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  1. Escribir a tientas (o Diario del desastre V)

    Hay un recuerdo apalabrado por la memoria y el murmullo de una voz. No termino de divisarlo. Ni escucharlo. Pero ronda entre mis dedos, se desliza entre los poros de la piel mientras el tipo me mira cuando abro mi libreta.

    Podría decirle que todavía no sé de qué se trata, pero es inevitable detener mi andar, sentarme en el banco de madera y anotar con la esperanza de develar lo que me ronda. Acosar la palabra e ir tras ella por si aparece, con la certeza que va a fallar, según Leila. No pido que el sujeto lo entienda. No hace falta.

    Sigo sin divisar el recuerdo pero sé que está ahí. Tampoco entiendo por qué resurgió, de improviso sin concesiones, como esos sueños que no recordamos al despertar y nos mantienen en vilo durante el día, inquietos y recurrentes.

    Últimamente escribo a tientas.

    Un vistazo a la foto en blanco y negro que acompaña la cara interna de la libreta. Los ecos de una voz que olvidé o que, al menos, es difícil recuperar. Bocetan una presencia a prueba de golpes bajos que repaso con el sosiego de los años. ¿Sabés que estuve tentado de visitarte? De confesarte que no sé si todo salió como pensabas y que pienso bastante en el desamparo que trae la muerte. Y también la vida.

    Algunos dicen que tenemos la misma mirada. No lo sé, pero a veces me acosa una melancolía que arriba por asalto y trato de resisitir peldaño a peldaño, reinventando la pena y la alegría, esfuerzo sobrehumano para no detener la marcha, pese a que ahora esté sentado en este banco y las palabras son una retahíla de tachaduras y garabatos apenas legibles.

    #Diario #DiarioDelDesastre
  2. Diario del desastre II

    —Hola, mi amor. Estoy recagado de hambre.

    No supe qué contestarle.

    —Me llamo Denis. —Voz de piba.

    —Horacio.

    —Te iba a pedir algo para comer, gracias —y guarda el dinero.

    Entrechocamos puños. Me obsequia una sonrisa y se va.

    Pasa por delante del vehículo para charlar con unos albañiles en una obra.

    Lo vi levantar una piedrita del suelo. Ese gesto. Ahí percibí su flacura imposible. No llevaba medias y apoyaba sus talones sobre en los bordes aplastados de sus zapatillas.

    Me lo crucé de nuevo por la tarde, en otro semáforo. «Me hice un rodete, ¿Ves?»

    Anoche, tarde, alguien me rogó que le comprara unas bolsas de residuo. «Son las primeras que vendo, gracias». Y se arrodilló. Me impactó sobremanera.

    Otro día, una escena parecida. El pibe musitaba, un trabajo prometido y que no pudo ser. Vivía en la calle, la intemperie en su voz.

    O el que dormía en una esquina, tantos los excluidos. Y varios votaron a su verdugo.

    «Siento que estoy en un desierto con las manos extendidas y tú estás lloviendo sobre mí». Carol, de Patricia Highsmith. Hay novelas que llegan cuando deben.

    Otra frase de Carol: «Siento que estoy enamorada de ti, había escrito, y debería ser primavera. Quiero que el sol caiga sobre mi cabeza como coros musicales. Imagino un sol como Beethoven, un viento como Debussy, y cantos de pájaros como Stravinski. Pero el ritmo es totalmente mío».

    Escribir, esa maraña a dilucidar, como mis borradores.

    Será cuestión de lanzarse, arremeter con la maleza.

    El ritmo es totalmente mío.

    Registros de una época en la que estoy fuera de lugar.

    #Diario #DiarioDelDesastre #PatriciaHighsmith

  3. Diario del desastre

    Apuntes en un diario, porque en alguna página hay que derramarse.

    Esta cita de «Carol», novela pendiente, una deuda que saldo.

    El capitalismo y su alienación. Al inicio del libro, la joven protagonista reflexiona sobre la vida de una compañera de trabajo de unos cincuenta años, espejo de lo que puede ser la suya.

    «Therese abrió la boca para hablar, pero su mente estaba demasiado lejos. Su mente estaba en un punto muy distante, en un lejano torbellino que se abría al escenario de la terrible habitación, tenuemente iluminada, donde las dos parecían resistir en una lucha denodada. Y en aquel punto de la vorágine en que se hallaba su mente la desesperanza era lo que más la aterraba. Era la desesperanza del dolorido cuerpo de la señora Robichek, de su fealdad, de su trabajo en los almacenes, de la pila de vestidos del baúl, la desesperanza que impregnaba completamente el final de su vida».

    La subrayo y copio. «Y la desesperanza que había en la propia Therese de no llegar a ser nunca la persona que quería ser ni hacer las cosas que quería hacer. ¿Acaso toda su vida había sido sólo un sueño y aquello era la realidad? Era el terror de aquella desesperanza lo que la hizo desear quitarse el vestido y huir antes de que fuera demasiado tarde, antes de que las cadenas cayeran sobre ella y se cerraran».

    La imagen llega de improviso, sin defensas. El día que empecé a trabajar en una gráfica. Por un lado, el alivio por haber hallado trabajo con más de un 20% de desocupación en un país que compraba desde autos a licuadoras en comodísimas cuotas.

    Por el otro, la angustia de que el tiempo vital comenzaba a esfumarse, ese tiempo para estudiar o para intentar escribir, iba a ser carcomido por la subsistencia diaria.

    Ernaux: Lo que escribo en un diario, sea del tipo que sea, se nutre del presente. Por diferentes razones, ciertamente, como fijar una emoción, un encuentro, unas dificultades de la vida o de la escritura, con la convicción de que escribirlas me ayudará de una manera u otra. El diario es el depósito de la fugacidad. (La escritura como un cuchillo).

    Sueño recurrente. Iba a otro lugar a hacerme estudios médicos. ¿Buenos Aires? Conocía a varias profesionales. Una de ellas pelirroja, de pelo largo. A mi lado, otra paciente. «Sos la nueva atracción». La novedad, el caso extraño.

    Una de las doctoras —no la pelirroja— me hacía unos análisis y decía que estaban bien. No le creí.

    Sala espera enorme, de techos muy altos, con mostrador elevado, en ele. Paredes verde claro, un hospital de los setenta. Aventuro que recuerdo del Hospital de Niños.

    La sensación de que no era la primera vez que lo soñaba. Sí, que lo recordaba.

    Otro sueño. Buscaba a seres queridos. También que me invitaban a un evento importante, colmado por poetas que conozco y me ignoraban. Dolía. Creo ser generoso con mis pares.

    Empecé una novela de amor, dos mujeres que se necesitan. Parece que hay una voz ahí, agazapada.

    Últimamente escribo a tientas. ¿O siempre es así?

    #Diario #DiarioDelDesastre #MisTextos

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