Desarmando el mito del shinobi: La realidad del ninja en el Japón feudal
Los ninja históricos realmente son un grupo de espías y asesinos a sueldo, muy alejados de la magia del cine
Cuando hablamos sobre los ninjas, lo primero que nos viene a la mente son esos personajes de los videojuegos, películas o los cómics que se visten de negro de pies a cabeza, lanzan estrellas de metal y saltan por los techos como si tuvieran superpoderes. Sin embargo, si dejamos de lado la ficción de las películas y nos ponemos a revisar los documentos históricos de Japón, nos encontramos con una realidad totalmente diferente y mucho más cruda. En los siglos XV y XVI, durante la época de las guerras civiles en el país asiático, los verdaderos ninjas —a quienes allá llamaban originalmente shinobi— eran en realidad un grupo de espías, saboteadores y mercenarios que trabajaban para el mejor postor, funcionando de una forma muy similar a la de un cuerpo de Mercenarios militares o un grupo de sicarios modernos.
Para entender de dónde nació este oficio, hay que comprender cómo funcionaba la política de la época, porque los señores feudales se peleaban los territorios con ejércitos de samuráis. El problema era que los samuráis se regían por un código de honor muy estricto que les prohibía atacar de noche, usar venenos o emboscar al enemigo por la espalda, ya que para ellos la guerra se hacía de frente y demostrando el apellido familiar. Como los gobernantes necesitaban ganar las batallas a como diera lugar pero no querían manchar su reputación, contrataban en secreto a los shinobi para que hicieran todo el trabajo sucio que la élite militar consideraba vergonzoso, pagándoles dinero en efectivo para resolver los conflictos desde las sombras.
Las misiones de un ninja no tenían nada de místicas sino que requerían de mucha paciencia, camuflaje y astucia para infiltrarse en los castillos enemigos sin levantar sospechas. No usaban esos trajes negros apretados de la tele porque en la vida real eso los habría delatado de inmediato ante los guardias; su mejor arma era disfrazarse de personas comunes como campesinos, comerciantes o monjes viajeros para caminar entre la multitud y vigilar a sus objetivos durante días. Una vez ganada la confianza de los lugareños daban el golpe robando planos de defensa, quemando los almacenes de arroz para dejar sin comida al rival o envenenando el agua del campamento contrario a mitad de la noche.
Estos guerreros provenían de clanes familiares muy cerrados que vivían en regiones montañosas aisladas como Iga y Koga donde entrenaban a hombres y mujeres desde niños en técnicas de supervivencia y combate cuerpo a cuerpo. Su enfoque era completamente práctico y utilizaban herramientas de labranza modificadas como armas ocultas para no llamar la atención si los llegaban a revisar en los caminos. El mito del ninja místico nació mucho tiempo después, en el siglo XVIII, cuando los teatros de Tokio empezaron a exagerar sus hazañas para entretener al público, creando una imagen fantástica que la cultura pop heredó pero que dista mucho de los hombres de carne y hueso que operaban como los verdaderos agentes encubiertos del Japón antiguo.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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