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  1. 🧿 𝑬𝒍 𝒏𝒊𝒏̃𝒐 𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒐𝒃𝒐𝒕𝒐𝒎𝒊𝒛𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒄𝒐𝒏 𝟏𝟐 𝒂𝒏̃𝒐𝒔 🧿

    Howard Dully tenía 12 años cuando un médico le introdujo unos instrumentos metálicos por encima de los ojos para cortar conexiones en su cerebro.

    Era diciembre de 1960.

    Su madre biológica había muerto de cáncer cuando él era muy pequeño.
    Poco después, su padre volvió a casarse y, desde entonces, Howard creció en una casa donde cada gesto suyo parecía convertirse en un problema.

    Era desordenado, discutía, evitaba bañarse, soñaba despierto, no quería acostarse temprano y a veces respondía con desafío.
    Comportamientos difíciles, sí, pero también reconocibles en muchos niños que han sufrido pérdidas, cambios familiares y una infancia complicada.

    Su madrastra estaba convencida de que algo "no iba bien" y comenzó a consultar médicos.
    Varios especialistas no vieron motivos para una intervención tan extrema.
    Sin embargo, finalmente llegó al despacho de un hombre que llevaba años defendiendo una técnica tan rápida como aterradora.

    Se llamaba **Walter Freeman**.

    Freeman era neurólogo, pero no neurocirujano.
    Nunca tuvo formación quirúrgica específica y, aun así, se convirtió en el mayor defensor de la lobotomía en Estados Unidos.

    Estaba convencido de que muchas enfermedades mentales podían aliviarse destruyendo parte de las conexiones de los lóbulos frontales.

    Su método favorito era la **lobotomía transorbital**, conocida popularmente como la **"lobotomía del picahielo"**.

    El nombre no era una exageración.

    Introducía un instrumento muy parecido a un picahielos por la cuenca del ojo, atravesaba el hueso con pequeños golpes de un martillo y movía la punta de un lado a otro para seccionar las fibras del cerebro.
    Todo el procedimiento duraba apenas unos minutos.

    No utilizaba un quirófano convencional.
    En muchos casos empleaba únicamente anestesia mediante electrochoques para dejar inconsciente al paciente.

    Freeman estaba tan convencido de su método que recorría Estados Unidos en una furgoneta a la que llamaba **"Lobotomobile"**, visitando hospitales para realizar demostraciones delante de otros médicos.
    Se calcula que practicó o supervisó alrededor de **3.500 lobotomías**.

    Entre sus pacientes hubo personas con depresión, ansiedad, esquizofrenia, epilepsia, dolor crónico... e incluso niños.

    En los informes médicos de Howard, Freeman escribió observaciones que hoy resultan estremecedoras por su simplicidad: que el niño era desafiante, que no reaccionaba al amor ni al castigo, que soñaba despierto y que respondía "no sé" cuando le preguntaban en qué estaba pensando.

    El 3 de diciembre de 1960 dejó escrita una recomendación inquietante: los padres habían decidido operarlo y era mejor no decirle nada al niño.

    Dos semanas después, el 17 de diciembre, realizó la intervención.

    Howard no recordaría la operación.

    Muchos años después, al revisar su expediente médico, encontró incluso la factura.

    **200 dólares.**

    Pero la operación no solucionó nada.

    Fue enviado a instituciones, pasó por hogares de acogida, tuvo problemas con el alcohol y arrastró durante décadas una pregunta que nunca dejaba de volver.

    ¿Por qué me hicieron esto?

    Mientras tanto, la reputación de Walter Freeman empezaba a derrumbarse.

    Muchos de sus pacientes quedaban con graves secuelas: apatía, cambios profundos de personalidad, pérdida de iniciativa, dificultades para hablar o para llevar una vida independiente.
    Algunos morían durante la intervención.

    El caso que terminó de hundir su carrera fue el de una paciente que falleció durante una tercera lobotomía.
    A partir de entonces se le prohibió seguir operando en muchos hospitales y la técnica comenzó a desaparecer a medida que aparecieron los primeros medicamentos psiquiátricos eficaces.

    Howard, sin embargo, tuvo que convivir con las consecuencias toda su vida.

    Ya adulto trabajó como conductor de autobús en California.
    En torno a los cincuenta años, con la ayuda de periodistas de la radio pública estadounidense, emprendió una investigación para reconstruir lo que había ocurrido cuando era niño.

    Leyó los informes médicos.

    Habló con familiares.

    Visitó hospitales.

    Y descubrió una verdad todavía más dolorosa: nunca había sido un niño peligroso.
    Había sido un niño incómodo para algunos adultos.

    En 2005, su historia fue emitida por la radio pública estadounidense y conmovió a miles de personas.
    Dos años después publicó sus memorias, *My Lobotomy*, donde explicó que la mayor herida no había sido la operación, sino crecer creyendo que había algo irremediablemente malo dentro de él.

    A pesar de todo, nunca convirtió su historia en un discurso de odio.

    Reconocía que había cometido errores, hablaba con sinceridad de sus problemas y repetía una idea que resume toda su vida:

    *"Todos somos víctimas de lo que nos hacen.
    Podemos usarlo como excusa para fracasar o podemos decir: merezco algo mejor, y voy a intentar construir una vida que valga la pena."*

    Howard Dully murió el 11 de febrero de 2025, a los 76 años.

    Walter Freeman murió en 1972 convencido de que había ayudado a miles de personas.

    Hoy la inmensa mayoría de los historiadores de la medicina consideran la lobotomía uno de los mayores errores de la psiquiatría moderna.

    Y el expediente de Howard sigue recordando lo fácil que puede resultar cambiar para siempre la vida de un niño cuando quienes toman las decisiones creen estar haciendo lo correcto.

    ▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣▣

    youtube.com/watch?v=zt3ddceMFM0

    #historia #medicina #psiquiatria #lobotomia #walterfreeman #howarddully #historiasreales #curiosidades #ciencia #saludmental #bioetica #historiadelamedicina #eticaMedica

  2. 🧿 𝑬𝒍 𝒏𝒊𝒏̃𝒐 𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒐𝒃𝒐𝒕𝒐𝒎𝒊𝒛𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒄𝒐𝒏 𝟏𝟐 𝒂𝒏̃𝒐𝒔 🧿

    Howard Dully tenía 12 años cuando un médico le introdujo unos instrumentos metálicos por encima de los ojos para cortar conexiones en su cerebro.

    Era diciembre de 1960.

    Su madre biológica había muerto de cáncer cuando él era muy pequeño.
    Poco después, su padre volvió a casarse y, desde entonces, Howard creció en una casa donde cada gesto suyo parecía convertirse en un problema.

    Era desordenado, discutía, evitaba bañarse, soñaba despierto, no quería acostarse temprano y a veces respondía con desafío.
    Comportamientos difíciles, sí, pero también reconocibles en muchos niños que han sufrido pérdidas, cambios familiares y una infancia complicada.

    Su madrastra estaba convencida de que algo "no iba bien" y comenzó a consultar médicos.
    Varios especialistas no vieron motivos para una intervención tan extrema.
    Sin embargo, finalmente llegó al despacho de un hombre que llevaba años defendiendo una técnica tan rápida como aterradora.

    Se llamaba **Walter Freeman**.

    Freeman era neurólogo, pero no neurocirujano.
    Nunca tuvo formación quirúrgica específica y, aun así, se convirtió en el mayor defensor de la lobotomía en Estados Unidos.

    Estaba convencido de que muchas enfermedades mentales podían aliviarse destruyendo parte de las conexiones de los lóbulos frontales.

    Su método favorito era la **lobotomía transorbital**, conocida popularmente como la **"lobotomía del picahielo"**.

    El nombre no era una exageración.

    Introducía un instrumento muy parecido a un picahielos por la cuenca del ojo, atravesaba el hueso con pequeños golpes de un martillo y movía la punta de un lado a otro para seccionar las fibras del cerebro.
    Todo el procedimiento duraba apenas unos minutos.

    No utilizaba un quirófano convencional.
    En muchos casos empleaba únicamente anestesia mediante electrochoques para dejar inconsciente al paciente.

    Freeman estaba tan convencido de su método que recorría Estados Unidos en una furgoneta a la que llamaba **"Lobotomobile"**, visitando hospitales para realizar demostraciones delante de otros médicos.
    Se calcula que practicó o supervisó alrededor de **3.500 lobotomías**.

    Entre sus pacientes hubo personas con depresión, ansiedad, esquizofrenia, epilepsia, dolor crónico... e incluso niños.

    En los informes médicos de Howard, Freeman escribió observaciones que hoy resultan estremecedoras por su simplicidad: que el niño era desafiante, que no reaccionaba al amor ni al castigo, que soñaba despierto y que respondía "no sé" cuando le preguntaban en qué estaba pensando.

    El 3 de diciembre de 1960 dejó escrita una recomendación inquietante: los padres habían decidido operarlo y era mejor no decirle nada al niño.

    Dos semanas después, el 17 de diciembre, realizó la intervención.

    Howard no recordaría la operación.

    Muchos años después, al revisar su expediente médico, encontró incluso la factura.

    **200 dólares.**

    Pero la operación no solucionó nada.

    Fue enviado a instituciones, pasó por hogares de acogida, tuvo problemas con el alcohol y arrastró durante décadas una pregunta que nunca dejaba de volver.

    ¿Por qué me hicieron esto?

    Mientras tanto, la reputación de Walter Freeman empezaba a derrumbarse.

    Muchos de sus pacientes quedaban con graves secuelas: apatía, cambios profundos de personalidad, pérdida de iniciativa, dificultades para hablar o para llevar una vida independiente.
    Algunos morían durante la intervención.

    El caso que terminó de hundir su carrera fue el de una paciente que falleció durante una tercera lobotomía.
    A partir de entonces se le prohibió seguir operando en muchos hospitales y la técnica comenzó a desaparecer a medida que aparecieron los primeros medicamentos psiquiátricos eficaces.

    Howard, sin embargo, tuvo que convivir con las consecuencias toda su vida.

    Ya adulto trabajó como conductor de autobús en California.
    En torno a los cincuenta años, con la ayuda de periodistas de la radio pública estadounidense, emprendió una investigación para reconstruir lo que había ocurrido cuando era niño.

    Leyó los informes médicos.

    Habló con familiares.

    Visitó hospitales.

    Y descubrió una verdad todavía más dolorosa: nunca había sido un niño peligroso.
    Había sido un niño incómodo para algunos adultos.

    En 2005, su historia fue emitida por la radio pública estadounidense y conmovió a miles de personas.
    Dos años después publicó sus memorias, *My Lobotomy*, donde explicó que la mayor herida no había sido la operación, sino crecer creyendo que había algo irremediablemente malo dentro de él.

    A pesar de todo, nunca convirtió su historia en un discurso de odio.

    Reconocía que había cometido errores, hablaba con sinceridad de sus problemas y repetía una idea que resume toda su vida:

    *"Todos somos víctimas de lo que nos hacen.
    Podemos usarlo como excusa para fracasar o podemos decir: merezco algo mejor, y voy a intentar construir una vida que valga la pena."*

    Howard Dully murió el 11 de febrero de 2025, a los 76 años.

    Walter Freeman murió en 1972 convencido de que había ayudado a miles de personas.

    Hoy la inmensa mayoría de los historiadores de la medicina consideran la lobotomía uno de los mayores errores de la psiquiatría moderna.

    Y el expediente de Howard sigue recordando lo fácil que puede resultar cambiar para siempre la vida de un niño cuando quienes toman las decisiones creen estar haciendo lo correcto.

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    youtube.com/watch?v=zt3ddceMFM0

    #historia #medicina #psiquiatria #lobotomia #walterfreeman #howarddully #historiasreales #curiosidades #ciencia #saludmental #bioetica #historiadelamedicina #eticaMedica

  3. 🧿 𝑬𝒍 𝒏𝒊𝒏̃𝒐 𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒐𝒃𝒐𝒕𝒐𝒎𝒊𝒛𝒂𝒓𝒐𝒏 𝒄𝒐𝒏 𝟏𝟐 𝒂𝒏̃𝒐𝒔 🧿

    Howard Dully tenía 12 años cuando un médico le introdujo unos instrumentos metálicos por encima de los ojos para cortar conexiones en su cerebro.

    Era diciembre de 1960.

    Su madre biológica había muerto de cáncer cuando él era muy pequeño.
    Poco después, su padre volvió a casarse y, desde entonces, Howard creció en una casa donde cada gesto suyo parecía convertirse en un problema.

    Era desordenado, discutía, evitaba bañarse, soñaba despierto, no quería acostarse temprano y a veces respondía con desafío.
    Comportamientos difíciles, sí, pero también reconocibles en muchos niños que han sufrido pérdidas, cambios familiares y una infancia complicada.

    Su madrastra estaba convencida de que algo "no iba bien" y comenzó a consultar médicos.
    Varios especialistas no vieron motivos para una intervención tan extrema.
    Sin embargo, finalmente llegó al despacho de un hombre que llevaba años defendiendo una técnica tan rápida como aterradora.

    Se llamaba **Walter Freeman**.

    Freeman era neurólogo, pero no neurocirujano.
    Nunca tuvo formación quirúrgica específica y, aun así, se convirtió en el mayor defensor de la lobotomía en Estados Unidos.

    Estaba convencido de que muchas enfermedades mentales podían aliviarse destruyendo parte de las conexiones de los lóbulos frontales.

    Su método favorito era la **lobotomía transorbital**, conocida popularmente como la **"lobotomía del picahielo"**.

    El nombre no era una exageración.

    Introducía un instrumento muy parecido a un picahielos por la cuenca del ojo, atravesaba el hueso con pequeños golpes de un martillo y movía la punta de un lado a otro para seccionar las fibras del cerebro.
    Todo el procedimiento duraba apenas unos minutos.

    No utilizaba un quirófano convencional.
    En muchos casos empleaba únicamente anestesia mediante electrochoques para dejar inconsciente al paciente.

    Freeman estaba tan convencido de su método que recorría Estados Unidos en una furgoneta a la que llamaba **"Lobotomobile"**, visitando hospitales para realizar demostraciones delante de otros médicos.
    Se calcula que practicó o supervisó alrededor de **3.500 lobotomías**.

    Entre sus pacientes hubo personas con depresión, ansiedad, esquizofrenia, epilepsia, dolor crónico... e incluso niños.

    En los informes médicos de Howard, Freeman escribió observaciones que hoy resultan estremecedoras por su simplicidad: que el niño era desafiante, que no reaccionaba al amor ni al castigo, que soñaba despierto y que respondía "no sé" cuando le preguntaban en qué estaba pensando.

    El 3 de diciembre de 1960 dejó escrita una recomendación inquietante: los padres habían decidido operarlo y era mejor no decirle nada al niño.

    Dos semanas después, el 17 de diciembre, realizó la intervención.

    Howard no recordaría la operación.

    Muchos años después, al revisar su expediente médico, encontró incluso la factura.

    **200 dólares.**

    Pero la operación no solucionó nada.

    Fue enviado a instituciones, pasó por hogares de acogida, tuvo problemas con el alcohol y arrastró durante décadas una pregunta que nunca dejaba de volver.

    ¿Por qué me hicieron esto?

    Mientras tanto, la reputación de Walter Freeman empezaba a derrumbarse.

    Muchos de sus pacientes quedaban con graves secuelas: apatía, cambios profundos de personalidad, pérdida de iniciativa, dificultades para hablar o para llevar una vida independiente.
    Algunos morían durante la intervención.

    El caso que terminó de hundir su carrera fue el de una paciente que falleció durante una tercera lobotomía.
    A partir de entonces se le prohibió seguir operando en muchos hospitales y la técnica comenzó a desaparecer a medida que aparecieron los primeros medicamentos psiquiátricos eficaces.

    Howard, sin embargo, tuvo que convivir con las consecuencias toda su vida.

    Ya adulto trabajó como conductor de autobús en California.
    En torno a los cincuenta años, con la ayuda de periodistas de la radio pública estadounidense, emprendió una investigación para reconstruir lo que había ocurrido cuando era niño.

    Leyó los informes médicos.

    Habló con familiares.

    Visitó hospitales.

    Y descubrió una verdad todavía más dolorosa: nunca había sido un niño peligroso.
    Había sido un niño incómodo para algunos adultos.

    En 2005, su historia fue emitida por la radio pública estadounidense y conmovió a miles de personas.
    Dos años después publicó sus memorias, *My Lobotomy*, donde explicó que la mayor herida no había sido la operación, sino crecer creyendo que había algo irremediablemente malo dentro de él.

    A pesar de todo, nunca convirtió su historia en un discurso de odio.

    Reconocía que había cometido errores, hablaba con sinceridad de sus problemas y repetía una idea que resume toda su vida:

    *"Todos somos víctimas de lo que nos hacen.
    Podemos usarlo como excusa para fracasar o podemos decir: merezco algo mejor, y voy a intentar construir una vida que valga la pena."*

    Howard Dully murió el 11 de febrero de 2025, a los 76 años.

    Walter Freeman murió en 1972 convencido de que había ayudado a miles de personas.

    Hoy la inmensa mayoría de los historiadores de la medicina consideran la lobotomía uno de los mayores errores de la psiquiatría moderna.

    Y el expediente de Howard sigue recordando lo fácil que puede resultar cambiar para siempre la vida de un niño cuando quienes toman las decisiones creen estar haciendo lo correcto.

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    youtube.com/watch?v=zt3ddceMFM0

    #historia #medicina #psiquiatria #lobotomia #walterfreeman #howarddully #historiasreales #curiosidades #ciencia #saludmental #bioetica #historiadelamedicina #eticaMedica