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La medicina del verdugo: Curaciones extrañas y sangrientas de la Edad Media
El curioso negocio médico de los ejecutores oficiales durante los siglos pasados
En el imaginario popular, el verdugo de la Edad Media y de los siglos posteriores es visto únicamente como una figura oscura encargada de aplicar castigos corporales y arrebatar la vida en el patíbulo. Sin embargo, los registros históricos de Europa central demuestran que estos personajes desempeñaron un papel secundario muy lucrativo como sanadores, curanderos y proveedores de remedios medicinales. Debido a su oficio, los verdugos poseían un conocimiento práctico de la anatomía humana, el sistema óseo y la circulación que superaba por mucho al de los médicos universitarios de la época, quienes basaban sus tratamientos en teorías abstractas y textos antiguos en lugar de la observación directa del cuerpo humano.
Esta paradoja legal y social permitía que el mismo hombre que rompía los huesos de un condenado en la rueda fuera buscado al día siguiente en su casa para acomodar extremidades dislocadas, curar fracturas o tratar heridas abiertas. La demanda de sus servicios médicos era tan alta que en muchas regiones de Alemania y los Países Bajos las autoridades locales les otorgaban permisos oficiales para ejercer la medicina menor. Los verdugos cobraban tarifas establecidas por sus curaciones, convirtiéndose en profesionales de la salud indispensables para las clases bajas que no podían costear los servicios de un médico cirujano titulado o que confiaban más en la experiencia empírica del ejecutor de la ciudad.
El aspecto más perturbador de esta práctica médica radicaba en la llamada medicina de simpatía, una creencia arraigada que afirmaba que los restos de un criminal ejecutado conservaban una carga de energía vital que podía transferirse a los enfermos. Los verdugos monopolizaron el comercio de estos ingredientes orgánicos, vendiendo la grasa extraída de los cuerpos de los ajusticiados como un ungüento milagroso para aliviar los dolores causados por el reumatismo y la gota. De igual manera, los trozos de las cuerdas utilizadas en los ahorcamientos se comercializaban como amuletos efectivos contra los dolores de cabeza, mientras que los restos óseos pulverizados se mezclaban en pociones destinadas a tratar la epilepsia y los desmayos.
La cúspide de estas terapias sangrientas ocurría durante las ejecuciones por decapitación, donde la multitud se amontonaba alrededor del cadalso con tazas y vasos en la mano. El verdugo recogía la sangre caliente que brotaba de los cuerpos recién degollados y se la entregaba a los pacientes con padecimientos crónicos, quienes la bebían de inmediato en el sitio bajo la firme convicción de que este fluido vital erradicaría sus males de forma definitiva. Este comercio de la muerte tiñó la historia de la medicina europea durante generaciones, es curioso notar cómo el pánico a la enfermedad transformó a los verdugos en agentes indispensables de la salud pública antes del desarrollo de la ciencia médica moderna.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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