    Lo ocurrido en 2026 llevó esa contradicción a una nueva dimensión. Después de la intervención militar estadounidense de enero y de la salida de Nicolás Maduro del poder, el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez restableció y profundizó la cooperación petrolera con Washington.

    El 27 de octubre, Trump celebró la llegada del primer cargamento de un millón de barriles vinculado al acuerdo con North American Blue Energy Partners. Según la poca información publicada sobre el convenio, este contempla concesiones en 17 yacimientos venezolanos. Trump presentó ese primer envío como un regalo para Estados Unidos y afirmó que el control sobre el petróleo venezolano era consecuencia de su histórica victoria militar del 3 de enero.

    Mientras eso ocurría, el gobierno venezolano, que durante años había convertido la resistencia a los Estados Unidos en un dogma revolucionario, acataba sumisamente las condiciones de la nueva relación.

    ¿Qué fue de las proclamas y los discursos? ¿Dónde terminó la promesa de que el petróleo venezolano jamás volvería a estar al servicio del gobierno norteamericano?

    Tal vez en el mismo limbo donde enterraron el recuerdo de Hugo Chávez y Nicolás Maduro…

    LOS HERMANOS RODRÍGUEZ Y LA METAMORFOSIS DEL REVOLUCIONARIO

    Aquí reaparece Andrés Barazarte, acompañado por los protagonistas del remake de País portátil.

    Andrés lleva consigo la violencia del pasado y la esperanza de encontrar una salida a través de la revolución. Sus camaradas creían que las acciones armadas podían alterar el curso de la historia. La tragedia del personaje es que su lucha lo consume.

    Al contrario y partiendo también de la militancia más furibunda, Delcy y Jorge Rodríguez sí lograron conquistar el poder. Durante años fueron parte de un sistema que convirtió la confrontación con Estados Unidos en bandera política. Hoy, su supervivencia política depende de adaptarse a un escenario donde Washington manda y donde todo gira en torno al petróleo.

    Si bien Barazarte y los Rodríguez surgieron de la más convencida militancia de izquierda, no son personajes idénticos. Andrés es una criatura literaria atrapada entre su presente y la memoria de sus antepasados para luego morir defendiendo sus ideales; Delcy y Jorge son políticos de carne y hueso también atrapados entre la memoria de su padre y la paradoja de transformar su encarnizada lucha antiimperialista en cooperación con la Casa Blanca.

    En la película, Andrés se va desdibujando hasta convertirse en una figura fantasmal, engullida por la historia que pretendía cambiar.

    En el mundo real, los hermanos Rodríguez comienzan a desdibujarse, acercándose a una muerte no física, sino ideológica, revolucionarios que prometían combatir a ultranza al capitalismo norteamericano pero que ahora no son sino simples gestores de sus intereses.

    La ironía es cruel. Para sobrevivir en el gobierno, sacrificaron aquello que durante años los mantuvo en el poder.

    La venganza familiar, la revolución bolivariana y la retórica socialista se convierten en la contradicción que define su metamorfosis. Los antiguos militantes antiimperialistas son ahora custodios de los intereses del hegemón.

    LA NOCHE DE LOS BARAZARTE

    Adriano González León no escribió País portátil para ofrecernos un manual de geopolítica. Su novela explora la violencia, la memoria, la identidad y el destino de un país que parece cargar con sus contradicciones sin conseguir desprenderse de ellas.

    Por eso la comparación con la Venezuela de hoy no necesita convertir a Andrés en un profeta ni atribuirle a la novela respuestas que nunca pretendió ofrecer. Basta con que nos lleve a una pregunta: ¿qué queda de un proyecto político cuando los actos contradicen a los ideales?

    Andrés Barazarte muere rodeado de los espectros de sus antepasados. No logra escapar de la violencia que heredó y termina consumido por ella.

    A la derecha, Andrés Barazarte dispara a la policía política, acompañado por los fantasmas de su familia. A la izquierda y nada más morir, el espíritu de Andrés se reúne con esas mismas almas en pena, víctimas de la eterna lucha política venezolana

    A la derecha, Andrés Barazarte dispara a la policía política, acompañado por los fantasmas de su familia. A la izquierda y nada más morir, el espíritu de Andrés se reúne con esas mismas almas en pena, víctimas de la eterna lucha política venezolana

    El fantasma no siempre es quien ha muerto. A veces es quien continúa caminando y pronunciando las mismas consignas, siempre que sean dichas con palabras vacías

    Los hermanos Rodríguez —que sí están vivos— conservan sus cargos, dan discursos y mueven los hilos del poder. Pero, a medida que la tutela se consolida y su gestión sigue beneficiando a la potencia que juraron combatir, su «venganza personal» da paso a un desvanecimiento ideológico, reteniendo el poder a pesar de haber perdido lo que les daba sentido a ejercerlo.

    En la película, los fantasmas de la familia Barazarte acompañan a Andrés en su mortal combate final. En la Venezuela contemporánea, los que deambulan como espectros son los ideales del chavismo, guillotinados no por el enemigo yanqui, sino por sus propios líderes: Delcy y Jorge Rodríguez.

    La nueva versión de País portátil termina así: una revolución que prometió expulsar al Imperio acaba negociando con él su propia supervivencia, mientras escucha cómo su antiguo enemigo propone convertir a Venezuela en el estado 51 de la Unión.

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