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EL PENSADOR: La teoría de Abraham
Por Antonio Pippo
Es cosa sabida que los filósofos, como los sicólogos, los sacerdotes y los políticos, siempre rodeados de filas de poetas y locos que los acarician casi con lascivia, inventan palabras.
¿Los políticos? No. Ellos se ocupan de la manipulación de relatos, de la conveniente deformación de la realidad y de llevar al terreno resbaladizo, inseguro de lo emotivo a los ciudadanos, retaceándoles la posibilidad de pensar.
Tomás Abraham, un filósofo contemporáneo, ciertamente provocador, está convencido de que la palabra “contraopinión” existe y que no quiere decir opinar en contra, sino describe un proceso de “ventilación” indispensable para que todo ser humano normal pueda formar su propio juicio acerca de lo que ocurre y de cuál es la responsabilidad de las personas públicas, y no sólo de recibir y dar por bueno lo que le transmiten por ejemplo los candidatos y, muchas veces –es triste pero realista reconocerlo-, los medios de comunicación.
Si siguiésemos esa sentencia de Abraham, tener una idea propia, o sea pensar por sí mismo, sería una disciplina aeróbica. Llevan bastante humor los ejemplos que el filósofo usa para fundar su teoría: habría que ser muy sociable, habría que hacer largas caminatas, hasta recorridas por lugares escarpados, para ventilar el cerebro y limpiarlo que toda aquella maleza que estorba. En otras palabras, cuanto más oxígeno ingrese al organismo más libertad de pensamiento crítico habría, extremo que, ha escrito este buen hombre, cualquier neurólogo de nota podría aceptar.
Esta oxigenación serviría para destruir a una sociedad malsana donde sobreabunda de modo obsceno la información no contrastada, no investigada, no pensada con la razón propia y el uso del análisis lógico cuando no del simple sentido común.
Pasado el tiempo de las internas, puestas en duda la mayoría de las intenciones de los políticos sobre concertaciones benéficas para toda la sociedad, con las presidenciales definitivas y un probable balotaje casi encima, parece tarea harto complicada ventilar las cabecitas –primero, obvio, de los candidatos y paralelamente de cada uno de nosotros si es que se quiere construir este “círculo virtuoso”- y permitir que haya, para un lado y para otro, puesto que no se trata de unanimidades, acciones que surjan de la reflexión y no de la ignorancia o el fanatismo.
Opinar luego de haber abierto la mente al aire limpio del pensamiento libre, dejando a un lado a las creencias arraigadas.
Según Abraham, hemos pasado demasiado tiempo en manos de un poder político cuyo interés es, básicamente, no perder el control de lo que se dice y se muestra.
Estoy de acuerdo. Pero también tiemblo al pensar en todo lo que deberíamos cambiar para defender mejor nuestra libertad. La verdadera, la interior.
Finalmente, antes de aconsejarle, lector, que salga a caminar por la rambla, a correr por los vericuetos del Prado, a utilizar aparatos, ¡no químicos, por favor!, energéticos o a subir a la fortaleza del Cerro, le pediría que piense que esta teoría filosófica, al menos entre los uruguayos, ya agujereó una de sus medias.
Nadie podría decir que Bergarita, intendente de Montevideo, no ha intentado la oxigenación de la “contraopinión”, siendo que se la pasa caminando por Montevideo.
Y, por desgracia, es de una claridad meridiana que su ejemplo le pega un mazazo a la cabeza del pobre Abraham y su teoría.
Escrito lo cual comunico que pasaré una semana en retiro espiritual a ver si el espíritu de Maquiavelo me hace ver la luz.
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EL PENSADOR: Atención queridos docentes
Por Antonio Pippo
Esta columna está destinada a los docentes. A todos, desde el ministro de Educación y Cultura hasta quienes están en la base de la pirámide.
No tengo certeza alguna de lo que he escrito aquí les interese. Tengo, eso sí, una prudente esperanza de que así sea.
Me surgió la idea, como tantas otras, en medio de la cuarentena que, ya lo confesé, cumplo respetando las indicaciones sanitarias. Y se me ocurrió que tantas personas con responsabilidades de formación de los demás, sometidas igualmente a una suerte de “tiempo muerto” variable a diario, podrían tomar lo que sigue como un constructivo insumo para una reflexión no acerca de epidemias, sino sobre cómo podrían ayudar a que nuestros futuros ciudadanos adultos sean mejores.
Porque si algo nos mostró la post pandemia es cuánta gente –demasiada- no está formada como personas responsables y respetuosas de lo que se decide como bien social, en este caso por encima del derecho individual. O sea priorizan su interés.
Y, quién sabe…
Repetiré, por enésima vez, una frase de Huxley: “Si nos convertimos en esclavos de nuestros hábitos y rutinas, nuestras reacciones ante los hechos del presente no serán espontáneas. Tendemos a reaccionar en función de algo que aprendimos en el pasado, en vez de reaccionar ante los hechos como son, aquí y ahora. Sería muy conveniente enseñar a los niños a comprender la importancia de lo que es el hábito y de lo que no lo es. Y admito que no resulta sencillo”.
Y es ahí, suerte de cruz de los caminos, donde debería comenzar la reflexión a la que, modestamente, estoy llamando a los docentes.
Hay fuentes a las cuales recurrir, como si esto fuese un rompecabezas, que, a decir verdad, lo es.
Un ejemplo surge de la más antigua cultura china, que luego tomó la Terapia Gestalt: enseñar a tener conciencia de los acontecimientos externos, sin lastres del pasado ni miedos al futuro. Algo así como ejercicios que nos acostumbren a pensar en el aquí y el ahora. “Aquí y ahora percibo…”; así recomendaban iniciar las frases como ejercicio de formación. Ha escrito Huxley: “Esos ejercicios, que pueden parecer pueriles, nos sirven para arrancarnos de la ciénaga de lo no real y traernos al presente y a la posibilidad de reaccionar de manera realista a lo que está pasando”.
A inicios del siglo XX alcanzó fama un psicoterapeuta suizo, Roger Vittoz, que fue muy afortunado en el tratamiento de las neurosis: enseñaba precisamente a tomar conciencia de los actos en apariencia más triviales –hasta dónde cualquier acto puede considerarse trivial- y usar la voluntad con conciencia plena de cualquier cosa que se hiciese. Es triste, pero sus métodos se abandonaron luego de su muerte.
También recordaré al psiquiatra ruso Alexander, cuyas teorías interesaron mucho al especialista John Dewey, que las siguió largo tiempo en sus ensayos. Alexander propuso y desarrolló programas para educar la mente y el cuerpo a la vez; sostuvo que la correcta posición del cuerpo, según las circunstancias, cuando se está en actitud de aprender, favorece la velocidad y la claridad con que la mente incorpora los nuevos conocimientos.
Finalmente –no quiero cansarlo, lector- es bueno recordar que Hebert Read, en su famoso ensayo “Educación por el arte” sugirió que a través de estas formas diversas pero que pueden ser complementarias, podría lograrse que los niños, que nacen con un intenso poder de visualizar e imaginar, no pierdan a partir de la pubertad, como sucede aún hoy, sino por el contrario la desarrollen, lo que denominó “imaginería eidética” que los infantes genéticamente sanos traen consigo. Si hay algo que los adultos hacen mal al educarlos –sentenció Read- es perturbarlos de tal forma que ese valor natural, al paso de los años, se diluya, cuando nada impediría que fuese conservado y se convirtiera a lo largo del desarrollo en una fuente de raciocinio, goce y beneficio intelectual.
¡Pavada de trabajo de reflexión acabo de tirarles encima a los docentes, si quieren aceptar el reto!
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EL PENSADOR: Ah.. nosotros los periodistas
Por Antonio Pippo
El contexto es claro.
Uruguay es un país con graves problemas a resolver, al borde de una crisis –mal que pese al encaprichamiento de algunos de negarlo-, a poco tiempo de instalar un nuevo gobierno.
No me internaré ahora, lector, no tema, en predicciones ni especulaciones de tipo partidario ni individual. No obstante, algo es transparente: el gobierno no podrá escapar a los consensos y acuerdos con la oposición; de otro modo, los años por venir serán agónicos.
Claro, por ese lado está la pista muy barrosa.
La impresión que uno tiene es que los políticos apelan a lo que un antiguo pensador llamó “los saberes separados”, filosofía a la que ya me he referido aquí.
Vendría a ser la metáfora de su incapacidad para decir toda la verdad.
Obviamente, pregonan que tienen las fórmulas requeridas. Pero si dicen “hay que abatir el déficit fiscal”, cada quien expone una receta de enunciados pero nunca la relacionan, por ejemplo, con qué pasará con el gasto del Estado, con la política impositiva o con las necesidades de inversión. O si se apuesta a un “dólar equilibrado”, a la búsqueda de mejorar la competitividad de las exportaciones, no explican si han tenido en cuenta la vinculación con los probables sismos de la región o mundiales, con el vaivén de los precios que fijan los eventuales compradores, con la inflación, el valor de los salarios o las hipótesis –en ese escenario- para mejorar el empleo.
Quiero, mi amigo, que al menos entienda mi inquietud aunque no la comparta. Por eso voy a usar una anécdota que puede parecerle pueril y que, sin embargo, demuestra el perfil de políticos al que me refiero y cómo pueden sucumbir ante la realidad si no miran la totalidad del panorama.
Aldous Huxley escribió: “Renán, el gran erudito francés del siglo XIX que se complacía en hablar de estética, peroraba a sus anchas sobre la belleza cuando Edmond Goncourt le interrumpió súbitamente para preguntarle: ‘¿De qué color es el empapelado de su comedor?’. Renán no tenía la más remota idea. Es obvio que carecía de una base fáctica para hablar de belleza y su argumentación se basaba en un sistema de palabras y no en experiencia sobre lo inmediato”.
Y añadió Huxley: “Tendemos a reaccionar dividiendo las cosas y en función de lo que aprendimos en el pasado, en vez de reaccionar uniendo las partes; es decir los hechos, tal como son aquí y ahora”.
Descreo que, a esta altura de los acontecimientos los políticos cambien. Por tanto, al ciudadano común le quedará como ayuda una rigurosa actividad periodística. O sea que, pese a que muchos, tal vez demasiados, no lo hayan advertido, los periodistas tienen una responsabilidad enorme: deshacer “los saberes separados”, tratar de llevar a los escurridizos entrevistados a la unión de las partes, a propuestas sobre su solución no descuartizada e insistir, con respeto pero también con rigor, en el contraste de las distintas versiones.
O de las distintas ignorancias que tienen sentadas enfrente.
No haré “periodismo de periodistas”, pero confesaré mi escepticismo.
El asunto es rechazar el “no sigas preguntando porque mamá está ocupada y se enfadará”; también el “somos engreídos y nos conformamos con lo que nos dicen” o el “somos indiferentes, nos tiemblan las piernitas y nos conformamos con lo que no hemos logrado saber”.
El papel histórico que hoy debe cumplir el periodismo profesional es no bajar la guardia y seguir preguntando y, si es necesario, dejar desnudo al escapista de turno.
Sócrates decía: “Atenas es como un caballo indolente y yo soy el tábano que con su aguijón intenta que todos digan la verdad o acepten que no la conocen”.
Jodida responsabilidad tenemos entre manos. Digo, porque yo todavía estoy aquí, entre esos periodistas.
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EL PENSADOR: ¿Y los viejos sabios?
Por Antonio Pippo
Hay una acepción de la palabra educación que es sinónimo de cortesía, urbanidad.
Es sencillo apreciar cuando una comunidad, en su devenir cotidiano, es educada o lo contrario. Sobre todo, característica original de nuestro comportamiento social, se advierte durante un clásico de fútbol o en las etapas más ardientes de una campaña electoral.
Ahora mismo estamos siendo muy poco urbanos, corteses o educados. Y quienes se han puesto al frente de tamaña corriente son los políticos, aunque es probable que se sugiera esto como una generalización exagerada.
Puede ser. Pero imputando a tres o cuatro figura que llevan esa oscura, sucia y rota bandera, alcanza y sobra.
Asistimos a un debate (¿) ordinario, mal hablado, insultante, agresivo y mentiroso que flaco favor hace a los ciudadanos, desesperados por saltar esa valla. Es una muestra penosa, deplorable, del descaecimiento moral que predomina
Hay un aspecto que me interesa resaltar y remite al pasado remoto.
En pueblos que la presuntuosidad occidental llamó “primitivos”, y que prefiero denominar, siguiendo el buen hábito de algunos antropólogos, “de tradición”, los consejos de ancianos se reunían para afrontar circunstancias importantes y la palabra de sus miembros constituía ley no escrita. Los viejos, entonces, eran los conductores, aquellos que resolvían entuertos complejos y que, imperturbables, sostenían el respeto de su pueblo sólo con serenidad y sabiduría. Y qué decir de su cortesía, de su urbanidad, de su educación.
Lo curioso es que han pasado milenios pero hasta no hace tanto a los ancianos se les prestaba una atención similar. Es verdad: aunque yo he vivido épocas donde eso aún pasaba en los últimos años, pero, al decir del bolichero Varela, de Mal Abrigo, “se fue dando vuelta la taba”.
“¡Viejo de mierda!”, “¡internalo en un geriátrico!”, “!mandale la jubilación con un delivery!”, son ciertas exquisitas expresiones que los príncipes harapientos de la tribu, los jóvenes de hoy, agracian a sabios desmonetizados.
Ser viejo paga poco estos días.
Sin embargo, porque somos un país de contradicciones y el envejecimiento de nuestra sociedad es inexorable, en las cúpulas políticas esos ancianos, en otros escenarios reverenciados, no son escuchados como representantes de Mahoma que bajaron de la montaña.
Imposible mejor contexto para que aquellos cargados de años y de experiencia derramen un mensaje constructivo, tolerante, respetuoso y, en particular, inteligente. Si así fuere, todo lo demás seguiría siendo verdad pero a nosotros, los nabos de siempre, los contribuyentes, nos abrigarían los consensos, los acuerdos, las políticas de Estado.
Ajá. Espere sentado, amigo.
Yo creo que en la política cambiaron las fichas: ¿dónde están los viejos sabios? No, no los queremos. Hay que renovar. Además ¿quién queda respirando? ¿Sanguinetti? ¿Lacalle padre? Necesitaríamos más que dos representantes de la ancianidad sabia.
Ay, ay… Me parece que nos vamos a quedar por un tiempo con la energía de Bordaberry, el trabalenguas de Orsi, la engañosa locuacidad de Cosse, murmullo con los cambios de motor fallado de Manini y los gritos desaforados de Salle
Feo el tablado.
Con un par de ancianos no salvamos ni el carnaval.
Y con los que están parloteando estamos al horno.
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EL PENSADOR: Gonzáles y Maquiavelo
Por Antonio Pippo
Hay un buen cuento. Es viejo, pero hoy sirve.
Dos borrachos en el mostrador. Uno, apoyando la cabeza sobre los brazos, dice:
-No puede ser que le hagan esto a González… ¡Un hombre de bien! Pregunta y le dicen cualquier boludez… ¡A González, te das cuenta!
Levanta la cabeza y mira al compañero: -¿Qué pensará el pobre González?
El otro balbucea:
-Pero… ¡Si González sos vos!
El que había discurseado lo mira y le espeta:
-¡Es que hablás tanto que me confundís…!
Yo, y supongo que otros ciudadanos, estamos como González, pero frescos. Nos hablan tanto los políticos que la confusión es catedralicia.
Y todo porque queremos saber cuáles son, en detalle, los programas de gobierno de los partidos que aspiran a gobernar.
¿Qué los han editado en prolijas ediciones? Verdad. Aunque hay dos problemas.
Primero, no están a la mano ni en cualquier parte. Conseguirlos exige una operación de inteligencia. ¿Por qué no los hacen más accesibles a cualquier mortal?
Segundo, son puros enunciados; la expresión simple y muy sencilla de una idea. Tan breve y sencilla que podríamos llamarlos telegramas.
¿Ejemplos, lector?
“Vamos a abatir el déficit fiscal”. ¿Cómo? “Primero, achicando el tamaño del Estado”. ¿De qué forma? “Hay posibilidades de ahorro en la gestión pública”. ¿Cuáles?
Si usted, amigo, encuentra respuestas que pueda entender hasta Piñón Fijo, le juro que le pago un asado.
Hay más: “El país necesita aumentar sus ingresos, pero nos comprometemos a no subir los impuestos”. ¿Quiénes son, Mandrake? “Es posible que haya que hacer algún ajuste por la situación general”. Caramba…, si no aumenta la carga tributaria, se exonera de todo lo imaginable a la más grande inversión extranjera y encima el país pone miles de millones de dólares –que salen de nosotros, los nabos de siempre -para que venga, ¿cuál será el acto de magia que no aumente lo que pagamos mes a mes, ahuyente la idea de shock o política gradual de ajuste y no pida préstamos internacionales que serían iguales a un pisotón sobre una uña encarnada?
No lo sabe ni el gaucho payador, que tiene a mano miles de frases de ocasión, sacadas de libritos de auto ayuda.
Hay decenas de ejemplos y la cuestión, al cierre de la lectura de propuestas partidarias, es siempre la misma; sobre inflación, dólar a futuro, desempleo, educación, seguridad, salud, jubilaciones y cuanto se nos ocurra, si apartamos dogmas militantes, fanatismo e ignorancia por un momento –igual de complejo a probar la existencia de Dios-, al cerrar los programas la respuesta seguirá siendo enunciados y más enunciados.
La forma en que pasarán a hechos –adivinó, lector- no se sabe.
Se les puede creer aunque sean mentiras, o cambien de dirección tras el acceso al poder, o se puede dudar de ellos pese a que quizás contengan verdades.
No fue un filósofo, sino un etólogo, Franz de Wall, quien dijo que Maquiavelo describió las manipulaciones de príncipes y papas, lo esencial del poder en ese tiempo, y cayó injustamente acusado de justificar todas esas prácticas, cuando su pecado fue creer que algunas podían ser necesarias.
Estamos rodeados de Maquiavelitos, aunque algunos no lo sepan o, tal vez, en sólo se le parezcan y en su interior no quieran serlo.
No bastan la radio, la televisión ni las páginas partidarias para exponer lo que dicen que harán. Por un lado está lo escueto de esa comunicación y por otro, la incomprensión ciudadana.
Quiero decir, además, a nombre de los ciudadanos con capacidad de libre pensamiento crítico, que cada semana queda la impresión de que somos menos.
Ah, sí, lo olvidé. Seguimos en campaña política.
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